VIAJE A IXTLÁN  (EXTRACTO)

 

 

 

Carlos Castaneda

 

 

 


Índice

 

 

 

INTRODUCCIÓN................................................................................................... 3

 

PRIMERA PARTE: "PARAR EL MUNDO"

 

I. LAS REAFIRMACIONES DEL MUNDO QUE NOS RODEA......................... 7

II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL.......................................................... 12

III. PERDER LA IMPORTANCIA........................................................................ 17

IV. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA.................................................... 22

V. HACERSE RESPONSABLE.......................................................................... 28

VI. VOLVERSE CAZADOR................................................................................ 34

VII. SER INACCESIBLE...................................................................................... 41

VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA..................................................... 48

IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA............................................. 53

X. HACERSE ACCESIBLE AL PODER............................................................ 59

XI. EL ÁNIMO DE UN GUERRERO................................................................... 69

XII. UNA BATALLA DE PODER........................................................................ 79

XIII. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO............................................. 89

XIV. LA MARCHA DE PODER........................................................................... 98

XV. NO-HACER................................................................................................. 113

XVI. EL ANILLO DE PODER........................................................................... 124

XVII. UN ADVERSARIO QUE VALE LA PENA............................................. 132

 

SEGUNDA PARTE: EL VIAJE A IXTLÁN

 

XVIII. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO.................................................. 141

XIX. PARAR EL MUNDO................................................................................. 149

XX. EL VIAJE A IXTLÁN.................................................................................. 155

 

 

 


INTRODUCCIÓN

 

El sábado 22 de mayo de 1971 fui a Sonora, México, para ver a don Juan Matus, un brujo yaqui con quien tenía contacto desde 1961. Pensé que mi visita de ese día no iba a ser en nada distinta de las veintenas de veces que había ido a verlo en los diez años que llevaba como aprendiz suyo. Sin embargo, los hechos que tuvieron lugar ese día y el siguiente fueron decisivos para mí. En dicha ocasión mi aprendizaje llegó a su etapa final.

Ya he presentado el caso de mi aprendizaje en dos obras anteriores: Las enseñanzas de don Juan y Una realidad aparte.

Mi suposición básica en ambos libros ha sido que los puntos de coyuntura en aprender brujería eran los estados de realidad no ordinaria producidos por la ingestión de plantas psicotrópicas.

En este aspecto, don Juan era experto en el uso de tres plantas: Datura inoxia, comúnmente conocida como toloache; Lophophora williamsii, conocida como peyote, y un hongo alucinógeno del género Psilocybe.

Mi percepción del mundo a través de los efectos de estos psicotrópicos había sido tan extraña e impresionante que me vi forzado a asumir que tales estados eran la única vía para comunicar y aprender lo que don Juan trataba de enseñarme.

Tal suposición era errónea.

 Con el propósito de evitar cualquier mala interpretación relativa a mi trabajo con don Juan, me gustaría clarificar en este punto los aspectos siguientes.

Hasta ahora, no he hecho el menor intento de colocar a don Juan en un determinado medio cultural. El hecho de que él se considere indio yaqui no significa que su conocimiento de la brujería se conozca o se practique entre los yaquis en general.

Todas las conversaciones que don Juan y yo tuvimos a lo largo del aprendizaje fueron en español, y sólo gracias a su dominio completo de dicho idioma pude obtener explicaciones complejas de su sistema de creencias.

He observado la práctica de llamar brujería a ese sistema, y también la de referirme a don Juan como brujo, porque éstas son las categorías empleadas por él mismo.

Como pude escribir la mayoría de lo que se dijo al principiar el aprendizaje, y todo lo que se dijo en fases posteriores, reuní voluminosas notas de campo. Para hacerlas legibles, conservando a la vez la unidad dramática de las enseñanzas de don Juan, he tenido que reducirlas, pero lo que he eliminado es, creo, marginal a los puntos que deseo plantear.

En el caso de mi trabajo con don Juan, he limitado mis esfuerzos exclusivamente a verlo como brujo y a adquirir membrecía en su conocimiento.

Con el fin de presentar mi argumento, debo antes explicar la premisa básica de la brujería según don Juan me la presentó. Dijo que, para un brujo, el mundo de la vida cotidiana no es real ni está allí, como nosotros creemos. Para un brujo, la realidad, o el mundo que todos conocemos, es solamente una descripción.

Para validar esta premisa, don Juan hizo todo lo posible por llevarme a una convicción genuina de que, lo que mi mente consideraba el mundo inmediato era sólo una descripción del mundo: una descripción que se me había inculcado desde el momento en que nací.

Me señaló que todo el que entra en contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo, hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen. De acuerdo con don Juan, no guardamos recuerdo de aquel momento portentoso, simplemente porque ninguno de nosotros podía haber tenido ningún punto de referencia para compararlo con cualquier otra cosa. Sin embargo, desde ese momento el niño es un miembro. Conoce la descripción del mundo, y su membrecía supongo, se hace definitiva cuando él mismo es capaz de llevar a cabo todas las interpretaciones perceptuales adecuadas, que validan dicha descripción ajustándose a ella.

Para don Juan, pues, la realidad de nuestra vida diaria consiste en un fluir interminable de interpretaciones perceptuales que nosotros, como individuos que comparten una membrecía específica, hemos aprendido a realizar en común.

La idea de que las interpretaciones perceptuales que configuran el mundo tienen un fluir es congruente con el hecho de que corren sin interrupción y rara vez, o nunca, se ponen en tela de juicio. De hecho, la realidad del mundo que conocemos se da a tal grado por sentada que la premisa básica de la brujería, la de que nuestra realidad es apenas una de muchas descripciones, difícilmente podría tomarse como una proposición seria.

Afortunadamente, en el caso de mi aprendizaje, a don Juan no le preocupaba en absoluto el que yo pudiese, o no, tomar en serio su proposición, y pro­cedió a dilucidar sus planteamientos pese a mi opo­sición, mi incredulidad y mi incapacidad de com­prender lo que decía. Así, como maestro de brujería, don Juan trató de describirme el mundo desde la primera vez que hablamos. Mi dificultad para asir sus conceptos y sus métodos derivaba del hecho de que las unidades de su descripción eran ajenas e incompatibles con las de la mía propia.

Su argumento era que me estaba enseñando a "ver", cosa distinta de solamente "mirar", y que "parar el mundo" era el primer paso para "ver".

Durante años, la idea de "parar el mundo" fue para mí una metáfora críptica que en realidad nada significaba. Sólo durante una conversación informal, ocurrida hacia el final de mi aprendizaje, llegué a advertir por entero su amplitud e importancia como una de las proposiciones principales en el conoci­miento de don Juan.

Él y yo habíamos estado hablando de, diversas cosas en forma reposada, sin estructura. Le conté el dilema de un amigo mío con su hijo de nueve años. El niño, que había estado viviendo con la madre durante los cuatro años anteriores, vivía entonces con mi amigo, y el problema era qué hacer con él. Según mi amigo, el niño era un inadaptado en la escuela, sin concentra­ción y no se interesaba en nada. Era dado a berrin­ches, a conducta destructiva y a escaparse de la casa.

 -Menudo problema se carga tu amigo -dijo don Juan, riendo.

Quise seguirle contando todas las cosas "terribles" que el niño hacia, pero me interrumpió.

-No hay necesidad de decir más sobre ese pobre niñito -dijo-. No hay necesidad de que tú o yo pensemos de sus acciones de un modo o del otro.

Su actitud fue abrupta y su tono firme, pero luego sonrió.

-¿Qué puede hacer mi amigo? -pregunté.

-Lo peor que puede hacer es forzar al niño a estar de acuerdo con él -dijo don Juan.

-¿Qué quiere usted decir?

-Quiero decir que el padre no debe pegarle ni asustarlo cuando no se porta como él quiere.

-¿Cómo va a enseñarle algo si no es firme con él?

-Tu amigo debería dejar que otra gente le pe­gara al niño.

-¡No puede dejar que una persona ajena toque a su niño! -dije, sorprendido de la sugerencia.

Don Juan pareció disfrutar mi reacción y soltó una risita.

-Tu amigo no es guerrero -dijo-. Si lo fuera, sabría que no puede hacerse nada peor que enfrentar sin más ni más a los seres humanos.

-¿Qué hace un guerrero, don Juan?

-Un guerrero procede con estrategia.

-Sigo sin entender qué quiere usted decir.

-Quiero decir que si tu amigo fuera guerrero ayu­daría a su niño a parar el mundo.

-¿Cómo puede hacerlo?

-Necesitaría poder personal. Necesitaría ser brujo.

-Pero no lo es.

 -En tal caso debe usar medios comunes y corrien­tes para ayudar a su hijo a cambiar su idea del mun­do. No es parar el mundo, pero de todos modos da resultado.

Le pedí explicar sus aseveraciones.

-Yo, en el lugar de tu amigo -dijo don Juan-, empezaría por pagarle a alguien para que le diera sus nalgadas al muchacho. Iría a los arrabales y me arre­glaría con el hombre más feo que pudiera hallar.

-¿Para asustar a un niñito?

-No nada más para asustar a un niñito, idiota. Hay que parar a ese escuincle, y los golpes que le dé su padre no servirán de nada.

"Si queremos parar a nuestros semejantes, siempre hay que estar fuera del círculo que los oprime. En esa forma se puede dirigir la presión."

La idea era absurda, pero de algún modo me atraía.

Don Juan descansaba la barbilla en la palma de la mano izquierda. Tenía el brazo izquierdo contra el pecho, apoyado en un cajón de madera que servía como una mesa baja. Sus ojos estaban cerrados, pero se movían. Sentí que me miraba a través de los pár­pados. La idea me espantó.

-Dígame qué más debería hacer mi amigo con su niño -dije.

-Dile que vaya a los arrabales y escoja con mucho cuidado al tipo más feo que pueda -prosiguió él-. Dile que consiga uno joven. Uno al que todavía le quede algo de fuerza.

Don Juan delineó entonces una extraña estrategia. Yo debía instruir a mi amigo para que hiciera que el hombre lo siguiese o lo esperara en un sitio a donde fuera a ir con su hijo. El hombre, en respuesta a una seña convenida, dada después de cualquier comportamiento objetable por parte del pequeño, de­bía saltar de algún escondite, agarrar al niño y darle una soberana tunda.

-Después de que el hombre lo asuste, tu amigo debe ayudar al niño a recobrar la confianza, en cual­quier forma que pueda. Si sigue este procedimiento tres o cuatro veces, te aseguro que el niño cambiará su sentir con respecto a todo. Cambiará su idea del mundo.

-¿Y si el susto le hace daño?

-El susto nunca daña a nadie. Lo que daña el espíritu es tener siempre encima alguien que te pe­gue y te diga qué hacer y qué no hacer.

"Cuando el niño esté más contenido, debes decir a tu amigo que haga una última cosa por él. Debe hallar el modo de dar con un niño muerto, quizá en un hospital o en el consultorio de un doctor. Debe llevar allí a su hijo y enseñarle el niño muerto. Debe ha­cerlo tocar el cadáver una vez, con la mano izquierda, en cualquier lugar menos en la barriga. Cuando el niño haga eso, quedará renovado. El mundo nunca será ya el mismo para él."

Me di cuenta entonces de que, a través de los años de nuestra relación, don Juan había estado usando conmigo, aunque en una escala diferente, la misma táctica que sugería para el hijo de mi amigo. Le pre­gunté al respecto. Dijo que todo el tiempo había estado tratando de enseñarme a "parar el mundo".

-Todavía no lo paras -dijo, sonriendo-. Parece que nada da resultado, porque eres muy terco. Pero si fueras menos terco, probablemente ya habrías parado el mundo con cualquiera de las técnicas que te he enseñado.

-¿Qué técnicas, don Juan?

-Todo lo que te he dicho era una técnica para parar el mundo.

Pocos meses después de aquella conversación, don Juan logró lo que se había propuesto: enseñarme a "parar el mundo".

Ese monumental hecho de mi vida me obligó a re­examinar en detalle mi trabajo de diez años. Se me hizo evidente que mi suposición original con respecto al papel de las plantas psicotrópicas era erróneo. Tales plantas no eran la faceta esencial en la descripción del mundo usada por el brujo, sino únicamente una ayuda para aglutinar, por así decirlo, partes de la descripción que yo había sido incapaz de percibir de otra manera. Mi insistencia en adherirme a mi ver­sión normal de la realidad me hacía casi sordo y ciego a los objetivos de don Juan. Por tanto, fue sólo mi carencia de sensibilidad lo que propició el uso de los alucinógenos.

Al revisar la totalidad de mis notas de campo, ad­vertí que don Juan me había dado la parte principal de la nueva descripción al principio mismo de nues­tras relaciones, en lo que llamaba "técnicas de parar el mundo". En mis obras anteriores, descarté esas partes de mis notas porque no se referían al uso de plantas psicotrópicas. Ahora las he reinstaurado en el panorama total de las enseñanzas de don Juan, y abarcan los primeros diecisiete capítulos de esta obra. Los últimos tres capítulos son las notas de campo relativas a los eventos que culminaron cuando logré "parar el mundo".

Resumiendo, puedo decir que, cuando inicié el aprendizaje, había otra realidad, es decir, había una descripción del mundo, correspondiente a la brujería, que yo no conocía.

Don Juan, como brujo y maestro, me enseñó esa descripción. El aprendizaje que atravesé a lo largo de diez años consistía, por tanto, en instaurar esa realidad desconocida por medio del desarrollo de su descripción, añadiendo partes cada vez más complejas conforme yo progresaba.

La conclusión del aprendizaje significó que yo había aprendido, en forma convincente y auténtica, una nueva descripción del mundo, y así había obtenido la capacidad de deducir una nueva percepción de las cosas que encajaba con su nueva descripción. En otras palabras, había obtenido membrecía.

Don Juan declaraba que para llegar a "ver" primero era necesario "parar el mundo". La frase "parar el mundo" era en realidad una buena expresión de ciertos estados de conciencia en los cuales la realidad de la vida cotidiana se altera porque el fluir de la interpretación, que por lo común corre ininterrumpido, ha sido detenido por un conjunto de circunstancias ajenas a dicho fluir. En mi caso, el conjunto de circunstancias ajeno a mi fluir normal de interpretaciones fue la descripción que la brujería hace del mundo. El requisito previo que don Juan ponía para "parar el mundo" era que uno debía estar convencido; en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total, con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones, o nuestra realidad del mundo, se encuentra más allá de toda duda.

Después de "parar el mundo", el siguiente paso fue "ver". Con eso, don Juan se refería a lo que me gustaría categorizar como "responder a los estímulos perceptuales de un mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad".

Mi argumento es que todos estos pasos sólo pueden comprenderse en términos de la descripción a la cual pertenecen; y como es una descripción que don Juan luchó por darme desde el principio, debo dejar que sus enseñanzas sean la única fuente de acceso a ella. Así pues, he dejado que las palabras de don Juan hablen por sí mismas.

 


PRIMERA PARTE: "PARAR EL MUNDO"

 

I. LAS REAFIRMACIONES DEL MUNDO QUE NOS RODEA

 

-ENTIENDO que usted conoce mucho de plantas, se­ñor -dije al anciano indígena frente a mí.

Un amigo mío acababa de ponernos en contacto para luego salir de la habitación, y nos habíamos presentado el uno al otro. El viejo me había dicho que se llamaba Juan Matus.

-¿Te dijo eso tu amigo? -preguntó casualmente.

-Sí, en efecto.

-Corto plantas, o mejor dicho ellas me dejan que las corte -dijo con suavidad.

Estábamos en la sala de espera de una terminal de autobuses en Arizona. Le pregunté con mucha for­malidad:

-¿Me permitiría el caballero hacerle algunas pre­guntas?

Me miró inquisitivamente.

-Soy un caballero sin caballo -dijo con una gran sonrisa, y luego añadió-: Ya te dije que mi nombre es Juan Matus.

Me gustó su sonrisa. Pensé que, obviamente, era un hombre capaz de apreciar la franqueza, y decidí lan­zarle con audacia una petición.

Le dije que me interesaba reunir y estudiar plan­tas medicinales. Dije que mi interés especial eran los usos del cacto alucinógeno llamado peyote, que yo había estudiado con detalle en la Universidad en Los Ángeles.

Mi presentación me pareció muy seria. La hice con gran sobriedad y me sonó perfectamente verosímil.

El anciano meneó despacio la cabeza y yo, animado por su silencio, añadí que sin duda ambos sacaría­mos provecho de juntarnos a hablar del peyote.

En ese momento alzó la cabeza y me miró de lleno a los ojos. Fue una mirada formidable. Pero no era amenazante ni aterradora en modo alguno. Fue una mirada que me atravesó. Inmediatamente se me trabó la lengua y no pude proseguir mis peroratas. Ése fue el final de nuestro encuentro. Pero al irse dejó un rastro de esperanza. Dijo que tal vez pudiera yo visi­tarlo algún día en su casa.

Resulta difícil valorar el efecto de la mirada de don Juan si mi inventario de experiencias personales no se relaciona de alguna manera con la peculiaridad de aquel evento. Cuando empecé a estudiar antropo­logía era ya un experto en "hallar el modo". Años antes había dejado mi hogar y eso significaba, según mi evaluación, que era capaz de cuidarme solo. Cada vez que sufría un desaire podía, por lo general, ga­narme a la gente con halagos, hacer concesiones, ar­gumentar, enojarme, o si nada resultaba me ponía chillón y quejumbroso; en otras palabras, siempre había algo que yo me sabía capaz de hacer bajo las circunstancias dadas, y jamás en mi vida había halla­do un ser humano que detuviera mi impulso tan veloz y definitivamente como don Juan aquella tarde. Pero no era sólo cuestión de quedarme sin palabras; en otras ocasiones me había sido imposible decir nada a mi oponente a causa de algún respeto inherente que yo le tenía, pero mi ira o frustración se manifes­taban en mis pensamientos. La mirada de don Juan, en cambio, me atontó hasta el punto de impedirme pensar con coherencia.

Aquella mirada estupenda me llenó de curiosidad, y decidí buscarlo.

Me preparé durante seis meses, tras ese primer en­cuentro, leyendo sobre los usos del peyote entre los indios americanos, y especialmente sobre el culto del peyote entre los indios de la planicie. Me familiaricé con todas las obras a mi disposición y cuando me sentí preparado regresé a Arizona.

 

Sábado, diciembre 17, 1960

 

Hallé su casa tras largas y cansadas inquisiciones entre los indios locales. Empezaba la tarde cuando llegué y me estacioné enfrente. Lo vi sentado en un cajón de leche. Pareció reconocerme y me saludó cuando bajé del coche.

Intercambiamos cortesías sociales durante un rato y luego, en términos llanos, confesé haber sido muy engañoso con él la primera vez que nos vimos. Había alardeado de mis grandes conocimientos sobre el pe­yote, cuando en realidad no sabía nada al respecto. Se me quedó mirando. Sus ojos eran muy amables.

Le dije que durante seis meses había estado leyendo con el fin de prepararme para nuestro encuentro, y que ahora sí sabía mucho más.

Rió. Obviamente, había algo en mis palabras que le parecía chistoso. Se reía de mí, y yo me sentí algo confuso y ofendido.

Pareció notar mi desazón y me aseguró que, pese a mis buenas intenciones, no había en realidad ningún modo de prepararme para nuestro encuentro.

Me pregunté si sería conveniente preguntarle si esa frase tenía algún sentido oculto, pero no lo hice; sin embargo, él parecía estar a tono con mi sentir y procedió a explicar a qué se refería. Dijo que mis esfuerzos le recordaban un cuento sobre cierta gente que, en otro tiempo, un rey había perseguido y ma­tado. Dijo que en el cuento los perseguidos sólo se distinguían de los perseguidores en que los primeros insistían en pronunciar ciertas palabras de un modo peculiar, propio solamente de ellos; esa falla, por supuesto, los delataba. El rey cerró los caminos en puntos críticos, donde un oficial pedía a todos los que pasaban pronunciar una palabra clave. Quienes la pronunciaban igual que el rey conservaban la vida, pero quienes no podían eran muertos en el acto. El meollo del cuento es que cierto día un joven decidió prepararse para pasar la barrera aprendiendo a pro­nunciar la palabra de prueba en la forma en que al rey le gustaba.

Don Juan dijo, con ancha sonrisa, que de hecho el joven tardó "seis meses" en aprenderse la pro­nunciación. Y luego vino el día de la gran prueba; el joven, con mucha confianza, se acercó a la barrera y esperó que el oficial le pidiese pronunciar la pa­labra.

En ese punto, don Juan interrumpió muy dramá­ticamente su relato y me miró. Su pausa era muy estudiada y me pareció algo cursi, pero seguí el juego. Yo había oído antes la trama del cuento. Tenía que ver con los judíos en Alemania y con la forma en que podía saberse quién era judío por la pronuncia­ción de ciertas palabras. También conocía el remate del chiste: el joven era atrapado porque el oficial olvidaba la palabra clave y le pedía pronunciar otra, muy similar, pero que el joven no había aprendido a decir correctamente.

Don Juan parecía esperar que yo preguntara qué había sucedido, de modo que lo hice.

-¿Qué le pasó? -pregunté, tratando de sonar in­genuo e interesado en la historia.

-El joven, que era todo un zorro -dijo él-, se dio cuenta de que el oficial había olvidado la palabra clave, y antes de que le pidieran decir cualquier otra, confesó que se había preparado durante seis meses.

Hizo otra pausa y me miró con un brillo malicioso en los ojos. Esta vez me había cambiado la partida. La confesión del joven era un nuevo elemento, y yo ya no sabía cómo acabaría el relato.

-Bueno, ¿qué pasó entonces? -pregunté con ver­dadero interés.

-Lo mataron en el acto, por supuesto -dijo él y estalló en una risotada.

Me gustó mucho la forma en que había atrapado mi interés; sobre todo, me agradó cómo había ligado el cuento con mi propio caso. De hecho, parecía ha­berlo construido a mi medida. Se burlaba de mí con mucho arte y sutileza. Reí junto con él.

Después le dije que, por más estupideces que yo dijera, me interesaba realmente aprender algo sobre las plantas.

-A mí me gusta caminar mucho -dijo.

Pensé que cambiaba deliberadamente el tema de la conversación para evitar responderme. No quise antagonizarlo con mi insistencia.

Me preguntó si me gustaría acompañarlo a una corta caminata por el desierto. Le dije con entusiasmo que me encantaría caminar en el desierto.

-Esto no es un paseo de campo -dijo en tono de advertencia.

Contesté que tenía deseos muy serios de trabajar con él. Dije que necesitaba información, cualquier tipo de información, sobre los usos de las hierbas medicinales, y que estaba dispuesto a pagarle su tiempo y su esfuerzo.

-Estaría usted trabajando para mí -dije-. Y le pagaré un sueldo.<

-¿Qué tanto me pagarías? -preguntó.

Detecté en su voz un matiz de codicia.

-Lo que a usted le parezca apropiado -dije.

-Págame mi tiempo... con tu tiempo -dijo él.

Pensé que era un tipo de lo más peculiar. Declaré no entender a qué se refería. Repuso que no había nada qué decir acerca de las plantas, de modo que no podía ni pensar en aceptar mi dinero.

Me miró penetrantemente.

-¿Qué haces en tu bolsillo? -preguntó, frunciendo el entrecejo-. ¿Estás jugando con tu pito?

Se refería a que yo tomaba notas en un cuaderno diminuto, dentro de los enormes bolsillos de mi rompevientos.

Cuando le dije lo que hacía, rió de buena gana.

Expliqué que no deseaba molestarlo escribiendo frente a él.

-Si quieres escribir, escribe -dijo-. No me molestas.

 Caminamos por el desierto en torno hasta que casi era de noche. No me mostró ninguna planta ni habló de ellas para nada. Nos detuvimos un momento a descansar junto a unos arbustos grandes.

-Las plantas son cosas muy peculiares -dijo sin mirarme-. Están vivas y sienten..

En el momento mismo en que hizo tal afirmación, una fuerte racha de viento sacudió el chaparral de­sértico en nuestro derredor. Los arbustos produjeron un ruido crujiente.

-¿Oyes? -me preguntó, poniéndose la mano iz­quierda junto a la oreja como para escuchar mejor-. Las hojas y el viento están de acuerdo conmigo.

Reí. El amigo que nos puso en contacto ya me había advertido que tuviera cuidado porque el viejo era muy excéntrico. Pensé que el "acuerdo con las hojas" era una de sus excentricidades.

Caminamos un rato más, pero siguió sin mostrarme plantas, y tampoco cortó ninguna. Simplemente ca­minaba con vivacidad entre los arbustos, tocándolos suavemente. Luego se detuvo para sentarse en una roca y me dijo que descansara y mirase alrededor.

Insistí en hablar. Una vez más le hice saber que tenía muchos deseos de aprender cosas de las plantas, especialmente del peyote. Le supliqué que se convir­tiera en informante mío a cambio de alguna recom­pensa monetaria.

-No tienes que pagarme -dijo-. Puedes pregun­tarme lo que quieras. Te diré lo que sé y luego te diré qué se puede hacer con eso.

Me preguntó si estaba de acuerdo con el arreglo. Yo me hallaba deleitado. Luego añadió una frase críptica:

 -A lo mejor no hay nada que aprender de las plantas, porque no hay nada que decir de ellas.

No comprendí lo que había dicho ni a qué se re­fería.

-¿Cómo dice usted? -pregunté.

Repitió su afirmación tres veces, y luego toda la zona se estremeció con el rugido de un aeroplano de la Fuerza Aérea que pasó volando bajo.

-¡Ya ves! El mundo está de acuerdo conmigo -dijo, llevándose la mano izquierda al oído.

Me resultaba muy divertido. Su risa era contagiosa.

-¿Es usted de Arizona, don Juan? -pregunté, en un esfuerzo por mantener la conversación centrada en la posibilidad de que fuera mi informante.

Me miró y asintió con la cabeza. Sus ojos parecían fatigados. Se veía el blanco debajo de las pupilas.

-¿Nació usted en esta localidad?

Asintió de nuevo sin responderme. Parecía un gesto afirmativo, pero también el asentimiento nervioso de alguien que está pensando.

-¿Y tú de dónde eres? -preguntó.

-Vengo de Sudamérica -dije.

-Es grande ese sitio. ¿Vienes de todo él?

Sus ojos me miraban, penetrantes de nuevo.

Empecé a explicar las circunstancias de mi naci­miento, pero me interrumpió.

-En esto nos parecemos -dijo-. Yo ahora vivo aquí, pero en realidad soy un yaqui de Sonora.

-¡No me diga! Yo soy de . . .

No me dejó terminar.

-Ya sé, ya sé -dijo-. Tú eres quien eres, de donde eres, igual que yo soy un yaqui de Sonora.

Sus ojos relucían y su risa era extremadamente inquietante. Me hizo sentir como si me hubiera atra­pado en una mentira. Experimenté una peculiar sen­sación de culpa. Tuve el sentimiento de que él co­nocía algo que yo no sabía o no quería decir.

Mi extraña incomodidad creció. Debe haberla ad­vertido, porque se puso en pie y me preguntó si quería ir a comer en una fonda del pueblo.

Caminar de regreso a su casa, y luego el viaje en coche al pueblo, me hizo sentirme mejor, pero no me hallaba completamente relajado. De algún modo me sentía amenazado, aunque no podía precisar el motivo.

En la fonda, quise invitarle a una cerveza. Dijo que nunca bebía, ni siquiera cerveza. Reí para mis aden­tros. No le creía; el amigo que nos puso en contacto me había dicho qué "el viejo andaba perdido de borracho casi todo el tiempo". En realidad no me importaba que me mintiera diciendo que no bebía. Me agradaba; había algo muy tranquilizante en su persona.

Debí haber tenido una expresión de duda en el rostro, pues él pasó a explicar que de joven le daba por la bebida, pero que un buen día la había dejado.

-La gente casi nunca se da cuenta de que podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás -chasqueó los dedos.>

-¿Piensa usted que uno puede dejar de fumar o de beber así de fácil? -pregunté.

-¡Seguro! -dijo con gran convicción-. El cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si quere­mos dejarlos.

En ese mismo instante, el agua que hervía en la cafetera hizo un ruido fuerte y vivaz.

 -¡Oye! -exclamó don Juan, con un brillo en los ojos-. El agua hirviendo está de acuerdo conmigo.

Luego añadió, tras una pausa:

-Uno puede recibir acuerdos de todo lo que lo rodea.

En ese momento crucial, la cafetera produjo un gorgoteo verdaderamente obsceno.

Don Juan miró la cafetera y dijo suavemente: "Gracias"; asintió con la cabeza y luego estalló en carcajadas.

Me desconcerté. Su risa era un poco demasiado fuerte, pero yo me divertía genuinamente con todo aquello.

Mi primera sesión propiamente dicha con mi "in­formante" llegó entonces a su fin. Se despidió en la puerta de la fonda. Le dije que tenía que visitar a unos amigos, y que me gustaría verlo de nuevo a fi­nes de la semana siguiente.

-¿Cuándo estará usted en su casa? -pregunté.

Me escudriñó.

-Cuando vengas -repuso.

-No sé exactamente cuándo pueda venir.

-Pues ven y no te preocupes.

-¿Y si usted no está?

-Allí estaré -dijo, sonriendo, y se alejó.

Corrí tras él y le pregunté si podría llevar conmigo una cámara para tomar fotos suyas y de su casa.

-Eso está fuera de cuestión -dijo con el entre­cejo fruncido.

-¿Y una grabadora? ¿Le molestaría?

-Me temo que tampoco de eso hay posibilidad.

Me molesté y empecé a agitarme. Dije que no veía ningún motivo lógico para su rechazo.

 Don Juan movió la cabeza en sentido negativo.

Olvídalo -dijo con fuerza-. Y si todavía quie­res verme, no vuelvas a mencionarlo.

Presenté una débil queja final. Dije que las fotos y las grabaciones eran indispensables para mi trabajo. Él respondió que sólo una cosa era indispensable para todo lo que hacíamos. La llamó "el espíritu".

-No se puede prescindir del espíritu -dijo-. Y tú no lo tienes. Preocúpate de eeso y no de tus fotos.

-¿A qué se... ?

Me interrumpió con un ademán y retrocedió algu­nos pasos.

-No te olvides de volver -dijo con suavidad, y agitó la mano en despedida.


II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL

 

Jueves, diciembre 22, 1960

 

DON JUAN estaba sentado en el suelo, junto a la puer­ta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las no­ches del desierto y otros temas ordinarios de conver­sación.

Le pregunté si no interfería yo con su rutina nor­mal. Me miró como frunciendo el entrecejo y re­puso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.

Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. Tam­bién había compilado, a través de la literatura etno­gráfica, una larga serie de rasgos culturales pertene­cientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.

Empecé con las cartas de parentesco.

-¿Cómo llamaba usted a su padre? -pregunté.

-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy serio.

Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la supo­sición de que no había comprendido.

Le mostré la carta y expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en in­glés y en español.

Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.

-¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté.

-La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo.

-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los lla­maba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés.

Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.

-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil. Déjame pensar.

Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.

-Bueno -dijo, como inmerso en serios pensa­mientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!

Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdade­ramente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal.

-¿Cuáles eran los nombres de su padre y su ma­dre? -pregunté.

Él me miró con ojos claros y amables.

-No pierdas tu tiempo con esa mierda -dijo sua­vemente, pero con fuerza insospeechada.

 No supe qué decir; parecía que alguien más hu­biese pronunciado esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos eran claros y bondadosos y pe­netrantes.

-No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubbrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.

Yo no acababa de entender el sentido de sus pala­bras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.

-Ya no tengo historia personal -dijo, y me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.

Me le quedé viendo, tratando de detectar los sig­nificados ocultos de sus palabras.

-¿Cómo puede uno dejar su historia personal? -pregunté en tono de discusión.

-Primero hay que tener el deseo de dejarla -di­jo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosa­mente, poco a poco.

-¿Por qué iba uno a tener tal deseo? -exclamé.

Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi his­toria personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.

 -Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal -dije.

-A acabar con ella, a eso me refiero -respondió cortante.>

Insistí en que sin duda yo no entendía el plan­teamiento.

-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un yaqui. No puede cambiar eso.

-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo sabes?

-¡Cierto! -dije-. No puedo saberlo con certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo que hace que sea historia personal.

Sentí haber remachado un clavo bien puesto.

-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.

Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé mentalmente las impresiones que de él tenía: la for­ma misteriosa e insólita en que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su viveza, su ex­presión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había partido en dos.

-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como si le­yera mis pensamientos-. jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.

Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.

-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.

Don Juan dijo que todos cuantos me conocían te­nían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.

-¿No ves? -preguntó con dramatismo-. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesi­tan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.

De pronto, la idea se aclaró en mi mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia personal era en verdad un concepto atra­yente, al menos en el nivel intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y des­agradable. Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda incongruen­cia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía el "refinamien­to" de un estudiante universitario. De algún modo, don Juan me había apartado de mi intención origi­nal de interrogarlo sobre su genealogía.

-No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.

-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos ha­blando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.

Su tono era firme. Sentí que no había forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.

-Esta idea de no tener historia personal ¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.

-Es algo que hago yo.

-¿Dónde lo aprendió usted?

-Lo aprendí en el curso de mi vida.

-¿Se lo enseñó su padre?

-No. Digamos que lo aprendí solo, y ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.

Bajó la voz hasta un susurro dramático. Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.

-Escríbelo -dijo con arrogante condescenden­cia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.

Lo miré, y mis ojos deben haber delatado mi con­fusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.

-Vale más borrar toda historia personal -dijo despacio, como dando tiempo a mi torrpeza de anotar sus palabras- porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.

No pude creer que en verdad estuviera diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.

 -Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no sabes si vas o vienes. Y eso es por­que yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.

-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? -inter­calé.

-Por supuesto que... no -exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.

Había hecho una pausa lo bastante larga para ha­cerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El subterfugio me resultó muy amena­zante. En verdad me dio miedo.

-Ése es el secretito que voy a darte hoy -dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historria personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo.

Achicó los ojos. No miraba en mi dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé fantasiosamente como un jefe indio, un "guerrero de piel roja" en las románticas sagas fron­terizas de mi niñez. Mi romanticismo me arrastró, y un sentimiento de ambivalencia sumamente insidio­so tejió su red en torno mío. Podía decir sincera­mente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir, en el mismo aliento, que le tenía un miedo mortal.

Sostuvo esa extraña mirada durante un momento largo.

-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.

 Luego posó en mí los ojos y sonrió.

-Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.

-¿Para qué? -pregunté, belicoso.

Se me aclaró que don Juan me estaba dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.

-Dijiste que querías aprender los asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú me harías preguntas y yo te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más qué decirnos.

Su terrible franqueza me despertó resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.

-Entonces mírala por este lado -prosiguió-. Si quieres aprender los asunttos de las plantas, como en realidad no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia personal.

-¿Cómo? -pregunté.

-Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.

-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?

 -Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.

-Pero eso sería mentir.

-No me importan las mentiras ni las verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal.

Argumenté qué no me gustaba engañar delibera­damente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier manera yo despistaba a todo el mundo.

El viejo había tocado una llaga abierta en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su afirmación, defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa conciencia de que mi familia y mis ami­gos me consideraban indigno de confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.

-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo único que faltaba era que sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.

Protesté.

-¿No ve usted que estoy harto de que la gente me considere indigno de confianza? -dije.

-Pero sí eres indigno de confianza -repuso con convicción.<

-¡Que no, hombre, me llevan los demonios! -ex­clamé.

 Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento. Desdichada­mente, estaba en lo cierto con respecto a mí.

Tras un rato me calmé y él siguió hablando.

-Cuando uno no tiene historia personal -expli­có-, nada de lo que dice puede tomaarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quie­res conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices men­tiras para seguir en marcha.

-Me hallaba en verdad perplejo por la gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.

-De ahora en adelante -dijo él-, debes simple­mente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.

-¡Yo no puedo guardar secretos! -exclamé-. Lo que usted dice es inútil parra mí.

- ¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada.

Parecía un extraño animal salvaje. Y sin embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi mo­lestia cedió el paso a un estado de confusión irri­tante.

-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una alterna­tiva: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo se­gundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocio­nante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.

Repuse que borrar la historia personal sólo acre­centaría nuestra sensación de inseguridad.

-Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emo­cionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.

No dijo una palabra más durante un rato muy lar­go; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo cercano.

Yo ignoraba el motivo, pero nuestra conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pi­dió parar en el camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepar a la cima plana de una loma al lado de la carretera y acostarme bocabajo con la cabeza hacia el este.

Parecía tener un sentimiento de urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado can­sado hasta para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.

Dormí sólo dos o tres minutos, pero fueron sufi­cientes para que mi energía se renovara.

Llegamos al centro del pueblo, donde quiso que lo dejase.

-Vuelve -dijo al bajar del coche-. Acuérdate de volver.


III. PERDER LA IMPORTANCIA

 

Tuve oportunidad de discutir mis dos visitas previas a don Juan con el amigo que nos puso en contacto. Su opinión fue que yo estaba perdiendo el tiempo. Le relaté, con todo detalle, la gama de nuestras con­versaciones. Él pensó que yo exageraba y romantiza­ba a un viejo chiflado y tonto.

No había en mí mucha visión romántica que apli­car a tan absurdo anciano. Sentía sinceramente que sus críticas sobre mi personalidad habían socavado en forma grave mi simpatía hacia él. Pero tenía que admitirlo; siempre habían sido oportunas, ciertas y agudamente precisas.

En ese punto, el centro de mi dilema era que re­husaba a aceptar que don Juan era muy capaz de desbaratar todas mis ideas preconcebidas acerca del mundo y a concordar con mi amigo en la creencia de que "el viejo indio estaba simplemente loco".

Me sentí compelido a hacerle otra visita antes de resolver el problema.

 

Miércoles, diciembre 28, 1960

 

Inmediatamente después de que llegué a su casa, me llevó a caminar por el chaparral del desierto. Ni si­quiera miró la bolsa de comestibles que yo le llevé. Parecía haberme estado esperando.

Caminamos durante horas. Él no cortó plantas ni me las mostró. En cambio, me enseñó una "forma correcta de andar". Dijo que yo debía curvar suave­mente los dedos mientras caminaba, para conservar la atención en el camino y los alrededores. Aseveró que mi forma ordinaria de andar debilitaba, y que nunca había que llevar nada en las manos. De ser necesario transportar cosas, debía usarse una mochila o cualquier clase de red portadora o bolsa para los hombros. Su idea era que, obligando a las manos a adoptar una posición específica, uno era capaz de mayor energía y mayor lucidez."

No vi caso en discutir; curvé los dedos como él indicaba y seguí caminando. Mi lucidez no varió en modo alguno, ni tampoco mi vigor.

Iniciamos nuestra excursión en la mañana y nos detuvimos a descansar a eso del mediodía. Yo sudaba y quise beber de mi cantimplora, pero él me detuvo diciendo que era mejor tomar sólo un sorbo de agua. De un pequeño arbusto amarillento, cortó algunas hojas y las mascó. Me dio unas y señaló que eran excelentes; si las mascaba despacio, mi sed desapare­cería. No fue así, pero tampoco sentí malestar.

Pareció haber leído mis pensamientos, y explicó que yo no advertía los beneficios de la "forma correc­ta de andar", ni los de masticar las hojas, porque era joven y fuerte y mi cuerpo no percibía nada por ser un poco estúpido.

Rió. Yo no estaba de humor para risas y eso pa­reció divertirle más aún. Corrigió su frase anterior, diciendo que mi cuerpo no era realmente estúpido, sino que estaba adormilado.

En ese instante un cuervo enorme voló por encima de nuestras cabezas, graznando. Sobresaltado, eché a reír. Me pareció que la ocasión pedía risa, pero para mi absoluto asombro él sacudió con fuerza mi brazo y me calló. Su expresión era sumamente seria.

-Eso no fue chiste -dijo con severidad, como si yo supiera a qué se refería.

Pedí una explicación. Era incongruente, le dije, que se enojara porque yo reía del cuervo, cuando nos habíamos reído de la cafetera.

-¡Lo que viste no era sólo un cuervo! -exclamó.

-Pero yo lo vi y era un cuervo -insistí.

-No viste nada, idiota -dijo, hosco.

Su brusquedad era injustificada. Le dije que no me gustaba hacer enojar a la gente y que tal vez sería mejor irme, pues él no parecía estar de humor para tolerar compañía.

Él río a carcajadas, como si yo fuese un payaso que actuaba para él. Mi molestia e irritación crecieron proporcionalmente.

-Eres muy violento -comentó despreocupado-. Te tomas demasiado en serio.

-¿Pero no estaba usted haciendo lo mismo? -in­terpuse-. ¿Tomándose en serio cuando se enojó con­migo?

Dijo que enojarse conmigo era lo que más lejos estaba de su pensamiento. Me miró con ojos pe­netrantes.

-Lo que viste no era un acuerdo del mundo -di­jo-. Los cuervos que vuelan o graznan no son nunca un acuerdo. ¡Eso fue una señal!

-¿Una señal de qué?

-Una indicación muy importante acerca de ti -re­puso crípticamente.

 En ese mismo instante, el viento arrastró hasta nuestros pies la rama seca de un arbusto.

-¡Eso fue un acuerdo! -exclamó él, y mirándome con ojos relucientes estalló en una carcajada.

Tuve la sensación de que, por molestarme, inven­taba sobre la marcha las reglas de su extraño juego; así, él podía reír, pero yo no. Mi irritación volvió a expandirse y le dije lo que pensaba de él.

No se disgustó ni se ofendió para nada. Rió, y su risa acrecentó más aún mi angustia y mi frustración. Pensé que deliberadamente me humillaba. Decidí allí mismo que ya estaba harto del "trabajo de campo".

Me puse en pie y le dije que deseaba emprender el regreso a su casa, porque tenía que salir rumbo a Los Ángeles.

-¡Siéntate! -dijo, imperioso-. Te pones de ma­las como señora vieja. No puedes irte ahora, porque todavía no terminamos.

Lo odié. Pensé que era un hombre despectivo.

Empezó a cantar una idiota canción ranchera. Ob­viamente, estaba imitando a algún cantante popular. Alargaba ciertas sílabas y contraía otras, convirtiendo la canción en todo un objeto de farsa. Era tan có­mico que acabé por reír.

-Ya ves, te ríes de la canción estúpida -dijo-. Pero el que canta así, y los que ppagan por oírlo, no se ríen; piensan que es seria.

-¿Qué quiere usted decir? -pregunté.

Pensé que había urdido el ejemplo para decirme que yo reí del cuervo por no haberlo tomado en se­rio, igual que no había tomado en serio la canción. Pero me desconcertó de nuevo. Dijo. que yo era como el cantante y la gente a quien le gustaban sus canciones: lleno de arrogancia y seriedad con respecto a una idiotez que a nadie en su sano juicio debía importarle un pepino.

Luego recapituló, como para refrescar mi memoria, todo cuanto había dicho antes sobre el tema de "aprender los asuntos de las plantas". Recalcó enfá­ticamente que, si yo en verdad quería aprender, debía remodelar la mayor parte de mi conducta.

Mi molestia creció, hasta que incluso el tomar no­tas me costaba un esfuerzo supremo.

-Te tomas demasiado en serio -dijo, despacio-. Te das demasiada importancia. ¡Eso hay que cam­biarlo!. Te sientes de lo más importante, y eso te da pretexto para molestarte con todo. Eres tan impor­tante que puedes marcharte así nomás si las cosas no salen a tu modo. Sin duda piensas que con eso demuestras tener carácter. ¡Eres débil y arrogante!

Traté de formular una protesta, pero él no quitó el dedo del renglón. Señaló que, en el curso de mi vida, yo jamás había podido terminar nada, a causa de ese sentido de importancia desmedida que yo mismo me atribuía.

La certeza con que hizo sus aseveraciones me des­concertó por completo. Eran verdad, desde luego, y eso me hacía sentirme no sólo enojado, sino también bajo amenaza.

-La arrogancia es otra cosa que hay que dejar, lo mismo que la historia personal -dijo en tono dra­mático.

Yo no quería en modo alguno discutir con él. Re­sultaba obvia mi tremenda desventaja; él no iba a regresar a su casa hasta que se le antojase, y yo no conocía el camino. Tenía que quedarme con él.

 Hizo un movimiento extraño y súbito: pareció hus­mear el aire en torno suyo, su cabeza se sacudió leve y rítmicamente. Se le veía en un estado de alerta fuera de lo común. Se volvió y fijó en mí los ojos, con una expresión de extrañeza y curiosidad. Me miró de pies a cabeza como buscando algo específico; luego se levantó abruptamente y empezó a caminar con rapidez. Casi corría. Lo seguí. Mantuvo un paso muy acelerado durante poco menos de una hora.

Finalmente se detuvo junto a una colina rocosa y nos sentamos a la sombra de un arbusto. El trote me había agotado por completo, aunque me hallaba de mejor humor. Era extraña la forma en que había cambiado. Me sentía casi alborozado, pero cuando habíamos empezado a trotar, después de nuestra dis­cusión, me hallaba furioso con él.

-Es muy extraño -dije-, pero me siento de veras, bien.

Oí a la distancia el graznar de un cuervo. Él se llevó el dedo a la oreja derecha y sonrió.

-Eso fue una señal -dijo.

Una piedra cayó rebotando cuestabajo y aterrizó con estruendo en el chaparral.

Él río con fuerza y señaló con el dedo en dirección del sonido.

-Y eso fue un acuerdo -dijo.

Luego preguntó si me encontraba dispuesto a ha­blar de mi arrogancia. Reí; mi sentimiento de ira parecía tan lejano que ni siquiera podía yo concebir cómo me había disgustado con don Juan.

-No entiendo qué me está pasando -dije-. Me enojé y ahora no sé por qué ya no estoy enojado.

-El mundo que nos rodea es muy misterioso -dijo él-. No entrega fácilmente sus secretos.

Me gustaban sus frases crípticas. Eran un reto y un misterio. No podía yo determinar si estaban lle­nas de significados ocultos o si eran sólo puros sinsentidos.

-Si alguna vez regresas aquí al desierto -dijo-, no te acerques a ese cerrito pedreegoso donde nos de­tuvimos hoy. Húyele como a la plaga.

-¿Por qué? ¿Qué ocurre?

-Éste no es el momento de explicarlo -dijo-. Ahora nos importa perder la arrogaancia. Mientras te sientas lo más importante del mundo, no puedes apreciar en verdad el mundo que te rodea. Eres como un caballo con anteojeras: nada más te ves tú mismo, ajeno a todo lo demás.

Me examinó un momento.

-Voy a hablar aquí con mi amiguita -dijo, se­ñalando una planta pequeña.>

Se arrodilló frente a ella y empezó a acariciarla y a hablarle. Al principio no entendí lo que decía, pero luego cambió de idioma y le habló a la planta en español. Parloteó sandeces durante un rato. Luego se incorporó.

-No importa lo que le digas a una planta -di­jo-. Lo mismo da que inventes las palaabras; lo importante es sentir que te cae bien y tratarla como tu igual.

Explicó que alguien que corta plantas debe discul­parse cada vez por hacerlo, y asegurarles que algún día su propio cuerpo les servirá de alimento.

-Conque, a fin de cuentas, las plantas y nosotros estamos parejos -dijo-. Ni ellas ni nosotros tene­mos más ni menos importancia.

"Anda, háblale a la plantita -me instó-. Dile que ya no te sientes importante."

Llegué incluso a arrodillarme frente a la planta, pero no pude decidirme a hablarle. Me sentí ridículo y reí. Sin embargo, no estaba enojado.

Don Juan me dio palmadas en la espalda y dijo que estaba bien, que al menos había dominado mi temperamento.

-De ahora en adelante, habla con las plantitas -dijo-. Habla hasta que pierdas todo sentido de importancia. Háblales hasta que puedas hacerlo en­frente de los demás.

"Ve a esos cerros de ahí y practica solo."

Le pregunté si bastaba con hablar a las plantas en silencio, mentalmente.

Rió y me golpeó la cabeza con un dedo.

-¡No! -dijo-. Debes hablarles en voz clara y fuerte si quieres que te respondan.

Caminé hasta el área en cuestión, riendo para mí de sus excentricidades. Incluso traté de hablar a las plantas, pero mi sentimiento de hacer el ridículo era avasallador.

Tras lo que consideré una espera apropiada, volví a donde estaba don Juan. Tuve la certeza de que él sabía que yo no había hablado a las plantas.

No me miró. Me hizo seña de tomar asiento junto a él.

-Obsérvame con cuidado -dijo-. Voy a plati­car con mi amiguita.

Se arrodilló frente a una planta pequeña y durante unos minutos movió y contorsionó el cuerpo, ha­blando y riendo.

Pensé que se había salido de sus cabales.

-Esta plantita me dijo que te dijera que es buena para comer -dijo al ponerse en pie-. Me dijo que un manojo de estas plantitas mantiene sano a un hombre. También dijo que hay un buen montón cre­ciendo por allá.

Don Juan señaló un área sobre una ladera, a unos doscientos metros de distancia.

-Vamos a ver -dijo.

Reí de su actuación. Estaba seguro de que halla­ríamos las plantas, pues él era un experto en el te­rreno y sabía dónde hallar las plantas comestibles y medicinales.

Mientras íbamos hacia la zona en cuestión, me dijo como al acaso que debía fijarme en la planta, por que era alimento y también medicina.

Le pregunté, medio en broma, si la planta acababa de decirle eso. Se detuvo y me examinó con aire in­crédulo. Meneó la cabeza de lado a lado.

-¡Ah! -exclamó, riendo-. Te pasas de listo y resultas más tonto de lo que yo creía. ¿Cómo puede la plantita decirme ahora lo que he sabido toda mi vida?

Procedió a explicar que conocía desde antes las diversas propiedades de esa planta específica, y que la planta sólo le había dicho que un buen montón de ellas crecía en el área recién indicada por él, y que a ella no le molestaba que don Juan me lo dijera.

Al llegar a la ladera encontré todo un racimo de las mismas plantas. Quise reír, pero don Juan no me dio tiempo. Quería que yo diese las gracias al montón de plantas. Sentí una timidez torturante y no pude decidirme a hacerlo.

Él sonrió con benevolencia e hizo otra de sus aseveraciones crípticas. La repitió tres o cuatro veces, como para darme tiempo de descifrar su sentido.

-El mundo que nos rodea es un misterio -dijo-. Y los hombres no son mejores que nninguna otra cosa. Si una plantita es generosa con nosotros, debemos darle las gracias, o quizá no nos deje ir.

La forma en que me miró al decir eso me produjo un escalofrío. Apresuradamente me incliné sobre las plantas y dije: "Gracias" en voz alta.

Él empezó a reír en estallidos calmados, bajo control.

Caminamos otra hora y luego iniciamos el camino de vuelta a su casa. En cierto momento me quedé atrás y él tuvo que esperarme. Revisó mis dedos para ver si los había curvado. No era así. Me dijo, imperioso, que cuando yo anduviera con él tenía que observar y copiar todas sus maneras, o de lo contrario mejor haría no yendo.

-No puedo estarte esperando como si fueras un niño -dijo en tono de regaño.

Esa frase me hundió en las profundidades de la vergüenza y el desconcierto: ¿Cómo era posible que un hombre tan anciano caminase mucho mejor que yo? Me creía de constitución atlética y fuerte, y sin embargo él había tenido que esperar a que yo me le emparejara.

Curvé los dedos y, extrañamente, pude mantener­me a su paso sin ningún esfuerzo. De hecho, en ocasiones sentía que las manos me jalaban hacia adelante.

 Me sentí exaltado. Era por completo feliz caminando tontamente con ese extraño viejo indio. Em­pecé a hablar y le pregunté repetidas veces si podría mostrarme algunas plantas de peyote. Él me miró, pero no dijo una sola palabra.


IV. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA

 

Miércoles, enero 25, 1961

 

-¿Me enseñará usted algún día lo que sabe del peyote? -pregunté.

Él no respondió y, como había hecho antes, se limitó a mirarme como si yo estuviera loco.

Le había mencionado el tema, en conversación ca­sual, varias veces anteriores, y en cada ocasión arrugó el ceño y meneó la cabeza. No era un gesto afirma­tivo ni negativo; más bien expresaba desesperanza e incredulidad.

Se puso en pie abruptamente. Habíamos estado sentados en el piso frente a su casa. Una sacudida casi imperceptible de cabeza fue la invitación a se­guirlo.

Entramos en el chaparral, caminando más o me­nos hacia el sur. Durante la marcha, don Juan men­cionó repetidamente que yo debía darme cuenta de lo inútiles que eran mi arrogancia y mi historia per­sonal.

-Tus amigos -dijo volviéndose de pronto hacia mí-. Esos que te han conocido durante mucho tiem­po: debes ya dejar de verlos.

Pensé que estaba loco y que su insistencia era idio­ta, pero no dije nada. Él me escudriñó y echó a reír.

Tras una larga caminata nos detuvimos. Estaba a punto de sentarme a descansar, pero él me dijo que fuera a unos veinte metros de distancia y hablara, en voz alta y clara, a un grupo de plantas. Me sentí in­cómodo y aprensivo. Sus extrañas exigencias eran más de lo que yo podía soportar, y le dije nueva­mente que no me era posible hablar a las plantas, porque me sentía ridículo. Su único comentario fue que me daba yo una importancia inmensa. Pareció hacer una decisión súbita, y dijo que yo no debía tratar de hablar a las plantas hasta que me sintiera cómodo y natural al respecto.

-Quieres aprender todo lo de las plantas, pero no quieres trabajar para nada -dijo, acusador-. ¿Qué te propones?

Mi explicación fue que yo deseaba información fidedigna sobre los usos de las plantas; por eso le había pedido ser mi informante. Incluso había ofre­cido pagarle por su tiempo y por la molestia.

-Debería usted aceptar el dinero -dije-. En esta forma los dos nos sentiríamos mejor. Yo, enton­ces, podría preguntarle lo que quisiera, porque usted trabajaría para mí y yo le pagaría. ¿Qué le parece?

Me miró con desprecio y produjo con la boca un ruido majadero, exhalando con gran fuerza para ha­cer vibrar su labio inferior y su lengua.

-Eso es lo que me parece -dijo, y rió histérica­mente de la expresión de sorpresa absoluta que debo haber tenido en el rostro.

Obviamente, no era un hombre con el que yo pu­diera vérmelas fácilmente. Pese a su edad, estaba lleno de entusiasmo y de una fuerza increíble. Yo había tenido la idea de que, por ser tan viejo, resultaría un "informante" perfecto. La gente vieja, se me había hecho creer, era la mejor informante porque se hallaba demasiado débil para hacer otra cosa que no fuese hablar. Don Juan, en cambio, era un pésimo sujeto. Yo lo sentía incontrolable y peligroso. El amigo que nos presentó tenía razón. Era un indio viejo y excéntrico, y aunque no se halla perdido de borracho la mayor parte del tiempo, como mi amigo había dicho, la cosa era peor aún: estaba loco. Sentí renacer las tremendas dudas y temores que había ex­perimentado antes. Creía haber superado eso. De hecho, no tuve ninguna dificultad para convencerme de que deseaba visitarlo nuevamente. Sin embargo, la idea de que acaso yo mismo estaba algo loco se coló en mi mente cuando advertí que me gustaba estar con él. Su idea de que mi sentimiento de im­portancia era un obstáculo, me había producido un verdadero impacto. Pero todo eso era al parecer un mero ejercicio intelectual por parte mía; apenas me hallaba cara a cara con su extraña conducta, empe­zaba a experimentar aprensión y deseaba irme.

Dije que éramos tan distintos que, pensaba, no ha­bía posibilidad de llevarnos bien.

-Uno de nosotros tiene que cambiar -dijo él, mirando el suelo-. Y tú sabes quién.

Empezó a tararear una canción ranchera y, de re­pente, alzó la cabeza para mirarme, Sus ojos eran fieros y ardientes. Quise apartar los míos o cerrarlos, pero para mi completo asombro no pude zafarme de su mirada.

Me pidió decirle lo que había visto en sus ojos. Dije que no vi nada, pero él insistió en que yo debía dar voz a aquello de lo que sus ojos me habían hecho darme cuenta. Pugné por hacerle entender que sus ojos no me daban conciencia más que de mi desazón, y que la forma en que me miraba era muy incómoda.

No me soltó. Mantuvo la mirada fija. No era de­claradamente maligna ni amenazante; era más bien un mirar misterioso pero desagradable.

Me preguntó si no me recordaba un pájaro.

-¿Un pájaro? -exclamé.

Soltó una risita de niño y apartó sus ojos de mí.

-Sí -dijo con suavidad-. ¡Un pájaro, un pájaro muy raro!

Volvió a atrapar mis ojos con los suyos y me ordenó recordar. Dijo con extraordinaria convicción que él "sabía" que yo había visto antes esa mirada.

Mi sentir de aquellos momentos era que el ancia­no me encolerizaba, pese a mi buena voluntad, cada vez que abría la boca. Me le quedé viendo con obvio desafío. En vez de enojarse echó a reír. Se golpeó el muslo y gritó como si cabalgara un potro salvaje. Luego se puso serio y me indicó la importancia su­prema de que yo dejara de pelear con él y recordar­se aquel pájaro raro del cual hablaba.

-Mírame a los ojos -dijo.

Sus ojos eran extraordinariamente fieros. Tenían un aura que en verdad me recordaba algo, pero yo no estaba seguro de qué cosa era. Me esforcé un mo­mento y entonces, de pronto, me di cuenta: no la forma de los ojos ni de la cabeza, sino cierta fría fie­reza en la mirada, me recordaba los ojos de un halcón. En el mismo instante en que lo advertí, don Juan me miraba de lado, y por un segundo mi mente experi­mentó un caos total. Creí haber visto las facciones de un halcón en vez de los de don Juan. La imagen fue demasiado fugaz y yo me hallaba demasiado so­bresaltado para haberle prestado más atención.

En tono de gran excitación, le dije que podría ju­rar haber visto las facciones de un halcón en su ros­tro. Él tuvo otro ataque de risa.

He visto cómo miran los halcones. Solía cazarlos cuando era niño, y en la opinión de mi abuelo me desempeñaba bien. El abuelo tenía una granja de gallinas Leghorn y los halcones eran una amenaza para su negocio. Dispararles no era sólo funcional, sino también "justo". Yo había olvidado, hasta ese momento, que la fiera mirada de las aves me obsesionó durante años; se hallaba en un pasado tan remoto que creía haber perdido memoria de ella.

-Yo cazaba halcones -dije.

-Lo sé -repuso don Juan como si tal cosa.

Su tono contenía tal certeza que empecé a reír. Pensé que era un tipo absurdo. Tenía el descaro de hablar como si en verdad supiese que yo cazaba hal­cones. Lo desprecié enormemente.

-¿Por qué te enojas tanto? -preguntó en un tono de genuina preocupación.

Yo ignoraba por qué. Él se puso a sondearme de un modo muy insólito. Me pidió mirarlo de nuevo y hablarle del "pájaro muy raro" que me recordaba. Luché contra él y, por despecho, dije que no había nada de qué hablar. Luego me sentí forzado a pre­guntarle por qué había dicho saber que yo solía cazar halcones. En lugar de responderme, volvió a comen­tar mi conducta. Dijo que yo era un tipo violento, capaz de "echar espuma por la boca" al menor pre­texto. Protesté, negando que eso fuera cierto; siem­pre había tenido la idea de ser bastante simpático y calmado. Dije que era culpa suya por sacarme de mis casillas con sus palabras y acciones inesperadas.

-¿por qué la ira? -preguntó.

Hice un avalúo de mis sentimientos y reacciones. Realmente no tenía necesidad de airarme con él.

Insistió nuevamente en que mirara sus ojos y le hablara del "extraño halcón". Había cambiado su fraseo; el "pájaro muy raro" de que hablaba antes se había vuelto el "extraño halcón". El cambio de pa­labras resumió un cambio en mi propio estado de ánimo. De repente me había puesto triste.

Achicó los ojos hasta convertirlos en ranuras, y dijo en tono sobreactuado que estaba "viendo" un halcón muy extraño. Repitió su afirmación tres veces, como si en verdad estuviera viéndolo allí frente a él.

-¿No lo recuerdas? -preguntó.

Yo no recordaba nada por el estilo.

-¿Qué de extraño tiene el halcón? -pregunté.

-Eso me lo debes decir tú -repuso.

Insistí en que no tenía forma de saber a qué se refería; por tanto, no podía decirle nada.

-¡No luches conmigo! -dijo-. Lucha contra tu pereza y recuerda.

Durante un momento me esforcé seriamente por desentrañar su intención. No se me ocurrió que igual podría haber tratado de acordarme.

-En un tiempo viste muchos pájaros -dijo como apuntándome.

Le dije que de niño viví en una granja y cacé cien­tos de aves.

Respondió que, en tal caso, no me costaría trabajo recordar a todas las aves raras que había cazado.

Me miró con una pregunta en los ojos, como si acabara de darme la última pista.

-He cazado tantos pájaros -dije- que no recuer­do nada de ellos.

Este pájaro es especial -repuso casi en un susu­rro-. Este pájaro es un halcón.

Nuevamente me puse a pensar a dónde querría llevarme. ¿Se burlaba? ¿Hablaba en serio? Tras un largo intervalo, me instó otra vez a recordar. Sentí que era inútil tratar de acabar con su juego; sólo me quedaba jugar con él.

-¿Habla usted de un halcón que yo he cazado? -pregunté.

-Sí -murmuró con los ojos cerrados.

-De modo que, ¿esto pasó cuando yo era niño?

-Sí.

-Pero usted dijo que está viendo ahora un halcón frente a usted.

-Lo veo.

-¿Qué trata usted de hacerme?

-Trato de hacerte recordar.

-¿Qué cosa? ¡Por amor de Dios!

-Un halcón rápido como la luz -dijo mirándome a los ojos.

Sentí que mi corazón se detenía.

-Ahora mírame -dijo.

Pero no lo hice. Percibía su voz como un sonido leve. Cierto recuerdo colosal se había posesionado de mí. ¡El halcón blanco!

Todo empezó con el estallido de ira que tuvo mi abuelo al contar sus pollos Leghorn. Habían estado desapareciendo en forma continua y desconcertante. Él organizó y ejecutó personalmente una meticulosa vigilia, y tras días de observación constante vimos finalmente una gran ave blanca que se alejaba volan­do con un pollo en las garras. El ave era rauda y al parecer conocía su ruta. Descendió desde el cobijo de unos árboles, aferró el pollo y voló por una aber­tura entre dos ramas. Ocurrió tan rápido que mi abuelo casi ni vio al ave, pero yo sí, y supe que era en verdad un halcón. Mi abuelo dijo que, en ese caso, debía ser un albino.

Iniciamos una campaña contra el halcón albino y dos veces creí tenerlo cazado. Incluso dejó caer la presa, pero escapó. Era demasiado veloz para mí. También era muy inteligente; nunca regresó a aso­lar la granja de mi abuelo.

Yo habría olvidado el asunto si el abuelo no me hubiese aguijoneado a cazar el ave. Durante dos meses perseguí al halcón albino por todo el valle donde vivíamos. Aprendí sus hábitos y casi me era posible intuir su ruta de vuelo, pero su velocidad y lo brusco de sus apariciones siempre me desconcertaban. Po­día yo alardear de haberle impedido cobrar su presa, quizá todas las veces que nos encontramos, pero nun­ca logré echarlo en mi morral.

En los dos meses en que libré la extraña guerra contra el halcón albino, sólo una vez estuve cerca de él. Había estado cazándolo todo el día y me hallaba cansado. Me senté a reposar y me quedé dormido bajo un eucalipto. El grito súbito de un halcón me despertó. Abrí los ojos sin hacer ningún otro movi­miento, y vi un ave blancuzca encaramada en las ra­mas más altas del eucalipto. Era el halcón albino. La caza había terminado. Iba a ser un tiro difícil; yo estaba acostado y el ave me daba la espalda. Hubo una repentina racha de viento y la aproveché para ahogar el sonido de alzar mi rifle 22 largo para apun­tar. Quería esperar que el halcón se volviera o em­pezara a volar, para no fallarle. Pero el ave perma­neció inmóvil. Para mejor dispararle, habría tenido que moverme, y era demasiado rápida para ello. Pen­sé que mi mejor alternativa era aguardar. Y eso hice durante un tiempo largo, interminable. Acaso me afectó la prolongada espera, o quizá fue la soledad del sitio donde el halcón y yo nos hallábamos; de pronto sentí un escalofrío ascender por mi espina y, en una acción sin precedente, me puse en pie y me fui. Ni siquiera vi si el halcón había volado.

Jamás atribuí ningún significado a mi acto final con el halcón albino. Pero fue muy raro que no le disparara. Yo había matado antes docenas de halco­nes. En la granja donde crecí, matar aves o cazar cualquier tipo de animal era cosa común y corriente.

Don Juan escuchó atentamente mientras yo narra­ba la historia del halcón albino.

-¿Cómo supo usted del halcón blanco? -pregun­té al terminar.<

-Lo vi -repuso.

-¿Dónde?

Aquí mismo, frente a ti.

Ya no me quedaban ánimos para discutir.

-¿Qué significa todo esto? -pregunté.

Él dijo que un ave blanca como ésa era un augu­rio, y que no dispararle era lo único correcto que podía hacerse.

-Tu muerte te dio una pequeña advertencia -dijo con tono misterioso-. Siempre llega como es­calofrío.

-¿De qué habla usted? -dije con nerviosismo.

En verdad me había puesto nervioso con sus pala­bras fantasmagóricas.

-Conoces mucho de aves -dijo-. Has matado demasiadas. Sabes esperar. Has esperado paciente­mente horas enteras. Lo sé. Lo estoy viendo.

Sus palabras me produjeron gran turbación. Pensé que lo más molesto en él era su certeza. No sopor­taba yo su seguridad dogmática con respecto a elementos de mi vida de los que ni yo mismo estaba seguro. Inmerso en mis sentimientos de depresión, no lo vi inclinarse sobre mí hasta que me susurró algo al oído. No entendí al principio, y él lo repitió. Me dijo que volviera la cabeza como al descuido y mi­rara un peñasco a mi izquierda. Dijo que mi muerte estaba allí, mirándome, y que si me volvía cuando él me hiciera una seña, tal vez fuese capaz de verla.

Me hizo una seña con los ojos. Volví la cara y me pareció ver un movimiento parpadeante sobre el pe­ñasco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, los múscu­los de mi abdomen se contrajeron involuntariamente y experimenté una sacudida, un espasmo. Tras un momento recobré la compostura y expliqué la som­bra fugaz que había visto como una ilusión óptica causada por volver la cabeza tan repentinamente.

-La muerte es nuestra eterna compañera -dijo don Juan con un aire sumamente serioo-. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo es­tará hasta el día en que te toque.

Extendió el brazo y me tocó levemente en el hombro, y al mismo tiempo produjo con la lengua un so­nido profundo, chasqueante. El efecto fue devasta­dor; casi volví el estómago.

-Tú eres el muchacho que acechaba su caza y es­peraba pacientemente, como la muerte espera; sabes muy bien que la muerte está a nuestra izquierda, igual que tú estabas a la izquierda del halcón blanco.

Sus palabras tuvieron la extraña facultad de pro­vocarme un terror injustificado; la única defensa era mi compulsión de poner por escrito todo cuanto él decía.

¿Cómo puede uno darse tanta importancia sa­biendo que la muerte nos está acechando? -preguntó.

Sentí que mi respuesta no era en realidad necesa­ria. De cualquier modo, no habría podido decir na­da. Un nuevo estado de ánimo se había posesionado de mí.

-Cuando estés impaciente -prosiguió-, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí vi­gilándote.

Volvió a inclinarse y me susurró al oído que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal, podría ver nuevamente a mi muerte en el peñasco.

Sus ojos me hicieron una seña casi imperceptible, pero no me atreví a mirar.

Le dije que le creía y que no era necesario llevar más lejos el asunto, porque me hallaba aterrado. Él soltó una de sus rugientes carcajadas.

Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría desazón y miedo.

-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está sa­liendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada im­porta en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”

-Meneó la cabeza y pareció aguardar mi respuesta. Yo no tenía ninguna. Mis pensamientos corrían de­senfrenados. Don Juan había asestado un tremendo golpe a mi egoísmo. La mezquindad de molestarme con él era monstruosa a la luz de mi muerte.

Tuve el sentimiento de que se hallaba plenamente consciente de mi cambio de humor. Había vuelto las tablas a su favor. Sonrió y empezó a tararear una canción ranchera.

-Sí -dijo con suavidad, tras una larga pausa-. Uno de los dos aquí tiene que cambiar, y aprisa. Uno de nosotros tiene que aprender de nuevo que la muerte es el cazador, y que siempre está a la izquierda. Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar.

Permanecimos en silencio más de una hora; luego echamos a andar nuevamente. Caminamos sin rum­bo, durante horas, por el chaparral. No le pregunté si eso tenía algún propósito; no importaba. De algu­na manera, me había hecho recobrar un viejo sentimiento, olvidado por completo: el puro gozo de mo­verse, simplemente, sin añadir a eso ningún propósi­to intelectual.

Quise que me permitiera echar otro vistazo a lo que yo había percibido sobre la roca.

-Déjeme ver esa sombra otra vez -dije.

-Te refieres a tu muerte, ¿no? -replicó con un toque de ironía en la voz.

Durante un momento sentí renuencia de decirlo.

-Sí -dije por fin-. Déjeme ver otra vez a mi muerte.

-Ahora no -respondió-. Eres demasiado sólido.

-¿Perdón?

Echó a reír, y por alguna razón desconocida su risa ya no era ofensiva e insidiosa, como anteriormente. No pensé que fuera distinta, desde el punto de vista de su timbre, su volumen, o el espíritu que la anima­ba; el nuevo elemento era mi propio humor. En vis­ta de mi muerte inminente, los miedos y la irritación eran tonterías.

-Entonces déjame hablar con las plantas -dije.

Rió a más no poder.

-Ahora eres demasiado bueno -dijo, aún entre risas-. Te vas de un extremo al otro. Apacíguate. No hay necesidad de hablar con las plantas a menos que quieras conocer sus secretos, y para eso necesitas el más recio de los empeños. Conque guárdate tus buenos deseos. Tampoco hay necesidad de ver a tu muerte. Basta con que sientas su presencia cerca de ti.


V. HACERSE RESPONSABLE

 

Martes, abril 11, 1961

 

Llegué a casa de don Juan temprano en la mañana del domingo 9 de abril.

-Buenos días, don Juan -dije-. ¡Qué gusto me da verlo!

ÉL me miró y echó a reír suavemente. Se había acercado a mi coche cuando yo lo estacionaba, y man­tuvo la puerta abierta mientras yo reunía unos paquetes de comida que le llevaba.

Caminamos hasta la casa y nos sentamos junto a la puerta.

Ésta era la primera vez que yo tenía verdadera conciencia de lo que hacía allí. Durante tres meses había aguardado con impaciencia el retorno al "cam­po". Fue como si una bomba de tiempo puesta den­tro de mí hubiera estallado, y de pronto recordé algo que me era trascendente. Recordé que una vez en mi vida había sido muy paciente y eficaz.

Antes de que don Juan pudiese decir algo, le hice la pregunta que pesaba sobre mi mente. Llevaba tres meses obsesionado por la imagen del halcón albino. ¿Cómo supo él de eso, cuando yo mismo lo había olvidado?

Rió sin responder. imploré que me contestara.

-No fue nada -dijo con su convicción de costumbre-. Cualquiera puede darse cuenta de que eres extraño. Estás adormilado, eso es todo.

Sentí que nuevamente estaba minando mis defensas y empujándome a un rincón donde yo no tenía de­seos de hallarme.

-¿Es posible ver nuestra muerte? -pregunté, en un intento por seguir dentroo del tema.

-Claro -dijo riendo-. Está aquí con nosotros.

-¿Cómo lo sabe usted?

-Soy viejo; con la edad uno aprende toda clase de cosas.

-Yo conozco mucha gente vieja, pero jamás ha aprendido esto. ¿Por qué usted sí?

-Bueno, digamos que conozco toda clase de cosas porque no tengo historia personal, y porque no me siento más importante que ninguna otra cosa, y por­que mi muerte está sentada aquí conmigo.

Extendió el brazo izquierdo y movió los dedos como si en verdad acariciara algo.

Reí. Supe a dónde me llevaba. El viejo endemo­niado iba a apalearme de nuevo, probablemente con lo de mi importancia, pero esta vez no me molestaba. El recuerdo de haber tenido otrora una paciencia magnifica me llenaba de una extraña euforia tranqui­la que disipaba casi por entero mi nerviosismo y mi intolerancia hacia don Juan; lo que sentía en vez de eso era una cierta maravilla por sus actos.

-¿Quién es usted en realidad? -pregunté.

Pareció sorprenderse. Abrió desmesuradamente los ojos y parpadeó como un ave, bajando los párpa­dos como un obturador. Bajaron y subieron de nue­vo y los ojos conservaron su enfoque. La maniobra me sobresaltó; me eché hacia atrás, y él rió con abandono infantil.

-Para ti soy Juan Matus, y estoy a tus órdenes -dijo con exagerada cortesía.

Formulé entonces mi otra pregunta candente:

-¿Qué me hizo usted el primer día que nos vimos?

Me refería a la forma en que me miró.

-¿Yo? Nada -repuso en tono de inocencia.

Le describí cómo me había sentido cuando él me miró, y lo incongruente que para mí resultó el que eso me dejara mudo.

Rió hasta que las lágrimas rodaron por sus meji­llas. Volví a sentir un brote de animosidad hacia él. Pensé que, mientras yo era tan serio y considera­do, él se porta muy “indio” con sus modales bastos.

Pareció darse cuenta de mi estado de ánimo y dejó de reír de un momento a otro.

Tras un largo titubeo le dije que su risa me había molestado porque yo trataba seriamente de entender qué cosa me ocurrió.

-No hay nada que entender -repuso, impasible.

Le repasé la secuencia de hechos insólitos que ha­bían tenido lugar desde que lo conocí, empezando con la mirada misteriosa que me había dirigido, has­ta el recuerdo del halcón albino y el percibir en el peñasco la sombra que según él era mi muerte.

-¿Por qué me hace usted todo esto? -pregunté.

No había beligerancia en mi interrogación. Sólo tenía curiosidad de saber por qué me lo hacía a mí en particular.

-Tú me pediste que te enseñara lo que sé de las plantas -dijo.

Noté en su voz un matiz de sarcasmo. Sonaba como si estuviera siguiéndome la corriente.

-Pero lo que me ha dicho hasta ahora no tiene nada que ver con plantas -protesté.

Su respuesta fue que aprender sobre ellas tomaba tiempo.

Sentí que era inútil discutir con él. Tomé con­ciencia entonces de la idiotez total de los propósitos fáciles y absurdos que me había hecho. En mi casa. me prometí nunca más perder los estribos ni irri­tarme con don Juan. Pero ya en la situación real, ape­nas me sentí desairado tuve otro ataque de malhu­mor. Sentía que no había manera de interactuar con él y eso me llenaba de risa.

-Piensa ahora en tu muerte -dijo don Juan de pronto-. Está al alcance de tu brazo. Puede tocar­te en cualquier momento, así que de veras no tienes tiempo para pensamientos y humores de cagada. Nin­guno de nosotros tiene tiempo para eso.

"¿Quieres saber qué te hice el día que nos conoci­mos? Te vi, y vi que tú creías que estabas mintien­do. Pero no lo estabas, en realidad."

Le dije que esta explicación me confundía más aún. Repuso que ése era el motivo de que no quisiera explicar sus actos, y que las explicaciones no eran necesarias. Dijo que lo único que contaba era la acción, actuar en vez de hablar.

Sacó un petate y se acostó, apoyando la cabeza en un bulto. Se puso cómodo y luego me dijo que ha­bía otra cosa que yo debía realizar si verdaderamente quería aprender de plantas.

-Lo que andaba mal contigo cuando te vi, y lo que anda mal contigo ahora, es que no te gusta aceptar la responsabilidad de lo que haces -dijo despa­cio, como para darme tiempo de entender sus pala­bras-. Cuando me estabas diciendo todas esas cosas en la terminal, sabías muy bien que eran mentiras. ¿Por qué mentías?

Expliqué que mi objetivo había sido hallar un "informante clave" para mi trabajo.

Don Juan sonrió y empezó a tararear una tonada.

-Cuando un hombre decide hacer algo, debe ir hasta él fin -dijo-, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ellas.

Me examinó. No supe qué decir. Finalmente aven­turé una opinión, casi una protesta.

-¡Eso es una imposibilidad! -dije.

Me preguntó por qué y dije que acaso, idealmente, eso era lo que todos pensaban que debían hacer. En la práctica, sin embargo, no había manera de evitar la duda y el remordimiento.

Claro que hay manera -repuso con convicción.

-Mírame a mí -dijo-. Yo no tengo duda ni re­mordimiento. Todo cuanto hago es mi decisión y mi responsabilidad. La cosa. más simple que haga, llevarte a caminar en el desierto, por ejemplo, puede muy bien significar mi muerte. La muerte me acecha. Por eso, no tengo lugar para dudas ni remordimien­tos. Si tengo que morir como resultado de sacarte a caminar, entonces debo morir.

"Tú, en cambio, te sientes inmortal, y las decisio­nes de un inmortal pueden cancelarse o lamentarse o dudarse. En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos ni dudas, amigo mío. Sólo hay tiempo para decisiones."

-Argumenté, de buena fe, que en mi opinión ése era un mundo irreal, pues se construía arbitraria­mente, tomando una forma idealizada de conducta y diciendo que ésa era la manera de proceder.

Le narré la historia de mi padre, que solía lanzarme interminables sermones sobre las maravillas de mente sana en cuerpo sano, y cómo los jóvenes de­bían templar sus cuerpos con penalidades y con ha­zañas de competencia atlética. Era un hombre joven: cuando yo tenía ocho años él andaba apenas en los veintisiete. Por regla general, durante el verano, lle­gaba de la ciudad, donde daba clases en una escuela, a pasar por lo menos un mes conmigo en la granja de mis abuelos, donde yo vivía. Era para mí un mes infernal. Conté a don Juan un ejemplo de la con­ducta de mi padre, el cual me pareció aplicable a la situación inmediata.

Casi inmediatamente después de llegar a la granja, mi padre insistía en dar un largo paseo conmigo, para que pudiéramos hablar, y mientras hablábamos hacía planes para que fuésemos a nadar todos los días a las seis de la mañana. En la noche, ponía el despertador a las cinco y medía para tener tiempo suficiente, pues a las seis en punto debíamos estar en el agua. Y cuando el reloj sonaba en la mañana, él saltaba del lecho, se ponía los anteojos, iba a la ventana y se asomaba.

Yo incluso había memorizado el monólogo subsi­guiente.

-Hum... Un poco nublado hoy. Mira, voy a acostarme otros cinco minutos, ¿eh? ¡No más de cinco! Sólo voy a estirar los músculos y a despertar del todo.

Invariablemente se quedaba dormido hasta las diez, a veces hasta mediodía.

Dije a don Juan que lo que me molestaba era su ne­gación a abandonar sus resoluciones obviamente falsas. Repetía este ritual cada mañana, hasta que yo final­mente hería sus sentimientos rehusándome a poner el despertador.

-No eran resoluciones falsas -dijo don Juan, evi­dentemente tomando partido por mi padre-. Nada más no sabía cómo levantarse de la cama, eso era todo.

-En cualquier caso -dije-, siempre recelo de las resoluciones irreales.

-¿Cuál sería entonces una resolución real? -pre­guntó don Juan con leve sonrisa.

-Si mi padre se hubiera dicho que no podía ir a nadar a las seis de la mañana, sino tal vez a las tres de la tarde.

-Tus resoluciones dañan el espíritu -dijo don Juan con aire de gran seriedad.<

Me pareció incluso percibir, en su tono, una nota de tristeza. Estuvimos callados largo tiempo. Mi in­quina se había desvanecido. Pensé en mi padre.

-No quería nadar a las tres de la tarde. ¿No ves? -dijo don Juan.

Sus palabras me hicieron saltar.

Le dije que mi padre era débil, y lo mismo su mun­do de actos ideales jamás ejecutados. Hablé casi a gritos.

Don Juan no dijo una sola palabra. Sacudió la ca­beza lentamente, en forma rítmica. Me sentí terriblemente triste. El pensar en mi padre siempre me afligía.

-Piensas que tú eras más fuerte, ¿verdad? -pre­guntó él en tono casual.

Le dije que sí, y empecé a narrarle toda la turbu­lencia emotiva que mi padre me hizo atravesar, pero él me interrumpió.

¿Era malo contigo? -preguntó.

-No.

-¿Era mezquino -contigo?

-No.

-¿Hacía por ti todo lo que podía?

-Si.

-¿Entonces qué tenía de malo?

De nuevo empecé a gritar que era débil, pero me contuve y bajé la voz. Me sentía un poco ridículo ante el interrogatorio de don Juan.

-¿Para qué hace usted todo esto? -dije-. Se su­pone que deberíamos estar hablando de plantas.

Me sentía más molesto y deprimido que nunca. Le dije que él no tenía motivo alguno, ni la más mínima capacidad, para juzgar mi conducta, y estalló en una carcajada.

-Cuando te enojas siempre te crees en lo justo, ¿verdad? -dijo, y parpadeó como ave.

Estaba en lo cierto. Yo tenía la tendencia a sen­tirme justificado por mi enojo.

-No hablemos de mi padre -dije-, fingiendo buen humor-. Hablemos de plantas.

-No, hablemos de tu padre -insistió él-. Ése es el sitio donde hay que comenzar hoy. Si piensas que eras mucho más fuerte que él, ¿por qué no ibas a nadar a las seis de la mañana en lugar suyo?

 Le dije que no podía creer que me estuviera preguntando eso en serio. Siempre había pensado que nadar a las seis de la mañana era asunto de mi padre, no mío.

-También era asunto tuyo desde el momento en que aceptaste su idea -dijo don Juan con brusquedad.

Repuse que nunca la había aceptado, que siempre había sabido que mi padre no era veraz consigo mismo. Don Juan me preguntó, como si tal cosa, por qué no había yo expresado entonces mis opiniones.

-Uno no le dice esas cosas a su padre -dije, en débil explicación.

-¿Por qué no?

-Eso no se hacía en mi casa, es todo.

-Tú has hecho cosas peores en tu casa -declaró como un juez desde el tribunal-. Lo único que nun­ca hiciste fue lustrar tu espíritu.

Sus palabras, llenas de fuerza devastadora, resonaron en mi mente. Derribó todas mis defensas. No podía yo discutir con él. Tomé refugio en la escritura de mis notas.

Intenté una última explicación desvaída y dije que toda mi vida había encontrado gente como mi padre, que al igual que él me habían metido de algún modo en sus maquinaciones, y por lo general me dejaron colgado.

-Lamentos -dijo él con suavidad-. Te has lamentado toda tu vida porque nunca te haces responsable de tus decisiones, si te hubieras hecho responsable de la idea que tu padre tenía que nadar a las seis de la mañana, habrías nadado tú solo en caso necesario, o lo hubieras mandado a callar la primera vez que abrió la boca cuando ya conocías sus mañas. Pero no dijiste nada. Por tanto, eras tan débil como tu padre.

"Hacernos responsables de nuestras decisiones sig­nifica estar dispuestos a morir por ellas."

-¡Espere, espere -dije-. Está usted enredando todo.

No me dejó terminar. Yo iba a decirle que sólo había usado a mi padre como ejemplo de una forma irreal de actuar, y que nadie en su sano juicio esta­ría dispuesto a morir por una cosa tan idiota.

-No importa cuál sea la decisión -dijo él-. Na­da podría ser más ni menos serio que ninguna otra cosa. ¿No ves? En un mundo donde la muerte es el cazador no hay decisiones grandes ni pequeñas. Sólo hay decisiones que hacemos a la vista de nuestra muerte inevitable.

No pude decir nada. Transcurrió quizás una hora. Don Juan se hallaba perfectamente inmóvil sobre su petate, aunque no dormía.

-¿Por qué me dice usted todo esto, don Juan? -pregunté-. ¿Por qué me hace esto?

-Tú viniste conmigo -dijo él-. No, no fue ése el caso: te trajeron conmigo. Y yo tengo un gesto contigo.

-¿Cómo dice usted?

-Tú habrías podido tener un gesto con tu padre nadando en su lugar, pero no lo hiciste, a lo mejor porque eras demasiado joven. Yo he vivido más que tú. No tengo nada pendiente. No hay ninguna pri­sa en mi vida, por eso puedo tener contigo un gesto como es debido.

 En la tarde salimos de excursión. Mantuve con faci­lidad su paso y me maravillé nuevamente de su estu­penda condición física. Caminaba con tanta agilidad, y con pisada tan firme, que junto a él yo era como un niño. Fuimos más o menos hacia el este. Noté que no le gustaba hablar mientras caminábamos. Si yo le decía algo, se detenía para responderme

Tras un par de horas llegamos a un monte; tomó asiento y me hizo seña de sentarme a su lado. En tono de dramatismo paródico, anunció que iba a contarme un cuento.

Dijo que había una vez un joven, un indio deshe­redado que vivía entre los blancos, en una ciudad. No tenía casa, ni parientes, ni amigos. Había llega­do a la ciudad en busca de fortuna y sólo encontró miseria y dolor. De vez en cuando ganaba algunos centavos trabajando como mula: apenas lo bastante para un bocado; de lo contrario tenía que mendigar o robar comida.

Don Juan dijo que cierto día el joven fue al mer­cado. Caminó ofuscado de un lado a otro de la calle, con los ojos locos de ver todas las cosas buenas allí reunidas. Sufría tal frenesí que no veía por dónde caminaba, y terminó tropezando con unas canastas y cayendo encima de un anciano.

El viejo llevaba cuatro enormes guajes y acababa de sentarse a comer y descansar. Don Juan sonrió con aire sapiente y dijo que al anciano le pareció muy raro que el joven hubiese tropezado con él. No se enojó por la molestia; lo asombraba el porqué es­te joven en particular le había caído encima. El jo­ven, en cambio, estaba enojado y le dijo que se qui­tara del paso. Para nada le preocupaba la razón recóndita del encuentro. No había advertido que los caminos de arribos se habían cruzado.

Don Juan imitó los movimientos de quien persi­gue un objeto que rueda. Dijo que los guajes del anciano cayeron y rodaban calle abajo. Al verlos, el joven pensó haber hallado su comida para ese día.

Ayudó al viejo a levantarse e insistió en ayudarlo a cargar los pesados guajes. El viejo le dijo que iba camino a su casa en las montañas, y el joven insistió en acompañarlo, por lo menos parte del camino.

El viejo tomó el camino a las montañas, y mien­tras caminaban dio al joven parte de la comida que había comprado en el mercado. El joven comió hasta llenarse y, ya satisfecho, empezó a notar cuánto pe­saban los guajes y los aferró con fuerza.

Don Juan abrió los ojos y sonrió diabólicamente al decir que el joven preguntó: "¿Qué lleva usted en estos guajes?" El anciano, en vez de responder, le dijo que iba a mostrarle un compañero que podía aliviar sus penas y darle consejo y sabiduría en los caminos del mundo.

Don Juan hizo un gesto majestuoso con ambas ma­nos y dijo que el anciano hizo venir al venado más hermoso que el joven había visto en su vida. El ve­nado era tan manso que se acercó a él y caminó en torno suyo. Resplandecía y brillaba. El joven, cauti­vado, supo en el acto que se trataba de un "espíritu venado". El viejo le dijo que, si deseaba tener ese amigo y su sabiduría, lo único que debía hacer era soltar los guajes.

La sonrisa de don Juan expresó ambición; dijo que los deseos mezquinos del joven se avivaron al oír tal petición. Los ojos de don Juan se hicieron pequeños y diabólicos cuando prestó voz a la pre­gunta del joven: "¿Qué lleva usted en estos cuatro guajes enormes?"

El anciano, dijo don Juan, repuso serenamente que llevaba comida: pinole y agua. Don Juan dejó de narrar la historia y caminó en circulo un par de veces. Yo no supe qué estaba haciendo. Pero apa­rentemente era parte de la historia. El círculo pare­cía representar las deliberaciones del joven.

Don Juan dijo que, por supuesto, el joven no creyó una sola palabra. Calculó que si el viejo, quien obviamente era un brujo, se hallaba dispuesto a dar un "espíritu venado" a cambio de sus guajes, éstos debían estar llenos de un poder más allá de lo ima­ginable.

Don Juan contrajo nuevamente su rostro en una .sonrisa demoniaca y dijo que el joven declaró que deseaba quedarse con los guajes. Hubo una larga pausa que al parecer marcaba el final del cuento. Don Juan permaneció callado, pero me sentí seguro de que deseaba una pregunta mía, y la hice.

-¿Qué pasó con el joven?

-Se llevó los guajes -repuso él con una sonrisa de satisfacción.

Hubo otra larga pausa. Reí. Pensé que éste había sido un verdadero "cuento de indios".

Los ojos de don Juan brillaban; me sonreía. La circundaba un aire de inocencia. Empezó a reír en suaves estallidos y me preguntó:

-¿No quieres saber de los guajes?

-Claro que quiero saber. Creí que allí acababa el cuento.

-Oh no -dijo con una luz maliciosa en los ojos-. El joven tomó sus guajes y corrió a un sitio aparta­do y los abrió.

-¿Qué halló? -pregunté.

Don Juan me observó y tuve el sentimiento de que se hallaba al tanto de mi gimnasia mental. Me­neó la cabeza, riendo por lo bajo.

-Bueno -lo insté-. ¿Estaban vacíos los guajes?

-Sólo había pinole y agua adentro de los guajes -dijo él-. Y el joven, en un arranque de furia, los rompió contra las piedras.

Dije que su reacción era natural: cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo.

La respuesta de don Juan fue que el joven era un tonto que no sabía lo que andaba buscando. Igno­raba lo que era el "poder", de modo que no podía decir si lo había encontrado o no. No se hizo res­ponsable de su decisión, por ello lo enfureció su error. Esperaba ganar algo y en vez de ello no obtu­vo nada. Don Juan especuló que, si yo hubiera sido el joven y hubiese seguido mis inclinaciones, me ha­bría entregado a la furia y al remordimiento para, sin duda, pasar el resto de mi vida compadeciéndome por lo que había perdido.

Luego explicó la conducta del viejo. Astutamente, alimentó al joven para darle el "valor de un estóma­go lleno", de modo que el joven, al hallar sólo co­mida en los guajes, los rompió en un arrebato de ira.

-Si hubiera estado consciente de su decisión y se hubiera hecho responsable de ella -dijo don Juan-, se habría dado por bien satisfecho con la comida. Y a lo mejor hasta se hubiera dado cuenta de que esa comida también era poder.


VI. VOLVERSE CAZADOR

 

Viernes, junio 23, 1961

 

APENAS tomé asiento empecé a bombardear a don Juan con preguntas. Él no respondió y, con un ade­mán impaciente, me indicó guardar silencio. Parecía estar de humor grave.

-Estaba pensando que no has cambiado nada en el tiempo que llevas tratando de aprender los asun­tos de las plantas -dijo en tono acusador.<

Empezó a pasar revista, en alta voz, a todos los cambios de personalidad que me había recomendado emprender. Dije que había considerado muy seria­mente el asunto, y hallado que no me era posible cumplirlos porque cada uno era contrario a mi esen­cia. Replicó que considerar el asunto no era suficien­te, y que lo que me había dicho no era ningún chiste. Insistí en que, pese a lo poco que había he­cho. en lo referente a ajustar mi vida personal a sus ideas, yo quería realmente aprender los usos de las plantas.

Tras un silencio largo e incómodo, le pregunté con audacia:

-¿Me va usted a enseñar cómo usar el peyote, don Juan?

Dijo que mis intenciones por sí solas no eran sufi­cientes, y que conocer los asuntos del peyote -lo llamó "Mescalito" por vez primera- era cosa seria. Al parecer, no había nada más que decir.

pero, al anochecer, me puso una prueba; planteó un problema sin darme ninguna pista para su reso­lución: hallar un sitio benéfico en el área frente a su puerta, donde siempre nos sentábamos a hablar; un sitio donde supuestamente pudiera sentirme per­fectamente feliz y vigorizado. Durante el curso de la noche, mientras rodaba en el suelo tratando de ha­llar el "sitio", noté dos veces un cambio de colora­ción en el piso de tierra, uniformemente oscuro, del área designada.

El problema me agotó y me quedé dormido en uno de los lugares donde percibí el cambio de color. En la mañana, don Juan me despertó para anunciar que mi experiencia había tenido gran éxito. No sólo había hallado el sitio benéfico que buscaba, sino también su opuesto, un sitio enemigo o negativo, y los colores asociados con ambos.

 

Sábado, junio 24, 1961

 

Temprano en la mañana salimos al chaparral. Mien­tras caminábamos, don Juan me explicó que hallar un sitio "benéfico" o "enemigo" era una importante necesidad para un hombre en el desierto. Quise llevar la conversación hacia el tema del peyote, pero él rehusó, de plano, hablar de eso. Me advirtió que no debía haber mención del asunto, a menos que él mismo lo planteara.

Nos sentamos a descansar a la sombra de unos arbustos altos, en una zona de vegetación densa. El chaparral en torno no estaba aún enteramente seco: el día era caluroso y las moscas me acosaban de con­tinuo, pero no parecían molestar a don Juan. Me pregunté si él simplemente las ignoraba, pero luego advertí que no se posaban jamás en su rostro.

-A veces es necesario hallar aprisa un sitio bené­fico, a campo abierto -prosiguió don Juan-. O a lo mejor es necesario determinar aprisa si el sitio en que uno va a descansar es o no un mal sitio. Una vez, nos sentamos a descansar junto a un cerro y tú te pusiste muy enojado y molesto. Ese sitio era ene­migo tuyo. Un cuervito te lo advirtió, ¿recuerdas?

Recordé que él me había dicho, con énfasis, que evitase en lo futuro aquella zona. También recordé haberme enojado porque don Juan no me dejó reír.

-Creí que el cuervo que pasó volando en esa oca­sión era una señal para mí solo -dijo-. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que los cuervos fuesen también amigos tuyos.

-¿De qué habla usted?

-El cuervo era un augurio -prosiguió-. Si su­pieras cómo son los cuervos, le habrías huido a ese sitio como a la peste. Pero no siempre hay cuervos que den la advertencia, y tú debes aprender a ha­llar, por ti mismo, un sitio apropiado para acampar o descansar.

Tras una larga pausa, don Juan se volvió, de repente hacia mí y dijo que, para hallar el sitio apro­piado donde descansar, sólo tenía uno que cruzar los ojos. Me dirigió una mirada sapiente y, en tono confidencial, dijo que yo había hecho precisamente eso cuando rodaba en el pórtico de su casa, y que así pude hallar dos sitios y sus colores. Me hizo saber que mi hazaña lo impresionaba.

 -No sé en verdad qué cosa hice -dije.

-Cruzaste los ojos -repitió con énfasis-. Ésa es la técnica; eso debes haber hecho, aunque no te acuerdes.

Don Juan me describió la técnica, cuyo perfeccio­namiento llevaba años; consistía en forzar gradual­mente a los ojos a ver por separado la misma imagen. La carencia de conversión en la imagen involucraba una percepción doble del mundo; esta doble percep­ción, según don Juan, daba a uno oportunidad de evaluar cambios en el entorno, que los ojos eran por lo común incapaces de percibir.

Don Juan me animó a hacer la prueba. Me ase­guró que no dañaba la vista. Dijo que yo debía em­pezar lanzando miradas cortas, casi con el rabo del ojo. Señaló un gran arbusto y me puso el ejemplo. Tuve un sentimiento extraño al verlo dirigir mira­das increíblemente rápidas al arbusto. Sus ojos me recordaban los de un animal mañoso que no puede mirar de frente.

Caminamos cosa de una hora mientras yo trataba de no enfocar mi vista en nada. Luego don Juan me pidió empezar a separar las imágenes percibidas por cada uno de mis ojos. Después de otra hora, o algo así, me dio una jaqueca terrible y tuve que pa­rarme.

-¿Crees que podrías hallar, tú solo, un sitio apro­piado para que descansemos? -preguntó.

Yo no tenía idea de cuál era el criterio acerca de un "sitio apropiado". Me explicó pacientemente que mirar en vistazos cortos permitía a los ojos apresar visiones insólitas.

-¿Como qué? -pregunté.

 -No son visiones propiamente dichas -dijo él-. Son más bien sensaciones. Si miras un arbusto o un árbol o una piedra donde tal vez te gustaría descan­sar, tus ojos pueden darte a sentir si ése es o no el mejor sitio de reposo.

De nuevo lo insté a describir qué eran aquellas sensaciones, pero él no podía describirlas o bien, sen­cillamente, no quería. Dijo que yo debía practicar eligiendo un sitio, y él entonces me diría si mis ojos estaban trabajando o no.

En cierto momento percibí lo que me pareció un guijarro que reflejaba luz. No podía verlo si enfo­caba en él mis ojos, pero recorriendo el área con vistazos rápidos percibía una especie de resplandor leve. Señalé a don Juan el sitio. Se hallaba en me­dio de una zona llana, sin sombra, privada de ar­bustos densos. Don Juan rió a carcajadas y luego me preguntó por qué había elegido ese lugar específi­co. Expliqué que estaba viendo un resplandor.

-No me importa lo que veas -dijo-. Daría igual que estuvieras viendo un elefante. Lo impor­tante es qué cosa sientes.

Yo no sentía nada en absoluto. Él me lanzó una mirada misteriosa y dijo que habría querido ser cor­tés y sentarse a descansar allí conmigo, pero que iba a sentarse en otro sitio mientras yo probaba mi elec­ción.

Tomé asiento; él me observaba con curiosidad a diez o doce metros de distancia. Tras unos minutos empezó a reír fuerte. Por algún motivo su risa me ponía nervioso. Me irritaba sobremanera. Sentí que se burlaba de mí y eso me enojó. Empecé a poner en duda los motivos que me empujaban para estar allí. Había algo definitivamente erróneo en la ma­nera como toda mi empresa con don Juan iba des­arrollándose. Sentí ser un simple peón en sus garras.

De pronto don Juan me embistió, a toda velocidad, y tomándome del brazo me arrastró en peso tres o cua­tro metros. Me ayudó a incorporarme y se enjugó el sudor de la frente. Noté entonces que se había esforzado hasta el límite. Me palmeó la espalda y dijo que yo había elegido el sitio equivocado y que él tuvo que rescatarme a toda prisa, porque vio que el sitio estaba a punto de apoderarse de todos mis sentimientos. Reí. La imagen de don Juan embistiéndome era muy graciosa. Había corrido ver­daderamente como un joven. Sus pies se movían como si aferrara la suave tierra roja del desierto para cata­pultarse sobre mí. Yo lo había visto reír y luego, en cosa de segundos, me estaba jalando del brazo.

Tras un rato me instó a seguir buscando un sitio adecuado para descansar. Reanudamos el camino, pero no noté ni "sentí" nada. Quizá, de haberme hallado menos tenso, otro hubiera sido el caso. Pero había cesado mi enojo contra don Juan. Por fin, él señaló unas rocas y nos detuvimos.

-No te descorazones -dijo-. Lleva mucho tiem­po educar a los ojos como se debe.

No dije nada: No iba a descorazonarme por algo que no entendía en modo alguno. Sin embargo, debía admitir que ya en tres ocasiones, desde que comen­zaron mis visitas a don Juan, me había enojado mu­cho, y me había agitado casi hasta el punto de enfer­marme, hallándome sentado en sitios que él llamaba malos.

-El truco es sentir con los ojos -dijo-. Tu problema es el no saber qué sentir. Pero ya te vendrá, con la práctica.

-Quizá usted debería decirme, don Juan, qué es lo que debo sentir.

-Eso es imposible.

-¿Por qué?

-Nadie puede decirte lo que debes sentir. No es calor, ni luz, ni brillo, ni color. Es otra cosa.

-¿No puede usted describirla?

-No. Sólo puedo darte la técnica. Una vez que aprendas a separar las imágenes y veas dos de cada cosa, debes poner atención en el espacio entre las dos imágenes. Cualquier cambio digno de notarse ocurrirá allí, en ese espacio.

-¿Qué clase de cambios son?

-Eso no importa. El sentimiento que recibes es lo que cuenta. Cada hombre es distinto. Tú viste hoy un resplandor, pero eso no quería decir nada porque faltaba el sentimiento. No te puedo decir cómo sen­tirte. Eso debes aprenderlo tú solo.

Descansamos un rato en silencio. Don Juan se cu­brió la cara con el sombrero y permaneció inmóvil, como dormido. Yo me absorbí en escribir mis notas, hasta que un súbito movimiento suyo me sobresaltó. Se enderezó abruptamente y me encaró, ceñudo.

-Tienes facilidad para la cacería -dijo-. Y eso es lo que debes aprender: a cazar. Ya no vamos a hablar de plantas.

Infló las quijadas un instante; luego añadió con candidez:

-De todos modos creo que nunca habla­mos, ¿verdad?- y rió.

Pasamos el resto del día caminando en todas direc­ciones, mientras él me daba una explicación increíblemente detallada acerca de las serpientes de casca­bel. La forma en que anidan, la forma en que se desplazan, sus hábitos de temporada, sus caprichos de conducta. Luego procedió a corroborar cada uno de los puntos señalados y finalmente atrapó y mató una serpiente grande; le cortó la cabeza, la destripó, la despellejó y asó la carne. Sus movimientos tenían tal gracia y habilidad que ya el estar cerca de él era un placer. Yo lo había escuchado y observado, in­merso. Mi concentración era tan completa que el resto del mundo había desaparecido prácticamente para mí.

Comer la serpiente fue un duro retorno al mundo de los asuntos ordinarios. Sentí náusea al empezar a mascar un bocado de carne. El asco no tenía funda­mento, pues la carne era deliciosa, pero mi estómago parecía ser una unidad independiente. Apenas me fue posible pasarlo. Pensé que don Juan sufriría un ata­que cardiaco de tanto reírse.

Después nos sentamos a reposar a nuestras anchas a la sombra de unas rocas. Empecé a trabajar en mis notas, y lo copiosas que eran me hizo darme cuenta de que don Juan me había dado una cantidad asom­brosa de información sobre las serpientes de cascabel.

-Tu espíritu de cazador ha vuelto a ti -dijo él de pronto, con rostro grave-. Ahoora estás engan­chado.

-¿Cómo dijo?

Quise que detallara su afirmación de que me halla­ba enganchado, pero él sólo rió y la repitió.

-¿Cómo estoy enganchado? -insistí.

-Los cazadores siempre cazan -dijo-. Yo tam­bién soy cazador.

 -¿Quiere usted decir que caza para vivir?

-Cazo para poder vivir. Puedo vivir de la tierra, en cualquier parte.

Indicó con un ademán todo el derredor.

-Ser cazador significa, que uno conoce mucho -prosiguió-. Significa que uno puede ver el mundo en formas distintas. Para ser cazador, hay que estar en perfecto equilibrio con todo lo demás; de lo con­trario la caza sería una faena sin sentido. Por ejem­plo, hoy agarramos una culebrita. Tuve que pedirle disculpas por quitarle la vida tan de repente y tan definitivamente; hice lo que hice sabiendo que mi propia vida se cortará algún día en una forma muy semejante: repentina y definitiva. Así que, a fin de cuentas, nosotros y las culebras estamos parejos. Una de ellas nos alimentó hoy.

-Jamás concebí un equilibrio de ese tipo cuando cazaba -dije.

-Eso no es cierto. Tú no matabas animales por las puras. Tú y tu familia se comían la caza.

Sus afirmaciones tenían la convicción de alguien que hubiera estado allí presente. Por supuesto, tenía razón. Hubo épocas en las que yo proveía la carne de caza que completaba ocasionalmente la dieta fa­miliar.

-¿Cómo lo supo usted? -pregunté tras un mo­mento de titubeo.

-Hay ciertas cosas que sé, así nomás -dijo-. No puedo decirte cómo.<

Le conté que mis parientes, con mucha seriedad, llamaban "perdices" a todas las aves que yo cobraba.

Don Juan dijo que podía imaginárselos llamando "una perdiz chiquita" a un gorrión, y añadió una versión cómica de la manera como lo masticarían. Los extraordinarios movimientos de su quijada me hicieron sentir que en efecto estaba masticando un pájaro entero, con huesos y todo.

-De verdad creo que tienes buena mano para cazar -dijo, mirándome con fijeza-. Y nos estábamos yendo por donde no era. A lo mejor estarás dispuesto a cambiar tu forma de vida para volverte cazador.

Me recordó que, con sólo un poco de esfuerzo por mi parte, yo había descubierto que en el mundo ha­bía sitios buenos y malos para mí; añadió que también había hallado los colores específicos asociados con ellos.

-Eso significa que tienes facilidad para la caza -declaró-. No cualquiera hallaría sus sitios y sus colores al mismo tiempo.

Ser cazador sonaba bonito y romántico, pero me resultaba un absurdo porque a mí no me interesaba especialmente cazar.

-No tiene que interesarte ni que gustarte -repuso él a mi queja-. Tienes una inclinación natural. Creo que a los mejores cazadores nunca les gusta cazar; lo hacen bien, eso es todo.

Tuve el sentimiento de que don Juan, con su don de palabra, podía salir de cualquier atolladero; sin embargo, él afirmó que no le gustaba hablar.

-Es como lo que te dije de los cazadores. No es necesario que me guste hablar. Nada más tengo faci­lidad para ello y lo hago bien, eso es todo.

Su agilidad mental me hizo verdadera gracia.

-Los cazadores tienen que ser individuos excep­cionalmente agudos -prosiguió-. Un cazador deja muy pocas cosas al azar. He estado tratando mil maneras de convencerte de que debes aprender a vivir en forma distinta. Hasta ahora no he podido. No había nada de lo que pudieras agarrarte. Ahora es diferente. He hecho volver tu viejo espíritu de caza­dor; a lo mejor cambias a través de él.

Protesté: no quería hacerme cazador. Le recordé que al principio sólo había querido que me hablara de plantas medicinales, pero él me había hecho apar­tarme a tal grado de mi propósito original, que ya no me era posible recordar claramente si en verdad había querido aprender de plantas.

-Eso está bueno -dijo él-. Realmente muy bue­no. Si no tienes una imagen tan clara de lo que quie­res, tal vez te hagas más humilde.

"Vamos a ponerlo de otro modo. Para tus fines, no importa en realidad que aprendas de plantas o de cacería. Tú mismo me lo has dicho. Te interesa todo lo que cualquiera pueda decirte. ¿No es cierto?"

Yo le había dicho eso tratando de definir el terre­no de la antropología, y con el fin de reclutarlo como informante.

-Soy un cazador -dijo como si leyera mis pensa­mientos-. Dejo muy pocas cosas al azar. Quizá deba explicarte que aprendí a ser cazador. No siempre he vivido como vivo ahora. En cierto punto de mi vida tuve que cambiar. Ahora te estoy señalando el cami­no. Te estoy guiando. Sé lo que digo; alguien me en­señó todo esto. No lo inventé, ni lo aprendí por mí mismo.

-¿Quiere decir, don Juan, que tuvo un maestro?

-Digamos que alguien me enseñó a cazar como yo quiero enseñarte ahora -dijo rápidamente, y cambió el tema.

 -Creo que en otro tiempo la caza era una de las mayores acciones que un hombre podía ejecutar -di­jo-. Todos los cazadores eran hombres poderosos. De hecho, un cazador tenía que ser poderoso por prin­cipio de cuentas, para soportar los rigores de esa vida.

De pronto se me despertó la curiosidad. ¿Se refe­ría acaso a una época anterior a la Conquista? Empecé a interrogarlo.

-¿Cuándo fue la época de que usted habla?

-En otro tiempo.

-¿Cuándo? ¿Qué significa "en otro tiempo"?

-Significa en otro tiempo, o a lo mejor significa ahora, hoy. No tiene importancia. En un tiempo todo el mundo sabía que un cazador era el mejor de los hombres. Ahora no todos lo saben, pero sí un nú­mero suficiente de personas. Yo lo sé, algún día tú lo sabrás. ¿Ves lo que quiero decir?

-¿Tienen los indios yaquis las mismas ideas acerca de los cazadores? Eso es lo que quiero saber.

-No necesariamente.

-¿Y los indios pimas?

-No todos. Pero algunos.

Nombré varios grupos indígenas vecinos. Quería comprometerlo a la declaración de que la caza era una creencia y práctica compartida por algún pueblo determinado. Pero como evitó responderme directa­mente, cambié el tema.

-¿Por qué hace usted todo esto por mí, don Juan? -pregunté.

Se quitó el sombrero y se rasgó las sienes en fin­gido desconcierto.

-Tengo un gesto contigo -dijo suavemente-. Otras personas han tenido contigo un gesto similar; algún día tú mismo tendrás el mismo gesto con otros: Digamos que esta vez me toca a mí. Un día descubrí que, si quería ser un cazador digno de respetarme a mí mismo, tenía que cambiar mi forma de vivir. Me gustaba lamentarme y llorar mucho. Tenía buenas razones para sentirme víctima. Soy indio y a los in­dios los tratan como a perros. Nada podía yo hacer para remediarlo, de modo que sólo me quedaba mi dolor. Pero entonces mi buena suerte me salvó y al­guien me enseñó a cazar. Y me di cuenta de que la forma como vivía no valía la pena de vivirse... así que la cambié.

-Pero yo estoy contento con mi vida, don Juan. ¿Por qué tendría que cambiarla?

Empezó a cantar una canción ranchera, muy suave­mente, y luego tarareó la tonada. Su cabeza oscilaba hacia arriba y hacia abajo, siguiendo el ritmo.

-¿Crees que tú y yo somos iguales? -preguntó con voz nítida.

La pregunta me agarró desprevenido. Experimenté en los oídos un zumbido peculiar, como si don Juan hubiera gritado, cosa que no hizo; sin embargo, su voz tenía un sonido metálico que reverberó en mis oídos.

Me rasqué, con el meñique izquierdo, el interior de la oreja del mismo lado. Desde hacía algún tiem­po tenía comezón en las orejas, y había desarrollado una forma rítmica y nerviosa de frotarlas por dentro con el meñique de cualquier mano. El movimiento era, más exactamente, una sacudida de todo el brazo.

Don Juan observó mis movimientos con fascina­ción aparente.

 -Bueno... ¿somos iguales? -preguntó.

-Por supuesto que somos iguales -dije.

Naturalmente, condescendía. Le tenía mucho afec­to al anciano, aunque a veces no supiera qué hacer con él; sin embargo conservaba aún en el trasfondo de mi mente -sin que jamás fuera a darle voz- la creencia de que, siendo un estudiante universitario, un hombre del refinado mundo occidental, yo era su­perior a un indio.

-No -dijo él calmadamente-, no lo somos.

-Por supuesto que lo somos -protesté.

-No -dijo él con voz suave. No somos iguales. Yo soy un cazador y un guerrero, y tú eres un cabrón.

Quedé boquiabierto. No podía creer que don Juan hubiera dicho eso. Dejé caer mi cuaderno y lo miré atónito y luego, por supuesto, me enfurecí.

Él me miró con ojos serenos y apacibles. Esquivé su mirada. Y entonces empezó a hablar. Pronunciaba claramente las palabras. Fluían sin interrupción ni misericordia. Dijo que yo alcahueteaba para otros. Que no planeaba mis propias batallas, sino las ba­tallas de unos desconocidos. Que no me interesaba aprender de plantas ni de cacería ni de nada. Y que su mundo de actos, sentimientos, y decisiones precisas era infinitamente más efectivo que la torpe idiotez que yo llamaba "mi vida".

Cuando terminó, quedé mudo. Había hablado sin agresividad ni presunción, pero con tal fuerza, y a la vez tal sosiego, que yo ni siquiera estaba ya enojado.

Permanecimos en silencio. Me sentía apenado y no se me ocurría nada apropiado que decir. Esperé que él tomara la palabra. Transcurrieron las horas. Don Juan se inmovilizó gradualmente hasta que su cuerpo adquirió una rigidez extraña, casi atemorizante; su silueta se hizo difícil de discernir conforme la luz menguaba y finalmente, cuando todo estuvo negro a nuestro alrededor, pareció haberse disuelto en la ne­grura de las piedras. Su estado de inmovilidad era tan total que él parecía ya no existir.

Era medianoche cuando al fin me di cuenta de que don Juan podía quedarse inmóvil tal vez para siempre en ese desierto, en esas rocas, y que lo haría en caso necesario. Su mundo de actos, decisiones y sentimientos precisos era en verdad superior.

Toqué calladamente su brazo, y el llanto me inundó.


VII. SER INACCESIBLE

 

Jueves, junio 29, 1961

 

NUEVAMENTE don Juan, como había hecho a diario durante casi una semana, me tuvo cautivado con su conocimiento de detalles específicos sobre el compor­tamiento de la caza. Explicó, y luego corroboró, va­rias tácticas de cacería basadas en lo que llamaba "los caprichos de las perdices". A tal grado me abstraje en sus explicaciones que todo un día transcurrió sin que yo notara el paso del tiempo. Incluso se me ol­vidó almorzar. Don Juan hizo notar, bromeando, que perder una comida era en mí algo insólito.

Al finalizar el día habíamos capturado cinco per­dices en una trampa muy ingeniosa que él me enseñó a armar e instalar.

-Con dos nos alcanza -dijo, y soltó tres.

Luego me enseñó a asar perdices. Yo habría que­rido cortar unos arbustos y hacer una fosa para bar­bacoa como mi abuelo solía hacerla, forrada de ramas verdes y sellada con tierra, pero don Juan dijo que no había necesidad de dañar los arbustos, pues ya habíamos dañado a las perdices.

Cuando terminamos de comer, caminamos sin prisa alguna hacia un área rocosa. Tomamos asiento en una ladera de piedra arenisca y dije, en tono de chiste, que si él hubiera dejado el asunto en mis manos, yo habría cocinado a las cinco perdices, y que mi bar­bacoa hubiera sabido mucho mejor que su asado.

-Sin duda -dijo-. Pero si haces todo eso, tal vez nunca saldríamos enteros de este sitio.

-¿Qué quiere usted decir? -pregunté-. ¿Qué nos lo impediría?

-Los matorrales, las perdices, todo lo de aquí se juntaría.

-Nunca sé cuándo habla usted en serio -dije.

Hizo un gesto de impaciencia fingida y chasqueó los labios.

-Tienes una idea rara de lo que significa hablar en serio -dijo-. Yo río mucho porque me gusta reír, pero todo lo que digo es totalmente en serio, aunque no lo entiendas. ¿Por qué debería ser el mun­do sólo como tú crees que es? ¿Quién te dio la auto­ridad para decir eso?

-No hay prueba de que el mundo sea de otro modo -dije.

Oscurecía. Me pregunté si no sería hora de regresar a casa de don Juan, pero él no parecía tener prisa y yo me divertía.

El viento era frío. De súbito, don Juan se puso en pie y me dijo que debíamos trepar a la cima del cerro y pararnos en un espacio libre de arbustos.

-No tengas miedo -dijo-. Soy tu amigo y veré que nada malo te ocurra.

-¿A qué se refiere usted? -pregunté con alarma.

Don Juan tenía una insidiosa facilidad para ha­cerme pasar del contento puro al susto sin fin.

-El mundo es muy extraño a esta hora del día -dijo-. A eso me refiero. Veas lo que veas, no ten­gas miedo.

 -¿Qué cosa voy a ver?

-No sé todavía -dijo escudriñando la distancia hacia el sur.

No parecía preocupado. Yo también fijé la mirada en la misma dirección.

De pronto se irguió y, con la mano izquierda, se­ñaló una zona oscura en el matorral del desierto.

-Allí está -dijo, como si hubiera estado esperan­do algo que de repente había aparecido.

-¿Qué es? -pregunté.

-Allí está -repitió-. ¡Mira! ¡Mira!

Yo no veía nada, sólo los arbustos.

-Ahora está aquí -dijo con gran urgencia en la voz-. Está aquí.

Una repentina racha de viento me golpeó en ese instante e hizo arder mis ojos. Miré hacia la zona en cuestión. No había absolutamente nada fuera de lo común.

-No veo nada -dije.

-Acabas de sentirlo -repuso. Ahora mismo. Se te metió en los ojos y te impidió ver.

-¿De qué habla usted?

-A propósito te traje a la punta de un cerro -di­jo-. Aquí nos notamos mucho y algo se nos viene encima.

-¿Qué cosa? ¿El viento?

-No sólo el viento -dijo con severidad-. A ti te parece viento porque el viento es todo lo que conoces.

Esforcé los ojos mirando los arbustos. Don Juan estuvo un momento en silencio junto a mí y luego se adentró en el chaparral cercano y empezó a arran­car ramas grandes de los matorrales en torno; reunió ocho y formó un bulto. Me ordenó hacer lo mismo y pedir disculpas en voz alta a las plantas, por muti­larlas.

Cuando tuvimos dos bultos me hizo correr con ellos a la cima del cerro y acostarme bocabajo entre dos grandes rocas. Con tremenda rapidez acomodó las ra­mas de mi bulto para que me cubrieran todo el cuer­po; luego se cubrió en la misma forma y susurró, por entre las hojas, que observara yo cómo el supuesto viento dejaba de soplar una vez que nos volvíamos inconspicuos.

En cierto instante, para mi asombro total, el viento dejó realmente de soplar como don Juan había pre­dicho. Ocurrió de modo tan gradual que yo no hu­biera notado el cambio de no estar deliberadamente esperándolo. Durante un rato el viento silbó atrave­sando las hojas sobre mi cara y luego, poco a poco, todo quedó quieto en torno nuestro.

Susurré a don Juan que el viento había cesado y él respondió, también en un susurro, que no debía yo hacer ningún ruido o movimiento notorio, pues lo que llamaba el viento no era viento en absoluto, sino algo que tenía voluntad propia y era capaz de reconocernos.

Reí de nerviosismo.

En voz apagada, don Juan me llamó la atención con respecto a la quietud que nos rodeaba, y susurró que iba a ponerse en pie y yo debía seguirlo, apar­tando suavemente las ramas con la mano izquierda.

Nos incorporamos al mismo tiempo. Don Juan miró un momento la distancia hacia el sur y luego se volvió abruptamente para encarar el oeste.

-Traicionero. Muy traicionero -murmuró, seña­lando un área hacia el suroeste.

¡Mira! ¡Mira! -me instó.

Miré con toda la intensidad de que era capaz. Quería ver aquello a lo que él se refería, fuera lo que fuera, pero no advertí nada que no hubiera visto an­tes; había únicamente arbustos que parecían agitados por un viento suave: ondulaban.

-Aquí está -dijo don Juan.

En ese momento sentí una bocanada de aire en la cara. Al parecer, el viento había en verdad empezado a soplar después de que nos levantamos. Yo no po­día creerlo; tenía que haber una explicación lógica.

Don Juan soltó una risita suave y me dijo que no forzara mi cerebro buscando las razones.

-Vamos a juntar otra vez los arbustos -dijo-. No me gusta hacerles esto a las pllantitas, pero hay que pararte.

Recogió las ramas que habíamos usado para cubrir­nos y apiló piedras y tierra sobre ellas. Luego, repi­tiendo los movimientos que hicimos antes, cada uno de nosotros juntó otras ocho ramas. Mientras tanto, el viento soplaba sin cesar. Yo lo sentía encrespar el cabello en torno a mis oídos. Don Juan susurró que, una vez que me cubriese, yo no debía hacer el más leve sonido o movimiento. Con mucha rapidez puso las ramas sobre mi cuerpo, y luego se tendió y se cubrió a su vez.

Permanecimos en esa posición unos veinte minutos, y durante ese tiempo ocurrió un fenómeno extraordi­nario: el viento volvió a cambiar, de una racha dura y continua, a una vibración apacible.

Contuve el aliento, esperando la señal de don Juan. En un momento dado, apartó suavemente las ramas. Hice lo mismo y nos incorporamos. La cima del cerro estaba muy quieta. Sólo había una leve y suave vi­bración de hojas en el chaparral en torno.

Los ojos de don Juan se hallaban fijos en una zona de los matorrales al sur de nosotros.

-¡Allí está otra vez! -exclamó en voz recia.

Salté involuntariamente, casi perdiendo el equili­brio, y él me ordenó mirar, en tono fuerte e impe­rioso.

-¿Qué se supone que vea? -pregunté, desesperado.

Dijo que aquello, el viento o lo que fuese, era como una nube o un remolino que, bastante por encima del matorral, avanzaba dando vueltas hacia el cerro donde estábamos.

Vi un ondular formarse en los arbustos, a distancia.

-Ahí viene -me dijo don Juan al oído-. Mira cómo nos anda buscando.

En ese momento una racha de viento fuerte y cons­tante golpeó mi rostro, como anteriormente. Pero esta vez mi reacción fue distinta. Me aterré. No había visto lo descrito por don Juan, pero sí un extraño escarceo agitando los arbustos. No deseando sucum­bir al miedo, busqué deliberadamente cualquier tipo de explicación adecuada. Me dije que en la zona debía haber continuas corrientes de aire y don Juan, conocedor de toda la región, no sólo tenía conciencia de eso sino era capaz de calcular mentalmente su re­currencia. No tenía más que acostarse, contar y es­perar que el viento amainara; y una vez de pie sólo le era necesario esperar que empezase de nuevo.

La voz de don Juan me arrancó de mis delibera­ciones. Me decía que era hora de irse. Hice tiempo; quería quedarme para comprobar que el viento amai­naría.

 -Yo no vi nada, don Juan -dije.

-Pero notaste algo fuera de lo común.

-Quizá debería usted volver a decirme qué se su­ponía que viera.

-Ya te lo dije -repuso-. Algo que se esconde en el viento y parece un remolino, una nube, una niebla, una cara que da vueltas.

Don Juan hizo un gesto con las manos para des­cribir un movimiento horizontal y uno vertical.

-Se mueve en una dirección específica -prosi­guió-. Da tumbos o da vueltas. Un ccazador debe conocer todo eso para moverse en forma correcta.

Quise decir algo para seguirle la corriente, pero se veía tan concentrado en dejar claro el tema, que no me atreví. Me miró un momento y aparté los ojos.

-Creer que el mundo sólo es como tú piensas, es una estupidez -dijo-. El mundo es un sitio miste­rioso. Sobre todo en el crepúsculo.

Señaló hacia el viento con un movimiento de bar­billa.

-Esto puede seguirnos -dijo-. Puede fatigarnos, o hasta matarnos.

-¿Ese viento?

-A esta hora del día, en el crepúsculo, no hay viento. A esta hora sólo hay poder.

Estuvimos sentados en el cerro durante una hora. El viento sopló fuerte y constante todo ese tiempo.

 

Viernes, junio 30, 1961

 

AL declinar la tarde, después de comer, don Juan y yo nos instalamos en el espacio frente a su puerta. Tomé asiento en mi "sitio" y me puse a trabajar en mis notas. Él se acostó de espaldas, con las manos unidas sobre el estómago. Todo el día habíamos per­manecido cerca de la casa por razón del "viento". Don Juan explicó que habíamos molestado adrede al vien­to, y que lo mejor era no buscarle tres pies al gato. Incluso debería dormir cubierto de ramas.

Una racha repentina hizo a don Juan incorporarse en un salto increíblemente ágil.

-Me lleva la chingada -dijo-. El viento te anda buscando.

-No puedo aceptar eso, don Juan -dije, rien­do-. De veras no puedo.

No estaba terqueando; simplemente me resultaba imposible secundar la idea de que el viento tenía voluntad propia y andaba en mi busca, o de que realmente nos había localizado en la cima del cerro y se había lanzado contra nosotros. Dije que la idea de un "viento voluntarioso" era una visión del mundo bastante simplista.

-¿Entonces qué es el viento? -preguntó en tono de reto.

Con toda paciencia le expliqué que las masas de aire caliente y frío producen distintas presiones y que la presión hace a las masas de aire moverse en sentido vertical y horizontal. Me tomó un buen rato explicar todos los detalles de la meteorología básica.

-¿Quieres decir que el viento no es otra cosa que aire caliente y frío? -preguntó en tono desconcer­tado.

-Me temo que así es -dije, y en silencio gocé mi triunfo.

Don Juan parecía hallarse pasmado. Pero entonces me miró y soltó la risa.

 -Tus opiniones son definitivas -dijo con un ma­tiz de sarcasmo-. Son la última palabra, ¿no? Pues para un cazador, tus opiniones son pura mierda. No importa para nada que la presión sea uno o dos o diez; si vivieras aquí en el desierto sabrías que du­rante el crepúsculo el viento se transforma en poder. Un cazador digno de serlo, sabe eso y actúa de acuerdo.

-¿Cómo actúa?

-Usa el crepúsculo y ese poder oculto en el viento.

-¿Cómo?

-Si le conviene, el cazador se esconde del poder cubriéndose y quedándose quieto hasta que el cre­púsculo pasa y el poder lo tiene envuelto en su pro­tección.

Don Juan hizo gesto de envolver algo con las manos.

-Su protección es como un .....

Se detuvo en busca de una palabra, y sugerí "ca­pullo".

-Eso es -dijo-. La protección del poder te en­cierra como un capullo. Un cazador puede quedarse a campo raso sin que ningún puma o coyote o bicho pegajoso lo moleste. Un león de montaña puede acer­carse a la nariz del cazador y olfatearlo, y si el caza­dor no se mueve, el león se va. Te lo garantizo.

"En cambio, si el cazador quiere darse a notar, todo lo que tiene que hacer es pararse en la punta de un cerro a la hora del crepúsculo, y el poder lo acosará y lo buscará toda la noche. Por eso, si un cazador quiere viajar de noche, o quiere que lo tengan des­pierto, debe ponerse al alcance del viento.

"En eso consiste el secreto de los grandes cazadores. En ponerse al alcance, y fuera del alcance, en la vuelta justa del camino."

Me sentí algo confuso y le pedí recapitular. Con mucha paciencia, don Juan explicó que había utilizado el crepúsculo y el viento para indicar la crucial importancia de la interacción entre esconderse y mos­trarse.

-Debes aprender a ponerte adrede al alcance y fuera del alcance -dijo-. Como anda tu vida ahora, estás todo el tiempo al alcance sin saberlo.

Protesté. Sentía que mi vida se hacía cada vez más y más secreta. Él dijo que yo no lo había compren­dido, y que ponerse fuera del alcance no signifi­caba ocultarse ni guardar secretos, sino ser inacce­sible.

-Deja que te lo diga de otro modo -prosiguió, pa­cientemente-. No tiene casoo esconderte si todo el mun­do sabe que estás escondido.

"Tus problemas de ahora surgen de allí. Cuando estás escondido, todo el mundo sabe que estás escondido, y cuando no, te pones enmedio del camino para que cualquiera te dé un golpe."

Empezaba a sentirme amenazado, y apresurada­mente intenté defenderme.

-No des explicaciones -dijo don Juan con seque­dad-. No hay necesidad. Todos somos tontos, todi­tos, y tú no puedes ser diferente. En un tiempo de mi vida yo, igual que tú, me ponía enmedio del ca­mino una y otra vez, hasta que no quedaba nada de mí para ninguna cosa, excepto si acaso para llorar. Y eso hacía, igual que tú.

Don Juan me miró de pies a cabeza y suspiró fuerte.

 -Sólo que yo era más joven que tú -prosiguió-, pero un buen día me cansé y cambié. Digamos que un día, cuando me estaba haciendo cazador, aprendí el secreto de estar al alcance y fuera del alcance.

Le dije que no veía el objeto de sus palabras. Ver­daderamente no podía entender a qué se refería con lo de "ponerse al alcance" y "ponerse enmedio del camino".

-Debes ponerte fuera del alcance -explicó-. De­bes rescatarte de en medio ddel camino. Todo tu ser está allí, de modo que no tiene caso esconderte; sólo te figuras que estás escondido. Estar enmedio del ca­mino significa que todo el que pasa mira tus ires y venires.

Su metáfora era interesante, pero al mismo tiempo oscura.

-Habla usted en enigmas -dije.

Me miró con fijeza un largo momento y luego em­pezó a tararear una tonada. Enderecé la espalda y me puse alerta. Sabía que, cuando don Juan tarareaba una canción, estaba a punto de soltarme un golpe.

-Oye -dijo, sonriendo, y me escudriñó-. ¿Qué pasó con tu amiga la güera? Esa muchacha que tanto querías.

Debo haberlo mirado con cara de idiota. Rió con enorme deleite. Yo no sabía qué decir.

-Tú me contaste de ella -afirmó, tranquilizante.

Pero yo no recordaba haberle contado de nadie, mucho menos de una muchacha rubia.

-Nunca le he mencionado nada por el estilo -dije.

-Por supuesto que sí -dijo como dando por ter­minada la discusión.

Quise protestar, pero me detuvo diciendo que no importaba cómo supiera él de la chica: lo importante era que yo la había querido.

Sentí gestarse en mi interior una oleada de animo­sidad en contra de él.

-No te andes por las ramas -dijo don Juan se­camente-. Ésta es la ocasión en que debes olvidar tu idea de ser muy importante.

"Una vez tuviste una mujer, una mujer muy que­rida, y luego, un día, la perdiste."

Empecé a preguntarme si alguna vez le había ha­blado de ella. Concluí que nunca había habido oca­sión. Pero era posible. Cada vez que viajábamos en coche hablábamos sin cesar de todos los temas. Yo no recordaba cuanto habíamos dicho porque no podía tomar notas mientras manejaba. Me sentí algo tran­quilizado por mis conclusiones. Le dije que tenía ra­zón. Había habido una muchacha rubia muy impor­tante en mi vida.

-¿Por qué no está contigo? -preguntó.

-Se fue.

-¿Por qué?

-Hubo muchas razones.

-No tantas. Hubo sólo una. Te pusiste demasiado al alcance.

Anhelosamente, le pedí explicar sus palabras. De nuevo me había tocado en lo hondo. Consciente, al parecer, del efecto de su toque, frunció los labios para

ocultar una sonrisa maliciosa.

-Todo el mundo sabía lo de ustedes dos -dijo con firme convicción.

-¿Estaba mal eso?

-Totalmente mal. Ella era una magnífica persona.

Expresé el sincero sentimiento de que su pesquisa a oscuras me resultaba odiosa, y sobre todo el hecho de que siempre afirmaba las cosas con la seguridad de alguien que hubiera estado en la escena y lo hubiese visto todo.

-Pero es cierto -dijo con candor inatacable-. Lo he visto todo. Era una magnífica persona.

Supe que no tenía caso discutir, pero me hallaba enojado con él por tocar esa llaga abierta y dije que la muchacha en cuestión no era después de todo tan magnífica persona, que en mi opinión era bastante débil.

-Igual que tú -dijo calmadamente-. Pero eso no importa. Lo que cuenta es que la has buscado en todas partes; eso la hace una persona especial en tu mundo, y para una persona especial no hay que tener más que buenas palabras.

Me sentí avergonzado; una gran tristeza se cirnió sobre mí.

-¿Qué me está usted haciendo, don Juan? -pre­gunté-. Usted siempre logra entristeccerme. ¿Por qué?

-Ahora te entregas al sentimentalismo -dijo, acu­sador.

-¿Qué objeto tiene todo esto, don Juan?

-El objeto es ser inaccesible -declaró-. Te traje el recuerdo de esta persona sólo como un medio de enseñarte directamente lo que no pude enseñarte con el viento.

“La perdiste porque eras accesible; siempre estabas a su alcance y tu vida era de rutina.”

-¡No! -dije-. Se equivoca usted. Mi vida jamás fue una rutina.

-Fue y es una rutina -dijo en tono dogmático-. Es una rutina fuera de lo común y eso te da la impresión de que no es una rutina, pero yo te aseguro que lo es.

Quise deprimirme y perderme en la hosquedad, pero de algún modo sus ojos me inquietaban; pare­cían empujarme sin tregua hacia adelante.

-El arte de un cazador es volverse inaccesible -dijo-. En el caso de esa güera, quería decir que tenías que volverte cazador y verla lo menos posible. No como hiciste. Te quedaste con ella día tras día, hasta no dejar otro sentimiento que el fastidio. ¿Verdad?

No respondí. Sentí que no era necesario. Don Juan tenía razón.

Ser inaccesible significa tocar lo menos posible el mundo que te rodea. No comes cinco perdices; comes una. No dañas las plantas sólo por hacer una fosa para barbacoa. No te expones al poder del viento a menos que sea obligatorio. No usas ni exprimes a la gente hasta dejarla en nada, y menos a la gente que

amas.

Jamás he usado a nadie -dije sinceramente.

Pero don Juan mantuvo que sí, y quizá por eso pude declarar sin tapujos que la gente me cansaba y me aburría.

-Ponerse fuera del alcance significa que evitas, a propósito, agotarte a ti mismo y a los otros. -prosiguió él-. Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que siente que no volverá a comer y devora toda la comida que puede, ¡todas las cinco perdices!

Definitivamente, don Juan golpeaba debajo del cinturón. Reí y eso pareció complacerlo. Tocó leve­mente mi espalda.

 -Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, sin quererlo. Y una vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por desespe­ración; y una vez que te aferras, forzosamente te ago­tas o agotas a la cosa o la persona de la que estás agarrado.

Le dije que en mi vida cotidiana la inaccesibili­dad era inconcebible. Me refería a que, para funcio­nar, yo tenía que estar al alcance de todo el que tuviera algo que ver conmigo.

-Ya te dije que ser inaccesible no significa escon­derse ni andar con secretos -dijo él calmadamente-. Tampoco significa que no puedas tratar con la gente.

Un cazador usa su mundo lo menos posible y con ternura, sin importar que el mundo sean cosas o plantas, o animales, o personas o poder. Un cazador tiene trato íntimo con su mundo, y sin embargo es inaccesible para ese mismo mundo.

-Eso es una contradicción -dije-. No puede ser inaccesible si está allí en su mundo, hora tras hora, día tras día.

-No entendiste -dijo don Juan con paciencia-. Es inaccesible porque no exprime ni deforma su mun­do. Lo toca levemente, se queda cuanto necesita que­darse, y luego se aleja raudo, casi sin dejar señal alguna.


VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA

 

Domingo, julio 16, 1961

 

PASAMOS toda la mañana observando unos roedores que parecían ardillas gordas; don Juan las llamaba ratas de agua. Señaló que eran muy veloces para huir del peligro, pero después de haber dejado atrás a cual­quier atacante tenían el pésimo hábito de detenerse, o incluso trepar a una roca, para, erguidas sobre sus patas traseras, mirar en torno y acicalarse.

-Tienen muy buenos ojos -dijo don Juan-. Sólo debes moverte cuando vayan corriendo; por eso, debes aprender a predecir cuándo y dónde van a pararse, para que tú también te pares al mismo tiempo.

Me concentré en vigilarlas, y tuve lo que habría sido un día provechoso para cazadores, pues localicé muchas. Y finalmente, podía predecir sus movimien­tos casi sin fallar.

Luego, don Juan me mostró cómo hacer trampas para capturarlas. Explicó que un cazador debía to­marse tiempo para observar los sitios donde comían o anidaban, con el fin de determinar la colocación de las trampas; luego las instalaba durante la noche, y al día siguiente todo lo que tenía que hacer era asustar a los roedores para que éstos se dispersaran y cayesen en los artefactos.

 Reunimos algunas varas y nos pusimos a construir las trampas. Yo tenía la mía casi terminada y me preguntaba con excitación si funcionaría o no, cuan­do de pronto don Juan se detuvo y miró su muñeca izquierda, como consultando un reloj qué nunca ha­bía tenido, y dijo que era la hora del almuerzo. Yo tenía en las manos una vara larga y trataba de do­blarla en círculo para convertirla en aro. Automáti­camente la puse a un lado con el resto de mis arreos de caza.

Don Juan me miró con expresión de curiosidad. Luego hizo el sonido ululante de una sirena de fábri­ca a la hora del almuerzo. Reí. Su sonido de sirena era perfecto. Caminé hacia él y noté que me miraba con fijeza. Meneó la cabeza de lado a lado.

-Con una chingada -dijo.

-¿Qué pasa? -pregunté.

Volvió a hacer el ulular de un silbato de fábrica.

-Se acabó el almuerzo -dijo-. Regresa a tra­bajar.

Por un instante me sentí confundido, pero luego pensé que don Juan estaba bromeando, acaso porque en realidad no había nada con que preparar el al­muerzo. Me había concentrado en los roedores al grado de olvidar que no teníamos provisiones. Re­cogí nuevamente la vara y traté de doblarla. Tras un momento, don Juan hizo sonar otra vez su "si­rena".

-Hora de irse a la casa -dijo.

Examinó su reloj imaginario y luego me miró y guiñó el ojo.

-Son las cinco en punto -dijo con el aire de quien revela un secreto.

Pensé que de repente se había hartado de cazar y estaba desistiendo del asunto. Simplemente dejé todo y empecé a prepararme para irnos. No lo miré. Supuse que también preparaba sus cosas. Al acabar, alcé la cara y lo vi sentado a unos metros, con las piernas cruzadas.

-Ya acabé -dije-. Podemos irnos cuando sea.

Se levantó para trepar a una roca. Parado allí, a más de metro y medio sobre el suelo, me miró. Puso las manos a ambos lados de la boca y emitió un so­nido muy prolongado y penetrante. Era como una sirena de fábrica, amplificada. Girando, describió un círculo completo mientras producía el ulular.

-¿Qué hace usted, don Juan? -pregunté.

Dijo que estaba dando la señal para que todo el mundo se fuera a su casa. Yo me hallaba completa­mente desconcertado. No podía saber si don Juan bromeaba o si sencillamente había perdido la razón. Lo observé con atención y traté de relacionar lo que hacía con algo que hubiera dicho antes. Apenas si habíamos hablado en toda la mañana, y no pude re­cordar nada de importancia.

Don Juan seguía parado encima de la roca. Me miró, sonrió y guiñó de nuevo él ojo. De pronto me alarmé. Don Juan puso las manos a los lados de la boca y dejó oír otro largo sonido de silbato.

Dijo que eran las ocho de la mañana y que volvie­ra a disponer mis arreos, porque teníamos un día en­tero por delante.

Para entonces, me encontraba hundido en la con­fusión. En cuestión de minutos, mi temor se convir­tió en un deseo irresistible de salir corriendo. Pensé que don Juan estaba loco. Me disponía a huir cuan­do él se deslizó al suelo y vino a mí, sonriente.

 -Crees que estoy loco, ¿no? -preguntó.

Le dije que su inesperado comportamiento me es­taba sacando de mis casillas.

Respondió que estábamos a mano. No comprendí a qué se refería. Me preocupaba hondamente la idea de que sus acciones parecían totalmente insanas. Ex­plicó que con la pesadez de su conducta inesperada había tratado a propósito de sacarme de mis casillas, porque yo mismo lo estaba desquiciando con la pesa­dez de mi conducta esperada. Añadió que mis rutinas eran igual de locas como su ulular de silbato.

Sobresaltado, afirmé que en realidad no tenía nin­guna rutina. De hecho, dije, creía que mi vida era un lío a causa de mi carencia de rutinas saludables.

Don Juan rió y me hizo seña de sentarme junto a él. Toda la situación había vuelto a cambiar miste­riosamente. Mi miedo se desvaneció al empezar don Juan a hablar.

-¿Cuáles son mis rutinas? -pregunté.

-Todo cuanto haces es una rutina.

-¿No somos todos así?

-No todos. Yo no hago cosas por rutina.

-¿A qué viene todo esto, don Juan? ¿Qué cosa hice o dije para que usted actuara como actuó?

-Te estabas preocupando por el almuerzo.

-Yo no le dije nada; ¿cómo supo usted que me preocupaba por el almuerzo?

-Te preocupas por comer todos los días a eso de las doce, y a eso de las seis de la tarde, y a eso de las ocho de la mañana -dijo con una sonrisa maliciosa-. A esas horas te preocupas por comer, aunque no tengas hambre.

"Para mostrar tu espíritu de rutina, me bastó con tocar mi silbato. Tu espíritu está entrenado para tra­bajar con una señal."

Se me quedó viendo con una pregunta en los ojos. No pude defenderme.

-Ahora te dispones a convertir la caza en una ru­tina -prosiguió-. Ya has marcado tu paso en la cacería; hablas a cierta hora, comes a cierta hora, y te quedas dormido a cierta hora.

Yo no tenía nada que decir. La forma en que don Juan había descrito mis hábitos alimenticios era la norma que yo usaba para todo lo de mi vida. Sin embargo, sentía vigorosamente que mi vida era me­nos rutinaria que las de casi todos mis amigos y co­nocidos.

-Ya conoces mucho de caza -continuó don Juan-. Te será fácil darte cuenta de que un buen cazador conoce sobretodo una cosa: conoce las ruti­nas de su presa. Eso es lo que lo hace buen cazador.

"Si recuerdas el modo como te he ido enseñando a cazar, tal vez entiendas lo que digo. Primero te en­señé a hacer y a instalar tus trampas, luego te enseñé las rutinas de los animales que perseguías, y luego probamos las trampas contra sus rutinas. Esas partes son las formas externas de la caza.

"Ahora tengo que enseñarte la parte final, y defi­nitivamente la más difícil. Tal vez pasarán años antes de que puedas decir que la entiendes y que eres un cazador."

Don Juan hizo una pausa como para darme tiem­po. Se quitó el sombrero e imitó los movimientos de aseo de los roedores que habíamos estado obser­vando. Me resultó muy gracioso. Su cabeza redonda lo hacía parecer uno de tales roedores.

-Ser cazador es mucho más que sólo atrapar ani­males -prosiguió-. Un cazador digno de serlo no captura animales porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas. Esa es su ventaja. No es de ningún modo cómo los animales que persigue, fijos en ruti­nas pesadas y en caprichos previsibles; es libre, flui­do, imprevisible

Lo que don Juan decía me sonaba a idealización arbitraria e irracional. No podía yo concebir una vida sin rutinas. Quería ser muy honesto con él, y no sólo estar de acuerdo o en desacuerdo con sus pareceres. Sentía que la idea que él tenía en mente no era realizable ni por mí ni por nadie más.

-No me importa lo que sientas -dijo-. Para ser cazador debes romper las rutinas de tu vida. Has progresado en la caza. Has aprendido rápido y aho­ra puedes ver que eres como tu presa, fácil de pre­decir.

Le pedí especificar y darme ejemplos concretos.

-Estoy hablando de la caza -dijo calmadamen­te-. Por tanto, me interesan las cosas que los ani­males hacen; los sitios donde comen; el sitio, el modo, la hora en que duermen; dónde anidan; cómo andan. Éstas son las rutinas que te estoy señalando para que tú puedas darte cuenta de ellas en tu pro­pio ser.

"Has observado las costumbres de los animales en el desierto. Comen o beben en ciertos lugares, ani­dan en determinados sitios, dejan sus huellas en de­terminada forma; de hecho, un buen cazador puede prever o reconstruir todo cuanto hacen.

"Como ya te dije, tú en mi parecer te portas como tu presa. Una vez en mi vida alguien me señaló a mí lo mismo, de modo que no eres el único. Todos nosotros nos portamos como la presa que persegui­mos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa de al­gún otro. Ahora bien, el propósito de un cazador, que conoce todo esto, es dejar de ser él mismo una presa. ¿Ves lo que quiero decir?"

Expresé de nuevo el parecer de que su meta era inalcanzable.

-Toma tiempo -dijo don Juan-. Podrías em­pezar no almorzando todos los días a las doce en punto.

Me miró con una sonrisa benévola. Su expresión era muy chistosa y me hizo reír.

-Pero hay ciertos animales que son imposibles de rastrear -prosiguió-. Hay ciertas clases de venado, por ejemplo, que un cazador con mucha suerte pue­de encontrarse, a lo mejor, una vez en su vida. ,

Don Juan hizo una pausa dramática y me miró con ojos penetrantes. Parecía esperar una pregunta, pero yo no tenía ninguna.

-¿Qué crees que los hace tan difíciles de hallar, y tan únicos? -preguntó.

Alcé los hombros porque no sabía qué decir.

-No tienen rutinas -dijo él en tono de revela­ción-. Eso es lo que los hace mágicos

-Un venado tiene que dormir de noche -dije-. ¿No es eso una rutina?<

-Seguro; si el venado duerme todas las noches a tal hora y en tal sitio. Pero esos seres mágicos no se portan así. Tal vez algún día puedas verificarlo por ti mismo. Acaso sea tu destino perseguir a uno de ellos el resto de tu vida.

-¿Qué quiere usted decir?

-A ti te gusta cazar; tal vez algún día, en algún, lugar del mundo, tu camino se cruce con el camino de un ser mágico y vayas en pos de él.

"Un ser mágico es cosa de verse. Yo tuve la for­tuna de cruzarme con uno. Nuestro encuentro tuvo lugar cuando yo ya había aprendido y practicado mu­cha cacería. Una vez estaba en un bosque de árboles densos, en las montañas de Oaxaca, cuando de re­pente oí un silbido muy dulce. Era desconocido para mí; nunca, en todos mis años de andar por las sole­dades, había escuchado un sonido así. No podía si­tuarlo en el terreno; parecía venir de distintos sitios. Pensé que a los mejor estaba rodeado por un hatajo de animales desconocidos.

"Volví a oír el encantador silbido; parecía venir de todas partes. Entonces me di cuenta de mi buena suerte. Supe que era un ser mágico, un venado. Sa­bía también que un venado mágico conoce las ruti­nas de los hombres comunes y las rutinas de los ca­zadores.

"Es muy sencillo figurarse qué haría un hombre cualquiera en una situación así. Primero que nada, su miedo lo convertiría inmediatamente en una presa. Una vez que se convierte en presa, le quedan dos cursos de acción. O corre o se planta. Si no está armado, por lo común huye a campo abierto y corre para salvar la vida. Si está armado, prepara su arma y se planta, congelándose en su sitio o tirándose al suelo.

"Un cazador, en cambio, cuando se adentra en el monte, nunca se mete a ninguna parte sin fijar sus puntos de protección; por tanto, se pone de inmediato a cubierto. Deja caer su poncho al suelo, o lo cuel­ga de una rama, como señuelo, y luego se esconde y espera a ver qué hace la pieza.

"Así pues, en presencia del venado mágico no me porté como ninguno de los dos. Rápidamente me paré de cabeza y me puse a llorar bajito; derramé lágrimas de verdad, y sollocé tanto tiempo que esta­ba a punto de desmayarme. De pronto sentí un aire­cito suave; algo me estaba husmeando el cabello atrás de la oreja derecha. Traté de voltear la cabeza para ver qué era, y me caí al suelo y me senté a tiempo de ver una criatura radiante que me miraba. El ve­nado me veía y yo le dije que no le haría daño. Y el venado me habló."

Don Juan se detuvo y me miró. Sonreí involunta­riamente. La idea de un venado parlante era entera­mente increíble, por decir lo menos.

-Me habló -dijo don Juan sonriendo.

-¿El venado habló?

-Eso mismo.

Don Juan se puso en pie y recogió el bulto de sus arreos de caza.

-¿De veras habló? -pregunté en tono de perple­jidad.

Don Juan echó a reír.

-¿Qué dijo? -pregunté, medio en guasa.

Pensé que me estaba embromando. Don Juan que­dó callado un momento, como si intentara recordar; luego, con ojos brillantes, me dijo las palabras del venado.

-El venado mágico dijo: "¿Qué tal, amigo? -pro­siguió don Juan-. Y yo respondí: "Qué tal". En­tonces me preguntó: "¿Por qué lloras?" y yo le dije: "Porque estoy triste". Entonces, la criatura mágica se acercó a mi oído y dijo, tan clarito como estoy hablando ahora: "No estés triste".

Don Juan me miró a los ojos. Tenía un resplan­dor de malicia pura. Empezó a reír a carcajadas.

Dije que su diálogo con el venado había sido algo tonto.

¿Qué esperabas? -preguntó, riendo aún-. Soy indio.

Su sentido del humor era tan extraño que no pude hacer más que reír con él.

-No crees que un venado mágico hable, ¿verdad?

-Lo siento mucho, pero no puedo creer que ocu­rran cosas así -dije.

-No te culpo -repuso, confortante-. De veras que está del carajo.


IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA

 

Lunes, julio 24, 1961

 

A MEDIA tarde, tras horas de recorrer el desierto, don Juan eligió un sitio para descansar, en un espacio sombreado. Apenas tomamos asiento empezó a ha­blar. Dijo que yo había aprendido mucho de cace­ría, pero no había cambiado tanto como él quisiera.

-No basta con saber hacer y colocar trampas -dijo-. Un cazador debe vivir como cazador para sacar lo máximo de su vida. Por desdicha, los cam­bios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Yo tardé años, pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza. Creo que para mí lo más di­fícil fue querer realmente cambiar.

Le aseguré que comprendía la cuestión. De hecho, desde que había empezado a enseñarme a cazar, yo mismo empecé a revaluar mis acciones. Acaso el des­cubrimiento más dramático fue que me agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como perso­na. Había cierta solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna acerca de su dominio, y sin embargo jamás había ejercido su ventaja para exigirme nada. Su interés en cam­biar mi forma de vivir era, sentía yo, semejante a una sugerencia impersonal, o quizá a un comentario autoritario sobre mis fracasos. Me había hecho co­brar aguda conciencia de mis fallas, pero yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se expresaba en términos de belleza y precisión.

-He decidido cambiar mis tácticas -dijo.

Le pedí explicar; su frase era vaga y yo no estaba seguro de si se refería a mí.

-Un buen cazador cambia de proceder tan a me­nudo como lo necesita -respondió-. Tú lo sabes.

-¿Qué tiene usted en mente, don Juan?

-Un cazador no sólo debe conocer los hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay poderes que guían a los hombres y los animales y todo lo que vive.

Dejó de hablar. Esperé, pero parecía haber llega­do al final de lo que quería decir.

-¿De qué clase de poderes habla usted? -pregun­té tras una larga pausa.

-De poderes que guían nuestra vida y nuestra muerte.

Don Juan calló; al parecer tenía tremendas difi­cultades para decidir qué cosa decir. Se frotó las manos y sacudió la cabeza, hinchando las quijadas. Dos veces me hizo seña de guardar silencio cuando yo empezaba a pedirle explicar sus crípticas declara­ciones.

-No vas a poder frenarte fácilmente -dijo por fin-. Sé que eres terco, pero esso no importa. Mien­tras más terco seas, mejor será cuando al fin logres cambiarte.

-Estoy haciendo lo posible -dije.

-No. No estoy de acuerdo. No estás haciendo lo posible. Nada más dices eso porque te suena bien; de hecho, has estado diciendo lo mismo acerca de todo cuanto haces. Llevas años haciendo lo posible, sin que sirva de nada. Algo hay que hacer para re­mediar eso.

Como de costumbre, me sentí impulsado a defen­derme. Don Juan parecía atacar, por sistema, mis puntos más débiles. Recordé entonces que cada in­tento por defenderme de sus críticas había desem­bocado en el ridículo, y me detuve a la mitad de un largo discurso explicativo.

Don Juan me examinó con curiosidad y rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos tontos. Yo no era la excepción.

-Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-. Es tu viejo sentimiento de impor­tancia. Tienes demasiada; también tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces respon­sable de tus actos; no usas tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. En otras pa­labras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuan­do te conocí.

De nuevo tuve un genuino empellón de orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.

-Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo ex­traño, has de saber.

Moví la cabeza en sentido afirmativo.

-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterio­so, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy cor­to para presenciar todas las maravillas que existen.

Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.

-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.

Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamien­tos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y du­rante años me dediqué a ello. Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.

-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusa­dor-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.

-Hago lo mejor que puedo, don Juan.

-No. No sabes lo que puedes.

-Hago cuanto puedo.

-Te equivocas otra vez. Puedes hacer más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.

 Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.

-Crees tener mucho tiempo -repitió.

-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?

-Crees que tu vida va a durar para siempre.

-No. No lo creo.

-Entonces, si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?

-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?

-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco quería cam­biar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.

Afirmé con vehemencia que su insistente deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitra­rio. Dije que en cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.

-No tienes tiempo para esta explosión, idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. Pue­de muy bien ser tu última batalla. No hay poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.

-Ya lo sé -dije con ira contenida.

-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías un ca­zador.

Repuse que tenía conciencia de mi muerte inmi­nente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.

 -Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-. Es­tas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.

Estuvimos callados un momento. Mis pensamien­tos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.

-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.

-Estoy de acuerdo, don Juan, pero...

-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fáácilmente, debes actuar. Acepta el reto. Cambia.

-¿Así no más? .

-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.

Me pareció que expresaba una contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el cam­bio, sin duda estaba cambiando en forma gradual.

-No has cambiado en nada -repuso-. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.

No pude persistir en mi argumentación. No estaba seguro de qué deseaba decir realmente. Tras una corta pausa, don Juan reanudó sus explicaciones.

-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no te­nemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?

Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.

-Vivir lo más felices que podamos -dije.

-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?

Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que po­día usar como ejemplos a varias personas que cono­cía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.

-No -dije-. En verdad no.

-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de...

Parecían faltarle las palabras. Se rascó las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie como si nuestra conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo. Volvió a sentarse y frunció los labios.

Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuan­do la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.

-Yo no estaba de acuerdo. Para mí, la felicidad consistía en suponer que había una continuidad in­herente a mis actos y que yo podría seguir haciendo, a voluntad, cualquier cosa que estuviera haciendo en ese momento, especialmente si la disfrutaba. Le dije que mi desacuerdo, lejos de ser banal, brotaba de la convicción de que el mundo y yo mismo poseíamos una continuidad determinable.

Don Juan pareció divertirse con mis esfuerzos por lograr coherencia. Rió, meneó la cabeza, se rascó el cabello, y finalmente, cuando hablé de una "conti­nuidad determinable", tiró su sombrero al suelo y lo pisoteó.

Terminé riendo de sus payasadas.

-No tienes tiempo, amigo mío -dijo él-. Ésa es la desgracia de los seres humanos. Ninguno de nos­otros tiene tiempo suficiente, y tu continuidad no tiene sentido en este mundo de pavor y misterio.

"Tu continuidad sólo te hace tímido. Tus actos no pueden de ninguna manera tener el gusto, el po­der, la fuerza irresistible de los actos realizados por un hombre que sabe que está librando su última ba­talla sobre la tierra. En otras palabras, tu continui­dad no te hace feliz ni poderoso."

Admití mi temor de pensar en que iba a morir, y lo acusé de provocarme una gran aprensión con sus constantes referencias a la muerte.

-Pero todos vamos a morir -dijo.

Señaló unos cerros en la distancia.

-Hay algo allí que me está esperando, de seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro. Pero a lo mejor tú eres distinto y la muerte no te está es­perando en ningún lado.

Rió de gesto de desesperanza.

-No quiero pensar en eso, don Juan.

-¿Por qué no?

-No tiene caso. Si está allí esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?

-Yo no dije que te preocuparas por ella.

-¿Entonces qué hago?

Usarla. Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni pre­ocupación. Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas, los actos de un hom­bre tímido.

-¿Es tan terrible ser tímido?

-No. No lo es si vas a ser inmortal, pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos. Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguro. La timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.

-No es natural vivir con la idea constante de nuestra muerte, don Juan.

-Nuestra muerte espera, y este mismo acto que estamos realizando ahora puede muy bien ser nuestra última batalla sobre la tierra -respondió en tono solemne-. La llamo batalla porque es una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. Un cazador, al contrario, evalúa cada acto; y como tiene un conocimiento íntimo de su muerte, procede con juicio, como si cada acto fuera su última batalla. Sólo un imbécil dejaría de notar la ventaja que un cazador tiene sobre sus semejantes. Un cazador da a su última batalla el respeto que me­rece. Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.

-Tiene usted razón -concedí-. Sólo que es difí­cil de aceptar.

-Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.

-Me asusta que diga usted eso -dije.

Don Juan me examinó con una expresión grave en el rostro.

-Ya te dije: éste es un mundo extraño -dijo-. Las fuerzas que guían a los hombrees son imprevisi­bles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse.

Dejó de hablar y me miró de nuevo. Parecía estar a punto de revelarme algo, pero se contuvo y sonrió.

-¿Hay algo que nos guía? -pregunté.

-Seguro. Hay poderes que nos guían.

-¿Puede usted describirlos?

-En realidad no; sólo llamarlos fuerzas, espíritus, aires, vientos o cualquier cosa por el estilo.

Quise seguir interrogándolo, pero antes de que pu­diera formular otra pregunta él se puso en pie. Me le quedé viendo, atónito. Se había levantado en un solo movimiento; su cuerpo, simplemente, se estiró hacia arriba y quedó de pie.

Me hallaba meditando todavía en la insólita peri­cia necesaria para moverse con tal rapidez, cuando él me dijo, en seca voz de mando, que rastreara un co­nejo, lo atrapara, lo matara, lo desollase, y asara la carne antes del crepúsculo.

Miró el cielo y dijo que tal vez me alcanzara el tiempo.

Puse automáticamente manos a la obra, siguiendo el procedimiento usado veintenas de veces. Don Juan caminaba a mi lado y seguía mis movimientos con una mirada escudriñadora. Yo estaba muy calmado y me movía cuidadosamente, y no tuve ninguna difi­cultad en atrapar un conejo macho.

-Ahora mátalo -dijo don Juan secamente.

Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba sacando cuan­do me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas oca­siones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.

Solté el conejo y miré a don Juan.

-No puedo matarlo -dije.

-¿Por qué no?

-Nunca lo he hecho.

-Pero has matado cientos de aves y otros ani­males.

-Con un rifle, no a mano limpia.

-¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.

El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.

-¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.

-No puedo.

Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían lle­gado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había lle­vado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.

Una serie de ideas y sentimientos confusos se apo­deró de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momen­tos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.

Lo miré y el conejo me miró. Se había arrincona­do contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa des­esperanza, selló una identificación competa por par­te mía.

-Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.

Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de la náusea, patee rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisotee la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruen­do. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.

No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en es­calofrío.

Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de terminado el crepúsculo.

Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían lle­vado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más.

Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudir­me la misteriosa identificación que había tenido con él.

Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su car­ne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi ha­llazgo.

-No puedo hacerlo -protesté débilmente.

-Somos basuras en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte immportancia y usa este regalo como se debe.

Recogí el conejo; estaba caliente.

Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:

-Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para corretear por este maravilloso desierto.


 XII. UNA BATALLA DE PODER

 

Jueves, diciembre 28, 1961

 

INICIAMOS un viaje a primera hora de la mañana. Fuimos hacia el sur y luego hacia el este, a las mon­tañas. Don Juan llevó guajes con comida y agua. Comimos en mi coche antes de empezar a caminar.

-No te me despegues -dijo-. Ésta es una región que no conoces y no hay necesidad de arriesgarse. Vas en busca de poder y todo cuanto haces cuenta. Vigila el viento, sobre todo al fin del día. Observa cuando cambie de dirección, y cambia tu posición para que yo te resguarde siempre de él.

-¿Qué vamos a hacer en estas montañas, don Juan?

-Estás cazando poder.

-Digo, ¿qué vamos a hacer en particular?

-No hay plan cuando se trata de cazar poder. Cazar poder o cazar animales es lo mismo. Un cazador caza lo que se le presente. Así que debe estar siem­pre preparado.

"Ya sabes del viento, y puedes cazar por ti mismo el poder del viento. Pero hay otras cosas que no conoces y que son, como el viento, centro de poder a ciertas horas y en ciertos lugares.

"El Poder es un asunto muy peculiar. No puedo decir con exactitud lo que realmente es. Es un sentimiento que uno tiene sobre ciertas cosas. El poder es personal. Pertenece a uno nada más. Mi benefactor, por ejemplo, podía enfermar de muerte a una per­sona con sólo mirarla. Las mujeres se consumían des­pués de que él les ponía los ojos encima. Pero no enfermaba a la gente todo el tiempo; nada más cuan­do intervenía su poder personal."

-¿Cómo elegía a quién enfermar?

-Eso no lo sé. Ni él mismo lo sabía. Así es el po­der. Te manda, y sin embargo te obedece.

"Un cazador de poder lo atrapa y luego lo guarda como su hallazgo personal. Así, el poder personal cre­ce, y puede darse el caso de un guerrero que, de tanto poder personal que tiene, se hace hombre de cono­cimiento."

-¿Cómo guarda uno el poder, don Juan?

-Eso también es un sentimiento. Depende de la clase de persona que sea el guerrero. Mi benefactor era un hombre de naturaleza violenta. Guardaba po­der a través de ese sentimiento. Todo cuanto hacía era fuerte y directo. Dejaba la impresión de algo que pasaba aplastando las cosas. Y todo cuanto le ocurrió tuvo lugar de ese modo.

Me declaré incapaz de comprender cómo se alma­cenaba el poder a través de un sentimiento.

-No hay forma de explicarlo -dijo tras una larga pausa-. Tienes que hacerlo tú mismo.

Recogió los guajes de comida y los ató a su espalda. Me entregó un cordel con ocho trozos de carne seca colgados de él, e hizo que me lo pusiera al cuello.

-Esta es comida de poder -dijo.

-¿Qué es lo que la hace comida de poder, don Juan?

 -Es la carne de un animal que tenía poder. Un venado, un venado único. Mi poder personal me lo trajo. Esta carne nos mantendrá durante semanas en­teras, durante meses si es necesario. Vela mascando por pedacitos, y máscala muy bien. Que el poder se hunda despacio en tu cuerpo.

Echamos a andar. Eran casi las once de la mañana. Don Juan me recordó una vez más el procedimiento a seguir.

-Vigila el viento -dijo-. No dejes que te haga perder el paso. Y no dejes que te fatigue. Masca tu comida de poder y escóndete del viento detrás de mi cuerpo. El viento no me hará daño a mí; nos cono­cemos muy bien.

Me guió a una vereda que iba recta hacia las altas montañas. El día era nublado y estaba a punto de llover. Pude ver cómo, de lo alto de las montañas, nubes bajas y niebla descendían a la zona donde estábamos.

Caminamos en completo silencio hasta eso de las tres de la tarde. Masticar la carne seca era en verdad vigorizante. Y observar los cambios repentinos en la dirección del viento se convirtió en un asunto misterioso, hasta el punto de que todo mi cuerpo parecía sentir los cambios antes de que ocurrieran. Tenía la impresión de poder sentir las oleadas de aire como una especie de presión en la parte superior de mi pecho, en los bronquios. Cada vez que me hallaba a punto de sentir una racha de viento, experimentaba una comezón en el pecho y la garganta

Don Juan se detuvo un momento y miró en torno. Pareció orientarse y dio vuelta a la derecha. Noté que también mascaba carne seca. Yo me sentía muy fresco y no tenía nada de cansancio. La tarea de atender a los cambios en el viento había sido tan absorbente que no tuve conciencia del tiempo.

Nos adentramos en una profunda cañada y luego subimos uno de sus lados hasta una pequeña meseta en la empinada ladera de una montaña enorme. Es­tábamos bastante alto, casi en la cima.

Don Juan trepó a una gran roca en el extremo de la meseta y me ayudó a hacer lo mismo. La roca estaba colocada en tal forma que parecía una cúpula sobre muros escarpados. Le dimos la vuelta, cami­nando despacio. Finalmente, tuve que sentarme para seguir el recorrido, asiéndome a la superficie con los talones y las manos. Estaba empapado de sudor y tenía que secarme las manos repetidas veces.

Desde el otro lado, pude ver una cueva muy gran­de, de escasa hondura, cerca de la cima de la mon­taña. Parecía un recinto esculpido en la roca. La erosión había formado, en la piedra arenisca, una especie de balcón con dos columnas.

Don Juan dijo que íbamos a acampar allí, que ése era un sitio muy seguro por ser demasiado poco pro­fundo para cubil de leones o de cualquier otra fiera, demasiado abierto para nido de ratas, y demasiado ventoso para los insectos. Rió y dijo que era un sitio ideal para el hombre, porque ninguna otra criatura viviente podía soportarlo.

Trepó hacia allá como una cabra montés. Me ma­ravilló su estupenda agilidad.

Lentamente me arrastré, sentado, roca abajo, y luego traté de subir corriendo la ladera de la mon­taña con el fin de alcanzar la saliente. Los últimos metros me agotaron por completo. En son de broma, pregunté a don Juan cuántos años tenía en realidad. Opiné que, para llegar al lugar como él lo había hecho, era necesario ser muy joven y estar en perfec­tas condiciones.

-Soy tan joven como quiero. -dijo él-. Esto tam­bién es cosa de poder personal. Si vas juntando poder, tu cuerpo puede realizar hazañas increíbles. En cam­bio, si disipas el poder, te pones viejo y gordo de la noche a la mañana.

El largo de la saliente estaba orientado en una línea este-oeste. El lado abierto de la configuración que semejaba un balcón que daba hacia el sur. Ca­miné hasta el extremo oeste. La vista era estupenda. La lluvia nos había sacado la vuelta. Se veía como una lámina de material transparente colgada sobre la tierra baja.

Don Juan dijo que teníamos suficiente tiempo para construir un albergue. Me dijo que apilara todas las rocas que pudiese llevar al reborde mientras él jun­taba ramas para hacer un techo.

En una hora, había construido un muro de 30 cen­tímetros de espesor en el extremo oriental de la sa­liente. Tendría más de medio metro de largo y casi un metro de alto. Tejiendo y atando unos bultos de ramas que había reunido, don Juan hizo un te­cho; lo aseguró a dos palos largos terminados en hor­queta. Otro lado del mismo largo, sujeto al techo en sí, lo sostenía del otro lado del muro. La estructura parecía una mesa alta con tres patas.

Don Juan tomó asiento bajo ella, cruzando las piernas, en la orilla misma del reborde. Me indicó sentarme junto a él, a su derecha. Permanecimos callados un rato.

Don Juan rompió el silencio. Dijo en un susurro que yo debía actuar como si no hubiera nada fuera de lo común. Pregunté si habría de hacer algo en par­ticular. Respondió que me pusiera a escribir, como si estuviera ante mi escritorio sin ninguna otra preocu­pación en el mundo. En determinado momento él me daría un codazo y entonces yo debía mirar hacia donde sus ojos señalaran. Me advirtió que, viera lo que viese, no pronunciara una sola palabra. Sólo él podía hablar con impunidad, porque era conocido de todos los poderes en esas montañas.

Seguí sus instrucciones y escribí durante más de una hora. Me embebí en la tarea. De pronto sentí un leve toque en el brazo y vi que los ojos y la cabeza de don Juan se movían para señalar un banco de niebla que se hallaba a unos doscientos metros de dis­tancia y descendía de la cima de la montaña. Don Juan me susurró al oído, en un tono apenas audible incluso a tan corta distancia.

-Mueve los ojos de un lado a otro a lo largo del banco de niebla -dijo-. Pero no lo mires de lleno. Abre y cierra los ojos y no los enfoques en la niebla. Cuando veas un sitio verde en el banco de niebla, señálamelo con los ojos.

Moví los ojos de izquierda a derecha a lo largo del banco de niebla que lentamente caía sobre nosotros. Pasó tal vez media hora. Estaba oscureciendo. La nie­bla se movía con extrema lentitud. En cierto momen­to, tuve la sensación súbita de haber vislumbrado un leve resplandor a mi derecha. En un principio creí haber visto un sector de matorral verde a través de la niebla. Al mirarlo directamente no notaba nada, pero mirando sin enfocar podía percibir una vaga zona verdosa.

La señalé a don Juan. Él achicó los ojos y la ob­servó.

-Enfoca los ojos en ese lugar -me susurró al oído-. Mira sin parpadear hasta que veas.

Quise preguntar qué se suponía que yo viera, pero él me miró con fiereza como para recordarme que no debía hablar.

Observé de nuevo. El trozo de niebla que había descendido colgaba como un pedazo de materia sólida. Se alineaba en el sitio justo donde advertí el tinte verde. Conforme mis ojos se fatigaban de nuevo, y bizqueaban, vi primero el trozo de niebla superpues­to al banco de niebla, y luego vi entre ambos una delgada tira de niebla que parecía una escueta es­tructura sin soportes, un puente que unía la mon­taña por encima de mí y el banco de niebla frente a mí. Por un momento creí ver cómo la niebla trans­parente, empujada montaña abajo por el viento, pa­saba por el puente sin alterarlo. Era como si el puente fuese en verdad sólido. En cierto instante el espejismo se hizo tan completo que yo podía discernir la oscu­ridad de la parte bajo el puente propiamente dicho, en contraste con el claro color arenoso de su costado.

Atónito, contemplé el puente. Y entonces me alcé a su nivel, o bien el puente bajó al mío. De pronto me hallaba mirando una viga recta frente a mí. Era una viga sólida inmensamente larga, angosta y sin barandales, pero lo bastante amplia para caminar so­bre ella.

Don Juan me sacudió vigorosamente por el brazo. Sentí mi cabeza oscilar de arriba a abajo y luego noté que los ojos me ardían terriblemente. Me los froté en forma por entero inconsciente. Don Juan siguió sacudiéndome hasta que volví a abrirlos. Virtió agua del guaje en el cuenco de su mano y me roció la cara. La sensación fue muy desagradable. Tan fría estaba el agua que sentí las gotas como llagas en la piel. Advertí entonces que tenía el cuerpo muy caliente. Estaba febril.

Apresuradamente, don Juan me dio de beber y luego salpicó agua en mis oídos y mi cuello.

Oí, muy fuerte, un grito de ave, extraño y prolon­gado. Don Juan escuchó con atención un instante y luego empujó con el pie las rocas del muro, derri­bando el techo. Lo arrojó en los matorrales y, una por una, tiró las piedras por el borde.

-Bebe un poco de agua y masca tu carne seca -susurró en mi oído-. No podemos quedarnos aquí. Ese grito no fue de pájaro.

Descendimos del reborde y empezamos a caminar aproximadamente hacia el este. De un momento a otro oscureció tanto que era como si hubiese una cortina frente a mis ojos. La niebla se antojaba una ba­rrera impenetrable. Nunca me había dado cuenta de lo paralizante que era la niebla de noche. No po­día concebir cómo caminaba don Juan. Yo me asía a su brazo como un ciego.

De algún modo, tenía la sensación de caminar al borde de un precipicio. Mis piernas rehusaron seguir adelante. Mi razón confiaba en don Juan y se hallaba dispuesta a proseguir, pero no así mi cuerpo, y don Juan tuvo que arrastrarme en la oscuridad total.

Debe haber conocido el terreno hasta el último detalle. En cierto punto se detuvo y me hizo tomar asiento. Yo no me atrevía a soltar su brazo. Mi cuerpo sentía, sin el menor lugar a dudas, que me hallaba sentado en un monte pelado con forma de cúpula, y que si me movía una pulgada a la derecha caería, sobrepasado el punto de tolerancia, en un abismo. Estaba yo absolutamente seguro de encontrarme en una ladera curva, porque mi cuerpo se movía incons­cientemente a la derecha. Pensé que lo hacía para conservar la verticalidad, de modo que intenté com­pensar inclinándome a la izquierda, contra don Juan, lo más posible.

De repente, don Juan se apartó de mí, y sin el apoyo de su cuerpo caí al suelo. Al tocar tierra reco­bré mi sentido del equilibrio. Yacía en un área llana. Empecé a explorar a tientas mi entorno inmediato. Reconocí hojas y ramas secas.

Hubo un súbito relámpago que iluminó toda la zona, y un trueno tremendo. Vi a don Juan de pie a mi izquierda. Vi árboles enormes y una cueva pocos metros detrás de él.

Don Juan me dijo que me metiera en el hoyo. En­tré por él, reptando, y me senté de espaldas contra la roca.

Sentí a don Juan inclinarse sobre mí para susurrar que yo debía guardar silencio completo.

Hubo tres relámpagos, uno tras otro. De un vis­tazo percibí a don Juan sentado a mi izquierda con las piernas cruzadas. La cueva era una configuración cóncava lo bastante grande para que dos o tres personas se sentaran dentro. El hoyo parecía haber sido labrado en la parte inferior de un peñasco. Sentí que en verdad había sido perspicaz el entrar arrastrándome, porque de haberlo hecho erguido me habría golpeado la cabeza contra la roca.

El brillo de los relámpagos me daba una idea de la densidad del banco de niebla. Noté los troncos de árboles gigantescos como siluetas oscuras contra la opaca masa gris claro de la niebla.

Don Juan susurró que la niebla y el rayo estaban confabulados y que yo debía realizar una vigilia ago­tadora porque estaba metido en una batalla de poder. En ese momento, un espléndido destello hizo fantas­magórica toda la escena. La niebla era como un filtro blanco que escarchaba la luz de la descarga eléctrica y la difundía uniformemente; la niebla era como una densa sustancia blanquecina colgada entre los altos árboles, pero justo frente a mí, al nivel del suelo, la niebla estaba disipándose. Discerní con claridad las características del terreno. Estábamos en un bosque de pinos. Árboles de gran altura nos rodeaban. Eran tan extremadamente grandes que, de no haber sabido previamente nuestro paradero, yo podría haber ju­rado que nos hallábamos entre los gigantescos pinos rojos de California.

Hubo un bombardeo de rayos que duró varios mi­nutos. Cada destello hacía más discernibles los deta­lles que yo había observado. Al frente de mí vi un sendero definido. No tenía vegetación. Parecía ter­minar en un espacio despejado de árboles.

Los relámpagos eran tan frecuentes que no me era posible saber de dónde venía cada uno. Sin embargo, el contorno se iluminaba tan profusamente que me sentía mucho más tranquilo. Mis temores e incerti­dumbres habían desaparecido apenas hubo luz sufi­ciente para alzar la pesada cortina de la oscuridad.

 Así, cuando se produjo una larga pausa entre los des­tellos, la negrura en torno ya no me desorientó.

Don Juan susurró que probablemente ya había yo vigilado bastante, y que debía enfocar mi atención en el sonido del trueno. Para mi asombro, advertí que no había hecho ningún caso del trueno, pese al hecho de que en verdad era tremendo. Don Juan añadió que siguiera yo el sonido y mirara en la di­rección de la cual pareciera venir.

Ya no había estallidos continuos de rayos y truenos, sino sólo destellos esporádicos de luz y sonido inten­sos. El trueno parecía venir siempre de mi derecha. La niebla se alzaba y, ya acostumbrado a las tinie­blas, yo podía discernir masas de vegetación. El rayo y el trueno continuaban, y de pronto se abrió todo el lado derecho y pude ver el cielo.

La tormenta eléctrica parecía desplazarse hacia mi derecha. Hubo otro relámpago y vi una montaña distante a mi extrema derecha. La luz iluminó el trasfondo, dejando en silueta la voluminosa masa de la montaña. Vi árboles en su cima; parecían pulcros recortes negros superpuestos al cielo blanco brillante. Vi incluso nubes tipo cúmulo sobre las montañas.

La niebla se había disipado por entero en torno nuestro. Soplaba un viento continuo y yo oía crujir las ramas de los grandes árboles a mi izquierda. La tormenta eléctrica estaba demasiado lejos para ilumi­nar los árboles, pero sus masas oscuras permanecían discernibles. La luz de la tormenta me permitió esta­blecer, sin embargo, que había a mi derecha una cor­dillera distante y que el bosque se hallaba limitado hacia el lado izquierdo. Al parecer miraba yo un valle oscuro, que no podía ver en absoluto. La cordillera sobre la cual tenía lugar la tormenta eléctrica estaba en el otro lado del valle.

Entonces comenzó a llover. Pegué la espalda a la roca lo más que pude. Mi sombrero servía como una buena protección. Me hallaba sentado con las rodillas contra el pecho, y sólo se mojaron mis pantorrillas y mis zapatos.

Llovió largo rato. La lluvia era tibia. La sentía contra los pies. Y luego me dormí.

Me despertó el ruido de los pájaros. Miré alrededor buscando a don Juan. No estaba allí; de ordinario me hubiera preguntado si no me habría dejado solo en ese sitio, pero el sobresalto de ver en torno casi me paralizó.

Me puse en pie. Mis piernas estaban empapadas, el ala de mi sombrero se había reblandecido y tenía aún un poco de agua, que me cayó encima. No es­taba en ninguna cueva, sino bajo unos arbustos es­pesos. Experimenté un momento de confusión sin pa­ralelo. Me hallaba parado en un pedazo de tierra llana entre dos cerritos cubiertos de matas. No había árboles a mi izquierda ni valle a mi derecha. Justo frente a mí, donde vi el camino en el bosque, había un arbusto gigantesco.

Rehusé creer lo que presenciaba. La incongruencia de mis dos versiones de realidad me hizo tentalear en busca de cualquier explicación. Se me ocurrió que era perfectamente posible que don Juan, aprovechan­do mi profundo sueño, me hubiera llevado a cuestas hasta otro sitio sin despertarme.

Examiné el lugar donde había estado dormido. La tierra estaba seca, y lo mismo en el sitio de junto, el que ocupó don Juan.

Lo llamé un par de veces y luego tuve un ataque de angustia y bramé su nombre lo más fuerte que pude. Salió detrás de unas matas. Inmediatamente me di cuenta de que él sabía lo que pasaba. Su sonrisa tenía tanta malicia que acabé por sonreír a mi vez.

No quería perder tiempo jugando con él. Dije sin más ni más lo que me ocurría. Expliqué con todo el cuidado posible cada detalle de mi prolongada alu­cinación nocturna. Escuchó sin interrumpir. No podía, sin embargo, conservar la seriedad, y dos veces le ganó la risa, pero recobró en el acto la compos­tura.

En tres o cuatro ocasiones pedí sus comentarios; se limitó a menear la cabeza como si todo el asunto fue­ra también incomprensible para él.

Cuando terminé mi recuento, me miró y dijo:

-Te ves de la chingada. A lo mejor necesitas ir al matorral.

Soltó una breve risa, como un cacareo, y añadió que me quitara las ropas y las exprimiera para que se secaran.

La luz del sol era radiante. Había muy pocas nu­bes. Era un fresco día de viento.

Don Juan se alejó, diciéndome que iba a buscar unas plantas y que yo debía ponerme en orden y comer algo y no llamarlo hasta hallarme calmado y fuerte.

Mi ropa estaba en verdad mojada. Me senté en el sol a secarme. Sentí que la única manera de relajarme era sacar mi libreta y escribir. Comí mientras traba­jaba en mis notas.

 Después de un par de horas me hallaba más tran­quilo, y llamé a don Juan. Respondió desde un sitio cercano a la cumbre de la colina. Me dijo que reco­giera los guajes y subiese a donde se encontraba. Cuando llegué al sitio, lo encontré sentado en una roca lisa. Abrió los guajes y se sirvió comida. Me dio dos grandes trozos de carne.

Yo no sabía por dónde empezar. Había muchas cosas que deseaba preguntarle. Él parecía consciente de mi estado de ánimo y río con gran deleite.

-¿Cómo te sientes? -preguntó parodiando ama­bilidad.

No quise decir nada. Seguía trastornado.

Don Juan me instó a tomar asiento en la laja. Dijo que esa piedra era un objeto de poder y que yo me renovaría después de estar allí un rato.

-Siéntate -me ordenó con sequedad.

No sonreía. Su mirada era penetrante. Obedecí automáticamente.

Dijo que, al actuar de mala gana, estaba yo tra­tando con descuido el poder, y que, si no ponía un alto, el poder se volvería contra nosotros y jamás saldríamos con vida de aquellos montes desolados.

Tras una pausa momentánea, preguntó en tono casual:

-¿Cómo va tu soñar?

Le expliqué cuán difícil se había vuelto el darme la orden de mirar mis manos. Al principio había sido relativamente fácil, quizá por la novedad del con­cepto. No tenía yo el menor problema para recor­darme que debía mirarme las manos. Pero la exci­tación se había gastado, y algunas noches no podía hacerlo en absoluto.

 -Debes ponerte una banda en la cabeza cuando te vayas a dormir -dijo él-. Conseguir una banda tiene sus ddificultades. No puedo dártela, porque tú mismo debes hacerla desde el principio. Pero no pue­des hacerla hasta que no tengas una visión de ella al soñar. ¿Ves lo que te decía? La banda tiene que ha­cerse de acuerdo a la visión particular. Y debe tener una tira a lo largo que ajuste bien en la cabeza. O muy bien puede ser una gorra apretada. Soñar es más fácil cuando se tiene un objeto de poder en­cima de la cabeza. Podrías usar tu sombrero o ponerte capucha, como un fraile, y luego dormirte, pero esas cosas sólo causarían sueños intensos, no soñar.

Quedó en silencio un momento y luego procedió a decirme, en rápida andanada verbal, que la visión de la banda no tenía que ocurrir exclusivamente al "soñar", sino que podía presentarse en estados de vigilia y como resultado de cualquier evento ajeno y sin relación alguna, como el observar el vuelo de las aves, el movimiento del agua, las nubes, y así por el estilo.

-Un cazador de poder vigila todo -prosiguió-. Y cada cosa le dice algún seccreto.

-¿Pero cómo puede uno estar seguro de que las cosas dicen secretos? -pregunté.

Pensé que tal vez tenía una fórmula específica que le permitía hacer interpretaciones "correctas".

-La única forma de estar seguro es seguir todas las instrucciones que te he estado dando desde el primer día que viniste a verme -dijo-. Para tener poder, hay que vivir con poder.

Sonrió, benévolo. Parecía haber perdido su fiereza; incluso me dio un leve codazo en el brazo.

 -Come tu comida de poder -me instó.

Empecé a mascar un poco de carne seca, y en ese momento tuve la súbita ocurrencia de que tal vez la carne contenía una sustancia psicotrópica, de allí las alucinaciones. Por un momento casi sentí alivio. Si don Juan había puesto algo en la carne, mis espe­jismos eran perfectamente comprensibles. Le pedí de­cirme si había cualquier cosa en la "carne de poder".

Rió, pero sin dar una respuesta directa. Insistí, ase­gurándole que no estaba enojado, ni siquiera molesto, pero tenía que saber para poder explicar a mi propia satisfacción los eventos de la noche pasada. Lo insté a decirme la verdad, traté de sacársela con halagos, y finalmente le supliqué.

-Estás más loco que una cabra -dijo él, menean­do la cabeza en un gesto de incredulidad-. Tienes una tendencia insidiosa. Insistes en tratar de expli­carlo todo a tu satisfacción. No hay nada en la carne más que poder. El poder no lo puse yo, ni ninguna otra persona, sino el poder mismo. Es la carne seca de un venado y ese venado fue un regalo para mí en la misma forma en que cierto conejo fue regalo para ti no hace mucho. Ni tú ni yo pusimos nada en el conejo. No te pedí secar la carne del conejo, por­que ese acto requería más poder del que tenías. Sin embargo, te dije que comieras la carne. No comiste casi nada, a causa de tu propia. estupidez.

"Lo que te sucedió anoche no fue un chiste ni una maldad. Tuviste un encuentro con el poder. La nie­bla, la oscuridad, el trueno y la lluvia tomaban parte en una gran batalla de poder. Tuviste la suerte de un tonto. Un guerrero daría cualquier cosa por una ba­talla así."

 Mi argumento fue que el evento no podía ser una batalla de poder porque no había sido real.

-¿Y qué cosa es real? -me preguntó don Juan con mucha calma.

-Esto, lo que estamos viendo es real -dije, seña­lando en derredor.

-Pero también lo era el puente que viste anoche, y también el bosque y todo lo demás.

-Pero si eran reales. ¿dónde están ahora?

-Están aquí. Si tuvieras suficiente poder, podrías hacer que volvieran. En este momento no puedes porque te parece muy útil seguir dudando y discu­tiendo. No lo es, amigo mío. No lo es. Hay mundos sobre mundos, aquí mismo frente a nosotros. Y no son cosa de risa. Anoche si no te hubiera agarrado el brazo, habrías caminado por ése puente, quisieras o no. Y un poco más temprano tuve que protegerte del viento que te andaba buscando.

-¿Qué habría sucedido si usted no me hubiera protegido?

Como no tienes poder suficiente, el viento te ha­bría hecho perder el camino y a lo mejor hasta te mataba empujándote a un barranco. Pero la niebla fue, anoche, lo último. Dos cosas pudieron pasarte en la niebla. Pudiste cruzar el puente hasta el otro lado, o pudiste caerte y matarte. Cualquiera de las dos habría dependido del poder. Pero una cosa es cierta. Si no te hubiera protegido, habrías tenido que caminar por ese puente fuera como fuera. Ésa es la naturaleza del poder. Como ya te dije, te manda y sin embargo está a tus órdenes. Anoche, por ejemplo, el poder te habría forzado a cruzar el puente y habría estado a tu disposición para sostenerte mientras cruzabas. Te detuve porque sé que no tienes medios de usar el poder, y sin poder, el puente se hubiera caído.

-¿Vio usted el puente, don Juan?

-No. Nada más vi poder. Podría haber sido cual­quier cosa. El poder para ti, esta vez, fue un puente. No sé por qué un puente. Somos criaturas misteriosas.

-¿Ha visto usted alguna vez un puente en la nie­bla, don Juan?

-Nunca. Pero eso es porque no soy como tú. Vi otras cosas. Mis batallas de poder son muy distintas de las tuyas.

-¿Qué vio usted, don Juan? ¿Me lo puede decir?

-Vi a mis enemigos durante mi primera batalla de poder en la niebla. Tú no tienes enemigos. No odias a la gente. Yo sí, en aquel entonces, mi pasión era odiar gente. Ya no lo hago. He vencido mi odio, pero aquella vez mi odio estuvo a punto de destru­irme.

"Tu batalla de poder, en cambio, fue nítida. No te consumió. Tú solo te estás consumiendo ahora, con tus ideas y tus dudas estúpidas. Ésa es tu manera de entregarte y sucumbir.

"La niebla fue impecable contigo. Tienes afinidad con ella. Te dio un puente estupendo, y ese puente estará allí en la niebla de ahora en adelante. Se te revelará una y otra vez, hasta que un día tendrás que cruzarlo.

"Te recomiendo mucho que, a partir de este día, no te metas solo en sitios con niebla hasta que sepas lo que haces.

"El poder es un asunto muy extraño. Para tenerlo y disponer de él, hay que tener poder por principio de cuentas. Es posible, sin embargo, irlo juntando poco a poco, hasta tener lo suficiente para sostenerse en una batalla de poder."

-¿Qué es una batalla de poder?

-Lo que te ocurrió anoche fue el principio de una batalla de poder. Las escenas que contemplaste eran el asiento del poder. Algún día tendrán sentido para ti; esas escenas tienen mucho sentido.

-¿No puede usted decirme qué sentido tienen, don Juan?

-No. Esas escenas son tu propia conquista perso­nal, que no puedes compartir con nadie. Pero lo ocurrido anoche fue sólo el principio, una escaramu­za. La verdadera batalla tendrá lugar cuando cruces ese puente. ¿Qué hay del otro lado? Sólo tú lo sabrás. Y sólo tú sabrás qué hay al final de aquella vereda en el bosque. Pero todo eso es algo que puede o no puede pasarte. Viajar por esas veredas y puentes des­conocidos depende de tener suficiente poder propio.

-¿Qué pasa si uno no tiene poder suficiente?

-La muerte siempre está esperando, y cuando el poder del guerrero mengua, la muerte simplemente lo toca. Por eso, aventurarse a lo desconocido sin ningún poder es estúpido. Sólo se encuentra la muerte.

Yo no escuchaba en verdad. Seguía jugando con la idea de que la carne seca podía haber sido el agente que produjo las alucinaciones. Entregarme a ese pen­samiento me aplacaba.

-No te esfuerces queriendo resolverlo -dijo como si leyera mi mente-. El mundo ees un misterio. Esto, lo que estás mirando, no es todo lo que hay. El mun­do tiene muchas más cosas, tantas que es inacabable. Cuando estás buscando la respuesta, lo único que haces en realidad es tratar de volver familiar el mundo. Tú y yo estamos aquí mismo, en el mundo que llamas real, simplemente porque los dos lo cono­cemos. Tú no conoces el mundo del poder, por eso no puedes convertirlo en una escena familiar.

-Usted sabe que en realidad no le puedo discutir ese punto -dije-. Pero mi mente tampoco puede aceptarlo.

Rió y me tocó levemente el brazo.

-De veras estás loco -dijo-. Pero no importa. Yo sé lo difícil que es vivir como un guerrero. Si hubie­ras seguido mis instrucciones y ejecutado todos los actos que te enseñé, ya habrías tenido poder sufi­ciente para cruzar el puente aquel. Poder suficiente para ver y para parar el mundo.

-Pero ¿por qué tengo yo que querer poder, don Juan?

-Ahora no se te ocurre una razón. Pero si guardas suficiente poder, el mismo poder te hallará una bue­na razón. Suena a locura, ¿verdad?

-¿Para qué quería usted poder, don Juan?

-Soy como tú. No quería. No hallaba razón para tenerlo. Tuve todas las dudas que tú tienes y nunca seguí las instrucciones que me daban, o nunca creí seguirlas; sin embargo, pese a mi estupidez, junté su­ficiente poder, y un día mi poder personal hizo des­plomarse el mundo.

-¿Pero para qué querría alguien parar el mundo?

-Nadie quiere, ésa es la cosa. Nada más ocurre. Y una vez que sabes cómo es parar el mundo, te das cuenta de que hay razón para ello. Verás, una de las artes del guerrero es derribar el mundo por una ra­zón específica y luego restaurarlo para seguir viviendo.

Le dije que tal vez la forma más segura de ayudarme sería dándome un ejemplo de razón específica para derribar el mundo.

Permaneció callado un tiempo. Parecía estar pen­sando qué decir.

-No puedo decirte eso -dijo-. Se necesita dema­siado poder para saberlo. Algún día vivirás como guerrero, pese a ti mismo; para tal entonces habrás quizá guardado suficiente poder personal para respon­der tú mismo esa pregunta.

"Te he enseñado casi todo lo que un guerrero ne­cesita conocer para lanzarse al mundo a juntar poder por sí solo. Pero sé que no puedes hacerlo y debo ser paciente contigo. Sé de plano que se necesita luchar toda una vida para estar a solas en el mundo del poder." ,

Don Juan miró el cielo y las montañas. El sol ya descendía hacia el oeste y en las montañas se for­maban rápidamente nubes de lluvia. Yo no sabía la hora; había olvidado dar cuerda a mi reloj. Le pre­gunté si podía decirme qué hora era, y tuvo tal ataque de risa que rodó de la laja y fue a parar en el ma­torral.

Se puso de pie y estiró los brazos, bostezando.

-Es temprano -dijo-. Debemos esperar hasta que se junte niebla en la cima de la montaña, y luego debes pararte tú solo en esta laja y agradecer a la niebla sus favores. Deja que llegue y te envuelva. Yo estaré cerca para prestar ayuda, si es necesario.

Por algún motivo, la perspectiva de quedarme a solas en la niebla me aterraba. Me sentí idiota por reaccionar de ese modo irracional.

-No puedes dejar estos montes desolados sin dar las gracias -dijo él con tono firme-. Un guerrero jamás vuelve la espalda al poder sin pagar los favores recibidos.

Se acostó bocarriba con las manos detrás de la ca­beza y se cubrió el rostro con el sombrero.

-¿Cómo he de esperar la niebla? -pregunté-. ¿Qué hago?

-¡Escribe, -dijo a través del sombrero-. Pero no cierres los ojos ni le des la espalda.

Traté de escribir, pero no podía concentrarme. Me puse en pie y fui de un lado a otro, inquieto. Don Juan alzó su sombrero y me miró con aire de mo­lestia.

-¡Siéntate! -me ordenó.

Dijo que la batalla de poder todavía no terminaba, y que yo debía enseñar a mi espíritu a ser impasible. Nada de lo que hiciera debería revelar lo que en rea­lidad sentía, a menos que deseara quedarme atrapado en esos montes.

Se sentó y movió las manos en un ademán de ur­gencia. Dijo que yo debía actuar como si no hubiese nada fuera de lo común, porque los sitios de poder, como ése en el que estábamos, tenían la propiedad de absorber a quien se hallaba inquieto. Y en tal forma uno podía desarrollar lazos extraños y dañinos con un lugar.

-Esos lazos lo anclan a uno a un sitio de poder, a veces por toda la vida -dijo-. Y éste no es el sitio para ti. No lo hallaste por ti mismo. Conque fájate y no pierdas los calzones.

Sus advertencias me hicieron efecto de fórmula má­gica. Escribí durante horas sin interrupción.

Don Juan volvió a dormirse y no despertó hasta que la niebla estaba a unos cien metros de distancia, descendiendo de la cumbre del monte. Se puso en pie y examinó el derredor. Lo miré en torno sin volver la espalda. La niebla ya había invadido, las tierras bajas, descendiendo de las montañas a mi derecha. A mi izquierda el paisaje estaba despejado; el viento, sin embargo, parecía venir de la derecha, y empujaba la niebla a las tierras bajas como para rodearnos.

Don Juan me susurró que permaneciera impasible, parado donde me hallaba, sin cerrar los ojos, y que no debía moverme a ningún lado mientras la nie­bla no me rodeara por entero; sólo entonces sería posible iniciar nuestro descenso.

Se refugió al pie de unas rocas, algunos metros atrás de mí.

El silencio en aquellas montañas era algo magnífico y al mismo tiempo imponente. El suave viento que transportaba la niebla me daba la sensación de que ésta silbaba en mis oídos. Grandes trozos de nie­bla venían cuestabajo como conglomerados sólidos de materia blancuzca que rodaran hacia mí. Olí la niebla. Era una mezcla peculiar de olor acerbo y fragante. Y entonces me vi envuelto en ella.

Tuve la impresión de que la niebla operaba sobre mis párpados. Se sentían pesados y quise cerrar los ojos. Tenía frío. La garganta me daba comezón y quería toser, pero no me atrevía. Alcé la barbilla y es­tiré el cuello para disipar la tos, y al alzar la vista tuve la sensación de que podía ver concretamente el espesor del banco de niebla. Era como si mis ojos pudieran tasar el espesor atravesándolo. Los ojos em­pezaron a cerrárseme y no me era posible luchar con­tra el deseo de dormir. Sentí que en cualquier mo­mento iba a derrumbarme por tierra. En ese instante don Juan dio un salto y me aferró por los brazos y me sacudió. El sobresalto bastó para restaurar mi lucidez.

Me susurró al oído que corriera cuestabajo lo más rápido posible. Él iría detrás porque no quería que lo aplastaran las rocas que yo echara a rodar en mi camino. Dijo que yo era el guía, pues se trataba de mi batalla de poder, y que necesitaba claridad y aban­dono para sacarnos de allí sanos y salvos.

-Dale -dijo en voz alta-. Si no tienes el ánimo de un guerrero, nunca saldremos de la niebla.

Titubee un momento. No estaba seguro de poder hallar el camino para bajar de esos montes.

-¡Corre, conejo! -gritó don Juan empujándome con suavidad ladera abajo.


XIII. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO

 

Domingo, enero 28, 1962

 

A eso de las diez de la mañana don Juan entró en su casa. Había salido al romper el alba. Lo saludé. Chasqueó la lengua y, en son de guasa, me dio la mano y me saludó ceremoniosamente.

-Vamos a ir a un viajecito -dijo-. Vas a lle­varnos a un sitio muy especial en busca de poder.

Desplegó dos redes portadoras y puso en cada una dos guajes llenos de comida, las ató con un mecate y me entregó una de ellas.

Viajamos sin prisa hacia el norte y, al cabo de unos seiscientos kilómetros dejamos la carretera panamericana y tomamos un camino de grava hacia el oeste. Mi coche parecía haber sido el único ve­hículo en la carretera durante varias horas. Mientras seguíamos adelante advertí que no podía ver por el parabrisas. Me esforcé desesperadamente por mirar los alrededores, pero estaba demasiado oscuro y el parabrisas se hallaba cubierto de polvo y de insectos aplastados.

Dije a don Juan que debía detenerme para limpiar mi parabrisas. Me ordenó seguir adelante aunque tuviera que ir a dos kilómetros por hora, sacando la cabeza por la ventanilla para ver adelante. Dijo que no podíamos detenernos hasta alcanzar nuestro des­tino.

En cierto sitio me indicó doblar a la derecha. Es­taba tan oscuro y había tanto polvo que ni los faros eran mucha ayuda. Me salí del camino con gran nerviosismo. Tenía miedo de atascarme, pero la tie­rra estaba apretada.

Manejé unos cien metros a la menor velocidad po­sible, sosteniendo la puerta abierta para mirar hacia afuera. Por fin, don Juan me dijo que parara. Aña­dió que me había estacionado justamente detrás de una roca enorme que ocultaría mi coche a la vista.

Bajé del auto y me puse a caminar, guiado por los faros. Quería examinar el entorno porque no tenía idea de dónde estaba. Pero don Juan apagó las lu­ces. Dijo muy alto que no había tiempo que perder, que cerrara mi coche para que nos pusiéramos en marcha.

Me entregó mi red con guajes. Estaba tan oscuro que tropecé y estuve a punto de dejarlas caer. En tono firme y suave, don Juan me ordenó tomar asien­to hasta que mis ojos se acostumbraran a la oscuri­dad. Pero mis ojos no eran el problema. Ya fuera del coche, podía ver bastante bien. Lo malo era un nerviosismo peculiar que me hacía actuar como si estuviese distraído. Veía todo nada más por encima.

-¿A dónde vamos? -pregunté.

-Vamos a caminar en completa oscuridad a un sitio especial -dijo.

-¿Para qué?

-Para saber de cierto si eres o no capaz de seguir cazando poder.

Le pregunté si lo que proponía era una prueba y si, en caso de que no la pasara, seguiría hablándome y diciéndome de su conocimiento.

Escuchó sin interrumpir. Dijo que lo que hacía­mos no era una prueba, que estábamos esperando una señal, y si la señal no llegaba, la conclusión sería que yo no había tenido éxito en mi cacería de poder, en cuyo caso me vería libre de cualquier imposición fu­tura y podría ser todo lo estúpido que me viniese en gana. Dijo que, sin importar lo que pasara, él era mi amigo y siempre me hablaría.

De algún modo, yo sabía que iba a fallar.

-La señal no vendrá -dije en broma-. Lo sé. Tengo un poquito de poder.

Río y me dio palmaditas en la espalda.

-No te apures -repuso-. La señal vendrá. Yo lo sé. Tengo más poder que tú.

Su propia respuesta le pareció hilarante. Se golpeó los muslos y dio palmadas, carcajeándose.

Don Juan me ató a la espalda mi red portadora y dijo que yo debía caminar un paso atrás de él y hollar sus pisadas tanto como pudiera.

En un tono muy dramático, susurró:

-Ésta es una caminata de poder, así que todo cuenta.

Dijo que, si yo caminaba sobre sus huellas, el po­der que él disipaba al andar se me trasmitiría.

Miré mi reloj; eran las once de la noche.

Me hizo pararme como un soldado en posición de firmes. Luego empujó hacia adelante mi pierna iz­quierda y me hizo quedarme como si acabara de dar un paso al frente. Se alineó delante de mí en la mis­ma postura y luego echó a andar, tras repetir las ins­trucciones de que yo debía tratar de seguir sus pisadas a la perfección. Dijo en un claro susurro que yo no debía preocuparme por nada más que por pisar sus huellas; no debía mirar al frente ni a los lados, sino el piso donde él caminaba.

Se puso en marcha a un paso muy descansado. No tuve ningún problema para seguirlo; el terreno era relativamente duro. Durante unos treinta metros mantuve su paso y seguí perfectamente sus pisadas; luego volví la cara un instante y cuando me di cuenta ya había chocado con él.

Soltó una risita y me aseguró que yo no le había lastimado el tobillo al pisárselo con mis zapatones, pero que si me proponía seguir tonteando uno de nosotros se quedaría lisiado antes del amanecer. Dijo, riendo, en una voz muy baja pero firme, que no te­nía intención de lastimarse a causa de mi estupidez y falta de concentración, y que si lo pisaba de nuevo yo tendría que caminar descalzo.

-No puedo caminar sin zapatos -dije en voz alta y rasposa.

Don Juan se dobló de risa y tuvimos que esperar hasta que le pasó el acceso.

Me aseguró nuevamente que hablaba en serio. Iba­mos en un viaje para calar poder, y las cosas tenían que ser perfectas.

La idea de caminar descalzo en el desierto me asus­taba más allá de lo verosímil. Don Juan hizo el chis­te de que mi familia era sin duda de aquellos gran­jeros que no se quitan los zapatos ni para dormir. Tenía razón, desde luego. Yo nunca había andado descalzo, y caminar sin zapatos en el desierto habría sido suicida para mí.

 -Este desierto rezuma poder -me susurró don Juan al oído-. No hay tiempo para cortedades.

Echamos a andar de nuevo. Don Juan mantuvo un paso calmado. Tras un rato advertí que había­mos dejado el terreno duro y caminábamos sobre are­na suave. Los pies de don Juan se hundían en ella y dejaban huellas profundas.

Caminamos durante horas antes de que don Juan se detuviera. No lo hizo repentinamente; primero me advirtió que iba a pararse, para que no chocara yo con él. El terreno era duro de nuevo, y al parecer subíamos una pendiente.

Don Juan dijo que, si yo necesitaba ir al matorral, lo hiciese, porque de allí en adelante nos quedaba un buen trecho sin una sola pausa. Miré mi reloj; era la una.

Tras un descanso de diez o quince minutos, don Juan me hizo alinearme tras él y nos pusimos otra vez en marcha. Tenía razón: fue un trecho enorme. Jamás había hecho yo algo que requiriera tal con­centración. El paso de don Juan era tan rápido, y la tensión de vigilar cada pisada alcanzó tales alturas, que en determinado momento ya no me era posible sentir que caminaba. No sentía las piernas ni los pies. Era como si anduviese sobre el aire y alguna fuerza me transportara sin cesar. Mi concentración era ya tan total que no advertí el cambio gradual de luz. De pronto me di cuenta de que podía ver a don Juan frente a mí. Veía sus pies y sus huellas, en vez de medio adivinarlas como había hecho la mayor par­te de la noche.

En cierto momento, don Juan saltó inesperada­mente hacia un lado, y mi inercia me hizo avanzar todavía unos veinte metros. Cuando disminuí la ve­locidad, mis piernas se debilitaron y empezaron a temblar, hasta que finalmente caí por tierra.

Alcé la vista para mirar a don Juan, que me exa­minaba con toda calma. No parecía fatigado. Yo jadeaba, falto de aire, y estaba empapado de sudor frío.

Jalándome del brazo, don Juan me dio la vuelta en mi posición yacente. Dijo que, si quería recupe­rar fuerzas, me quedara acostado con la cabeza hacia el este. Poco a poco mi cuerpo dolorido se relajó y descansó. Por fin cobré energía suficiente para le­vantarme. Quise ver mi reloj, pero él me lo impidió poniéndome la mano en la muñeca. Con mucha gen­tileza me hizo girar para que mirara al este y dijo que no había necesidad de mi condenado reloj, que estábamos en una hora mágica y que íbamos a saber con seguridad si era yo capaz o no de perseguir el poder.

Miré en torno. Estábamos en la cima de un cerro alto, muy grande. Quise caminar en dirección de algo que parecía un reborde o una grieta en la roca, pero don Juan dio un salto y me contuvo.

Me ordenó imperiosamente permanecer en el sitio donde había caído hasta que el sol saliera detrás de unos negros picos de montaña a corta distancia.

Señaló el este y llamó mi atención hacia un pesado banco de nubes sobre el horizonte. Dijo que sería buena señal si el viento se llevaba las nubes a tiempo para que los primeros rayos del sol dieran en mi cuer­po, allí en lo alto del cerro.

Me indicó quedarme quieto, de pie, con la pierna derecha al frente, como si estuviera caminando, y no mirar directamente el horizonte, sino mirarlo sin en­focar.

Las piernas se me pusieron muy tiesas y las panto­rrillas me dolían. Era una postura torturante y los músculos de mis piernas estaban demasiado adolori­dos para sostenerme. Soporté lo más que pude. Me hallaba a punto de caer. Las piernas me temblaban fuera de control cuando don Juan puso fin al asunto. Me ayudó a sentarme.

El banco de nubes no se había movido y no había­mos visto el sol despuntar en el horizonte.

El único comentario de don Juan fue:

-Ni modo.

No quise preguntar de inmediato cuáles eran las verdaderas implicaciones de mi fracaso, pero cono­ciendo a don Juan sabía con certeza que él debía se­guir el dictado de sus señales. Y esa mañana no ha­bía habido señal. Se disipó el dolor de mis pantorri­llas y sentí una oleada de bienestar. Me puse a tro­tar para soltar mis músculos. En voz muy suave, don Juan me dijo que corriera a un cerro adyacente y cor­tara algunas hojas de un arbusto específico para fro­tarme las piernas y aliviar el dolor muscular.

Desde donde me hallaba, pude ver claramente un gran arbusto, verde vivo. Las hojas parecían muy húmedas. Las había usado antes. Nunca sentí que me hubiesen ayudado, pero don Juan siempre afirma­ba que el efecto de las plantas verdaderamente amis­tosas era tan sutil que casi no se notaba, pero que siempre producían los resultados debidos.

Corriendo, bajé el cerro y subí el otro. Al llegar a la cima me di cuenta de que el esfuerzo casi había sido demasiado para mí. Tuve dificultades para recuperar el aliento, y mi estómago se revolvía. Me acuclillé y luego me agazapé un momento hasta sen­tirme relajado. Luego me incorporé y estiré la mano para cortar las hojas indicadas. Pero no hallé el ar­busto. Miré en torno. Estaba seguro de hallarme en el sitio correcto, pero en esa zona del cerro no había nada que se pareciera ni remotamente a esa planta particular. Sin embargo, ése tenía que ser el sitio donde la vi. Cualquier otro quedaría fuera del cam­po de quienquiera que mirase desde el lugar donde don Juan estaba parado.

Abandoné la búsqueda y volví al otro cerro. Don Juan sonrió con benevolencia cuando expliqué mi equivocación.

-¿Por qué dices que fue una equivocación? -pre­guntó.

-Por lo visto el arbusto no está allí -dije.

-Pero tú lo viste, ¿o no?

-Creí verlo.

-¿Qué ves ahora en su lugar?

-Nada.

No había absolutamente ninguna vegetación en el lugar donde antes me pareció ver la planta. Intenté atribuir lo que había visto a una distorsión visual, una especie de espejismo. Yo me hallaba realmente exhausto, y a causa de ello pude fácilmente creer que veía algo que esperaba ver allí, pero que no estaba.

Don Juan chasqueó suavemente la lengua y se me quedó viendo un breve instante.

-Yo no veo ninguna equivocación -dijo-. La planta está allí arriba de ese cerro.

Fue mi turno de reír. Escudriñé cuidadosamente toda el área. No había plantas de ésas a la vista y lo que yo había experimentado era, hasta donde mi co­nocimiento llegaba, una alucinación.

Con mucha calma, don Juan empezó a bajar la ladera y me hizo seña de seguirlo. Subimos juntos al otro cerro y nos paramos en el mero sitio donde creí ver el arbusto.

Chasquee la lengua con la absoluta certeza de estar en lo cierto. Don Juan me imitó.

-Ve al otro lado del cerro -dijo-. Allí encon­trarás la planta.

Hice notar que el otro lado del cerro había estado fuera de mi campo de visión; tal vez hubiera allí una planta, pero eso no significaba nada.

Don Juan hizo un movimiento de cabeza para in­dicar que lo siguiera. Rodeó la cumbre del cerro en vez de atravesarla directamente, y con dramatismo se detuvo junto a un arbusto verde, sin mirarlo.

Se volvió y me miró. Fue una mirada peculiarmen­te penetrante.

-Ha de haber cientos de esas plantas por aquí -dije.

Don Juan, con mucha paciencia, descendió la otra ladera del cerro, conmigo en pos suyo. Buscamos en todas partes un arbusto similar. Pero no había nin­guno a la vista. Cubrimos cosa de medio kilómetro antes de encontrar otra planta.

Sin decir palabra, don Juan me guió de regreso al primer cerro. Estuvimos en él un momento y luego me llevó a otra excursión, pero en dirección opuesta. Recorrimos con minuciosidad el área y hallamos otros dos arbustos, como a kilómetro y medio de distancia. Habían crecido juntos y resaltaban como un parche de verde vívido e intenso, más lozano que todos los otros arbustos en torno.

Don Juan me miró con expresión de seriedad. Yo no sabía qué pensar del asunto.

-Ésta es una señal muy extraña -dijo.

Regresamos a la cima del primer cerro, dando un amplio rodeo para llegar desde una nueva dirección. Don Juan parecía estar haciendo lo posible por de­mostrarme que había muy pocas plantas de ésas en los alrededores. No encontramos ninguna otra en nuestro camino. Después de subir al cerro, nos senta­mos en silencio total. Don Juan desató sus guajes.

-Te sentirás mejor después de comer -dijo.

No podía ocultar su regocijo. Lucía una sonrisa de oreja a oreja al darme palmaditas en la cabeza. Yo me sentía desorientado. Los nuevos acontecimientos eran inquietantes, pero me hallaba demasiado ham­briento y cansado para meditar realmente en ellos.

Después de comer tuve mucho sueño. Don Juan me instó a usar la técnica de mirar sin enfocar para descubrir un sitio apropiado para dormir en el cerro donde vi el arbusto.

Elegí uno. Don Juan recogió las hojas secas del sitio e hizo con ellas un círculo del tamaño de mi cuerpo. Con mucha gentileza, jaló unas ramas tiernas de los arbustos y barrió el área dentro del circulo. Sólo hizo la mímica de barrer; no tocó el suelo con las ra­mas. Luego juntó todas las piedras que había dentro del círculo y las puso en el centro, después de divi­dirlas meticulosamente, por tamaño, en dos montones de igual cantidad.

-¿Qué va a hacer usted con esas piedras? -pre­gunté.

-No son piedras -dijo-. Son cuerdas. Van a mantener suspendido tu sitio.

Tomó las rocas más pequeñas y marcó. con ellas la circunferencia del círculo. Igualó las distancias entre ellas y con ayuda de una vara aseguró firmemente cada piedra en el suelo, como haría un albañil.

No me dejó entrar en el circulo; me dijo que cami­nara en torno y viera lo que él estaba haciendo. Con­tó dieciocho rocas, siguiendo una dirección contraria a las manecillas del reloj.

-Ahora corre al pie del cerro y espera -dijo-. Y yo me asomaré desde la orilla paara ver si estás pa­rado donde debes.

-¿Qué va usted a hacer?

-Te voy a tirar estas cuerdas una por una -dijo señalando el montón de piedras más grandes-. Y tú tienes que ponerlas en el suelo, en el sitio que te in­dique, del mismo modo que yo he puesto las otras.

"Tienes que tener una cautela infinita. Cuando uno maneja poder, hay que ser perfecto. Los errores son mortales aquí. Cada una de éstas es una cuerda, una cuerda que podría matarnos si la dejamos suelta por ahí, conque simple y sencillamente no puedes cometer errores. Debes clavar la vista en el sitio don­de yo tire la cuerda. Si te distraes con cualquier cosa, la cuerda se convertirá en una piedra común y co­rriente y no podrás distinguirla de las otras piedras ahí tiradas."

Sugerí que sería más fácil que yo bajara las "cuer­das" una por una.

Don Juan rió y meneó la cabeza en sentido nega­tivo.

 -Éstas son cuerdas -insistió-. Y yo tengo que tirarlas y tú tienes que recogerlas.

Llevó horas cumplir la tarea. El grado de concen­tración necesario era sumamente arduo. En cada oca­sión, don Juan me recordaba que estuviera atento y enfocase la mirada. Tenía razón en hacerlo. Discer­nir una piedra específica que se precipitaba cuesta­bajo, empujando otras piedras en su camino, era en verdad cosa de locos.

Guando hube cerrado completamente el círculo y subido a la cima, me sentía a punto de caer muerto. Don Juan había acolchonado el círculo con ramas pe­queñas. Me dio unas hojas y me dijo que las pusiera dentro de mis pantalones, contra la piel de la región umbilical. Dijo que me darían calor y que no necesi­taría cobija para dormir. Me desplomé dentro del círculo. Las ramas formaban un lecho bastante blan­do, y me dormí en el acto.

Atardecía cuando desperté. Estaba nublado y hacia viento. Las nubes sobre mi cabeza eran cúmulos com­pactos, pero hacia el oeste había cirros delgados y el sol bañaba la tierra de tiempo en tiempo.

El sueño me había renovado. Me sentía vigoroso y feliz. El viento no me molestaba. No tenía frío. Alcé la cabeza apoyándola en los brazos y miré alre­dedor. No me había dado cuenta, pero el cerro era bastante alto. El paisaje hacia el oeste era impresio­nante. Veía yo una vasta área de montes bajos y luego el desierto. Había una cordillera de picos café oscuro hacia el norte y el este, y en dirección sur una extensión interminable de tierra y cerros y distantes montañas azules.

 Tomé asiento. Don Juan no estaba a la vista. Tuve un repentino ataque de miedo. Pensé que tal vez me había dejado allí solo, y yo no sabía cómo volver a mi coche. Volví a acostarme en el colchón de ramas y, curiosamente, se disipó mi aprensión. Nuevamente experimenté un sentimiento de quietud, un exquisito bienestar. Era una sensación extremadamente nueva para mí; mis pensamientos parecían haber sido des­conectados. Era feliz. Me sentía sano. Una eferves­cencia muy tranquila me llenaba. Un viento suave soplaba del oeste y barría todo mi cuerpo sin darme frío. Lo sentía en la cara y en torno a los oídos, como una suave ola de agua tibia que me bañaba y luego retrocedía y volvía a bañarme. Era un extraño estado de ser, sin paralelo en mi agitada y dislocada vida. Empecé a llorar, no por tristeza ni autocom­pasión sino a causa de una alegría inefable, inexplica­ble.

Quería quedarme para siempre en ese sitio y tal vez allí seguiría si don Juan no hubiera llegado a sacarme de un tirón.

-Ya descansaste bastante -dijo al jalarme para que me incorporara.

Me llevó muy calmadamente a caminar por la pe­riferia de la cima. Caminamos despacio y en silencio completo. Él parecía interesado en hacerme observar el paisaje en torno. Señalaba nubes o montañas con un movimiento de los ojos o de la barbilla.

El paisaje de atardecer era espléndido. Evocaba en mí sensaciones de reverencia y desesperanza. Me re­cordaba escenas vistas en la niñez.

Trepamos a la parte más alta del cerro, una punta de roca ígnea, y nos sentamos cómodamente de espaldas contra la roca, mirando al sur. La extensión in­terminable de tierra que se veía en esa dirección era en verdad majestuosa.

-Graba todo esto en tu memoria -me susurró don ,Juan al oído-. Este sitio es tuyo. Esta mañana viste, y ésa fue la señal. Encontraste este sitio viendo. La señal fue inesperada, pero se presentó. Vas a cazar poder, te guste o no. No es una decisión humana, no es tuya ni mía.

"Ahora, hablando con propiedad, este cerro es tu lugar, tu querencia; todo lo que te rodea está bajo tu cuidado. Debes cuidar todo lo de aquí y todo, a su vez, te cuidará."

En son de broma le pregunté si todo era mío. Dijo sí en un tono muy serio. Riendo, le dije que lo que hacíamos me recordaba la historia de cómo los espa­ñoles que conquistaron el Nuevo Mundo dividieron la tierra en nombre de su rey. Solían trepar a la cima de una montaña y reclamar toda la tierra que podían ver en cualquier dirección específica.

-Ésa es una buena idea -dijo-. Voy a darte toda la tierra que puedes ver, no en una dirección sino en todo tu alrededor.

Se puso en pie y señaló con la mano extendida, gi­rando el cuerpo para cubrir un círculo completo.

-Toda esta tierra es tuya -dijo.

-Reí con fuerza. Él soltó una risita y preguntó:

-¿Por qué no? ¿Por qué no puedo darte esta tierra?

-No es usted el dueño -dije.

-¿Y qué? Tampoco los españoles eran los dueños, pero de todos modos la dividían y la regalaban. Con­que ¿por qué no puedes tomar posesión de ella en la misma vena?

 Lo escudriñé para ver si podía detectar el verda­dero estado de ánimo del rostro risueño. Tuvo una explosión de risa y casi se cae de la roca.

-Toda esta tierra, hasta donde puedes ver, es tuya -prosiguió, aún sonriente-. No para usarla sino para recordarla. Pero este cerro es tuyo para que lo uses el resto de tu vida. Te lo doy porque tú mismo lo hallaste. Es tuyo. Acéptalo.

Reí, pero don Juan parecía hablar muy en serio. A excepción de su sonrisa chistosa, tenía toda la cara de creer que podía darme aquel cerro.

-¿Por qué no? -preguntó como leyendo mis pen­samientos.

-Lo acepto -dije medio en broma.

Su sonrisa desapareció. Achicó los ojos para mi­rarme.

-Cada piedra y guijarro y planta sobre este cerro, especialmente en la cima, está bajo tu cuidado -di­jo-. Cada gusano que vive aquí es tu amigo. Pue­des usarlos y ellos pueden usarte.

Permanecimos en silencio unos minutos. Mis pen­samientos eran inusitadamente escasos. Sentía vaga­mente que este súbito cambio de ánimo anunciaba algo en mí, pero no me hallaba temeroso ni apren­sivo. Simplemente ya no quería hablar. De algún modo, las palabras se antojaban inexactas, y sus sig­nificados difíciles de precisar. Jamás había yo sentido eso con respecto a las palabras, y al darme cuenta de mi ánimo insólito me apresuré a hablar.

-¿Pero qué puedo hacer con este cerro, don Juan?

-Grábate en la memoria cada uno de sus detalles. Éste es el sitio al que vendrás en tu soñar. Éste es el sitio donde te encontrarás con los poderes, donde al­gún día se te revelarán secretos.

"Estás cazando poder y éste es tu sitio, el sitio don­de juntarás tus recursos.

"Ahora esto no tiene sentido para ti. Conque deja que sea un sinsentido, por lo pronto."

Bajamos de la roca y me llevó a una pequeña de­presión, a manera de cuenco, en el lado oeste del cerro. Allí nos sentamos a comer.

Sin lugar a dudas había algo indescriptiblemente placentero para mí en, lo alto de ese cerro. Comer, como descansar, era una exquisita sensación desco­nocida.

La luz del sol poniente tenía un resplandor inten­so, casi cobrizo, y todo alrededor parecía untado de un tinte dorado. Me hallaba entregado por entero a observar el paisaje; ni siquiera deseaba pensar.

Don Juan me habló casi en un susurro. Me dijo que observara cada detalle del entorno, por más pe­queño y trivial que pareciera. Especialmente los ele­mentos del paisaje que eran más prominentes por el lado del poniente. Me indicó mirar el sol sin enfo­carlo, hasta que desapareciera tras el horizonte.

Los últimos minutos de luz, inmediatamente antes de que el sol llegara a un palio de nubes bajas o de niebla, fueron magníficos en el sentido total de la ex­presión. Era como si el sol inflamase la tierra, la encendiera como una hoguera. Tuve en la cara una sensación de rojez.

-¡Párate! -gritó don Juan, jalándome.

Se apartó de un salto y me ordenó, en tono impera­tivo pero urgente, trotar en el sitio donde me hallaba de pie.

 Mientras corría sin avanzar, empecé a sentir una calidez invadir mi cuerpo. Era una calidez cobriza. La sentía en el paladar y en el "techo" de los ojos. Era como si la parte superior de mi cabeza ardiese en un fuego fresco que irradiaba algo así como un brillo de cobre.

Algo dentro de mí me hizo trotar más y más rápi­do conforme el sol empezaba a desaparecer. En de­terminado momento me sentí en verdad tan ligero que hubiera podido volar. Don Juan asió con mucha firmeza mi muñeca derecha. La sensación causada por la presión de su mano me devolvió un sentido de sobriedad y compostura. Me dejé caer en el suelo y él se sentó junto a mí.

Tras unos minutos de reposo se puso calladamen­te en pie, me tocó el hombro y me hizo seña de se­guirlo. Volvimos a escalar hasta la punta de roca ígnea donde habíamos estado antes. La roca nos es­cudaba del viento frío. Don Juan rompió el silencio.

-Fue una estupenda señal -dijo-. ¡Qué extra­ño! Sucedió al terminar el día. Tú y yo somos muy distintos. Tú eres más criatura de la noche. Yo pre­fiero el brillo joven de la mañana. O mejor dicho, el brillo del sol matutino me busca, pero de ti se es­conde. En cambio, el sol poniente te bañó. Sus lla­mas te abrasaron sin quemarte. ¡Qué extraño!

-¿Por qué es extraño?

-Nunca lo había visto pasar. La señal, cuando sucede, ha sido siempre en el reino del sol joven.

-¿Por qué es así, don Juan?

-No es hora de hablar de eso -repuso, cortante-. El conocimiento es poder. Toma mucho tiempo jun­tar el poder suficiente incluso para hablar de él.

 Traté de insistir, pero él cambió de tema abrupta­mente. Inquirió sobre mi progreso en "soñar".

Yo había empezado a soñar en sitios específicos, como la escuela y las casas de algunos amigos.

-¿Estabas en esos sitios durante el día o durante la noche? -preguntó.

Mis sueños correspondían con la hora del día a la que solía estar en tales sitios: en la escuela durante el día, en casa de mis amigos por la noche.

Sugirió que probara yo "soñar" mientras echaba una siesta de día, y ver si podía visualizar el sitio elegido como estaba a la hora en que yo "soñaba". Si yo "soñaba" de noche, mis visiones del local debían ser nocturnas. Dijo que lo que uno experimenta al "soñar" debe ser congruente con la hora en que el "soñar" tiene lugar; de otra forma las visiones que uno tenga no serán "soñar", sino sueños comunes.

-Para ayudarte debías escoger un objeto determi­nado que pertenezca al sitio donde quieres ir, y en­focar en él tu atención -prosiguió-. En este cerro, por ejemplo, tienes ya una planta determinada que debes observar hasta que tenga un lugar en tu me­moria. Puedes regresar aquí en tu soñar simplemen­te recordando esa planta, o recordando esta roca don­de estamos sentados, o recordando cualquier otra cosa de aquí. Es más fácil viajar al soñar cuando pue­des enfocarte en un sitio de poder, como éste. Pero si no quieres venir aquí puedes usar cualquier otro sitio. A lo mejor la escuela donde vas es para ti un sitio de poder. Úsalo. Enfoca tu atención en cual­quier objeto de allí, y luego encuéntralo al soñar.

"Del objeto específico que recuerdes, debes volver a tus manos, y luego a otro objeto y así sucesivamente.

 "Pero ahora debes enfocar la atención en todo lo que existe encima de este cerro, porque éste es el sitio más importante de tu vida."

Me miró como sondeando el efecto de sus palabras.

-Éste es el sitio en que morirás -dijo con voz suave.

Me moví con nerviosismo, cambiando de postura, y él sonrió.

-Tendré que venir contigo una y otra vez a este cerro -dijo-. Y luego tú tendrás que venir solo hasta que estés saturado de él, hasta que el cerro te rezume. Sabrás la hora en que estés lleno de él. Este cerro, como es ahora, será entonces el sitio de tu úl­tima danza.

-¿Qué quiere usted decir con mi última danza, don Juan?

-Ésta es tu última parada -dijo-. Morirás aquí, estés donde estés. Cada guerrero tiene un sitio para morir. Un sitio de su predilección, donde eventos poderosos dejaron su huella; un sitio donde ha pre­senciado maravillas, donde se le han revelado secre­tos; un sitio donde ha juntado su poder personal.

"Un guerrero tiene la obligación de regresar a ese sitio de su predilección cada vez que absorbe poder, para guardarlo allí. Va allí caminando o bien soñando.

"Y por fin, un día que su tiempo en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hom­bro izquierdo, su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su predilección y allí el guerrero baila ante su muerte.

"Cada guerrero tiene una forma específica, una de­terminada postura de poder, que desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal."

"Si el guerrero moribundo tiene poder limitado, su danza es corta; si su poder es grandioso, su danza es magnífica. Pero ya sea su poder pequeño o magnifi­co, la muerte debe pararse a presenciar su última pa­rada sobre la tierra. La muerte no puede llevarse al guerrero que cuenta por última vez la labor de su vida, hasta que haya acabado su danza."

Las palabras de don Juan me dieron un escalofrío. El silencio, el crepúsculo, el espléndido paisaje: todo parecía haber sido colocado allí como tramoya para la imagen de la última danza de poder de un guerrero.

-¿Puede usted enseñarme esa danza aunque no sea yo guerrero? -pregunté.

-Todo hombre que caza poder tiene que aprender esa danza -repuso-. Pero no te la puedo enseñar ahora. Tal vez tengas pronto un adversario que valga la pena y entonces te enseñaré el primer movimiento de poder. Tú mismo debes añadir los otros conforme sigas viviendo. Cada movimiento debe adquirirse du­rante una lucha de poder. Así que, hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la historia de su vida, una danza que crece conforme él crece en poder personal.

-¿De veras se para la muerte a ver bailar al gue­rrero?

-Un guerrero no es más que un hombre. Un hom­bre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha juntado poder tras penalidades enormes, puede ciertamente detener a su muerte un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regocijarse por última vez en el recuerdo de su poder. Podemos decir que ése es un gesto que la muerte tiene con quienes po­seen un espíritu impecable.

Experimenté una angustia avasalladora y hablé sólo por aliviarla. Le pregunté si había conocido guerre­ros que murieron, y en qué forma su última danza había afectado su morir.

-Ya párale -dijo con sequedad-. Morir es algo monumental. Es algo mucho más que estirar la pata y ponerte tieso.

-¿Bailaré yo también ante mi muerte, don Juan?

-Sin duda. Estás cazando poder personal aunque todavía no vivas como guerrero. Hoy el sol te dio una señal. Lo mejor que produzcas en el trabajo de tu vida se hará al final del día. Por lo visto no te gusta el joven resplandor de la luz temprana. Viajar en la mañana no te llama la atención. Pero tu gusto es el sol poniente, amarillo viejo, y maduro. No te gusta el calor, te gusta el resplandor.

"Y así bailarás ante tu muerte, aquí, en la cima de este cerro, al acabar el día. Y en tu última danza dirás de tu lucha, de las batallas que has ganado y de las que has perdido; dirás de tus alegrías y des­conciertos al encontrarte con el poder personal. Tu danza hablará de los secretos y las maravillas que has atesorado. Y tu muerte se sentará aquí a observarte.

"El sol poniente brillará sobre ti sin quemar, como lo hizo hoy. El viento será suave y dulce y tu cerro temblará. Al llegar al final de tu danza mirarás el sol, porque nunca volverás a verlo ni despierto ni soñando, y entonces tu muerte apuntará hacia el sur. Hacia la inmensidad."


 no tiene sentido para ti, simplemente porque to­davía no tienes bastante poder personal. Pero tienes más que al principio, así que han comenzado a pa­sarte cosas. Ya tuviste un poderoso encuentro con la niebla y el rayo. No es importante que comprendas lo que te pasó aquella noche. Lo importante es que hayas adquirido esa memoria. El puente y todo lo demás que viste aquella noche se repetirán algún día, cuando tengas bastante poder personal.

-¿Con qué objeto se repetiría todo eso, don Juan?

-No sé. Yo no soy tú. Sólo tú puedes responder. Todos somos distintos. Por eso tuve que dejarte solo anoche, aunque sabía que era mortalmente peligroso; tenías que tener un duelo con esas entidades. El mo­tivo por el que elegí el canto del tecolote fue porque los tecolotes son mensajeros de las entidades. Imitar el canto del tecolote las hace salir. Se volvieron peli­grosas para ti no porque sean malas de naturaleza, sino porque no fuiste impecable. Hay en ti algo muy torcido y yo sé lo que es. Nada más me estás llevando la corriente. Toda tu vida le has llevado la corriente a todo el mundo y eso, claro, te coloca automática­mente por encima de todos y de todo. Pero tú mismo sabes que eso no puede ser. Eres sólo un hombre, y tu vida es demasiado breve para abarcar todas las ma­ravillas y todos los horrores de este mundo prodigio­so. Por eso, tu manera de darle cuerda a la gente es una cosa asquerosa que te hace quedar muy mal.

Quise protestar. Don Juan había dado en el clavo, como docenas de veces anteriormente. Por un instante me enojé. Pero, como había sucedido antes, el escri­bir me dio el suficiente despego para permanecer impasible.

-Creo que tengo la cura -prosiguió don Juan tras un largo intervalo-. Hasta tú estarías de acuerdo conmigo si recordaras lo que hiciste anoche. Corriste tan rápido como cualquier brujo sólo cuando tu ad­versario se puso insoportable. Los dos sabemos eso y creo que ya te encontré un digno adversario.

 -¿Qué va usted a hacer, don Juan?

No respondió. Se puso en pie y estiró el cuerpo. Pareció contraer cada músculo. Me ordenó hacer lo mismo.

-Debes estirar tu cuerpo muchas veces durante el día -dijo-. Mientras más veces mejor, pero nada más después de un largo periodo de trabajo o un largo periodo de descanso.

-¿Qué clase de adversario me va usted a poner: -pregunté.

-Por desgracia, sólo nuestros semejantes son nues­tros dignos adversarios -dijo-. Otras entidades no tienen voluntad propia y hay que salirles al encuentro y sonsacarlas. Nuestros semejantes, en cambio, son implacables.

"Ya hemos hablado bastante- dijo don Juan en tono abrupto, y se volvió hacia mí-. Antes de irte debes hacer una última cosa, la más importante de todas. Ahora mismo voy a decirte algo para que sepas por qué estás aquí y te tranquilices. La razón de que sigas viniendo a verme es muy sencilla; todas las ve­ces que me has visto, tu cuerpo ha aprendido ciertas cosas, aun sin tú quererlo. Y finalmente ahora tu cuer­po necesita regresar conmigo para aprender más. Di­gamos que tu cuerpo sabe que va a morir, aunque tú jamás piensas en eso. Así pues, he estado dicién­dole a tu cuerpo que yo también voy a morir y que antes de eso me gustaría enseñarle ciertas cosas, cosas que tú mismo no puedes darle. Por ejemplo, tu cuer­po necesita sustos. Le gustan. Tu cuerpo necesita la oscuridad y el viento. Tu cuerpo conoce ya la marcha de poder y arde en deseos de probarlo. Tu cuerpo necesita poder personal y arde en deseos de tenerlo.

 Digamos, pues, que tu cuerpo regresa a verme porque soy amigo suyo."

Don Juan quedó en silencio largo rato. Parecía for­cejear con sus pensamientos.

-Ya te he dicho que el secreto de un cuerpo fuerte no consiste en lo que haces sino en lo que no haces -dijo por fin-. Ahora es tiempo de que no hagas lo que siempre haces. Siéntate aquí hasta que nos vayamos y no hagas.

-No le entiendo, don Juan.

Puso las manos sobre mis notas y me las quitó. Cerró cuidadosamente las páginas de mi libreta, la aseguró con su liga y luego la arrojó como un disco a lo lejos, al chaparral.

Sobresaltado, empecé a protestar, pero él me tapó la boca con la mano. Señaló un arbusto grande y me dijo que fijara mi atención, no en las hojas, sino en las sombras de las hojas. Dijo que el correr en la oscuridad, en vez de nacer del miedo, podía ser la reacción muy natural de un cuerpo jubiloso que sa­bía cómo "no hacer". Repitió una y otra vez, susurran­do en mi oído derecho, que "no hacer lo que yo sabía hacer" era la clave del poder. En el caso de mirar un árbol, lo que yo sabía hacer era enfocar inmediatamente el follaje. Nunca me preocupaban las sombras de las hojas ni los espacios entre las ho­jas. Sus recomendaciones finales fueron que empezara a enfocar las sombras de las hojas de una sola rama para luego, sin prisas, recorrer todo el árbol, y que no dejara a mis ojos volver a las hojas, porque el primer paso deliberado para juntar poder personal era permitir al cuerpo "no-hacer".

Acaso fue por mi fatiga o por mi excitación nerviosa, pero me abstraje a tal grado en las sombras de las hojas que para cuando don Juan se puso en pie yo ya casi podía agrupar las masas oscuras de sombra tan efectivamente como por lo común agrupaba el follaje. El efecto total era sorprendente. Dije a don Juan que me gustaría quedarme otro rato. Él rió y me dio palmadas en la cabeza.

-Te lo dije -repuso-. Al cuerpo le gustan estas cosas.

Luego me dijo que dejara a mi poder almacenado guiarme a través de los arbustos hasta mi libreta. Me empujó suavemente al chaparral. Caminé al azar un momento y entonces la encontré. Pensé que debía haber memorizado inconscientemente la dirección en que don Juan la arrojó. Él explicó el evento dicien­do que fui directamente a la libreta porque mi cuer­po se había empapado durante horas en "no-hacer".


 


SEGUNDA PARTE: EL VIAJE A IXTLÁN

 

XVIII. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO

 

EN Mayo de 1971, hice a don Juan la última visita de mi aprendizaje. Fui a verlo, en aquella ocasión, con el mismo espíritu que durante los diez años de nuestra relación; es decir, buscando una vez más la amenidad de su compañía.

Su amigo don Genaro, un brujo mazateco, estaba con él. Yo había visto a ambos durante mi visita .previa, seis meses antes. Titubeaba en preguntarles si habían estado juntos todo ese tiempo, cuando don Genaro explicó que el desierto del norte le gustaba tanto que había regresado justo a tiempo para ver­me. Ambos rieron como si conocieran un secreto.

-Regresé nada más por ti -dijo don Genaro.

-Es cierto -corroboró don Juan.

Recordé a don Genaro que, la vez pasada, sus in­tentos de ayudarme a "parar el mundo" me habían resultado desastrosos. Fue una manera amistosa de declarar mi miedo hacia él. Rió inconteniblemente, sacudiendo el cuerpo y pataleando como niño. Don Juan evitó mirarme y rió también.

-Ya no va usted a tratar de ayudarme, ¿verdad, don Genaro? -pregunté.

Mi frase les produjo espasmos de risa. Don Gena­ro rodó por el suelo, entre carcajadas; luego se acostó bocabajo y empezó a nadar en el piso. Al verlo hacer eso, supe que me hallaba perdido. En ese mo­mento, de algún modo, mi cuerpo cobró conciencia de haber llegado al fin. Yo ignoraba cuál era ese fin. Mi tendencia personal a la dramatización, y mi experiencia previa con don Genaro, me hicieron creer que podía ser el fin de mi vida.

Durante mi última visita, don Genaro había in­tentado empujarme al borde de "parar el mundo". Sus esfuerzos fueron tan extravagantes y directos que el mismo don Juan tuvo que decirme que me marchara. Las demostraciones de "poder" de don Gena­ro eran tan extraordinarias y desconcertantes que me forzaron a una total revaluación de mí mismo. Fui a casa, revisé las notas tomadas en el principio mismo de mi aprendizaje, y misteriosamente me invadió un sen­timiento del todo nuevo, aunque no tuve conciencia plena de él hasta ver a don Genaro nadar en el piso.

El acto de nadar en el piso, congruente con otras acciones extrañas y desconcertantes que don Genaro había ejecutado frente a mis propios ojos, se inició cuando él yacía bocabajo. Al principio reía tan duro que su cuerpo se sacudía como convulsionado; luego empezó a patalear; finalmente, el movimiento de las piernas se coordinó con un movimiento de remar con las manos, y don Genaro comenzó á deslizarse por el suelo como si estuviera acostado en una tabla con ruedas. Cambió de dirección varias veces y cubrió todo el espacio frente a la casa, maniobrando en torno a mí y a don Juan.

Don Genaro había payaseado antes en mi presencia, y en cada una de tales ocasiones don Juan afirmó que yo había estado a punto de "ver". No lo lograba a causa de mi insistencia en tratar de explicar cada acción de don Genaro desde una perspectiva racional. Esta vez me hallaba en guardia, y cuando se puso a nadar no intenté explicar ni entender el hecho. Me limité a observar. Pero no pude evitar la sensación de hallarme atónito. Don Genaro se deslizaba realmente sobre el estómago y el pecho. Al observarlo, empecé a bizquear. Sentí un empellón de recelo. Estaba convencido de que, si no explicaba lo que tenía lugar, "vería", y la idea me llenaba de una angustia inusitada. Mi anticipación nerviosa era tan­ta que en algún sentido me encontraba de vuelta en el mismo punto: encerrado una vez más en algu­na empresa de raciocinio.

Don Juan debe haber estado observándome. Me tocó de pronto; automáticamente me volví a enca­rarlo, y por un instante aparté la vista de don Gena­ro. Cuando lo miré de nuevo, estaba parado junto a mí con la cabeza levemente inclinada y la barbilla casi apoyada en mi hombro derecho. Tuve un sobre­salto retardado. Lo miré un segundo y después salté hacia atrás.

Su expresión de sorpresa fingida fue tan cómica que reí histéricamente. Pero no podía menos de ad­vertir que mi risa se salía de lo acostumbrado. Mi cuerpo se sacudía con espasmos nerviosos originados en la parte media de mi estómago. Don Genaro me puso la mano en el estómago y las ondulaciones con­vulsionadas cesaron.

-¡Este Carlitos, siempre tan exagerado! -excla­mó con tono de gente remilgada.

Luego añadió, imitando la voz y las inflexiones de don Juan:

-¿Qué no sabes que un guerrero jamás se ríe así?

Su caricatura de don Juan era tan perfecta que reí todavía más fuerte.

Después, ambos se fueron juntos, y estuvieron fuera más de dos horas, hasta eso del mediodía.

Al regresar, tomaron asiento en el espacio frente a la casa de don Juan. No dijeron palabra. Parecían soñolientos, cansados, casi distraídos. Permanecieron inmóviles largo rato, pero se veían cómodos y relaja­dos. La boca de don Juan estaba ligeramente abier­ta, como si durmiera, pero tenía las manos unidas sobre el regazo y movía rítmicamente los pulgares.

Durante un tiempo me agité, inquieto, y cambié de posiciones; luego empecé a sentir una placidez confortante. Debo haberme dormido. La risa leve de don Juan me despertó. Abrí los ojos. Ambos me escudriñaban.

-Si no hablas, te duermes -dijo don Juan, riendo.

-Me temo que sí -dije.

Don Genaro se acostó de espaldas y empezó a pa­talear en el aire. Por un momento pensé que reini­ciaba su inquietante payaseo, pero él recuperó de inmediato su postura anterior, sentado con las pier­nas cruzadas.

-Hay algo que ya por ahora debías tener en cuen­ta -dijo don Juan-. Yo lo llamo el centímetro cúbico de suerte. Todos nosotros, guerreros o no, tenemos un centímetro cúbico de suerte que salta ante nuestros ojos de tiempo en tiempo. La diferen­cia entre un hombre común y un guerrero es que el guerrero se da cuenta, y una de sus tareas consiste en hallarse alerta, esperando con deliberación, para que cuando salte su centímetro cúbico él tenga la velocidad necesaria, la presteza para cogerlo.

"La suerte, la buena fortuna, el poder personal, o como lo quieras llamar, es un estado peculiar de co­sas. Es como un palito que sale frente a nosotros y nos invita a arrancarlo. Por lo general andamos de­masiado ocupados, o preocupados, o estúpidos y pere­zosos, para darnos cuenta de que es nuestro centímetro cúbico de suerte. Un guerrero, en cambio, siempre está alerta y duro y tiene la elasticidad, el donaire necesario para agarrarlo."

-¿Es tu vida dura y ajustada? -me preguntó de pronto don Genaro.

-Creo que sí -dije con convicción.

-¿Te crees capaz de coger tu centímetro cúbico de suerte? -me preguntó don Juan con tono in­crédulo.

-Creo hacerlo todo el tiempo -dije.

-Yo creo que sólo te tienen alerta las cosas que ya conoces -dijo don Juan.

-Quizá me engañe, pero de veras creo que actual­mente estoy mucho más despierto que en ninguna otra época de mi vida -dije, y hablaba en serio.

Don Genaro asintió, aprobando.

-Sí -dijo suavemente, como hablando consigo mismo-. Carlitos está de veras compacto, y absolu­tamente despierto.

Sentí que me seguían la corriente. Pensé que tal vez les molestó la declaración de mi supuesta condi­ción de compacidad.

-No quise presumir -dije.

Don Genaro arqueó las cejas y agrandó las fosas nasales. Miró mi cuaderno y fingió escribir.

-Creo que Carlos está más compacto que antes -dijo don Juan a don Genaro.

 -A lo mejor está demasiado compacto -devolvió don Genaro.

-Puede muy bien que sea así -concedió don Juan.

Yo no supe cómo terciar en ese punto, así que permanecí callado.

-¿Recuerdas la vez que trabé tu carro? -preguntó don Juan como al acaso.

Su pregunta era abrupta y no tenía relación con la conversación. Se refería a una ocasión en la que no pude arrancar mi coche hasta que él me dijo que ya podía. Dije que nadie olvidaría un evento así.

-Eso no fue nada -dijo don Juan en tono sere­no-. Nada en absoluto. ¿Verdad, Genaro?

-Verdad -dijo don Genaro, indiferente.

-¿Cómo va usted a decir eso? -dije en tono de protesta-. Lo que usted hizo aquel día fue algo que verdaderamente yo nunca podré comprender.

-Eso no es decir gran cosa -repuso don Genaro.

Ambos rieron de buena gana y luego don Juan me palmeó la espalda.

-Genaro puede hacer algo mucho mejor que tra­bar tu coche -prosiguió-. ¿Verdad, Genaro?

-Verdad -respondió don Genaro, frunciendo los labios como un niño.

-¿Qué puede hacer? -pregunté, tratando de parecer despreocupado.

-¡Genaro puede llevarse tu carro entero! -excla­mó don Juan con voz retumbante; lueego añadió con el mismo tono-: ¿Verdad, Genaro?

-¡Verdad! -contestó don Genaro en el tono de voz humana más fuerte que jamás había yo escu­chado.

Salté involuntariamente. Tres o cuatro espasmos nerviosos convulsionaron mi cuerpo.

-¿Qué es lo que quiso usted decir con lo de que se puede llevar mi carro?

-¿Qué quise decir, Genaro? -preguntó don Juan.

-Quisiste decir que puedo subirme en su carro, encender el motor y luego irme manejando -repli­có don Genaro con seriedad nada convincente.

-Llévate el carro, Genaro -lo instó don Juan en tono de broma.

-¡Hecho! -dijo don Genaro, frunciendo el entre­cejo y mirándome de lado.

Noté que, cuando ponía ceño, sus cejas ondula­ban, haciendo su mirada maliciosa y penetrante.

-¡Muy bien! -dijo don Juan calmadamente-. Vamos a examinar el carro.

-¡Sí! -repitió don Genaro-. Vamos a exami­narlo.

Se levantaron, muy despacio. Por un instante no supe qué hacer, pero don Juan me indicó imitarlos.

Empezamos a subir el cerrito frente a la casa de don Juan. Ambos me flanqueaban, don Juan a mi derecha y don Genaro a la izquierda. Iban unos dos metros delante de mí, siempre dentro de mi campo central de visión.

-Examinemos el carro -dijo de nuevo don Ge­naro.

Don Juan movió las manos como si tejiera un hilo invisible; don Genaro hizo lo mismo y repitió: "Exa­minemos el carro." Caminaban con una especie de rebote. Sus pasos eran más largos que de costumbre, y sus manos se movían como si azotaran o batieran objetos invisibles frente a ellos. Yo nunca había visto a don Juan payasear en esa forma, y me sentid casi avergonzado de mirarlo.

Llegamos a la cima y dirigí la vista al espacio a pie del cerro -unos cincuenta metros de distancia-, donde había estacionado mi coche. El estómago se me contrajo con una sacudida. ¡El coche no estaba! Corrí cuestabajo. Mi coche no se veía por ninguna parte. Experimenté un momento de gran confusión. Me hallaba desorientado.

El coche había estado allí desde que llegué temprano en la mañana. Cosa de media hora antes, yo había venido a sacar un nuevo cuaderno de papel para escribir. Se me ocurrió entonces dejar abiertas las ventanillas a causa del calor excesivo, pero la abundancia de mosquitos y otros insectos voladores me hizo cambiar de idea, y dejé el coche cerrado como de costumbre.

Volví a mirar en torno. Rehusaba creer que mi coche no estuviera. Caminé hasta el borde del espa­cio despejado. Don Juan y don Genaro se me unieron y se pararon junto a mí, haciendo exactamente lo que yo hacía: escudriñar la distancia para ver si avizoraba el coche. Tuve un momento de euforia que cedió el paso a una desconcertante sensación irritada. Ellos parecieron advertirla y empezaron a caminar en torno mío, moviendo las manos como si amasaran.

-¿Qué crees que le pasaría al carro, Genaro? -preguntó don Juan con mansedumbre.

-Me lo llevé -dijo don Genaro, y realizó una asombrosa pantomima de cambiar velocidades y con­ducir. Dobló las piernas como si estuviera sentado y conservó esa postura unos momentos, obviamente sostenido sólo por los músculos de las piernas; luego apoyó su peso en la pierna derecha y estiró el pie izquierdo como pisando el embrague. Imitó con los labios el ruido de un motor, y finalmente, como bro­che de oro, fingió haber dado en un bache y se sacu­dió hacia arriba y hacia abajo, dándome la entera sensación de un conductor inepto que rebota en el asiento sin soltar el volante.

La mímica de don Genaro era estupenda. Don Juan rió hasta quedarse sin aliento. Yo quería unirme al regocijo, pero me era imposible relajarme. Me sentía amenazado e incómodo, poseído por una angustia que no tenía precedentes en mi vida. Sentía arder por dentro y empecé a patear piedras y terminé reco­giéndolas y aventándolas con una fuerza inconsciente e imprevisible. Era como si la ira estuviese realmente fuera de mí, y me hubiera envuelto de pronto. Luego el sentimiento de molestia me abandonó, tan repen­tinamente como me había invadido. Aspiré hondo y me sentí mejor.

No me atrevía a mirar a don Juan. Me apenaba mi demostración de ira, pero al mismo tiempo tenía ganas de reír. Don Juan se acercó y me dio unas pal­madas en la espalda. Don Genaro puso el brazo en mi hombro.

-¡Ándale! -dijo don Genaro-. Que te dé un co­raje. Pégate en la nariz y sácate sangre. Luego puedes agarrar una piedra y romperte los dientes. ¡Qué bien te vas a sentir! Y si eso no te basta, puedes poner los huevos en ese peñasco y hacerlos papilla con la mis­ma piedra.

Don Juan soltó una risita. Les dije que me sentía avergonzado de mi comportamiento. No sabía qué cosa se me metió. Don Juan declaró hallarse seguro de que yo sabía exactamente lo que pasaba, pero fin­gía no saberlo y lo que me enojaba era el acto de fingir.

Don Genaro estaba insólitamente confortante; me palmeó la espalda repetidas veces.

-A todos nos pasa lo mismo -dijo don Juan.

-¿A qué se refiere usted, don Juan? -preguntó don Genaro imitando mi voz, paroodiando mi hábito de hacer preguntas a don Juan.

Don Juan dijo cosas absurdas como: "Cuando el mundo está al revés nosotros estamos al derecho, pero cuando el mundo está al derecho nosotros estamos al revés. Bueno, pues cuando el mundo y nosotros es­tamos al derecho, creemos estar al revés. . ." Siguió y siguió diciendo incoherencias mientras don Genaro imitaba mi forma de tomar notas. Escribía en un cuaderno invisible, con los ojos muy abiertos y fijos en don Juan. Don Genaro había observado mis es­fuerzos por escribir sin mirar el papel, para no alterar el flujo natural de la conversación. Su mímica era en verdad hilarante.

De pronto me sentí a mis anchas, feliz. La risa de los viejos era tranquilizante. Por un momento me dejé ir y solté una carcajada. Pero luego mi mente entró en un nuevo estado de aprensión, confusión y molestia. Pensé en la imposibilidad de aquello que estaba ocurriendo; era algo inconcebible según el orden lógico por el cual juzgo habitualmente el mun­do frente a mí. Sin embargo yo, como perceptor, per­cibía que mi coche no estaba allí. Como siempre que don Juan me enfrentaba con fenómenos inexplicables, se me ocurrió la idea de que se me estaba engañando por medios ordinarios. Siempre, bajo tensión, mi men­te repetía, en forma involuntaria y consistente, la misma elaboración. Me puse a calcular cuántos cóm­plices habrían necesitado don Juan y don Genaro para alzar mi coche y llevárselo. Me hallaba abso­lutamente seguro de haber cerrado con llave, compul­sivamente, todas las puertas; el freno de mano estaba puesto, también la velocidad, y el volante tenía se­guro. Para mover el coche, habrían tenido que al­zarlo en vilo. Esa tarea requería una fuerza laboral que ninguno de ellos podría haber reunido. Otra po­sibilidad era que alguien, de acuerdo con ambos, hu­biera forzado la portezuela y conectado el alambre de encendido para llevarse el auto. Esa acción implicaba un conocimiento especializado más allá de sus medios. La última explicación posible era que tal vez me estaban hipnotizando. Sus movimientos me resulta­ban tan nuevos y tan sospechosos que me puse a girar en racionalizaciones. Pensé que, si me hallaba hipnotizado, ocupaba un estado de conciencia alte­rada. En mi experiencia con don Juan había notado que, en tales estados, uno es incapaz de llevar cuenta coherente del paso del tiempo. En ese respecto, ja­más había habido un orden perdurable en ninguno de los estados de realidad no ordinaria experimenta­dos por mí, y mi conclusión fue que, manteniéndome alerta, llegaría un momento en el que perdería mi orden de tiempo secuencial. Como si, por ejemplo, estuviese mirando una montaña en determinado mo­mento, y luego, en mi siguiente instante de concien­cia, me hallase mirando un valle en la dirección opuesta, pero sin recordar haber dado la vuelta. Sentí que, de ocurrirme algo de tal naturaleza, tal vez me sería posible explicar lo que ocurría con mi coche como un caso de hipnosis. Decidí que lo único a hacer era observar cada detalle con minuciosidad extrema.

-¿Dónde está mi carro? -pregunté, dirigiéndome a ambos.

-¿Dónde está el carro, Genaro? -preguntó don Juan con una expresión totalmente seria.

Don Genaro empezó a voltear piedras para mirar debajo. Trabajó febrilmente en todo el espacio llano donde yo había estacionado el coche. No pasó por alto una sola piedra. A veces fingía enojarse y arro­jaba la piedra al matorral.

Don Juan parecía disfrutar la escena a un grado inexpresable. Reía y chasqueaba la lengua y casi ig­noraba mi presencia.

Don Genaro acababa de arrojar una piedra, en un arranque de frustración mentida, cuando llegó a un peñasco de buen tamaño, la única piedra grande y pesada en el área. Intentó volcarla, pero pesaba de­masiado y se hallaba incrustada en el suelo. Pugnó y resopló hasta empezar a sudar. Luego se sentó en la roca y llamó a don Juan en su ayuda.

Don Juan me miró con una sonrisa resplandecien­te y dijo:

-Anda, vamos a darle una mano a Genaro.

-¿Pero qué es lo que está haciendo? -pregunté.

-Está buscando tu carro -dijo don Juan con des­enfado y naturalidad.

-¡Por Dios! ¿Cómo va a encontrarlo debajo de las piedras?

-Por Dios, ¿por qué no? -repuso don Genaro, y ambos se carcajearon.

No pudimos mover la roca. Don Juan sugirió que fuéramos a la casa a buscar un madero grueso que usar como palanca.

En el camino a la casa, les dije que sus actos eran absurdos y que eso que me hacían, fuera lo que fuese, no tenía caso.

Don Genaro me escudriñó.

-Genaro es un hombre muy cabal -dijo don Juan con expresión seria-. Es tan cabal y meticuloso como tú. Tú mismo dijiste que nunca dejas una sola piedra sin voltear. Él está haciendo lo mismo.

Don Genaro me palmeó el hombro y dijo que don Juan tenía toda la razón y que, de hecho, él quería ser como yo. Me miró con un brillo de locura y abrió las fosas nasales.

Don Juan chocó las manos y arrojó su sombrero al suelo.

Tras una larga búsqueda en torno a la casa, don Genaro encontró un tronco de árbol, largo y bastante grueso, parte de una viga. Lo cargó atravesado en los hombros e iniciamos el regreso al sitio donde había estado mi coche.

Cuando subíamos el cerrito y estábamos a punto de alcanzar un recodo del camino, desde donde se veía el espacio llano, tuve una ocurrencia súbita. Pensé que iba a hallar el coche antes que ellos, pero al mirar hacia abajo no había ningún coche al pie del cerro.

Don Juan y don Genaro deben haber comprendido lo que yo tenía en mente y corrieron en pos de mí, riendo con regocijo.

Apenas llegamos al pie del cerro, pusieron manos a la obra. Los observé unos momentos. Sus acciones eran incomprensibles. No fingían trabajar; se hallaban inmersos de lleno en la tarea de volcar un pe­ñasco para ver si mi coche estaba debajo. Eso era de­masiado para mí, y me uní a ellos. Resoplaban y gri­taban y don Genaro aullaba como coyote. Estaban empapados de sudor. Noté lo fuerte que eran sus cuer­pos, sobre todo el de don Juan. Junto a ellos, yo era un joven flácido.

No tardé en sudar también, copiosamente. Por fin logramos voltear el peñasco y don Genaro examinó la tierra bajo la roca con la paciencia y la minuciosidad más enloquecedoras.

-No. No está aquí -anunció.

La aseveración hizo a ambos tirarse en el suelo de risa.

Yo reí con nerviosismo. Don Juan parecía tener verdaderos espasmos de dolor; se cubrió el rostro y se acostó mientras su cuerpo se sacudía de risa.

-¿En qué dirección vamos ahora? -preguntó don Genaro tras un largo descansso.

Don Juan señaló con un movimiento de cabeza.

-¿A dónde vamos? -pregunté.

-¡A buscar tu carro! -dijo don Juan, sin la me­nor sonrisa.

Volvieron a flanquearme cuando entramos en el matorral. Sólo habíamos cubierto unos cuantos me­tros cuando don Genaro hizo señas de que nos de­tuviéramos. Fue de puntillas hasta un arbusto redon­do que se hallaba a unos pasos, se asomó a las ramas internas y dijo que el coche no estaba allí.

Seguimos caminando un rato y luego don Genaro nos inmovilizó con un ademán. Parado de puntas, arqueó la espalda y estiró los brazos por encima de la cabeza. Sus dedos, contraídos, semejaban una garra.

Desde mi posición, el cuerpo de don Genaro tenía la forma de una letra S. Conservó la postura un ins­tante y luego se abalanzó de cabeza sobre una rama larga, con hojas secas. La levantó con cuidado y, des­pués de examinarla, comentó de nuevo que el coche no estaba allí.

Conforme nos adentrábamos en el matorral, él bus­caba detrás de los arbustos y trepaba pequeños árbo­les de paloverde para mirar entre el follaje, sólo para concluir que el coche tampoco estaba allí.

Mientras tanto, yo llevaba concienzudas cuentas de todo cuanto tocaba o veía. Mi visión secuencial y or­denada del mundo en torno, era tan continua como siempre. Toqué rocas, arbustos, árboles. Mirando pri­mero con un ojo y después con el otro, cambié el enfoque de un primer plano a un plano general. Se­gún todos los cálculos, me hallaba caminando por el chaparral como en veintenas de ocasiones anteriores durante mi vida cotidiana.

Luego, don Genaro se acostó bocabajo y nos pidió hacer lo mismo. Descansó la barbilla en las manos entrelazadas. Don Juan lo imitó. Ambos se quedaron mirando una serie de pequeñas protuberancias en el suelo, semejantes a cerros diminutos. De pronto, don Genaro hizo un amplio movimiento con la diestra y asió algo. Se puso en pie apresuradamente, y lo mismo don Juan. Don Genaro nos mostró la mano cerrada y nos hizo seña de ir a mirar. Luego, lentamente, empezó a abrir la mano. Cuando la tuvo extendida, un gran objeto negro salió volando. El movimiento fue tan súbito, y el objeto volador tan grande, que salté hacia atrás y estuve a punto de perder el equi­librio. Don Juan me apuntaló.

-No era el carro -se quejó don Genaro-. Era una pinche mosca. ¡Ni modo!

Ambos me escudriñaban. Se hallaban parados fren­te a mí y no me miraban directamente, sino con el rabo del ojo. Fue una mirada prolongada.

-Era una mosca, ¿verdad? -me preguntó don Ge­naro.

-Creo que sí -dije.

-No creas -me ordenó don Juan imperativamen­te-. ¿Qué viste?

-Vi algo del tamaño de un cuervo que salía vo­lando de su mano -dije.

Mi descripción era congruente con mi percepción y nada tenía de chiste, pero ellos la recibieron como una de las frases más hilarantes pronunciadas aquel día. Ambos dieron saltos y rieron hasta atragantarse.

-Creo que Carlos ya tuvo suficiente -dijo don Juan. Su voz estaba ronca por laa risa.

Don Genaro dijo que estaba a punto de encontrar mi coche, que sentía andar cada vez más caliente. Don Juan observó que estábamos en una zona agreste y que hallar allí el coche no era deseable. Don Ge­naro se quitó el sombrero y reacomodó la cinta con un trozo de cordel sacado de su morral; a continua­ción, ató su cinturón de lana a una borla amarilla pegada al ala.

-Estoy haciendo un papalote con mi sombrero -me dijo.

Lo observé y supe que bromeaba. Yo siempre me había considerado un experto en papalotes. De niño, solía hacer cometas de lo más complejo, y sabía que el ala del sombrero de paja era demasiado frágil para resistir el viento. Por otra parte, la copa era demasiado honda y el aire circularía dentro de ella, ha­ciendo imposible el despegue.

-No crees que vuele, ¿verdad? -me preguntó don Juan.

-Sé que no volará -dije.

Don Genaro, sin preocuparse, terminó de añadir un largo cordel a su papalote-sombrero.

Hacía viento, y don Genaro corrió cuestabajo mien­tras don Juan sostenía el sombrero; luego don Genaro jaló el cordel y la maldita cosa echó a volar.

-¡Mira, mira el papalote! -gritó don Genaro.

Dio un par de tumbos, pero permaneció en el aire.

-No quites los ojos del papalote -dijo don Juan con firmeza.

Por un momento me sentí mareado. Mirando el papalote, tuve una viva memoria de otro tiempo; era como si yo mismo estuviese volando una cometa, como solía hacer cuando soplaba el viento en las colinas de mi pueblo.

Durante un breve instante, hundido en el recuerdo, perdí conciencia del paso del tiempo.

Oí que don Genaro gritaba algo y vi el sombrero dar de tumbos y luego caer al suelo, donde estaba mi coche. Todo ocurrió con tal velocidad que no tuve una percepción clara de lo ocurrido. Me sentí ma­reado y distraído. Mi mente se aferraba a una imagen muy confusa. O había yo visto que el sombrero de don Genaro se convertía en mi coche, o bien que el sombrero caía encima del coche. Quise creer lo úl­timo, que don Genaro había usado su sombrero para señalar mi coche. No que importara en realidad: una cosa era tan impresionante como la otra, pero así y todo mi mente se aferraba a ese detalle arbitrario con el fin de conservar su equilibrio original.

-No luches -oí decir a don Juan.

Sentí que algo en mi interior estaba a punto de emerger. Pensamientos e imágenes acudían en olea­das incontrolables, como si me estuviera quedando dormido. Miré, atónito, el coche. Se hallaba en un espacio llano rocoso, a unos treinta metros de dis­tancia. Parecía como si alguien acabara de colocarlo allí. Corrí hacia él y empecé a examinarlo.

-¡Carajo! -exclamó don Juan-. No te quedes viéndolo. ¡Para el mundo!

Luego, como entre sueños, lo oí gritar:

-¡El sombrero de Genaro! ¡El sombrero de Ge­naro!

Los miré. Me miraban de frente. Sus ojos eran pe­netrantes. Sentí un dolor en el estómago. Tuve una jaqueca instantánea y me puse enfermo.

Don Juan y don Genaro me miraron con curiosi­dad. Estuve un rato sentado junto al coche y luego, en forma por completo automática, abrí la puerta para que don Genaro subiese en la parte trasera. Don Juan lo siguió y se sentó a su lado. Eso me pa­reció extraño, pues por lo común él siempre viajaba en el asiento delantero.

Manejé hacia la casa de don Juan. Una especie de bruma me envolvía. Yo no era yo mismo en absoluto. Tenía el estómago revuelto, y la sensación de náu­sea demolía toda mi sobriedad. Manejaba mecánica­mente.

Oí que don Juan y don Genaro reían en el asiento trasero, como niños. Oí a don Juan preguntarme:

-¿Ya estamos llegando?

Hasta entonces me fijé deliberadamente en el ca­mino. Nos hallábamos muy cerca de su casa.

-Ya casi llegamos -murmuré.

Aullaron de risa. Chocaron las manos y se golpea­ron los muslos.

Al llegar a la casa, me apresuré automáticamente a bajar y les abrí la puerta. Don Genaro bajó primero y me felicitó por lo que llamaba el viaje más tran­quilo y agradable que había hecho en toda su vida. Don Juan dijo lo mismo. No les presté mucha aten­ción.

Cerré el coche y a duras penas pude llegar a la casa. Antes de dormirme, oí las carcajadas de don Juan y don Genaro.


XIX. PARAR EL MUNDO

 

AL día siguiente, apenas desperté, me puse a interro­gar a don Juan. Estaba cortando leña atrás de su casa, pero don Genaro no se veía por ningún lado. Dijo que no había nada de qué hablar. Señalé que yo había logrado conservar la calma y había obser­vado a don Genaro "nadar en el piso" sin querer ni pedir explicación alguna, pero mi contestación no me había ayudado a entender lo que pasaba. Luego, tras la desaparición del coche, me encerré automá­ticamente en la búsqueda de una explicación lógica, pero eso tampoco me ayudó. Dije a don Juan que mi insistencia en hallar explicaciones no era algo que yo mismo hubiese inventado arbitrariamente, nada más para ponerme difícil, sino algo tan honda­mente enraizado en mí que sobrepujaba cualquier otra consideración.

-Es como una enfermedad -dije.

-No hay enfermedades -repuso don Juan con toda calma-. Sólo hay idioteces. Y tú te haces el idiota al tratar de explicarlo todo. Las explicaciones ya no son necesarias en tu caso.

Insistí en que sólo me era posible funcionar bajo condiciones de orden y comprensión. Le recordé que yo había cambiado radicalmente mi personalidad du­rante el tiempo de nuestra relación, y que la condición que hizo posible tal cambio fue que pude expli­carme las razones detrás de él.

Don Juan rió suavemente. Estuvo callado largo rato.

-Eres muy listo -dijo por fin-. Regresas a don­de siempre has estado. Pero esta vez se te acabó el juego. No tienes a dónde regresar. Ya no voy a ex­plicarte nada. Lo que Genaro te hizo ayer se lo hizo a tu cuerpo; entonces, que tu cuerpo decida qué es qué.

El tono de don Juan era amistoso, pero inusitada­mente despegado, y eso me hizo sentir una soledad avasallante. Expresé mis sentimientos de tristeza. Él sonrió. Sus dedos apretaron suavemente la parte su­perior de mi mano.

-Los dos somos seres que van a morir -dijo con suavidad-. Ya no hay más tiempo para lo que ha­cíamos antes. Ahora debes emplear todo el no-hacer que te he enseñado, y parar el mundo.

Volvió a apretarme la mano. Su contacto era firme y amigable; reafirmaba su preocupación y su afecto por mí, y al mismo tiempo me daba la impresión de un propósito inflexible.

-Éste es mi gesto que tengo contigo -dijo, prolongando un instante el apretón de mano-. Ahora debes irte solo a esas montañas amigas -señaló con la barbilla la distante cordillera hacia el sureste.

Dijo que yo debía permanecer allí hasta que mi cuerpo me dijera que ya era bastante, y luego volver a su casa. No quería que yo dijese nada ni esperase más tiempo, y me lo hizo saber empujándome con gentileza en dirección del coche.

-¿Qué debo hacer allí? -pregunté.

En vez de responder me miró, meneando la cabeza, -ya estuvo bueno -dijo al fin.

Luego señaló con el dedo hacia el, sureste.

-Ándale -dijo, cortante.

Fui hacia el sur y luego hacia el este, siguiendo los caminos que siempre había tomado al viajar con don Juan. Estacioné el coche cerca del sitio donde la brecha terminaba, y luego seguí un sendero conocido hasta llegar a una alta meseta. No tenía idea de qué hacer allí. Empecé a pasearme, buscando un sitio de reposo. De pronto advertí un pequeño espacio a mi izquierda. La composición química del suelo parecía ser distinta en dicho sitio, pero cuando enfoqué allí los ojos no vi nada que explicase la diferencia. Pa­rado a corta distancia, traté de "sentir", como don Juan me recomendaba siempre.

Quedé inmóvil cosa de una hora. Mis pensamien­tos empezaron a disminuir gradualmente, hasta que ya no hablaba conmigo mismo. Tuve entonces una sensación de molestia. Parecía confinada a mi estó­mago y se agudizaba cuando yo enfrentaba el sitio en cuestión. Me repelía y me sentí impelido a apar­tarme de él. Empecé a examinar el área con los ojos cruzados, y tras caminar un poco llegué a una gran roca plana. Me detuve frente a ella. No había en la roca nada en particular que me atrajera. No detec­té en ella ningún color ni brillo específico, pero me gustaba. Mi cuerpo se sentía bien. Experimenté una sensación de comodidad física y tomé asiento un rato.

Todo el día vagué por la meseta y las montañas circundantes, sin saber qué hacer ni qué esperar. Al oscurecer volví a la roca plana. Sabía que pasando allí la noche estaría a salvo.

Al día siguiente me adentré más en las montañas, hacia el este. Al atardecer llegué a otra meseta, toda­vía más alta. Me pareció haber estado allí antes. Miré en torno para orientarme, pero no pude reconocer ninguno de los picos circundantes. Tras elegir con cuidado un sitio, me senté a descansar al borde de un área yerma y rocosa. Allí sentía tibieza y tran­quilidad. Quise sacar comida de mi guaje, pero es­taba vacío. Bebí un poco de agua. Estaba tibia y aceda. Pensé que no me quedaba más que volver a casa de don Juan, y empecé a preguntarme si debería iniciar de una vez mi camino de regreso. Me acosté bocabajo y apoyé la cabeza en el brazo. Inquieto, cambié varias veces de postura, hasta hallarme de cara al oeste. El sol ya descendía. Mis ojos estaban cansa­dos. Miré el suelo y vi un gran escarabajo negro. Salió detrás de una piedra, empujando una bola de estiércol dos veces más grande que él. Seguí sus, movi­mientos durante largo rato. El insecto parecía ajeno a mi presencia y seguía empujando su carga sobre rocas, raíces, depresiones y protuberancias. Hasta don­de yo sabía, el escarabajo no se daba cuenta de que yo estaba allí. Se me ocurrió la idea de que yo no podía estar seguro de que el insecto no tuviera con­ciencia de mí; esa idea desató una serie de evalua­ciones racionales con respecto a la naturaleza del mundo del insecto, en contraposición con el mío. El escarabajo y yo estábamos en el mismo mundo, y ob­viamente el mundo no era el mismo para ambos. Me concentré en observarlo, maravillado de la fuerza titánica que necesitaba para transportar su carga por rocas y por grietas.

Largo tiempo observé al insecto, y entonces me di cuenta del silencio en torno. Sólo el viento sil­baba entre las ramas y hojas del matorral. Alcé la vista, me volví a la izquierda en forma rápida e in­voluntaria, y alcancé a ver una leve sombra, o un cintilar, sobre una roca cercana. Al principio no pres­té atención, pero luego me di cuenta de que el cintilar había estado a mi izquierda. Me volví de nuevo, sú­bitamente, y pude percibir con claridad una sombra en la roca. Tuve la extraña sensación de que la som­bra se deslizó inmediatamente al suelo y la tierra la absorbió como un secante chupa una mancha de tin­ta. Un escalofrío recorrió mi espalda. Por mi mente cruzó la idea de que la muerte nos observaba a mí y al escarabajo.

Busqué de nuevo al insecto, pero no pude hallarlo. Pensé que debía haber llegado a su destino y arroja­do su carga a un agujero. Apoyé el rostro contra una roca lisa.

El escarabajo surgió de un hoyo profundo y se detuvo a pocos centímetros de mi cara. Parecía mi­rarme, y por un instante sentí que cobraba con­ciencia de mi presencia, tal vez como yo advertía la presencia de mi muerte. Experimenté un estremeci­miento. El escarabajo y yo no éramos tan distintos, después de todo. La muerte, como una sombra, nos acechaba a ambos detrás del peñasco. Tuve un ex­traordinario momento de júbilo. El escarabajo y yo estábamos a la par. Ninguno era mejor que el otro. Nuestra muerte nos igualaba.

Mi júbilo y mi alegría fueron tan grandes que eché a llorar. Don Juan tenía razón. Siempre había tenido razón. Yo vivía en un mundo lleno de misterio y, como todos los demás, era un ser lleno de misterio, y sin embargo no tenía más importancia que un es­carabajo. Me sequé los ojos y, al frotarlos con el dorso de la mano, vi un hombre, o algo con figura huma­na. Se hallaba a mi derecha, a unos cincuenta metros de distancia. Me senté, erguido, y me esforcé por mirar. El sol estaba casi en el horizonte y su resplan­dor amarillo me impedía tener una visión clara. En ese instante oí un rugido peculiar. Era como el so­nido de un distante aeroplano a reacción. Cuando me concentré en él, el rugido aumentó hasta ser un agu­do zumbar metálico, y luego, suavizándose, se volvió un sonido hipnótico, melodioso. La melodía era como la vibración de una corriente eléctrica. La imagen que acudió a mi mente fue la de que dos esferas electrizadas se unían, o dos bloques cúbicos de metal eléctrico se frotaban entre sí y, al estar perfectamente nivelados el uno con el otro, se detenían con un gol­pe. Nuevamente me esforcé por ver si podía distinguir a la persona que parecía esconderse de mí, pero no detecté sino una forma oscura contra los arbustos. Puse las manos sobre los ojos formando una visera. En ese instante cambió el brillo del sol y advertí que sólo veía una ilusión óptica, un juego de sombras y follaje.

Aparté los ojos y vi un coyote que cruzaba el campo en trote calmoso. Estaba cerca del sitio donde yo creía haber visto al hombre. Recorrió unos cincuenta me­tros en dirección sur y luego se detuvo, dio la vuelta y empezó a caminar hacia mí. Di unos gritos para asustarlo, pero siguió acercándose. Tuve un momento de aprensión. Pensé que tal vez estaba rabioso y hasta se me ocurrió juntar piedras para defenderme en caso de un ataque. Cuando el animal estuvo a tres o cuatro metros de distancia, noté que no se hallaba agi­tado en forma alguna; al contrario, parecía tran­quilo y sin temores. Amainó su paso, deteniéndose a un metro o metro y medio de mí. Nos miramos, y el coyote se acercó más aún. Sus ojos pardos eran amistosos y límpidos. Me senté en las rocas y el co­yote se detuvo, casi tocándome. Yo estaba atónito. Jamás había visto tan de cerca a un coyote salvaje, y lo único que se me ocurrió entonces fue hablarle. Lo hice como si hablara con un perro amistoso. Y en­tonces me pareció que el coyote me respondía. Tuve una absoluta certeza de que había dicho algo. Me sentí confuso, pero no hubo tiempo de ponderar mis sentimientos, porque el coyote volvió a "hablar". No era que el animal pronunciase palabras como las que suelo escuchar en voces humanas; más bien yo "sen­tía" que estaba hablando. Pero no era tampoco la sensación que uno tiene cuando una mascota parece comunicarse con su amo. El coyote en verdad decía algo; trasmitía un pensamiento y esa comunicación se producía a través de algo muy similar a una frase. Yo había dicho: "¿Cómo estás, coyotito?" y creí oír que el animal respondía: "Muy bien, ¿y tú?" Luego el coyote repitió la frase y yo me levanté de un salto. El animal no hizo un solo movimiento. Ni siquiera lo alarmó mi repentino brinco. Sus ojos seguían cla­ros y amigables. Se echó y, ladeando la cabeza, pre­guntó: "¿Por qué tienes miedo?" Me senté frente a él y llevé a cabo la conversación más extraña que jamás había tenido. Finalmente, me preguntó qué ha­cía yo allí y le dije que había venido a "parar el mundo". El coyote dijo "¡Qué bueno!" y entonces me di cuenta de que era un coyote bilingüe. Los sustantivos y verbos de sus frases eran en inglés, pero las conjunciones y exclamaciones eran en español. Cruzó por mi mente la idea de que me hallaba en presencia de un coyote chicano. Eché a reír ante lo absurdo de todo eso, y reí tanto que casi me puse histérico. En­tonces, la imposibilidad de lo que estaba pasando me golpeó de lleno y mi mente se tambaleó. El coyote se incorporó y nuestros ojos se encontraron. Miré los suyos fijamente. Sentí que me jalaban, y de pronto el animal se hizo iridiscente; empezó a resplandecer. Era como si mi mente reprodujese la memoria de otro suceso que había tenido lugar diez años antes, cuan­do, bajo la influencia del peyote, presencié la meta­morfosis de un perro común en un inolvidable ser de iridiscencia. Era como si el coyote hubiera provocado el recuerdo, y la imagen de aquel suceso anterior, invocada, se superpusiera a la forma del coyote; el coyote era un ser fluido, líquido, luminoso. Su lumi­nosidad deslumbraba. Quise proteger mis ojos cu­briéndolos con las manos, pero no podía moverme. El ser luminoso me tocó en alguna parte indefinida de mí mismo y mi cuerpo experimentó una tibieza y un bienestar indescriptibles, tan exquisitos que el toque parecía haberme hecho estallar. Me transfiguré. No podía sentir los pies, ni las piernas, ni parte al­guna de mi cuerpo, pero algo me sostenía erecto.

No tengo idea de cuánto tiempo permanecí en esa posición. Mientras tanto, el coyote luminoso y el mon­te donde me hallaba se disolvieron. No había ideas ni sentimientos. Todo se había desconectado y yo flotaba libremente.

De súbito, sentí que mi cuerpo era golpeado, y luego envuelto por algo que me encendía. Tomé conciencia entonces de que el sol brillaba sobre mí. Yo distinguía vagamente una cordillera distante hacia el occidente. El sol casi se ocultaba en el horizonte. Yo lo miraba de frente, y entonces vi las "líneas del mun­do". Percibí en verdad una extraordinaria profusión de líneas blancas, fluorescentes, que se entrecruzaban en todo mi alrededor. Por un momento pensé que tal vez se trataba del sol refractado por mis pestañas. Parpadee y volví a mirar. Las líneas eran constantes, y se superponían a todo cuanto había en torno, o lo atravesaban. Me di vuelta y examiné un mundo insó­litamente nuevo. Las líneas eran visibles y constantes aunque yo no diera la cara al sol.

Me quedé allí en estado de éxtasis, durante lo que pareció un tiempo interminable; todo debe haber du­rado sólo unos minutos, acaso únicamente el tiempo que el sol brilló antes de llegar al horizonte, pero para mí fue la eternidad. Sentía que algo tibio y confor­tante brotaba del mundo y de mi propio cuerpo. Supe haber descubierto un secreto. Era tan sencillo. Experimentaba un torrente desconocido de sentimien­tos. Nunca en toda mi vida había tenido tal euforia divina, tal paz, tan amplio alcance, y sin embargo no me era posible traducir el secreto a palabras, ni siquiera a pensamientos, pero mi cuerpo lo conocía.

Luego me dormí o me desmayé. Cuando volví a cobrar conciencia de mí, yacía sobre las rocas. Me puse de pie. El mundo era como yo siempre lo había visto. Estaba oscureciendo, y automáticamente inicié el regreso hacia mi coche.

Don Juan estaba solo en la casa cuando llegué a la mañana siguiente. Le pregunté por don Genaro y dijo que andaba por allí, haciendo un mandado. In­mediatamente empecé a narrarle las extraordinarias experiencias que tuve. Escuchó con obvio interés.

-Sencillamente has parado el mundo -comentó cuando hube terminado mi recuento.

Quedamos un rato en silencio y luego don Juan dijo que yo debía dar las gracias a don Genaro por ayudarme. Parecía inusitadamente contento conmigo. Me palmeó la espalda repetidas veces, chasqueando la lengua.

-Pero es inconcebible que un coyote hable -dije.

-Eso no fue hablar -repuso don Juan.

-¿Qué era entonces?

-Tu cuerpo entendió por vez primera. Pero fa­llaste de reconocer que, por principio de cuentas, no era un coyote, y que ciertamente no hablaba como hablamos tú y yo.

-¡Pero el coyote de veras hablaba, don Juan!

-Mira quién es ahora el que dice idioteces. Des­pués de tantos años de aprendizaje, deberías tener más conocimiento. Ayer paraste el mundo, y a lo mejor hasta viste. Un ser mágico te dijo algo, y tu cuerpo fue capaz de entenderlo porque el mundo se había derrumbado.

-El mundo era como es hoy, don Juan.

-No. Hoy los coyotes no te dicen nada, ni puedes ver las líneas del mundo. Ayer hiciste todo eso sim­plemente porque algo se paró dentro de ti.

-¿Qué cosa fue?

-Lo que se paró ayer dentro de ti fue lo que la gente te ha estado diciendo que es el mundo. Verás, desde que nacemos la gente nos dice que el mundo es así y asá, y naturalmente no nos queda otro remedio que ver el mundo en la forma en que la gente nos ha dicho que es.

Nos miramos.

-Ayer el mundo se hizo como los brujos te dicen que es -prosiguió-. En ese mundo hablan los coyo­tes y también los venados, como te dije una vez, y también las víboras de cascabel y los árboles y todos los demás seres vivientes. Pero lo que quiero que aprendas es ver. A lo mejor ahora ya sabes que el ver ocurre sólo cuando uno se cuela entre los mundos, el mundo de la gente común y el mundo de los brujos. Ahora estás justito enmedio de los dos. Ayer creíste que el coyote te hablaba. Cualquier brujo que no ve creería lo mismo, pero alguien que ve sabe que creer eso es quedarse atorado en el reino de los brujos. De la misma manera, no creer que los coyotes hablan es estar atorado en el reino de la gente común.

-¿Quiere usted decir, don Juan, que ni el mundo de la gente común ni el mundo de los brujos son reales?

-Son mundos reales. Pueden actuar sobre ti. Por ejemplo, podrías haberle preguntado a ese coyote cualquier cosa que quisieras saber, y él se habría obligado a responderte. Lo único triste es que los co­yotes no son de fiar. Son embusteros. Es tu destino no tener un compañero animal de confianza.

Don Juan explicó que el coyote sería mi compañe­ro toda la vida y que, en el mundo de los brujos, tener un amigo coyote no era un estado de cosas muy de desear. Dijo que habría sido ideal que yo hablara con una serpiente de cascabel, pues son compañeras estupendas.

-Yo en tu lugar -añadió- jamás me fiaría de un coyote. Pero tú eres distinto y a lo mejor hasta te haces brujo coyote.

-¿Qué es un brujo coyote?

-Uno que saca muchas cosas de sus hermanos coyotes.

Quise seguir haciendo preguntas, pero me detuvo con un gesto.

-Has visto las líneas del mundo -dijo-. Has vis­to un ser luminoso. Ya casi estás listo para encon­trarte con el aliado. Por supuesto, sabes que el hom­bre a quien viste en el matorral era el aliado. Oíste su rugido como el sonar de un avión de chorro. Te estará esperando a la orilla de un llano, un llano al que yo mismo te llevaré.

Guardamos silencio largo rato. Don Juan tenía las manos entrelazadas por encima del estómago. Sus pul­gares se movían casi imperceptiblemente.

-También Genaro tendrá que ir con nosotros a ese valle -dijo de pronto-. Es el que te ha ayudado a parar el mundo.

Don Juan me miró con ojos penetrantes.

-Voy a decirte una cosa más -dijo, y rió-. Ya realmente no importa. El otro día, Genaro nunca movió tu carro del mundo de la gente común. Nada más te forzó a mirar el mundo como los brujos, y tu coche no estaba en ese mundo. Genaro quiso ablan­dar tu certeza. Sus payasadas hablaron a tu cuerpo acerca de lo absurdo que es tratar de entenderlo todo. Y cuando voló su papalote casi viste. Hallaste tu co­che y estabas en los dos mundos. La razón de que casi se nos reventaran las tripas de tanto reír fue que tú de veras pensabas que nos estabas trayendo de donde creíste hallar tu coche.

-¿Pero cómo me forzó a ver el mundo como los brujos?

-Yo estaba con él. Los dos conocemos ese mundo Ya conociéndolo, lo único que se necesita para pro­ducirlo es usar ese otro anillo de poder que te he di­cho que los brujos tienen. Genaro puede hacerlo con la misma facilidad con la que mueve los dedos. Te tuvo ocupado volteando piedras para distraer tus pen­samientos y permitir que tu cuerpo viera.

Le dije que los sucesos de los tres últimos días ha­bían causado algún daño irreparable a mi idea del mundo. Dije que, durante los diez años que llevaba de verlo, jamás había experimentado una sacudida tal, ni siquiera las veces que ingerí plantas psicotró­picas.

-Las plantas de poder son sólo una ayuda -dijo don Juan-. Lo de verdad es cuando ell cuerpo se da cuenta de que puede ver. Sólo entonces somos capa­ces de saber que el mundo que contemplamos cada día no es nada, más que una descripción. Mi inten­ción ha sido mostrarte eso. Desgraciadamente, te que­da muy poco tiempo antes de que el. aliado te salga al paso.

-¿Tiene que salirme al paso?

-No hay manera de evitarlo. Para ver hay que aprender la forma en que los brujos miran el mundo; por eso hay que llamar al aliado, y una vez que se le llama, viene.

-¿No podía usted enseñarme a ver sin llamar al aliado?

-No. Para ver hay que aprender a mirar el mun­do en alguna otra forma, y la única otra forma que conozco es la del brujo.


XX. EL VIAJE A IXTLÁN

 

DON GENARO regresó a eso del mediodía y, siguiendo la sugerencia de don Juan, los tres fuimos en coche a la cordillera donde yo estuve el día anterior. Ca­minamos por el mismo sendero que seguí, pero en vez de detenernos en la meseta alta, como yo había hecho, continuamos ascendiendo hasta alcanzar la par­te superior de la cordillera más baja; luego empeza­mos a descender a un valle llano.

Nos detuvimos a descansar en la cima de un cerro alto. Don Genaro eligió el lugar. Automáticamente me senté, como siempre he hecho en compañía de ambos, con don Juan a mi derecha y don Genaro a mi izquierda, formando un triángulo.

El chaparral desértico había adquirido un exqui­sito lustre húmedo. Se veía verde brillante tras una corta lluvia de primavera.

-Genaro te va a contar algo -me dijo don Juan de repente-. Te va a contar la historia de su pri­mer encuentro con su aliado. ¿No es cierto, Genaro?

Había un matiz de ruego en la voz de don Juan. Don Genaro me miró y contrajo los labios hasta que su boca parecía un agujero redondo. Dobló la len­gua contra el paladar y empezó a abrir y cerrar la boca como si tuviera espasmos.

Don Juan lo miró y rió con fuerza. Yo no sabía cómo tomar aquello.

-¿Qué está haciendo? -pregunté a don Juan.

-¡Es una gallina! -dijo él.

-¿Una gallina?

-Mira, mira su boca. Ése es el culo de la gallina, y está a punto de poner un huevo.

Los espasmos de don Genaro parecieron aumentar. Tenía en los ojos una expresión rara, de locura. Su boca se abrió como si los espasmos dilataran el agu­jero redondo. Produjo con la garganta una especie de graznido, dobló los brazos sobre el pecho con las manos hacia adentro y luego, sin ninguna ceremonia, escupió.

-¡Carajo! No era un huevo, era un pollo -dijo con expresión preocupada.>

La postura de su cuerpo y la cara que tenía eran tan ridículas que, no pude menos que reír.

-Ahora que Genaro casi puso un huevo, a lo me­jor te cuenta su primer encuentro con su aliado -in­sistió don Juan.

-A lo mejor -dijo don Genaro, sin interés.

Le supliqué que me lo contara.

Don Genaro se puso de pie, estiró los brazos y la espalda. Sus huesos crujieron. Luego volvió a sen­tarse.

-Era yo joven cuando me enfrenté por primera vez con mi aliado -dijo al fin-. Recuerdo que fue en las primeras horas de la tarde. Yo había estado en el campo desde el amanecer e iba de vuelta a mi casa. De repente, el aliado salió y se interpuso en mi camino. Me había estado esperando detrás de una masa y me invitaba a luchar. Yo iba a salir corriendo, pero me vino la idea de que yo era lo bastante fuerte pare enfrentarme con él. De todos modos tuve miedo. Un escalofrío me subió por la espalda y mi cuello se puso tieso como tabla. A propósito, ésa es siempre la se­ñal de que uno está listo; digo, cuando el cuello se pone duro.

Se abrió la camisa y me enseñó su espalda. Tensó los músculos de su cuello, brazos y espalda. Noté la excelencia de su musculatura. Era como si el recuer­do del encuentro hubiese activado cada músculo en su torso.

-En tal situación -prosiguió-, siempre hay que cerrar la boca.

Se volvió a don Juan y dijo:

-¿No es cierto?

-Si -dijo don Juan calmadamente-. El choque que uno recibe al agarrar a un aliado es tan gran­de que uno podría arrancarse la lengua de una mor­dida o romperse los dientes. El cuerpo debe estar recto y bien plantado, y los pies deben agarrar el suelo.

Don Genaro se levantó y me enseñó la posición co­rrecta: el cuerpo ligeramente doblado en las rodillas, los brazos colgando a los lados con los dedos curva­dos suavemente. Permaneció en esa postura un ins­tante, y cuando creí que se sentaría, se lanzó de sú­bito hacia adelante en un salto estupendo, como si tuviera resortes en los talones. Su movimiento fue tan repentino que caí de espaldas; pero al caer tuve la clara impresión de que don Genaro había agarra­do a un hombre, o algo con forma de hombre.

Volví a sentarme. Don Genaro conservaba aún una tremenda tensión en todo el cuerpo; luego relajó abruptamente los músculos y volvió al lugar donde había estado y tomó asiento.

-Carlos acaba de ver ahorita a tu aliado -obser­vó don Juan casualmente-, pero todaavía está muy débil y se cayó.

-¿De veras? -preguntó don Genaro en tono in­genuo, y agrandó las fosas nasales.

Don Juan le aseguró que yo lo había "visto".

Don Genaro volvió a saltar hacia adelante; con tal fuerza que caí de costado. Ejecutó su salto con tan­ta rapidez que no pude saber cómo había alcanzado a ponerse en pie antes de lanzarse al frente.

Ambos rieron con fuerza y luego la risa de don Genaro se convirtió en un aullido indiscernible del de un coyote.

-No creas que tienes que saltar como Genaro para agarrar a tu aliado -dijo don Juan en tono de ad­vertencia-. Genaro salta tan bien porque tiene su aliado que lo ayuda. Todo lo que tienes que hacer es plantarte con firmeza para soportar el impacto. Tienes que pararte como estaba Genaro antes de sal­tar; luego te avientas y agarras al aliado.

-Primero tiene que besar su escapulario -inter­vino don Genaro.<

Don Juan, con severidad fingida, dijo que yo no llevaba escapularios.

-¿Y sus cuadernos? -insistió don. Genaro-. Tie­ne que hacer algo con sus cuadernos: ponerlos en al­guna parte antes de brincar, o a lo mejor los usa para pegarle al aliado.

-¡Carajo! -dijo don Juan con sorpresa aparen­temente genuina-. Nunca se me había ocurrido. Apuesto que será la primera vez que alguien derriba a un aliado a cuadernazos.

Cuando la risa de don Juan y el aullido coyotesco de don Genaro amainaron, todos estábamos de muy buen humor.

-¿Qué pasó cuando agarró usted a su aliado, don Genaro? -pregunté.

-Fue una gran sacudida -dijo don Genaro tras un titubeo momentáneo. Parecía haber estado orde­nando sus pensamientos.

-Nunca imaginé que sería así -prosiguió-. Fue algo, algo, algo... como nada que pueda yo decir. Después que lo agarré, empezamos a dar vueltas. El aliado me hizo dar vueltas, pero yo no lo solté. Gira­mos por el aire tan rápido y tan fuerte que yo ya no veía nada. Todo era como una nube. Dimos vueltas, y vueltas, y más vueltas. De repente sentí que estaba parado otra vez en el suelo. Me miré. El aliado no me había matado. Estaba yo entero. ¡Era yo mismo! Supe entonces que había triunfado. Por fin tenía un aliado. Me puse a saltar de alegría. ¡Qué sensación! ¡Qué sensación aquélla!

"Luego miré alrededor para averiguar dónde esta­ba. No conocía por ahí. Pensé que el aliado debía haberme llevado por los aires para tirarme en algún sitio, muy lejos del lugar donde empezamos a dar vueltas. Me orienté. Pensaba que mi casa debía que­dar hacia el este, así que empecé a caminar en esa dirección. Todavía era temprano. El encuentro con el aliado no llevó mucho tiempo. Al rato encontré un caminito, y entonces vi un grupo de hombres y mujeres que venían hacia mí. Eran indios. Me pa­recieron mazatecos. Me rodearon y preguntaron a dónde iba.

"-Voy a mi casa, en Ixtlán -les dije.

"-¿Andas perdido? -preguntó alguien.

"-Sí -dije-. ¿Por qué?

"-Porque Ixtlán no queda para allá. Ixtlán está para el otro lado. Nosotros vamos allí -dijo otro.

"-¡Vente con nosotros! -dijeron todos-. ¡Tene­mos comida!"

Don Genaro dejó de hablar y me miró como si es­perara una pregunta.

-Bueno, ¿qué pasó? -pregunté-. ¿Se fue usted con ellos?

-No -dijo-. Porque no eran reales. Lo supe de inmediato, apenas se me acercaron. Había en sus voces, en su amabilidad algo que los delataba, sobre todo cuando me pedían ir con ellos. Eché a correr. Me llamaron y me rogaron que volviera. Las súpli­cas me perseguían, pero yo seguí corriendo.

¿Quiénes eran? -pregunté.

-Personas -repuso don Genaro, cortante-. Sólo que no eran reales.

-Eran como apariciones -explicó don Juan-. Como fantasmas.

-Después de caminar un rato -prosiguió don Genaro-, cobré más confianza. Supe que Ixtlán que­daba en la dirección que yo llevaba. Y entonces vi dos hombres que venían hacia mí por el camino. También parecían mazatecos. Tenían un burro car­gado de leña. Pasaron junto a mí y murmuraron:

"-Buenas tardes.

"-¡Buenas tardes! -dije y seguí de frente. No me hicieron caso y continuaron su camino. Disminuí el paso, y como si tal cosa me volví a mirarlos. Ellos se alejaban sin preocuparse por mí. Parecían reales. Corrí tras ellos gritando:

"-¡Esperen, esperen!"

"Detuvieron al burro y se pararon uno a cada lado del animal, como protegiendo la carga.

"-Estoy perdido en estas montañas -les dije-. ¿Para dónde queda Ixtlán?>

"Señalaron en la dirección en que iban.

"-Está usted muy lejos -me dijo uno-. Queda al otro lado de esas montañas. Tardará usted cuatro o cinco días en llegar.

"Luego dieron la vuelta y siguieron andando. Sentí que eran indios de verdad y les rogué que me dejaran ir con ellos.

"Caminamos juntos un rato, y luego uno de ellos sacó su bastimento y me ofreció de comer. Yo me quedé quieto. Había algo muy extraño en la forma en que me ofrecía su comida. Mi cuerpo se asustó, de modo que me eché para atrás y corrí. Los dos me dijeron que moriría en las montañas si no iba con ellos, y trataron de convencerme para que volviera. También sus ruegos eran muy extraños, pero yo corrí de ellos con toda mi fuerza.

"Seguí andando. Supe entonces que iba bien para Ixtlán y que esos fantasmas trataban de apartarme de mi camino.

"Encontré otros ocho; deben haber conocido que mi decisión era inflexible. Se pararon junto al cami­no y me miraban con ojos implorantes. La mayoría no dijo una sola palabra, pero las mujeres eran más audaces y me rogaban. Algunas me enseñaban comi­da y otras cosas que se suponía estaban vendiendo, como inocentes vendedoras al lado del camino. No me detuve ni las miré.

"Ya era muy de tarde cuando llegué a un valle que me pareció reconocer. Algo tenía de familiar. Pensé que había estado antes allí, pero en tal caso me halla­ba en realidad al sur de Ixtlán. Empecé a buscar puntos de referencia para orientarme debidamente y corregir mi ruta, cuando vi a un niño indio que cui­daba unas cabras. Tenía unos siete años y vestía como yo había vestido a su edad. De hecho, me recordaba a mí mismo, cuando pastoreaba las dos cabras de mi padre.

"Lo observé un tiempo; el niño hablaba solo, igual que yo entonces, y hablaba con sus cabras. Por lo que yo sabía de cuidar cabras, el muchacho era de ve­ras bueno para eso. Era cabal y cuidadoso. No mi­maba a sus cabras, pero tampoco era cruel con ellas.

"Decidí llamarlo. Cuando le hablé en voz alta, se paró de un salto y corrió a un repecho y me espió escondido detrás de unas rocas. Parecía dispuesto a correr por su vida. Me cayó bien. Parecía tener miedo, y sin embargo halló tiempo para pastorear las cabras y quitarlas de mi vista.

"Le hablé mucho rato; dije que andaba perdido y que no sabía el camino a Ixtlán. Pregunté el nom­bre del sitio donde estábamos y él dijo que era el sitio que yo pensaba. Eso me hizo muy dichoso. Me di cuenta de que ya no andaba perdido y pensé en el poder que mi aliado debía tener para transportar todo mi cuerpo en menos de un parpadeo.

"Di las gracias al niño y eché a caminar. Él salió como si tal cosa de su escondite y pastoreó sus cabras hacia una vereda que apenas se notaba. La vereda parecía bajar al valle. Llamé al niño y no corrió. Caminé hacia él y, cuando me acerqué demasiado, saltó al matorral. Lo felicité por su cautela y empecé a hacerle preguntas.

"-¿Para dónde va esta vereda? -pregunté.

"-Para abajo -dijo él.

"-¿Dónde vives?

"-Allá abajo.

"-¿Hay muchas casas allá abajo?

"-No, nada más una.

"-¿Dónde están las otras casas?

"El niño apuntó para el otro lado del valle, con indiferencia, como hacen los niños de su edad. Luego empezó a bajar la vereda con sus cabras.

"-Espera -le dije-. Estoy muy cansado y tengo mucha hambre. Llévame con tus papás.

"-No tengo papás -dijo el niño, y eso me sacu­dió. No sé por qué, pero su voz me hizo titubear. El niño, notando mis dudas, se paró y volteó hacia mí.

-No hay nadie en mi casa -dijo-. Mi tío se fue y su mujer anda en los campos. Hay bastante comida. Bastante. Ven conmigo.

"Casi me puse triste. El niño era también un fan­tasma. El tono de su voz y su ansiedad lo habían traicionado. Los fantasmas estaban dispuestos a cap­turarme, pero yo no tenía miedo. Seguía aterido por el encuentro con el aliado. Quise enojarme con el aliado o con los fantasmas, pero por alguna razón no pude enojarme como antes, así que dejé de hacer el intento. Luego quise entristecerme, porque el niñito me había caído bien, pero no pude, así que también dejé eso en paz.

"De pronto me di cuenta de que tenía un aliado y nada podían hacerme los fantasmas. Seguí al mu­chacho por la vereda. Otros fantasmas salieron velo­ces y trataron de hacerme caer a los precipicios, pero mi voluntad era más fuerte que ellos. Deben haberlo sentido, porque dejaron de molestar. Después de un rato, nada más se quedaban parados junto a mi camino; de vez en cuando algunos me saltaban encima, pero yo los detenía con mi voluntad. Y luego dejaron de molestarme en absoluto."

Don Genaro calló largo rato.

Don Juan me miró.

-¿Qué ocurrió después de eso, don Genaro? -pre­gunté.

-Seguí caminando -respondió sin énfasis.

Al parecer, había terminado su relato y no había nada que deseara añadir.

Le pregunté por qué el hecho de que le ofrecieran comida era indicativo de su condición de fantasmas.

No contestó. Inquirí más a fondo y quise saber si, entre los mazatecos, era costumbre negar la comida, o preocuparse mucho por asuntos alimenticios.

Dijo que el tono de las voces, la ansiedad por lle­várselo consigo, y la manera en que los fantasmas hablaban de comida, eran las indicaciones; y que él supo eso porque su aliado lo ayudaba. Afirmó que, por sí solo, jamás habría notado esas peculiaridades.

-¿Eran aliados esos fantasmas, don Genaro? -pre­gunté.

-No. Eran gente.

-¿Gente? Pero usted dijo que eran fantasmas.

-Dije que ya no eran reales. Después de mi en­cuentro con el aliado, ya nada fue real.

Guardamos silencio un rato largo.

-¿Cuál fue el resultado final de aquella experien­cia, don Genaro? -pregunté.

-¿Resultado final?

-Digo, ¿cuándo y cómo llegó usted por fin a Ixtlán?

Ambos echaron a reír al mismo tiempo.

-Conque ése es para ti el resultado final -co­mentó don Juan-. Digamos entonces que no hubo ningún resultado final en el viaje de Genaro. Nunca habrá ningún resultado final. ¡Genaro va todavía camino a Ixtlán!

Don Genaro me miró con ojos penetrantes y luego volvió la cabeza para observar la distancia, hacia el sur.

-Nunca llegaré a Ixtlán -dijo.

Su voz era firme pero suave, casi un murmullo.

-Pero en mis sentimientos . . . en mis sentimientos pienso a veces que estoy a un solo paso de llegar. Pero nunca llegaré. En mi viaje, ni siquiera encuen­tro los sitios que conocía. Nada es ya lo mismo.

Don Juan y don Genaro se miraron. Había algo muy triste en sus ojos.

-En mi viaje a Ixtlán sólo encuentro viajeros fantasmas -dijo suavemente don Genaro.

No entendí a qué se refería. Miré a don Juan.

-Todos aquellos con los que Genaro se encuentra en su camino a Ixtlán son nada más seres efímeros -explicó don Juan-. Tú, por ejemplo. Eres un fantasma. Tus sentimientos y tu ansiedad son los de la gente. Por eso dice que sólo se encuentra viajeros fantasmas en su viaje a Ixtlán.

De pronto me di cuenta de que el viaje de don Genaro era una metáfora.

-Entonces, su viaje a Ixtlán no es real -dije.

-¡Es real! -repuso don Genaro-. Los viajeros no son reales.

Señaló a don Juan con un movimiento de cabeza y dijo enfáticamente:

-Éste es el único que es real. El mundo es real sólo cuando estoy con éste.

Don Juan sonrió.

-Genaro te contaba su historia -dijo- porque ayer paraste el mundo, y él piensa que también viste, pero eres tan tonto que tú mismo no lo sabes. Yo le digo que eres un ser muy raro, y que tarde o tempra­no verás. De cualquier modo, en tu próximo encuen­tro con el aliado, si acaso llega, tendrás que luchar con él y domarlo. Si sobrevives al choque, de lo cual estoy seguro, pues eres fuerte y has estado viviendo como guerrero, te encontrarás vivo en una tierra des­conocida. Entonces, como es natural para todos no­sotros, lo primero que querrás hacer es volver a Los Ángeles. Pero no hay modo de volver a Los Ángeles. Lo que dejaste allí está perdido para siempre. Para entonces, claro, serás brujo, pero eso no ayuda; en un momento así, lo importante para todos nosotros es el hecho de que todo cuanto amamos, odiamos, o desea­mos ha quedado atrás. Pero los sentimientos del hombre no mueren ni cambian, y el brujo inicia su camino a casa sabiendo que nunca llegará, sabiendo que, ningún poder sobre la tierra, así sea su misma muerte, lo conducirá al sitio, las cosas, la gente que amaba. Eso es lo que Genaro te dijo.

La explicación de don Juan fue como un cataliza­dor; el pleno impacto de la historia de don Genaro me golpeó súbitamente cuando empecé a relacionar el relato con mi propia vida.

-¿Y las personas que yo quiero? -pregunté a don Juan-. ¿Qué les va a pasarr?

-Todas se quedarán atrás -dijo.

-¿Pero no hay manera de recuperarlas? ¿Podría yo rescatarlas y llevarlas conmigo?

-No. Tu aliado te llevará, a ti solo, a mundos desconocidos.

-Pero yo podré volver a Los Ángeles, ¿no? Podría tomar el autobús o un avión e ir allí. Los Ángeles seguirá allí, ¿no?

-Seguro -dijo don Juan, riendo-. Y también Manteca y Temecula y Tucson.

-Y Tecate -añadió don Genaro con gran se­riedad.

-Y Piedras Negras y Tranquitas -dijo don Juan, sonriendo.

Don Genaro agregó más nombres y lo mismo hizo don Juan; ambos se dedicaron a enumerar una serie de hilarantes e increíbles nombres de ciudades y pueblos.

-Dar vueltas con tu aliado cambiará tu idea del mundo -dijo don Juan-. Esa idea es todo, y cuan­do cambia, el mundo mismo cambia.

Me recordó que una vez le había leído un poema y quiso que se lo recitara. Citó unas cuantas palabras y me acordé de haberle leído unos poemas de Juan Ramón Jiménez. El que tenía en mente se titulaba "El viaje definitivo". Lo recité:

 

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico...

 

-Ése es el sentimiento de que habla Genaro -dijo don Juan-. Para ser brujo, hay que ser apasionado. Un hombre apasionado tiene posesiones en la tierra y cosas que le son queridas, aunque sea nada .más que el camino por donde anda.

"Lo que Genaro te dijo en su historia es precisa­mente eso. Genaro dejó su pasión en Ixtlán: su casa, su gente, todas las cosas que le importaban. Y ahora vaga al acaso por aquí y allá cargado de sus senti­mientos; y a veces, como dice, está a punto de llegar a Ixtlán. Todos nosotros tenemos eso en común. Pa­ra Genaro es Ixtlán; para ti será Los Ángeles; para mi...

No quise que don Juan me hablara de sí mismo. Hizo una pausa como si hubiera leído mi pensa­miento.

Genaro suspiró y parafraseó los primeros versos del poema.

-Me fui. Y se quedaron los pájaros, cantando.

Durante un instante sentí que una oleada de zozo­bra y soledad indescriptible nos envolvía a los tres. Miré a don Genaro y supe que, siendo un hombre apasionado, debió haber tenido tantos lazos del cora­zón, tantas cosas que le importaban y que sin em­bargo dejó atrás. Tuve la clara sensación de que en ese momento la fuerza de su recuerdo iba a preci­pitarse en talud, y que don Genaro estaba al filo del llanto.

Aparté con premura los ojos. La pasión de don Genaro, su soledad suprema, me hacían llorar.

Miré a don Juan. Él me observaba.

-Sólo como guerrero se puede sobrevivir en el ca­mino del conocimiento -dijo-. Porque el arte del guerrero es equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre.

Contemplé a los dos, uno por uno. Sus ojos eran claros y apacibles. Habían invocado una oleada de nostalgia avasalladora y, cuando parecían a punto de estallar en apasionadas lágrimas, contuvieron la ma­rea. Creo que, por un instante, vi. Vi la soledad humana como una ola gigantesca congelada frente a mí, detenida por el muro invisible de una metáfora.

Mi tristeza era tanta que me sentí eufórico. Abracé a los dos.

Don Genaro sonrió y se puso en pie. Don Juan también se levantó, y colocó suavemente la mano en mi hombro.

-Vamos a dejarte aquí -dijo-. Haz lo que te parezca correcto. El aliado te estará esperando al borde de aquel llano.

Señaló un valle oscuro en la distancia.

-Si todavía no sientes que sea tu hora, no vayas a la cita -prosiguió-. Nada se gana forzando las cosas. Si quieres sobrevivir, debes ser claro como el cristal y estar mortalmente seguro de ti mismo.

Don Juan se alejó sin mirarme, pero don Genaro se volvió un par de veces y, con un guiño y un movi­miento de cabeza, me instó a avanzar. Los miré hasta que desaparecieron en la distancia y luego fui a mi coche y me marché. Sabía que aún no había llegado mi hora.

 

 

COLABORACIÓN DE ANA

 

 

 

 

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