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VIAJE A IXTLÁN
(EXTRACTO) Carlos Castaneda
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INTRODUCCIÓN................................................................................................... 3
PRIMERA PARTE:
"PARAR EL MUNDO"
I. LAS REAFIRMACIONES
DEL MUNDO QUE NOS RODEA......................... 7
II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL.......................................................... 12
III. PERDER LA IMPORTANCIA........................................................................ 17
IV. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA.................................................... 22
V. HACERSE RESPONSABLE.......................................................................... 28
VI. VOLVERSE CAZADOR................................................................................ 34
VII. SER INACCESIBLE...................................................................................... 41
VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA..................................................... 48
IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA............................................. 53
X. HACERSE ACCESIBLE AL PODER............................................................ 59
XI. EL ÁNIMO DE UN GUERRERO................................................................... 69
XII. UNA BATALLA DE PODER........................................................................ 79
XIII. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO............................................. 89
XIV. LA MARCHA DE PODER........................................................................... 98
XV. NO-HACER................................................................................................. 113
XVI. EL ANILLO DE PODER........................................................................... 124
XVII. UN ADVERSARIO QUE VALE LA PENA............................................. 132
XVIII. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO.................................................. 141
XIX. PARAR EL MUNDO................................................................................. 149
XX. EL VIAJE A IXTLÁN.................................................................................. 155
El sábado 22 de mayo de 1971 fui a Sonora, México, para ver a don
Juan Matus, un brujo yaqui con quien tenía contacto desde 1961. Pensé que mi
visita de ese día no iba a ser en nada distinta de las veintenas de veces que
había ido a verlo en los diez años que llevaba como aprendiz suyo. Sin embargo,
los hechos que tuvieron lugar ese día y el siguiente fueron decisivos para mí.
En dicha ocasión mi aprendizaje llegó a su etapa final.
Ya he presentado el caso de mi
aprendizaje en dos obras anteriores: Las
enseñanzas de don Juan y Una
realidad aparte.
Mi suposición básica en ambos libros ha
sido que los puntos de coyuntura en aprender brujería eran los estados de
realidad no ordinaria producidos por la ingestión de plantas psicotrópicas.
En este aspecto, don Juan era experto en
el uso de tres plantas: Datura inoxia,
comúnmente conocida como toloache; Lophophora williamsii, conocida como peyote, y un hongo alucinógeno
del género Psilocybe.
Mi percepción del mundo a través de los
efectos de estos psicotrópicos había sido tan extraña e impresionante que me vi
forzado a asumir que tales estados eran la única vía para comunicar y aprender
lo que don Juan trataba de enseñarme.
Tal suposición era errónea.
Con el propósito de evitar cualquier mala interpretación relativa
a mi trabajo con don Juan, me gustaría clarificar en este punto los aspectos
siguientes.
Hasta ahora, no he hecho el menor
intento de colocar a don Juan en un determinado medio cultural. El hecho de que
él se considere indio yaqui no significa que su conocimiento de la brujería se
conozca o se practique entre los yaquis en general.
Todas las conversaciones que don Juan y
yo tuvimos a lo largo del aprendizaje fueron en español, y sólo gracias a su
dominio completo de dicho idioma pude obtener explicaciones complejas de su
sistema de creencias.
He observado la práctica de llamar
brujería a ese sistema, y también la de referirme a don Juan como brujo, porque
éstas son las categorías empleadas por él mismo.
Como pude escribir la mayoría de lo que
se dijo al principiar el aprendizaje, y todo lo que se dijo en fases
posteriores, reuní voluminosas notas de campo. Para hacerlas legibles,
conservando a la vez la unidad dramática de las enseñanzas de don Juan, he
tenido que reducirlas, pero lo que he eliminado es, creo, marginal a los puntos
que deseo plantear.
En el caso de mi trabajo con don Juan,
he limitado mis esfuerzos exclusivamente a verlo como brujo y a adquirir membrecía en su conocimiento.
Con el fin de presentar mi argumento,
debo antes explicar la premisa básica de la brujería según don Juan me la
presentó. Dijo que, para un brujo, el mundo de la vida cotidiana no es real ni
está allí, como nosotros creemos. Para un brujo, la realidad, o el mundo que
todos conocemos, es solamente una descripción.
Para validar esta premisa, don Juan hizo
todo lo posible por llevarme a una convicción genuina de que, lo que mi mente
consideraba el mundo inmediato era sólo una descripción del mundo: una
descripción que se me había inculcado desde el momento en que nací.
Me señaló que todo el que entra en
contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo,
hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo
describen. De acuerdo con don Juan, no guardamos recuerdo de aquel momento
portentoso, simplemente porque ninguno de nosotros podía haber tenido ningún
punto de referencia para compararlo con cualquier otra cosa. Sin embargo, desde
ese momento el niño es un miembro. Conoce la descripción del mundo, y
su membrecía supongo, se hace
definitiva cuando él mismo es capaz de llevar a cabo todas las interpretaciones
perceptuales adecuadas, que validan dicha descripción ajustándose a ella.
Para don Juan, pues, la realidad de
nuestra vida diaria consiste en un fluir interminable de interpretaciones
perceptuales que nosotros, como individuos que comparten una membrecía específica, hemos aprendido
a realizar en común.
La idea de que las interpretaciones
perceptuales que configuran el mundo tienen un fluir es congruente con el hecho
de que corren sin interrupción y rara vez, o nunca, se ponen en tela de juicio.
De hecho, la realidad del mundo que conocemos se da a tal grado por sentada que
la premisa básica de la brujería, la de que nuestra realidad es apenas una de
muchas descripciones, difícilmente podría tomarse como una proposición seria.
Afortunadamente, en el caso de mi
aprendizaje, a don Juan no le preocupaba en absoluto el que yo pudiese, o no,
tomar en serio su proposición, y procedió a dilucidar sus planteamientos pese
a mi oposición, mi incredulidad y mi incapacidad de comprender lo que decía.
Así, como maestro de brujería, don Juan trató de describirme el mundo desde la
primera vez que hablamos. Mi dificultad para asir sus conceptos y sus métodos
derivaba del hecho de que las unidades de su descripción eran ajenas e
incompatibles con las de la mía propia.
Su argumento era que me estaba enseñando
a "ver", cosa distinta de solamente "mirar", y que
"parar el mundo" era el primer paso para "ver".
Durante años, la idea de "parar el
mundo" fue para mí una metáfora críptica que en realidad nada significaba.
Sólo durante una conversación informal, ocurrida hacia el final de mi
aprendizaje, llegué a advertir por entero su amplitud e importancia como una de
las proposiciones principales en el conocimiento de don Juan.
Él y yo habíamos estado hablando de,
diversas cosas en forma reposada, sin estructura. Le conté el dilema de un
amigo mío con su hijo de nueve años. El niño, que había estado viviendo con la
madre durante los cuatro años anteriores, vivía entonces con mi amigo, y el
problema era qué hacer con él. Según mi amigo, el niño era un inadaptado en la
escuela, sin concentración y no se interesaba en nada. Era dado a berrinches,
a conducta destructiva y a escaparse de la casa.
-Menudo problema se carga tu amigo -dijo don Juan, riendo.
Quise seguirle contando todas las cosas
"terribles" que el niño hacia, pero me interrumpió.
-No hay necesidad de decir más sobre ese
pobre niñito -dijo-. No hay necesidad de que tú o yo pensemos de sus acciones
de un modo o del otro.
Su actitud fue abrupta y su tono firme,
pero luego sonrió.
-¿Qué puede hacer mi amigo? -pregunté.
-Lo peor que puede hacer es forzar al
niño a estar de acuerdo con él -dijo don Juan.
-¿Qué quiere usted decir?
-Quiero decir que el padre no debe
pegarle ni asustarlo cuando no se porta como él quiere.
-¿Cómo va a enseñarle algo si no es
firme con él?
-Tu amigo debería dejar que otra gente
le pegara al niño.
-¡No puede dejar que una persona ajena
toque a su niño! -dije, sorprendido de la sugerencia.
Don Juan pareció disfrutar mi reacción y
soltó una risita.
-Tu amigo no es guerrero -dijo-. Si lo
fuera, sabría que no puede hacerse nada peor que enfrentar sin más ni más a los
seres humanos.
-¿Qué hace un guerrero, don Juan?
-Un guerrero procede con estrategia.
-Sigo sin entender qué quiere usted
decir.
-Quiero decir que si tu amigo fuera
guerrero ayudaría a su niño a parar
el mundo.
-¿Cómo puede hacerlo?
-Necesitaría poder personal. Necesitaría
ser brujo.
-Pero no lo es.
-En tal caso debe usar medios comunes y corrientes para ayudar a
su hijo a cambiar su idea del mundo. No es parar el mundo, pero de todos modos da resultado.
Le pedí explicar sus aseveraciones.
-Yo, en el lugar de tu amigo -dijo don
Juan-, empezaría por pagarle a alguien para que le diera sus nalgadas al
muchacho. Iría a los arrabales y me arreglaría con el hombre más feo que
pudiera hallar.
-¿Para asustar a un niñito?
-No nada más para asustar a un niñito,
idiota. Hay que parar a ese escuincle, y los golpes que le dé su padre no
servirán de nada.
"Si queremos parar a nuestros
semejantes, siempre hay que estar fuera del círculo que los oprime. En esa
forma se puede dirigir la presión."
La idea era absurda, pero de algún modo
me atraía.
Don Juan descansaba la barbilla en la
palma de la mano izquierda. Tenía el brazo izquierdo contra el pecho, apoyado
en un cajón de madera que servía como una mesa baja. Sus ojos estaban cerrados,
pero se movían. Sentí que me miraba a través de los párpados. La idea me
espantó.
-Dígame qué más debería hacer mi amigo
con su niño -dije.
-Dile que vaya a los arrabales y escoja
con mucho cuidado al tipo más feo que pueda -prosiguió él-. Dile que consiga
uno joven. Uno al que todavía le quede algo de fuerza.
Don Juan delineó entonces una extraña
estrategia. Yo debía instruir a mi amigo para que hiciera que el hombre lo
siguiese o lo esperara en un sitio a donde fuera a ir con su hijo. El hombre,
en respuesta a una seña convenida, dada después de cualquier comportamiento
objetable por parte del pequeño, debía saltar de algún escondite, agarrar al
niño y darle una soberana tunda.
-Después de que el hombre lo asuste, tu
amigo debe ayudar al niño a recobrar la confianza, en cualquier forma que
pueda. Si sigue este procedimiento tres o cuatro veces, te aseguro que el niño
cambiará su sentir con respecto a todo. Cambiará su idea del mundo.
-¿Y si el susto le hace daño?
-El susto nunca daña a nadie. Lo que
daña el espíritu es tener siempre encima alguien que te pegue y te diga qué
hacer y qué no hacer.
"Cuando el niño esté más contenido,
debes decir a tu amigo que haga una última cosa por él. Debe hallar el modo de
dar con un niño muerto, quizá en un hospital o en el consultorio de un doctor.
Debe llevar allí a su hijo y enseñarle el niño muerto. Debe hacerlo tocar el
cadáver una vez, con la mano izquierda, en cualquier lugar menos en la barriga.
Cuando el niño haga eso, quedará renovado. El mundo nunca será ya el mismo para
él."
Me di cuenta entonces de que, a través
de los años de nuestra relación, don Juan había estado usando conmigo, aunque
en una escala diferente, la misma táctica que sugería para el hijo de mi amigo.
Le pregunté al respecto. Dijo que todo el tiempo había estado tratando de
enseñarme a "parar el mundo".
-Todavía no lo paras -dijo, sonriendo-.
Parece que nada da resultado, porque eres muy terco. Pero si fueras menos
terco, probablemente ya habrías parado
el mundo con cualquiera de las técnicas que te he enseñado.
-¿Qué técnicas, don Juan?
-Todo lo que te he dicho era una técnica
para parar el mundo.
Pocos meses después de aquella
conversación, don Juan logró lo que se había propuesto: enseñarme a "parar
el mundo".
Ese monumental hecho de mi vida me
obligó a reexaminar en detalle mi trabajo de diez años. Se me hizo evidente
que mi suposición original con respecto al papel de las plantas psicotrópicas
era erróneo. Tales plantas no eran la faceta esencial en la descripción del
mundo usada por el brujo, sino únicamente una ayuda para aglutinar, por así
decirlo, partes de la descripción que yo había sido incapaz de percibir de otra
manera. Mi insistencia en adherirme a mi versión normal de la realidad me
hacía casi sordo y ciego a los objetivos de don Juan. Por tanto, fue sólo mi
carencia de sensibilidad lo que propició el uso de los alucinógenos.
Al revisar la totalidad de mis notas de
campo, advertí que don Juan me había dado la parte principal de la nueva
descripción al principio mismo de nuestras relaciones, en lo que llamaba
"técnicas de parar el mundo". En mis obras anteriores, descarté esas
partes de mis notas porque no se referían al uso de plantas psicotrópicas.
Ahora las he reinstaurado en el panorama total de las enseñanzas de don Juan, y
abarcan los primeros diecisiete capítulos de esta obra. Los últimos tres
capítulos son las notas de campo relativas a los eventos que culminaron cuando
logré "parar el mundo".
Resumiendo, puedo decir que, cuando
inicié el aprendizaje, había otra realidad, es decir, había una descripción del
mundo, correspondiente a la brujería, que yo no conocía.
Don Juan, como brujo y maestro, me
enseñó esa descripción. El aprendizaje que atravesé a lo largo de diez años
consistía, por tanto, en instaurar esa realidad desconocida por medio del
desarrollo de su descripción, añadiendo partes cada vez más complejas conforme
yo progresaba.
La conclusión del aprendizaje significó
que yo había aprendido, en forma convincente y auténtica, una nueva descripción
del mundo, y así había obtenido la capacidad de deducir una nueva percepción de
las cosas que encajaba con su nueva descripción. En otras palabras, había
obtenido membrecía.
Don Juan declaraba que para llegar a
"ver" primero era necesario "parar el mundo". La frase
"parar el mundo" era en realidad una buena expresión de ciertos
estados de conciencia en los cuales la realidad de la vida cotidiana se altera
porque el fluir de la interpretación, que por lo común corre ininterrumpido, ha
sido detenido por un conjunto de circunstancias ajenas a dicho fluir. En mi
caso, el conjunto de circunstancias ajeno a mi fluir normal de interpretaciones
fue la descripción que la brujería hace del mundo. El requisito previo que don
Juan ponía para "parar el mundo" era que uno debía estar convencido;
en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total,
con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza
dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones,
o nuestra realidad del mundo, se encuentra más allá de toda duda.
Después de "parar el mundo",
el siguiente paso fue "ver". Con eso, don Juan se refería a lo que me
gustaría categorizar como "responder a los estímulos perceptuales de un
mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad".
Mi argumento es que todos estos pasos
sólo pueden comprenderse en términos de la descripción a la cual pertenecen; y
como es una descripción que don Juan luchó por darme desde el principio, debo
dejar que sus enseñanzas sean la única fuente de acceso a ella. Así pues, he
dejado que las palabras de don Juan hablen por sí mismas.
-ENTIENDO que usted conoce mucho de plantas,
señor -dije al anciano indígena frente a mí.
Un amigo mío acababa de ponernos en
contacto para luego salir de la habitación, y nos habíamos presentado el uno al
otro. El viejo me había dicho que se llamaba Juan Matus.
-¿Te dijo eso tu amigo? -preguntó
casualmente.
-Sí, en efecto.
-Corto plantas, o mejor dicho ellas me
dejan que las corte -dijo con suavidad.
Estábamos en la sala de espera de una
terminal de autobuses en Arizona. Le pregunté con mucha formalidad:
-¿Me permitiría el caballero hacerle algunas
preguntas?
Me miró inquisitivamente.
-Soy un caballero sin caballo -dijo con
una gran sonrisa, y luego añadió-: Ya te dije que mi nombre es Juan Matus.
Me gustó su sonrisa. Pensé que,
obviamente, era un hombre capaz de apreciar la franqueza, y decidí lanzarle
con audacia una petición.
Le dije que me interesaba reunir y
estudiar plantas medicinales. Dije que mi interés especial eran los usos del
cacto alucinógeno llamado peyote, que yo había estudiado con detalle en la
Universidad en Los Ángeles.
Mi presentación me pareció muy seria. La
hice con gran sobriedad y me sonó perfectamente verosímil.
El anciano meneó despacio la cabeza y
yo, animado por su silencio, añadí que sin duda ambos sacaríamos provecho de
juntarnos a hablar del peyote.
En ese momento alzó la cabeza y me miró
de lleno a los ojos. Fue una mirada formidable. Pero no era amenazante ni
aterradora en modo alguno. Fue una mirada que me atravesó. Inmediatamente se me
trabó la lengua y no pude proseguir mis peroratas. Ése fue el final de nuestro
encuentro. Pero al irse dejó un rastro de esperanza. Dijo que tal vez pudiera
yo visitarlo algún día en su casa.
Resulta difícil valorar el efecto de la
mirada de don Juan si mi inventario de experiencias personales no se relaciona
de alguna manera con la peculiaridad de aquel evento. Cuando empecé a estudiar
antropología era ya un experto en "hallar el modo". Años antes había
dejado mi hogar y eso significaba, según mi evaluación, que era capaz de
cuidarme solo. Cada vez que sufría un desaire podía, por lo general, ganarme a
la gente con halagos, hacer concesiones, argumentar, enojarme, o si nada
resultaba me ponía chillón y quejumbroso; en otras palabras, siempre había algo
que yo me sabía capaz de hacer bajo las circunstancias dadas, y jamás en mi
vida había hallado un ser humano que detuviera mi impulso tan veloz y
definitivamente como don Juan aquella tarde. Pero no era sólo cuestión de
quedarme sin palabras; en otras ocasiones me había sido imposible decir nada a
mi oponente a causa de algún respeto inherente que yo le tenía, pero mi ira o
frustración se manifestaban en mis pensamientos. La mirada de don Juan, en
cambio, me atontó hasta el punto de impedirme pensar con coherencia.
Aquella mirada estupenda me llenó de
curiosidad, y decidí buscarlo.
Me preparé durante seis meses, tras ese
primer encuentro, leyendo sobre los usos del peyote entre los indios
americanos, y especialmente sobre el culto del peyote entre los indios de la
planicie. Me familiaricé con todas las obras a mi disposición y cuando me sentí
preparado regresé a Arizona.
Sábado,
diciembre 17, 1960
Hallé su casa tras largas y cansadas
inquisiciones entre los indios locales. Empezaba la tarde cuando llegué y me
estacioné enfrente. Lo vi sentado en un cajón de leche. Pareció reconocerme y
me saludó cuando bajé del coche.
Intercambiamos cortesías sociales
durante un rato y luego, en términos llanos, confesé haber sido muy engañoso
con él la primera vez que nos vimos. Había alardeado de mis grandes
conocimientos sobre el peyote, cuando en realidad no sabía nada al respecto.
Se me quedó mirando. Sus ojos eran muy amables.
Le dije que durante seis meses había
estado leyendo con el fin de prepararme para nuestro encuentro, y que ahora sí
sabía mucho más.
Rió. Obviamente, había algo en mis
palabras que le parecía chistoso. Se reía de mí, y yo me sentí algo confuso y
ofendido.
Pareció notar mi desazón y me aseguró
que, pese a mis buenas intenciones, no había en realidad ningún modo de
prepararme para nuestro encuentro.
Me pregunté si sería conveniente
preguntarle si esa frase tenía algún sentido oculto, pero no lo hice; sin
embargo, él parecía estar a tono con mi sentir y procedió a explicar a qué se
refería. Dijo que mis esfuerzos le recordaban un cuento sobre cierta gente que,
en otro tiempo, un rey había perseguido y matado. Dijo que en el cuento los
perseguidos sólo se distinguían de los perseguidores en que los primeros
insistían en pronunciar ciertas palabras de un modo peculiar, propio solamente
de ellos; esa falla, por supuesto, los delataba. El rey cerró los caminos en
puntos críticos, donde un oficial pedía a todos los que pasaban pronunciar una
palabra clave. Quienes la pronunciaban igual que el rey conservaban la vida,
pero quienes no podían eran muertos en el acto. El meollo del cuento es que
cierto día un joven decidió prepararse para pasar la barrera aprendiendo a pronunciar
la palabra de prueba en la forma en que al rey le gustaba.
Don Juan dijo, con ancha sonrisa, que de
hecho el joven tardó "seis meses" en aprenderse la pronunciación. Y
luego vino el día de la gran prueba; el joven, con mucha confianza, se acercó a
la barrera y esperó que el oficial le pidiese pronunciar la palabra.
En ese punto, don Juan interrumpió muy
dramáticamente su relato y me miró. Su pausa era muy estudiada y me pareció
algo cursi, pero seguí el juego. Yo había oído antes la trama del cuento. Tenía
que ver con los judíos en Alemania y con la forma en que podía saberse quién
era judío por la pronunciación de ciertas palabras. También conocía el remate
del chiste: el joven era atrapado porque el oficial olvidaba la palabra clave y
le pedía pronunciar otra, muy similar, pero que el joven no había aprendido a
decir correctamente.
Don Juan parecía esperar que yo
preguntara qué había sucedido, de modo que lo hice.
-¿Qué le pasó? -pregunté, tratando de
sonar ingenuo e interesado en la historia.
-El joven, que era todo un zorro -dijo
él-, se dio cuenta de que el oficial había olvidado la palabra clave, y antes
de que le pidieran decir cualquier otra, confesó que se había preparado durante
seis meses.
Hizo otra pausa y me miró con un brillo
malicioso en los ojos. Esta vez me había cambiado la partida. La confesión del
joven era un nuevo elemento, y yo ya no sabía cómo acabaría el relato.
-Bueno, ¿qué pasó entonces? -pregunté
con verdadero interés.
-Lo mataron en el acto, por supuesto
-dijo él y estalló en una risotada.
Me gustó mucho la forma en que había
atrapado mi interés; sobre todo, me agradó cómo había ligado el cuento con mi
propio caso. De hecho, parecía haberlo construido a mi medida. Se burlaba de
mí con mucho arte y sutileza. Reí junto con él.
Después le dije que, por más estupideces
que yo dijera, me interesaba realmente aprender algo sobre las plantas.
-A mí me gusta caminar mucho -dijo.
Pensé que cambiaba deliberadamente el
tema de la conversación para evitar responderme. No quise antagonizarlo con mi
insistencia.
Me preguntó si me gustaría acompañarlo a
una corta caminata por el desierto. Le dije con entusiasmo que me encantaría
caminar en el desierto.
-Esto no es un paseo de campo -dijo en
tono de advertencia.
Contesté que tenía deseos muy serios de
trabajar con él. Dije que necesitaba información, cualquier tipo de
información, sobre los usos de las hierbas medicinales, y que estaba dispuesto
a pagarle su tiempo y su esfuerzo.
-Estaría usted trabajando para mí
-dije-. Y le pagaré un sueldo.
-¿Qué tanto me pagarías? -preguntó.
Detecté en su voz un matiz de codicia.
-Lo que a usted le parezca apropiado
-dije.
-Págame mi tiempo... con tu tiempo -dijo
él.
Pensé que era un tipo de lo más
peculiar. Declaré no entender a qué se refería. Repuso que no había nada qué
decir acerca de las plantas, de modo que no podía ni pensar en aceptar mi
dinero.
Me miró penetrantemente.
-¿Qué haces en tu bolsillo? -preguntó,
frunciendo el entrecejo-. ¿Estás jugando con tu pito?
Se refería a que yo tomaba notas en un
cuaderno diminuto, dentro de los enormes bolsillos de mi rompevientos.
Cuando le dije lo que hacía, rió de
buena gana.
Expliqué que no deseaba molestarlo
escribiendo frente a él.
-Si quieres escribir, escribe -dijo-. No
me molestas.
Caminamos por el desierto en torno hasta que casi era de noche. No
me mostró ninguna planta ni habló de ellas para nada. Nos detuvimos un momento
a descansar junto a unos arbustos grandes.
-Las plantas son cosas muy peculiares
-dijo sin mirarme-. Están vivas y sienten..
En el momento mismo en que hizo tal
afirmación, una fuerte racha de viento sacudió el chaparral desértico en
nuestro derredor. Los arbustos produjeron un ruido crujiente.
-¿Oyes? -me preguntó, poniéndose la mano
izquierda junto a la oreja como para escuchar mejor-. Las hojas y el viento
están de acuerdo conmigo.
Reí. El amigo que nos puso en contacto
ya me había advertido que tuviera cuidado porque el viejo era muy excéntrico.
Pensé que el "acuerdo con las hojas" era una de sus excentricidades.
Caminamos un rato más, pero siguió sin
mostrarme plantas, y tampoco cortó ninguna. Simplemente caminaba con vivacidad
entre los arbustos, tocándolos suavemente. Luego se detuvo para sentarse en una
roca y me dijo que descansara y mirase alrededor.
Insistí en hablar. Una vez más le hice
saber que tenía muchos deseos de aprender cosas de las plantas, especialmente
del peyote. Le supliqué que se convirtiera en informante mío a cambio de
alguna recompensa monetaria.
-No tienes que pagarme -dijo-. Puedes
preguntarme lo que quieras. Te diré lo que sé y luego te diré qué se puede
hacer con eso.
Me preguntó si estaba de acuerdo con el
arreglo. Yo me hallaba deleitado. Luego añadió una frase críptica:
-A lo mejor no hay nada que aprender de las plantas, porque no hay
nada que decir de ellas.
No comprendí lo que había dicho ni a qué
se refería.
-¿Cómo dice usted? -pregunté.
Repitió su afirmación tres veces, y
luego toda la zona se estremeció con el rugido de un aeroplano de la Fuerza
Aérea que pasó volando bajo.
-¡Ya ves! El mundo está de acuerdo
conmigo -dijo, llevándose la mano izquierda al oído.
Me resultaba muy divertido. Su risa era
contagiosa.
-¿Es usted de Arizona, don Juan?
-pregunté, en un esfuerzo por mantener la conversación centrada en la
posibilidad de que fuera mi informante.
Me miró y asintió con la cabeza. Sus
ojos parecían fatigados. Se veía el blanco debajo de las pupilas.
-¿Nació usted en esta localidad?
Asintió de nuevo sin responderme.
Parecía un gesto afirmativo, pero también el asentimiento nervioso de alguien
que está pensando.
-¿Y tú de dónde eres? -preguntó.
-Vengo de Sudamérica -dije.
-Es grande ese sitio. ¿Vienes de todo
él?
Sus ojos me miraban, penetrantes de
nuevo.
Empecé a explicar las circunstancias de
mi nacimiento, pero me interrumpió.
-En esto nos parecemos -dijo-. Yo ahora
vivo aquí, pero en realidad soy un yaqui de Sonora.
-¡No me diga! Yo soy de . . .
No me dejó terminar.
-Ya sé, ya sé -dijo-. Tú eres quien
eres, de donde eres, igual que yo soy un yaqui de Sonora.
Sus ojos relucían y su risa era
extremadamente inquietante. Me hizo sentir como si me hubiera atrapado en una
mentira. Experimenté una peculiar sensación de culpa. Tuve el sentimiento de
que él conocía algo que yo no sabía o no quería decir.
Mi extraña incomodidad creció. Debe
haberla advertido, porque se puso en pie y me preguntó si quería ir a comer en
una fonda del pueblo.
Caminar de regreso a su casa, y luego el
viaje en coche al pueblo, me hizo sentirme mejor, pero no me hallaba
completamente relajado. De algún modo me sentía amenazado, aunque no podía
precisar el motivo.
En la fonda, quise invitarle a una
cerveza. Dijo que nunca bebía, ni siquiera cerveza. Reí para mis adentros. No
le creía; el amigo que nos puso en contacto me había dicho qué "el viejo
andaba perdido de borracho casi todo el tiempo". En realidad no me
importaba que me mintiera diciendo que no bebía. Me agradaba; había algo muy
tranquilizante en su persona.
Debí haber tenido una expresión de duda
en el rostro, pues él pasó a explicar que de joven le daba por la bebida, pero
que un buen día la había dejado.
-La gente casi nunca se da cuenta de que
podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás
-chasqueó los dedos.
-¿Piensa usted que uno puede dejar de
fumar o de beber así de fácil? -pregunté.
-¡Seguro! -dijo con gran convicción-. El
cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si queremos dejarlos.
En ese mismo instante, el agua que
hervía en la cafetera hizo un ruido fuerte y vivaz.
-¡Oye! -exclamó don Juan, con un brillo en los ojos-. El agua
hirviendo está de acuerdo conmigo.
Luego añadió, tras una pausa:
-Uno puede recibir acuerdos de todo lo
que lo rodea.
En ese momento crucial, la cafetera
produjo un gorgoteo verdaderamente obsceno.
Don Juan miró la cafetera y dijo
suavemente: "Gracias"; asintió con la cabeza y luego estalló en
carcajadas.
Me desconcerté. Su risa era un poco
demasiado fuerte, pero yo me divertía genuinamente con todo aquello.
Mi primera sesión propiamente dicha con
mi "informante" llegó entonces a su fin. Se despidió en la puerta de
la fonda. Le dije que tenía que visitar a unos amigos, y que me gustaría verlo
de nuevo a fines de la semana siguiente.
-¿Cuándo estará usted en su casa?
-pregunté.
Me escudriñó.
-Cuando vengas -repuso.
-No sé exactamente cuándo pueda venir.
-Pues ven y no te preocupes.
-¿Y si usted no está?
-Allí estaré -dijo, sonriendo, y se
alejó.
Corrí tras él y le pregunté si podría
llevar conmigo una cámara para tomar fotos suyas y de su casa.
-Eso está fuera de cuestión -dijo con el
entrecejo fruncido.
-¿Y una grabadora? ¿Le molestaría?
-Me temo que tampoco de eso hay
posibilidad.
Me molesté y empecé a agitarme. Dije que
no veía ningún motivo lógico para su rechazo.
Don Juan movió la cabeza en sentido negativo.
Olvídalo -dijo con fuerza-. Y si todavía
quieres verme, no vuelvas a mencionarlo.
Presenté una débil queja final. Dije que
las fotos y las grabaciones eran indispensables para mi trabajo. Él respondió
que sólo una cosa era indispensable para todo lo que hacíamos. La llamó
"el espíritu".
-No se puede prescindir del espíritu
-dijo-. Y tú no lo tienes. Preocúpate de eeso y no de tus fotos.
-¿A qué se... ?
Me interrumpió con un ademán y
retrocedió algunos pasos.
-No te olvides de volver -dijo con
suavidad, y agitó la mano en despedida.
II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL
Jueves,
diciembre 22, 1960
DON JUAN estaba sentado en el suelo,
junto a la puerta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón
de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos
cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el
regalo. Hablamos sobre el frío de las noches del desierto y otros temas ordinarios
de conversación.
Le pregunté si no interfería yo con su
rutina normal. Me miró como frunciendo el entrecejo y repuso que no tenía
rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.
Yo había preparado algunas cartas de
genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. También había
compilado, a través de la literatura etnográfica, una larga serie de rasgos
culturales pertenecientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería
revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.
Empecé con las cartas de parentesco.
-¿Cómo llamaba usted a su padre?
-pregunté.
-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy
serio.
Me sentí algo molesto, pero procedí
sobre la suposición de que no había comprendido.
Le mostré la carta y expliqué: un
espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas
palabras usadas para padre y madre en inglés y en español.
Pensé que tal vez habría debido empezar
por la madre.
-¿Cómo llamaba usted a su madre?
-pregunté.
-La llamaba mamá -repuso con tono
ingenuo.
-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba
usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los llamaba usted? -dije,
tratando de ser paciente y cortés.
Se rascó la cabeza y me miró con una
expresión estúpida.
-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil.
Déjame pensar.
Tras un momento de titubeo, pareció
recordar algo, y yo me dispuse a escribir.
-Bueno -dijo, como inmerso en serios
pensamientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye,
mamá!
Reí contra mi voluntad. Su expresión era
verdaderamente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me
jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en
mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo
tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la
idea de una genealogía e historia personal.
-¿Cuáles eran los nombres de su padre y
su madre? -pregunté.
Él me miró con ojos claros y amables.
-No pierdas tu tiempo con esa mierda
-dijo suavemente, pero con fuerza insospeechada.
No supe qué decir; parecía que alguien más hubiese pronunciado
esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y
destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los
papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible
que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos
eran claros y bondadosos y penetrantes.
-No tengo ninguna historia personal
-dijo tras una larga pausa-. Un día descubbrí que la historia personal ya no me
era necesaria y la dejé, igual que la bebida.
Yo no acababa de entender el sentido de
sus palabras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle
preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.
-Ya no tengo historia personal -dijo, y
me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.
Me le quedé viendo, tratando de detectar
los significados ocultos de sus palabras.
-¿Cómo puede uno dejar su historia
personal? -pregunté en tono de discusión.
-Primero hay que tener el deseo de
dejarla -dijo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosamente, poco a poco.
-¿Por qué iba uno a tener tal deseo?
-exclamé.
Yo tenía un apego terriblemente fuerte a
mi historia personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda
honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.
-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la
historia personal -dije.
-A acabar con ella, a eso me refiero
-respondió cortante.
Insistí en que sin duda yo no entendía
el planteamiento.
-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un
yaqui. No puede cambiar eso.
-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo
sabes?
-¡Cierto! -dije-. No puedo saberlo con
certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo
que hace que sea historia personal.
Sentí haber remachado un clavo bien
puesto.
-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o
no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia
personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de
cierto.
Yo había anotado torpemente sus
palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé
mentalmente las impresiones que de él tenía: la forma misteriosa e insólita en
que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado
recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su
viveza, su expresión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y
su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había
partido en dos.
-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como
si leyera mis pensamientos-. jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no
tengo historia personal.
Me preguntó si tenía padre. Le dije que
sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a
recordar lo que mi padre pensaba de mí.
-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-.
Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay
poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.
Don Juan dijo que todos cuantos me
conocían tenían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo
cuanto hacía.
-¿No ves? -preguntó con dramatismo-.
Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y
tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se
necesitan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y
sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.
De pronto, la idea se aclaró en mi
mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia
personal era en verdad un concepto atrayente, al menos en el nivel
intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y desagradable.
Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda
incongruencia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar
meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía
el "refinamiento" de un estudiante universitario. De algún modo, don
Juan me había apartado de mi intención original de interrogarlo sobre su
genealogía.
-No sé cómo terminamos hablando de esto
cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de
reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.
-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos
hablando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es
un montón de mierda.
Su tono era firme. Sentí que no había
forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.
-Esta idea de no tener historia personal
¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.
-Es algo que hago yo.
-¿Dónde lo aprendió usted?
-Lo aprendí en el curso de mi vida.
-¿Se lo enseñó su padre?
-No. Digamos que lo aprendí solo, y
ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.
Bajó la voz hasta un susurro dramático.
Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi
mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.
-Escríbelo -dijo con arrogante
condescendencia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.
Lo miré, y mis ojos deben haber delatado
mi confusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.
-Vale más borrar toda historia personal
-dijo despacio, como dando tiempo a mi torrpeza de anotar sus palabras- porque
eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.
No pude creer que en verdad estuviera
diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi
rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.
-Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no
sabes si vas o vienes. Y eso es porque yo he borrado mi historia personal.
Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie
sabe de cierto quién soy ni qué hago.
-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no?
-intercalé.
-Por supuesto que... no -exclamó y rodó
por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.
Había hecho una pausa lo bastante larga
para hacerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El
subterfugio me resultó muy amenazante. En verdad me dio miedo.
-Ése es el secretito que voy a darte hoy
-dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historria personal. Nadie sabe quién soy ni
qué hago. Ni siquiera yo.
Achicó los ojos. No miraba en mi
dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con
las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más
relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé
fantasiosamente como un jefe indio, un "guerrero de piel roja" en las
románticas sagas fronterizas de mi niñez. Mi romanticismo me arrastró, y un
sentimiento de ambivalencia sumamente insidioso tejió su red en torno mío.
Podía decir sinceramente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir, en el
mismo aliento, que le tenía un miedo mortal.
Sostuvo esa extraña mirada durante un
momento largo.
-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy
todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.
Luego posó en mí los ojos y sonrió.
-Poco a poco tienes que crear una niebla
en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse
por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto.
Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes
las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.
-¿Para qué? -pregunté, belicoso.
Se me aclaró que don Juan me estaba
dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto
de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me
dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.
-Dijiste que querías aprender los
asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio
de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú me harías preguntas y yo
te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más qué decirnos.
Su terrible franqueza me despertó
resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.
-Entonces mírala por este lado
-prosiguió-. Si quieres aprender los asunttos de las plantas, como en realidad
no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia
personal.
-¿Cómo? -pregunté.
-Empieza por lo fácil, como no revelar
lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan
bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.
-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por
qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?
-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde
ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo
personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con
certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.
-Pero eso sería mentir.
-No me importan las mentiras ni las
verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando
tienes historia personal.
Argumenté qué no me gustaba engañar
deliberadamente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier
manera yo despistaba a todo el mundo.
El viejo había tocado una llaga abierta
en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía
que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su
afirmación, defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa
conciencia de que mi familia y mis amigos me consideraban indigno de
confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.
-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo
único que faltaba era que sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.
Protesté.
-¿No ve usted que estoy harto de que la
gente me considere indigno de confianza? -dije.
-Pero sí eres indigno de confianza
-repuso con convicción.
-¡Que no, hombre, me llevan los
demonios! -exclamé.
Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír
histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento.
Desdichadamente, estaba en lo cierto con respecto a mí.
Tras un rato me calmé y él siguió
hablando.
-Cuando uno no tiene historia personal
-explicó-, nada de lo que dice puede tomaarse como una mentira. Tu problema es
que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quieres
conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes
sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices mentiras
para seguir en marcha.
-Me hallaba en verdad perplejo por la
gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del
diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a
deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.
-De ahora en adelante -dijo él-, debes
simplemente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle
nunca con exactitud cómo lo has hecho.
-¡Yo no puedo guardar secretos!
-exclamé-. Lo que usted dice es inútil parra mí.
- ¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y
con un brillo feroz en la mirada.
Parecía un extraño animal salvaje. Y sin
embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi molestia cedió el
paso a un estado de confusión irritante.
-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una
alternativa: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero,
terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si
hacemos lo segundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a
nuestro alrededor, un estado muy emocionante y misterioso en el que nadie sabe
por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.
Repuse que borrar la historia personal
sólo acrecentaría nuestra sensación de inseguridad.
-Cuando nada es cierto nos mantenemos
alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emocionante no saber
detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si
conociéramos todo.
No dijo una palabra más durante un rato
muy largo; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué
preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo cercano.
Yo ignoraba el motivo, pero nuestra
conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pidió parar en el
camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepar a la cima plana de una
loma al lado de la carretera y acostarme bocabajo con la cabeza hacia el este.
Parecía tener un sentimiento de
urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado cansado hasta
para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.
Dormí sólo dos o tres minutos, pero
fueron suficientes para que mi energía se renovara.
Llegamos al centro del pueblo, donde
quiso que lo dejase.
-Vuelve -dijo al bajar del coche-.
Acuérdate de volver.
Tuve oportunidad de discutir mis dos
visitas previas a don Juan con el amigo que nos puso en contacto. Su opinión
fue que yo estaba perdiendo el tiempo. Le relaté, con todo detalle, la gama de
nuestras conversaciones. Él pensó que yo exageraba y romantizaba a un viejo
chiflado y tonto.
No había en mí mucha visión romántica
que aplicar a tan absurdo anciano. Sentía sinceramente que sus críticas sobre
mi personalidad habían socavado en forma grave mi simpatía hacia él. Pero tenía
que admitirlo; siempre habían sido oportunas, ciertas y agudamente precisas.
En ese punto, el centro de mi dilema era
que rehusaba a aceptar que don Juan era muy capaz de desbaratar todas mis
ideas preconcebidas acerca del mundo y a concordar con mi amigo en la creencia
de que "el viejo indio estaba simplemente loco".
Me sentí compelido a hacerle otra visita
antes de resolver el problema.
Miércoles,
diciembre 28, 1960
Inmediatamente después de que llegué a
su casa, me llevó a caminar por el chaparral del desierto. Ni siquiera miró la
bolsa de comestibles que yo le llevé. Parecía haberme estado esperando.
Caminamos durante horas. Él no cortó
plantas ni me las mostró. En cambio, me enseñó una "forma correcta de
andar". Dijo que yo debía curvar suavemente los dedos mientras caminaba,
para conservar la atención en el camino y los alrededores. Aseveró que mi forma
ordinaria de andar debilitaba, y que nunca había que llevar nada en las manos.
De ser necesario transportar cosas, debía usarse una mochila o cualquier clase
de red portadora o bolsa para los hombros. Su idea era que, obligando a las
manos a adoptar una posición específica, uno era capaz de mayor energía y mayor
lucidez."
No vi caso en discutir; curvé los dedos
como él indicaba y seguí caminando. Mi lucidez no varió en modo alguno, ni
tampoco mi vigor.
Iniciamos nuestra excursión en la mañana
y nos detuvimos a descansar a eso del mediodía. Yo sudaba y quise beber de mi
cantimplora, pero él me detuvo diciendo que era mejor tomar sólo un sorbo de
agua. De un pequeño arbusto amarillento, cortó algunas hojas y las mascó. Me
dio unas y señaló que eran excelentes; si las mascaba despacio, mi sed desaparecería.
No fue así, pero tampoco sentí malestar.
Pareció haber leído mis pensamientos, y
explicó que yo no advertía los beneficios de la "forma correcta de
andar", ni los de masticar las hojas, porque era joven y fuerte y mi
cuerpo no percibía nada por ser un poco estúpido.
Rió. Yo no estaba de humor para risas y
eso pareció divertirle más aún. Corrigió su frase anterior, diciendo que mi
cuerpo no era realmente estúpido, sino que estaba adormilado.
En ese instante un cuervo enorme voló
por encima de nuestras cabezas, graznando. Sobresaltado, eché a reír. Me
pareció que la ocasión pedía risa, pero para mi absoluto asombro él sacudió con
fuerza mi brazo y me calló. Su expresión era sumamente seria.
-Eso no fue chiste -dijo con severidad,
como si yo supiera a qué se refería.
Pedí una explicación. Era incongruente,
le dije, que se enojara porque yo reía del cuervo, cuando nos habíamos reído de
la cafetera.
-¡Lo que viste no era sólo un cuervo!
-exclamó.
-Pero yo lo vi y era un cuervo -insistí.
-No viste nada, idiota -dijo, hosco.
Su brusquedad era injustificada. Le dije
que no me gustaba hacer enojar a la gente y que tal vez sería mejor irme, pues
él no parecía estar de humor para tolerar compañía.
Él río a carcajadas, como si yo fuese un
payaso que actuaba para él. Mi molestia e irritación crecieron
proporcionalmente.
-Eres muy violento -comentó
despreocupado-. Te tomas demasiado en serio.
-¿Pero no estaba usted haciendo lo
mismo? -interpuse-. ¿Tomándose en serio cuando se enojó conmigo?
Dijo que enojarse conmigo era lo que más
lejos estaba de su pensamiento. Me miró con ojos penetrantes.
-Lo que viste no era un acuerdo del
mundo -dijo-. Los cuervos que vuelan o graznan no son nunca un acuerdo. ¡Eso
fue una señal!
-¿Una señal de qué?
-Una indicación muy importante acerca de
ti -repuso crípticamente.
En ese mismo instante, el viento arrastró hasta nuestros pies la
rama seca de un arbusto.
-¡Eso fue un acuerdo! -exclamó él, y
mirándome con ojos relucientes estalló en una carcajada.
Tuve la sensación de que, por
molestarme, inventaba sobre la marcha las reglas de su extraño juego; así, él
podía reír, pero yo no. Mi irritación volvió a expandirse y le dije lo que
pensaba de él.
No se disgustó ni se ofendió para nada.
Rió, y su risa acrecentó más aún mi angustia y mi frustración. Pensé que
deliberadamente me humillaba. Decidí allí mismo que ya estaba harto del
"trabajo de campo".
Me puse en pie y le dije que deseaba
emprender el regreso a su casa, porque tenía que salir rumbo a Los Ángeles.
-¡Siéntate! -dijo, imperioso-. Te pones
de malas como señora vieja. No puedes irte ahora, porque todavía no
terminamos.
Lo odié. Pensé que era un hombre
despectivo.
Empezó a cantar una idiota canción
ranchera. Obviamente, estaba imitando a algún cantante popular. Alargaba
ciertas sílabas y contraía otras, convirtiendo la canción en todo un objeto de
farsa. Era tan cómico que acabé por reír.
-Ya ves, te ríes de la canción estúpida
-dijo-. Pero el que canta así, y los que ppagan por oírlo, no se ríen; piensan
que es seria.
-¿Qué quiere usted decir? -pregunté.
Pensé que había urdido el ejemplo para
decirme que yo reí del cuervo por no haberlo tomado en serio, igual que no
había tomado en serio la canción. Pero me desconcertó de nuevo. Dijo. que yo
era como el cantante y la gente a quien le gustaban sus canciones: lleno de
arrogancia y seriedad con respecto a una idiotez que a nadie en su sano juicio
debía importarle un pepino.
Luego recapituló, como para refrescar mi
memoria, todo cuanto había dicho antes sobre el tema de "aprender los
asuntos de las plantas". Recalcó enfáticamente que, si yo en verdad
quería aprender, debía remodelar la mayor parte de mi conducta.
Mi molestia creció, hasta que incluso el
tomar notas me costaba un esfuerzo supremo.
-Te tomas demasiado en serio -dijo,
despacio-. Te das demasiada importancia. ¡Eso hay que cambiarlo!. Te sientes
de lo más importante, y eso te da pretexto para molestarte con todo. Eres tan
importante que puedes marcharte así nomás si las cosas no salen a tu modo. Sin
duda piensas que con eso demuestras tener carácter. ¡Eres débil y arrogante!
Traté de formular una protesta, pero él
no quitó el dedo del renglón. Señaló que, en el curso de mi vida, yo jamás
había podido terminar nada, a causa de ese sentido de importancia desmedida que
yo mismo me atribuía.
La certeza con que hizo sus
aseveraciones me desconcertó por completo. Eran verdad, desde luego, y eso me
hacía sentirme no sólo enojado, sino también bajo amenaza.
-La arrogancia es otra cosa que hay que
dejar, lo mismo que la historia personal -dijo en tono dramático.
Yo no quería en modo alguno discutir con
él. Resultaba obvia mi tremenda desventaja; él no iba a regresar a su casa
hasta que se le antojase, y yo no conocía el camino. Tenía que quedarme con él.
Hizo un movimiento extraño y súbito: pareció husmear el aire en
torno suyo, su cabeza se sacudió leve y rítmicamente. Se le veía en un estado
de alerta fuera de lo común. Se volvió y fijó en mí los ojos, con una expresión
de extrañeza y curiosidad. Me miró de pies a cabeza como buscando algo
específico; luego se levantó abruptamente y empezó a caminar con rapidez. Casi
corría. Lo seguí. Mantuvo un paso muy acelerado durante poco menos de una hora.
Finalmente se detuvo junto a una colina
rocosa y nos sentamos a la sombra de un arbusto. El trote me había agotado por
completo, aunque me hallaba de mejor humor. Era extraña la forma en que había
cambiado. Me sentía casi alborozado, pero cuando habíamos empezado a trotar,
después de nuestra discusión, me hallaba furioso con él.
-Es muy extraño -dije-, pero me siento de
veras, bien.
Oí a la distancia el graznar de un
cuervo. Él se llevó el dedo a la oreja derecha y sonrió.
-Eso fue una señal -dijo.
Una piedra cayó rebotando cuestabajo y
aterrizó con estruendo en el chaparral.
Él río con fuerza y señaló con el dedo
en dirección del sonido.
-Y eso fue un acuerdo -dijo.
Luego preguntó si me encontraba
dispuesto a hablar de mi arrogancia. Reí; mi sentimiento de ira parecía tan
lejano que ni siquiera podía yo concebir cómo me había disgustado con don Juan.
-No entiendo qué me está pasando -dije-.
Me enojé y ahora no sé por qué ya no estoy enojado.
-El mundo que nos rodea es muy
misterioso -dijo él-. No entrega fácilmente sus secretos.
Me gustaban sus frases crípticas. Eran
un reto y un misterio. No podía yo determinar si estaban llenas de
significados ocultos o si eran sólo puros sinsentidos.
-Si alguna vez regresas aquí al desierto
-dijo-, no te acerques a ese cerrito pedreegoso donde nos detuvimos hoy. Húyele
como a la plaga.
-¿Por qué? ¿Qué ocurre?
-Éste no es el momento de explicarlo
-dijo-. Ahora nos importa perder la arrogaancia. Mientras te sientas lo más
importante del mundo, no puedes apreciar en verdad el mundo que te rodea. Eres
como un caballo con anteojeras: nada más te ves tú mismo, ajeno a todo lo
demás.
Me examinó un momento.
-Voy a hablar aquí con mi amiguita
-dijo, señalando una planta pequeña.
Se arrodilló frente a ella y empezó a
acariciarla y a hablarle. Al principio no entendí lo que decía, pero luego
cambió de idioma y le habló a la planta en español. Parloteó sandeces durante
un rato. Luego se incorporó.
-No importa lo que le digas a una planta
-dijo-. Lo mismo da que inventes las palaabras; lo importante es sentir que te
cae bien y tratarla como tu igual.
Explicó que alguien que corta plantas
debe disculparse cada vez por hacerlo, y asegurarles que algún día su propio
cuerpo les servirá de alimento.
-Conque, a fin de cuentas, las plantas y
nosotros estamos parejos -dijo-. Ni ellas ni nosotros tenemos más ni menos
importancia.
"Anda, háblale a la plantita -me
instó-. Dile que ya no te sientes importante."
Llegué incluso a arrodillarme frente a
la planta, pero no pude decidirme a hablarle. Me sentí ridículo y reí. Sin
embargo, no estaba enojado.
Don Juan me dio palmadas en la espalda y
dijo que estaba bien, que al menos había dominado mi temperamento.
-De ahora en adelante, habla con las
plantitas -dijo-. Habla hasta que pierdas todo sentido de importancia. Háblales
hasta que puedas hacerlo enfrente de los demás.
"Ve a esos cerros de ahí y practica
solo."
Le pregunté si bastaba con hablar a las
plantas en silencio, mentalmente.
Rió y me golpeó la cabeza con un dedo.
-¡No! -dijo-. Debes hablarles en voz
clara y fuerte si quieres que te respondan.
Caminé hasta el área en cuestión, riendo
para mí de sus excentricidades. Incluso traté de hablar a las plantas, pero mi
sentimiento de hacer el ridículo era avasallador.
Tras lo que consideré una espera
apropiada, volví a donde estaba don Juan. Tuve la certeza de que él sabía que
yo no había hablado a las plantas.
No me miró. Me hizo seña de tomar
asiento junto a él.
-Obsérvame con cuidado -dijo-. Voy a
platicar con mi amiguita.
Se arrodilló frente a una planta pequeña
y durante unos minutos movió y contorsionó el cuerpo, hablando y riendo.
Pensé que se había salido de sus
cabales.
-Esta plantita me dijo que te dijera que
es buena para comer -dijo al ponerse en pie-. Me dijo que un manojo de estas
plantitas mantiene sano a un hombre. También dijo que hay un buen montón creciendo
por allá.
Don Juan señaló un área sobre una
ladera, a unos doscientos metros de distancia.
-Vamos a ver -dijo.
Reí de su actuación. Estaba seguro de
que hallaríamos las plantas, pues él era un experto en el terreno y sabía
dónde hallar las plantas comestibles y medicinales.
Mientras íbamos hacia la zona en
cuestión, me dijo como al acaso que debía fijarme en la planta, por que era
alimento y también medicina.
Le pregunté, medio en broma, si la
planta acababa de decirle eso. Se detuvo y me examinó con aire incrédulo.
Meneó la cabeza de lado a lado.
-¡Ah! -exclamó, riendo-. Te pasas de
listo y resultas más tonto de lo que yo creía. ¿Cómo puede la plantita decirme
ahora lo que he sabido toda mi vida?
Procedió a explicar que conocía desde
antes las diversas propiedades de esa planta específica, y que la planta sólo
le había dicho que un buen montón de ellas crecía en el área recién indicada
por él, y que a ella no le molestaba que don Juan me lo dijera.
Al llegar a la ladera encontré todo un
racimo de las mismas plantas. Quise reír, pero don Juan no me dio tiempo.
Quería que yo diese las gracias al montón de plantas. Sentí una timidez
torturante y no pude decidirme a hacerlo.
Él sonrió con benevolencia e hizo otra
de sus aseveraciones crípticas. La repitió tres o cuatro veces, como para darme
tiempo de descifrar su sentido.
-El mundo que nos rodea es un misterio
-dijo-. Y los hombres no son mejores que nninguna otra cosa. Si una plantita es
generosa con nosotros, debemos darle las gracias, o quizá no nos deje ir.
La forma en que me miró al decir eso me
produjo un escalofrío. Apresuradamente me incliné sobre las plantas y dije:
"Gracias" en voz alta.
Él empezó a reír en estallidos calmados,
bajo control.
Caminamos otra hora y luego iniciamos el
camino de vuelta a su casa. En cierto momento me quedé atrás y él tuvo que
esperarme. Revisó mis dedos para ver si los había curvado. No era así. Me dijo,
imperioso, que cuando yo anduviera con él tenía que observar y copiar todas sus
maneras, o de lo contrario mejor haría no yendo.
-No puedo estarte esperando como si
fueras un niño -dijo en tono de regaño.
Esa frase me hundió en las profundidades
de la vergüenza y el desconcierto: ¿Cómo era posible que un hombre tan anciano
caminase mucho mejor que yo? Me creía de constitución atlética y fuerte, y sin
embargo él había tenido que esperar a que yo me le emparejara.
Curvé los dedos y, extrañamente, pude
mantenerme a su paso sin ningún esfuerzo. De hecho, en ocasiones sentía que
las manos me jalaban hacia adelante.
Me sentí exaltado. Era por completo feliz caminando tontamente con
ese extraño viejo indio. Empecé a hablar y le pregunté repetidas veces si
podría mostrarme algunas plantas de peyote. Él me miró, pero no dijo una sola
palabra.
IV. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA
Miércoles,
enero 25, 1961
-¿Me enseñará usted algún día lo que
sabe del peyote? -pregunté.
Él no respondió y, como había hecho
antes, se limitó a mirarme como si yo estuviera loco.
Le había mencionado el tema, en
conversación casual, varias veces anteriores, y en cada ocasión arrugó el ceño
y meneó la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; más bien expresaba
desesperanza e incredulidad.
Se puso en pie abruptamente. Habíamos
estado sentados en el piso frente a su casa. Una sacudida casi imperceptible de
cabeza fue la invitación a seguirlo.
Entramos en el chaparral, caminando más
o menos hacia el sur. Durante la marcha, don Juan mencionó repetidamente que
yo debía darme cuenta de lo inútiles que eran mi arrogancia y mi historia personal.
-Tus amigos -dijo volviéndose de pronto
hacia mí-. Esos que te han conocido durante mucho tiempo: debes ya dejar de
verlos.
Pensé que estaba loco y que su
insistencia era idiota, pero no dije nada. Él me escudriñó y echó a reír.
Tras una larga caminata nos detuvimos.
Estaba a punto de sentarme a descansar, pero él me dijo que fuera a unos veinte
metros de distancia y hablara, en voz alta y clara, a un grupo de plantas. Me
sentí incómodo y aprensivo. Sus extrañas exigencias eran más de lo que yo
podía soportar, y le dije nuevamente que no me era posible hablar a las
plantas, porque me sentía ridículo. Su único comentario fue que me daba yo una
importancia inmensa. Pareció hacer una decisión súbita, y dijo que yo no debía
tratar de hablar a las plantas hasta que me sintiera cómodo y natural al
respecto.
-Quieres aprender todo lo de las
plantas, pero no quieres trabajar para nada -dijo, acusador-. ¿Qué te propones?
Mi explicación fue que yo deseaba
información fidedigna sobre los usos de las plantas; por eso le había pedido
ser mi informante. Incluso había ofrecido pagarle por su tiempo y por la
molestia.
-Debería usted aceptar el dinero -dije-.
En esta forma los dos nos sentiríamos mejor. Yo, entonces, podría preguntarle
lo que quisiera, porque usted trabajaría para mí y yo le pagaría. ¿Qué le
parece?
Me miró con desprecio y produjo con la
boca un ruido majadero, exhalando con gran fuerza para hacer vibrar su labio
inferior y su lengua.
-Eso es lo que me parece -dijo, y rió
histéricamente de la expresión de sorpresa absoluta que debo haber tenido en
el rostro.
Obviamente, no era un hombre con el que
yo pudiera vérmelas fácilmente. Pese a su edad, estaba lleno de entusiasmo y
de una fuerza increíble. Yo había tenido la idea de que, por ser tan viejo,
resultaría un "informante" perfecto. La gente vieja, se me había
hecho creer, era la mejor informante porque se hallaba demasiado débil para
hacer otra cosa que no fuese hablar. Don Juan, en cambio, era un pésimo sujeto.
Yo lo sentía incontrolable y peligroso. El amigo que nos presentó tenía razón.
Era un indio viejo y excéntrico, y aunque no se halla perdido de borracho la
mayor parte del tiempo, como mi amigo había dicho, la cosa era peor aún: estaba
loco. Sentí renacer las tremendas dudas y temores que había experimentado
antes. Creía haber superado eso. De hecho, no tuve ninguna dificultad para
convencerme de que deseaba visitarlo nuevamente. Sin embargo, la idea de que
acaso yo mismo estaba algo loco se coló en mi mente cuando advertí que me
gustaba estar con él. Su idea de que mi sentimiento de importancia era un
obstáculo, me había producido un verdadero impacto. Pero todo eso era al
parecer un mero ejercicio intelectual por parte mía; apenas me hallaba cara a
cara con su extraña conducta, empezaba a experimentar aprensión y deseaba
irme.
Dije que éramos tan distintos que,
pensaba, no había posibilidad de llevarnos bien.
-Uno de nosotros tiene que cambiar -dijo
él, mirando el suelo-. Y tú sabes quién.
Empezó a tararear una canción ranchera
y, de repente, alzó la cabeza para mirarme, Sus ojos eran fieros y ardientes.
Quise apartar los míos o cerrarlos, pero para mi completo asombro no pude
zafarme de su mirada.
Me pidió decirle lo que había visto en
sus ojos. Dije que no vi nada, pero él insistió en que yo debía dar voz a
aquello de lo que sus ojos me habían hecho darme cuenta. Pugné por hacerle
entender que sus ojos no me daban conciencia más que de mi desazón, y que la
forma en que me miraba era muy incómoda.
No me soltó. Mantuvo la mirada fija. No
era declaradamente maligna ni amenazante; era más bien un mirar misterioso
pero desagradable.
Me preguntó si no me recordaba un
pájaro.
-¿Un pájaro? -exclamé.
Soltó una risita de niño y apartó sus
ojos de mí.
-Sí -dijo con suavidad-. ¡Un pájaro, un
pájaro muy raro!
Volvió a atrapar mis ojos con los suyos
y me ordenó recordar. Dijo con extraordinaria convicción que él
"sabía" que yo había visto antes esa mirada.
Mi sentir de aquellos momentos era que
el anciano me encolerizaba, pese a mi buena voluntad, cada vez que abría la
boca. Me le quedé viendo con obvio desafío. En vez de enojarse echó a reír. Se
golpeó el muslo y gritó como si cabalgara un potro salvaje. Luego se puso serio
y me indicó la importancia suprema de que yo dejara de pelear con él y
recordarse aquel pájaro raro del cual hablaba.
-Mírame a los ojos -dijo.
Sus ojos eran extraordinariamente
fieros. Tenían un aura que en verdad me recordaba algo, pero yo no estaba
seguro de qué cosa era. Me esforcé un momento y entonces, de pronto, me di
cuenta: no la forma de los ojos ni de la cabeza, sino cierta fría fiereza en
la mirada, me recordaba los ojos de un halcón. En el mismo instante en que lo
advertí, don Juan me miraba de lado, y por un segundo mi mente experimentó un
caos total. Creí haber visto las facciones de un halcón en vez de los de don Juan.
La imagen fue demasiado fugaz y yo me hallaba demasiado sobresaltado para
haberle prestado más atención.
En tono de gran excitación, le dije que
podría jurar haber visto las facciones de un halcón en su rostro. Él tuvo
otro ataque de risa.
He visto cómo miran los halcones. Solía
cazarlos cuando era niño, y en la opinión de mi abuelo me desempeñaba bien. El
abuelo tenía una granja de gallinas Leghorn y los halcones eran una amenaza
para su negocio. Dispararles no era sólo funcional, sino también "justo".
Yo había olvidado, hasta ese momento, que la fiera mirada de las aves me
obsesionó durante años; se hallaba en un pasado tan remoto que creía haber
perdido memoria de ella.
-Yo cazaba halcones -dije.
-Lo sé -repuso don Juan como si tal
cosa.
Su tono contenía tal certeza que empecé
a reír. Pensé que era un tipo absurdo. Tenía el descaro de hablar como si en
verdad supiese que yo cazaba halcones. Lo desprecié enormemente.
-¿Por qué te enojas tanto? -preguntó en
un tono de genuina preocupación.
Yo ignoraba por qué. Él se puso a
sondearme de un modo muy insólito. Me pidió mirarlo de nuevo y hablarle del
"pájaro muy raro" que me recordaba. Luché contra él y, por despecho,
dije que no había nada de qué hablar. Luego me sentí forzado a preguntarle por
qué había dicho saber que yo solía cazar halcones. En lugar de responderme,
volvió a comentar mi conducta. Dijo que yo era un tipo violento, capaz de
"echar espuma por la boca" al menor pretexto. Protesté, negando que
eso fuera cierto; siempre había tenido la idea de ser bastante simpático y
calmado. Dije que era culpa suya por sacarme de mis casillas con sus palabras y
acciones inesperadas.
-¿por qué la ira? -preguntó.
Hice un avalúo de mis sentimientos y
reacciones. Realmente no tenía necesidad de airarme con él.
Insistió nuevamente en que mirara sus
ojos y le hablara del "extraño halcón". Había cambiado su fraseo; el
"pájaro muy raro" de que hablaba antes se había vuelto el
"extraño halcón". El cambio de palabras resumió un cambio en mi
propio estado de ánimo. De repente me había puesto triste.
Achicó los ojos hasta convertirlos en
ranuras, y dijo en tono sobreactuado que estaba "viendo" un halcón
muy extraño. Repitió su afirmación tres veces, como si en verdad estuviera
viéndolo allí frente a él.
-¿No lo recuerdas? -preguntó.
Yo no recordaba nada por el estilo.
-¿Qué de extraño tiene el halcón?
-pregunté.
-Eso me lo debes decir tú -repuso.
Insistí en que no tenía forma de saber a
qué se refería; por tanto, no podía decirle nada.
-¡No luches conmigo! -dijo-. Lucha
contra tu pereza y recuerda.
Durante un momento me esforcé seriamente
por desentrañar su intención. No se me ocurrió que igual podría haber tratado
de acordarme.
-En un tiempo viste muchos pájaros -dijo
como apuntándome.
Le dije que de niño viví en una granja y
cacé cientos de aves.
Respondió que, en tal caso, no me
costaría trabajo recordar a todas las aves raras que había cazado.
Me miró con una pregunta en los ojos,
como si acabara de darme la última pista.
-He cazado tantos pájaros -dije- que no
recuerdo nada de ellos.
Este pájaro es especial -repuso casi en
un susurro-. Este pájaro es un halcón.
Nuevamente me puse a pensar a dónde
querría llevarme. ¿Se burlaba? ¿Hablaba en serio? Tras un largo intervalo, me
instó otra vez a recordar. Sentí que era inútil tratar de acabar con su juego;
sólo me quedaba jugar con él.
-¿Habla usted de un halcón que yo he
cazado? -pregunté.
-Sí -murmuró con los ojos cerrados.
-De modo que, ¿esto pasó cuando yo era
niño?
-Sí.
-Pero usted dijo que está viendo ahora
un halcón frente a usted.
-Lo veo.
-¿Qué trata usted de hacerme?
-Trato de hacerte recordar.
-¿Qué cosa? ¡Por amor de Dios!
-Un halcón rápido como la luz -dijo
mirándome a los ojos.
Sentí que mi corazón se detenía.
-Ahora mírame -dijo.
Pero no lo hice. Percibía su voz como un
sonido leve. Cierto recuerdo colosal se había posesionado de mí. ¡El halcón
blanco!
Todo empezó con el estallido de ira que
tuvo mi abuelo al contar sus pollos Leghorn. Habían estado desapareciendo en
forma continua y desconcertante. Él organizó y ejecutó personalmente una
meticulosa vigilia, y tras días de observación constante vimos finalmente una
gran ave blanca que se alejaba volando con un pollo en las garras. El ave era
rauda y al parecer conocía su ruta. Descendió desde el cobijo de unos árboles,
aferró el pollo y voló por una abertura entre dos ramas. Ocurrió tan rápido
que mi abuelo casi ni vio al ave, pero yo sí, y supe que era en verdad un
halcón. Mi abuelo dijo que, en ese caso, debía ser un albino.
Iniciamos una campaña contra el halcón
albino y dos veces creí tenerlo cazado. Incluso dejó caer la presa, pero
escapó. Era demasiado veloz para mí. También era muy inteligente; nunca regresó
a asolar la granja de mi abuelo.
Yo habría olvidado el asunto si el
abuelo no me hubiese aguijoneado a cazar el ave. Durante dos meses perseguí al
halcón albino por todo el valle donde vivíamos. Aprendí sus hábitos y casi me
era posible intuir su ruta de vuelo, pero su velocidad y lo brusco de sus
apariciones siempre me desconcertaban. Podía yo alardear de haberle impedido
cobrar su presa, quizá todas las veces que nos encontramos, pero nunca logré
echarlo en mi morral.
En los dos meses en que libré la extraña
guerra contra el halcón albino, sólo una vez estuve cerca de él. Había estado
cazándolo todo el día y me hallaba cansado. Me senté a reposar y me quedé
dormido bajo un eucalipto. El grito súbito de un halcón me despertó. Abrí los
ojos sin hacer ningún otro movimiento, y vi un ave blancuzca encaramada en las
ramas más altas del eucalipto. Era el halcón albino. La caza había terminado.
Iba a ser un tiro difícil; yo estaba acostado y el ave me daba la espalda. Hubo
una repentina racha de viento y la aproveché para ahogar el sonido de alzar mi
rifle 22 largo para apuntar. Quería esperar que el halcón se volviera o empezara
a volar, para no fallarle. Pero el ave permaneció inmóvil. Para mejor
dispararle, habría tenido que moverme, y era demasiado rápida para ello. Pensé
que mi mejor alternativa era aguardar. Y eso hice durante un tiempo largo,
interminable. Acaso me afectó la prolongada espera, o quizá fue la soledad del
sitio donde el halcón y yo nos hallábamos; de pronto sentí un escalofrío
ascender por mi espina y, en una acción sin precedente, me puse en pie y me
fui. Ni siquiera vi si el halcón había volado.
Jamás atribuí ningún significado a mi
acto final con el halcón albino. Pero fue muy raro que no le disparara. Yo
había matado antes docenas de halcones. En la granja donde crecí, matar aves o
cazar cualquier tipo de animal era cosa común y corriente.
Don Juan escuchó atentamente mientras yo
narraba la historia del halcón albino.
-¿Cómo supo usted del halcón blanco?
-pregunté al terminar.
-Lo vi -repuso.
-¿Dónde?
Aquí mismo, frente a ti.
Ya no me quedaban ánimos para discutir.
-¿Qué significa todo esto? -pregunté.
Él dijo que un ave blanca como ésa era
un augurio, y que no dispararle era lo único correcto que podía hacerse.
-Tu muerte te dio una pequeña
advertencia -dijo con tono misterioso-. Siempre llega como escalofrío.
-¿De qué habla usted? -dije con
nerviosismo.
En verdad me había puesto nervioso con
sus palabras fantasmagóricas.
-Conoces mucho de aves -dijo-. Has
matado demasiadas. Sabes esperar. Has esperado pacientemente horas enteras. Lo
sé. Lo estoy viendo.
Sus palabras me produjeron gran
turbación. Pensé que lo más molesto en él era su certeza. No soportaba yo su
seguridad dogmática con respecto a elementos de mi vida de los que ni yo mismo
estaba seguro. Inmerso en mis sentimientos de depresión, no lo vi inclinarse sobre
mí hasta que me susurró algo al oído. No entendí al principio, y él lo repitió.
Me dijo que volviera la cabeza como al descuido y mirara un peñasco a mi
izquierda. Dijo que mi muerte estaba allí, mirándome, y que si me volvía cuando
él me hiciera una seña, tal vez fuese capaz de verla.
Me hizo una seña con los ojos. Volví la
cara y me pareció ver un movimiento parpadeante sobre el peñasco. Un
escalofrío recorrió mi cuerpo, los músculos de mi abdomen se contrajeron
involuntariamente y experimenté una sacudida, un espasmo. Tras un momento
recobré la compostura y expliqué la sombra fugaz que había visto como una
ilusión óptica causada por volver la cabeza tan repentinamente.
-La muerte es nuestra eterna compañera
-dijo don Juan con un aire sumamente serioo-. Siempre está a nuestra izquierda,
a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco;
te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha
estado vigilando. Siempre lo estará hasta el día en que te toque.
Extendió el brazo y me tocó levemente en
el hombro, y al mismo tiempo produjo con la lengua un sonido profundo,
chasqueante. El efecto fue devastador; casi volví el estómago.
-Tú eres el muchacho que acechaba su
caza y esperaba pacientemente, como la muerte espera; sabes muy bien que la
muerte está a nuestra izquierda, igual que tú estabas a la izquierda del halcón
blanco.
Sus palabras tuvieron la extraña
facultad de provocarme un terror injustificado; la única defensa era mi
compulsión de poner por escrito todo cuanto él decía.
¿Cómo puede uno darse tanta importancia
sabiendo que la muerte nos está acechando? -preguntó.
Sentí que mi respuesta no era en
realidad necesaria. De cualquier modo, no habría podido decir nada. Un nuevo
estado de ánimo se había posesionado de mí.
-Cuando estés impaciente -prosiguió-, lo
que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una
inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un
gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación
de que tu compañera está allí vigilándote.
Volvió a inclinarse y me susurró al oído
que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal, podría ver
nuevamente a mi muerte en el peñasco.
Sus ojos me hicieron una seña casi
imperceptible, pero no me atreví a mirar.
Le dije que le creía y que no era
necesario llevar más lejos el asunto, porque me hallaba aterrado. Él soltó una
de sus rugientes carcajadas.
Respondió que el asunto de nuestra
muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no
tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría
desazón y miedo.
-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La
muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como
siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser
aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te
dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu
muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”
-Meneó la cabeza y pareció aguardar mi
respuesta. Yo no tenía ninguna. Mis pensamientos corrían desenfrenados. Don
Juan había asestado un tremendo golpe a mi egoísmo. La mezquindad de molestarme
con él era monstruosa a la luz de mi muerte.
Tuve el sentimiento de que se hallaba
plenamente consciente de mi cambio de humor. Había vuelto las tablas a su
favor. Sonrió y empezó a tararear una canción ranchera.
-Sí -dijo con suavidad, tras una larga
pausa-. Uno de los dos aquí tiene que cambiar, y aprisa. Uno de nosotros tiene
que aprender de nuevo que la muerte es el cazador, y que siempre está a la
izquierda. Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y dejar la
pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca
los fuera a tocar.
Permanecimos en silencio más de una
hora; luego echamos a andar nuevamente. Caminamos sin rumbo, durante horas,
por el chaparral. No le pregunté si eso tenía algún propósito; no importaba. De
alguna manera, me había hecho recobrar un viejo sentimiento, olvidado por
completo: el puro gozo de moverse, simplemente, sin añadir a eso ningún
propósito intelectual.
Quise que me permitiera echar otro
vistazo a lo que yo había percibido sobre la roca.
-Déjeme ver esa sombra otra vez -dije.
-Te refieres a tu muerte, ¿no? -replicó
con un toque de ironía en la voz.
Durante un momento sentí renuencia de
decirlo.
-Sí -dije por fin-. Déjeme ver otra vez
a mi muerte.
-Ahora no -respondió-. Eres demasiado
sólido.
-¿Perdón?
Echó a reír, y por alguna razón
desconocida su risa ya no era ofensiva e insidiosa, como anteriormente. No
pensé que fuera distinta, desde el punto de vista de su timbre, su volumen, o
el espíritu que la animaba; el nuevo elemento era mi propio humor. En vista
de mi muerte inminente, los miedos y la irritación eran tonterías.
-Entonces déjame hablar con las plantas
-dije.
Rió a más no poder.
-Ahora eres demasiado bueno -dijo, aún
entre risas-. Te vas de un extremo al otro. Apacíguate. No hay necesidad de
hablar con las plantas a menos que quieras conocer sus secretos, y para eso
necesitas el más recio de los empeños. Conque guárdate tus buenos deseos.
Tampoco hay necesidad de ver a tu muerte. Basta con que sientas su presencia
cerca de ti.
Martes, abril
11, 1961
Llegué a casa de don Juan temprano en la
mañana del domingo 9 de abril.
-Buenos días, don Juan -dije-. ¡Qué
gusto me da verlo!
ÉL me miró y echó a reír suavemente. Se
había acercado a mi coche cuando yo lo estacionaba, y mantuvo la puerta
abierta mientras yo reunía unos paquetes de comida que le llevaba.
Caminamos hasta la casa y nos sentamos
junto a la puerta.
Ésta era la primera vez que yo tenía
verdadera conciencia de lo que hacía allí. Durante tres meses había aguardado
con impaciencia el retorno al "campo". Fue como si una bomba de
tiempo puesta dentro de mí hubiera estallado, y de pronto recordé algo que me
era trascendente. Recordé que una vez en mi vida había sido muy paciente y
eficaz.
Antes de que don Juan pudiese decir
algo, le hice la pregunta que pesaba sobre mi mente. Llevaba tres meses
obsesionado por la imagen del halcón albino. ¿Cómo supo él de eso, cuando yo
mismo lo había olvidado?
Rió sin responder. imploré que me
contestara.
-No fue nada -dijo con su convicción de
costumbre-. Cualquiera puede darse cuenta de que eres extraño. Estás
adormilado, eso es todo.
Sentí que nuevamente estaba minando mis
defensas y empujándome a un rincón donde yo no tenía deseos de hallarme.
-¿Es posible ver nuestra muerte?
-pregunté, en un intento por seguir dentroo del tema.
-Claro -dijo riendo-. Está aquí con
nosotros.
-¿Cómo lo sabe usted?
-Soy viejo; con la edad uno aprende toda
clase de cosas.
-Yo conozco mucha gente vieja, pero
jamás ha aprendido esto. ¿Por qué usted sí?
-Bueno, digamos que conozco toda clase
de cosas porque no tengo historia personal, y porque no me siento más
importante que ninguna otra cosa, y porque mi muerte está sentada aquí
conmigo.
Extendió el brazo izquierdo y movió los
dedos como si en verdad acariciara algo.
Reí. Supe a dónde me llevaba. El viejo
endemoniado iba a apalearme de nuevo, probablemente con lo de mi importancia,
pero esta vez no me molestaba. El recuerdo de haber tenido otrora una paciencia
magnifica me llenaba de una extraña euforia tranquila que disipaba casi por
entero mi nerviosismo y mi intolerancia hacia don Juan; lo que sentía en vez de
eso era una cierta maravilla por sus actos.
-¿Quién es usted en realidad? -pregunté.
Pareció sorprenderse. Abrió
desmesuradamente los ojos y parpadeó como un ave, bajando los párpados como un
obturador. Bajaron y subieron de nuevo y los ojos conservaron su enfoque. La
maniobra me sobresaltó; me eché hacia atrás, y él rió con abandono infantil.
-Para ti soy Juan Matus, y estoy a tus
órdenes -dijo con exagerada cortesía.
Formulé entonces mi otra pregunta
candente:
-¿Qué me hizo usted el primer día que
nos vimos?
Me refería a la forma en que me miró.
-¿Yo? Nada -repuso en tono de inocencia.
Le describí cómo me había sentido cuando
él me miró, y lo incongruente que para mí resultó el que eso me dejara mudo.
Rió hasta que las lágrimas rodaron por
sus mejillas. Volví a sentir un brote de animosidad hacia él. Pensé que,
mientras yo era tan serio y considerado, él se porta muy “indio” con sus
modales bastos.
Pareció darse cuenta de mi estado de
ánimo y dejó de reír de un momento a otro.
Tras un largo titubeo le dije que su
risa me había molestado porque yo trataba seriamente de entender qué cosa me
ocurrió.
-No hay nada que entender -repuso,
impasible.
Le repasé la secuencia de hechos
insólitos que habían tenido lugar desde que lo conocí, empezando con la mirada
misteriosa que me había dirigido, hasta el recuerdo del halcón albino y el
percibir en el peñasco la sombra que según él era mi muerte.
-¿Por qué me hace usted todo esto?
-pregunté.
No había beligerancia en mi
interrogación. Sólo tenía curiosidad de saber por qué me lo hacía a mí en
particular.
-Tú me pediste que te enseñara lo que sé
de las plantas -dijo.
Noté en su voz un matiz de sarcasmo.
Sonaba como si estuviera siguiéndome la corriente.
-Pero lo que me ha dicho hasta ahora no
tiene nada que ver con plantas -protesté.
Su respuesta fue que aprender sobre
ellas tomaba tiempo.
Sentí que era inútil discutir con él.
Tomé conciencia entonces de la idiotez total de los propósitos fáciles y
absurdos que me había hecho. En mi casa. me prometí nunca más perder los
estribos ni irritarme con don Juan. Pero ya en la situación real, apenas me
sentí desairado tuve otro ataque de malhumor. Sentía que no había manera de
interactuar con él y eso me llenaba de risa.
-Piensa ahora en tu muerte -dijo don
Juan de pronto-. Está al alcance de tu brazo. Puede tocarte en cualquier
momento, así que de veras no tienes tiempo para pensamientos y humores de
cagada. Ninguno de nosotros tiene tiempo para eso.
"¿Quieres saber qué te hice el día
que nos conocimos? Te vi, y vi que tú creías que estabas mintiendo. Pero no
lo estabas, en realidad."
Le dije que esta explicación me
confundía más aún. Repuso que ése era el motivo de que no quisiera explicar sus
actos, y que las explicaciones no eran necesarias. Dijo que lo único que
contaba era la acción, actuar en vez de hablar.
Sacó un petate y se acostó, apoyando la
cabeza en un bulto. Se puso cómodo y luego me dijo que había otra cosa que yo
debía realizar si verdaderamente quería aprender de plantas.
-Lo que andaba mal contigo cuando te vi,
y lo que anda mal contigo ahora, es que no te gusta aceptar la responsabilidad
de lo que haces -dijo despacio, como para darme tiempo de entender sus palabras-.
Cuando me estabas diciendo todas esas cosas en la terminal, sabías muy bien que
eran mentiras. ¿Por qué mentías?
Expliqué que mi objetivo había sido
hallar un "informante clave" para mi trabajo.
Don Juan sonrió y empezó a tararear una
tonada.
-Cuando un hombre decide hacer algo,
debe ir hasta él fin -dijo-, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace.
Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante
con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ellas.
Me examinó. No supe qué decir.
Finalmente aventuré una opinión, casi una protesta.
-¡Eso es una imposibilidad! -dije.
Me preguntó por qué y dije que acaso,
idealmente, eso era lo que todos pensaban que debían hacer. En la práctica, sin
embargo, no había manera de evitar la duda y el remordimiento.
Claro que hay manera -repuso con
convicción.
-Mírame a mí -dijo-. Yo no tengo duda ni
remordimiento. Todo cuanto hago es mi decisión y mi responsabilidad. La cosa.
más simple que haga, llevarte a caminar en el desierto, por ejemplo, puede muy
bien significar mi muerte. La muerte me acecha. Por eso, no tengo lugar para
dudas ni remordimientos. Si tengo que morir como resultado de sacarte a
caminar, entonces debo morir.
"Tú, en cambio, te sientes
inmortal, y las decisiones de un inmortal pueden cancelarse o lamentarse o
dudarse. En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos
ni dudas, amigo mío. Sólo hay tiempo para decisiones."
-Argumenté, de buena fe, que en mi
opinión ése era un mundo irreal, pues se construía arbitrariamente, tomando
una forma idealizada de conducta y diciendo que ésa era la manera de proceder.
Le narré la historia de mi padre, que
solía lanzarme interminables sermones sobre las maravillas de mente sana en
cuerpo sano, y cómo los jóvenes debían templar sus cuerpos con penalidades y
con hazañas de competencia atlética. Era un hombre joven: cuando yo tenía ocho
años él andaba apenas en los veintisiete. Por regla general, durante el verano,
llegaba de la ciudad, donde daba clases en una escuela, a pasar por lo menos
un mes conmigo en la granja de mis abuelos, donde yo vivía. Era para mí un mes
infernal. Conté a don Juan un ejemplo de la conducta de mi padre, el cual me
pareció aplicable a la situación inmediata.
Casi inmediatamente después de llegar a
la granja, mi padre insistía en dar un largo paseo conmigo, para que pudiéramos
hablar, y mientras hablábamos hacía planes para que fuésemos a nadar todos los
días a las seis de la mañana. En la noche, ponía el despertador a las cinco y
medía para tener tiempo suficiente, pues a las seis en punto debíamos estar en
el agua. Y cuando el reloj sonaba en la mañana, él saltaba del lecho, se ponía
los anteojos, iba a la ventana y se asomaba.
Yo incluso había memorizado el monólogo
subsiguiente.
-Hum... Un poco nublado hoy. Mira, voy a
acostarme otros cinco minutos, ¿eh? ¡No más de cinco! Sólo voy a estirar los
músculos y a despertar del todo.
Invariablemente se quedaba dormido hasta
las diez, a veces hasta mediodía.
Dije a don Juan que lo que me molestaba
era su negación a abandonar sus resoluciones obviamente falsas. Repetía este
ritual cada mañana, hasta que yo finalmente hería sus sentimientos rehusándome
a poner el despertador.
-No eran resoluciones falsas -dijo don
Juan, evidentemente tomando partido por mi padre-. Nada más no sabía cómo
levantarse de la cama, eso era todo.
-En cualquier caso -dije-, siempre
recelo de las resoluciones irreales.
-¿Cuál sería entonces una resolución
real? -preguntó don Juan con leve sonrisa.
-Si mi padre se hubiera dicho que no
podía ir a nadar a las seis de la mañana, sino tal vez a las tres de la tarde.
-Tus resoluciones dañan el espíritu
-dijo don Juan con aire de gran seriedad.<
Me pareció incluso percibir, en su tono,
una nota de tristeza. Estuvimos callados largo tiempo. Mi inquina se había
desvanecido. Pensé en mi padre.
-No quería nadar a las tres de la tarde.
¿No ves? -dijo don Juan.
Sus palabras me hicieron saltar.
Le dije que mi padre era débil, y lo
mismo su mundo de actos ideales jamás ejecutados. Hablé casi a gritos.
Don Juan no dijo una sola palabra.
Sacudió la cabeza lentamente, en forma rítmica. Me sentí terriblemente triste.
El pensar en mi padre siempre me afligía.
-Piensas que tú eras más fuerte,
¿verdad? -preguntó él en tono casual.
Le dije que sí, y empecé a narrarle toda
la turbulencia emotiva que mi padre me hizo atravesar, pero él me interrumpió.
¿Era malo contigo? -preguntó.
-No.
-¿Era mezquino -contigo?
-No.
-¿Hacía por ti todo lo que podía?
-Si.
-¿Entonces qué tenía de malo?
De nuevo empecé a gritar que era débil,
pero me contuve y bajé la voz. Me sentía un poco ridículo ante el
interrogatorio de don Juan.
-¿Para qué hace usted todo esto? -dije-.
Se supone que deberíamos estar hablando de plantas.
Me sentía más molesto y deprimido que
nunca. Le dije que él no tenía motivo alguno, ni la más mínima capacidad, para
juzgar mi conducta, y estalló en una carcajada.
-Cuando te enojas siempre te crees en lo
justo, ¿verdad? -dijo, y parpadeó como ave.
Estaba en lo cierto. Yo tenía la
tendencia a sentirme justificado por mi enojo.
-No hablemos de mi padre -dije-,
fingiendo buen humor-. Hablemos de plantas.
-No, hablemos de tu padre -insistió él-.
Ése es el sitio donde hay que comenzar hoy. Si piensas que eras mucho más
fuerte que él, ¿por qué no ibas a nadar a las seis de la mañana en lugar suyo?
Le dije que no podía creer que me estuviera preguntando eso en
serio. Siempre había pensado que nadar a las seis de la mañana era asunto de mi
padre, no mío.
-También era asunto tuyo desde el
momento en que aceptaste su idea -dijo don Juan con brusquedad.
Repuse que nunca la había aceptado, que
siempre había sabido que mi padre no era veraz consigo mismo. Don Juan me
preguntó, como si tal cosa, por qué no había yo expresado entonces mis opiniones.
-Uno no le dice esas cosas a su padre
-dije, en débil explicación.
-¿Por qué no?
-Eso no se hacía en mi casa, es todo.
-Tú has hecho cosas peores en tu casa
-declaró como un juez desde el tribunal-. Lo único que nunca hiciste fue
lustrar tu espíritu.
Sus palabras, llenas de fuerza
devastadora, resonaron en mi mente. Derribó todas mis defensas. No podía yo
discutir con él. Tomé refugio en la escritura de mis notas.
Intenté una última explicación desvaída
y dije que toda mi vida había encontrado gente como mi padre, que al igual que
él me habían metido de algún modo en sus maquinaciones, y por lo general me
dejaron colgado.
-Lamentos -dijo él con suavidad-. Te has
lamentado toda tu vida porque nunca te haces responsable de tus decisiones, si
te hubieras hecho responsable de la idea que tu padre tenía que nadar a las
seis de la mañana, habrías nadado tú solo en caso necesario, o lo hubieras
mandado a callar la primera vez que abrió la boca cuando ya conocías sus mañas.
Pero no dijiste nada. Por tanto, eras tan débil como tu padre.
"Hacernos responsables de nuestras
decisiones significa estar dispuestos a morir por ellas."
-¡Espere, espere -dije-. Está usted
enredando todo.
No me dejó terminar. Yo iba a decirle
que sólo había usado a mi padre como ejemplo de una forma irreal de actuar, y
que nadie en su sano juicio estaría dispuesto a morir por una cosa tan idiota.
-No importa cuál sea la decisión -dijo
él-. Nada podría ser más ni menos serio que ninguna otra cosa. ¿No ves? En un
mundo donde la muerte es el cazador no hay decisiones grandes ni pequeñas. Sólo
hay decisiones que hacemos a la vista de nuestra muerte inevitable.
No pude decir nada. Transcurrió quizás
una hora. Don Juan se hallaba perfectamente inmóvil sobre su petate, aunque no
dormía.
-¿Por qué me dice usted todo esto, don
Juan? -pregunté-. ¿Por qué me hace esto?
-Tú viniste conmigo -dijo él-. No, no
fue ése el caso: te trajeron conmigo. Y yo tengo un gesto contigo.
-¿Cómo dice usted?
-Tú habrías podido tener un gesto con tu
padre nadando en su lugar, pero no lo hiciste, a lo mejor porque eras demasiado
joven. Yo he vivido más que tú. No tengo nada pendiente. No hay ninguna prisa
en mi vida, por eso puedo tener contigo un gesto como es debido.
En la tarde salimos de excursión. Mantuve con facilidad su paso y
me maravillé nuevamente de su estupenda condición física. Caminaba con tanta
agilidad, y con pisada tan firme, que junto a él yo era como un niño. Fuimos
más o menos hacia el este. Noté que no le gustaba hablar mientras caminábamos.
Si yo le decía algo, se detenía para responderme
Tras un par de horas llegamos a un
monte; tomó asiento y me hizo seña de sentarme a su lado. En tono de dramatismo
paródico, anunció que iba a contarme un cuento.
Dijo que había una vez un joven, un
indio desheredado que vivía entre los blancos, en una ciudad. No tenía casa,
ni parientes, ni amigos. Había llegado a la ciudad en busca de fortuna y sólo
encontró miseria y dolor. De vez en cuando ganaba algunos centavos trabajando
como mula: apenas lo bastante para un bocado; de lo contrario tenía que
mendigar o robar comida.
Don Juan dijo que cierto día el joven
fue al mercado. Caminó ofuscado de un lado a otro de la calle, con los ojos
locos de ver todas las cosas buenas allí reunidas. Sufría tal frenesí que no
veía por dónde caminaba, y terminó tropezando con unas canastas y cayendo
encima de un anciano.
El viejo llevaba cuatro enormes guajes y
acababa de sentarse a comer y descansar. Don Juan sonrió con aire sapiente y
dijo que al anciano le pareció muy raro que el joven hubiese tropezado con él.
No se enojó por la molestia; lo asombraba el porqué este joven en particular
le había caído encima. El joven, en cambio, estaba enojado y le dijo que se
quitara del paso. Para nada le preocupaba la razón recóndita del encuentro. No
había advertido que los caminos de arribos se habían cruzado.
Don Juan imitó los movimientos de quien
persigue un objeto que rueda. Dijo que los guajes del anciano cayeron y
rodaban calle abajo. Al verlos, el joven pensó haber hallado su comida para ese
día.
Ayudó al viejo a levantarse e insistió
en ayudarlo a cargar los pesados guajes. El viejo le dijo que iba camino a su
casa en las montañas, y el joven insistió en acompañarlo, por lo menos parte
del camino.
El viejo tomó el camino a las montañas,
y mientras caminaban dio al joven parte de la comida que había comprado en el
mercado. El joven comió hasta llenarse y, ya satisfecho, empezó a notar cuánto
pesaban los guajes y los aferró con fuerza.
Don Juan abrió los ojos y sonrió diabólicamente
al decir que el joven preguntó: "¿Qué lleva usted en estos guajes?"
El anciano, en vez de responder, le dijo que iba a mostrarle un compañero que
podía aliviar sus penas y darle consejo y sabiduría en los caminos del mundo.
Don Juan hizo un gesto majestuoso con
ambas manos y dijo que el anciano hizo venir al venado más hermoso que el
joven había visto en su vida. El venado era tan manso que se acercó a él y
caminó en torno suyo. Resplandecía y brillaba. El joven, cautivado, supo en el
acto que se trataba de un "espíritu venado". El viejo le dijo que, si
deseaba tener ese amigo y su sabiduría, lo único que debía hacer era soltar los
guajes.
La sonrisa de don Juan expresó ambición;
dijo que los deseos mezquinos del joven se avivaron al oír tal petición. Los
ojos de don Juan se hicieron pequeños y diabólicos cuando prestó voz a la pregunta
del joven: "¿Qué lleva usted en estos cuatro guajes enormes?"
El anciano, dijo don Juan, repuso
serenamente que llevaba comida: pinole y agua. Don Juan dejó de narrar la
historia y caminó en circulo un par de veces. Yo no supe qué estaba haciendo.
Pero aparentemente era parte de la historia. El círculo parecía representar
las deliberaciones del joven.
Don Juan dijo que, por supuesto, el
joven no creyó una sola palabra. Calculó que si el viejo, quien obviamente era
un brujo, se hallaba dispuesto a dar un "espíritu venado" a cambio de
sus guajes, éstos debían estar llenos de un poder más allá de lo imaginable.
Don Juan contrajo nuevamente su rostro
en una .sonrisa demoniaca y dijo que el joven declaró que deseaba quedarse con
los guajes. Hubo una larga pausa que al parecer marcaba el final del cuento.
Don Juan permaneció callado, pero me sentí seguro de que deseaba una pregunta
mía, y la hice.
-¿Qué pasó con el joven?
-Se llevó los guajes -repuso él con una
sonrisa de satisfacción.
Hubo otra larga pausa. Reí. Pensé que
éste había sido un verdadero "cuento de indios".
Los ojos de don Juan brillaban; me
sonreía. La circundaba un aire de inocencia. Empezó a reír en suaves estallidos
y me preguntó:
-¿No quieres saber de los guajes?
-Claro que quiero saber. Creí que allí
acababa el cuento.
-Oh no -dijo con una luz maliciosa en
los ojos-. El joven tomó sus guajes y corrió a un sitio apartado y los abrió.
-¿Qué halló? -pregunté.
Don Juan me observó y tuve el
sentimiento de que se hallaba al tanto de mi gimnasia mental. Meneó la cabeza,
riendo por lo bajo.
-Bueno -lo insté-. ¿Estaban vacíos los
guajes?
-Sólo había pinole y agua adentro de los
guajes -dijo él-. Y el joven, en un arranque de furia, los rompió contra las
piedras.
Dije que su reacción era natural:
cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo.
La respuesta de don Juan fue que el
joven era un tonto que no sabía lo que andaba buscando. Ignoraba lo que era el
"poder", de modo que no podía decir si lo había encontrado o no. No
se hizo responsable de su decisión, por ello lo enfureció su error. Esperaba
ganar algo y en vez de ello no obtuvo nada. Don Juan especuló que, si yo
hubiera sido el joven y hubiese seguido mis inclinaciones, me habría entregado
a la furia y al remordimiento para, sin duda, pasar el resto de mi vida
compadeciéndome por lo que había perdido.
Luego explicó la conducta del viejo.
Astutamente, alimentó al joven para darle el "valor de un estómago lleno",
de modo que el joven, al hallar sólo comida en los guajes, los rompió en un
arrebato de ira.
-Si hubiera estado consciente de su
decisión y se hubiera hecho responsable de ella -dijo don Juan-, se habría dado
por bien satisfecho con la comida. Y a lo mejor hasta se hubiera dado cuenta de
que esa comida también era poder.
Viernes,
junio 23, 1961
APENAS tomé asiento empecé a bombardear
a don Juan con preguntas. Él no respondió y, con un ademán impaciente, me
indicó guardar silencio. Parecía estar de humor grave.
-Estaba pensando que no has cambiado
nada en el tiempo que llevas tratando de aprender los asuntos de las plantas
-dijo en tono acusador.
Empezó a pasar revista, en alta voz, a
todos los cambios de personalidad que me había recomendado emprender. Dije que
había considerado muy seriamente el asunto, y hallado que no me era posible
cumplirlos porque cada uno era contrario a mi esencia. Replicó que considerar
el asunto no era suficiente, y que lo que me había dicho no era ningún chiste.
Insistí en que, pese a lo poco que había hecho. en lo referente a ajustar mi
vida personal a sus ideas, yo quería realmente aprender los usos de las
plantas.
Tras un silencio largo e incómodo, le
pregunté con audacia:
-¿Me va usted a enseñar cómo usar el
peyote, don Juan?
Dijo que mis intenciones por sí solas no
eran suficientes, y que conocer los asuntos del peyote -lo llamó
"Mescalito" por vez primera- era cosa seria. Al parecer, no había
nada más que decir.
pero, al anochecer, me puso una prueba;
planteó un problema sin darme ninguna pista para su resolución: hallar un
sitio benéfico en el área frente a su puerta, donde siempre nos sentábamos a
hablar; un sitio donde supuestamente pudiera sentirme perfectamente feliz y
vigorizado. Durante el curso de la noche, mientras rodaba en el suelo tratando
de hallar el "sitio", noté dos veces un cambio de coloración en el
piso de tierra, uniformemente oscuro, del área designada.
El problema me agotó y me quedé dormido
en uno de los lugares donde percibí el cambio de color. En la mañana, don Juan
me despertó para anunciar que mi experiencia había tenido gran éxito. No sólo
había hallado el sitio benéfico que buscaba, sino también su opuesto, un sitio
enemigo o negativo, y los colores asociados con ambos.
Sábado, junio
24, 1961
Temprano en la mañana salimos al
chaparral. Mientras caminábamos, don Juan me explicó que hallar un sitio
"benéfico" o "enemigo" era una importante necesidad para un
hombre en el desierto. Quise llevar la conversación hacia el tema del peyote,
pero él rehusó, de plano, hablar de eso. Me advirtió que no debía haber mención
del asunto, a menos que él mismo lo planteara.
Nos sentamos a descansar a la sombra de
unos arbustos altos, en una zona de vegetación densa. El chaparral en torno no
estaba aún enteramente seco: el día era caluroso y las moscas me acosaban de
continuo, pero no parecían molestar a don Juan. Me pregunté si él simplemente
las ignoraba, pero luego advertí que no se posaban jamás en su rostro.
-A veces es necesario hallar aprisa un
sitio benéfico, a campo abierto -prosiguió don Juan-. O a lo mejor es
necesario determinar aprisa si el sitio en que uno va a descansar es o no un
mal sitio. Una vez, nos sentamos a descansar junto a un cerro y tú te pusiste
muy enojado y molesto. Ese sitio era enemigo tuyo. Un cuervito te lo advirtió,
¿recuerdas?
Recordé que él me había dicho, con
énfasis, que evitase en lo futuro aquella zona. También recordé haberme enojado
porque don Juan no me dejó reír.
-Creí que el cuervo que pasó volando en
esa ocasión era una señal para mí solo -dijo-. Nunca se me hubiera ocurrido
pensar que los cuervos fuesen también amigos tuyos.
-¿De qué habla usted?
-El cuervo era un augurio -prosiguió-.
Si supieras cómo son los cuervos, le habrías huido a ese sitio como a la
peste. Pero no siempre hay cuervos que den la advertencia, y tú debes aprender
a hallar, por ti mismo, un sitio apropiado para acampar o descansar.
Tras una larga pausa, don Juan se
volvió, de repente hacia mí y dijo que, para hallar el sitio apropiado donde
descansar, sólo tenía uno que cruzar los ojos. Me dirigió una mirada sapiente
y, en tono confidencial, dijo que yo había hecho precisamente eso cuando rodaba
en el pórtico de su casa, y que así pude hallar dos sitios y sus colores. Me
hizo saber que mi hazaña lo impresionaba.
-No sé en verdad qué cosa hice -dije.
-Cruzaste los ojos -repitió con
énfasis-. Ésa es la técnica; eso debes haber hecho, aunque no te acuerdes.
Don Juan me describió la técnica, cuyo
perfeccionamiento llevaba años; consistía en forzar gradualmente a los ojos a
ver por separado la misma imagen. La carencia de conversión en la imagen
involucraba una percepción doble del mundo; esta doble percepción, según don
Juan, daba a uno oportunidad de evaluar cambios en el entorno, que los ojos
eran por lo común incapaces de percibir.
Don Juan me animó a hacer la prueba. Me
aseguró que no dañaba la vista. Dijo que yo debía empezar lanzando miradas
cortas, casi con el rabo del ojo. Señaló un gran arbusto y me puso el ejemplo.
Tuve un sentimiento extraño al verlo dirigir miradas increíblemente rápidas al
arbusto. Sus ojos me recordaban los de un animal mañoso que no puede mirar de
frente.
Caminamos cosa de una hora mientras yo
trataba de no enfocar mi vista en nada. Luego don Juan me pidió empezar a
separar las imágenes percibidas por cada uno de mis ojos. Después de otra hora,
o algo así, me dio una jaqueca terrible y tuve que pararme.
-¿Crees que podrías hallar, tú solo, un
sitio apropiado para que descansemos? -preguntó.
Yo no tenía idea de cuál era el criterio
acerca de un "sitio apropiado". Me explicó pacientemente que mirar en
vistazos cortos permitía a los ojos apresar visiones insólitas.
-¿Como qué? -pregunté.
-No son visiones propiamente dichas -dijo él-. Son más bien
sensaciones. Si miras un arbusto o un árbol o una piedra donde tal vez te
gustaría descansar, tus ojos pueden darte a sentir si ése es o no el mejor
sitio de reposo.
De nuevo lo insté a describir qué eran
aquellas sensaciones, pero él no podía describirlas o bien, sencillamente, no
quería. Dijo que yo debía practicar eligiendo un sitio, y él entonces me diría
si mis ojos estaban trabajando o no.
En cierto momento percibí lo que me
pareció un guijarro que reflejaba luz. No podía verlo si enfocaba en él mis
ojos, pero recorriendo el área con vistazos rápidos percibía una especie de
resplandor leve. Señalé a don Juan el sitio. Se hallaba en medio de una zona
llana, sin sombra, privada de arbustos densos. Don Juan rió a carcajadas y
luego me preguntó por qué había elegido ese lugar específico. Expliqué que
estaba viendo un resplandor.
-No me importa lo que veas -dijo-. Daría
igual que estuvieras viendo un elefante. Lo importante es qué cosa sientes.
Yo no sentía nada en absoluto. Él me
lanzó una mirada misteriosa y dijo que habría querido ser cortés y sentarse a
descansar allí conmigo, pero que iba a sentarse en otro sitio mientras yo
probaba mi elección.
Tomé asiento; él me observaba con
curiosidad a diez o doce metros de distancia. Tras unos minutos empezó a reír
fuerte. Por algún motivo su risa me ponía nervioso. Me irritaba sobremanera.
Sentí que se burlaba de mí y eso me enojó. Empecé a poner en duda los motivos
que me empujaban para estar allí. Había algo definitivamente erróneo en la manera
como toda mi empresa con don Juan iba desarrollándose. Sentí ser un simple
peón en sus garras.
De pronto don Juan me embistió, a toda
velocidad, y tomándome del brazo me arrastró en peso tres o cuatro metros. Me
ayudó a incorporarme y se enjugó el sudor de la frente. Noté entonces que se
había esforzado hasta el límite. Me palmeó la espalda y dijo que yo había
elegido el sitio equivocado y que él tuvo que rescatarme a toda prisa, porque
vio que el sitio estaba a punto de apoderarse de todos mis sentimientos. Reí.
La imagen de don Juan embistiéndome era muy graciosa. Había corrido verdaderamente
como un joven. Sus pies se movían como si aferrara la suave tierra roja del
desierto para catapultarse sobre mí. Yo lo había visto reír y luego, en cosa de
segundos, me estaba jalando del brazo.
Tras un rato me instó a seguir buscando
un sitio adecuado para descansar. Reanudamos el camino, pero no noté ni
"sentí" nada. Quizá, de haberme hallado menos tenso, otro hubiera
sido el caso. Pero había cesado mi enojo contra don Juan. Por fin, él señaló
unas rocas y nos detuvimos.
-No te descorazones -dijo-. Lleva mucho
tiempo educar a los ojos como se debe.
No dije nada: No iba a descorazonarme
por algo que no entendía en modo alguno. Sin embargo, debía admitir que ya en
tres ocasiones, desde que comenzaron mis visitas a don Juan, me había enojado
mucho, y me había agitado casi hasta el punto de enfermarme, hallándome
sentado en sitios que él llamaba malos.
-El truco es sentir con los ojos -dijo-.
Tu problema es el no saber qué sentir. Pero ya te vendrá, con la práctica.
-Quizá usted debería decirme, don Juan,
qué es lo que debo sentir.
-Eso es imposible.
-¿Por qué?
-Nadie puede decirte lo que debes
sentir. No es calor, ni luz, ni brillo, ni color. Es otra cosa.
-¿No puede usted describirla?
-No. Sólo puedo darte la técnica. Una
vez que aprendas a separar las imágenes y veas dos de cada cosa, debes poner
atención en el espacio entre las dos imágenes. Cualquier cambio digno de
notarse ocurrirá allí, en ese espacio.
-¿Qué clase de cambios son?
-Eso no importa. El sentimiento que
recibes es lo que cuenta. Cada hombre es distinto. Tú viste hoy un resplandor,
pero eso no quería decir nada porque faltaba el sentimiento. No te puedo decir
cómo sentirte. Eso debes aprenderlo tú solo.
Descansamos un rato en silencio. Don
Juan se cubrió la cara con el sombrero y permaneció inmóvil, como dormido. Yo
me absorbí en escribir mis notas, hasta que un súbito movimiento suyo me
sobresaltó. Se enderezó abruptamente y me encaró, ceñudo.
-Tienes facilidad para la cacería
-dijo-. Y eso es lo que debes aprender: a cazar. Ya no vamos a hablar de
plantas.
Infló las quijadas un instante; luego
añadió con candidez:
-De todos modos creo que nunca hablamos,
¿verdad?- y rió.
Pasamos el resto del día caminando en
todas direcciones, mientras él me daba una explicación increíblemente
detallada acerca de las serpientes de cascabel. La forma en que anidan, la
forma en que se desplazan, sus hábitos de temporada, sus caprichos de conducta.
Luego procedió a corroborar cada uno de los puntos señalados y finalmente
atrapó y mató una serpiente grande; le cortó la cabeza, la destripó, la
despellejó y asó la carne. Sus movimientos tenían tal gracia y habilidad que ya
el estar cerca de él era un placer. Yo lo había escuchado y observado, inmerso.
Mi concentración era tan completa que el resto del mundo había desaparecido
prácticamente para mí.
Comer la serpiente fue un duro retorno
al mundo de los asuntos ordinarios. Sentí náusea al empezar a mascar un bocado
de carne. El asco no tenía fundamento, pues la carne era deliciosa, pero mi
estómago parecía ser una unidad independiente. Apenas me fue posible pasarlo.
Pensé que don Juan sufriría un ataque cardiaco de tanto reírse.
Después nos sentamos a reposar a
nuestras anchas a la sombra de unas rocas. Empecé a trabajar en mis notas, y lo
copiosas que eran me hizo darme cuenta de que don Juan me había dado una
cantidad asombrosa de información sobre las serpientes de cascabel.
-Tu espíritu de cazador ha vuelto a ti
-dijo él de pronto, con rostro grave-. Ahoora estás enganchado.
-¿Cómo dijo?
Quise que detallara su afirmación de que
me hallaba enganchado, pero él sólo rió y la repitió.
-¿Cómo estoy enganchado? -insistí.
-Los cazadores siempre cazan -dijo-. Yo
también soy cazador.
-¿Quiere usted decir que caza para vivir?
-Cazo para poder vivir. Puedo vivir de
la tierra, en cualquier parte.
Indicó con un ademán todo el derredor.
-Ser cazador significa, que uno conoce
mucho -prosiguió-. Significa que uno puede ver el mundo en formas distintas.
Para ser cazador, hay que estar en perfecto equilibrio con todo lo demás; de lo
contrario la caza sería una faena sin sentido. Por ejemplo, hoy agarramos una
culebrita. Tuve que pedirle disculpas por quitarle la vida tan de repente y tan
definitivamente; hice lo que hice sabiendo que mi propia vida se cortará algún
día en una forma muy semejante: repentina y definitiva. Así que, a fin de
cuentas, nosotros y las culebras estamos parejos. Una de ellas nos alimentó
hoy.
-Jamás concebí un equilibrio de ese tipo
cuando cazaba -dije.
-Eso no es cierto. Tú no matabas
animales por las puras. Tú y tu familia se comían la caza.
Sus afirmaciones tenían la convicción de
alguien que hubiera estado allí presente. Por supuesto, tenía razón. Hubo
épocas en las que yo proveía la carne de caza que completaba ocasionalmente la
dieta familiar.
-¿Cómo lo supo usted? -pregunté tras un
momento de titubeo.
-Hay ciertas cosas que sé, así nomás
-dijo-. No puedo decirte cómo.
Le conté que mis parientes, con mucha
seriedad, llamaban "perdices" a todas las aves que yo cobraba.
Don Juan dijo que podía imaginárselos
llamando "una perdiz chiquita" a un gorrión, y añadió una versión
cómica de la manera como lo masticarían. Los extraordinarios movimientos de su
quijada me hicieron sentir que en efecto estaba masticando un pájaro entero,
con huesos y todo.
-De verdad creo que tienes buena mano
para cazar -dijo, mirándome con fijeza-. Y nos estábamos yendo por donde no
era. A lo mejor estarás dispuesto a cambiar tu forma de vida para volverte
cazador.
Me recordó que, con sólo un poco de
esfuerzo por mi parte, yo había descubierto que en el mundo había sitios
buenos y malos para mí; añadió que también había hallado los colores
específicos asociados con ellos.
-Eso significa que tienes facilidad para
la caza -declaró-. No cualquiera hallaría sus sitios y sus colores al mismo
tiempo.
Ser cazador sonaba bonito y romántico,
pero me resultaba un absurdo porque a mí no me interesaba especialmente cazar.
-No tiene que interesarte ni que
gustarte -repuso él a mi queja-. Tienes una inclinación natural. Creo que a los
mejores cazadores nunca les gusta cazar; lo hacen bien, eso es todo.
Tuve el sentimiento de que don Juan, con
su don de palabra, podía salir de cualquier atolladero; sin embargo, él afirmó
que no le gustaba hablar.
-Es como lo que te dije de los
cazadores. No es necesario que me guste hablar. Nada más tengo facilidad para
ello y lo hago bien, eso es todo.
Su agilidad mental me hizo verdadera
gracia.
-Los cazadores tienen que ser individuos
excepcionalmente agudos -prosiguió-. Un cazador deja muy pocas cosas al azar.
He estado tratando mil maneras de convencerte de que debes aprender a vivir en
forma distinta. Hasta ahora no he podido. No había nada de lo que pudieras
agarrarte. Ahora es diferente. He hecho volver tu viejo espíritu de cazador; a
lo mejor cambias a través de él.
Protesté: no quería hacerme cazador. Le
recordé que al principio sólo había querido que me hablara de plantas
medicinales, pero él me había hecho apartarme a tal grado de mi propósito
original, que ya no me era posible recordar claramente si en verdad había
querido aprender de plantas.
-Eso está bueno -dijo él-. Realmente muy
bueno. Si no tienes una imagen tan clara de lo que quieres, tal vez te hagas
más humilde.
"Vamos a ponerlo de otro modo. Para
tus fines, no importa en realidad que aprendas de plantas o de cacería. Tú
mismo me lo has dicho. Te interesa todo lo que cualquiera pueda decirte. ¿No es
cierto?"
Yo le había dicho eso tratando de
definir el terreno de la antropología, y con el fin de reclutarlo como
informante.
-Soy un cazador -dijo como si leyera mis
pensamientos-. Dejo muy pocas cosas al azar. Quizá deba explicarte que aprendí
a ser cazador. No siempre he vivido como vivo ahora. En cierto punto de mi vida
tuve que cambiar. Ahora te estoy señalando el camino. Te estoy guiando. Sé lo
que digo; alguien me enseñó todo esto. No lo inventé, ni lo aprendí por mí
mismo.
-¿Quiere decir, don Juan, que tuvo un
maestro?
-Digamos que alguien me enseñó a cazar
como yo quiero enseñarte ahora -dijo rápidamente, y cambió el tema.
-Creo que en otro tiempo la caza era una de las mayores acciones
que un hombre podía ejecutar -dijo-. Todos los cazadores eran hombres
poderosos. De hecho, un cazador tenía que ser poderoso por principio de
cuentas, para soportar los rigores de esa vida.
De pronto se me despertó la curiosidad.
¿Se refería acaso a una época anterior a la Conquista? Empecé a interrogarlo.
-¿Cuándo fue la época de que usted habla?
-En otro tiempo.
-¿Cuándo? ¿Qué significa "en otro
tiempo"?
-Significa en otro tiempo, o a lo mejor
significa ahora, hoy. No tiene importancia. En un tiempo todo el mundo sabía
que un cazador era el mejor de los hombres. Ahora no todos lo saben, pero sí un
número suficiente de personas. Yo lo sé, algún día tú lo sabrás. ¿Ves lo que
quiero decir?
-¿Tienen los indios yaquis las mismas
ideas acerca de los cazadores? Eso es lo que quiero saber.
-No necesariamente.
-¿Y los indios pimas?
-No todos. Pero algunos.
Nombré varios grupos indígenas vecinos.
Quería comprometerlo a la declaración de que la caza era una creencia y
práctica compartida por algún pueblo determinado. Pero como evitó responderme
directamente, cambié el tema.
-¿Por qué hace usted todo esto por mí,
don Juan? -pregunté.
Se quitó el sombrero y se rasgó las
sienes en fingido desconcierto.
-Tengo un gesto contigo -dijo
suavemente-. Otras personas han tenido contigo un gesto similar; algún día tú
mismo tendrás el mismo gesto con otros: Digamos que esta vez me toca a mí. Un
día descubrí que, si quería ser un cazador digno de respetarme a mí mismo,
tenía que cambiar mi forma de vivir. Me gustaba lamentarme y llorar mucho.
Tenía buenas razones para sentirme víctima. Soy indio y a los indios los tratan
como a perros. Nada podía yo hacer para remediarlo, de modo que sólo me quedaba
mi dolor. Pero entonces mi buena suerte me salvó y alguien me enseñó a cazar.
Y me di cuenta de que la forma como vivía no valía la pena de vivirse... así
que la cambié.
-Pero yo estoy contento con mi vida, don
Juan. ¿Por qué tendría que cambiarla?
Empezó a cantar una canción ranchera,
muy suavemente, y luego tarareó la tonada. Su cabeza oscilaba hacia arriba y
hacia abajo, siguiendo el ritmo.
-¿Crees que tú y yo somos iguales?
-preguntó con voz nítida.
La pregunta me agarró desprevenido.
Experimenté en los oídos un zumbido peculiar, como si don Juan hubiera gritado,
cosa que no hizo; sin embargo, su voz tenía un sonido metálico que reverberó en
mis oídos.
Me rasqué, con el meñique izquierdo, el
interior de la oreja del mismo lado. Desde hacía algún tiempo tenía comezón en
las orejas, y había desarrollado una forma rítmica y nerviosa de frotarlas por
dentro con el meñique de cualquier mano. El movimiento era, más exactamente,
una sacudida de todo el brazo.
Don Juan observó mis movimientos con
fascinación aparente.
-Bueno... ¿somos iguales? -preguntó.
-Por supuesto que somos iguales -dije.
Naturalmente, condescendía. Le tenía
mucho afecto al anciano, aunque a veces no supiera qué hacer con él; sin
embargo conservaba aún en el trasfondo de mi mente -sin que jamás fuera a darle
voz- la creencia de que, siendo un estudiante universitario, un hombre del
refinado mundo occidental, yo era superior a un indio.
-No -dijo él calmadamente-, no lo somos.
-Por supuesto que lo somos -protesté.
-No -dijo él con voz suave. No somos
iguales. Yo soy un cazador y un guerrero, y tú eres un cabrón.
Quedé boquiabierto. No podía creer que
don Juan hubiera dicho eso. Dejé caer mi cuaderno y lo miré atónito y luego,
por supuesto, me enfurecí.
Él me miró con ojos serenos y apacibles.
Esquivé su mirada. Y entonces empezó a hablar. Pronunciaba claramente las
palabras. Fluían sin interrupción ni misericordia. Dijo que yo alcahueteaba
para otros. Que no planeaba mis propias batallas, sino las batallas de unos
desconocidos. Que no me interesaba aprender de plantas ni de cacería ni de
nada. Y que su mundo de actos, sentimientos, y decisiones precisas era
infinitamente más efectivo que la torpe idiotez que yo llamaba "mi
vida".
Cuando terminó, quedé mudo. Había
hablado sin agresividad ni presunción, pero con tal fuerza, y a la vez tal
sosiego, que yo ni siquiera estaba ya enojado.
Permanecimos en silencio. Me sentía
apenado y no se me ocurría nada apropiado que decir. Esperé que él tomara la
palabra. Transcurrieron las horas. Don Juan se inmovilizó gradualmente hasta
que su cuerpo adquirió una rigidez extraña, casi atemorizante; su silueta se
hizo difícil de discernir conforme la luz menguaba y finalmente, cuando todo
estuvo negro a nuestro alrededor, pareció haberse disuelto en la negrura de
las piedras. Su estado de inmovilidad era tan total que él parecía ya no
existir.
Era medianoche cuando al fin me di
cuenta de que don Juan podía quedarse inmóvil tal vez para siempre en ese
desierto, en esas rocas, y que lo haría en caso necesario. Su mundo de actos,
decisiones y sentimientos precisos era en verdad superior.
Toqué calladamente su brazo, y el llanto
me inundó.
Jueves, junio
29, 1961
NUEVAMENTE don Juan, como había hecho a
diario durante casi una semana, me tuvo cautivado con su conocimiento de
detalles específicos sobre el comportamiento de la caza. Explicó, y luego
corroboró, varias tácticas de cacería basadas en lo que llamaba "los
caprichos de las perdices". A tal grado me abstraje en sus explicaciones
que todo un día transcurrió sin que yo notara el paso del tiempo. Incluso se me
olvidó almorzar. Don Juan hizo notar, bromeando, que perder una comida era en
mí algo insólito.
Al finalizar el día habíamos capturado
cinco perdices en una trampa muy ingeniosa que él me enseñó a armar e
instalar.
-Con dos nos alcanza -dijo, y soltó
tres.
Luego me enseñó a asar perdices. Yo
habría querido cortar unos arbustos y hacer una fosa para barbacoa como mi
abuelo solía hacerla, forrada de ramas verdes y sellada con tierra, pero don
Juan dijo que no había necesidad de dañar los arbustos, pues ya habíamos dañado
a las perdices.
Cuando terminamos de comer, caminamos
sin prisa alguna hacia un área rocosa. Tomamos asiento en una ladera de piedra
arenisca y dije, en tono de chiste, que si él hubiera dejado el asunto en mis
manos, yo habría cocinado a las cinco perdices, y que mi barbacoa hubiera
sabido mucho mejor que su asado.
-Sin duda -dijo-. Pero si haces todo
eso, tal vez nunca saldríamos enteros de este sitio.
-¿Qué quiere usted decir? -pregunté-.
¿Qué nos lo impediría?
-Los matorrales, las perdices, todo lo
de aquí se juntaría.
-Nunca sé cuándo habla usted en serio
-dije.
Hizo un gesto de impaciencia fingida y
chasqueó los labios.
-Tienes una idea rara de lo que
significa hablar en serio -dijo-. Yo río mucho porque me gusta reír, pero todo
lo que digo es totalmente en serio, aunque no lo entiendas. ¿Por qué debería
ser el mundo sólo como tú crees que es? ¿Quién te dio la autoridad para decir
eso?
-No hay prueba de que el mundo sea de
otro modo -dije.
Oscurecía. Me pregunté si no sería hora
de regresar a casa de don Juan, pero él no parecía tener prisa y yo me
divertía.
El viento era frío. De súbito, don Juan
se puso en pie y me dijo que debíamos trepar a la cima del cerro y pararnos en
un espacio libre de arbustos.
-No tengas miedo -dijo-. Soy tu amigo y
veré que nada malo te ocurra.
-¿A qué se refiere usted? -pregunté con
alarma.
Don Juan tenía una insidiosa facilidad
para hacerme pasar del contento puro al susto sin fin.
-El mundo es muy extraño a esta hora del
día -dijo-. A eso me refiero. Veas lo que veas, no tengas miedo.
-¿Qué cosa voy a ver?
-No sé todavía -dijo escudriñando la distancia
hacia el sur.
No parecía preocupado. Yo también fijé
la mirada en la misma dirección.
De pronto se irguió y, con la mano
izquierda, señaló una zona oscura en el matorral del desierto.
-Allí está -dijo, como si hubiera estado
esperando algo que de repente había aparecido.
-¿Qué es? -pregunté.
-Allí está -repitió-. ¡Mira! ¡Mira!
Yo no veía nada, sólo los arbustos.
-Ahora está aquí -dijo con gran urgencia
en la voz-. Está aquí.
Una repentina racha de viento me golpeó
en ese instante e hizo arder mis ojos. Miré hacia la zona en cuestión. No había
absolutamente nada fuera de lo común.
-No veo nada -dije.
-Acabas de sentirlo -repuso. Ahora
mismo. Se te metió en los ojos y te impidió ver.
-¿De qué habla usted?
-A propósito te traje a la punta de un
cerro -dijo-. Aquí nos notamos mucho y algo se nos viene encima.
-¿Qué cosa? ¿El viento?
-No sólo el viento -dijo con severidad-.
A ti te parece viento porque el viento es todo lo que conoces.
Esforcé los ojos mirando los arbustos.
Don Juan estuvo un momento en silencio junto a mí y luego se adentró en el
chaparral cercano y empezó a arrancar ramas grandes de los matorrales en
torno; reunió ocho y formó un bulto. Me ordenó hacer lo mismo y pedir disculpas
en voz alta a las plantas, por mutilarlas.
Cuando tuvimos dos bultos me hizo correr
con ellos a la cima del cerro y acostarme bocabajo entre dos grandes rocas. Con
tremenda rapidez acomodó las ramas de mi bulto para que me cubrieran todo el
cuerpo; luego se cubrió en la misma forma y susurró, por entre las hojas, que
observara yo cómo el supuesto viento dejaba de soplar una vez que nos volvíamos
inconspicuos.
En cierto instante, para mi asombro
total, el viento dejó realmente de soplar como don Juan había predicho.
Ocurrió de modo tan gradual que yo no hubiera notado el cambio de no estar
deliberadamente esperándolo. Durante un rato el viento silbó atravesando las
hojas sobre mi cara y luego, poco a poco, todo quedó quieto en torno nuestro.
Susurré a don Juan que el viento había
cesado y él respondió, también en un susurro, que no debía yo hacer ningún
ruido o movimiento notorio, pues lo que llamaba el viento no era viento en
absoluto, sino algo que tenía voluntad propia y era capaz de reconocernos.
Reí de nerviosismo.
En voz apagada, don Juan me llamó la atención
con respecto a la quietud que nos rodeaba, y susurró que iba a ponerse en pie y
yo debía seguirlo, apartando suavemente las ramas con la mano izquierda.
Nos incorporamos al mismo tiempo. Don
Juan miró un momento la distancia hacia el sur y luego se volvió abruptamente
para encarar el oeste.
-Traicionero. Muy traicionero -murmuró,
señalando un área hacia el suroeste.
¡Mira! ¡Mira! -me instó.
Miré con toda la intensidad de que era
capaz. Quería ver aquello a lo que él se refería, fuera lo que fuera, pero no
advertí nada que no hubiera visto antes; había únicamente arbustos que
parecían agitados por un viento suave: ondulaban.
-Aquí está -dijo don Juan.
En ese momento sentí una bocanada de
aire en la cara. Al parecer, el viento había en verdad empezado a soplar
después de que nos levantamos. Yo no podía creerlo; tenía que haber una
explicación lógica.
Don Juan soltó una risita suave y me
dijo que no forzara mi cerebro buscando las razones.
-Vamos a juntar otra vez los arbustos
-dijo-. No me gusta hacerles esto a las pllantitas, pero hay que pararte.
Recogió las ramas que habíamos usado
para cubrirnos y apiló piedras y tierra sobre ellas. Luego, repitiendo los
movimientos que hicimos antes, cada uno de nosotros juntó otras ocho ramas.
Mientras tanto, el viento soplaba sin cesar. Yo lo sentía encrespar el cabello
en torno a mis oídos. Don Juan susurró que, una vez que me cubriese, yo no
debía hacer el más leve sonido o movimiento. Con mucha rapidez puso las ramas
sobre mi cuerpo, y luego se tendió y se cubrió a su vez.
Permanecimos en esa posición unos veinte
minutos, y durante ese tiempo ocurrió un fenómeno extraordinario: el viento
volvió a cambiar, de una racha dura y continua, a una vibración apacible.
Contuve el aliento, esperando la señal
de don Juan. En un momento dado, apartó suavemente las ramas. Hice lo mismo y
nos incorporamos. La cima del cerro estaba muy quieta. Sólo había una leve y
suave vibración de hojas en el chaparral en torno.
Los ojos de don Juan se hallaban fijos
en una zona de los matorrales al sur de nosotros.
-¡Allí está otra vez! -exclamó en voz
recia.
Salté involuntariamente, casi perdiendo
el equilibrio, y él me ordenó mirar, en tono fuerte e imperioso.
-¿Qué se supone que vea? -pregunté,
desesperado.
Dijo que aquello, el viento o lo que
fuese, era como una nube o un remolino que, bastante por encima del matorral,
avanzaba dando vueltas hacia el cerro donde estábamos.
Vi un ondular formarse en los arbustos,
a distancia.
-Ahí viene -me dijo don Juan al oído-.
Mira cómo nos anda buscando.
En ese momento una racha de viento
fuerte y constante golpeó mi rostro, como anteriormente. Pero esta vez mi
reacción fue distinta. Me aterré. No había visto lo descrito por don Juan, pero
sí un extraño escarceo agitando los arbustos. No deseando sucumbir al miedo,
busqué deliberadamente cualquier tipo de explicación adecuada. Me dije que en
la zona debía haber continuas corrientes de aire y don Juan, conocedor de toda
la región, no sólo tenía conciencia de eso sino era capaz de calcular mentalmente
su recurrencia. No tenía más que acostarse, contar y esperar que el viento
amainara; y una vez de pie sólo le era necesario esperar que empezase de nuevo.
La voz de don Juan me arrancó de mis
deliberaciones. Me decía que era hora de irse. Hice tiempo; quería quedarme
para comprobar que el viento amainaría.
-Yo no vi nada, don Juan -dije.
-Pero notaste algo fuera de lo común.
-Quizá debería usted volver a decirme
qué se suponía que viera.
-Ya te lo dije -repuso-. Algo que se
esconde en el viento y parece un remolino, una nube, una niebla, una cara que
da vueltas.
Don Juan hizo un gesto con las manos
para describir un movimiento horizontal y uno vertical.
-Se mueve en una dirección específica
-prosiguió-. Da tumbos o da vueltas. Un ccazador debe conocer todo eso para
moverse en forma correcta.
Quise decir algo para seguirle la
corriente, pero se veía tan concentrado en dejar claro el tema, que no me
atreví. Me miró un momento y aparté los ojos.
-Creer que el mundo sólo es como tú
piensas, es una estupidez -dijo-. El mundo es un sitio misterioso. Sobre todo
en el crepúsculo.
Señaló hacia el viento con un movimiento
de barbilla.
-Esto puede seguirnos -dijo-. Puede
fatigarnos, o hasta matarnos.
-¿Ese viento?
-A esta hora del día, en el crepúsculo,
no hay viento. A esta hora sólo hay poder.
Estuvimos sentados en el cerro durante
una hora. El viento sopló fuerte y constante todo ese tiempo.
Viernes,
junio 30, 1961
AL declinar la tarde, después de comer,
don Juan y yo nos instalamos en el espacio frente a su puerta. Tomé asiento en
mi "sitio" y me puse a trabajar en mis notas. Él se acostó de
espaldas, con las manos unidas sobre el estómago. Todo el día habíamos permanecido
cerca de la casa por razón del "viento". Don Juan explicó que
habíamos molestado adrede al viento, y que lo mejor era no buscarle tres pies
al gato. Incluso debería dormir cubierto de ramas.
Una racha repentina hizo a don Juan
incorporarse en un salto increíblemente ágil.
-Me lleva la chingada -dijo-. El viento
te anda buscando.
-No puedo aceptar eso, don Juan -dije,
riendo-. De veras no puedo.
No estaba terqueando; simplemente me
resultaba imposible secundar la idea de que el viento tenía voluntad propia y
andaba en mi busca, o de que realmente nos había localizado en la cima del cerro
y se había lanzado contra nosotros. Dije que la idea de un "viento
voluntarioso" era una visión del mundo bastante simplista.
-¿Entonces qué es el viento? -preguntó
en tono de reto.
Con toda paciencia le expliqué que las
masas de aire caliente y frío producen distintas presiones y que la presión
hace a las masas de aire moverse en sentido vertical y horizontal. Me tomó un
buen rato explicar todos los detalles de la meteorología básica.
-¿Quieres decir que el viento no es otra
cosa que aire caliente y frío? -preguntó en tono desconcertado.
-Me temo que así es -dije, y en silencio
gocé mi triunfo.
Don Juan parecía hallarse pasmado. Pero
entonces me miró y soltó la risa.
-Tus opiniones son definitivas -dijo con un matiz de sarcasmo-.
Son la última palabra, ¿no? Pues para un cazador, tus opiniones son pura
mierda. No importa para nada que la presión sea uno o dos o diez; si vivieras
aquí en el desierto sabrías que durante el crepúsculo el viento se transforma
en poder. Un cazador digno de serlo, sabe eso y actúa de acuerdo.
-¿Cómo actúa?
-Usa el crepúsculo y ese poder oculto en
el viento.
-¿Cómo?
-Si le conviene, el cazador se esconde
del poder cubriéndose y quedándose quieto hasta que el crepúsculo pasa y el
poder lo tiene envuelto en su protección.
Don Juan hizo gesto de envolver algo con
las manos.
-Su protección es como un .....
Se detuvo en busca de una palabra, y
sugerí "capullo".
-Eso es -dijo-. La protección del poder
te encierra como un capullo. Un cazador puede quedarse a campo raso sin que ningún
puma o coyote o bicho pegajoso lo moleste. Un león de montaña puede acercarse
a la nariz del cazador y olfatearlo, y si el cazador no se mueve, el león se
va. Te lo garantizo.
"En cambio, si el cazador quiere
darse a notar, todo lo que tiene que hacer es pararse en la punta de un cerro a
la hora del crepúsculo, y el poder lo acosará y lo buscará toda la noche. Por
eso, si un cazador quiere viajar de noche, o quiere que lo tengan despierto,
debe ponerse al alcance del viento.
"En eso consiste el secreto de los
grandes cazadores. En ponerse al alcance, y fuera del alcance, en la vuelta
justa del camino."
Me sentí algo confuso y le pedí
recapitular. Con mucha paciencia, don Juan explicó que había utilizado el
crepúsculo y el viento para indicar la crucial importancia de la interacción
entre esconderse y mostrarse.
-Debes aprender a ponerte adrede al
alcance y fuera del alcance -dijo-. Como anda tu vida ahora, estás todo el
tiempo al alcance sin saberlo.
Protesté. Sentía que mi vida se hacía
cada vez más y más secreta. Él dijo que yo no lo había comprendido, y que
ponerse fuera del alcance no significaba ocultarse ni guardar secretos, sino
ser inaccesible.
-Deja que te lo diga de otro modo
-prosiguió, pacientemente-. No tiene casoo esconderte si todo el mundo sabe
que estás escondido.
"Tus problemas de ahora surgen de
allí. Cuando estás escondido, todo el mundo sabe que estás escondido, y cuando
no, te pones enmedio del camino para que cualquiera te dé un golpe."
Empezaba a sentirme amenazado, y apresuradamente
intenté defenderme.
-No des explicaciones -dijo don Juan con
sequedad-. No hay necesidad. Todos somos tontos, toditos, y tú no puedes ser
diferente. En un tiempo de mi vida yo, igual que tú, me ponía enmedio del camino
una y otra vez, hasta que no quedaba nada de mí para ninguna cosa, excepto si
acaso para llorar. Y eso hacía, igual que tú.
Don Juan me miró de pies a cabeza y
suspiró fuerte.
-Sólo que yo era más joven que tú -prosiguió-, pero un buen día me
cansé y cambié. Digamos que un día, cuando me estaba haciendo cazador, aprendí
el secreto de estar al alcance y fuera del alcance.
Le dije que no veía el objeto de sus
palabras. Verdaderamente no podía entender a qué se refería con lo de
"ponerse al alcance" y "ponerse enmedio del camino".
-Debes ponerte fuera del alcance
-explicó-. Debes rescatarte de en medio ddel camino. Todo tu ser está allí, de
modo que no tiene caso esconderte; sólo te figuras que estás escondido. Estar
enmedio del camino significa que todo el que pasa mira tus ires y venires.
Su metáfora era interesante, pero al
mismo tiempo oscura.
-Habla usted en enigmas -dije.
Me miró con fijeza un largo momento y
luego empezó a tararear una tonada. Enderecé la espalda y me puse alerta.
Sabía que, cuando don Juan tarareaba una canción, estaba a punto de soltarme un
golpe.
-Oye -dijo, sonriendo, y me escudriñó-.
¿Qué pasó con tu amiga la güera? Esa muchacha que tanto querías.
Debo haberlo mirado con cara de idiota.
Rió con enorme deleite. Yo no sabía qué decir.
-Tú me contaste de ella -afirmó,
tranquilizante.
Pero yo no recordaba haberle contado de
nadie, mucho menos de una muchacha rubia.
-Nunca le he mencionado nada por el
estilo -dije.
-Por supuesto que sí -dijo como dando
por terminada la discusión.
Quise protestar, pero me detuvo diciendo
que no importaba cómo supiera él de la chica: lo importante era que yo la había
querido.
Sentí gestarse en mi interior una oleada
de animosidad en contra de él.
-No te andes por las ramas -dijo don
Juan secamente-. Ésta es la ocasión en que debes olvidar tu idea de ser muy
importante.
"Una vez tuviste una mujer, una
mujer muy querida, y luego, un día, la perdiste."
Empecé a preguntarme si alguna vez le
había hablado de ella. Concluí que nunca había habido ocasión. Pero era
posible. Cada vez que viajábamos en coche hablábamos sin cesar de todos los
temas. Yo no recordaba cuanto habíamos dicho porque no podía tomar notas
mientras manejaba. Me sentí algo tranquilizado por mis conclusiones. Le dije
que tenía razón. Había habido una muchacha rubia muy importante en mi vida.
-¿Por qué no está contigo? -preguntó.
-Se fue.
-¿Por qué?
-Hubo muchas razones.
-No tantas. Hubo sólo una. Te pusiste
demasiado al alcance.
Anhelosamente, le pedí explicar sus
palabras. De nuevo me había tocado en lo hondo. Consciente, al parecer, del
efecto de su toque, frunció los labios para
ocultar una sonrisa maliciosa.
-Todo el mundo sabía lo de ustedes dos
-dijo con firme convicción.
-¿Estaba mal eso?
-Totalmente mal. Ella era una magnífica
persona.
Expresé el sincero sentimiento de que su
pesquisa a oscuras me resultaba odiosa, y sobre todo el hecho de que siempre
afirmaba las cosas con la seguridad de alguien que hubiera estado en la escena
y lo hubiese visto todo.
-Pero es cierto -dijo con candor
inatacable-. Lo he visto todo. Era una magnífica persona.
Supe que no tenía caso discutir, pero me
hallaba enojado con él por tocar esa llaga abierta y dije que la muchacha en
cuestión no era después de todo tan magnífica persona, que en mi opinión era
bastante débil.
-Igual que tú -dijo calmadamente-. Pero
eso no importa. Lo que cuenta es que la has buscado en todas partes; eso la
hace una persona especial en tu mundo, y para una persona especial no hay que
tener más que buenas palabras.
Me sentí avergonzado; una gran tristeza
se cirnió sobre mí.
-¿Qué me está usted haciendo, don Juan?
-pregunté-. Usted siempre logra entristeccerme. ¿Por qué?
-Ahora te entregas al sentimentalismo
-dijo, acusador.
-¿Qué objeto tiene todo esto, don Juan?
-El objeto es ser inaccesible -declaró-.
Te traje el recuerdo de esta persona sólo como un medio de enseñarte
directamente lo que no pude enseñarte con el viento.
“La perdiste porque eras accesible;
siempre estabas a su alcance y tu vida era de rutina.”
-¡No! -dije-. Se equivoca usted. Mi vida
jamás fue una rutina.
-Fue y es una rutina -dijo en tono
dogmático-. Es una rutina fuera de lo común y eso te da la impresión de que no
es una rutina, pero yo te aseguro que lo es.
Quise deprimirme y perderme en la
hosquedad, pero de algún modo sus ojos me inquietaban; parecían empujarme sin
tregua hacia adelante.
-El arte de un cazador es volverse
inaccesible -dijo-. En el caso de esa güera, quería decir que tenías que
volverte cazador y verla lo menos posible. No como hiciste. Te quedaste con
ella día tras día, hasta no dejar otro sentimiento que el fastidio. ¿Verdad?
No respondí. Sentí que no era necesario.
Don Juan tenía razón.
Ser inaccesible significa tocar lo menos
posible el mundo que te rodea. No comes cinco perdices; comes una. No dañas las
plantas sólo por hacer una fosa para barbacoa. No te expones al poder del
viento a menos que sea obligatorio. No usas ni exprimes a la gente hasta
dejarla en nada, y menos a la gente que
amas.
Jamás he usado a nadie -dije
sinceramente.
Pero don Juan mantuvo que sí, y quizá
por eso pude declarar sin tapujos que la gente me cansaba y me aburría.
-Ponerse fuera del alcance significa que
evitas, a propósito, agotarte a ti mismo y a los otros. -prosiguió él-.
Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que
siente que no volverá a comer y devora toda la comida que puede, ¡todas las
cinco perdices!
Definitivamente, don Juan golpeaba
debajo del cinturón. Reí y eso pareció complacerlo. Tocó levemente mi espalda.
-Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez,
así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, sin quererlo. Y una
vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por desesperación; y una vez
que te aferras, forzosamente te agotas o agotas a la cosa o la persona de la
que estás agarrado.
Le dije que en mi vida cotidiana la
inaccesibilidad era inconcebible. Me refería a que, para funcionar, yo tenía
que estar al alcance de todo el que tuviera algo que ver conmigo.
-Ya te dije que ser inaccesible no significa
esconderse ni andar con secretos -dijo él calmadamente-. Tampoco significa que
no puedas tratar con la gente.
Un cazador usa su mundo lo menos posible
y con ternura, sin importar que el mundo sean cosas o plantas, o animales, o
personas o poder. Un cazador tiene trato íntimo con su mundo, y sin embargo es
inaccesible para ese mismo mundo.
-Eso es una contradicción -dije-. No
puede ser inaccesible si está allí en su mundo, hora tras hora, día tras día.
-No entendiste -dijo don Juan con
paciencia-. Es inaccesible porque no exprime ni deforma su mundo. Lo toca
levemente, se queda cuanto necesita quedarse, y luego se aleja raudo, casi sin
dejar señal alguna.
VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA
Domingo,
julio 16, 1961
PASAMOS toda la mañana observando unos
roedores que parecían ardillas gordas; don Juan las llamaba ratas de agua.
Señaló que eran muy veloces para huir del peligro, pero después de haber dejado
atrás a cualquier atacante tenían el pésimo hábito de detenerse, o incluso
trepar a una roca, para, erguidas sobre sus patas traseras, mirar en torno y
acicalarse.
-Tienen muy buenos ojos -dijo don Juan-.
Sólo debes moverte cuando vayan corriendo; por eso, debes aprender a predecir
cuándo y dónde van a pararse, para que tú también te pares al mismo tiempo.
Me concentré en vigilarlas, y tuve lo
que habría sido un día provechoso para cazadores, pues localicé muchas. Y
finalmente, podía predecir sus movimientos casi sin fallar.
Luego, don Juan me mostró cómo hacer
trampas para capturarlas. Explicó que un cazador debía tomarse tiempo para
observar los sitios donde comían o anidaban, con el fin de determinar la
colocación de las trampas; luego las instalaba durante la noche, y al día
siguiente todo lo que tenía que hacer era asustar a los roedores para que éstos
se dispersaran y cayesen en los artefactos.
Reunimos algunas varas y nos pusimos a construir las trampas. Yo
tenía la mía casi terminada y me preguntaba con excitación si funcionaría o no,
cuando de pronto don Juan se detuvo y miró su muñeca izquierda, como
consultando un reloj qué nunca había tenido, y dijo que era la hora del
almuerzo. Yo tenía en las manos una vara larga y trataba de doblarla en
círculo para convertirla en aro. Automáticamente la puse a un lado con el
resto de mis arreos de caza.
Don Juan me miró con expresión de
curiosidad. Luego hizo el sonido ululante de una sirena de fábrica a la hora
del almuerzo. Reí. Su sonido de sirena era perfecto. Caminé hacia él y noté que
me miraba con fijeza. Meneó la cabeza de lado a lado.
-Con una chingada -dijo.
-¿Qué pasa? -pregunté.
Volvió a hacer el ulular de un silbato
de fábrica.
-Se acabó el almuerzo -dijo-. Regresa a
trabajar.
Por un instante me sentí confundido,
pero luego pensé que don Juan estaba bromeando, acaso porque en realidad no
había nada con que preparar el almuerzo. Me había concentrado en los roedores
al grado de olvidar que no teníamos provisiones. Recogí nuevamente la vara y
traté de doblarla. Tras un momento, don Juan hizo sonar otra vez su "sirena".
-Hora de irse a la casa -dijo.
Examinó su reloj imaginario y luego me
miró y guiñó el ojo.
-Son las cinco en punto -dijo con el
aire de quien revela un secreto.
Pensé que de repente se había hartado de
cazar y estaba desistiendo del asunto. Simplemente dejé todo y empecé a
prepararme para irnos. No lo miré. Supuse que también preparaba sus cosas. Al
acabar, alcé la cara y lo vi sentado a unos metros, con las piernas cruzadas.
-Ya acabé -dije-. Podemos irnos cuando
sea.
Se levantó para trepar a una roca.
Parado allí, a más de metro y medio sobre el suelo, me miró. Puso las manos a
ambos lados de la boca y emitió un sonido muy prolongado y penetrante. Era
como una sirena de fábrica, amplificada. Girando, describió un círculo completo
mientras producía el ulular.
-¿Qué hace usted, don Juan? -pregunté.
Dijo que estaba dando la señal para que
todo el mundo se fuera a su casa. Yo me hallaba completamente desconcertado.
No podía saber si don Juan bromeaba o si sencillamente había perdido la razón.
Lo observé con atención y traté de relacionar lo que hacía con algo que hubiera
dicho antes. Apenas si habíamos hablado en toda la mañana, y no pude recordar
nada de importancia.
Don Juan seguía parado encima de la
roca. Me miró, sonrió y guiñó de nuevo él ojo. De pronto me alarmé. Don Juan
puso las manos a los lados de la boca y dejó oír otro largo sonido de silbato.
Dijo que eran las ocho de la mañana y
que volviera a disponer mis arreos, porque teníamos un día entero por
delante.
Para entonces, me encontraba hundido en
la confusión. En cuestión de minutos, mi temor se convirtió en un deseo
irresistible de salir corriendo. Pensé que don Juan estaba loco. Me disponía a
huir cuando él se deslizó al suelo y vino a mí, sonriente.
-Crees que estoy loco, ¿no? -preguntó.
Le dije que su inesperado comportamiento
me estaba sacando de mis casillas.
Respondió que estábamos a mano. No
comprendí a qué se refería. Me preocupaba hondamente la idea de que sus
acciones parecían totalmente insanas. Explicó que con la pesadez de su
conducta inesperada había tratado a propósito de sacarme de mis casillas,
porque yo mismo lo estaba desquiciando con la pesadez de mi conducta esperada.
Añadió que mis rutinas eran igual de locas como su ulular de silbato.
Sobresaltado, afirmé que en realidad no
tenía ninguna rutina. De hecho, dije, creía que mi vida era un lío a causa de
mi carencia de rutinas saludables.
Don Juan rió y me hizo seña de sentarme
junto a él. Toda la situación había vuelto a cambiar misteriosamente. Mi miedo
se desvaneció al empezar don Juan a hablar.
-¿Cuáles son mis rutinas? -pregunté.
-Todo cuanto haces es una rutina.
-¿No somos todos así?
-No todos. Yo no hago cosas por rutina.
-¿A qué viene todo esto, don Juan? ¿Qué
cosa hice o dije para que usted actuara como actuó?
-Te estabas preocupando por el almuerzo.
-Yo no le dije nada; ¿cómo supo usted
que me preocupaba por el almuerzo?
-Te preocupas por comer todos los días a
eso de las doce, y a eso de las seis de la tarde, y a eso de las ocho de la
mañana -dijo con una sonrisa maliciosa-. A esas horas te preocupas por comer,
aunque no tengas hambre.
"Para mostrar tu espíritu de
rutina, me bastó con tocar mi silbato. Tu espíritu está entrenado para trabajar
con una señal."
Se me quedó viendo con una pregunta en
los ojos. No pude defenderme.
-Ahora te dispones a convertir la caza
en una rutina -prosiguió-. Ya has marcado tu paso en la cacería; hablas a
cierta hora, comes a cierta hora, y te quedas dormido a cierta hora.
Yo no tenía nada que decir. La forma en
que don Juan había descrito mis hábitos alimenticios era la norma que yo usaba
para todo lo de mi vida. Sin embargo, sentía vigorosamente que mi vida era menos
rutinaria que las de casi todos mis amigos y conocidos.
-Ya conoces mucho de caza -continuó don
Juan-. Te será fácil darte cuenta de que un buen cazador conoce sobretodo una
cosa: conoce las rutinas de su presa. Eso es lo que lo hace buen cazador.
"Si recuerdas el modo como te he
ido enseñando a cazar, tal vez entiendas lo que digo. Primero te enseñé a
hacer y a instalar tus trampas, luego te enseñé las rutinas de los animales que
perseguías, y luego probamos las trampas contra sus rutinas. Esas partes son
las formas externas de la caza.
"Ahora tengo que enseñarte la parte
final, y definitivamente la más difícil. Tal vez pasarán años antes de que
puedas decir que la entiendes y que eres un cazador."
Don Juan hizo una pausa como para darme
tiempo. Se quitó el sombrero e imitó los movimientos de aseo de los roedores
que habíamos estado observando. Me resultó muy gracioso. Su cabeza redonda lo
hacía parecer uno de tales roedores.
-Ser cazador es mucho más que sólo
atrapar animales -prosiguió-. Un cazador digno de serlo no captura animales
porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él
mismo no tiene rutinas. Esa es su ventaja. No es de ningún modo cómo los
animales que persigue, fijos en rutinas pesadas y en caprichos previsibles; es
libre, fluido, imprevisible
Lo que don Juan decía me sonaba a
idealización arbitraria e irracional. No podía yo concebir una vida sin
rutinas. Quería ser muy honesto con él, y no sólo estar de acuerdo o en
desacuerdo con sus pareceres. Sentía que la idea que él tenía en mente no era
realizable ni por mí ni por nadie más.
-No me importa lo que sientas -dijo-.
Para ser cazador debes romper las rutinas de tu vida. Has progresado en la
caza. Has aprendido rápido y ahora puedes ver que eres como tu presa, fácil de
predecir.
Le pedí especificar y darme ejemplos
concretos.
-Estoy hablando de la caza -dijo
calmadamente-. Por tanto, me interesan las cosas que los animales hacen; los
sitios donde comen; el sitio, el modo, la hora en que duermen; dónde anidan;
cómo andan. Éstas son las rutinas que te estoy señalando para que tú puedas
darte cuenta de ellas en tu propio ser.
"Has observado las costumbres de
los animales en el desierto. Comen o beben en ciertos lugares, anidan en
determinados sitios, dejan sus huellas en determinada forma; de hecho, un buen
cazador puede prever o reconstruir todo cuanto hacen.
"Como ya te dije, tú en mi parecer
te portas como tu presa. Una vez en mi vida alguien me señaló a mí lo mismo, de
modo que no eres el único. Todos nosotros nos portamos como la presa que
perseguimos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa de algún otro. Ahora
bien, el propósito de un cazador, que conoce todo esto, es dejar de ser él
mismo una presa. ¿Ves lo que quiero decir?"
Expresé de nuevo el parecer de que su
meta era inalcanzable.
-Toma tiempo -dijo don Juan-. Podrías empezar
no almorzando todos los días a las doce en punto.
Me miró con una sonrisa benévola. Su
expresión era muy chistosa y me hizo reír.
-Pero hay ciertos animales que son
imposibles de rastrear -prosiguió-. Hay ciertas clases de venado, por ejemplo,
que un cazador con mucha suerte puede encontrarse, a lo mejor, una vez en su
vida. ,
Don Juan hizo una pausa dramática y me
miró con ojos penetrantes. Parecía esperar una pregunta, pero yo no tenía
ninguna.
-¿Qué crees que los hace tan difíciles
de hallar, y tan únicos? -preguntó.
Alcé los hombros porque no sabía qué
decir.
-No tienen rutinas -dijo él en tono de
revelación-. Eso es lo que los hace mágicos
-Un venado tiene que dormir de noche
-dije-. ¿No es eso una rutina?
-Seguro; si el venado duerme todas las
noches a tal hora y en tal sitio. Pero esos seres mágicos no se portan así. Tal
vez algún día puedas verificarlo por ti mismo. Acaso sea tu destino perseguir a
uno de ellos el resto de tu vida.
-¿Qué quiere usted decir?
-A ti te gusta cazar; tal vez algún día,
en algún, lugar del mundo, tu camino se cruce con el camino de un ser mágico y
vayas en pos de él.
"Un ser mágico es cosa de verse. Yo
tuve la fortuna de cruzarme con uno. Nuestro encuentro tuvo lugar cuando yo ya
había aprendido y practicado mucha cacería. Una vez estaba en un bosque de árboles
densos, en las montañas de Oaxaca, cuando de repente oí un silbido muy dulce.
Era desconocido para mí; nunca, en todos mis años de andar por las soledades,
había escuchado un sonido así. No podía situarlo en el terreno; parecía venir
de distintos sitios. Pensé que a los mejor estaba rodeado por un hatajo de
animales desconocidos.
"Volví a oír el encantador silbido;
parecía venir de todas partes. Entonces me di cuenta de mi buena suerte. Supe
que era un ser mágico, un venado. Sabía también que un venado mágico conoce
las rutinas de los hombres comunes y las rutinas de los cazadores.
"Es muy sencillo figurarse qué
haría un hombre cualquiera en una situación así. Primero que nada, su miedo lo
convertiría inmediatamente en una presa. Una vez que se convierte en presa, le
quedan dos cursos de acción. O corre o se planta. Si no está armado, por lo
común huye a campo abierto y corre para salvar la vida. Si está armado, prepara
su arma y se planta, congelándose en su sitio o tirándose al suelo.
"Un cazador, en cambio, cuando se
adentra en el monte, nunca se mete a ninguna parte sin fijar sus puntos de
protección; por tanto, se pone de inmediato a cubierto. Deja caer su poncho al
suelo, o lo cuelga de una rama, como señuelo, y luego se esconde y espera a ver
qué hace la pieza.
"Así pues, en presencia del venado
mágico no me porté como ninguno de los dos. Rápidamente me paré de cabeza y me
puse a llorar bajito; derramé lágrimas de verdad, y sollocé tanto tiempo que
estaba a punto de desmayarme. De pronto sentí un airecito suave; algo me
estaba husmeando el cabello atrás de la oreja derecha. Traté de voltear la
cabeza para ver qué era, y me caí al suelo y me senté a tiempo de ver una
criatura radiante que me miraba. El venado me veía y yo le dije que no le
haría daño. Y el venado me habló."
Don Juan se detuvo y me miró. Sonreí
involuntariamente. La idea de un venado parlante era enteramente increíble,
por decir lo menos.
-Me habló -dijo don Juan sonriendo.
-¿El venado habló?
-Eso mismo.
Don Juan se puso en pie y recogió el
bulto de sus arreos de caza.
-¿De veras habló? -pregunté en tono de
perplejidad.
Don Juan echó a reír.
-¿Qué dijo? -pregunté, medio en guasa.
Pensé que me estaba embromando. Don Juan
quedó callado un momento, como si intentara recordar; luego, con ojos
brillantes, me dijo las palabras del venado.
-El venado mágico dijo: "¿Qué tal,
amigo? -prosiguió don Juan-. Y yo respondí: "Qué tal". Entonces me
preguntó: "¿Por qué lloras?" y yo le dije: "Porque estoy
triste". Entonces, la criatura mágica se acercó a mi oído y dijo, tan
clarito como estoy hablando ahora: "No estés triste".
Don Juan me miró a los ojos. Tenía un
resplandor de malicia pura. Empezó a reír a carcajadas.
Dije que su diálogo con el venado había
sido algo tonto.
¿Qué esperabas? -preguntó, riendo aún-.
Soy indio.
Su sentido del humor era tan extraño que
no pude hacer más que reír con él.
-No crees que un venado mágico hable,
¿verdad?
-Lo siento mucho, pero no puedo creer
que ocurran cosas así -dije.
-No te culpo -repuso, confortante-. De
veras que está del carajo.
IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA
Lunes, julio
24, 1961
A MEDIA tarde, tras horas de recorrer el
desierto, don Juan eligió un sitio para descansar, en un espacio sombreado.
Apenas tomamos asiento empezó a hablar. Dijo que yo había aprendido mucho de
cacería, pero no había cambiado tanto como él quisiera.
-No basta con saber hacer y colocar
trampas -dijo-. Un cazador debe vivir como cazador para sacar lo máximo de su
vida. Por desdicha, los cambios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces
un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Yo tardé años,
pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza. Creo que para mí lo más difícil
fue querer realmente cambiar.
Le aseguré que comprendía la cuestión.
De hecho, desde que había empezado a enseñarme a cazar, yo mismo empecé a
revaluar mis acciones. Acaso el descubrimiento más dramático fue que me
agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como persona. Había cierta
solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna
acerca de su dominio, y sin embargo jamás había ejercido su ventaja para
exigirme nada. Su interés en cambiar mi forma de vivir era, sentía yo,
semejante a una sugerencia impersonal, o quizá a un comentario autoritario
sobre mis fracasos. Me había hecho cobrar aguda conciencia de mis fallas, pero
yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía
sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos
sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin
salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se
expresaba en términos de belleza y precisión.
-He decidido cambiar mis tácticas -dijo.
Le pedí explicar; su frase era vaga y yo
no estaba seguro de si se refería a mí.
-Un buen cazador cambia de proceder tan
a menudo como lo necesita -respondió-. Tú lo sabes.
-¿Qué tiene usted en mente, don Juan?
-Un cazador no sólo debe conocer los
hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay poderes que
guían a los hombres y los animales y todo lo que vive.
Dejó de hablar. Esperé, pero parecía
haber llegado al final de lo que quería decir.
-¿De qué clase de poderes habla usted?
-pregunté tras una larga pausa.
-De poderes que guían nuestra vida y
nuestra muerte.
Don Juan calló; al parecer tenía
tremendas dificultades para decidir qué cosa decir. Se frotó las manos y
sacudió la cabeza, hinchando las quijadas. Dos veces me hizo seña de guardar
silencio cuando yo empezaba a pedirle explicar sus crípticas declaraciones.
-No vas a poder frenarte fácilmente
-dijo por fin-. Sé que eres terco, pero esso no importa. Mientras más terco
seas, mejor será cuando al fin logres cambiarte.
-Estoy haciendo lo posible -dije.
-No. No estoy de acuerdo. No estás
haciendo lo posible. Nada más dices eso porque te suena bien; de hecho, has
estado diciendo lo mismo acerca de todo cuanto haces. Llevas años haciendo lo
posible, sin que sirva de nada. Algo hay que hacer para remediar eso.
Como de costumbre, me sentí impulsado a
defenderme. Don Juan parecía atacar, por sistema, mis puntos más débiles.
Recordé entonces que cada intento por defenderme de sus críticas había desembocado
en el ridículo, y me detuve a la mitad de un largo discurso explicativo.
Don Juan me examinó con curiosidad y
rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos
tontos. Yo no era la excepción.
-Siempre te sientes obligado a explicar
tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-.
Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también tienes
demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus
actos; no usas tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible.
En otras palabras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuando te conocí.
De nuevo tuve un genuino empellón de
orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.
-Hay que hacerse responsable de estar en
un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo extraño, has de saber.
Moví la cabeza en sentido afirmativo.
-No estamos hablando de lo mismo -dijo
él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado
con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso,
impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable
por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en
este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que
cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto
para presenciar todas las maravillas que existen.
Insistí que aburrirse con el mundo o
enemistarse con él era la condición humana.
-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si
no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.
Me instó a nombrar un asunto, un
elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamientos. Dije que el
arte. Siempre quise ser artista y durante años me dediqué a ello. Todavía
conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.
-Nunca has aceptado la responsabilidad
de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusador-. Por eso nunca
fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.
-Hago lo mejor que puedo, don Juan.
-No. No sabes lo que puedes.
-Hago cuanto puedo.
-Te equivocas otra vez. Puedes hacer
más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.
Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.
-Crees tener mucho tiempo -repitió.
-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?
-Crees que tu vida va a durar para
siempre.
-No. No lo creo.
-Entonces, si no crees que tu vida va a
durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?
-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don
Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?
-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco
quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba
cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.
Afirmé con vehemencia que su insistente
deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitrario. Dije que en
cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el
amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.
-No tienes tiempo para esta explosión,
idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu
último acto sobre la tierra. Puede muy bien ser tu última batalla. No hay
poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.
-Ya lo sé -dije con ira contenida.
-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías
un cazador.
Repuse que tenía conciencia de mi muerte
inminente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía
yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa
mecánicamente su número rutinario.
-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que
eres un idiota -dijo calmadamente-. Estas desperdiciando en una tontería tu
acto sobre la tierra.
Estuvimos callados un momento. Mis
pensamientos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.
-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes
tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.
-Estoy de acuerdo, don Juan, pero...
-No me des la razón por las puras
-tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fáácilmente, debes actuar. Acepta el
reto. Cambia.
-¿Así no más? .
-Como lo oyes. El cambio del que hablo
nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese
acto repentino que producirá un cambio total.
Me pareció que expresaba una
contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el cambio, sin
duda estaba cambiando en forma gradual.
-No has cambiado en nada -repuso-. Por
eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te
sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la
cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.
No pude persistir en mi argumentación.
No estaba seguro de qué deseaba decir realmente. Tras una corta pausa, don Juan
reanudó sus explicaciones.
-Quizás haya que decirlo de otra manera
-dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no tenemos ninguna
seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir
que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees
que podamos hacer?
Pensé que la pregunta era retórica, pero
él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.
-Vivir lo más felices que podamos -dije.
-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que
viva feliz?
Mi primer impulso fue decir que sí;
pensé que podía usar como ejemplos a varias personas que conocía. Pero al pensarlo
mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.
-No -dije-. En verdad no.
-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas
personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad
es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos
tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de...
Parecían faltarle las palabras. Se rascó
las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie como si nuestra
conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo.
Volvió a sentarse y frunció los labios.
Los actos tienen poder -dijo-. Sobre
todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla.
Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que
lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te
recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.
-Yo no estaba de acuerdo. Para mí, la
felicidad consistía en suponer que había una continuidad inherente a mis actos
y que yo podría seguir haciendo, a voluntad, cualquier cosa que estuviera
haciendo en ese momento, especialmente si la disfrutaba. Le dije que mi
desacuerdo, lejos de ser banal, brotaba de la convicción de que el mundo y yo
mismo poseíamos una continuidad determinable.
Don Juan pareció divertirse con mis
esfuerzos por lograr coherencia. Rió, meneó la cabeza, se rascó el cabello, y
finalmente, cuando hablé de una "continuidad determinable", tiró su
sombrero al suelo y lo pisoteó.
Terminé riendo de sus payasadas.
-No tienes tiempo, amigo mío -dijo él-.
Ésa es la desgracia de los seres humanos. Ninguno de nosotros tiene tiempo
suficiente, y tu continuidad no tiene sentido en este mundo de pavor y
misterio.
"Tu continuidad sólo te hace
tímido. Tus actos no pueden de ninguna manera tener el gusto, el poder, la
fuerza irresistible de los actos realizados por un hombre que sabe que está
librando su última batalla sobre la tierra. En otras palabras, tu continuidad
no te hace feliz ni poderoso."
Admití mi temor de pensar en que iba a
morir, y lo acusé de provocarme una gran aprensión con sus constantes
referencias a la muerte.
-Pero todos vamos a morir -dijo.
Señaló unos cerros en la distancia.
-Hay algo allí que me está esperando, de
seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro. Pero a lo mejor tú eres
distinto y la muerte no te está esperando en ningún lado.
Rió de gesto de desesperanza.
-No quiero pensar en eso, don Juan.
-¿Por qué no?
-No tiene caso. Si está allí
esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?
-Yo no dije que te preocuparas por ella.
-¿Entonces qué hago?
Usarla. Pon tu atención en el lazo que
te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni preocupación. Pon tu
atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de
acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la
tierra. Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder que les
corresponde. De otro modo serán, mientras vivas, los actos de un hombre
tímido.
-¿Es tan terrible ser tímido?
-No. No lo es si vas a ser inmortal,
pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la
timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos. Te
apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio
abre la boca para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te
das cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguro. La timidez nos
impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.
-No es natural vivir con la idea
constante de nuestra muerte, don Juan.