RELATOS DE PODER
Carlos Castaneda |
| Este libro es muy importante porque prácticamente en él desaparece Don Juan, el maestro de Carlos Castaneda......aunque aparece de vuelta en los ultimos libros. |
¿Me tienes
miedo? preguntó.
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INTRODUCCIÓN ........................................................................................................................ 3
PRIMERA PARTE
CITA CON EL CONOCIMIENTO .............................................................................................. 4
EL SOÑADOR Y EL SOÑADO ............................................................................................... 29
EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS ...................................................................... 44
SEGUNDA PARTE
EL
TONAL Y EL NAGUAL
TENER QUE CREER ............................................................................................................... 55
LA ISLA DEL TONAL ............................................................................................................. 63
EL DÍA DEL TONAL ................................................................................................................ 70
REDUCIR EL TONAL .............................................................................................................. 79
LA HORA DEL NAGUAL ........................................................................................................ 88
EL SUSURRO DEL NAGUAL ................................................................................................ 97
LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN ........................................................................................ 106
LA
EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS
TRES TESTIGOS DEL NAGUAL
........................................................................................ 113
LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO
....................................................................................... 122
LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN .................................................................................. 138
LA PREDILECCIÓN DE LOS
GUERREROS ...................................................................... 147
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Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va
a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía aunque sea de su naturaleza;
la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado
color; la quinta, que canta suavemente. SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor |
PRIMERA PARTE
UN TESTIGO DE
ACTOS DE PODER
Llevaba yo varios meses sin ver a don
Juan. Era el otoño de 1971. Tuve la certeza de que se encontraba en casa de don
Genaro, en el México central, y realicé los preparativos necesarios para un
viaje de seis o siete días. Al segundo día, obedeciendo a un impulso, me detuve
al mediar la tarde en la casa de don Juan en Sonora. Estacioné el coche y
caminé una corta distancia hasta la casa misma. Para mi sorpresa, lo encontré
allí.
‑¡Don Juan! No esperaba hallarlo
aquí ‑dije.
Echó a reír, deleitado por mi asombro.
Estaba sentado en un cajón de leche vacío, junto a la puerta delantera. Al
parecer me aguardaba. Había un aire de hazaña cumplida en la desenvoltura con
que me saludó. Quitándose el sombrero, lo agitó cómicamente en florido gesto.
Se lo puso de nuevo y me hizo un saludo militar. Se hallaba reclinado en la
pared, a horcajadas en el cajón como sobre una silla de montar.
‑Siéntate, siéntate ‑dijo en
tono jovial‑. Qué gusto me da que estés otra vez por aquí.
‑Ya me estaba yendo hasta Oaxaca a
buscarlo, don Juan ‑dije‑. Y luego habría tenido que regresar a Los
ángeles. El hallarlo aquí me ahorra días y días de manejar.
‑De todos modos me habrías
encontrado ‑dijo él en tono misterioso‑, pero digamos que me debes
los seis días que hubieras tardado en llegar allá, días que deberías emplear en
algo más interesante que andar correteando en tu carro.
Había algo cautivante en la sonrisa de
don Juan. Su calidez era contagiosa.
‑¿Y dónde están los instrumentos? ‑preguntó,
haciendo un gesto de escribir a mano.
Le dije que los había dejado en el
coche; él respondió que sin ellos me veía extraño y me hizo ir a traerlos.
‑Acabo de escribir un libro ‑dije.
Fijó en mí una mirada larga y peculiar
que me dio comezón en la boca del estómago. Era como si empujase mi parte
media con un objeta suave. Sentí que me iba a poner mal, pero entonces don Juan
miró para otro lado y recobré mi primera sensación de bienestar.
Quise hablar de mi libro, pero él indicó
con un gesto que no quería oír nada sobre el tema. Sonrió. Desbordaba ligereza
y encanto, e inmediatamente me envolvió en una larga conversación acerca de
personas y de sucesos actuales. Al cabo de un buen rato logré por fin desviar
la conversación hacia el tópico de mi interés. Empecé mencionando que, al
revisar mis antiguas notas, me di cuenta de que él me había estado dando, desde
el principio de nuestra asociación, una descripción detallada del mundo de los
brujos. A la luz de lo que me dijo en aquellas etapas, comencé a poner en tela
de juicio el papel de las plantas alucinógenas.
‑¿Por qué me hizo usted tomar
tantas veces esas plantas de poder? ‑pregunté.
Rió y musitó, en voz muy suave:
‑Porque eres un idiota.
Lo oí perfectamente, pero quise
cerciorarme y fingí no haber entendido.
‑¿Cómo dijo? ‑inquirí.
‑Tú sabes lo que dije ‑replicó,
y se puso en pie.
Al pasar junto a mí me golpeó la cabeza
con un dedo.
‑Eres un poco lento ‑dijo‑.
Y no había otra forma de sacudirte.
‑¿De modo que nada de eso era
absolutamente necesario? ‑pregunté.
‑Lo era, en tu caso. Pero hay
otros tipos de gente que no parecen necesitarlas.
Se quedó parado junto a mí, la vista
fija en la copa de los matorrales al lado izquierdo de su casa; luego volvió a
sentarse y habló de Eligio, su otro aprendiz. Dijo que Eligio había tomado
plantas psicotrópicas una sola vez desde el inicio del aprendizaje, pero no
obstante se hallaba, quizás, incluso más adelantado que yo.
-Tener sensibilidad es una condición
natural de cierta gente ‑dijo‑. Tú no la tienes. Pero tampoco yo. A
fin de cuentas, la sensibilidad importa muy poco.
‑¿Qué es entonces lo que importa? ‑pregunté.
Pareció buscar una respuesta adecuada.
‑Lo que importa es que un guerrero
sea impecable ‑dijo al fin‑. Pero eso es sólo una manera de decir
las cosas, un modo de andarse por las ramas. Tú ya has terminado algunas tareas
de brujería y creo que ya es hora de mencionar la fuente de todo lo que
importa. Así pues, diré que lo importante para un guerrero es llegar a la
totalidad de uno mismo.
‑¿Qué es la totalidad de uno
mismo, don Juan?
‑Dije que nada más iba a
mencionarla. Todavía quedan en tu vida muchos cabos sueltos que debes atar
antes de que podamos hablar de la totalidad de uno mismo.
Con eso puso fin a la conversación. Hizo
un ademán para callarme. Al parecer, había algo o alguien en la cercanía.
Ladeó la cabeza hacia un lado, como para escuchar. Pude ver el blanco de sus
ojos mientras enfocaban los arbustos más allá de la casa, hacia la izquierda.
Escuchó atentamente unos momentos y luego se puso en pie, se acercó y me
susurró al oído que debíamos dejar la casa y salir a un paseo.
‑¿Algo anda mal? ‑pregunté,
también en un susurro.
‑No. Nada anda mal ‑dijo‑.
Todo anda bastante bien.
Me guió al chaparral desértico.
Caminamos cosa de media hora y llegamos a una pequeña área circular libre de
vegetación, un sitio de unos cuatro metros de diámetro donde el suelo rojizo
estaba apisonado y perfectamente plano. No había, sin embargo, señas de que el
espacio hubiera sido desmontado y aplanado con maquinaria. Don Juan se sentó
en el centro, mirando al sureste. Señaló un sitio como a metro y medio de
distancia y me pidió sentarme allí, dándole la cara.
‑¿Qué vamos a hacer aquí? ‑pregunté.
Tenemos una cita aquí esta noche ‑respondió.
Escudriñó los alrededores con rápida
mirada, girando sobre su eje hasta hallarse de nuevo mirando al sureste.
Sus movimientos me alarmaron. Le
pregunté con quién teníamos cita.
‑Con el conocimiento ‑repuso‑.
Digamos que el conocimiento anda merodeando por aquí.
No me dio oportunidad de pensar en su
críptica respuesta. Rápidamente cambió el tema y en tono jovial me instó a
portarme con naturalidad, es decir, a tomar notas y hablar como hubiéramos
hecho en su casa.
Lo que más presionaba mi mente en esos
instantes era la vívida sensación que, seis meses antes, tuve de
"hablar" con un coyote. Ese evento significaba que por vez primera
fui capaz de visualizar o aprisionar, con mis cinco sentidos y en total
sobriedad, la descripción mágica del mundo: una descripción en que la
comunicación a través de palabras con los animales era asunto rutinario.
‑No vamos a ponernos a revivir
ninguna experiencia de tal naturaleza ‑dijo don Juan al oír mi pregunta‑.
No es dable que le des tal atención a los hechos pasados. Podemos tocarlos,
pero sólo como referencia.
‑¿Por qué motivo, don Juan?
‑Todavía no tienes suficiente
poder personal para buscar la explicación de los brujos.
‑¡Entonces hay una explicación de
brujos!
‑Claro. Los brujos son hombres.
Somos criaturas del pensamiento. Buscamos aclaraciones.
‑Yo tenía la impresión de que mi
gran falla era buscar explicaciones.
‑No. Tu falla es buscar
explicaciones convenientes, explicaciones que se ajustan a ti y a tu mundo. Lo
que no me gusta es que seas tan razonable. Un brujo también explica las cosas
en su mundo, pero no es tan terco como tú.
‑¿Cómo puedo llegar a la
explicación de los brujos?
‑Acumulando poder personal. El
poder personal te hará deslizarte con gran facilidad y entrar en la explicación
de los brujos. La explicación no es lo que, tú llamarías una explicación; sin
embargo, aunque no aclara el mundo ni sus misterios, los hace menos pavorosos.
Ésa debería ser la esencia de una explicación, pero no es eso lo que tú buscas.
Tú andas detrás del reflejo de ti y tus ideas.
Perdí el impulso de hacer preguntas.
Pero su sonrisa me invitaba a seguir hablando. Otro asunto de gran importancia
para mí era su amigo don Genaro y el extraordinario efecto que sus acciones
habían surtido en mi. Cada vez que entraba en contacto con él, experimentaba
distorsiones sensoriales de lo más, extrañas.
Don Juan rió cuando planteé mi pregunta.
-Genaro es estupendo -dijo‑. Pero no
tiene sentido por ahora hablar de él ni de lo que te hace. Tampoco tienes
suficiente poder personal para desenvolver ese tema. Espera a tenerlo, y
entonces hablaremos.
‑¿Y si nunca lo tengo?
-Si nunca lo tienes, nunca hablaremos.
‑Al paso que voy, ¿tendré alguna
vez el suficiente? ‑pregunté.
‑De ti depende ‑respondió‑.
Yo te he dado toda la información necesaria. Ahora es responsabilidad tuya
ganar suficiente poder personal para inclinar la balanza.
‑Habla usted en metáforas -dije‑.
Hábleme claro. Dígame exactamente qué debo hacer. Si ya me lo dijo, digamos que
lo olvidé.
Don Juan chasqueó la lengua y se acostó,
con los brazos detrás de la cabeza.
-Tú sabes exactamente lo que necesitas ‑dijo.
Respondí que a veces creía saberlo, pero
que la mayor parte del tiempo carecía de confianza en mi mismo.
‑Me temo que confundes las cosas ‑dijo‑.
La confianza de un guerrero no es la confianza del hombre común. El hombre
común busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí
mismo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso
humildad. El hombre común está enganchado a sus prójimos, mientras que el
guerrero sólo depende de sí mismo. Andas en pos de lo imposible. Buscas la
confianza del hombre común, cuando deberías buscar la humildad del guerrero.
Hay una gran diferencia entre las dos. La confianza implica saber algo con
certeza; la humildad implica ser impecable en los propias actos y
sentimientos.
‑He tratado de vivir de acuerdo
con sus consejos ‑dije‑. Tal vez no sea yo lo mejor, pero soy lo
mejor de mí mismo. ¿Es eso impecabilidad?
‑No. Debes ser aún mejor. Debes
empujarte siempre más allá de tus límites.
‑Pero eso sería una locura, don
Juan. Nadie puede hacer eso.
‑Muchas cosas que haces ahora te
habrían parecido una locura hace diez años. Las cosas esas nunca cambiaron,
pero sí cambió tu idea de ti mismo; lo que antes era imposible es ahora
perfectamente posible, y a lo mejor el que logres cambiarte por completo es
sólo cuestión de tiempo. En este asunto, el único camino posible para un
guerrero es actuar directamente y sin reservas. Ya conoces el camino del
guerrero lo suficiente para desenvolverte bastante bien; pero te salen al
encuentro tus malas costumbres.
Comprendí a qué se refería.
‑¿Cree usted que escribir es una
de esas malas costumbres que debo cambiar? ‑pregunté‑. ¿Debo
destruir mi nuevo manuscrito?
No contestó. Se puso en pie y se volvió
a mirar el borde del matorral.
Le conté que había recibido una cantidad
de cartas en las que diversas personas me señalaban el error de escribir acerca
de mi aprendizaje. Citaban como precedente el hecho de qué los maestros de las
doctrinas esotéricas orientales exigían discreción absoluta con respecto a sus
enseñanzas.
‑Capaz si esos maestros tienen el
vicio de ser maestros ‑dijo don Juan sin mirarme‑. Yo no soy maestro.
Yo soy solamente un guerrero. No sé en realidad qué es lo que uno siente como
maestro.
‑Pero quizás estoy revelando cosas
que no debería, don Juan.
‑No importa lo que uno revela ni
lo que uno se guarda ‑dijo‑. Todo cuanto hacemos, todo cuanto
somos, descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente, una palabra
que se nos diga podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida.
Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la sabiduría
más grande y esa revelación nos importaría un ajo.
Luego bajó la voz como si me estuviera
revelando un asunto confidencial.
‑Voy a decirte algo que a lo mejor
es la mayor sabiduría a la que uno puede dar voz ‑dijo‑. A ver qué
haces can ella.
"¿Sabes que en este mismo instante
estás rodeado por la eternidad? ¿Y sabes que puedes usar esa eternidad, si así
lo deseas?"
Tras una larga pausa, durante la cual un
sutil movimiento de sus ojos me instaba a rendir alguna formulación, dije no
entender de qué hablaba.
‑¡Allí! ¡La eternidad está allí! ‑dijo,
señalando el horizonte.
Luego apuntó hacia el cenit.
‑O allí, o quizá podamos decir que
la eternidad es así.
Extendió los brazos para señalar al este
y al oeste.
Nos miramos. Sus ojos contenían una
pregunta.
‑¿Y qué me dices de esto? ‑inquirió,
animándome a meditar sus palabras.
No supe qué responder.
‑¿Sabes que puedes extenderte
hasta el infinito en cualquiera de las direcciones que he señalado? ‑prosiguió‑.
¿Sabes que un momento puede ser la eternidad? Esto no es una adivinanza; es un
hecho, pero sólo si te montas en ese momento y lo usas para llevar la totalidad
de ti mismo hasta el infinito, en cualquier dirección.
Se me quedó mirando.
‑Antes no tenías este conocimiento
‑dijo, sonriendo‑. Ahora es tuyo. Te lo he dado, y sin embargo no
importa nada, porque no tienes suficiente poder personal para utilizar mi
revelación. Pero si lo tuvieras, sólo mis palabras serían el medio para que
acorralaras toda tu totalidad, y sacaras la parte que manda, de estos límites
que la contienen.
Vino a mi lado y me tocó el pecho con
los dedos; fue un golpe muy ligero.
‑Estos son los límites de los que
hablo ‑dije Uno puede salir de ellos. Somos un sentimiento, un darse
cuenta encajonado aquí.
Me palmeó los hombros con las manos. Mi
cuaderno y mi lápiz cayeron por tierra. Don Juan puso el pie sobre el cuaderno
y me miró con fijeza; luego rió.
Le pregunté si lo molestaba tomando
notas. Dijo que no, en tono confortante, y apartó el pie.
‑Somos seres luminosos -dijo,
meneando rítmicamente la cabeza‑. Y para un ser luminoso lo único que
importa es el poder personal. Pero si me preguntas qué cosa es el poder
personal, debo decirte que mi explicación no lo explicará.
Don Juan miró el horizonte occidental y
dijo que todavía quedaban unas horas de luz diurna.
‑Tenemos que
estarnos aquí mucho rato ‑explicó‑. Así pues; o nos sentarnos en
silencio o hablamos. Para ti no es natural estar callado, de modo que sigamos
hablando. Este lugar es un sitio de poder y debe acostumbrarse a nosotros antes
de que caiga la noche. Debes quedarte sentado, lo más natural que puedas, sin
miedo y sin impaciencia. Parece que es más fácil para ti estar tranquilo cuando
escribes, así que escribe cuanto se te dé la gana.
"Y ahora, a ver si me cuentas de tu
soñar."
La súbita transición me tomó desprevenido. Don Juan
repitió su petición. Había mucho que decir al respecto. "Soñar"
implicaba el cultivo de un poder peculiar sobre los propios sueños, hasta el
punto en que las experiencias habidas en ellos y las vividas en las horas de
vigilia adquirían la misma valencia pragmática. Los brujos alegaban que, bajo
el impacto del "soñar", los criterios ordinarios para diferenciar
entre sueño y realidad se hacían inoperantes.
La praxis del "solar" era,
para don Juan, un ejercicio que consistía en hallar las propias manos durante
un sueño. En otras palabras, uno debía soñar deliberadamente que buscaba y
hallaba sus manos en un sueño que consistía en soñar que uno alzaba las manos
al nivel de los ojos.
Después de años de intentos
infructuosos, yo había logrado finalmente la tarea. Considerando retrospectivamente,
se me evidenció que sólo pude alcanzar el éxito tras haber obtenido cierto
grado de dominio sobre el mundo de mi vida cotidiana.
Don Juan quiso saber los puntos
salientes. Empecé a contarle que la dificultad de estructurar la orden de
mirarme las manos parecía ser, muy a menudo, insuperable. Él me había advertido
que la primera etapa de la faceta preparatoria, lo que él llamaba "armar
los sueños", consistía en un juego mortal que la mente jugaba consigo
misma, y que cierta parte de mi ser iba a hacer todo lo posible por impedir el
cumplimiento de mi tarea. Eso podía incluir, dijo don Juan, el arrojarme a una
pérdida de significado, a la melancolía, o incluso a una depresión suicida. Sin
embargo, no llegué tan lejos. Mi experiencia se quedó más bien en el lado
ligero, cómico; no obstante, la frustración era igual. Cada vez que, en un sueño,
estaba a punto de mirarme las manos, algo extraordinario sucedía; echaba yo a
volar, o el sueño se volvía pesadilla, o simplemente se transformaba en una
placentera experiencia de excitación corporal; todo lo contenido en el sueño se
extendía mucho más allá de lo "normal" en lo referente a vividez y,
por ello, resultaba absorbente en extremo. La intención original de observar
mis manos siempre se olvidaba a la luz de la nueva situación.
Una noche, inesperadamente, hallé mis
manos en sueños. Soñaba recorrer una calle desconocida en una ciudad extranjera
y de pronto alcé las manos y las puse frente a mi rostro. Fue como si algo en
mí cediera para permitirme observar el dorso de mis manos.
Las instrucciones de don Juan
estipulaban que, apenas la percepción de mis manos empezara a disolverse o
transformarse, yo debía trasladar la mirada a cualquier otro elemento en el
ámbito del sueño. En aquella ocasión particular, la trasladé a un edificio en
el extremo de la calle. Cuando la apariencia del edificio empezó a disiparse,
presté atención a otros elementos ambientales. El resultado final fue la
imagen increíblemente clara, de una calle desierta en alguna ciudad extranjera.
Don Juan me hizo contar otras
experiencias en el "soñar". Hablamos largo rato.
Al acabar mi reporte, él se levantó y
fue al matorral. Me incorporé también. Estaba nervioso. Era una sensación
injustificada, pues nada había que invocara miedo o cuidado. Don Juan no tardó
en volver. Advirtió mi agitación.
‑Sosiégate ‑dijo, mientras
asía con suavidad mi brazo.
Me hizo tomar asiento y me puso el
cuaderno en el regazo. Me animó a escribir. Argumentaba que yo no debía
inquietar el sitio de poder con innecesarios sentimientos de miedo o
vacilación.
‑¿Por qué me pongo tan nervioso? ‑pregunté.
‑Es natural ‑dijo‑.
Algo en ti se ve amenazado por tus quehaceres en el soñar. Mientras no pensabas
en ellos, anduviste bien. Pero ahora que me revelaste tus acciones estás a
punto de desmayarte:
"Cada guerrero tiene su propio modo
de soñar. Todos son distintos. Lo único que tenemos en común es que algo en
nosotros tiende trampas para obligarnos a abandonar la empresa. El remedio es
persistir a pesar de todas las barreras y desilusiones."
Luego me preguntó si era yo capaz de
elegir temas para "soñar". Dije no tener la menor idea de cómo
hacerlo.
‑La explicación de los brujos
acerca de cómo escoger un tema para soñar ‑dijo él‑ es que el
guerrero escoge el tema manteniendo a fuerza una imagen en la mente mientras
para su diálogo interior. En otras palabras, si es capaz de no hablar consigo
mismo por un momento, y luego evoca la imagen o el pensamiento de lo que
quiere soñar, aunque sólo sea por un instante, lo deseado vendrá a él. Estoy
seguro de que esto es lo que has hecho, aunque sin darte cuenta.
Hubo una larga pausa y después don Juan
empezó a husmear el aire. Parecía limpiarse la nariz; exhaló por ella tres o
cuatro veces, con gran fuerza. Los músculos de su abdomen se contraían en
espasmos que él controlaba aspirando breves bocanadas de aire.
‑Ya no vamos a hablar más de soñar
‑dijo‑. Podrías obsesionarte. Para lograr éxito en cualquier
empresa se debe ir muy despacio, con mucho esfuerzo pero sin tensión ni
obsesiones.
Se puso en pie y caminó hasta el borde
del matorral. Agachándose, escrutó el follaje. Parecía examinar algo en las
hojas, sin acercarse a ellas demasiado.
‑¿Qué hace usted? -pregunté,
incapaz de contener la curiosidad.
Me encaró, sonriendo y alzando las
cejas.
-Los matorrales están llenos de cosas
extrañas ‑dijo al sentarse de nuevo.
De tan casual, su tono me asustó más que
si hubiera lanzado un alarido súbito. Lápiz y cuaderno cayeron de mis manos.
Me remedó entre risas y dijo que mis reacciones exageradas eran uno de los
cabos sueltos que aún existían en mi vida.
Quise hacer una observación, pero no me
dejó hablar.
‑Todavía queda un poco de luz del
día ‑dijo‑. Hay otras cosas que deberíamos tocar antes de que caiga
el crepúsculo.
Añadió entonces que, juzgando por los
resultados de mi "soñar" yo debía de haber aprendido a interrumpir
voluntariamente mi diálogo interno. Le dije que así era.
En el principio de nuestra relación, don
Juan había delineado otro procedimiento: caminar largos trechos sin enfocar
los ojos en nada. Su recomendación había sido no mirar nada directamente sino,
cruzando levemente los ojos, mantener una visión periférica de cuanto se
presentaba a la vista. Recalcó, aunque entonces no entendí, que conservando los
ojos sin enfocar en un punto justamente arriba del horizonte, era posible
percibir, en forma simultánea, cada elemento en el panorama total de casi 180
grados frente a los ojos. Me aseguró que ese ejercicio era la única manera de
suspender el diálogo interno. Solía pedir reportes sobre mi progreso, pero
luego dejó de preguntar por él.
Dije a don Juan que practiqué la técnica
años enteros sin advertir cambio alguno, pero de todos modos no lo esperaba.
Cierto día, sin embargo, me di cuenta, súbitamente, de que acababa de caminar
durante unos diez minutos sin haberme dicho una sola palabra.
Mencioné también que en esa ocasión
cobré conciencia de que suspender el diálogo interno implicaba algo más que
sólo reprimir las palabras que me decía a mí mismo. Todos mis procesos
intelectuales se detuvieron, y me sentí como suspendido, flotando. Una
sensación de pánico surgió de esa vivencia, y tuve que reanudar mi diálogo
interno como antídoto.
‑Te he dicho que el diálogo
interno es lo que nos hace arrastrar ‑dijo don Juan‑. El mundo es
así como es sólo porque hablamos con nosotros mismos acerca de que es así como
es.
Don Juan explicó que el pasaje al mundo
de los brujos se franquea después que el guerrero aprende a suspender el
diálogo interno.
‑Cambiar nuestra idea del mundo es
la clave de la brujería ‑dijo‑. Y la única manera de lograrlo es
parar el diálogo interno. Lo demás sólo es arreglo. Ahora estás en la posición
de saber que nada de lo que has visto o hecho, con la excepción de parar el
diálogo interno, habría podido de por sí cambiar nada en ti, o en tu idea del
mundo. El asunto, por supuesto, es que ese cambio no sea un trastorno. Ahora
entenderás por qué un maestro no presiona a su aprendiz. Eso nada más
fomentaría obsesión y morbidez.
Pidió detalles de otras experiencias que
yo hubiera tenido al suspender el diálogo interno. Hice un recuento de cuanto
pude recordar.
Hablamos hasta que oscureció y ya no
pude tomar notas cómodamente; debía atender a la escritura y eso alteraba mi
concentración. Don Juan se dio cuenta y se echó a reír. Señaló que yo había
propiamente logrado otra tarea de brujo: escribir sin concentrarme. Apenas lo
dijo, advertí que yo, en verdad, no prestaba atención al acto de tomar notas.
Parecía ser una actividad separada con la cual yo no tenía que ver.. Me sentí
raro. Don Juan me, pidió sentarme junto a él en el centro del círculo. Dijo que
había demasiada oscuridad y que ya no me hallaba ‑seguro sentado tan al
filo del matorral. Un escalofrío ascendió por mi espalda; salté a su lado.
Me hizo mirar al sureste y me pidió que
interrumpiera mi diálogo interno y estuviera callado y sin pensamientos. Al
principio fui incapaz y tuve un momento de impaciencia. Don Juan me dio la
espalda y dijo que me apoyara en su hombro, y que una vez que aquietara mis
pensamientos, debía mantener los ojos abiertos, mirando el matorral al sureste.
En tono misterioso, agregó que me estaba planteando un problema, y que, de
resolverlo, me hallaría preparado para otra faceta del mundo de los brujos.
Planteé una débil pregunta acerca de la
naturaleza del problema. Él rió suavemente. Esperé su respuesta, y de pronto
algo en mí se desconectó. Me sentí suspendido. Como si mis orejas se hubieran
destapado, miríadas de ruidos en el chaparral se hicieron audibles. Había
tantos que no me era posible distinguirlos individualmente. Sentí que me
quedaba dormido y entonces, de pronto, algo captó mi atención. No era algo que
involucrara mis procesos mentales; no era una visión, ni un aspecto del ámbito,
pero de algún modo mi percepción participaba. Estaba completamente despierto.
Tenía los ojos enfocados en un sitio al borde del matorral, pero no miraba, ni
pensaba, ni hablaba conmigo mismo. Mis sentimientos eran claras sensaciones
corpóreas; no requerían palabras. Sentía que me precipitaba hacia algo
indefinido. Acaso se precipitaba lo que de ordinario habrían sido mis
pensamientos; fuera como fuese, tuve la sensación de haber sido atrapado en un
derrumbe y de que algo se desplomaba en avalancha, conmigo en la cima. Sentía
la caída en el estómago. Algo me jalaba al chaparral. Discernía la masa oscura
de las matas frente a mí. No era, sin embargo, una tiniebla indiferenciada
como lo sería ordinariamente. Veía cada arbusto individual como si los mirara
en un crepúsculo oscuro. Parecían moverse; la masa de su follaje semejaba
faldas negras ondeando en mi dirección como si las agitara el viento, pero no
había viento. Quedé absorto en sus hipnóticos movimientos; era un escarceo
pulsante que parecía acercármelas más y más. Y entonces noté una silueta más
clara, como superpuesta en las formas oscuras de las matas. Enfoqué los ojos
en un sitio al lado de la silueta y pude percibir en ella un resplandor
verdoso pálido. Luego la miré sin enfocar y tuve la certeza de que se trataba
de un hombre oculto entre las matas.
Me hallaba, en ese momento, en un estado
muy peculiar de conciencia. Tenía conocimiento del entorno y de los procesos
mentales que el entorno engendraba en mí, pero no pensaba como pienso de
ordinario. Por ejemplo, al darme cuenta de que la silueta superpuesta en las
matas era un hombre, rememora otra ocasión en el desierto; en aquel entonces,
mientras don Genaro y yo caminábamos, de noche, por el chaparral, noté que un
hombre se ocultaba entre los arbustos, detrás de nosotros, pero lo perdí de
vista apenas traté de explicar racionalmente el fenómeno. Esta vez, sin
embargo, sentí llevar la ventaja y me rehusé a explicar o pensar en absoluto.
Durante un momento tuve la impresión de que podía retener al hombre y forzarlo
a permanecer donde se hallaba. Entonces experimenté un extraño dolor en la
boca del estómago. Algo pareció desgarrarse dentro de mí y ya no pude conservar
en tensión los músculos de mi abdomen. En el preciso instante en que cedí, la
forma oscura de un enorme pájaro, o alguna clase de animal volador, brotó del
matorral y se me echó encima. Fue como si la figura del hombre se hubiese
transformado, en la de un ave. Tuve la clara percepción consciente del miedo.
Di una boqueada, y luego un fuerte grito, y caí de espaldas.
Don Juan me ayudó a incorporarme. Su
rostro estaba muy cerca del mío. Reía.
‑¿Qué fue eso? ‑vociferé.
Me silenció, cubriéndome la boca con la
mano. Acercó los labios a mi oírlo y susurró que debíamos abandonar el sitio en
forma tranquila y sosegada, como si nada hubiera ocurrido.
Laminamos lado a lado. Su paso era
sereno y parejo. Un par de veces volvió rápidamente la cabeza. Lo imité, y en
las dos ocasiones pude ver una masa oscura que parecía seguirnos. Oí a mis
espaldas un chillido escalofriante. Experimenté un momento de terror puro; un
movimiento ondulatorio recorrió en espasmos los músculos de mi estómago,
creciendo en intensidad hasta que, sencillamente, forzó a mi cuerpo a correr.
Para hablar de mi reacción, es ‑Imprescindible
usar la terminología de don Juan; así puedo decir que mi cuerpo, a causa del
susto experimentado, fue capaz de ejecutar lo que él llamaba "la marcha
de poder", una técnica que me había enseñado años antes para correr en la
oscuridad sin tropezar ni lastimarse en forma alguna.
No tuve conciencia clara de qué había
hecho ni de cómo lo hice. De pronto me hallé nuevamente en la casa de don Juan.
Al parecer él había corrido también y llegamos al mismo tiempo. Encendió su
lámpara de kerosén, la colgó de una viga en el techo v, con toda naturalidad,
me invitó a tomar asiento y relajarme.
Troté marcando el paso durante un rato,
hasta que mi nerviosismo se redujo a proporciones manejables. Luego me senté.
Enfáticamente, me ordenó actuar como si nada hubiera pasado y me entregó mi
cuaderno. Yo no había advertido que, en mi prisa por salir del matorral, lo
dejé caer.
‑¿Qué es lo que pasó, don Juan? ‑pregunté
por fin.
‑Tenías una cita con el
conocimiento ‑repuso, señalando con un movimiento de barbilla el borde
oscuro del chaparral desértico‑. Te llevé allá porque encontré al
conocimiento ahí dando vueltas alrededor de la casa, cuando llegaste. Podrías
decir que el conocimiento sabía de tu venida y te esperaba. En lugar de
enfrentarlo aquí, me pareció propio enfrentarlo en un sitio de poder. Entonces
preparé una prueba para ver si tenías suficiente poder personal para separarlo
del resto de las cosas en torno nuestro. Lo hiciste muy bien.
‑¡No se vaya tan de prisa! ‑protesté‑.
Vi la silueta de un hombre escondido detrás de una mata, y luego vi un enorme
pájaro.
‑¡No viste un hombre! ‑dijo
con énfasis‑. Tampoco viste un pájaro. La silueta en las matas, y lo que
voló hacia nosotros, era una polilla. Si quieres ser exacto en términos de
brujo, pero muy ridículo en tus propios términos, puedes decir que esta noche
tenías cita con una polilla. El conocimiento es una polilla.
Me dirigió una mirada penetrante. La luz
de la linterna creaba sombras extrañas en su cara. Aparté los ojos.
‑A lo mejor tendrás bastante poder
personal para deshilvanar hoy ese misterio ‑dijo‑. Si no es hoy,
será mañana; recuerda, todavía me debes seis días.
Don Juan se puso en pie y fue a la
cocina en la parte trasera de la casa. Tomó la linterna y la puso contra la
pared, sobre el tocón bajo y redondo que usaba como banco. Nos sentamos en el
suelo, uno frente al otro, y nos servimos frijoles y carne de una olla que él
había colocado frente a nosotros. Comimos en silencio.
De vez en cuando me echaba vistazos
furtivos, y parecía a punto de reír. Sus ojos semejaban dos ranuras. Al
mirarme los abría un poco y la humedad de la córnea reflejaba la luz de la
linterna. Parecía estar usando la luz para crear un reflejo. Jugaba con el
reflejo, sacudiendo la cabeza en forma casi imperceptible, cada vez que
enfocaba en mí los ojos. El efecto era un fascinante estremecimiento luminoso.
Tomé conciencia de sus maniobras después de que las hubo ejecutado un par de
veces. Me sentí convencido de que actuaba con un propósito definido. No pude
menos que preguntarle al respecto.
-Tengo un motivo ulterior ‑dijo
empleando una voz tranquilizadora‑. Te estoy calmando con mis ojos. No
parece que te estés poniendo más nervioso, ¿verdad?
Tuve que admitir que me sentía bastante
a mis anchas. El cintilar constante de sus ojos no era ominoso, ni me había
asustado o molestado en forma alguna.
‑¿Cómo hace usted para calmarme
con los ojos? ‑pregunté.
Repitió el imperceptible oscilar de
cabeza. Las córneas de sus ojos reflejaban en verdad la luz de la linterna de
kerosén.
‑Haz tú la prueba ‑dijo en
tono casual, mientras se servía otro plato de comida‑. Puedes calmarte
solo.
Intenté menear la cabeza; mis
movimientos eran torpes.
‑Si sacudes así la cabeza, no vas
a calmarte ‑dijo, riendo‑. Nada más te va a doler. El secreto no
está en el meneo dé cabeza sino en la sensación que viene a los ojos desde la
parte abajo del estómago. Esto es lo que mueve la cabeza.
Se frotó la región umbilical.
Habiendo terminado de comer, me recliné
en una pila de leña donde había algunos costales. Traté de imitar su movimiento
de cabeza. Don Juan parecía divertirse inmensamente. Lanzaba risitas y se
golpeaba los muslos.
Un ruido súbito interrumpió su regocijo.
Oí un extraño sonido grave, como golpeteó sobre madera, procedente del
chaparral. Don Juan echó la mandíbula hacia adelante, haciéndome seña de
permanecer alerta.
‑Esa es la polilla que te llama ‑dijo
en un tono carente de emoción.
Me levanté de un salto. El sonido cesó
instantáneamente. Miré a don Juan en busca de una explicación. Él hizo un
gesto cómico de impotencia, alzando los hombros.
‑Todavía no has cumplido con tu
cita ‑añadió.
Le dije que me sentía indigno, y que tal
vez debiera irme a casa y regresar cuando tuviera más fuerza.
-Esas son idioteces ‑repuso,
cortante‑. Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la
máxima humildad. Se acepta con humildad así como es, no como base para
lamentarse, sino como base para su lucha y su desafío.
"Nos demoramos mucho para
comprender eso y vivirlo por entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la
palabra humildad. Soy un indio, y los indios siempre hemos sido humildes y no
hemos hecho nada más que agachar la cabeza. Yo pensaba que la humildad no tenía
nada que ver con el camino del guerrero. ¡Me equivocaba! Ahora sé que la
humildad del guerrero no es la humildad del pordiosero. El guerrero no agacha
la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache
la cabeza ante él. En cambio, el pordiosero a la menor provocación pide piedad
de rodillas y se echa al suelo a que lo Pise cualquiera a quien considera más
encumbrado; pero al mismo tiempo, exige que alguien más bajo que él le haga lo
mismo.
"Por eso te dije hace rato que no
entiendo lo que debe sentir un maestro. Yo sólo conozco la humildad del
guerrero, y eso jamás me permitirá ser el amo de nadie."
Guardamos silencio unos momentos. Sus
palabras me habían causado una profunda agitación. Me conmovían, y al mismo
tiempo me preocupaba lo presenciado en el matorral. Mi evaluación consciente
era que don Juan me ocultaba cosas y que debía saber lo que realmente estaba
ocurriendo.
Me hallaba envuelto en tales
deliberaciones cuando el mismo extraño golpeteo dispersó mis pensamientos con
una sacudida. Don Juan sonrió y luego empezó a reír por lo bajo.
-Te gusta la humildad del pordiosero ‑dijo
suavemente‑. Agachas la cabeza ante la razón.
‑Siempre pienso que me están
engañando ‑dije‑. Ése es el punto de mi problema.
‑Tienes razón. Te están engañando ‑repuso
con una sonrisa encantadora‑. Eso no puede ser tu problema. El verdadero
punto del asunto es que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es
así?
‑Sí. Algo en mi no me permite
creer que lo que está ocurriendo sea real.
‑Otra vez tienes razón. Nada de lo
que está ocurriendo es real.
‑¿Qué quiere usted decir, don
Juan?
‑Las cosas son reales sólo cuando
uno ha aprendido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta
noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie
podría este, de acuerdo contigo en ese respecto.
‑¿Quiere decir que usted no vio lo
que ocurría?
‑Claro que sí. Pero yo no cuento.
Yo soy el que te está mintiendo, ¿recuerdas?
Don Juan rió hasta toser y atragantarse.
Su risa era amistosa aunque se burlaba de mí.
‑No le des tanta importancia a mis
palabras -dijo, confortante‑. Sólo trato de que descanses, y sé que te
sientes a tus anchas sólo cuando estás confundido.
Su expresión era tan deliberadamente cómica
que ambos reímos. Le dije que lo que acababa de decir me hacía sentir más
atemorizado que nunca.
‑¿Me tienes miedo? ‑preguntó.
‑No a usted, sino a lo que usted
representa.
‑Represento la libertad del
guerrero. ¿Tienes miedo de eso?
‑No. Pero tengo miedo de su
conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada.
‑Otra vez confundes las cosas.
Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner jamás en
duda su valor. Como podrás ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.
‑¿Quiénes son los brujos malignos,
don Juan?
‑Todos nuestros prójimos son los
brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, también tú eres un brujo
maligno. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado?
No. Tus ideas y tus acciones están fijadas para siempre en sus términos. Eso es
esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La libertad es muy cara, pero el
precio no es imposible.
Ten miedo a tus carceleros, a tus amos.
No desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.
Supe que tenía razón, y sin embargo,
pese a mi genuina concordancia con él, supe también que los hábitos de toda mi
vida me harían, inevitablemente, ceñirme a mi vieja senda. Me sentí en verdad
un esclavo.
Tras un largo silencio, don Juan me
preguntó si tenía fuerza suficiente para otro encuentro con el conocimiento.
‑¿O sea, con la polilla? ‑pregunté,
medio en broma.
Su cuerpo se contorsionó de risa. Fue
como si yo le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.
‑¿Qué quiere usted decir realmente
con eso de que el conocimiento es una polilla? ‑pregunté.
‑Eso es lo único que quiero decir ‑replicó‑.
Una polilla es una polilla. Pensé que a estas alturas, con todo lo que has
aprendido y logrado, tendrías poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver,
tu mirada se fijó en un hombre, y eso no fue ver de verdad.
Desde el principio de mi aprendizaje,
don Juan había descrito el concepto de "ver" como una capacidad
especial que podía cultivarse y que permitía percibir la naturaleza
"última" de las cosas.
A través de los años de nuestra
relación, yo había desarrollado la idea de que con "ver" él se
refería a una percepción intuitiva de las cosas, o a la capacidad de comprender
algo de una sola vez, o quizás al don de penetrar las interacciones humanas y descubrir
significados y motivos encubiertos.
‑Yo diría que esta noche, cuando
enfrentaste a la polilla, medio mirabas y medio veías –prosiguió don Juan‑.
En ese estado, aunque no eras del todo lo que eres de costumbre, fuiste capaz
de darte cuenta de lo que estaba pasando, a fin de hacer operar tu conocimiento
del mundo.
Don Juan hizo
una pausa y me miró. Al principió no supe qué decir.
‑¿Cómo estaba yo operando mi
conocimiento del mundo? ‑pregunté.
‑Tu conocimiento del mundo te
decía que en los matorrales uno solamente puede hallar animales rondando u
hombres escondidos detrás del follaje. Te aferrabas á ese pensamiento y,
naturalmente, tuviste que hallar modos de hacer que el mundo se ajustara a tu
pensamiento.
‑Pero yo, no pensaba en absoluto,
don Juan.
‑Entonces no digamos que pensabas.
Es más bien el hábito de hacer que el mundo se ajuste siempre a nuestros
pensamientos. Cuando no se ajusta, simplemente lo forzamos a hacerlo. Las
polillas del tamaño de un hombre no pueden ser ni siquiera un pensamiento, por
lo tanto, para ti, lo que había en el matorral tenía que ser un hombre.
"Lo mismo pasó con el coyote. Tus
viejos hábitos decidieron también la naturaleza de aquel encuentro. Algo tuvo
lugar entre el coyote y tú, pero no fue conversación. Yo mismo he estado en
ese jaleo. Ya te conté que una vez hablé con un venado; tú hablaste con un
coyote, pero ni tú ni yo sabremos jamás qué fue lo que realmente ocurrió en
esas ocasiones."
‑¿Qué me está usted diciendo, don
Juan?
‑Cuando la explicación de los
brujos se me hizo clara, ya era demasiado tarde para saber qué me hizo el
venado. Dije que hablamos, pero no fue así. Decir que tuvimos una conversación
es sólo una forma de arreglar lo que pasó para así poder hablar de ello. El
venado y yo hicimos algo, pero en el momento en que eso ocurría yo también
necesitaba ajustar el mundo a mis ideas, igual que tú. Yo he hablado toda mi
vida, igual que tú, por lo tanto mis hábitos se impusieron y se extendieron aún
al venado. Cuando el venado se me acercó e hizo lo que hizo, me vi forzado a
entenderlo como conversación.
‑¿Es ésta la explicación de los
brujos?
‑No. Es la explicación que yo te
doy. Pero no se opone a la explicación de los brujos.
Sus aseveraciones me produjeron un
estado de gran agitación intelectual. Durante un rato olvidé la mariposa
nocturna que rondaba, e incluso tomar notas. Intenté reformular sus postulados
y entramos en una larga discusión acerca de la naturaleza reflexiva de nuestro
mundo. El mundo, según don Juan, debía ajustarse a su descripción; es decir, la
descripción se reflejaba a sí misma.
Otro punto en su elucidación era que
habíamos aprendido a relacionarnos con nuestra descripción del mundo en
términos de lo que él llamaba ‑hábitos‑. Introduje un término que
me parecía más totalizador: intencionalidad, la propiedad de la conciencia humana
por medio de la cual un objeto se alude o se propone.
Nuestra conversación engendró una
especulación sumamente interesante. Examinada a la luz de la explicación de
don Juan, mi "conversación" con el coyote adquiría un nuevo
carácter. Yo había; en verdad, no solamente "propuesto" el diálogo,
pues nunca he conocido otra avenida de comunicación intencional, sino que
también había logrado ajustarme a la descripción de que la comunicación tiene lugar
a través del diálogo, y en tal forma hice que la descripción se reflejara a sí
misma.
Tuve un momento de gran alborozo. Don
Juan rió y dijo que conmoverme a tal grado con las palabras era otro aspecto de
mi tontería. Hizo una cómica pantomima de hablar sin sonidos.
‑Todos pasamos por los mismos
jalones ‑dijo tras una larga pausa‑. La única manera de vencerlos
es persistir en actuar como guerrero. El resto viene de sí mismo y por sí
mismo.
‑¿Qué es el resto, don Juan?
‑El conocimiento y el poder. Los
hombres de conocimiento tienen los dos. Y sin embargo, ninguno de ellos podría
decir cómo llegó a tenerlos; simplemente que siguieron actuando como guerreros
y, en un momento dado, todo cambió.
Me miró. Parecía indeciso, luego se puso
en pie y dijo que yo no tenía más recurso que cumplir mi cita con el
conocimiento.
Sentí un escalofrío; mi corazón empezó a
golpear con rapidez. Me incorporé. Don Juan caminó en torno mío como si
examinase mi cuerpo desde todos los ángulos posibles. Me hizo seña de tomar
asiento y seguir escribiendo.
-Si te asustas demasiado, no podrás
cumplir con tu cita. ‑dijo‑. Un guerrero debe tener serenidad y
aplomo, y no debe perder nunca los estribos.
‑Estoy verdaderamente asustado ‑dije‑.
Polilla o lo que sea, hay algo que ronda allí afuera entre las matas.
‑¡Claro que sí! ‑exclamó‑.
Lo que me fastidia de ti es que insistes en pensar que es un hombre, igual que
insistes en pensar que hablaste con un coyote.
Cierta parte mía comprendía totalmente
su argumento; había, sin embargo, otro aspecto de mi persona que no cedía, y
que a pesar de la evidencia se aferraba con firmeza a la "razón".
Dije a don Juan que su explicación no
satisfacía mis sentidos, aunque mi acuerdo intelectual con ella era completo.
‑Eso es lo malo de las palabras ‑dijo
con gran certidumbre‑. Siempre nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero
cuando damos la vuelta para encarar al mundo siempre nos fallan y terminamos
encarando al mundo como lo hemos hecho siempre, sin iluminación. Por este
motivo, a un brujo le precisa actuar más que hablar, y para efectuar eso
obtiene una nueva descripción del mundo: una nueva descripción en la cual el
hablar no es tan importante y en la cual los actos nuevos tienen nuevas
reflexiones.
Tomó asiento junto a mí, me miró a los
ojos y me pidió decir en voz alta lo que realmente había "visto" en
el matorral.
Me enfrentaba en ese momento a una
inconsistencia absorbente. Yo había visto la silueta oscura de un hombre, pero
también había visto que dicha silueta se convertía en un pájaro. Había, por
tanto, presenciado más de lo que mi razón me permitía considerar posible. Pero
en lugar de descartar por entero mi razón, algo en mí había seleccionado partes
de mi experiencia, como el tamaño y el contorno general de la silueta oscura,
y las enarbolaba como posibilidades razonables, mientras descartaba otras
partes, como la transformación de la figura en un pájaro. Y así había llegado a
convencerme a mí mismo de haber visto un hombre.
Don Juan rió a carcajadas cuando expuse
mi dilema. Dijo que tarde o temprano la explicación de los brujos llegaría a mí
rescate y todo estaría entonces perfectamente claro, sin tener que ser
razonable 0 irrazonable.
‑Mientras tanto, lo único que
puedo hacer por ti es garantizarte que eso no era un hombre ‑añadió.
La mirada de don Juan se hizo
decididamente enervante. Mi cuerpo se estremeció en forma involuntaria. Me
hacía sentir apenado y nervios.
‑Busco marcas en tu cuerpo
-explicó-. Tal vez no lo sepas, pero esta nnoche tuviste todo un combate allá
afuera.
‑¿Qué clase de marcas busca usted?
‑No son propiamente marcas físicas
en tu cuerpo, sino señales, indicios en tus fibras luminosas, zonas de mucho
brillo. Somos seres luminosos y todo cuanto somos o sentimos se nota en
nuestras fibras. Los seres humanos tienen un brillo que les es peculiar. Ésa es
la única manera de distinguirlos de otros seres vivientes luminosos.
"Si hubieras viste esta noche,
habrías notado que la figura en las matas no era un ser viviente
luminoso."
Quise seguir preguntando, pero él me
cubrió la boca con la mano y siseó para acallarme. Luego acercó la boca a mi
oído y susurró que escuchara y tratase de oír un crujido suave, los leves pasos
apagados de una mariposa nocturna sobre las hojas y ramas secas en el suelo.
No pude oír nada. Den Juan se levantó
abruptamente, recogió la linterna y dijo que íbamos a sentarnos bajo la ramada
junto a la puerta del frente. Me guió por la salida trasera y rodeamos la casa,
al borde del chaparral, en vez de atravesar el cuarto y salir por enfrente.
Explicó que era esencial hacer obvia nuestra presencia. Describimos un
semicírculo en torno al costado izquierdo de la casa. El paso de don Juan era
extremadamente lento. Sus pisadas eran débiles y vacilantes. Su brazo temblaba
al sostener la linterna.
Le pregunté si algo le pasaba. Con un
guiño, me susurró que la enorme mariposa que andaba rondando tenía cita con un
hombre joven, y que el lento andar de un anciano decrépito era una forma obvia
de indicar quién era el interesado.
Cuando finalmente llegamos a la fachada
de la casa, don Juan colgó la linterna de una viga y me hizo tomar asiento con
la espalda contra la pared. Se sentó a mi derecha.
‑Vamos a estarnos aquí ‑dijo‑
y tú vas a escribir y a hablar conmigo en forma muy normal. La polilla que hoy
se te echó encima anda por aquí, en las matas. Dentro de un rato se acercará a
mirarte. Por eso puse la linterna exactamente encima de ti. La luz guiará a la
polilla para que te encuentre. Cuando llegue al filo del matorral, te llamará.
Es un sonido muy especial. El sonido por si solo pude ayudarte.
‑¿Qué clase de sonido es, don
Juan?
‑Es una canción. Un grito
hipnotizante que las polillas producen. Por lo común no puede oírse, pero la
polilla que anda por las matas es una polilla rara; oirás claramente su llamado
y, siempre y cuando seas impecable, lo conservarás el resto de tu vida.
‑¿En qué me va a ayudar?
-Esta noche, vas a tratar de acabar lo
que empezaste antes. El ver sólo ocurre cuando el guerrero es capaz de parar el
diálogo interno.
"Hoy paraste tu diálogo a pura
fuerza, allá en las matas. Y viste. Lo que viste no fue claro. Pensaste que era
un hombre. Yo digo que era una polilla. Ninguno de los dos está en lo cierto,
pero eso se debe a que tenemos que hablar. Yo te sigo llevando ventaja porque
veo mejor que tú y porque estoy familiarizado con la explicación de los brujos;
de modo que yo sé, aunque esto no sea exacto par entero, que la figura que
viste hoy era una polilla.
"Y ahora vas a quedarte callado y
sin pensamientos para dejar que la polillita venga otra vez a ti."
Apenas me era posible tomar notas. Don
Juan, riendo, me instó a proseguir mi escritura como si nada me molestara. Me
tocó el brazo y me dijo que escribir era el mejor escudo de protección con que
yo podría contar.
‑Nunca hemos hablado de las
polillas -continuó‑. No había llegado la hora hasta hoy. Como ya sabes,
tu espíritu estaba sin balance. Para contrarrestar eso, te enseñé la vida del
guerrero. Pues bien, un guerrero empieza la faena con la certeza de que su
espíritu está fuera de balance; pero a medida que va adquiriendo, sin pena ni
apuro, control y conocimiento, también va haciendo lo mejor que puede por ganar
ese balance.
"En tu caso, como en el de todos
los hombres, tu falta de balance se debía a la suma total de todas tus
acciones. Pero ahora tu espíritu parece estar en una claridad propicia para
hablar de las polillas."
-¿Cómo supo usted que
ésta era la hora correcta para hablar de las polillas?
-Cuando llegaste, miré a una rondando
alrededor de la casa. Esa era la primera vez que se mostraba amistosa y
abierta. Ya la había visto antes en las montañas, junto a la casa de Genaro,
pero solamente como una figura espeluznante que reflejaba tu falta de orden.
En ese momento oí un extraño sonido. Era
como el crujido apagado de una rama que raspase contra otra, o como el petardeo
de un motor pequeño oído a distancia. Cambiaba de escalas, como un tono musical,
creando un ritmo sobrecogedor. Luego cesó.
-Esa fue la polilla ‑dijo don Juan‑.
A lo mejor ya notaste que, aunque la luz de la linterna es lo bastante viva
para atraer polillas, no hay ni siquiera una sola volando en torno de ella.
Yo no había prestado atención al hecho,
pero una vez que don Juan me lo hizo notar, advertí también un silencio
increíble en el desierto que circundaba la casa.
‑No te sobresaltes ‑dijo
calmadamente‑. No hay nada en este mundo de lo cual un guerrero no pueda
dar razón. Verás, un guerrero se considera ya muerto, y así no tiene ya nada
que perder. Ya le pasó lo peor, y por lo tanto se siente tranquilo y sus pensamientos
son claros; a juzgar por sus actos o sus palabras, uno jamás sospecharía que
un guerrero lo ha presenciado todo.
Las palabras de don Juan, y sobre todo
su ánimo, me resultaban muy confortantes. Le dije que en mi vida cotidiana
había definitivamente dejado de experimentar mi antiguo miedo obsesivo, pero
que mi cuerpo se convulsionaba de temor al pensar en lo que había allí en las
tinieblas.
‑Allá afuera sólo hay conocimiento
‑dijo en tono objetivo-. El conocimiento es pavoroso, cierto; pero si un
guerrero acepta la naturaleza aterradora del conocimiento, cancela lo temible.
El extraño sonido barbotante se oyó de
nuevo. Parecía más cercano y más fuerte. Escuché con cuidado. Mientras más
atención le prestaba, más difícil era determinar su naturaleza. No parecía ser
el canto de un pájaro ni el gruñir de un animal terrestre. El tono de cada
barbotar era rico y profundo; algunos se producían en una escala baja, otros en
una alta. Tenían ritmo y duración específica; algunos eran largos, yo los oía
como una sola unidad sonora; otros eran cortos y venían en conglomerado, como
el sonido en staccato de una ametralladora.
‑Las polillas son los heraldos o,
mejor dicho, los guardianes de la eternidad ‑dijo don Juan cuando el
sonido hubo cesado‑. Por alguna razón, o a lo mejor por ninguna, son los
depositarios del polvo de oro de la eternidad.
La metáfora me era ajena. Le pedí
explicarla.
‑Las polillas llevan polvo en sus
alas -dijo‑. Un polvo de oro. Ese polvo es el polvo del conocimiento.
Su explicación había oscurecido más Aún
la metáfora. Vacilé un momento, queriendo hallar la mejor manera de formular
mi pregunta. Pero él empezó a hablar de nuevo.
‑El conocimiento es un asunto de
lo más peculiar ‑dijo‑, especialmente para un guerrero. El conocimiento,
para un guerrero es algo que llega de pronto, lo envuelve, y pasa.
‑¿Qué tiene que ver el
conocimiento con el polvo en las alas de las polillas? ‑pregunté tras una
larga pausa.
‑El conocimiento llega flotando
como centellas de polvo de oro, el mismo polvo que cubre las alas de las
polillas. Y así pues, para un guerrero, el conocimiento es como si le cayera el
agua de una regadera, o como si le llovieran centellas de polvo de oro.
En la forma más cortés que me fue
posible, mencioné que sus explicaciones me hablan confundido más aún. Riendo,
me aseguró que cuanto decía tenía perfecto sentido, sólo que mi razón no me
dejaba en paz.
‑Las polillas han sido amigas
intimas y ayudantes de los brujos desde tiempos inmemoriales –dijo-. No le di
antes a este tema a causa de tu falta de preparación.
‑¿Pero cómo puede el polvo en sus
alas ser conocimiento?
‑Ya verás.
Puso la mano sobre mi cuaderno y me
indicó cerrar los ojos y quedarme callado y sin pensar. Dijo que el canto de la
polilla en el chaparral me asistiría. Si le prestaba atención, me hablaría de
sucesos inminentes. Recalcó que no sabía cómo iba a establecerse la
comunicación entre la polilla y yo, ni cuáles serían los términos de la
comunicación. Me instó asentirme tranquilo y seguro y a confiar en mi poder
personal.
Tras un periodo inicial de impaciencia y
nerviosismo, logré quedar en silencio. Mis pensamientos disminuyeron en
número hasta que mi mente se vació por completo. Los ruidos del chaparral
desértica parecieron surgir al parejo de mi calma.
El extraño sonido que don Juan atribuía
a una polilla se dejó escuchar nuevamente. Se registraba como una sensación en
mi cuerpo, no como un pensamiento en mi mente. Se me ocurrió que no era para
nada ominoso ni malévolo. Era dulce y sencillo. Era como el llamado de un niño.
Trajo la memoria de un niñito que yo conocí. Los sonidos largos me recordaban
su redonda cabeza rubia; los sonidos cortos, en staccato, su risa. Me oprimió
un sentimiento de angustia suprema, y sin embargo no había ideas en mi mente;
sentía la angustia en el cuerpo. Incapaz de permanecer sentado, me deslicé
hasta quedar de lado sobre el suelo. Mi tristeza era tan intensa que empecé a
pensar. Evalué mi dolor y mi pena y de pronto me hallé inmerso en un debate
interno acerca del niño. El sonido barbotante había cesado. Mis ojos estaban
cerrados. Oía don Juan incorporarse y luego sentí cómo me ayudaba asentarme. Yo
no quería hablar. Él no dijo una palabra. Lo oí moverse junto a mí. Abrí los
ojos; se había arrodillado frente a mí y examinaba mi rostro, acercándome la
linterna. Me ordenó poner las manos en el estómago. Se levantó, fue a la
cocina y trajo agua. Salpicó parte de ella en mi cara y me dio a beber el
resto.
Tomó asiento a mi lado y me entregó mis
notas. Le dije que el sonido me había envuelto en una ensoñación sumamente
dolorosa.
‑Te estás entregando a tu vicio ‑dijo
con sequedad.
Pareció sumergirse en sus pensamientos,
como si buscara una proposición adecuada que hacer.
‑El problema de esta noche es ver
gente ‑dijo por fin‑. Primero debes parar tu diálogo interno, y
luego traer la imagen de la persona que quieres ver; cualquier pensamiento que
uno lleva en mente en un estado de silencio es propiamente una orden, pues no
hay otros pensamientos que compitan con él. Esta noche, la polilla en las matas
quiere ayudarte, y cantará para ti. Su canción traerá las centellas doradas, y
entonces verás a la persona que has elegido.
Quise más detalles, pero él hizo un
gesto brusco y me indicó proceder.
Tras luchar unos cuantos minutos por
suspender mi diálogo interno, me hallé en silencio total. Y entonces, con
deliberación, pensé brevemente en un amigo mío. Mantuve los ojos cerrados
durante un lapso que creí instantáneo, y entonces me di cuenta de que alguien
me sacudía por los hombros. Fue una lenta toma de conciencia. Abrí los ojos y
me descubrí yaciendo sobre el costado izquierdo. Al parecer me había dormido
tan profundamente que no recordaba haberme dejado caer por tierra. Don Juan me
ayudó a sentarme de nuevo. Reía. Imitó mis ronquidos y dijo que, de no haberlo
visto con sus propios ojos, no creería que alguien pudiera dormirse tan rápido.
Afirmó que para él era un regocijo estar cerca de mí cada vez que yo debía
hacer algo que mi razón no comprendía. Hizo a un lado mi cuaderno de notas y
dijo que debíamos empezar otra vez desde el principio.
Seguí los pasos necesarios. El extraño
barbotar vino de nuevo. En esta ocasión, sin embargo, no procedía del
chaparral; más bien parecía ocurrir dentro de mí, como si mis labios, o
piernas, o brazos lo produjeran. El sonido no tardó en recubrirme. Sentí como
un chisporroteo de bolas suaves que salían desde mi interior o venían contra
mí; era un sentimiento apaciguador, exquisito, de ser bombardeado con pesadas
borlas de algodón. De pronto oí que una racha de viento abría una puerta y me
hallé pensando de nueva. Pensé haber arruinado otra oportunidad. Abrí los ojos
y estaba en mi cuarto. Los objetos sobre mi escritorio seguían como los dejé.
La puerta estaba abierta; afuera soplaba un fuerte viento. Por mi mente cruzó la
idea de que debía revisar el calentador de agua. Entonces oí un traqueteo en
las contraventanas que yo mismo
había puesto y que no encajaban bien en el marco. Era un ruido furioso, como si
alguien quisiera entrar. Experimenté una sacudida de temor. Me levanté de la
silla. Sentí que algo me jalaba. Grité.
Don Juan me sacudía por los hombros.
Excitadamente, le hice un recuento de mi visión. Había sido tan vívida que me
hallaba temblando. Sentía que acababa de estar sentado a mi escritorio, en mi
completa forma corporal.
Don Juan meneó la cabeza con
incredulidad y dijo que yo era un genio para hacerme tonto. No parecía
impresionado por lo que yo había hecho. Lo descartó de plano y me ordenó volver
a empezar.
Oí entonces, nuevamente, el misterioso
sonido. Me llegó, como don Juan había sugerido, bajo la guisa de una lluvia de
centellas doradas. No sentí que fueran motas o copos pianos, como los había
descrito, sino más bien burbujas esféricas. Flotaron hacia mí. Una de ellas se
abrió revelándome una escena. Fue como si se hubiera detenido enfrente de mis
ojos para mostrarme un objeto extraño. Parecía un hongo. Yo lo miraba, sin duda
alguna, y lo que experimentaba no era un sueño. El objeto micoforme permaneció
inalterable dentro de mi campo de "visión" y luego desapareció, como
si hubieran apagado la luz que brillaba sobre él. Siguió una oscuridad
interminable. Sentí un temblor, un sobresalto desquiciante, y abruptamente
advertí que me sacudían. De inmediato mis sentidos empezaron a funcionar. Don
Juan me agitaba vigorosamente, y yo lo miraba. Debo haber abierto los ojos en
ese momento.
Me roció agua en la cara. La frialdad
del liquido era muy agradable. Tras una breve pausa, quiso saber qué había
ocurrido.
Expuse cada detalle de mi visión.
‑¿Pero qué vi? ‑pregunté.
‑A tu amigo ‑replicó.
Reí y expliqué pacientemente que había
"visto" una figura en forma de hongo. Aun careciendo de criterio para
juzgar dimensiones, había tenido la sensación de que media unos treinta
centímetros.
Don Juan recalcó que el sentir era todo
lo que contaba. Dijo que mis sensaciones eran la medida que evaluaba el estado
de ser del sujeto que yo "veía".
‑Por tu descripción y tus
sensaciones, debo concluir que tu amigo ha de ser una magnífica persona ‑dijo.
Sus palabras me desconcertaron.
Dijo que la configuración micoforme era
la forma esencial de los seres humanos cuando un brujo los "veía"
desde lejos, pero cuando el brujo encaraba directamente a la persona a quien
estaba "viendo", la característica humana se mostraba como un conglomerado
oviforme de fibras luminosas.
‑No estabas viendo cara a cara a
tu amigo ‑dijo‑. Por eso apareció como un hongo.
‑¿Por qué es así, don Juan?
‑Nadie sabe. Ésa, sencillamente,
es la forma en que los hombres aparecen en este tipo específico de ver.
Añadió que cada rasgo de la
configuración micoforme tenía un significado especial, pero que era imposible
para un principiante interpretar con exactitud dicho significado.
Tuve entonces un recuerdo de gran
interés. Algunos años antes, en un estado de realidad no ordinaria producido
por la ingestión de plantas psicotrópicas, había experimentado o percibido,
mientras miraba una corriente acuática, que un racimo de burbujas flotaba hacia
mí, envolviéndome. Las burbujas doradas que acababa de contemplar flotaban y me
envolvían de la misma manera exacta. De hecho, yo podía decir que ambos
conglomerados habían tenido la misma estructura y la misma pauta.
Don Juan escuchó con indiferencia mis
comentarios.
‑No gastes tu poder en babosadas ‑dijo‑.
Estás tratando con esa inmensidad que está allá afuera.
Señaló hacia el chaparral con un
movimiento de la mano.
Convertir en razonable esa cosa
magnifica que está allá afuera no te sirve de nada. Aquí, alrededor de
nosotros, está la eternidad misma. Esforzarse a reducirla a una tontería
manejable es un acto despreciable y definitivamente desastroso.
Luego insistió en que yo tratara de
"ver" a otra persona de mi gama de conocidos. Añadió que, una vez
terminada la visión, debía procurar abrir los ojos por mí mismo y resurgir a la
conciencia plena de mi entorno inmediato.
Logré fijar la visión de otra figura
micoforme, pero mientras la primera había sido amarillenta y pequeña, la
segunda fue blancuzca, de mayor tamaño y contrahecha.
Cuando hubimos terminado de hablar sobre
las dos formas que yo había "visto", me había olvidado de la
"polilla en el matorral", tan abrumadora un rato antes. Dije a don
Juan que me asombraba tener tal facilidad para descartar algo tan
verdaderamente ultraterreno. Parecía que yo no fuese la misma persona que
solfa ser.
‑No veo por qué haces tanta
alharaca ‑dijo don Juan‑. Cada vez que el diálogo cesa, el mundo se
desploma y salen a la superficie facetas extraordinarias de nosotros mismos,
como si nuestras palabras las hubieran tenido bajo guardia. Eres como eres porque
te dices a ti mismo que eres así.
Tras un corto descanso, don Juan me
instó a seguir "llamando" amigos. Dijo que el ejercicio consistía
en tratar de "ver" todas las veces posibles, con el fin de establecer
una gula o una pauta de diversos sentimientos.
Llamé treinta y dos personas en
sucesión. Después de cada intento, don Juan exigía una versión cuidadosa y
detallada de todo lo percibido en mi visión. Sin embargo, cambió de
procedimientos conforme adquirí mayor proficiencia en mi desempeño; proficiencia
juzgada por el hecho de que detenía el diálogo interno en cuestión de segundos,
de que podía abrir los ojos por mí mismo al finalizar cada experiencia, y de
que reanudaba sin transición alguna actividades ordinarias. Noté ese cambio de
procedimiento mientras discutíamos la coloración de las configuraciones
micoformes. Ya él había señalado que lo
que yo llamaba coloración no era un tinte sino un brillo de diferentes
intensidades. Me hallaba a punto de referirme a un resplandor amarillento
recién percibido cuando él me interrumpió para dar una descripción exacta de lo
que yo había "visto". A partir de entonces, discutió el contenido de
cada visión, no sólo como si comprendiese lo que yo decía, sino como si lo
hubiera "visto" él mismo. Al pedirle yo un comentario al respecto,
rehusó de plano hablar de ello.
Cuando terminé de llamar a las treinta y
dos personas, había "visto" una variedad de figuras micoformes, y
resplandores, y había experimentado hacia ellas una variedad de sentimientos,
desde el suave deleite hasta la repugnancia pura.
Don Juan explicó que la gente estaba
llena de configuraciones que podían ser deseos, problemas, pesares,
preocupaciones, o cosas por el estilo. Aseveró que sólo un brujo profundamente
poderoso podía devanar el sentido de dichas configuraciones, y que yo debía
contentarme con observar tan sólo la forma general de las personas.
Me hallaba muy cansado. Había algo
sumamente fatigoso en aquellas figuras extrañas. La sensación que predominaba
en mi era un amago de náusea. No me habían gustado. Me habían hecho sentir
atrapado y sin esperanza.
Don Juan me ordenó escribir para
dispersar de ese modo el sentimiento sombrío. Y tras un largo intervalo
silencioso, durante el cual no pude escribir nada, me pidió llamar gente que él
mismo escogería.
Emergió una nueva serie de figuras. No
eran micoformes; más bien parecían tazas japonesas para sake, volteadas boca
abajo. Algunas tenían, a manera de cabeza, una formación como el pie de las
tazas; otras eran más redondas. Sus formas eran atractivas y apacibles. Sentí
que en ellas había alguna propiedad inherente de felicidad. Rebotaban, en
oposición a la pesadez lastrada que el grupo anterior había exhibido. De algún
modo, el mero hecho de que estuviesen allí frente a mí aliviaba mi fatiga.
Entre las personas elegidas por don Juan
estaba su aprendiz Eligio. Al evocar la imagen de Eligio, recibí una sacudida
que me sacó de mi estado visionario. Eligio tenía una forma blanca y larga que
respingó y pareció saltarme encima. Don Juan explicó que Eligio era un
aprendiz muy talentoso y que, sin duda, había notado que alguien lo estaba
"viendo".
Otra de las elecciones fue Pablito,
aprendiz de don Genaro. El sobresalto que la visión de Pablito me produjo fue
incluso mayor que en el caso de Eligio.
Don Juan rió tan fuerte que las lágrimas
corrían por sus mejillas.
‑¿Por qué tiene esa gente formas
distintas? ‑pregunté.
‑Tienen más poder personal ‑repuso‑.
Como habrás notado, no están pegados al suelo.
‑¿Qué les ha dado esa ligereza?
¿Nacieron así?
-Todos nacemos así de ligeros y
livianos, pero nos volvemos pesados y fijos. Eso es lo que nos hacemos a
nosotros mismos. Así pues, podríamos decir que esas personas tienen distinta
forma porque viven como guerreros. Pero eso no es importante. Lo que tiene
valor es que ahora estás en el borde. Has llamado cuarenta y siete personas, y
sólo falta una más para completar las cuarenta y ocho originales.
Recordé en ese momento que años antes me
había dicho, al discutir la brujería del maíz y la adivinación, que el número
de maíces que un guerrero poseía era cuarenta y ocho. Nunca había explicado el
motivo.
‑¿Por qué cuarenta y ocho? ‑le
pregunté de nuevo.
‑Cuarenta y ocho es nuestro número
‑dijo‑. Eso es lo que nos hace hombres. No sé por qué. No malgastes
tu poder en preguntas tontas.
Se puso en pie y estiró brazos y
piernas. Me indicó, hacer lo mismo. Advertí que había un toque de luz en el
cielo, hacia el oriente. Volvimos a sentarnos. Se inclinó acercando la boca a
mi oído.
‑La última persona que vas a
llamar es Genaro, el verdadero chingón -susurró.
Sentí un empellón de curiosidad
excitada. Realicé con rapidez los pasos requeridos. El extraño sonido desde el
borde del chaparral se hizo vivido y adquirió nueva fuerza. Yo casi lo había
olvidado. Las burbujas doradas me cubrieron y, en una de ellas, vi a don Genaro.
Estaba parado ante mí, sombrero en mano. Sonreía. Abrí apresuradamente los
ojos y estaba a punto de hablarle a don Juan, pero antes de que pudiera
pronunciar palabra mi cuerpo se puso rígido como una tabla; mi cabello se
irguió y durante un largo momento no supe qué hacer ni qué decir. Don Genaro
estaba allí parado frente a mi. ¡En persona!
Me volví hacia don Juan; sonreía. Luego,
ambos estallaron en una gran carcajada. Traté de reír también. No podía. Me
puse en pie.
Don Juan me dio una taza de agua. La
bebí automáticamente. Pensé que me iba a rociar la cara. En vez de ello,
volvió a llenar mi taza.
Don Genaro se rascó la cabeza y ocultó
una sonrisa.
‑¿No vas a saludar
a Genaro? ‑preguntó don Juan.
Requerí un enorme esfuerzo para
organizar mis ideas y mis sensaciones. Finalmente mascullé algún saludo. Don
Genaro hizo una reverencia.
‑Me llamaste, ¿verdad? ‑preguntó,
sonriendo.
Murmurando, expresé mi asombro por
haberlo hallado allí.
‑Sí te llamó ‑interpuso don
Juan.
‑Bueno, pues aquí estoy -me dijo
don Genaro‑ ¿En qué te puedo servir?
Poco a poco, mi mente pareció
organizarse y finalmente tuve una comprensión súbita. Mis ideas se hicieron
claras como el cristal y "supe" lo que en verdad había ocurrido.
Deduje que don Genaro estaba de visita con don Juan, y que, al oír acercarse mi
coche, se metió en el matorral y permaneció escondido hasta caer la noche. La
evidénciate me parecía convincente. Don Juan, que sin duda había planeado todo
el asunto, me dio pistas de tiempo en tiempo, guiando así su desarrollo. En el
momento adecuado, don Genaro me hizo notar su presencia, y cuando don Juan y yo
volvíamos a la casa, nos siguió de la manera más obvia con el fin de despertar
mi temor. Luego esperó en el chaparral, produciendo el extraño sonido cada vez
que don Juan se lo indicaba. La seña final de abandonar el refugio de las matas
debió darse cuando mis ojos estaban cerrados, después de que don Juan me pidió
"llamar" a don Genaro. Entonces don Genaro debió llegarse hasta la
ramada para esperar que yo abriera los ojos y darme un susto final.
Las únicas incongruencias en mi esquema
de explicación lógica eran que yo había visto, sin lugar a dudas, que el
hombre oculto entre las matas se convertía en pájaro, y que al visualizar a don
Genaro por vez primera, lo vi como una imagen en una burbuja dorada. En mi
visión llevaba exactamente las mismas ropas que en persona. Como yo no tenía
ninguna manera lógica de explicar dichas incongruencias, asumí, como siempre he
hecho en circunstancias similares, que la tensión emocional debía haber jugado
un papel importante en determinar lo que yo "creí ver".
Eché a reír, en forma totalmente
involuntaria, ante la idea de la absurda treta. Les hablé de mis deducciones.
Ellos rieron a mandíbula batiente. Pensé con toda sinceridad que su risa los
delataba.
‑Estaba usted escondido en las
matas, ¿verdad? ‑pregunté a don Genaro.
Don Juan tomó asiento y puso la cabeza
entre las manos.
‑No, no estaba escondido ‑dijo
don Genaro con paciencia‑. Estaba lejos de aquí y entonces me llamaste,
así que vine a verte.
‑¿Dónde estaba usted, don Genaro?
‑Lejos.
‑¿Qué tan lejos?
Don Juan me interrumpió y dijo que don
Genaro había venido como un acto de deferencia hacia mí, y que yo no podía
preguntarle dónde había estado, porque no había estado en parte alguna.
Don Genaro salió en mi defensa y dijo
que estaba bien preguntarle cualquier cosa.
‑Si no andaba escondido cerca de
la casa, ¿dónde estaba usted, don Genaro? ‑pregunté.
‑Estaba en mi casa ‑repuso
con gran candor.
‑¿En Oaxaca?
-¡Sí! Es la única casa que tengo.
Se miraron y nuevamente soltaron la
risa. Yo sabia que me embromaban, pero decidí no llevar más lejos mis
averiguaciones. Pensé que ambos debían haber tenido una razón para ponerse a
montar un espectáculo tan complicado. Tomé asiento.
Me sentía verdaderamente cortado en dos;
cierta parte de mi ser no se sobresaltaba en absoluto y podía aceptar en su
valor aparente cualquier reto de don Juan o don Genaro. Pero había otra parte
que se negaba de plano; era mi parte más fuerte. Mi evaluación consciente era
que yo había aceptado la descripción mágica del mundo, dada por don Juan, sólo
en términos intelectuales, mientras mi cuerpo como entidad completa la
rechazaba; de ahí mi dilema. Sin embargo, en el curso de los años que tenía de
tratar a don Juan y a don Genaro, yo había experimentado fenómenos
extraordinarios, y todos habían sido experiencias corporales, no intelectuales.
Esa misma noche yo había ejecutado "la marcha de poder", lo cual,
desde la perspectiva de mi intelecto, era una hazaña inconcebible; y más aún,
había tenido visiones increíbles sin usar otro medio que mi propia volición.
Les expliqué la naturaleza de mi
desconcierto, doloroso y al mismo tiempo sincero.
‑Este muchacho es un genio ‑dijo
don Juan a don Genaro, meneando la cabeza con incredulidad.
‑Eres un geniete, Carlitos ‑dijo
don Genaro como transmitiendo un mensaje.
Tomaron asiento junto a mí, don Juan a
la. derecha y don Genaro a la izquierda. Don Juan observó que pronto sería de
mañana. En ese instante oí de nuevo el llamado de la polilla. Se había movido.
El sonido venía de la dirección contraria. Miré a uno y a, otro, sosteniendo su
mirada. Mi esquema lógico empezó a desintegrarse. El sonido tenía una riqueza y
una profundidad hipnotizantes. Luego percibí pasos ahogados, patas suaves que
aplastaban los yerbajos secos. El sonido barbotante se acercó y me acurruqué
contra don Juan. Secamente, me ordenó "ver” aquello. Hice un esfuerzo
supremo, no tanto para complacerlo como para complacerme a mí mismo. Había
estado seguro de que don Genaro era la polilla. Pero don Genaro estaba sentado
junto a mí; ¿qué había entonces entre las matas? ¿Una polilla?
El barbotar resonaba en mis oídos. Yo no
podía parar por entero mi diálogo interno. Oía el sonido, pero no podía
sentirlo en el cuerpo, como antes. Percibí pasos definidos. Algo se deslizaba
en la oscuridad. Hubo un fuerte crujido, como si una rama se partiera en dos,
y de pronto me aferró un recuerdo aterrorizante. Años atrás, había pasado una
noche tremenda en el yermo, y algo me hostigó: algo muy ligero y suave que pisó
mi cuello repetidas veces mientras yo yacía agazapado. Don Juan había explicado
el evento como un encuentro con "el aliado", una fuerza misteriosa
que el brujo aprendía a percibir como entidad.
Me incliné hacia don Juan y susurré mi
recuerdo. Don Genaro se nos acercó caminando a gatas.
‑¿Qué dijo? ‑pregunté a don
Juan en un susurro.
‑Dijo que allí anda un aliado ‑repuso
don Juan en voz baja.
Don Genaro regresó gateando a su sitio y
se sentó. Luego se volvió hacia mí y susurró en voz baja:
-Eres un genio.
Rieron calladamente. Don Genaro señaló
el matorral con un movimiento de barbilla.
‑Anda allá afuera y agárralo ‑dijo‑.
Desnúdate y métele un buen susto a ese aliado.
Se sacudieron de risa. Mientras tanto,
el sonido había cesado. Don Juan me ordenó detener mis pensamientos pero
conservar los ojos abiertos, enfocados en el borde del chaparral frente a mí.
Dijo que la polilla había cambiado de posición porque don Genaro estaba allí,
y que, si se me iba a manifestar, elegiría llegar por tal punto.
Tras luchar un momento por aquietar mis
ideas, percibí otra vez el sonido. Su textura era más rica que nunca. Primero
oí los pasos apagados sobre ramas secas y luego los sentí en mi cuerpo. En ese
instante discerní una masa oscura directamente frente a ml, al filo de las
matas.
Sentí que me sacudían. Abrí los ojos.
Don Juan y don Genaro se erguían a mi lado y yo estaba de rodillas, como si me
hubiera dormido agazapado. Don Juan me dio agua y volví a sentarme con la
espalda contra la pared.
Poco rato después vino la aurora. El
chaparral pareció despertar. El frío matinal era terso y vigorizante.
La polilla no había sido don Genaro. Mi
estructura racional se cata a pedazos. No quería hacer más preguntas, ni
quería tampoco permanecer en silencio. Finalmente tuve que hablar.
‑Pero si estaba usted en las
sierras de Oaxaca, don Genaro, ¿cómo llegó aquí? ‑pregunté.
Don Genaro hizo con la boca gestos absurdos
e hilarantes.
‑Lo siento ‑dijo‑, mi
boca no quiere hablar. Luego se volvió hacia don Juan y dijo, sonriendo:
‑¿Por qué no le dices tú?
Don Juan titubeó. Luego dijo que don
Genaro, como consumado artista de la brujería, era capaz de hechos prodigiosos.
El pecho de don Genaro se hinchó como si
las palabras de don Juan lo inflaran. Parecía haber inhalado tanto aire que su pecho se miraba el doble del tamaño normal. Daba la impresión
de hallarse a punto de flotar. Saltó por los aires. Me pareció como si el aire
dentro de sus pulmones lo hubiera forzado a saltar. Caminó de un lado a otro
sobre el piso de tierra hasta que, aparentemente, logró adquirir control sobre
su pecho; le dio de palmadas y, con gran fuerza, pasó las palmas de las manos
desde los músculos pectorales hasta el estómago, como si desinflara la cámara
de una llanta. Finalmente tomó asiento.
Don Juan sonreía. Un gran deleite
brillaba en sus ojos.
‑Escribe tus notas -me ordenó
suavemente‑. !Escribe, escribe, o te mueres¡
Luego comentó que ya ni siquiera don
Genaro sentía que mi hábito de tomar notas fuera tan extravagante.
‑¡Cierto! -replicó don Genaro-. He
estado pensando en ponerme a escribir yo también.
‑Genaro es un hombre de
conocimiento ‑dijo don Juan con sequedad‑. Y siendo un hombre de
conocimiento, es perfectamente capaz de trasladarse a. grandes distancias.
Me recordó que una vez, años antes, los
tres estábamos en las montañas y don Genaro, en un esfuerzo por ayudarme a
superar mi estúpida razón, dio un calco prodigioso hasta la cumbre de la
Sierra, a quince kilómetros de distancia. El incidente figuraba en mi memoria,
pero también el hecho de que yo ni siquiera pude concebir que don Genaro
hubiera saltado.
Don Juan añadió que don Genaro era en
ocasiones capaz de realizar hazañas extraordinarias.
-A veces Genaro no es Genaro sino su
doble ‑dijo.
Lo repitió tres o cuatro veces. Luego
ambos me observaron, como esperando mi reacción inminente.
Yo no había entendido lo de "su
doble". Don Juan nunca había mencionado eso antes. Pedí una aclaración.
‑Hay otro Genaro ‑explicó.
Los tres nos miramos. Me puse muy
aprensivo. Con un movimiento de los ojos, don Juan me instó a seguir hablando.
‑¿Tiene usted un hermano gemelo? ‑pregunté,
volviéndome a don Genaro.
‑Claro que sí ‑dijo‑.
Tengo un cuate.
No pude determinar si me estaban jugando
una broma o no. Ambos rieron con el abandono de niños traviesos.
‑Puedes decir ‑prosiguió don
Juan‑ que en este momento Genaro es su cuate.
Esa aseveración hizo que ambos se
tiraran al suelo entre risas. Pero yo no podía disfrutar su regocijo. Mi cuerpo
se estremeció involuntariamente.
Don Juan dijo, en tono severo, que yo
estaba demasiado pesado y engreído.
‑¡Déjate ir! ‑me ordenó con
sequedad‑. Ya sabes que Genaro es un brujo y un guerrero impecable. Por eso
es capaz de realizar hechos que serían inconcebibles para el hombre común. Su
doble, el otro Genaro, es uno de esos hechos.
Quedé sin habla. No podía concebir que
simplemente estuvieran burlándose de mí.
‑Para un guerrero como Genaro ‑continuó‑,
producir al otro no es una cosa tan asombrosa.
Tras meditar largo rato qué decir,
pregunté:
‑¿Es el otro como uno mismo?
‑El otro es uno mismo ‑replicó
don Juan.
Su explicación había tomado un giro
increíble, y sin embargo no era, en realidad, más increíble que todos los demás
hechos de ambos.
‑¿De qué está hecho el otro? ‑pregunté
a don Juan tras algunos minutos de indecisión.
‑No hay forma de saberlo ‑dijo.
‑¿Es real, o sólo una ilusión?
-Claro que es real.
‑¿Sería entonces posible decir que
está hecho de carne y hueso? ‑pregunté.
‑No. No sería posible ‑respondió
don Genaro.
‑Pero si es tan real como yo...
‑¿Tan real como tú? ‑interrumpieron
al unísono don Juan y don Genaro.
Se miraron entre sí y rieron hasta que
pensé que se enfermarían. Don Genaro tiró al piso su sombrero y bailó
alrededor. La danza era ágil y graciosa y, por algún motivo inexplicable,
chistosa de principio a fin. Acaso el humor estaba en los movimientos exquisitamente
"profesionales" que don Genaro ejecutaba. La incongruencia era tan
sutil, y a la vez tan notable, que me doblé de risa.
‑Lo malo contigo, Carlitos -dijo
al sentarse de nuevo‑ es que eres un genio.
‑Tengo que averiguar eso del doble
‑dije.
‑No hay manera de saber si es de
carne y hueso -dijo don Juan‑. Porque no es tan real como tú. El doble de
Genaro es tan real como Genaro. ¿Ves lo que quiero decir?
‑Pero tiene usted que admitir, don
Juan, que debe haber algún modo de saber.
‑El doble es uno mismo; esa
explicación debería bastar. Pero si vieras, sabrías que hay una gran diferencia
entre Genaro y su doble. Para un brujo que ve, el doble brilla más.
Me sentía demasiado débil para hacer
nuevas preguntas. Dejé mi cuaderno y por un instante creí que iba a
desmayarme. Tenía visión de un túnel; todo a mi alrededor estaba oscuro, con excepción
de un sector redondo de paisaje claro, frente a mis ojos.
Don Juan dijo que yo necesitaba comer
algo. Yo no tenía hambre. Don Genaro anunció que él también desfallecía, se
puso en pie y fue a la parte trasera de la casa. Don Juan se levantó y me hizo
seña de seguirlo. En la cocina, don Genaro se sirvió comida y luego inició una
comiquísima pantomima imitando a alguien que quiere comer pero no puede tragar.
Pensé que don Juan iba a morirse; rugía, pataleaba, lloraba, tosía y se
atragantaba de risa. Yo también me sentía a punto de estallar. Las gracias de
don Genaro eran incomparables.
Por fin desistió y nos miró por turno a
don Juan y a mí; tenía los ojos relucientes y una sonrisa espléndida.
‑Ni modo -dijo alzando los
hombros.
Yo devoré una gran cantidad de comida, y
lo mismo hizo don Juan; luego todos volvimos al frente de la casa. El sol
resplandecía, el cielo estaba despejado y la brisa matinal refrescaba el aire.
Me sentía dichoso y fuerte.
Nos sentamos en triángulo, dándonos la
cara. Tras un silencio cortés, decidí pedirles clarificar mi dilema. Una vez
más me hallaba en perfectas condiciones, y quería explotar mi fuerza.
‑Hábleme más acerca del doble, don
Juan ‑dije.
Don Juan señaló a don Genaro y don
Genaro inclinó la cabeza.
‑Allí está ‑dijo don Juan‑.
No hay nada que decir. Aquí está para que lo atestigües.
‑Pero es don Genaro ‑dije,
en un débil intento por guiar la conversación.
‑Claro que soy Genaro -dijo él,
enderezando los hombros.
‑¿Qué es entonces un doble, don
Genaro? ‑pregunté.
‑Pregúntale a él ‑repuso con
brusquedad mientras señalaba a don Juan‑. Él es el que habla. Yo soy
mudo.
‑Un doble es el brujo mismo,
desarrollado a través de su soñar ‑explicó don Juan‑. Un doble es
un acto de poder para un brujo, pero sólo un cuento de poder para ti. En el
caso de Genaro, su doble no se puede distinguir del original. Eso se debe a que
su impecabilidad como guerrero es suprema; así, tú mismo nunca has notado la
diferencia. Pero en los años que llevas de conocerlo, sólo dos veces has estado
con el Genaro original; todas las otras veces has estado con su doble.
‑¡Pero esto es absurdo! ‑exclamé.
Sentí la angustia crecer en mi pecho. Me
agité tanto que dejé caer mi
cuaderno, y el lápiz rodó perdiéndose de vista, Don Juan y don Genaro se lanzaron
al piso, casi como clavadistas, e iniciaron una búsqueda de farsa loca. Yo
jamás había visto una representación más asombrosa de magia teatral y prestidigitación.
Sólo que no había escenario, ni tramoya, ni artefactos de ninguna clase, y lo
más probable era que los actores no usasen prestidigitación.
Don Genaro, ti malo principal, y su
asistente don Juan, produjeron en cuestión de minutos la mas sorprendente,
grotesca y extravagante colección de objetos, hallados debajo, detrás, o
encima de paila cosa dentro de la periferia de la ramada.
Siguiendo el estilo de la magia teatral,
el asistente disponía los elementos de tramoya, que en este raso eran los
escasos objetos sobre el piso de tierra ‑piedras, costales, trozos de
madera, un cajón de leche, una linterna y mi chaqueta‑, y luego el mago,
don Genaro, procedía a encontrar algo, que arrojaba a un lado inmediatamente
después de constatar que no era mi lápiz. La colección de hallazgos incluía
prendas de vestir, pelucas, anteojos, juguetes, utensilios, piezas de
maquinaria, ropa interior femenina, dientes humanos, un sandwich de pollo, y
objetos religiosos. Uno de ellos era francamente repugnante. Fue un compacto
trozo de excremento humano que don Genaro sacó de debajo de mi chaqueta. Por
fin, don Genaro halló mi lápiz y me lo entregó después de quitarle el polvo con
el faldón de su camisa.
Celebraron sus payasadas con gritos y
risas chasqueantes. Yo me descubrí observándolos, pero incapaz de unírmeles.
-No tomes las cosas tan en serio,
Carlitos –dijo don Genaro con tono preocupado‑. Se te va a reventar
la...
Hizo un gesto risible que podía
significar cualquier cosa.
Cuando la risa amainó, pregunté a don
Genaro qué hacía un doble, o qué hacía un brujo con el doble.
Don Juan respondió. Dijo que el doble
tenía poder, y que usaba para realizar hazañas que serían inimaginables en
términos ordinarios.
‑Ya re he dicho una y otra vez que
el mundo no tiene fondo ‑me dijo‑. Y tampoco lo tenemos nosotros
los hombres, o los otros seres que existen en este mundo. Por eso, es imposible
razonar al doble. Sin embargo se te ha permitido a ti atestiguarlo, y eso
debería ser más que suficiente.
‑Pero debe haber un modo de hablar
de él ‑dije‑. Usted mismo me ha dicho que explicó su conversación
con el venado para poder hablar de ella. ¿No puede Hacer lo mismo con el doble?
Guardó silencio un momento. Le rogué. La
ansiedad que experimentaba iba más allá de todo cuanto jamás había atravesado.
‑Bueno, un brujo puede desdoblarse
‑dijo don Juan‑ Eso es todo lo que se puede decir.
‑¿Pero se da cuenta de que está
desdoblado?
-Claro que se da cuenta.
‑¿Sabe que está en dos sitios al
mismo tiempo?
Ambos me miraron y luego se miraron
entre sí.
-¿Dónde está el otro don Genaro? ‑pregunté.
Don Genaro se inclinó en mi dirección y
fijó la vista en mis ojos.
‑No sé ‑dijo suavemente‑.
Ningún brujo sabe dónde está su otro.
-Genaro tiene razón ‑dijo don
Juan-. Un brujo no tiene ni la menor idea de que está en dos sitios al mismo
tiempo. Tener conocimiento de eso equivaldría a encarar a su doble, y el brujo
que se encuentra cara a cara consigo mismo es un brujo muerto. Ésa es la regla.
Ése es el modo en que el poder ha armado las cosas. Nadie sabe por qué.
Don Juan explicó que, para cuando un
guerrero ha conquistado el "soñar" y el "ver" y ha
desarrollado un doble, debe haber logrado asimismo borrar la historia
personal, el darse importancia a sí misino, y las rutinas. Dijo que todas las
técnicas que me había enseñado y que yo había considerado conversación vana
eran, en esencia, medios de dar fluidez a la personalidad y al mundo y
colocándolos fuera de los límites de la predicción, para de ese modo eliminar
la impracticabilidad de tener un doble en el mundo ordinario.
‑Un guerrero fluido ya no puede
ponerle fechas cronológicas al mundo ‑explicó don Juan‑. Y para él,
el mundo y él mismo ya no son objetos. Él es un ser luminoso que existe en un
mundo luminoso. El doble es cosa sencilla para un brujo porque él sabe lo que
hace. Tomar notas es para ti cosa sencilla, pero todavía asustas a Genaro con
tu lápiz.
‑¿Puede una persona ajena, mirando
a un brujo, ver que está en dos lugares a la vez? ‑pregunté a don Juan.
‑Seguro. Ésa sería la única manera
de saberlo.
-¿Pero no puede asumirse lógicamente que
el brujo también notaría que ha estado en dos lugares?
-¡Ajá! ‑exclamó don Juan‑.
Por esta vez acertaste. Un brujo puede sin duda notar, después, que ha estado
en dos sitios al mismo tiempo. Pero esto sólo sirve para llevar la cuenta y no
afecta en nada el hecho de que, mientras actúa, no tiene idea de que es doble.
Mi mente se tambaleaba. Sentí que, de no
seguir escribiendo, estallaría.
‑Piensa en esto ‑prosiguió‑.
El mundo no se nos viene encima directamente; la descripción del mundo siempre
está en el medio. Así pues, hablando con propiedad, siempre estamos a un paso
de distancia y nuestra vivencia del mundo es siempre un recuerdo de la
experiencia. Estamos eternamente recordando el instante que acaba de suceder,
acaba de pasar. Recordamos, recordamos, recordamos.
Volteó la mano una y otra vez para darme
el sentimiento de lo que quería decir.
‑Si toda nuestra vivencia del
mundo es recuerdo, entonces no resulta tan absurdo decir que un brujo puede
estar en dos sitios al mismo tiempo. Pero ese no es el caso desde el punto de
vista de lo que él siente, porque para vivir el mundo un brujo, como cualquier
otro hombre, tiene que recordar el acto que acaba de realizar, la experiencia
que acaba de vivir. En el conocimiento del brujo hay un solo recuerdo. Sin
embargo, para alguien que estuviera mirando al brujo, el brujo aparecería como
si estuviera actuando a la vez en dos episodios diferentes. El brujo, no
obstante, recuerda dos instantes aislados, distintos, porque para él la goma de
la descripción del tiempo ya no pega más.
Cuando don Juan terminó de hablar, me
sentí seguro de tener fiebre.
Don Genaro me examinó con ojos curiosos.
‑Tiene razón ‑dijo‑.
Siempre andamos un salto atrás.
Movió la mano como don Juan había hecho;
su cuerpo empezó a moverse en tirones y saltó hacía atrás sobre su asiento. Era
como si tuviese hipo y el hipo forzara a su cuerpo a saltar. Empezó a desplazarse
de espaldas, saltando sentado, y fue hasta el final de la ramada y regresó.
La visión de don Genaro saltando hacia
atrás sobre sus nalgas, en vez de ser chistosa como debería haber sido, me
produjo un ataque de miedo tan intenso que don Juan tuvo que golpear
repetidamente, con los nudillos, la parte superior de mi cabeza.
‑Sencillamente no puedo comprender
todo esto, don Juan -dije.
‑Yo tampoco ‑repuso don
Juan, alzando los hombros.
‑Y yo menos, querido Carlitos ‑añadió
don Genaro.
Mi fatiga, el total de mi experiencia
sensorial, el ambiente de ligereza y humor que prevalecía, y las payasadas de
don Genaro eran demasiado para mis nervios. No podía detener la agitación en los
músculos de mi estómago.
Don Juan me hizo rodar en el piso hasta
que recobré la calma; luego volví a sentarme encarándolos.
‑¿Es sólido el doble? ‑pregunté
a don Juan tras un largo silencio.
Me miraron.
‑¿Tiene cuerpo el doble? ‑pregunté.
-Seguro ‑dijo don Juan‑. La
solidez, el cuerpo son recuerdos; al igual que todo lo demás que sentimos del
mundo, son recuerdos que acumulamos. Tú tienen el recuerdo de mi solidez, igual
que tienes el recuerdo de comunicarte con palabras. Por eso crees que hablaste
con un coyote y sientes que soy sólido.
Don Juan puso su hombro junto al mío y
me dio un leve codazo.
‑Tócame ‑dijo.
Le di palmadas y luego lo abracé. Me
hallaba al borde del llanto.
Don Genaro se puso de pie y se me
acercó. Daba la impresión de un niño con brillantes ojos traviesos. Hizo un
mohín frunciendo los labios y me miró un largo momento.
‑¿Y yo? ‑preguntó, tratando
de esconder una sonrisa‑. ¿No vas a darme mi abrazo?
Me levanté y extendí los brazos para
tocarlo; mi cuerpo pareció congelarse en esa postura. No tenía poder para
moverme. Traté de forzar mis brazos a alcanzarlo, pero la pugna fue en vano.
Don Juan y don Genaro se pararon,
observándome. Sentí mi cuerpo contraerse bajo una presión desconocida.
Don Genaro tomó asiento y fingió ponerse
de mal humor porque yo no lo había abrazado; frunció la boca y golpeó el suelo
con los talones, luego los dos volvieron a estallar en carcajadas.
Los músculos de mi estómago temblaban,
sacudiendo todo mi cuerpo. Don Juan señaló que estaba moviendo la cabeza como
él había recomendado antes, y que ésa era la oportunidad de tranquilizarme
reflejando un rayo de luz en la córnea de mis ojos. Me jaló a la fuerza a
campo abierto, fuera del techo de la ramada, y manipuló mi cuerpo para que mis
ojos captaran el sol oriental; pero cuando acabó de ponerme en la posición
adecuada, yo había dejado de temblar. Noté que yo aferraba mi cuaderno solamente
después de que don Genaro dijo que el peso de las hojas era lo queme hacía
estremecer.
Aseguré a don Juan que mi cuerpo me
jalaba para irme. Agité la mano en dirección de don Genaro. No quería darles
tiempo de hacerme cambiar de idea.
‑Adiós, don Genaro ‑grité‑.
Ya tengo que irme.
Devolvió el ademán.
Don Juan caminó conmigo unos metros,
hacia mi coche.
‑¿Usted también tiene un doble,
don Juan? ‑pregunté.
‑¡Claro! ‑exclamó.
Tuve en ese momento una idea
enloquecedora. Quise descartarla y marcharme a toda prisa, pero algo en mi
interior seguía aguijándome. A lo largo de los años de nuestra relación, se
había hecho costumbre que, cada vez que yo deseaba ver a don Juan, iba a
Sonora o a México central y siempre lo hallaba esperándome. Había aprendido a
dar eso por sentado y nunca hasta entonces se me había ocurrido pensar nada al
respecto.
‑Dígame una cosa, don Juan ‑dije,
medio en broma‑. ¿Usted es usted, o usted es su doble?
Se inclinó hacia mí. Sonreía.
‑Mi doble ‑susurró.
Mi cuerpo saltó en el aire como si me
impeliera una fuerza formidable. Corrí a mi coche.
-Lo dije en broma ‑dijo don Juan
en voz alta‑.
Todavía no te puedes ir. Me sigues
debiendo cinco días.
Ambos corrieron hacia el auto mientras
yo lo echaba en reversa. Reían y brincoteaban.
‑¡Carlitos, llámame cuando
quieras! ‑gritó don Genaro.
EL SOÑADOR Y EL SOÑADO
Llegué a casa de don Juan temprano por
la mañana. Había pasado la noche en un motel en el camino, para estar allí
antes del mediodía.
Don Juan estaba en la parte trasera y
vino al frente cuando lo llamé. Me dio un saludo caluroso y la impresión de
que se alegraba de verme. Hizo un comentario que creí destinado a sosegarme,
pero que produjo el efecto contrario.
‑Te oí venir ‑dijo con una
sonrisa‑. Y me corrí para atrás de la casa. Tuve miedo de que si me quedaba
aquí fueras a asustarte.
Señaló, en tono casual, que me hallaba
sombrío y pesado. Dijo que le recordaba a Eligio, quien era lo bastante mórbido
para ser un buen brujo, pero demasiado para hacerse hombre de conocimiento.
Añadió que el único modo de contrarrestar el devastador efecto del mundo de
los brujos era reírse de él.
Había evaluado correctamente mi estado
de ánimo. Yo estaba, en verdad, preocupado y asustado. Salimos a una larga
caminata. Mis sentimientos tardaron horas en aligerarse. Caminar con él me
hacía sentir mejor que si hubiera intentado disipar mis sombras hablando.
Regresamos a su casa al atardecer. Me
moría de hambre. Después de comer nos sentamos bajo la ramada. El cielo estaba
despejado. La luz de la tarde me producía complacencia. Quise conversar.
‑Llevo meses de sentirme inquieto
-dije-. Hubo algo verdaderamente pavoroso een lo que usted y don Genaro dijeron
e hicieron la última vez que estuve, aquí.
Don Juan no respondió. Se puso en pie y
caminó por la ramada.
‑Tengo que hablar de esto ‑dije‑.
Me obsesiona y no puedo dejar de darle vueltas.
‑¿Tienes miedo? ‑preguntó.
Yo no tenía miedo sino desconcierto; me
avasallaba lo que había visto y oído. Los huecos en mi razón eran tan enormes
que, de no repararlos, yo debería prescindir de ella por entero.
Mis comentarios le dieron risa.
‑Todavía no tires tu razón ‑dijo‑.
Todavía no es hora de hacer eso. Eso sucederá, por cierto, pero no creo que
ahora sea el momento.
‑Entonces, ¿debo tratar de hallar
una explicación para lo que ocurrió? ‑pregunté.
‑¡Seguro! -replicó-. Tienes el
deber de apaciguar tu mente. Los guerreros no ganan victorias golpeándose la
cabeza contra los muros. Los guerreros saltan los muros, no los derriban.
‑¿Cómo puedo saltar éste? ‑pregunté.
‑En primer lugar, me parece un
error fatal que tomes las cosas tan en serio ‑dijo al tomar asiento junto
a mí‑. Hay tres clases de malos hábitos que usamos una y otra vez al
enfrentarnos con situaciones fuera de lo común en esta vida. Primero: podemos
no hacer caso de lo que está ocurriendo o ha ocurrido, y sentir como si nunca
hubiera pasado. Ése es el camino del santurrón. Segundo: podemos aceptar todo
tal como se presenta y sentir como si supiéramos qué es lo que está pasando.
Ése es el camino de los devotos. Tercero: podemos obsesionarnos con un suceso
porque no podemos descartarlo o porque no podemos aceptarlo de todo corazón.
Ése es el camino del tonto. ¿Tu camino? Hay un cuarto camino, el correcto, el
camino del guerrero. Un guerrero actúa como si nunca hubiera pasado nada,
porque no cree en nada, pero acepta todo tal como se presenta. Acepta sin
aceptar y descarta sin descartar. Nunca siente como si supiera, ni tampoco
siente como si nada hubiera pasado. Actúa como si tuviera el control, aunque
esté temblando de miedo. Actuar en esa forma disipa la obsesión.
Quedamos largo rato en silencio. Las
palabras de don Juan eran como un bálsamo para mí.
-¿Puedo hablar de don Genaro y su doble?
‑pregunté.
‑Depende de lo que quieras decir
de él ‑repuso-. ¿Vas a entregarte a la obsesión?
‑Quiero entregarme a las
explicaciones ‑dije‑. Estoy obsesionado porque no me he atrevido a
venir a verlo ni he podido hablar con nadie de mis escrúpulos y mis dudas.
‑¿No hablas con tus amigos?
‑Sí, pero ¿cómo podrían ayudarme?
-Nunca pensé que necesitaras ayuda.
Debes cultivar el sentimiento de que un guerrero no necesita nada. Dices que
necesitas ayuda. ¿Ayuda para qué? Tienes todo lo necesario para el viaje
extravagante que es tu vida. He tratado de enseñarte que la verdadera
experiencia es ser un hombre, y que lo que cuenta es estar vivo; la vida es la
vueltita que ahora estamos tomando. La vida en sí misma es suficiente y se
explica sola, y es completa.
"Un guerrero entiende eso y vive de
acuerdo a eso; por lo tanto, uno puede decir sin ser presumido, que la
experiencia de experiencias es el ser un guerrero."
Pareció esperar respuesta. Titubeé un
momento. Quería elegir cuidadosamente mis palabras.
‑Si un guerrero necesita alivio ‑Prosiguió‑,
simplemente elige a cualquiera y le expresa a esa persona cada detalle de su
tumulto. Después de todo, el guerrero no busca que le entiendan o le ayuden;
con hablar simplemente busca aliviar su presión. Eso es, siempre y cuándo el
guerrero sea dado a hablar; si no lo es, no le dice nada a nadie. Pero tú no
vives totalmente como guerrero. No todavía. Y los obstáculos que te salen al
encuentro han de ser verdaderamente monumentales. Te entiendo perfectamente.
No se hacia el gracioso. A juzgar por la
preocupación en su mirada, parecía ser alguien que hubiera andado por esos
rumbos. Se puso en pie y me dio palmaditas en la cabeza. Se paseó de un lado a
otro a lo largo de la ramada y miró casualmente hacia el chaparral en torno de
la casa. Sus movimientos evocaron en mí una sensación de inquietud.
Con el fin de relajarme, empecé a hablar
de mi dilema. Sentía que inherentemente era demasiado tarde para fingirme un
espectador inocente. Bajo su guía, me había entrenado hasta lograr percepciones
extrañas, como "parar el diálogo interno" y controlar los sueños.
Ésas eran instancias que no podían falsificarse. Yo había seguido sus
sugerencias, aunque nunca al pie de la letra, y había logrado parcialmente
romper rutinas cotidianas, asumir responsabilidades por mis actos, borrar la
historia personal, y llegado finalmente a un punto que años antes me producía
pánico, era capaz de estar solo sin violentar mi bienestar físico ni emotivo.
Ése era quizá mi triunfo aislado más sorprendente. Desde la perspectiva de mis
anteriores expectaciones y estados de ánimo, hallarme solo y no "salirme
de mis casillas" era un estado inconcebible. Tenía aguda conciencia de
todos los cambios acontecidos en mi vida y en mi visión del mundo, y también
de que en alguna forma era superfluo resentir tan profundamente la revelación
de don Juan y don Genaro acerca del "doble".
‑¿Qué anda mal conmigo, don Juan? ‑pregunté.
‑Te entregas a tu vicio ‑respondió,
brusco-. Sientes que entregarte a las dudas y a las tribulaciones es la marca
de un hombre sensitivo. Bueno, la verdad del asunto es que está, muy lejos de
ser eso. ¿Por qué fingir, pues? Ya te dije el otro día: un guerrero se acepta
con humildad así como es.
‑De la manera como usted lo dice,
me hace aparecer como si yo me confundiera a propósito ‑dije.
-Pues eso es lo que hacemos, nos
confundimos a propósito –repuso-. Todos nosotros nos damos cuenta de lo que
hacemos y nuestra razón se convierte, a propósito, en el monstruo que se
imagina ser. Pero ese molde le queda demasiado grande.
Le expliqué que mi dilema era quizá más
complejo que como él lo presentaba. Dije que mientras él y don Genaro fuesen
hombres como yo mismo, su dominio superior los convertía en modelos para mi
propia conducta. Pero si eran en esencia hombres drásticamente distintos a
mí, no me era ya posible concebirlos como modelos, sino como rarezas que yo no
podía aspirar a emular.
-Genaro es un hombre ‑dijo don Juan
en tono confortante‑. Ya no es un hombre como tú, cierto. Pero ésa es su
hazaña, y no debería darte miedo. Si es distinto, mayor razón para admirarlo.
‑Pero su diferencia no es una
diferencia humana ‑dije.
‑¿Y qué cosa crees que es? ¿La
diferencia entre un hombre y un caballo?
‑No sé. Pero no es como yo.
‑No obstante, lo fue una vez.
‑¿Pero puedo yo entender su
cambio?
‑Claro. Tú mismo estás cambiando.
‑¿Quiere usted decir que me saldrá
un doble?
‑A nadie le sale un doble. Ése es
sólo un modo de hablar de eso. Pese a lo mucho que hablas, las palabras te
enredan. Te quedas atrapado en sus significados. Y ahora seguramente has de
creer que el doble le sale a uno por medios malignos. Todos nosotros los seres
luminosos tenemos un doble. ¡Todos! Un guerrero aprende a darse cuenta de ello,
eso es todo. Hay barreras que parecen infranqueables, que protegen ese
conocimiento. Pero eso es de esperarse; de no ser por esas barreras, llegar a
darse cuenta del doble no sería el desafío único que es.
‑¿Por qué le temo yo tanto al
doble, don Juan?
‑Porque estás pensando que el
doble es lo que dice la palabra, un doble, otro tú. Yo escogí esas palabras
con el propósito de describirlo. El doble es uno mismo y no se puede encararlo
de otro modo.
‑¿Y si yo no quiero un doble?
‑El doble no es asunto de gusto
personal. Tampoco es asunto de gusto personal quien resulta seleccionado para
aprender el conocimiento de los brujos que nos llevan a darnos cuenta del
doble. ¿Te has preguntado alguna vez por qué tú en particular?
‑Todo el tiempo. Cientos de veces
le he hecho esa pregunta, pero usted nunca ha respondido.
‑No quise decir que lo hicieras
una pregunta que busca respuesta, sino en el sentido de un guerrero que se
asombra en su gran fortuna, la fortuna de haber hallado un propósito.
Convertirlo en pregunta común es el
recurso de un hombre ordinario y engreído que quiere que lo admiren o lo
compadezcan por lo que hace. Yo no tengo ningún interés en esa clase de
pregunta, porque no hay modo de responderla. La decisión de escogerte a ti en
particular fue un designio del poder; nadie puede penetrar los designios del
poder. Ahora que has sido seleccionado, no hay nada que puedas hacer para que
ese designio no se cumpla.
‑Pero usted mismo dice, don Juan,
que uno siempre puede fracasar.
‑Cierto. Uno siempre puede
fracasar. Pero yo creo que te refieres a otra cosa. Quieres hallar una salida.
Quieres tener la libertad de fracasar y salir corriendo cuando se te dé la
gana. Es demasiado tarde para eso. Un guerrero está en las manos del poder y su
única libertad es elegir una vida impecable. No hay manera de fingir el triunfo
o la derrota. Tu razón podrá querer que fracases por completo, para así aniquilar
la totalidad de tu ser. Pero hay una contramedida que no te permitirá declarar
una falsa victoria o derrota. Si crees que puedes retirarte al refugio del
fracaso, estás loco. Tu cuerpo montará guardia y no te dejará ir a ninguno de
los dos lados.
Empezó a reír para sí, suavemente.
‑¿Por qué ríe usted? ‑pregunté.
‑Estás metido en un pantano
espantoso -dijo‑. Es demasiado tarde para retirarte, pero demasiado
pronto para actuar. Lo único que puedes hacer es atestiguar. Estás en la
miserable posición de una criatura que no puede regresar al vientre de la
madre, pero tampoco puede corretear y actuar. Lo único que una criatura puede
hacer es atestiguar, y escuchar los estupendos cuentos de acción que le
cuentan. Tú estás ahora en ese punto preciso. No puedes regresar al vientre de
tu viejo mundo, pero tampoco puedes actuar con poder. Para ti no hay más que
atestiguar actos de poder y escuchar cuentos, cuentos de poder.
"El doble es uno de esos cuentos.
Lo sabes, y por eso cautiva tanto tu razón. Te estás golpeando la cabeza contra
un muro si pretendes entender. Todo lo que puedo decirte, a manera de
explicación, es que el doble, aunque se llega a él soñando, es de lo más real que hay."
‑Según lo que usted me ha contado,
don Juan, el doble puede realizar actos. ¿Puede entonces. . .?
No me dejó proseguir mi línea de
razonamiento. Me recordó que era inadecuado decir que él me había contado del
doble, cuando podía decir que yo mismo lo había presenciado.
‑Por lo visto, el doble puede
realizar actos ‑dije.
‑¡Por lo visto! ‑repuso.
-¿Pero puede el doble actuar como uno
mismo?
‑Es uno mismo, ¡carajo!
Me resultaba muy difícil darme a
entender. Tenía en mente que, sí un brujo podía ejecutar dos acciones a la vez
su capacidad para la producción utilitaria necesariamente se duplicaba. Podía
trabajar en dos empleos, estar en dos sitios, ver a dos personas, y así
sucesivamente, al mismo tiempo.
Don Juan escuchó con paciencia.
‑Permítame poner un ejemplo ‑dije‑.
Como pura teoría, ¿puede don Genaro matar a alguien a cientos de kilómetros de
distancia, dejando que su doble lo haga?
Don Juan me miró. Meneó la cabeza y
apartó los ojos.
‑Estás repleto de cuentos de
violencia ‑dijo‑. Genaro no puede matar a nadie, sencillamente porque
ya no tiene ningún interés en sus semejantes. A la hora en que un guerrero es
capaz de conquistar el ver y el soñar y de darse cuenta de su propia luminosidad,
ya no le queda nada de ese interés.
Señalé que, al principio de mi
aprendizaje, él había afirmado que un brujo, con la guía de su "aliado",
podía transportarse a cientos de kilómetros para descargar un golpe mortal a sus
enemigos.
‑Yo soy el responsable de esa
confusión ‑dijo‑. Pero debes recordar que en otra ocasión te dije
que, contigo, yo no estaba siguiendo los pasos que mi propio maestro me trazó.
El era brujo, y propiamente yo debería haberte echado a ese mundo. No lo hice,
porque ya no me conciernen los quehaceres de mis semejantes. Pero de todos
modos, las palabras de mi maestro se me quedaron pegadas. Muchas veces hablé
contigo en la forma en que él mismo hubiera hablado.
"Genaro es un hombre de
conocimiento. El más puro de todos. Sus acciones son impecables. Está más allá
de los hombres comunes, y más allá de los brujos. Su doble es una expresión de
su alegría y su buen humor. Por eso, no puede de ningún modo usarlo para crear
o resolver situaciones ordinarias. Hasta donde yo sé, el doble es el darse
cuenta de nuestro estado como seres luminosos. Puede hacer cualquier cosa,
pero escoge ser gentil y no llamar la atención.
"Mi error fue extraviarte con
palabras prestadas. Mi maestro no era capaz de producir los efectos que Genaro
produce. Para mi maestro, desdichadamente, ciertas cosas eran, como son para
ti, sólo cuentos de poder.”
Me vi compelido a defender mi premisa.
Dije que hablaba en un sentido de posibilidades hipotéticas.
‑No hay tal sentido cuando hablas
del mundo de los hombres de conocimiento ‑dijo‑. Un hombre de
conocimiento no puede de ninguna manera actuar hacia sus semejantes en términos
perjudiciales, hipotéticamente o no.
‑Pero ¿y si sus semejantes traman
algo contra su seguridad y su bienestar? ¿Puede entonces usar su doble para
protegerse?
Chasqueó la lengua con reprobación.
‑Qué violencia increíble en tus
pensamientos ‑dijo‑. Nadie puede tramar nada contra la seguridad y
el bienestar de un hombre de conocimiento. Él ve, de modo que tomaría medidas para evitar cualquier cosa por el
estilo. Genaro, por ejemplo, corre un riesgo calculado al juntarse contigo.
Pero no hay nada que podrías hacer tú para poner en peligro su seguridad. Si
algo hubiera, su ver se lo
haría saber. Ahora bien, si hay en ti algo que sea desde el fondo perjudicial
para él, y su ver no lo alcanza, entonces es su destino, y ni Genaro ni nadie
puede evitar eso. Conque, ya ves, un hombre de conocimiento tiene el control
sin controlar nada.
Guardamos silencio. El sol estaba a punto
de alcanzar la copa de las densas matas altas al lado oeste de la casa.
Quedaban unas dos horas de luz diurna.
‑¿Por qué no llamas a Genaro? ‑dijo
don Juan en tono casual.
Mi cuerpo dio un salto. Mi reacción
inicial fue abandonar todo y correr a mi coche. Don Juan estalló en una
carcajada. Le dije que yo no tenía nada que probarme a mí mismo, y que me
hallaba perfectamente satisfecho hablando con él. Don Juan no podía parar de
reír. Finalmente dijo que era una vergüenza que Genaro no estuviera allí para
disfrutar la escena.
‑Mira, si a ti no te interesa
llamar a Genaro, a mí sí ‑dijo en tono resuelto‑. Me gusta su
compañía.
Había un terrible amargor en mi paladar.
El sudor goteaba de mis cejas y mi labio superior. Quise decir algo pero en
realidad no había qué decir.
Don Juan me escudriñó con una larga
mirada.
‑Ándale -dijo-. Un guerrero
siempre está listo. Ser guerrero no es el simple asunto de nomás querer serlo.
Es más bien una lucha interminable que seguirá hasta el último instante de
nuestras vidas. Nadie nace guerrero, exactamente igual que nadie nace siendo
un ser razonable. Nosotros nos hacemos lo uno o lo otro.
"Siéntate bien. No quiero que
Genaro te vea temblando."
Se puso en pie y recorrió de un lado a
otro el piso limpio de la ramada. No pude permanecer impasible. Mi nerviosismo
era tan intenso que, incapaz de escribir una línea más, me levanté de un salto.
Don Juan me hizo trotar marcando el
paso, cara al oeste. Me había puesto a realizar los mismos movimientos en
varias ocasiones anteriores. La idea era sacar "poder" del crepúsculo
inminente alzando los brazos al cielo con los dedos extendidos en abanico, y
cerrando los puños con fuerza cuando los brazos estuvieran en el punto medio
entre horizonte y cenit.
El ejercicio surtió efecto y, casi de
inmediato, me llené de calma y sosiego. No pude, sin embargo, dejar de pensar
qué habría ocurrido con el antiguo "yo" que nunca se habría relajado
tan completamente ejecutando esos movimientos sencillos e idiotas.
Quería enfocar toda mi atención en el
procedimiento que don Juan seguiría para llamar a don Genaro. Anticipaba actos
portentosos. Don Juan se paró en el borde de la ramada, mirando al sureste,
formó una bocina con las manos, y gritó:
‑¡Genaro! ¡Ven aquí!
Un momento después, don Genaro surgió
del chaparral. Ambos resplandecían de contento. Prácticamente bailaron frente
a mí.
Don Genaro me saludó con abundantes
efusiones y tomó asiento en el cajón de leche.
Algo espantoso me ocurría. Estaba
calmado, impávido. Un increíble estado de indiferencia y distanciamiento
dominaba todo mi ser. Casi me parecía estarme observando desde un escondrijo.
Con gran despreocupación, le platiqué a don Genaro que durante mi última
visita casi me había matado a sustos, y que ni siquiera durante mis experiencias
con plantas psicotrópicas me había visto en un caos mayor. Ambos celebraron
mis frases como si tuvieran propósito de chiste. Reí con ellos.
Obviamente estaban al tanto de mi estado
de insensibilidad emotiva. Me vigilaban y me seguían la corriente como a un
borracho.
Dentro de mí, algo luchaba
desesperadamente por convertir la situación en cosa familiar. Quería sentirme
preocupado y temeroso.
Al cabo de un rato, don Juan me salpicó
agua en la cara y me instó a sentarme y tomar notas. Dijo, como lo había hecho
antes, que de no tomar ‑notas me moriría. El mero acto de poner por
escrito algunas palabras hizo regresar mi ánimo habitual. Fue como si algo se
volviera de nuevo claro y cristalino, algo que unos momentos antes era opaco e
inerte.
El advenimiento de mi personalidad
acostumbrada significó a la vez el de mis miedos habituales. Curiosamente, yo
tenía menos miedo de tener miedo que de no tenerlo. La familiaridad de mis
viejos hábitos, por desagradables que fuesen, era un respiro deleitoso.
Entonces me di plena cuenta de que don
Genaro acababa de surgir del chaparral. Mis procesos usuales empezaban a
funcionar. Comenzó rehusando a pensar o especular acerca del hecho. Hice la
decisión de no preguntarle nada. Esta vez, sería un testigo silencioso.
‑Genaro ha venido de nuevo,
exclusivamente por u ‑dijo don Juan.
Don Genaro estaba reclinado en la pared
de la casa, y reposaba la espalda, sentado en un cajón de leche puesto en
declive. Parecía un jinete. Tenía las manos enfrente, y daban la impresión de
que sostenía las riendas de un caballo.
‑Eso es cierto, Carlitos ‑dijo
bajando el cajón a la horizontal del piso.
Desmontó, pasando la pierna derecha
sobre el imaginario cuello equino, y saltó a tierra. La destreza de sus
movimientos me hizo sentir sin lugar a dudas que había llegado cabalgando. Vino
y se sentó a mi izquierda.
‑Genaro vino porque quiere
hablarte del otro ‑dijo don Juan.
Hizo ademán de ceder la palabra. Don
Genaro saludó al auditorio. Se volvió ligeramente para darme la cara.
‑¿Qué es lo que te gustaría saber,
Carlitos? ‑preguntó en voz aguda.
‑Bueno, si va usted a hablarme del
otro, cuéntemelo todo ‑dije, fingiendo despreocupación.
Ambos menearon la cabeza y se miraron.
‑Genaro te va a hablar acerca del
soñador y el soñado ‑anunció don Juan.
Como ya sabes, Carlitos ‑dijo don
Genaro con el aire de un orador que entra en materia‑, el doble empieza
en sueños.
Me lanzó una larga mirada y sonrió. Sus
ojos se deslizaron de mi cara a mi cuaderno y mi lápiz.
‑El doble es un sueño ‑dijo,
rascándose los brazos, y luego se paró.
Dejó la ramada y se metió en el
chaparral. Se detuvo frente a una mata, mostrándonos tres cuartos de perfil;
al parecer orinaba. Tras un momento vi que algo le ocurría. Parecía tratar
desesperadamente de orinar sin conseguirlo. La risa de don Juan me indicó que
don Genaro había vuelto a las andadas.
Don Genaro contorsionaba su cuerpo en
tan cómica manera, que nos puso prácticamente histéricos.
Don Genaro regresó a la ramada y tomó
asiento. Su sonrisa irradiaba una insólita calidez.
‑Si no se puede, pues no se puede ‑dijo
alzando los hombros.
Luego, tras una pausa momentánea,
añadió, suspirando:
‑Sí, Carlitos, el doble es un
sueño.
‑¿Quiere usted decir que no es
real? ‑pregunté.
‑No. Quiero decir que es un sueño ‑repuso.
Don Juan intervino para explicar que don
Genaro se refería a la primera manifestación del hecho de darnos cuenta de ser
seres luminosos.
-Cada uno de nosotros es distinto, y por
eso los detalles de nuestras luchas son distintos ‑dijo don Juan‑.
Pero los pasos que seguimos para llegar al doble son los mismos. Sobre todo los
primeros pasos, que son confusos e inciertos.
Don Genaro estuvo de acuerdo, y comentó
la incertidumbre del brujo en esa etapa.
‑Cuando me pasó por primera vez,
no supe lo que había pasado ‑relató‑. Un día había estado recogiendo
plantas en los cerros y me había metido en un sitio que les tocaba a otros
yerberos. Junté dos costalotes y ya estaba listo para irme a mi casa, cuando
me dieron ganas de descansar un rato. Me acosté junto al camino, a la sombra de
un árbol, y me quedé dormido. Después oí gente que bajaba del monte y
desperté. Al momento me escurrí y me escondí detrás de unas matas, al otro lado
del camino muy cerca del sitio donde me había echado a dormir. Estando allí se
me dio por pensar que me había olvidado algo. Miré a ver si tenía mis dos
costales de plantas. No los tenía conmigo. Miré para el otro lado del camino,
al lugar donde había estado durmiendo y casi me lleva la chingada. ¡Yo seguía
allí dormido! ¡Era yo mismo! Toqué mi cuerpo. ¡Yo era yo mismo! Ya para
entonces, las gentes que bajaban del monte iban llegando a mí que estaba
dormido, mientras yo que estaba bien despierto miraba desde mi escondite sin
poder hacer nada. ¡Me lleva la chingada! Me van a encontrar allí, pensé, y me
van a quitar mis costales. Pero las gentes pasaron junto a mí que dormía como
si yo no estuviera allí.
"La visión fue tan vivida que me
puse como loco. Grité y entonces volví a despertar. ¡Carajo! ¡Había sido un
sueño!"
Don Genaro cesó su recuento y me miró
como esperando una pregunta o un comentario.
‑Dile dónde despertaste la segunda
vez ‑dijo don Juan.
‑Desperté junto al camino ‑dijo
don Genaro-, donde me quedé dormido. Pero por un momento no supe bien dónde me
encontraba en realidad. Casi puedo decir que me estaba viendo a mí mismo despertar
cuando algo me jaló al otro lado del camino cuando ya estaba a punto de abrir
los ojos.
Hubo una larga pausa. Yo no sabía qué
decir.
‑¿Y qué hiciste después? ‑preguntó
don Juan.
Me di cuenta, cuando ambos echaron a
reír, de que me hacía burla imitando mis preguntas.
Don Genaro siguió hablando. Dijo que se
quedó atónito un momento v luego fue a verificar todo.
‑El sitio donde me escondí era tal
como lo había visto ‑dijo‑. Y las gentes que pasaron se encontraban
a corta distancia, bajando el cerro. Lo sé porque corrí cuestabajo
siguiéndolos. Eran los mismos que había visto. Los seguí hasta que llegaron al
pueblo. Han de haber creído que estaba yo loco. Les pregunté si habían visto a
mi amigo durmiendo junto al camino. Todos dijeron que no.
‑Ya ves -dijo don Juan‑,
todos pasamos por las mismas dudas. Nos da miedo volvernos locos, pero la
desgracia es que, de a tiro, ya todos nosotros estamos locos.
‑Pero tú eres un poquito más loco
que nosotros dos ‑me dijo don Genaro, e hizo un guiño‑. Y eres,
como buen loco, más sospechoso.
Hicieron bromas sobre mi suspicacia.
Luego, don Genaro volvió a hablar.
‑Todos somos seres densos ‑dijo‑.
No eres el único, Carlitos. A mí el sueño me tuvo espantado unos días, pero
entonces tenía que ganarme la vida y me ocupaba de muchas cosas y no me
alcanzaba el tiempo para ponerme a pensar en el misterio de mis sueños. Y se me
olvidó la cosa. Yo era muy parecido a ti.
"Pero un día, meses más tarde,
después de una mañana de mucho trabajo me quedé dormido como una piedra en la
media tarde. Acababa de empezar a llover y me despertó una gotera. Salté de la
cama y trepé al techo para arreglarla antes de que se hiciera un chorro. Me
sentía tan bien y con tanta fuerza, que acabé en un minuto y ni siquiera me
mojé mucho. Pensé que el sueñito que había echado me hizo bien. Cuando
terminé, volví a la casa para comer algo, y me di cuenta de que no podía
tragar. Pensé que estaba enfermo. Junté unas hojas y raíces, las machuqué y me
hice un emplasto en la garganta y fui a acostarme. Y otra vez, al llegar a mi
cama, casi se me caen los calzones. ¡Yo estaba allí en la cama dormido! Quise
sacudirme y despertarme, pero yo sabía que no era eso lo que uno debía hacer.
Así que salí corriendo de la casa, despavorido. Anduve sin rumbo por el monte.
No tenía ni la menor idea a dónde iba, y aunque había vivido allí toda mi vida,
me perdí. Andaba en la lluvia y ni la sentía. Parecía coipo si no pudiera
pensar. Entonces el rayo y el trueno se hicieron tan fuertes que desperté otra
vez".
Hizo una pausa.
‑¿Quieres saber dónde desperté? ‑me
preguntó.
‑Claro ‑contestó don Juan.
‑Desperté en el monte, en la
lluvia ‑dijo él.
‑¿Pero cómo supo usted que había
despertado? ‑pregunté.
‑Mi cuerpo lo supo ‑respondió.
‑Esa pregunta fue idiota ‑terció
don Juan‑. Tú mismo sabes que algo en el guerrero se da cuenta siempre de
cada cambio. La meta del camino del guerrero es precisamente cultivar y
mantener ese sentido de darse cuenta. El guerrero lo limpia, lo pule y lo
tiene siempre funcionando.
Tenía razón. Hube de admitir hallarme al
tanto de ese algo que en mí registraba y conocía todas mis acciones. No tenía
nada que ver con la habitual conciencia de mí mismo. Era otra cosa que yo no
podía precisar. Les dije que tal vez don Genaro pudiera describirlo mejor.
‑Tú lo haces muy bien ‑dijo
don Genaro‑. Es la voz de adentro que te dice qué es lo qué es. Y aquella
vez me dijo que yo había despertado por segunda vez. Claro, apenas desperté
quedé convencido de que había estado soñando. Por lo visto este no había sido
un sueño ordinario, pero tampoco había sido propiamente soñar. Me conformé con
otra explicación: me dije que había andado dormido o medio despierto,
supongo. No había para mí ningún otro modo de entenderlo.
Don Genaro dijo que su benefactor le
explicó que no era un sueño lo experimentado, y que tampoco debía insistir en
creerlo sonambulismo.
‑¿Qué cosa le dijo que era? ‑pregunté.
Cambiaron miradas.
‑Me dijo que era el coco ‑repuso
don Genaro, adoptando el tono de un niño pequeño.
Les aclaré que deseaba saber si el
benefactor de don Genaro explicaba las cosas del mismo modo que ellos.
‑Claro que sí ‑dijo don
Juan.
‑Mi benefactor me explicó que el
sueño en el que uno se veía durmiendo ‑prosiguió don Genaro‑ era la
hora del doble. Me aconsejó que, en vez de malgastar mi poder en dudas y
preguntas, usara esa oportunidad para actuar, y que estuviera preparado para
cuando llegara otra ocasión.
"La siguiente me tocó en la casa de
mi benefactor. Yo lo estaba ayudando con el trabajo de casa. Me había acostado
a descansar y, como de costumbre, me dormí profundamente. Su casa era
definitivamente un sitio de poder para mí, y me ayudó. Un gran ruido me
sacudió de pronto y me despertó. La casa de mi benefactor era grande. Era un
hombre muy rico y mucha gente trabajaba para él. El ruido parecía ser el de una
pala cavando grava. Me senté a escuchar y luego me levanté. El ruido me
inquietaba mucho, pero yo no sabía la causa. Pensaba si salir a ver cuando me
di cuenta de que estaba dormido en el piso. Esta vez sabía qué esperar y qué
hacer, y seguí el ruido. Caminé por toda la casa hasta llegar a la parte de
atrás. Allí no había nadie. El ruido parecía venir de más lejos. Yo lo fui
siguiendo. Mientras más lo seguía, más rápido podía moverme. Fui a dar muy
lejos y vi cosas increíbles."
Explicó que en la época de esos eventos
se hallaba aún en las etapas iniciales de su aprendizaje y había incursionado
muy poco en "soñar", pero tenía una facilidad extraña para soñar que
se miraba a sí mismo.
‑¿A dónde fue usted a dar, don
Genaro? ‑pregunté.
‑Esa era realmente la primera vez
que me movía al soñar ‑dijo‑. Pero ya sabía lo suficiente para
portarme correctamente. No fijé la vista directamente en nada y fui a parar a
una cañada muy honda donde mi benefactor tenía sus plantas de poder.
‑¿Cree usted que es mejor si uno
casi no sabe nada de soñar? ‑pregunté.
‑¡No! ‑intervino don Juan‑.
Cada uno de nosotros tiene facilidad para algo en particular. La facilidad de
Genaro es para soñar.
‑¿Qué vio usted en las cañada, don
Genaro? ‑pregunté.
‑Vi a mi benefactor haciendo
maniobras peligrosas con unas gentes. Pensé que yo estaba allí para ayudarlo y
me escondí detrás de unos árboles. Pero así como yo andaba en ese entonces no
habría podido ayudar a nadie. De todos modos, yo no era tonto, y me di cuenta
de que la escena esa era para mirarla de lejos y no para actuar en ella.
-¿Cuándo y cómo y dónde despertó usted?
‑No sé cuándo desperté. Han de
haber pasado horas enteras. Lo único que sé es que seguí a mi benefactor y
los otros hombres, y cuando iban llegando a la casa de mi benefactor el ruido
que hacían, porque andaban peleándose casi a puños, me despertó. Estaba en el
sitio donde me vi dormido.
"Al despertar, me di cuenta de que
todo eso que había visto y hecho no era un sueño. En verdad me había ido
bastante lejos, guiado por el sonido."
‑¿Estaba su benefactor al tanto de
lo que usted hacía?
‑Seguro. Él fue el que estuvo
haciendo ruido con la pala para ayudarme a cumplir mi tarea. Cuando entró en la
casa me regañó de mentira por haberme dormido y por eso supe que me había
visto. Después, cuando se fueron sus amigos, me dijo que había notado mi
brillo oculto entre los árboles.
Don Genaro dijo que esos tres casos lo
pusieron en el camino de "soñar", y que tardó quince años en recibir
la oportunidad siguiente.
‑La cuarta vez fue una visión más
rara y más completa ‑dijo‑. Me hallé dormido enmedio de un
sembrado. Me vi echado de costado, profundamente dormido. Supe de inmediato que
eso era soñar, porque me había propuesto hacerlo cada noche que me iba a
dormir. Por lo general, todas las veces que yo me había visto a mí mismo
dormido, estaba en el sitio donde me había echado a dormir. Esta vez no estaba
en mi cama, y sabia que me había acostado en mi cama esa noche. En este soñar
era de día. Así que me puse a explorar. Me alejé del sitio donde estaba yo
echado y me orienté. Supe dónde me encontraba. Andaba en realidad no muy lejos
de mi casa, capaz a unos tres kilómetros. Caminé por allí, mirando cada detalle
del sitio. Me paré a la sombra de un gran árbol, a poca distancia; con la
vista, crucé una franja de llano y miré una milpa en la ladera del cerro. En
ese momento noté algo muy raro: los detalles del paisaje no cambiaban ni
desaparecían por más que les clavara la vista. Me asusté y volví corriendo al
sitio donde dormía. Yo seguía allí, exactamente como había estado antes.
Empecé a observarme. Sentía una horrible indiferencia hacia ‑el cuerpo
que miraba.
"Entonces oí el sonido de risas de
gente que se acercaba. La gente siempre me anda encima. Subí corriendo una
lomita y observé cuidadosamente desde allí. Diez personas venían al campo donde
yo estaba. Todos eran muchachos jóvenes. Corrí al sitio donde estaba dormido
y pasé los momentos más angustiosos de mi vida, mirándome allí tirado, roncando
como cerdo. Sabía que tenía que despertarme, pero no tenía idea de cómo
hacerlo. Sabía también que era cosa de muerte despertarme yo mismo. Pero si
aquellos muchachos me encontraban allí, se iba a armar un gran pleito. Todas
esas deliberaciones que pasaban por mi mente no eran en realidad pensamientos.
Más bien eran escenas frente a mis ojos. Mi preocupación, por ejemplo, era
una escena en la cual yo me miraba a mí mismo mientras tenía la sensación de
estar encajonado. Llamo a eso preocuparse. Me ha pasado eso muchas veces desde
aquella primera vez.
"Bueno, como no sabía qué hacer me
quedé mirándome a mí mismo, dormido, esperando lo peor. Un montón de imágenes
fugaces pasaron frente a mis ojos. Me agarré a una en particular, la imagen de
mi casa y mi cama. La imagen se hizo muy clara. ¡Caramba, cómo quería yo estar
de vuelta en mi cama! Algo me dio un sacudón entonces; sentí como si alguien
me golpeara y desperté. ¡Estaba en mi cama! Por lo visto esto había sido soñar.
Me levanté de un salto y corrí al sitio de mi soñar. Era tal como lo había
visto. Los muchachos estaban allí trabajando. Los observé por un largo rato.
Eran los mismos que había visto antes.
"Regresé al mismo lugar al fin del
día, cuando ya todos se habían ido, y me paré en el sitio exacto donde me vi
dormido. Alguien se había echado allí. Las yerbas estaban aplastadas."
Don Juan y don Genaro me observaban.
Parecían dos extraños animales. Sentí un escalofrío en la espalda. Estaba a
punto de entregarme al muy racional miedo de que no eran en realidad hombres
como yo, pero don Genaro echó a reír.
‑En aquellos días ‑dijo‑
yo era igual que tú, Carlitos. Quería confirmarlo todo. Era tan desconfiado
como tú.
Hizo una pausa, alzó el dedo y lo
sacudió en mi dirección. Luego encaró a don Juan.
‑¿A poco no eras tú tan
desconfiado como este sujeto? ‑preguntó.
‑Ni modo ‑dijo don Juan‑.
Éste es el campeón.
Don Genaro se volvió hacia mí e hizo un
gesto de disculpa.
‑Creo que me equivocaba ‑dijo‑.
Yo tampoco era tan desconfiado como tú.
Rieron suavemente, como si no quisieran
hacer ruido. El cuerpo de don Juan se convulsionaba de risa contenida.
‑Éste es un sitio de poder para ti
‑dijo don Genaro en un susurro‑. Te has roto los dedos escribiendo
ahí donde estás sentado. ¿Has hecho alguna vez la prueba de echarte a soñar a
toda máquina aquí?
-No, nunca lo ha hecho -dijo don Juan en
voz baja‑. Aquí él nomás ha escrito a toda máquina.
Se doblaron de risa. Parecía que no
quisieran reír abiertamente. Sus cuerpos se sacudían. La risa suave era como un
cacareo rítmico.
Don Genaro enderezó la espalda y se
deslizó sentado acercándose a mí. Me dio repetidas palmadas en el hombro,
llamándome bribón, luego, con gran fuerza, jaló hacia sí mi brazo izquierdo.
Perdí el equilibrio y caí de bruces. Casi me golpeo la cabeza en el piso.
Automáticamente adelanté el brazo derecho y amortigüé la caída. Uno de ellos
presionó mi cuello para impedir que me levantara. No supe a ciencia cierta
quién. La mano que me detenía parecía la de don Genaro. Tuve un momento de
pánico devastador Sentía desmayarme; quizá me desmayé. La presión en mi
estómago era tan intensa que vomité. Mi siguiente percepción clara fue la de
que alguien me ayudaba a enderezarme. Don Genaro estaba en cuclillas frente a
mí. Volví la cara en busca de don Juan. No se veía en ninguna parte. Don Genaro
lucía una sonrisa resplandeciente. Sus ojos brillaban. Miraban fijamente los
míos. Le pregunté qué me había hecho y respondió que yo estaba en pedazos. Su
tono era de reproche, y parecía molesto o insatisfecho conmigo. Repitió varias
veces que me hallaba hecho pedazos y tenía que juntarme de nuevo. Trataba de
asumir un tono severo, pero rió a mitad de su arenga. Me decía cuán terrible
era verme desparramado por todo el suelo, y que él necesitaría una escoba para
reunir mis pedazos. Añadió que tal vez los trozos iban a quedar fuera de lugar
y yo terminaría con el dedo gordo del pie en lugar del pene. La risa le ganó en
ese punto. Quise reír también y experimenté una sensación insólita. ¡Mi cuerpo
se deshizo! Fue como si yo hubiera sido un juguete mecánico que se desarmara
así como así. No tenía sensaciones físicas, ni tampoco miedo o cuidado.
Desmoronarme era una escena que yo presenciaba desde la perspectiva del
perceptor, y sin embargo no percibía nada desde un punto sensorial de
referencia.
La siguiente cosa de que me apercibí fue
que don Genaro manipulaba mi cuerpo. Tuve entonces una sensación física, una
vibración tan intensa que me hizo perder de vista todo cuanto me rodeaba.
Una vez más sentí que alguien me ayudaba
a enderezarme. Vi de nuevo a don Genaro acuclillado frente a mí. Me empujó de
los sobacos y me ayudó a caminar. Yo no podía determinar dónde estaba. Tenía
la sensación de estar en un sueño, pero asimismo tenía un sentido completo de
secuencia temporal. Me hallaba agudamente consciente de que acababa de estar
con don Genaro y don Juan en la ramada de la casa del segundo.
Don Genaro caminaba conmigo; me apoyaba
sosteniendo mi sobaco izquierdo. El paisaje que yo contemplaba cambiaba de
continuo. Yo no podía, sin embargo, determinar la naturaleza de lo que observaba.
Lo que había frente¡ a mis ojos era más bien un sentimiento o un estado de
ánimo, y el centro de donde irradiaban todos esos cambios estaba definitivamente
en mi estómago. Establecí esa relación no como una idea o un darme cuenta, sino
como una sensación corpórea que de pronto se hizo fija y predominante. Las
fluctuaciones en torno mío salían de mi estómago. Yo creaba un mundo, una
corriente interminable de sentimientos e imágenes. Todo cuanto conocía estaba
allí. Eso mismo era una sensación, no un pensamiento ni una evaluación
consciente.
Traté de llevar la cuenta durante un
momento, a causa de mi hábito casi invencible de evaluarlo todo, pero en
determinado instante mis procesos de contaduría cesaron y un algo sin nombre
me envolvió, sentimientos e imágenes de todo tipo.
En cierto punto, algo en mí inició de
nuevo la tabulación y noté que una imagen se repetía constantemente: don Juan
y don Genaro que trataban de alcanzarme. La imagen era fugaz; pasaba rápida
frente a mí. Era algo comparable a verlos desde la ventana de un vehículo en
marcha veloz. Parecían tratar de agarrarme a la pasada. A fuerza de recurrir,
la imagen se hizo más clara y perdurable. En algún momento tuve conciencia de
estarla aislando deliberadamente de toda una miríada de imágenes. Pasaba las
otras por alto para llegar a esa escena particular. Finalmente pude sostenerla
pensando en ella. Una vez que empecé a pensar, mis procesos ordinarios tomaron
las riendas. No eran tan definidos como en mis actividades ordinarias, pero sí
lo bastante claros para saber que había aislado la escena o sentimiento de que
don Juan y don Genaro estaban en la ramada de la casa del segundo y me detenían
por los sobacos. Quise seguir huyendo a través de otras imágenes y sensaciones,
pero ellos no me dejaron. Me debatí un instante. Me sentía ágil y contento.
Sabía que ambos me caían muy bien, y también que no les tenía miedo. Quería
bromear con ellos; no sabía cómo, y reía y les daba palmadas en los hombros.
Tuve otra peculiar toma de conciencia, la certidumbre de que estaba "soñando".
Cuando enfocaba los ojos en alguna cosa, inmediatamente se deshacía.
Don Juan y don Genaro me hablaban. Yo no
podía seguir el hilo de sus palabras ni distinguir quién de ellos las decía.
Entonces don Juan dio vuelta a mi cuerpo y señaló un bulto en el piso. Don
Genaro me acercó al objeto y me hizo circundarlo. Era un hombre y yacía
bocabajo, el rostro vuelto a la derecha. Al hablarme, señalaban al hombre. Me
jalaban y me torean en torno a él. Yo no podía enfocarlo con los ojos, pero
finalmente tuve una sensación de quietud y sobriedad y miré al hombre. Desperté
con lentitud en la conciencia de que el hombre tirado en el suelo era yo. El
reconocimiento no produjo terror ni sufrimiento. Simplemente lo acepté sin
emoción. En ese instante no me hallaba totalmente dormido, pero tampoco
totalmente despierto y sereno. También empecé a sentir más a don Juan y don
Genaro, y podía distinguirlos cuando me hablaban. Don Juan dijo que íbamos a
ir al sitio redondo de poder en el chaparral. Apenas pronunció las palabras, la
imagen del sitio brotó en mi mente. Vi las masas oscuras de los arbustos en
torno. Me volví a la derecha; don Juan y don Genaro estaban también allí.
Experimenté una sacudida y la sensación de tenerles miedo. Acaso porque
parecían dos sombras amenazantes. Se acercaron. Al mirar sus facciones, mis
temores desaparecieron.
Mi efecto retornó. Era como si me
hallase borracho y no tuviera asidero firme en ninguna parte. Me agarraron por
los hombros y me sacudieron al unísono. Me ordenaban despertar. Yo oía sus
voces clara y separadamente. Tuve entonces un momento único. Mi mente contenía
dos imágenes, dos sueños. Sentí que algo de mi ser estaba profundamente dormido
y empezaba a despertar y me hallé en el piso de la ramada, con don Juan y don
Genaro que me sacudían. Pero también me encontraba en el sitio de poder y don
Juan y don Genaro seguían sacudiéndome. Durante un instante crucial, no estuve
en un lugar ni en el otro, sino más bien en ambos, como un observador que ve
dos escenas al mismo tiempo. Tuve la increíble sensación de que en dicho
instante habría podido tomar cualquier derrotero. Todo cuanto tenía que hacer
en ese momento era cambiar de perspectiva y, más que observar cualquiera de
ambas escenas desde el exterior, sentirla desde el punto de vista del sujeto.
Había algo muy cálido en la casa de don
Juan. De modo que preferí esa escena.
Tuve entonces un ataque aterrador, tan
brusco que recobré de golpe toda mi conciencia ordinaria. Don Juan y don Genaro
me vertían encima baldes de agua. Estábamos en la ramada de la casa de don
Juan.
Horas más tarde, tomamos asiento en la
cocina. Don Juan insistía en que yo procediera como si nada hubiese ocurrido.
Me dio comida y dijo que debía comer mucho para compensar mi gasto de energía.
Pasaban de las nueve de la noche cuando
miré mi reloj después de que nos sentamos a comer. Mi experiencia había durado
varias horas. Sin embargo, desde mi perspectiva de recuerdo, parecía que sólo
me había dormido un corto rato.
Aunque ya era totalmente el de siempre,
seguía atontado. No recobré mi conciencia habitual hasta que empecé a escribir
en mi cuaderno. Me sorprendió que el tomar notas pudiera producir sobriedad
instantánea. Apenas me recobré, un torrente de pensamientos razonables se
desató en mi mente; me proponía explicar el fenómeno que había experimentado.
"Supe" en el acto que don Genaro me había hipnotizado en el momento
en que me detuvo contra el piso, pero no intenté figurarme cómo lo había hecho.
Ambos rieron histéricamente cuando
expresé mis ideas. Don Genaro examinó mi lápiz y dijo que ésa era la llave que
me daba cuerda. Me puse belicoso. Estaba cansado e irritable. Me descubrí
prácticamente gritándoles, mientras sus cuerpos se sacudían de risa.
Don Juan dijo que estaba bien el caerse
al dar un salto, pero que no estaba bien el saltar de cara contra la pared, y
que don Genaro había venido exclusivamente para ayudarme y enseñarme el
misterio del Soñador y el soñado.
Mi irritabilidad culminó. Don Juan hizo
a don Genaro una seña con la cabeza. Ambos se levantaron y me llevaron a un
lado de la casa. Allí don Genaro demostró su gran repertorio de gruñidos y
gritos animales. Me sugirió que eligiera el rebuzno de un burro y luego me
enseñó a reproducirlo.
Tras horas de práctica, llegué al punto
de poderlo imitar bastante bien. El resultado final fue que ellos habían
disfrutado mis torpes intentos y reído hasta lloras, y yo había liberado mi
tensión reproduciendo ese clamor. Les dije que había algo aterrador en mi
imitación. El relajamiento de mi cuerpo era incomparable. Don Juan dijo que,
si perfeccionaba yo el rebuzno, podía convertirlo en cosa de poder, o simplemente
usarlo para aliviar mi tensión cuando fuera necesario. Me sugirió dormir. Pero
yo temía dormirme. Me senté con ellos un largo rato, ante el fuego de la
cocina, y después, sin querer, caí en un hondo sueño.
Desperté al amanecer. Don Genaro dormía
junto a la puerta. Pareció despertar al mismo tiempo que yo. Me habían tapado y
pusieron mi chaqueta doblada a modo de almohada. Me sentía muy tranquilo y descansado.
Le comenté a don Genaro que había estado exhausto la noche anterior. Dijo que
él también. Susurró, como si me hiciera una confidencia, que don Juan estaba
todavía más cansado por ser más viejo.
‑Tú y yo somos jóvenes ‑dijo
con un brillo en los ojos‑. Pero él ya está muy viejo. Ya debe andar por
los trescientos.
Me senté apresuradamente. Don Genaro se
tapó la cara con su cobija y soltó una carcajada. Don Juan entró en ese
momento.
Tuve un sentimiento de plenitud y paz.
Por una vez, nada importaba realmente. Estaba tan a gusto que quería llorar.
Don Juan dijo que la noche anterior yo
había empezado a tener presente mi luminosidad. Me advirtió no entregarme a la
sensación de bienestar que atravesaba, porque se convertiría en complacencia.
‑En este momento ‑dije‑,
no quiero explicar nada. No importa lo que don Genaro me haya hecho anoche.
‑Yo no te hice nada ‑repuso
don Genaro‑. Mira, soy yo, Genaro. ¡Tu Genaro! ¡Tócame!
Abracé a don Genaro y ambos reímos como
niños.
Preguntó si me parecía extraño poder
abrazarlo entonces, cuando la última vez que nos vimos allí me resultó imposible
tocarlo. Le aseguré que esas cuestiones ya no tenían pertinencia para mí.
El comentario de don Juan fue que yo me
estaba entregando a ser tolerante y bueno.
‑¡Cuidado! ‑dijo‑. Un
guerrero jamás baja la guardia. Si sigues así de feliz, vas a agotar el poco poder
que te queda.
‑¿Qué debo hacer? ‑pregunté.
‑Ponte de nuevo como eres ‑dijo‑.
Duda de todo. Desconfía.
‑Pero no me gusta ser así, don
Juan.
‑No es cosa de que te guste o no.
Lo importante es ¿qué puedes usar ahora a manera de escudo? Un guerrero debe
usar todo lo que está a su alcance para cerrar su abertura mortal una vez que
ésta se abre. Por eso no importa que en realidad no te guste ser desconfiado o
hacer preguntas. Eso es ahora tu único escudo.
"Escribe, escribe. O te mueres.
Morir de contento es muerte de imbécil."
‑¿Cómo debe entonces morir un
guerrero? ‑preguntó don Genaro exactamente en mi tono de voz.
‑Un guerrero muere a la mala ‑dijo
don Juan-. Su muerte debe luchar para llevárselo. El guerrero no se entrega ni
aún a la muerte.
Don Genaro abrió desmesuradamente los
ojos y luego parpadeó.
‑Lo que Genaro te enseñó ayer es
de suma importancia ‑prosiguió don Juan‑. No te lo puedes sacudir
haciéndote el piadoso. Ayer me dijiste que la idea del doble te volvía loco.
Pero mírate ahora. Ya no te importa. Eso es lo malo de la gente que se vuelve
loca; se vuelve loca para uno y otro lado. Ayer eras todo preguntas, hoy eres
todo resignación.
Señalé que él siempre encontraba una
falta en lo que yo hacía, sin importar cómo lo hiciera.
‑¡Eso no es verdad! -exclamó‑.
No hay falla en el camino del guerrero. Síguelo y nadie podrá criticar tus
actos. Toma como ejemplo lo que pasó ayer, el camino del guerrero habría sido,
primero, hacer preguntas sin miedo y sin sospechas, y luego dejar que Genaro
te enseñara el misterio del soñador, sin oponerle resistencia y sin agotarte.
Hoy, el camino del guerrero sería juntar lo que aprendiste, sin presumir nada y
sin hacerte el piadoso. Hazlo así y nadie podrá encontrar fallas en lo que
haces.
Pensé, por el tono, que don Juan estaba
muy disgustado con mis errores. Pero me sonrió y luego soltó una risita que
parecía motivada por sus propias palabras.
Le dije que simplemente me estaba
conteniendo, pues no deseaba agobiarlos con mis inquisiciones. A mí me abrumaba
en verdad lo que don Genaro había hecho. Yo estuve convencido ‑aunque eso
ya no importaba‑ de que don Genaro esperó entre las matas que don Juan
lo llamase. Más tarde, aprovechó mi susto para atontarme. Tenido a la fuerza en
el suelo, debo haberme desmayado, y entonces don Genaro me hipnotizó.
Don Juan arguyó que yo era demasiado
fuerte para que me dominaran con tal facilidad.
-¿Qué ocurrió entonces? ‑le
pregunté.
‑Genaro vino a verte para decirte
una cosa muy exclusiva ‑dijo‑. Cuando salió de las matas, era Genaro
el doble. Hay otro modo de hablar de todo esto que lo explicaría mejor, pero no
puedo usarlo ahora.
‑¿Por qué no, don Juan?
‑Porque todavía no estás listo
para hablar de la totalidad de uno mismo. Por lo pronto, sólo puedo decirte que
este Genaro que está aquí no es el doble.
Señaló a don Genaro con un movimiento de
cabeza. Don Genaro parpadeó repetidas veces.
‑El Genaro de anoche era el doble.
Y cono ya te lo he dicho, el doble tiene un poder inconcebible. Te enseñó un
asunto de lo más importante. Para hacerlo, tenía que tocarte. El doble
simplemente te tocó en el pescuezo, en el mismo sitio que el aliado te pisó
hace años. Naturalmente, te apagaste como vela. Y, naturalmente también, te
entregaste como hijo de puta. Nos costó horas acorralarte de nuevo. Así
disipaste tu poder y, cuando te tocó la hora de cumplir una hazaña de
guerrero, te faltó el jugo.
‑¿Cuál era esa hazaña de guerrero,
don Juan?
‑Ya dije que Genaro sólo vino a
enseñarte una cosa: el misterio de los seres luminosos soñadores. Tú querías
saber del doble. Empieza en los sueños. Pero luego preguntaste. "¿Qué es
el doble?" Y yo te dije que el doble es uno mismo. Uno mismo sueña el doble.
Eso debería ser sencillo, pero no tenemos nada de sencillos. Quizá los sueños
comunes que uno tiene sean sencillos, pero eso no significa que uno sea sencillo.
Una vez que uno aprende a soñar el doble, se llega a esta encrucijada extraña,
y en un momento dado uno se da cuenta de que el doble es quien lo sueña a uno
mismo.
Yo había anotado todas sus palabras.
También les había prestado atención, pero no las comprendía.
Don Juan repitió sus aseveraciones.
‑La lección de anoche, como te
dije, trataba del soñador y el soñado, o quién sueña a quién.
‑Perdone usted ‑dije.
Ambos echaron a reír.
-Anoche ‑prosiguió don Juan‑
casi, casi escoges despertar en el sitio de poder.
‑¿Qué quiere usted decir, don
Juan?
-Ésa habría sido la hazaña. Si no te
hubieras entregado a tus hábitos de imbécil, habrías tenido poder suficiente
para inclinar la balanza y, sin duda alguna, eso te habría matado de miedo. Por
fortuna o por desgracia, como sea el caso, no tuviste poder suficiente. De
hecho, malgastaste tu poder en confusiones hasta el punto que casi no te quedó
lo bastante para salvar tu vida.
"Así pues, como puedes entender muy
bien, entregarte a tus caprichitos no es sólo estúpido y un desperdicio
total, sino que también es perjudicial. Un guerrero que se agota no puede
vivir. El cuerpo no es cosa indestructible. Habrías podido enfermarte de
gravedad. No sucedió así, simplemente porque Genaro y yo desviamos parte de tu
imbecilidad."
El pleno impacto de sus palabras
empezaba a hacerse sentir en mí.
‑Anoche, Genaro te guió por los
laberintos del doble ‑prosiguió don Juan‑. Sólo él es capaz de
hacer eso por ti. Y no fue visión ni alucinación cuando te viste tirado en el
piso. Podrías haberte dado cuenta de ello con infinita claridad si no te
hubieras perdido en tu vicio de hacerte el niñito, y podrías haber sabido
entonces que tú mismo eres un sueño, que tu doble te está soñando, de la misma
manera en que tú lo soñaste anoche.
‑¿Pero cómo puede ser eso posible,
don Juan?
‑Nadie sabe cómo sucede. Sólo
sabemos que sí sucede. Ése es nuestro misterio como seres luminosos. Anoche
tenías dos sueños y pudiste despertar en cualquiera, pero tú no tenías ni
siquiera suficiente poder para entender eso.
Me miraron fijamente unos momentos.
‑Yo creo que sí entiende ‑dijo
don Genaro.
EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS
Don Genaro me deleitó durante horas con
algunas instrucciones absurdas para manejar mi mundo cotidiano. Don Juan dijo
que yo debía tener mucho cuidado y seriedad con las recomendaciones de don Genaro,
pues aunque eran chistosas no eran un chiste.
A eso del mediodía, don Genaro se puso
en pie y sin decir palabra se metió al matorral. Yo iba también a levantarme,
pero don Juan me retuvo gentilmente y, en tono solemne, anunció que don Genaro
iba a hacer otra prueba conmigo.
‑¿Qué se trae? ‑pregunté‑.
¿Qué me va a hacer?
Don Juan me aseguró que no necesitaba
preocuparme.
‑Te acercas a una encrucijada ‑dijo‑.
Cierta encrucijada a la que todo guerrero llega.
Tuve la idea de que hablaba de mi
muerte. Pareció anticipar mi pregunta y me hizo seña de callar.
‑No vamos a discutir este asunto ‑dijo‑.
Basta decir que la encrucijada a la cual me refiero es la explicación de los
brujos. Genaro cree que ya estás listo para recibirla.
‑¿Cuándo me la va usted a dar?
‑No sé cuándo. Tú eres el que la
va a recibir; por lo tanto, depende de ti. Tú decidirás cuándo.
‑¿Qué tal ahora mismo?
‑Decidir no significa escoger un
momento arbitrario ‑dijo‑. Decidir significa que has puesto tu
espíritu en orden impecable, y que has hecho todo lo posible por ser digno del
conocimiento y el poder.
"Pero hoy debes resolverle a Genaro
una adivinanza que te va a altar Se nos ha adelantado y nos va a esperar por
ahí en el matorral. Nadie sabe el sitio donde estará, ni la hora específica de
ir a verlo. Si eres capaz de determinar la hora correcta para salir de la casa,
también podrás llegar al sitio donde está."
Dije a don Juan que no imaginaba a nadie
capaz de resolver tal acertijo.
‑¿Cómo puede el hecho de salir de
la casa a fina hora especifica, guiarme a donde está don Genaro? ‑pregunté.
Don Juan sonrió y se puso a tararear una
melodía. Parecía disfrutar mi agitación.
‑Ése es et problema que Genaro te
ha puesto ‑dijo‑. Si tienes bastante poder personal, decidirás con
certeza absoluta la hora justa para salir de la casa. Cómo te guiará el salir a
la hora precisa es algo que nadie sabe. Y sin embargo, si tienes poder suficiente,
tú mismo atestiguarás que, es así.
‑¿Pero cómo voy a ser guiado, don
Juan?
‑Nadie sabe eso tampoco.
‑Yo creo que don Genaro me está
tomando el pelo.
‑Entonces ten cuidado ‑dijo‑.
Si Genaro te toma el pelo, lo más probable es que te lo arranque.
Don Juan rió de su propio chiste. No
pude secundarlo. Mi temor al peligro inherente en las manipulaciones de don
Genaro era demasiado real.
‑¿Puede usted darme alguna pista? ‑pregunté.
‑¡No hay pistas! ‑dijo,
cortante.
‑¿Por qué quiere hacer esto don
Genaro?
‑Quiere probarte ‑repuso‑.
Digamos que le importa mucho saber si ya estás listo para recibir la explicación
de los brujos. Si resuelves la adivinanza, querrá decir que has juntado
suficiente poder personal y estás listo. Pero si lo echas a perder, será
porque no tienes poder suficiente, y en ese caso la explicación de los brujos
no tendría sentido para ti. Yo pienso que deberíamos darte la explicación sin
cuidarnos de que la entiendas o no; ésa es mi idea. Genaro es un guerrero más
conservador; quiere las cosas en el orden debido y no cederá hasta pensar que
estás listo.
‑¿Por qué usted no me habla por su
cuenta de la explicación de los brujos?
‑Porque Genaro debe ser quien te
ayude.
‑¿Por qué es así, don Juan?
‑Genaro no quiere que te diga por
qué ‑dijo-. Todavía no.
‑¿Me perjudicaría conocer la
explicación de los brujos? ‑pregunté.
‑Yo creo que no.
‑Entonces, don Juan, dígamela, por
favor.
‑¡No le hagas! Genaro tiene ideas
precisas sobre este asunto, y debemos observarlas y respetarlas.
Hizo un gesto imperativo para callarme.
Tras una pausa larga y desesperante,
aventuré una pregunta:
‑¿Pero cómo puedo resolver esta
adivinanza, don Juan?
‑De veras no lo sé, por eso no
puedo aconsejarte ‑dijo‑. Genaro es muy eficaz. Planeó la adivinanza
nada más para ti. Puesto que lo está haciendo para beneficiarte, él está
entonado sólo contigo; por lo tanto, sólo tú puedes escoger la hora justa para
salir de la casa. Él mismo te llamará y te guiará por me dio de su llamada.
‑¿Cómo será su llamada?
‑Eso yo no lo sé. Su llamada es
para ti, no para mí. Te topará directamente en tu voluntad. En otras palabras, debes usar tu voluntad
para saber cuál es su llamada.
"Genaro siente la necesidad de
asegurarse de que el poder personal que has juntado hasta hoy en día es lo
suficiente para convertir tu voluntad en una unidad que funcione."
"Voluntad" era otro concepto
que don Juan había delineado con gran cuidado, pero sin aclararlo. Yo había
entendido a través de sus explicaciones que la "voluntad" era una
fuerza emanada de la región umbilical a través de una abertura invisible
debajo del ombligo, abertura a la cual llamaba "boquete". Se alegaba
que sólo los brujos cultivaban la "voluntad". Les llegaba envuelta en
el misterio y les daba la capacidad de realizar prodigios extraordinarios.
Comenté a don Juan que no había
posibilidad de que algo tan vago pudiera ser una unidad funcional en mi vida.
‑Allí es donde te equivocas ‑dijo‑.
La voluntad se desarrolla en un guerrero pese a toda la oposición de la razón.
‑¿No puede acaso don Genaro,
siendo brujo, saber, sin ponerme a prueba, si estoy listo o no? ‑pregunté.
‑Por supuesto que puede ‑dijo‑.
Pero ese conocimiento no te será de valor ni consecuencia alguna, porque nada
tiene que ver contigo. Tú, y no Genaro, eres el que está aprendiendo; y por lo
tanto, tú mismo debes reclamar el conocimiento como poder. A Genaro no le
interesa un comino saber que él sabe, pero sí le interesa saber que tú sabes.
Tú debes descubrir si tu voluntad trabaja o no. Éste es un asunto muy difícil
de aclarar. Pese a lo que Genaro o yo sepamos de ti, tú debes comprobar por ti
mismo que estás en la posición de reclamar el conocimiento como poder. En otras
palabras, tú mismo debes convencerte de que puedes ejercer tu voluntad. Si no estás convencido, hoy te
convencerás. Pero si no puedes llevar a cabo esta tarea, Genaro sabrá que a
pesar de todo lo que él ve en ti, tú no estás listo todavía.
Experimenté una aprensión abrumadora.
‑¿Es necesario todo esto? ‑pregunté.
‑Esto es lo que Genaro pide, y
esto es lo que se debe obedecer ‑dijo en tono firme pero amistoso.
‑¿Pero qué tiene don Genaro que
ver conmigo?
‑Puede que a lo mejor hoy lo sepas
‑dijo sonriendo.
Imploré a don Juan sacarme de esa
situación intolerable y explicar toda la misteriosa conversación. Riendo, me
dio palmadas en el pecho e hizo un chiste sobre un levantador de pesas
mexicano que tenía enormes músculos pectorales pero no podía hacer trabajos
físicos pesados porque tenía la espalda débil.
‑Cuida esos músculos ‑dijo‑.
No deben ser nada más para lucir.
‑Mis músculos no tienen nada que
ver con lo que estaba usted diciendo ‑respondí, belicoso.
‑Cómo no ‑dijo‑. El
cuerpo tiene que estar perfecto antes de que la voluntad funcione como una
unidad.
Don Juan había desviado
una vez más la dirección de mis averiguaciones. Me sentí inquieto y frustrado.
Me levanté y fui a la cocina a beber
agua. Don Juan me siguió y sugirió que practicase el rebuzno que don Genaro me
había enseñado. Fuimos a un lado de la casa; me senté en una pila de leña y me
di a reproducirlo. Don Juan hizo algunas correcciones y me dio instrucciones
sobre mi respiración: el resultado fue una relajación física completa.
Regresamos a la ramada y tomamos asiento
nuevamente. Le dije que a veces me irritaba conmigo mismo por ser tan
indefenso.
‑No hay nada malo en sentirse
indefenso ‑dijo‑. Todos nosotros nos sentimos así. Acuérdate que hemos
pasado una eternidad como niños indefensos. Como ya te lo he dicho, en estos
momentos eres como un niño que no puede salirse solo de la cuna, y mucho menos
actuar por su cuenta. Genaro te saca de tu cuna, pues digamos, levantándote de
los sobacos. Un niño quiere actuar y, como no puede, se queja. No hay nada malo
en eso; pero darse por entero a lamentos y protestas es otro asunto.
Me exigió conservar la calma; sugirió
que le hiciera preguntas un rato, mientras pasaba a un mejor estado mental.
Durante un momento perdí el hilo y no
supe qué preguntar.
Don Juan desenrolló un petate y me
indicó sentarme en él. Luego llenó de agua un guaje grande y lo puso en una
red portadora. Parecía prepararse para un viaje. Volvió a sentarse y, con un
movimiento de cejas, me instó a iniciar el interrogatorio.
Le pedí que me hablara más de la
polilla.
Me escudriñó con una larga mirada y
chasqueó la lengua.
‑Eso era un aliado ‑dijo‑.
Tú lo sabes.
‑¿Pero qué es en realidad un
aliado, don Juan?
‑No hay manera de saber lo que es
exactamente un aliado, así como no hay tampoco manera de saber lo que es
exactamente un árbol.
‑Un árbol es un organismo viviente
‑dije.
‑Eso no me dice mucho ‑respondió‑.
Yo también puedo decir que un aliado es una fuerza, una tensión. Eso ya te lo
he dicho, pero eso no dice mucho sobre un aliado.
"Igual que en el caso de un árbol,
el único modo de saber lo que es un aliado es experimentándolo. Por años
enteros he luchado por prepararte para el interesantísimo encuentro con un
aliado. A lo mejor no te has dado ni cuenta, pero te demoraste años preparándote
para presentarte con el árbol. Presentarte con el aliado no es distinto. Un
maestro debe familiarizar a su discípulo poco a poco con el aliado, pedazo
por pedazo. En el curso de los años, has guardado una gran cantidad de
conocimiento al respecto y ahora eres capaz de armar todo ese conocimiento para
vivir al aliado del mismo modo en que vives al árbol."
‑No tengo idea de estar haciendo
eso, don Juan.
‑Tu razón no se da cuenta, porque
para empezar no acepta la posibilidad del aliado. Por fortuna, no es la razón
lo que arma al aliado. Es el cuerpo. Tú has percibido al aliado en muchos
estados y en muchas ocasiones. Cada una de esas percepciones fue guardada en
tu cuerpo. La suma de todos esos pedazos es el aliado. Yo no conozco otra
manera de describirlo.
Dije no concebir que mi cuerpo actuara
por sí solo, como una entidad separada de la razón.
‑No hay separación, pero hemos
hecho una ‑dijo‑. Nuestra razón es mezquina y siempre anda luchando
al cuerpo. Esto, desde luego, es sólo un decir, pero el triunfo de un hombre de
conocimiento es que ha rejuntado a los dos. Como tú no eres hombre de
conocimiento, tu cuerpo hace ahora cosas que tu razón no puede comprender. El
aliado es una de esas cosas. No estabas loco, ni tampoco soñabas cuando
percibiste al aliado aquella noche, aquí mismo.
Le pedí que me explicara más acerca de
la pava rosa idea, que él y don Genaro me implantaron, de que el aliado era una
entidad que me estaba esperando al filo de un pequeño valle encajonado en las
montañas del norte de México. Me hablan dicho que tarde o temprano yo tenía que
cumplir esa cita con el aliado y luchar con él.
‑esas son maneras de hablar de
misterios para los cuales no hay palabras ‑dijo don Juan‑. Genaro y
yo dijimos que al borde de esa planicie te esperaba el aliado. Eso era cierto,
pero no tiene el sentido que tú quieres darle. El aliado te espera, seguro,
pero no al borde de ninguna planicie. Está aquí mismo, o allí, o en cualquier
otro sitio. El aliado te espera, igual que la muerte te espera, en todas partes
y en ninguna en particular.
‑¿Por qué me espera el aliado a
mí?
-Por la misma razón que la muerte te
espera ‑dijo‑, porque naciste. No hay posibilidad de explicar en
este momento lo que eso significa. Primero debes vivir al aliado. Debes
percibirlo en toda su fuerza, y acaso entonces la explicación de los brujos
pueda darte luz. Por ahora has tenido poder suficiente para aclarar por lo
menos un punto: que el aliado es una polilla.
"Hace unos años, tú y yo fuimos a
las montañas y tú te encontraste con algo. Yo no tenía manera de aclararte lo
que estaba ocurriendo: viste una sombra extraña volando de un lado a otro
frente al fuego. Tú mismo dijiste que parecía una polilla; y aunque ni sabias
lo que estabas diciendo, estabas absolutamente en lo cierto: la sombra era una
polilla. Luego, en otra ocasión, y de nuevo frente a un fuego, algo casi te
mata del susto después de que te dormiste frente a una hoguera. Te había
advertido que no te durmieras, pero no me hiciste caso; eso te dejó a merced
del aliado y la polilla te pisó la nuca. Por qué sobreviviste será siempre un
misterio para mí. Tú lo supiste entonces, y yo tampoco te lo dije, pero va te
había dado por muerto. Esa noche anduviste a ciegas.
"De allí en adelante, cada vez que
hemos andado en las montañas o en el desierto, aunque no lo hayas notado, la
polilla siempre nos ha seguido. Si tomamos todo esto en cuenta, podemos decir
que para ti el aliado es una polilla. Pero no puedo decir que sea realmente una
polilla como son todas las polillas que conocemos. Llamar polilla al aliado es,
nuevamente, sólo una manera de decir las cosas, una manera de hacer entender
esa inmensidad que está allí afuera."
‑¿Para usted también es una
polilla el aliado? ‑pregunté.
‑No. La manera que uno entiende al
aliado es asunto personal ‑dijo.
Mencioné que habíamos vuelto al punto de
partida; no me había dicho lo que en realidad era un aliado.
‑No hay necesidad de confundirse ‑dijo‑.
La confusión es un sentimiento en el que uno se mete, pero también uno puede
salirse de él. En este momento no hay modo de dar aclaraciones. A lo mejor hoy,
más tarde, podremos considerar en detalle estos asuntos: depende de ti. O más
bien, depende de tu poder personal.
Rehusó decir una palabra más. Me
preocupé mucho con el temor dé fallar en la prueba. Don Juan me llevó atrás de
su casa y me hizo sentarme en un petate al borde de una zanja de riego. El agua
se movía tan despacio que casi parecía estancada. Me ordenó estarme quieto,
cesar mi diálogo interno y mirar el agua. Dijo haber descubierto, años antes,
que yo tenía cierta afinidad con las masas de agua, un sentimiento de lo más
conveniente para las empresas en que me hallaba envuelto. Argüí que yo no
tenía particular afición a las masas acuáticas, pero tampoco me disgustaban.
Dije que precisamente por eso el agua era benéfica para mí: me es indiferente.
En situaciones tensas que requerían esfuerzo máximo, el agua no podía
atraparme, pero tampoco rechazarme.
Se sentó un poco atrás de mí, a mi
derecha, y me aconsejó dejarme ir sin miedo, porque él estaba allí para
ayudarme si había necesidad.
Tuve un momento de temor. Lo miré,
esperando otras instrucciones. Tomó mi cabeza y la volvió hacia el agua,
ordenándome proceder. Yo no tenía idea de qué debía hacer, de modo que
simplemente me relajé. Al mirar el agua, percibí los juncos en la otra orilla.
Inconscientemente, posé en ellos mis ojos sin enfocar. La corriente despaciosa
los hacía vibrar. El agua tenía el color de la tierra del desierto. Las
ondulaciones en torno a los juncos me parecieron surcos o grietas sobre una
superficie lisa. En cierto instante los juncos se agigantaron, el agua era una
planicie ocre pulida, y luego, en cuestión de segundos, me quedé profundamente
dormido, o acaso entré en un estado perceptual que carecía de paralelo. Lo que
más se acercaría a describirlo sería decir que me dormí y tuve un sueño
portentoso.
Sentí que podía seguir en él
indefinidamente si así lo deseaba, pero deliberadamente le puse fin entrando
en un diálogo interno consciente. Abrí los ojos. Yacía en el petate. Don Juan
estaba a unos metros. Mi sueño había sido de tal magnificencia que empecé a
contárselo. Me hizo seña de callar. Con una larga vara, señaló dos sombras que
unas ramas secas de matorral proyectaban sobre el suelo. La punta de su vara
siguió el perímetro de una de las sombras ‑como si la estuviera
dibujando; luego saltó a la otra e hizo lo mismo con ella. Las sombras tenían
unos treinta centímetros de largo y unos tres de ancho; distaban entre sí doce
o quince. El movimiento de la vara me hizo desenfocar los ojos y me hallé mirando,
a lo bizco, cuatro sombras largas; de repente las dos de enmedio se juntaron en
una y crearon una extraordinaria percepción de profundidad. Había cierta
inexplicable redondez y volumen en la sombra así formada. Era casi un tubo
transparente, una barra redonda de alguna sustancia desconocida. Sabía que
tenía los ojos cruzados, y sin embargo parecía enfocar un solo sitio; la imagen
era allí clara como el cristal. Pude mover los ojos sin disiparla.
Continué observando, pero sin bajar la
guardia. Experimentaba una curiosa compulsión de soltarme y sumergirme en la
escena. Algo en lo que observaba parecía jalarme; pero algo dentro de mí salió
a la superficie e inicié un diálogo semiconsciente; casi en el acto tomé
conciencia de mi entorno en el mundo de la vida cotidiana.
Don Juan me observaba. Parecía
intrigado. Le pregunté si pasaba algo. No respondió. Me ayudó a sentarme. Sólo
entonces advertí que yo había estado de espaldas, mirando el cielo, y que, don
Juan había estado inclinado casi sobre mi rostro.
Mi primer impulso fue decirle que había
visto las sombras en el piso mientras miraba el cielo, pero me puso la mano en
la boca. Estuvimos un rato en silencio. Yo no tenía pensamientos.
Experimentaba una exquisita sensación de paz, y luego, abruptamente, tuve un
impulso irrefrenable de pararme e ir al chaparral en busca de don Genaro.
Hice un intento de hablar a don Juan: él
sacó la barbilla y torció los labios en un mandato mudo de callar. Traté de
evaluar mi predicamento en forma racional; sin embargo, disfrutaba tanto mi
silencio que no quería molestarme con consideraciones lógicas.
Tras una pausa momentánea, sentí de
nuevo el deseo imperioso de adentrarme en el matorral. Seguí una vereda. Don
Juan iba a la zaga, como si yo fuera el guía.
Caminamos cosa de una hora. Logré
permanecer sin pensamientos. Luego llegamos a un cerro. Don Genaro estaba allí,
sentado cerca de la cima de un farallón. Me saludó efusivamente, a gritos,
pues se hallaba a unos quince metros del suelo. Don Juan me hizo tomar asiento
y se sentó junto a mí.
Don Genaro explicó que yo había hallado
el sitio donde me esperaba porque él me guió con un sonido que hizo. Apenas
pronunció esas palabras, me di cuenta de que en verdad había estado oyendo un
sonido peculiar que creí ser zumbido en mis oídos; había parecido más bien un
asunto interno, una condición corporal, un sentimiento de sonido que por
indeterminado escapaba a la evaluación y la interpretación conscientes.
Creí que don Genaro tenía un pequeño
instrumento en la mano izquierda. Desde el lugar donde me hallaba, no lo
distinguía claramente. Parecía un birimbao; con él producía un sonido suave y
extraño que era prácticamente indiscernible. Siguió tocándolo un momento, como
dándome tiempo para enterarme por completo de lo que me había dicho. Luego me
mostró la mano izquierda. Estaba vacía; no tenía en ella ningún instrumento. Yo
había tenido la impresión de que tocaba algo por la forma en que se llevó la
mano a la boca; de hecho, producía el sonido con los labios y con el borde de
la mano izquierda, entre el pulgar y el índice.
Me volví hacia don Juan para explicarle
que me habían engañado los movimientos de don Genaro. Él hizo un ademán rápido
y me dijo que no hablara y que prestase mucha atención a lo que don Genaro
hacía. Me volvía mirar a don Genaro, pero ya no estaba allí. Pensé que había
descendido. Esperé unos momentos a que emergiera entre las matas. La roca donde
había estado era una formación peculiar, algo así como un gran reborde en la
cara del farallón. No le quité la vista de encima más que algunos segundos. Si
hubiera ascendido, lo habría visto antes de que llegara a la cima del
farallón, y si hubiera bajado también hubiera sido visible desde donde me
hallaba.
Pregunté a don Juan dónde estaba don
Genaro. Repuso que seguía de pie en el reborde. Hasta donde yo podía juzgar, no
había nadie allí, pero don Juan insistió una y otra vez en que don Genaro
seguía en la roca.
No parecía bromear. Sus ojos eran fijos
y fieros. Dijo en tono cortante que mis sentidos no eran la avenida correcta
para apreciar lo que don Genaro hacía. Me ordenó parar mi diálogo interno.
Pugné un momento y empecé a cerrar los ojos: Don Juan se lanzó hacia mí y me
sacudió por los hombros. Susurró que yo debía mantener la vista en el reborde.
Me sentía soñoliento y oía las palabras
de don Juan como si llegasen de muy lejos. Automáticamente miré el reborde.
Don Genaro estaba allí de nuevo. Eso no me interesaba. Noté, a media
conciencia, que me resultaba muy difícil respirar, pero antes de que pudiese
pensar algo al respecto, don Genaro saltó a tierra. Eso tampoco captó mi
interés. Se acercó y me ayudó a levantarme, sosteniéndome el brazo; don Juan me
asió el otro. Entre los dos me levantaron. Luego, sólo don Genaro me ayudaba a
caminar. Me susurró al oído algo que no entendí, y de pronto sentí que había
jalado mi cuerpo de alguna manera extraña; me agarró, por así decirlo, de la
piel del estómago, y me subió al reborde, o quizás a otra roca. Yo podría
haber jurado que era el reborde; sin embargo, la fugacidad de la imagen me
impidió evaluarla en detalle. Luego sentí que algo en mí desfallecía y caí
hacia atrás. Tuve una leve sensación de angustia, o acaso incomodidad física.
Lo siguiente que supe fue que don Juan me hablaba. No le entendía. Concentré
mi atención en sus labios. Tenía la sensación de que experimentaba un sueño; yo
trataba de romper desde adentro una tela membranosa que me envolvía, mientras
don Juan hacía por rasgarla desde afuera. Por fin se reventó; las palabras de
don Juan se hicieron audibles, y su significado nítido. Me ordenaba salir por
mí mismo a la superficie. Luché desesperadamente por cobrar sobriedad; no tuve
éxito. Me pregunté, en un plano bien consciente, por qué pasaba tantos apuros.
Pugné por hablar conmigo mismo.
Don Juan parecía al tanto de mi
dificultad. Me instó a un mayor esfuerzo. Algo allá afuera me impedía
establecer mi diálogo interno habitual. Era como si una fuerza extraña me
volviera soñoliento e indiferente.
Le opuse resistencia hasta quedarme sin
aliento. Oí a don Juan hablarme. Mi cuerpo se contrajo involuntariamente por
la tensión. Me sentía trabado en mortal combate con algo que me impedía
respirar. No temía; antes bien, una furia incontrolable me dominaba. Mi ira
llegaba a tal extremo que gruñía y gritaba como una bestia. Luego, una
convulsión se apoderó de mi cuerpo; recibí una sacudida que me paró de
inmediato. Nuevamente pude respirar en forma normal, y entonces me di cuenta de
que don Juan había vaciado un guaje de agua en mi estómago y mi cuello,
empapándome.
Me ayudó a sentarme. Don Genaro estaba
en el reborde. Me llamó por mi nombre y saltó a tierra. Lo vi desplomarse desde
una altura de quince metros o algo así, y experimenté una sensación
insoportable en torno a la región umbilical; he sentido lo mismo en sueños de
caída.
Don Genaro se acercó y me preguntó,
sonriendo, si me había gustado su salto. Traté sin éxito de responder. Don
Genaro volvió a gritar mi nombre.
‑¡Carlitos! ¡Fíjate! ‑dijo.
Agitó los brazos a los lados cuatro o
cinco veces, como para ganar impulso, y luego desapareció de un salto, o eso
creí. Tal vez hizo otra cosa para la cual yo carecía de descripción. Estaba a
menos de dos metros de distancia, y de pronto se desvaneció como chupado por
una fuerza incontrolable.
Me sentía ajeno, fatigado. Tenía un
sentimiento de indiferencia y no quería pensar ni hablar conmigo mismo. No
sentía miedo, sino una tristeza inexplicable. Tenía ganas de llorar. Don Juan
me dio varios coscorrones y rió como si todo lo ocurrido fuera un chiste. Me
exigió hablar conmigo mismo porque en esa hora se necesitaba desesperadamente
el diálogo interno. Oí que me ordenaba:
‑¡Habla! ¡Habla!
Tuve un espasmo involuntario en los
músculos labiales. Mi boca se movió sin sonido. Recordé a don Genaro moviendo
la boca en forma similar cuando estaba payaseando, y quise haber podido decir,
como él: "Mi boca no quiere hablar." Traté de pronunciar las palabras
y mis labios se contrajeron dolorosamente. Don Juan parecía a punto de
desmembrarse de risa. Su regocijo era contagioso y reí a mi vez. Finalmente,
me ayudó a ponerme en pie. Le pregunté si don Genaro iba a regresar. Dijo que
Genaro ya se había hartado de mí por ese día.
‑Casi te sale bien ‑dijo don
Juan.
Estábamos sentados cerca de la estufa de
tierra, donde ardía un fuego. Él había insistido en que yo comiera. Yo no tenía
hambre ni cansancio. Una melancolía insólita me saturaba; me sentía distante
de todos los eventos del día. Don Juan me dio mi cuaderno. Hice un intento
supremo por recapturar mi estado habitual. Anoté algunos comentarios. Poco a
poco, entré de nuevo en mis viejos patrones. Fue como si un velo se alzara; de
pronto me vi de nuevo envuelto en mi actitud familiar de interés y desconcierto.
‑¡Qué bueno! ‑dijo don Juan,
dándome palmaditas en la cabeza‑. Te he dicho que el verdadero arte de
un guerrero consiste en equilibrar el terror y la maravilla.
Don Juan estaba de un humor insólito. Se
veía casi nervioso, angustiado. Parecía dispuesto a hablar por iniciativa
propia. Creí que me preparaba para la explicación de los brujos, y yo mismo me
llené de ansiedad. Sus ojos tenían un brillo extraño que yo sólo había visto
unas cuantas veces antes. Al decirle lo que pensaba de su extraña actitud, él
respondió que se sentía dichoso en mi nombre; que, como guerrero podía
regocijarme en los triunfos de sus semejantes, si eran triunfos del espíritu.
Desdichadamente, agregó, yo no me hallaba todavía listo para la explicación de
los brujos, pese a haber resuelto la adivinanza de don Genaro. Su argumento era
que, cuando me vació encima el guaje de agua, yo había estado al borde de la
muerte, y que toda mi hazaña se vio cancelada por mi incapacidad de rechazar la
última embestida de don Genaro.
‑El poder de Genaro era como la
marea y así te cubrió ‑dijo.
-¿Quería hacerme daño don Genaro? ‑pregunté.
‑No ‑repuso‑. Genaro
quiere ayudarte. Pero al poder sólo se lo puede enfrentar con poder. Te estaba
probando y fallaste.
‑Pero resolví su adivinanza, ¿o
no?
‑Lo hiciste muy bien ‑dijo‑.
Tan bien que Genaro te creyó capaz de una hazaña completa de guerrero. Y eso
también casi te sale. Pero lo que te tiró al suelo esta vez no fue tu vicio de
hacerte el chamaquito.
‑¿Qué fue entonces?
‑Eres demasiado impaciente y
violento; en vez de dejarte ir y seguir a Genaro te pusiste a pelear con él. No
puedes ganarle; es más fuerte que tú.
A continuación, don Juan cambió el tema
y me ofreció consejo y sugerencias acerca de mis relaciones personales con la
gente. Sus observaciones eran la contraparte seria de lo que don Genaro me
había dicho antes en broma. Estaba locuaz, y sin ruegos por mi parte comenzó a
explicar lo que había ocurrido en las dos últimas ocasiones que estuve allí.
‑Como sabes ‑dijo‑, la
clave de la brujería es el diálogo interno; ésa es la llave que abre todo. Cuando
un guerrero aprende a pararlo, todo se hace posible; se logran los planes más
descabellados. La entrada a todas las experiencias extrañas y pavorosas que
has tenido últimamente fue el hecho de que pudiste dejar de hablar contigo
mismo. Has atestiguado, en sobriedad completa, al aliado, al doble de Genaro,
al soñador y al soñado, y hoy estuviste a punto de toparte con la totalidad de
ti mismo; ésa era la hazaña de guerrero que Genaro esperaba de ti. Todo esto ha
sido posible por la cantidad de poder personal que has juntado. Empezó la vez
pasada que estuviste aquí; yo vislumbré entonces una señal muy propicia.
Cuando llegaste, oí al aliado merodeando; primero oí sus pasos y luego vi que
la polilla te miraba bajar de tu coche. El aliado estaba inmóvil, observándote.
Eso fue para mí la mejor de las señales. Si el aliado se hubiera movido o si se
hubiera agitado como si tu presencia lo disgustara, como siempre lo ha hecho,
el curso de los eventos habría sido distinto. Muchas veces he visto al aliado
en un estado de enojo contigo, pero esta vez la señal era buena y supe que el
aliado te aguardaba para darte algún conocimiento. Ésa fue la razón por la que
yo dije que tenías una cita con el conocimiento, una cita con una polilla,
concertada hace mucho tiempo. Por razones inconcebibles para nosotros, el
aliado escogió la forma de una polilla para manifestarse ante ti.
‑Pero usted me ha dicho muchas
veces que el aliado carecía de forma, y que uno sólo podía juzgar sus efectos ‑dije.
-Cierto ‑dijo él‑. Pero el
aliado es una polilla para los espectadores relacionados contigo: Genaro y yo.
Para ti, el aliado es sólo un efecto, una sensación en tu cuerpo, o un sonido,
o el polvo dorado del conocimiento. Sigue, sin embargo, siendo un hecho que,
al escoger la forma de una polilla, el aliado nos dice, a Genaro y a mí, algo
de gran importancia. Las polillas son las portadoras del conocimiento, y las
ayudantes y amigas de los brujos. Debido a que el aliado escogió ser eso
contigo, es que Genaro te da tanta importancia.
"La noche esa que te encontraste
con la polilla, como yo anticipaba, fue para ti una verdadera cita con el
conocimiento. Aprendiste su llamado, sentiste el polvo de oro de sus alas,
pero, sobre todo, esa noche, por primera vez, te diste cuenta de que veías y
tu cuerpo aprendió que somos seres luminosos. Todavía no has tasado
correctamente ese evento monumental en tu vida. Genaro te demostró, con
tremenda fuerza y claridad, que somos un sentir; lo que llamamos nuestro cuerpo
es un manojo de fibras luminosas que se dan cuenta.
"Anoche estabas de nuevo bajo el
buen amparo del aliado. Vino a mirarte cuando llegaste y así supe que debería
llamar a Genaro para que te explicara el misterio del soñador y el soñado. Tú
creíste entonces, como siempre lo haces, que yo te engañaba, pero Genaro no
estaba escondido entre las matas, como pensaste. Vino por ti, aunque tu razón
se niegue a creerlo."
Esa parte de las elucidaciones de don
Juan fue, en verdad, la más difícil de aceptar en su valor evidente. Yo no
podía admitirla. Dije que don Genaro había sido real y de este mundo.
‑Todo cuanto has atestiguado hasta
ahora ha sido real y de este mundo ‑dijo don Juan‑. No hay otro
mundo. Lo que te hace tropezar es una peculiar insistencia por parte tuya, y
esa peculiaridad no se te va a curar con explicaciones. De manera que, hoy,
Genaro se dirigió directamente a tu cuerpo. Un examen cuidadoso de lo que
hiciste hoy te revelará que tu cuerpo supo juntar las cosas en una forma digna
de alabanza. De algún modo, te moderaste y no te diste a tus visiones junto a
la zanja. Mantuviste un control muy raro y un dominio de ti mismo como debe ser
para un guerrero; no creías nada, y sin embargo actuaste con eficacia y pudiste
así seguir el llamado de Genaro. Lo encontraste sin más ni más y sin que yo te
ayudara en nada.
"Cuando llegamos a la roca, estabas
llenito de poder y viste a Genaro parado donde otros brujos han estado
parados, por razones similares. Se acercó a ti después de que saltó al suelo.
Él era todo poder. De haber procedido como antes, junto a la zanja, lo habrías
visto como es en realidad, un ser luminoso. En vez de eso te asustaste, sobre
todo cuando Genaro te hizo saltar. Ese salto debería haber bastado para
transportarte más allá de tus limites. Pero no tuviste fuerza y volviste a caer
en el mundo de tu razón. Entonces, claro, te trabaste en combate mortal
contigo mismo. Algo en ti, tu voluntad,
quería ir con Genaro, mientras tu razón se le oponía. De no ser por mi
ayuda, estarías muerto y sepultado en ese sitio de poder. Pero, aún con mi
ayuda, el resultado estuvo en duda por un momento."
Quedamos callados algunos minutos.
Esperé que él hablara. Por fin pregunté:
‑¿Me hizo don Genaro saltar hasta
la cima de la roca?
‑No tomes ese salto en el sentido
en que entiendes un salto -dijo‑. Una vez más, ésta es sólo una manera
de decir las cosas. Mientras pienses que eres un cuerpo sólido, no podrás
concebir de qué cosa hablo.
Derramó entonces cenizas en el piso,
junto a la linterna, cubriendo una zona cuadrangular de medio metro por fiado,
y trazó con los dedos un diagrama que tenía ocho puntos interconectados por
medio de líneas. Era una figura geométrica.
Había dibujado una semejante años atrás,
al tratar de explicarme que no era ilusión el observar la misma hoja cayendo
cuatro veces del mismo árbol.
El diagrama en las cenizas tenía dos
epicentros; don Juan llamó a uno "la razón", y al otro "la
voluntad". "Razón se conectaba directamente con un punto que él llamó
"el habla". A través de "el habla", "la razón"
se relacionaba indirectamente con otros tres puntos, "el sentir",
"el soñar" y "el ver". El otro epicentro, "la
voluntad", se conectaba directamente con "el sentir" "el
soñar" y "el ver", pero sólo en forma indirecta con "la
razón" y "el habla".
Comenté que el diagrama era distinto del
que copié años antes.
‑La forma de afuera no tiene
importancia ‑dijo‑. Estos puntos representan a un ser humano y
puedes dibujarlos como se te dé la gana.
‑¿Representan el cuerpo de un ser
humano? ‑pregunté.
‑No lo llames el cuerpo -dijo-.
Ésos son ocho puntos en las fibras de un ser luminoso. Un brujo dice, como
puedes ver en este dibujo, que el ser humano es, primero que nada, voluntad, porque la voluntad se relaciona con tres puntos: el sentir, el soñar y el ver: después, el ser
humano es razón. Este es
propiamente un centro más pequeño que la voluntad; sólo está conectado con el
habla.
‑¿Qué son los otros dos puntos,
don Juan?
Se me quedó mirando y sonrió.
‑Ahora eres ya mucho más fuerte
que la primera vez que hablamos de este diagrama ‑dijo‑. Pero todavía
no eres lo bastante fuerte para conocer todos los ocho puntos. Genaro te
hablará algún día de los otros dos.
‑¿Tiene todo el mundo esos ocho
puntos, o sólo los brujos?
‑Podríamos decir que cada uno de
nosotros trae al mundo ocho puntos. Dos de ellos, la razón y el habla, los conocen todos. El sentir es siempre vago, pero de algún modo familiar. Pero
sólo en el mundo de los brujos llega uno a conocer por completo el soñar, el
ver y la voluntad. Y
finalmente, en el último borde de ese mundo, encuentra uno los otros dos. Los
ocho puntos componen la totalidad de uno mismo.
Me mostró sobre el diagrama que, en
esencia, todos los puntos podían conectarse indirectamente.
Volví a preguntar acerca de los dos
misteriosos puntos restantes. Me enseñó que solo estaban conectados a "la
voluntad": se hallaban aparte de "el sentir", "el
soñar" y "el ver", y mucho más lejos de "el habla" y
"la razón”. Señaló con el dedo cómo estaban aislados de los demás, y el
uno del otro.
‑Estos dos puntos jamás se someten
al habla ni a la razón ‑dijo‑.
Sólo la voluntad puede con ellos. La
razón está tan lejos de ellos que es completamente inútil tratar de
figurárselos. Ésta es una de las cosas más difíciles de aceptar; después de
todo, el fuerte de la razón es
razonarlo todo.
Pregunté si los ocho
puntos correspondían a zonas, o a ciertos órganos, del ser humano.
‑Pues sí ‑repuso con
sequedad y borró el diagrama.
Me tocó la cabeza y dijo que ése era el
centro de "la razón” y "el habla". La punta de mi esternón era
él centro de "el sentir". La zona debajo del ombligo era "la
voluntad". "El soñar" estaba en el lado derecho, contra las
costillas. "El ver" en el izquierdo. Dijo que a veces, en algunos
guerreros, "el ver" y "el sonar" estaban del lado derecho.
‑¿Dónde están los otros dos
puntos? ‑pregunté.
Me dio una respuesta sumamente obscena y
lanzó la carcajada.
‑Qué vivo eres ‑dijo‑.
Crees que soy un viejo cabrón que anda medio dormido, ¿verdad?
Le expliqué que mis preguntas creaban su
propio impulso.
‑No andes tan de prisa ‑dijo‑.
Ya lo sabrás a su debido tiempo, y después que lo sepas estarás por tu cuenta,
tú solo.
‑¿Quiere usted decir que ya no
volveré a verlo, don Juan?
‑Nunca jamás ‑dijo‑.
Genaro y yo seremos entonces lo que siempre hemos sido, polvo en el camino.
Sentí una sacudida en la boca del
estómago.
‑¿Qué dice usted, don Juan?
‑Digo que todos somos seres sin
principio ni fin, luminosos y sin límites. Tú, Genaro y yo estamos pegados,
unidos por un propósito que no es decisión nuestra.
‑¿De qué propósito habla usted?
‑El de aprender el camino del
guerrero. No puedes salirte de él, pero nosotros tampoco. Mientras nuestra
misión esté pendiente, nos encontrarás a mí o a Genaro, pero una vez cumplida,
volarás libremente y nadie sabe a dónde te llevará la fuerza de tu vida.
‑¿Que hace en esto don Genaro?
‑Ese tema no está aún en tu esfera
‑dijo‑. Hoy debo clavar el clavo que Genaro puso, el hecho, de que
somos seres luminosos. Somos perceptores. Nos damos cuenta; no somos objetos;
no tenemos solidez. No tenemos límites. El mundo de los objetos y la solidez es
una manera de hacer nuestro paso por la tierra más conveniente. Es sólo una
descripción creada para ayudarnos. Nosotros, o mejor dicho nuestra razón, olvida que la descripción es
solamente una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en
un círculo vicioso del que rara vez salimos en vida.
"En este momento, por ejemplo,
estás enredado en liberarte de los ganchos de la razón. Para ti es una cosa absurda que ni siquiera se puede imaginar
el que Genaro apareciera así nomás al borde del matorral, y sin embargo no
puedes negar que tú mismo lo atestiguaste. Tú percibiste que así fue."
Dos Juan chasqueó la lengua. Dibujó
cuidadosamente otro diagrama en las cenizas y lo cubrió con su sombrero sin darme
tiempo a copiarlo.
-Somos perceptores ‑prosiguió‑.
Pero el mundo que percibimos es una ilusión. Fue creado por una descripción
que nos dijeron desde el momento en que nacimos.
"Nosotros, los seres luminosos,
nacemos con dos anillos de poder, pero sólo usamos uno para crear el mundo.
Ese anillo, que se engancha al muy poco tiempo que nacemos, es la razón, y su compañera es el habla. Entre las dos urden y mantienen el
mundo.
"Así pues, en esencia, el mundo que
tu razón quiere sostener es el mundo creado por una descripción y sus reglas
dogmáticas e inviolables, que la razón aprende a aceptar y defender,
"El secreto de los seres luminosos
es que tienen otro anillo de poder que nunca se usa, la voluntad. El truco del brujo es el mismo
truco del hombre común. Ambos tienen una descripción: uno, el hombre común, la
sostiene con su razón; el otro, el brujo, la sostiene con
su voluntad. Ambas
descripciones tienen sus regias y las reglas se perciben, pero la ventaja del
brujo es que la voluntad abarca más que la razón.
"Lo que quiero sugerirte a estas
alturas es que, de ahora en adelante, te esfuerces por percibir si lo que
sostiene la descripción es tu razón o tu voluntad. Yo siento, por cierto, que esa es la única manera de usar tu
mundo diario como un desafío y como un vehículo para acumular suficiente poder
personal, a fin de llegar a la totalidad de ti mismo.
"A lo mejor la próxima vez que
vengas tendrás lo bastante. De todos modos, espera hasta que sientas, como
sentiste hoy junto a la zanja, que una voz interna te dice que lo hagas. Si
vienes con cualquier otro espíritu, será una pérdida de tiempo y un peligro
para ti."
Observé que, de esperar aquella voz
interna, nunca volvería a verlos.
‑Vieras lo bien que puede uno
actuar cuando tiene la espalda contra el paredón -dijo.
Se puso en pie y recogió un atado de
leña. Puso algunas varas secas en la estufa de tierra. Las llamas lanzaban un
resplandor amarillento sobre el piso. Apagó la linterna y se acuclilló frente a
su sombrero, que cubría el dibujo en las cenizas.
Me ordenó estar en calma, cesar mi
diálogo interno, y mantener los ojos en el sombrero. Me esforcé unos momentos
y luego tuve la sensación de flotar, de caer desde un acantilado. Era como si
nada me soportase, como si no me hallara sentado ni tuviese cuerpo.
Don Juan levantó el sombrero. Debajo
había espirales de ceniza. Las observé sin pensar. Sentí moverse las
espirales. Las sentí en el estómago. Las cenizas parecieron apilarse. Luego,
algo las agitó y esponjó, y de pronto don Genaro estaba sentado frente a mí.
La imagen me forzó instantáneamente a
reanudar el diálogo interno. Pensé que me había dormido. Empecé a respirar en
boqueadas cortas y quise abrir los ojos, pero estaban abiertos.
Oí a don Juan decirme que me parara y me
moviera. Me levanté de un salto y corrí a la ramada. Don Juan y don Genaro me
siguieron. Don Juan trajo la linterna. Yo no podía recuperar el aliento. Traté
de calmarme como antes, trotando sin avanzar mientras miraba al oeste. Alcé los
brazos y comencé a respirar. Don Juan vino a mi lado y dijo que esos movimientos
sólo se hacían en el crepúsculo.
Don Genaro gritó que para mí era el
crepúsculo y ambos soltaron la risa. Don Genaro corrió al borde del matorral y
luego regresó de un rebote a la ramada, como si una liga gigantesca lo hubiera
hecho volver. Repitió los mismos movimientos tres o cuatro veces, y luego se
me acercó. Don Juan me miraba con fijeza, riendo risitas de niño.
Cruzaron una mirada furtiva. Don Juan
dijo a don Genaro, en voz alta, que mi razón era peligrosa, y que podía matarme
si no le daban la razón.
‑¡Por Dios santo! ‑exclamó
don Genaro con voz rugiente‑. ¡Dale la razón a su razón!
Dieron de saltos riendo, como dos niños.
Don Juan me hizo sentar bajo la linterna
y me dio mi cuaderno.
‑Hoy si que te estábamos tomando
el pelo ‑dijo en tono conciliador‑. No tengas miedo. Genaro estaba
escondido ahí debajo de mi sombrero.
LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN
Don Juan y yo pasamos todo el día en las
montañas. Salimos al amanecer. Me llevó a cuatro sitios de poder, y en cada
uno de ellos me dio instrucciones específicas sobre cómo proceder al
cumplimiento de la tarea particular que años antes me había bosquejado como
situación de por vida. Regresamos al atardecer. Después de comer, don Juan dejó
la casa de don Genaro. Me dijo que esperara a Pablito, el cual llevaría
combustible para la lámpara, y que hablara con él.
Me puse a trabajar en mis notas y,
absorto, no oí llegar a Pablito sino hasta tenerlo a mi lado. Él comentó que
había estado practicando el "paso de poder", y que debido a eso yo
no hubiera podido oírlo de ningún modo, á menos que fuera capaz de "ver".
Pablito siempre me había simpatizado.
Sin embargo, aunque éramos buenos amigos, las oportunidades de charlar a solas
con él habían sido escasas. Pablito me parecía una persona sumamente
encantadora. Su nombre, por supuesto, era Pablo, pero el diminutivo le sentaba
mejor. Era pequeño de huesos, pero duro. Como don Genaro, era magro de carnes,
insospechadamente musculoso y fuerte. Andaría quizá pisando los treinta años,
pero parecía tener dieciocho. Era moreno y de estatura media. Tenía ojos cafés,
claros y brillantes, y ‑de nuevo como don Genaro‑ una sonrisa
cautivante, con cierto toque de malicia.
Le pregunté por su amigo Néstor, el otro
aprendiz de don Genaro. Anteriormente siempre los había visto juntos, y me
daban la impresión de tener una excelente relación mutua; sin embargo, eran
opuestos en apariencia física y en carácter. Mientras Pablito era jovial y
franco, Néstor era sombrío y reservado. También era más alto, más pesado, más
moreno y mucho mayor.
Pablito dijo que Néstor se había
involucrado finalmente en su trabajo con don Genaro, y que se había vuelto una
persona totalmente distinta desde la última vez que lo vi. No quiso detallar
el trabajo de Néstor ni su cambio de personalidad, y cambió abruptamente el
tema.
‑Entiendo que el nagual te anda
pisando los talones ‑dijo.
Me sorprendió que lo supiera y le
pregunté cómo lo averiguó.
‑Genaro me cuenta todo ‑repuso.
Noté que no hablaba de don Genaro con el
formalismo que yo usaba. Simplemente le decía Genaro, en tono familiar. Dijo
que don Genaro era como su hermano, y que entre ambos existía una confianza de
verdaderos parientes. Profesó abiertamente su gran cariño por don Genaro. Su
sencillez y su candor me conmovieron en lo profundo. Hablándome, me di cuenta
de la gran semejanza de temperamento entre don Juan y yo; debido a ella,
nuestra relación era formal y estricta en comparación con la de don Genaro y
Pablito.
Pregunté a Pablito por qué tenía miedo
de don Juan. Hubo un titubeo en su mirada. Era como si la sola idea de don Juan
lo hiciera retraerse. No respondió. Parecía evaluarme en alguna forma
misteriosa.
‑¿A poco tú no le tienes miedo?
–preguntó.
Le dije que tenía miedo de don Genaro, y
rió como si hubiera esperado oír todo menos eso. Dijo que la diferencia entre
don Juan y don Genaro era como la diferencia entre el día y la noche. Don
Genaro era el día; don Juan era la noche y, como tal, el ser más atemorizante
del mundo. De la descripción de su temor hacia don Juan, Pablito pasó a
comentar su propia condición como aprendiz.
‑Estoy que me lleva la chingada ‑dijo‑.
Si vieras lo que hay en mi casa, te darías cuenta de que sé demasiado para ser
un hombre común, pero si me vieras con el nagual, te darías cuenta de que no sé
lo suficiente.
Rápidamente cambió el tema y rió de que
yo tomara notas. Dijo que don Genaro los había divertido horas enteras
imitándome. Añadió que don Genaro me quería mucho, con todo y mis rarezas, y
que se declaraba encantado de que yo fuera su "protegido".
Era la primera vez que yo escuchaba ese
término. Guardaba coherencia con otro que don Juan introdujo en el comienzo de
nuestra asociación. Me había dicho que yo era su "escogido".
Pregunté a Pablito por sus encuentros
con el nagual y me contó el primero de ellos. Dijo que cierta vez don Juan le
dio una canasta, que él consideró un regalo de buena voluntad. La puso en un
gancho sobre la puerta de su cuarto, y como en ese momento no podía hallarle
ningún uso, la olvidó todo el día. Pensaba, dijo, que la canasta era un regalo
de poder y debía utilizarse para algo muy especial.
Al anochecer ‑ésa era, también
para él, la hora mortífera‑, Pablito fue a su cuarto por su chamarra.
Estaba solo en la casa y se disponía a ir de visita. La habitación se hallaba a
oscuras. Tomó la chamarra y, cuando estaba por llegar a la puerta, la canasta
cayó frente a él y rodó cerca de sus pies. Pablito rió de su propio sobresalto
al ver que sólo había sido la canasta, caída del gancho. Se inclinó para
recogerla y se llevó el susto de su vida. La canasta saltó fuera de su alcance
y empezó a sacudirse y a rechinar, como si alguien la aplastara y la torciera.
Pablito dijo que de la cocina entraba luz suficiente para discernir con
claridad cuanto había en el cuarto. Por un momento se quedó mirando la canasta,
aunque sentía que no debía Hacerlo. La canasta empezó a convulsionarse en medio
de una ardua respiración, pesada y rasposa. Al narrar su experiencia, Pablito
aseveró que vio y oyó respirar a la canasta; que estaba viva y lo persiguió por
el aposento, cortándole la salida. Dijo que luego la canasta empezó a
hincharse; las tiras de carrizo se destramaron para formar una pelota
gigantesca, como un amaranto seco que rodara hacia él. Cayó de espaldas en el
piso y la bola empezó a reptar por sus pies. Pablito dijo que para entonces se
hallaba fuera de quicio y gritaba como histérico. La bola lo tenía atrapado y
se movía sobre sus piernas como alfileres que lo atravesaran. Trató de
apartarla y entonces vio que la bola era el rostro de don Juan, con la boca
abierta para devorarlo. Incapaz de soportar más tiempo el terror, perdió el
conocimiento.
En forma muy franca y abierta, Pablito
me relató una serie de encuentros aterradores que él y otros miembros de su
familia habían tenido con el nagual. Pasamos horas hablando. El brete en el
cual se hallaba parecía ser muy similar al mío, pero Pablito poseía sin duda
mayor sensibilidad para conducirse dentro del marco de referencia proporcionado
por la brujería.
En determinado momento se levantó y dijo
que sentía venir a don Juan y no deseaba que lo hallara allí. Se marchó con
rapidez increíble. Fue como si algo lo jalara sacándolo del cuarto. Me dejó con
el adiós en la boca.
Don Juan y don Genaro no tardaron en
volver. Reían.
‑Pablito corría por el camino como
alma que lleva el diablo ‑dijo don Juan‑. ¿Pero qué tendrá?
‑Yo creo que se asustó de ver a
Carlitos gastarse los dedos hasta el hueso ‑dijo don Genaro, burlándose
de mi escritura.
Se me acercó.
‑¡Oye! Tengo una idea ‑dijo,
casi en un susurro‑. Ya que tanto te gusta escribir, ¿por qué no aprendes
a escribir sin lápiz, con el puro dedo? Eso sería lo mejor.
Don Juan y don Genaro tomaron asiento
junto a mí y especularon, entre risas, sobre la posibilidad de escribir con el
dedo. Don Juan, en tono serio, hizo un comentario extraño. Dijo:
‑No hay duda de que podría
escribir con el dedo, ¿pero sería capaz de leerlo?
Don Genaro se dobló de risa y repuso:
‑Estoy seguro de que puede leer
cualquier cosa.
Luego empezó a narrar una historia muy
desconcertante acerca de un patán campesino que se convirtió en funcionario de
importancia durante una época de trastornos políticos. Don Genaro dijo que el
héroe de su cuento fue nombrado ministro, o gobernador, quizás incluso
presidente, porque no había modo de saber lo que la gente haría en su locura. A
causa de este nombramiento, llegó a creer que en verdad era importante y
aprendió a actuar en consecuencia.
Don Genaro hizo una pausa y me examinó
con el aire de un cómico sobreactuado. Me guiñó los ojos y movió las cejas de
arriba a abajo. Dijo que el héroe de la historia era muy bueno en las
apariciones públicas y podía improvisar discursos sin la menor dificultad,
pero su posición requería que leyera sus discursos y el hombre era analfabeto.
De modo que usó el ingenio para salvar las apariencias. Tenía una hoja de papel
con algo escrito, y la blandía cada vez que pronunciaba un discurso. Así, su
eficiencia y sus otras cualidades eran innegables para todos los campesinos.
Pero cierto día, un fuereño con alguna preparación llegó por allí y advirtió
que, al leer su discurso, el héroe sostenía la hoja al revés. Se echó a reír y
señaló el engaño a todo el mundo.
Don Genaro hizo una nueva pausa; me
miró, achicando los ojos, y preguntó:
‑¿Crees que el héroe quedó
atrapado? Ni modo. Miró a la gente con toda calma y dijo: "¿Al revés? Eso
no le hace al que sabe leer." Y los campesinos estuvieron de acuerdo.
Don Juan y don Genaro estallaron en
carcajadas. Don Genaro me dio suaves palmadas en la espalda. Era como si yo
fuese el héroe del cuento. Me sentí apenado y reí con nerviosismo. Pensé que
acaso la historia tenía algún sentido oculto, pero no me atreví a preguntar.
Don Juan se acercó más a mí.
Inclinándose, susurró en mi oído derecho:
‑¿No te parece chistoso?
Don Genaro se inclinó también hacia mí y
susurró en mi oído izquierdo:
‑¿Qué cosa dijo?
Tuve una reacción automática a ambas
preguntas y realicé una síntesis involuntaria.
-Sí. Me parece que preguntó ¿es
chistoso? ‑dije.
Obviamente advertían el efecto de sus
maniobras; ambos rieron hasta derramar lágrimas. Como de costumbre, don Genaro
exageraba más que don Juan; se tiró de espaldas y se puso a rodar a unos metros
de mí. Echado bocabajo, extendió brazos y piernas y giró como un rehilete. Dio
de vueltas hasta que llegó junto a mí y su pie tocó el mío. Abruptamente se
sentó y sonrió con mansedumbre.