UNA REALIDAD APARTE

(Nuevas conversaciones con don Juan)

Carlos Castaneda

 



INTRODUCCIÓN

 

HACE diez años tuve la fortuna de conocer a don Juan Matus, un indio yaqui del noroeste de México. Entablé amistad con él bajo circunstancias en extremo fortuitas. Estaba yo sentado con Bill, un amigo mío, en la terminal de autobuses de un pueblo fronterizo en Arizona. Guardábamos silencio. Atardecía y el calor del verano era insoportable. De pronto, Bill se inclinó y me tocó el hombro.

‑Ahí está el sujeto del que te hablé ‑dijo en voz baja.

Ladeó casualmente la cabeza señalando hacia la entrada. Un anciano acababa de llegar.

‑¿Qué me dijiste de él? ‑pregunté.

‑Es el indio que sabe del peyote, ¿Te acuerdas?

Recordé que una vez Bill y yo habíamos andado en coche todo el día, buscando la casa de un indio mexicano muy "excéntrico" que vivía en la zona. No la encontramos, y yo tuve la sospecha de que los indios a quienes pedimos direcciones nos habían desorientado a propósito. Bill me dijo que el hombre era un "yerbero" y que sabía mucho sobre el cacto alucinógeno peyote. Dijo también que me sería útil conocerlo. Bill era mi guía en el suroeste de los Estados Unidos, donde yo andaba reuniendo información y especímenes de plantas medicinales usadas por los indios de la zona.

Bill se levantó y fue a saludar al hombre. El indio era de estatura mediana. Su cabello blanco y corto le tapaba un poco las orejas, acentuando la redondez del cráneo. Era muy moreno: las hondas arrugas en su rostro le daban apa­riencia de viejo, pero su cuerpo parecía fuerte y ágil. Lo observé un momento. Se movía con una facilidad que yo habría creído imposible para un anciano.

Bill me hizo seña de acercarme.

‑Es un buen tipo ‑me dijo‑. Pero no le entiendo. Su español es raro; ha de estar lleno de coloquialismos rurales.

El anciano miró a Bill y sonrió. Y Bill, que apenas ha­bla unas cuantas palabras de español, armó una frase ab­surda en ese idioma. Me miró como preguntando si se daba a entender, pero yo ignoraba lo que tenía en mente; sonrió con timidez y se alejó. El anciano me miró y empe­zó a reír. Le expliqué que mi amigo olvidaba a veces que no sabía español.

‑Creo que también olvidó presentarnos ‑añadí, y le dije mi nombre.

‑Y yo soy Juan Matus, para servirle ‑contestó.

Nos dimos la mano y quedamos un rato sin hablar. Rompí el silencio y le hablé de mi empresa. Le dije que buscaba cualquier tipo de información sobre plantas, espe­cialmente sobre el peyote. Hablé compulsivamente durante un buen tiempo, y aunque mi ignorancia del tema era casi total, le di a entender que sabía mucho acerca del peyote. Pensé que si presumía de mi conocimiento el anciano se interesaría en conversar conmigo. Pero no dijo nada. Es­cuchó con paciencia. Luego asintió despacio y me escudri­ñó. Sus ojos parecían brillar con luz propia. Esquivé su mirada. Me sentí apenado. Tuve en ese momento la certeza de que él sabía que yo estaba diciendo tonterías.

‑Vaya usted un día a mi casa ‑dijo finalmente, apar­tando los ojos de mí‑. A lo mejor allí podemos platicar más a gusto.

No supe qué más decir. Me sentía incómodo. Tras un rato, Bill volvió a entrar en el recinto. Advirtió mi desa­zón y no pronunció una sola palabra. Estuvimos un rato sentados en profundo silencio. Luego el anciano se levantó. Su autobús había llegado. Dijo adiós.

‑No te fue muy bien, ¿verdad? ‑preguntó Bill.

‑No.

‑¿Le preguntaste de las plantas?

‑Sí. Pero creo que metí la pata.

‑Te dije, es muy excéntrico. Los indios de por aquí lo conocen, pero jamás lo mencionan. Y eso es por algo.

‑Pero dijo que yo podía ir a su casa.

‑Te estaba tomando el pelo. Seguro, puedes ir a su casa, pero eso qué. Nunca te dirá nada. Si llegas a pre­guntarle algo, te tratará como si fueras un idiota diciendo tonterías.

Bill dijo convincentemente que ya había conocido gente así, personas que daban la impresión de saber mucho. En su opinión tales personas no valían la pena, pues tarde o temprano se podía obtener la misma información de al­guien que no se hiciera el difícil. Dijo que él no tenía pa­ciencia ni tiempo que gastar con viejos farsantes, y que posiblemente el anciano sólo aparentaba ser conocedor de hierbas, mientras que en realidad sabía tan poco como cualquiera.

Bill siguió hablando, pero yo no escuchaba. Mi mente continuaba fija en el indio. El sabía que yo había estado alardeando. Recordé sus ojos. Habían brillado, literal­mente.

Regresé a verlo unos meses más tarde, no tanto como es­tudiante de antropología interesado en plantas medicinales, sino como poseso de una curiosidad inexplicable. La forma en que me había mirado fue un evento sin precedentes en mi vida. Yo quería saber qué implicaba aquella mirada.

Se me volvió casi una obsesión, y mientras más pensaba en ella más insólita parecía.

Don Juan y yo nos hicimos amigos, y a lo largo de un año le hice innumerables visitas. Su actitud me daba mucha confianza y su sentido del humor me parecía excelente; pero sobre todo sentía en sus actos una consistencia calla­da, totalmente desconcertante para mí. Experimentaba en su presencia un raro deleite, y al mismo tiempo una de­sazón extraña. Su sola compañía me forzaba a efectuar una tremenda revaluación de mis modelos de conducta. Me habían educado, quizá como a todo el mundo, para tener la disposición de aceptar al hombre como una criatura esencialmente débil y falible. Lo que me impresionaba de don Juan era el hecho de que no destacaba el ser débil e indefenso, y el solo estar cerca de él aseguraba una com­paración desfavorable entre su forma de comportarse y la mía. Acaso una de las aseveraciones más impresionantes que le oí en aquella época se refería a nuestra diferencia inherente. Con anterioridad a una de mis visitas, había es­tado sintiéndome muy desdichado a causa del curso total de mi vida y de cierto número de conflictos personales apre­miantes. Al llegar a su casa me sentía melancólico y ner­vioso.

Hablábamos de mi interés en su conocimiento, pero, como de costumbre, íbamos por sendas distintas. Yo me refería al conocimiento académico que trasciende la experiencia, mientras él hablaba del conocimiento directo del mundo.

‑¿A poco crees que conoces el mundo que te rodea? ‑preguntó.

‑Conozco de todo ‑dije.

‑Quiero decir, ¿sientes el mundo que te rodea?

‑Siento el mundo que me rodea tanto como puedo.

‑Eso no basta. Debes sentirlo todo; de otra manera el mundo pierde su sentido.

Formulé el clásico argumento de que no era necesario probar la sopa para conocer la receta, ni recibir un choque eléctrico para saber de la electricidad.

‑Ya transformaste todo en una estupidez ‑dijo-. Ya veo que quieres agarrarte de tus razones a pesar de que no te dan nada; quieres seguir siendo el mismo aún a costa de tu bienestar.

‑No sé de qué habla usted.

‑Hablo del hecho de que no estás completo. No tienes paz.

La aserción me molestó. Me sentí ofendido. Pensé que don Juan no estaba calificado en modo alguno para juzgar mis actos ni mi personalidad.

‑Estás lleno de problemas ‑dijo‑. ¿Por qué?

‑Sólo soy un hombre, don Juan ‑repuse malhumorado.

Hice la afirmación en la misma vena en que mi padre solía hacerla. Cada vez que decía ser sólo un hombre, implicaba que era débil e indefenso y su frase, como la mía, rebosaba un esencial sentido de desesperanza.

Don Juan me escudriñó como el día en que nos cono­cimos.

‑Piensas demasiado en ti mismo ‑dijo sonriendo‑. Y eso te da una fatiga extraña que te hace cerrarte al mun­do que te rodea y agarrarte de tus razones. Por eso tienes solamente problemas. Yo también soy sólo un hombre, pero no lo digo como tú lo dices.

‑¿Cómo lo dice usted?

‑Yo me he salido de todos mis problemas. Qué lástima que mi vida sea tan corta y no me permita aferrarme de todas las cosas que quisiera. Pero eso no es problema, ni punto de discusión; es sólo una lástima.

Me gustó el tono de sus frases. No había en él desespe­ración ni compasión por sí mismo.

En 1961, un año después de nuestro primer encuentro, don Juan me reveló que poseía un conocimiento secreto de las plantas medicinales. Me dijo que era brujo. Desde ese punto, cambió la relación entre nosotros; me convertí en su aprendiz y durante los cuatro años siguientes luchó por enseñarme los misterios de la hechicería. He escrito sobre ese aprendizaje en Las enseñanzas de don Juan: una forma yaqui de conocimiento.

Nuestras conversaciones fueron todas en español, y gra­cias al magnífico dominio que don Juan poseía del idioma obtuve explicaciones detalladas de los complejos significa­dos de su sistema de creencias. He llamado brujería a esa intrincada y sistemática estructura de conocimiento, y brujo a don Juan, porque él mismo empleaba tales categorías en la conversación informal. Sin embargo, en el contexto de elucidaciones más serias, usaba los términos "conocimien­to" para categorizar la brujería y "hombre de conoci­miento" o "el que sabe" para categorizar al brujo.

Con el fin de enseñar y corroborar su conocimiento, don Juan usaba tres conocidas plantas sicotrópicas: peyote, Lophophora williamsii; toloache, Datura inoxia, y un hon­go perteneciente al género Psylocibe. A través de la inges­tión por separado de cada uno de estos alucinógenos pro­dujo en mí, su aprendiz, unos estados peculiares de percep­ción distorsionada, o conciencia alterada, que he llamado "estados de realidad no ordinaria". He usado la palabra "realidad" porque una premisa principal en el sistema de creencias de don Juan era que los estados de conciencia producidos por la ingestión de cualquiera de las tres plan­tas no eran alucinaciones, sino aspectos concretos, aunque no comunes, de la realidad de la vida cotidiana. Don Juan no se comportaba hacia tales estados de realidad no ordi­naria "como si" fueran reales; los tomaba "como" reales.

Clasificar como alucinógenos las plantas citadas, y como realidad no ordinaria los estados que producían, es, desde luego, un recurso mío. Don Juan entendía y explicaba las plantas como vehículos que conducían o guiaban a un hom­bre a ciertas fuerzas o "poderes" impersonales; y los estados que producían, como los "encuentros" que un brujo debía tener con esos "poderes" para ganar control sobre ellos.

Llamaba al peyote "Mescalito" y lo describía como maes­tro benévolo y protector de los hombres. Mescalito enseña­ba la "forma correcta de vivir". El peyote solía ingerirse en reuniones de brujos llamadas "mitotes", donde los partici­pantes se juntaban específicamente para buscar una lección sobre la forma correcta de vivir.

Don Juan consideraba al toloache, y a los hongos, pode­res de distinta clase. Los llamaba "aliados" y decía que eran susceptibles a la manipulación; de hecho, un brujo obtenía su fuerza manipulando a un aliado. De los dos, don Juan prefería el hongo. Afirmaba que el poder conte­nido en el hongo era su aliado personal, y lo llamaba "humo" o "humito".

El procedimiento de don Juan para utilizar los hongos era dejarlos secar dentro de un pequeño guaje, donde se pulverizaban. Mantenía cerrado el guaje durante un año, y luego mezclaba el fino polvo con otras cinco plantas se­cas y producía una mezcla para fumar en pipa.

Para convertirse en hombre de conocimiento había que "encontrarse" con el aliado tantas veces como fuera posi­ble; había que familiarizarse con él. Esta premisa impli­caba, desde luego, que uno debía fumar bastante a menudo la mezcla alucinógena. Este proceso de "fumar" consistía en ingerir el tenue polvo de hongos, que no se incineraba, y en inhalar el humo de las otras cinco plantas que compo­nían la mezcla. Don Juan explicaba los profundos efectos del humo sobre las capacidades de percepción diciendo que "el aliado se llevaba el cuerpo de uno".

El método didáctico de don Juan requería un esfuerzo extraordinario por parte del aprendiz. De hecho, el grado de participación y compromiso necesario era tan extenuante que a fines de 1965 tuve que abandonar el aprendizaje. Puedo decir ahora, con la perspectiva de los cinco años transcurridos, que en ese tiempo las enseñanzas de don Juan habían empezado a representar una seria amenaza para mi "idea del mundo". Yo empezaba a perder la certeza, común a todos nosotros, de que la realidad de la vida cotidiana es algo que podemos dar por sentado.

En la época de mi retirada, me hallaba convencido de que mi decisión era terminante; no quería volver a ver a don Juan. Sin embargo, en abril de 1968 me facilitaron uno de los primeros ejemplares de mi libro y me sentí compelido a enseñárselo. Fui a visitarlo. Nuestra liga de maestro‑aprendiz se restableció misteriosamente, y puedo decir que en esa ocasión inicié un segundo ciclo de apren­dizaje, muy distinto del primero. Mi temor no fue tan agudo como lo había sido en el pasado. El ambiente total de las enseñanzas de don Juan fue más relajado. Reía y también me hacía reír mucho. Parecía haber, por parte suya, un intento deliberado de minimizar la seriedad en general. Payaseó durante los momentos verdaderamente cruciales de este segundo ciclo, y así me ayudó a superar experiencias que fácilmente habrían podido volverse obse­sivas. Su premisa era la necesidad de una disposición ligera y tratable para soportar el impacto y la extrañeza del cono­cimiento que me estaba enseñando.

‑La razón por la que te asustaste y saliste volado es porque te sientes más importante de lo que crees ‑dijo, explicando mi retirada previa‑. Sentirse importante lo hace a uno pesado, rudo y vanidoso. Para ser hombre de conocimiento se necesita ser liviano y fluido.

El interés particular de don Juan en el segundo ciclo de aprendizaje fue enseñarme a "ver". Aparentemente, había en su sistema de conocimiento la posibilidad de mar­car una diferencia semántica entre "ver" y "mirar" como dos modos distintos de percibir. "Mirar" se refería a la manera ordinaria en que estamos acostumbrados a percibir el mundo, mientras que "ver" involucraba un proceso muy complejo por virtud del cual un hombre de conocimiento percibe supuestamente la "esencia" de las cosas del mundo.

Con el fin de presentar en forma legible las complicacio­nes del proceso de aprendizaje he condensado largos pa­sajes de preguntas y respuestas, reduciendo así mis notas de campo originales. Creo, sin embargo, que en este punto mi presentación no puede, en absoluto, desvirtuar el signi­ficado de las enseñanzas de don Juan. La reducción tuvo el propósito de hacer fluir mis notas, como fluye la conver­sación, para que tuvieran el impacto deseado; es decir, yo quería comunicar al lector, por medio de un reportaje, el drama y la inmediacidad de la situación de campo. Cada sección que he puesto como capítulo fue una sesión con don Juan. Por regla general, él siempre concluía cada una de nuestras sesiones en una nota abrupta; así, el tono dra­mático del final de cada capítulo no es un recurso litera­rio de mi cosecha: era un recurso propio de la tradición oral de don Juan. Parecía ser un recurso mnemotécnico que me ayudaba a retener la cualidad dramática y la importan­cia de las lecciones.

Empero, son necesarias ciertas explicaciones para dar co­herencia a mi reportaje, pues su claridad depende de la elucidación de ciertos conceptos clave o unidades clave que deseo destacar. Esta elección de énfasis es congruente con mi interés en la ciencia social. Es perfectamente posible que otra persona, con un conjunto diferente de metas y anticipaciones, resaltara conceptos enteramente distintos de los que yo he elegido.

Durante el segundo ciclo de aprendizaje, don Juan insistió en asegurarme que el uso de la mezcla de fumar era el requisito indispensable para "ver". Por tanto, yo debía usarla con toda la frecuencia posible.

‑Sólo el humo te puede dar la velocidad necesaria para vislumbrar ese mundo fugaz ‑dijo.

Con ayuda de la mezcla sicotrópica, produjo en mí una serie de estados de realidad no ordinaria. La característica saliente de tales estados, en relación a lo que don Juan parecía estar haciendo, era una condición de "inaplicabili­dad". Lo que yo percibía en aquellos estados de conciencia alterada era incomprensible e imposible de interpretar por medio de nuestra forma cotidiana de entender el mundo. En otras palabras, la condición de inaplicabilidad acarreaba la cesación de la pertinencia de mi visión del mundo.

Don Juan usó esta condición de inaplicabilidad de los estados de realidad no ordinaria para introducir una serie de nuevas "unidades de significado" preconcebidas. Las unidades de significado eran todos los elementos individua­les pertinentes al conocimiento que don Juan se empeñaba en enseñarme. Las he llamado unidades de significado por­que eran el conglomerado básico de datos sensoriales, y sus interpretaciones, sobre el cual se erigía un significado más complejo. Una de tales unidades era, por ejemplo, la forma en que se entendía el efecto fisiológico de la mezcla sico­trópica. Esta producía un entumecimiento y una pérdida de control motriz que en el sistema de don Juan se interpreta­ban como una acción realizada por el humo, que en este caso era el aliado, con el fin de "llevarse el cuerpo del practicante".

Las unidades de significado se agrupaban en forma espe­cífica, y cada bloque así creado integraba lo que llamo una "interpretación sensible". Obviamente, tiene que haber un número infinito de posibles interpretaciones sensibles que son pertinentes a la brujería y que un brujo debe aprender a realizar. En nuestra vida cotidiana, enfrentamos un número infinito de interpretaciones sensibles pertinentes a ella. Un ejemplo sencillo podría ser la interpretación, ya no deliberada, que hacemos veintenas de veces cada día, de la estructura que llamamos "cuarto". Es obvio que hemos aprendido a interpretar en términos de cuarto la es­tructura que llamamos cuarto; así, cuarto es una interpreta­ción sensible porque requiere que en el momento de hacerla tengamos conocimiento, en una u otra forma, de todos los elementos que entran en su composición. Un sistema de in­terpretación sensible es, en otras palabras, el proceso por virtud del cual un practicante tiene conocimiento de todas las unidades de significado necesarias para realizar asuncio­nes, deducciones, predicciones, etc., sobre todas las situa­ciones pertinentes a su actividad.

Al decir "practicante" me refiero a un participante que posee un conocimiento adecuado de todas, o casi todas, las unidades de significado implicadas en su sistema particular de interpretación sensible. Don Juan era un practicante; esto es, era un brujo que conocía todos los pasos de su brujería.

Como practicante, intentaba abrirme acceso a su sistema de interpretación sensible. Tal accesibilidad, en este caso, equivalía a un proceso de resocialización en el que se apren­dían nuevas maneras de interpretar datos perceptuales.

Yo era el "extraño", el que carecía de la capacidad de realizar interpretaciones inteligentes y congruentes de las unidades de significado propias de la brujería.

La tarea de don Juan, como practicante ocupado en hacer­me accesible su sistema, consistía en descomponer una certeza particular que yo comparto con todo el mundo: la certeza de que la perspectiva "de sentido común" que tenemos del mundo es definitiva. A través del uso de plan­tas sicotrópicas, y de contactos bien dirigidos entre su sistema extraño y mi persona, logró mostrarme que mi pers­pectiva del mundo no puede ser definitiva porque sólo es una interpretación.

Para el indio americano, acaso durante miles de años, el vago fenómeno que llamamos brujería ha sido una prác­tica, seria y auténtica, comparable a la de nuestra ciencia. Nuestra dificultad para comprenderla surge, sin duda, de las unidades de significado extrañas con las cuales trata.

 

 

Don Juan me dijo una vez que un hombre de conocimiento tiene predilecciones. Le pedí explicar este enunciado.

‑Mi predilección es ver -dijo.

‑¿Qué quiere usted decir con eso?

‑Me gusta ver -dijo‑ porque sólo viendo puede un hombre de conocimiento saber.

‑¿Qué clase de cosas ve usted.

‑Todo.

‑Pero yo también veo todo y no soy un hombre de conocimiento.

‑No. Tú no ves.

‑Por supuesto que sí,

‑Te digo que no.

‑¿Por qué dice usted eso, don Juan?

‑Tú solamente miras la superficie de las cosas.

‑¿Quiere usted decir que todo hombre de conocimiento ve a través de lo que mira?

‑No. Eso no es lo que quiero decir. Dije que un hom­bre de conocimiento tiene sus propias predilecciones; la mía es sencillamente ver y saber; otros hacen otras cosas.

‑¿Qué otras cosas, por ejemplo?

‑Ahí tienes a Sacateca: es un hombre de conocimiento y su predilección es bailar. Así que él baila y sabe.

‑¿Es la predilección de un hombre de conocimiento algo que él hace para saber?

‑Sí, pues.

‑¿Pero cómo podría el baile ayudar a Sacateca a saber?

‑Podríamos decir que Sacateca baila con todo lo que tiene.

‑¿Baila como yo bailo? Digo, ¿cómo se baila?

‑Digamos que baila como yo veo y no como tú bailas.

‑¿También ve como usted ve?

‑Sí, pero también baila.

‑¿Cómo baila Sacateca?

‑Es difícil explicar eso. Es un baile muy especial que usa cuando quiere saber. Pero lo único que te puedo decir es que, a menos que entiendas los modos del que sabe, es imposible hablar de bailar o de ver.

‑¿Lo ha visto usted bailar?

‑Sí. Pero no todo el que mira su baile puede ver que ésa es su forma especial de saber.

Yo conocía a Sacateca, o al menos sabía quién era. Nos habían presentado y una vez le invité una cerveza. Se portó con mucha cortesía y me dijo que fuera a su casa con entera libertad en cualquier momento que quisiese. Pensé largo tiempo en visitarlo, pero no se lo dije a don Juan.

La tarde del 14 de mayo de 1962, fui a casa de Sacateca; me había dado instrucciones para llegar y no tuve dificul­tad en hallarla. Estaba en una esquina y tenía una cerca en torno. La verja estaba cerrada. Di la vuelta para ver si podía atisbar el interior de la casa. Parecía desierta.

‑Don Elías ‑llamé en voz alta. Las gallinas asustadas, se desparramaron por el patio cacareando con furia. Un pe­rrito se llegó a la cerca. Esperé que me ladrara; en vez de ello, se sentó a mirarme. Grité de nuevo y las gallinas estallaron otra vez en cacareos.

Una vieja salió de la casa. Le pedí llamar a don Elías.

‑No está ‑dijo.

‑¿Dónde puedo hallarlo?

‑Está en el campo.

‑¿En qué parte del campo?

‑No sé. Ven más tarde. El regresa como a las cinco.

‑¿Es usted la mujer de don Elías?

‑Sí, soy su mujer ‑dijo y sonrió.

Traté de hacerle preguntas sobre Sacateca, pero se excu­só y dijo que no hablaba bien el español. Subí en mi coche y me alejé.

Volví a la casa a eso de las seis. Me estacioné ante la verja y grité el nombre de Sacateca. Esta vez salió él de la casa. Encendí mi grabadora, que en su estuche de cuero café parecía una cámara colgada de mi hombro. Sacateca pareció reconocerme.

‑Ah, eras tú ‑dijo sonriendo‑. ¿Cómo está Juan?

‑Muy bien. ¿Pero cómo está usted, don Elías?

No respondió. Parecía nervioso. Pese a su gran compos­tura exterior, sentí que se hallaba disgustado.

‑¿Te mandó Juan con algún recado?

‑No. Vine yo solo.

‑¿Y para qué?

Su pregunta pareció traicionar su sorpresa genuina.

‑Nada más quería hablar con usted ‑dijo, tratando de parecer lo más despreocupado posible‑. Don Juan me ha contado cosas maravillosas de usted y me entró la curio­sidad y quería hacerle unas cuantas preguntas.

Sacateca estaba de pie frente a mi. Su cuerpo era delgado y fuerte. Llevaba camisa y pantalones caqui. Tenía los ojos entrecerrados; parecía adormilado o quizá borracho. Su boca estaba entreabierta y el labio inferior colgaba. Noté su respiración profunda; casi parecía roncar. Se me ocurrió que Sacateca se hallaba sin duda borracho sin medida. Pero esa idea resultaba incongruente, porque apenas unos minu­tos antes, al salir de su casa, había estado muy alerta y muy consciente de mi presencia.

‑¿De qué quieres hablar? ‑erijo por fin.

La voz sonaba cansada; era como si las palabras reptaran una tras otra. Me sentí muy incómodo. Era como si su fatiga fuese contagiosa y me jalara.

‑De nada en particular ‑respondí‑, Nada más vine a que platicáramos como amigos. Usted me invitó una vez a venir a su casa.

‑Pues sí, pero esto no es lo mismo.

‑¿Por qué no es lo mismo?

‑¿Qué no hablas con Juan?

‑Sí.

‑¿Entonces para qué quieres hablar conmigo?

‑Pensé que quizá podría hacerle unas preguntas . . .

‑Pregúntale a Juan, ¿Qué no te está enseñando?

‑Sí, pero de todos modos me gustaría preguntarle a usted acerca de lo que don Juan me enseña, y tener su opinión. Así podré saber a qué atenerme.

‑¿Para qué andas con esas cosas? ¿No te confías en Juan?

‑Sí.

‑¿Entonces por qué no le preguntas a él todo lo que quieres saber?

‑Sí le pregunto. Y me dice todo. Pero si usted también pudiera hablarme de lo que don Juan me enseña, tal vez yo entendería mejor.

‑Juan puede decirte todo. El es el único que puede. ¿No entiendes eso?

‑Sí, pero es que me gusta hablar con gente como usted, don Elías. No todos los días encuentra uno a un hombre de conocimiento.

‑Juan es un hombre de conocimiento.

‑Lo sé.

‑¿Entonces por qué me estás hablando a mí?

‑Ya le dije que vine a que habláramos como amigos.

‑No, no es cierto. Tú te traes otra cosa.

Quise explicarme y no pude sino mascullar incoherencias. Sacateca no dijo nada. Parecía escuchar con atención. Te­nía de nuevo los ojos entrecerrados, pero sentí que me escudriñaba. Asintió casi imperceptiblemente. Sus párpados se abrieron de pronto, y vi sus ojos. Parecía mirar más allá de mi. Golpeó despreocupadamente el suelo con la punta de su pie derecho, justo atrás de su talón izquierdo. Tenía las piernas levemente arqueadas, los brazos inertes contra los costados. Luego alzó el brazo derecho; la mano estaba abierta con la palma perpendicular al suelo; los dedos extendidos señalaban en mi dirección. Dejó oscilar la mano un par de veces antes de ponerla al nivel de mi rostro. La mantuvo en esa posición durante un instante y me dijo unas cuantas palabras. Su voz era muy clara, pero las pa­labras se arrastraban.

Tras un momento dejó caer la mano a su costado y permaneció inmóvil, adoptando una posición extraña. Esta­ba parado en los dedos de su pie izquierdo. Con la punta del pie derecho, cruzado tras el talón del izquierdo, gol­peaba el suelo suave y rítmicamente.

Experimenté una aprensión sin motivo, una especie de inquietud. Mis ideas parecían disociadas. Pensaba yo en co­sas sin conexión ni sentido que nada tenían que ver con lo que ocurría. Advertí mi incomodidad y traté de encau­zar nuevamente mis pensamientos hacia la situación in­mediata, pero no pude a pesar de una gran pugna. Era como si alguna fuerza me evitara concentrarme o pensar cosas que vinieran al caso.

Sacateca no había pronunciado palabra y yo no sabía qué más decir o hacer. En forma totalmente automática, di la media vuelta y me marché.

Más tarde me sentí empujado a narrar a don Juan mi encuentro con Sacateca. Don Juan rió a carcajadas.

‑¿Qué es lo que realmente pasó? ‑pregunté.

‑¡Sacateca bailó! ‑dijo don Juan ‑. Te vio, y des­pués bailó.

‑¿Qué me hizo? Me sentí muy frío y mareado.

‑Parece que no le caíste bien, y te paró tirándote una palabra.

‑¿Cómo pudo hacer eso? -exclamé, incrédulo.

‑Muy sencillo; te paró con su voluntad.

‑¿Cómo dijo usted?

‑¡Te paró con su voluntad!

La explicación no bastaba. Sus afirmaciones me sonaban a jerigonza. Traté de sacarle más, pero no pudo explicar el evento de manera satisfactoria para mi.

Obviamente, dicho evento, o cualquier evento que ocu­rriese dentro de este ajeno sistema de sentido común, sólo podía ser explicado o comprendido en términos de las uni­dades de significado propias de tal sistema. Esta obra es, por lo tanto, un reportaje, y debe leerse como reportaje. El sistema en aprendizaje me era incomprensible; así que la pretensión de hacer algo más que reportar sobre él sería engañosa e impertinente. En este aspecto, he adoptado el método fenomenológico y luchado por encarar la brujería exclusivamente como fenómenos que me fueron presenta­dos. Yo, como perceptor, registré lo que percibí, y en el momento de registrarlo me propuse suspender todo juicio.


PRIMERA PARTE

 

LOS PRELIMINARES DE "VER"

 

I

 

2 de abril, 1968

 

DON JUAN me miró un momento y no pareció en absoluto sorprendido de verme, aunque habían pasado más de dos años desde mi última visita. Me puso la mano en el hom­bro y sonriendo con suavidad dijo que me veía distinto, que me estaba poniendo gordo y blando.

Yo le había llevado un ejemplar de mi libro. Sin nin­gún preámbulo, lo saqué de mi portafolio y se lo di.

‑Es un libro sobre usted, don Juan ‑dije.

El lo tomó y lo hojeó rápidamente como si fuera un mazo de cartas. Le gustaron el color verde del forro y el tamaño del libro. Sintió la cubierta con la palma de las manos, le dio vuelta un par de veces y luego me lo devol­vió. Sentí una oleada de orgullo.

‑Quiero que usted lo guarde ‑dije.

Don Juan meneó la cabeza con una risa silenciosa.

‑Mejor no ‑dijo, y luego añadió con ancha sonrisa‑: Ya sabes lo que hacemos con el papel en México.

Reí. Su toque de ironía me pareció hermoso.

Estábamos sentados en una banca en el parque de un pueblito en el área montañosa de México central. Yo no había tenido absolutamente ninguna manera de informarle sobre mi intención de visitarlo, pero me había sentido se­guro de que lo hallaría, y así fue. Esperé sólo un corto tiempo en ese pueblo antes de que don Juan bajara de las montañas; lo hallé en el mercado, en el puesto de una de sus amistades.

Don Juan me dijo, como si nada, que había llegado yo justo a tiempo para llevarlo de regreso a Sonora, y nos sentamos en el parque a esperar a un amigo suyo, un indio mazateco con quien vivía.

Esperamos unas tres horas. Hablamos de diversas cosas sin importancia, y hacia el final del día, exactamente antes de que llegara su amigo, le relaté algunos eventos que yo había presenciado pocos días antes.

Mientras viajaba a verlo, mi carro se descompuso en las afueras de una ciudad y tuve que quedarme en ella tres días, mientras lo reparaban. Había un motel enfrente del taller mecánico, pero las afueras de las poblaciones siem­pre me deprimen, así que me alojé en un moderno hotel de ocho pisos en el centro de la ciudad.

El botones me dijo que el hotel tenía restaurante, y cuan­do bajé a comer descubrí que había mesas en la acera. Era un arreglo bastante bonito, en la esquina de la calle, a la sombra de unos arcos bajos de ladrillo, de líneas modernas. Hacía fresco afuera y había mesas desocupadas, pero preferí sentarme en el interior mal ventilado. Había advertido, al entrar, un grupo de niños limpiabotas senta­dos en la acera frente al restaurante, y estaba seguro de que me acosarían si tomaba una de las mesas exteriores.

Desde donde me hallaba sentado, podía ver al grupo de muchachos a través del aparador. Un par de jóvenes toma­ron una mesa y los niños se congregaron alrededor de ellos, ofreciendo lustrarles los zapatos. Los jóvenes rehusa­ron y quedé asombrado al ver que los muchachos no in­sistían y regresaban a sentarse en la acera. Después de un rato, tres hombres en traje de calle se levantaron y se fue­ron, y los muchachos corrieron a su mesa y empezaron a comer las sobras: en cuestión de segundos los platos se ha­llaron limpios. Lo mismo ocurrió con las sobras de todas las demás mesas.

Advertí que los niños eran muy ordenados; si derrama­ban agua la limpiaban con sus propios trapos de lustrar. También advertí lo minucioso de sus procedimientos devo­radores. Se comían incluso los cubos de hielo restantes en los vasos de agua y las rebanadas de limón para el té, con todo y cáscara. No desperdiciaban absolutamente nada.

Durante el tiempo que permanecí en el hotel, descubrí que había un acuerdo entre los niños y el administrador del restaurante; a los muchachos se les permitía rondar el local para ganar algún dinero con los clientes, y asimismo comer las sobras, siempre y cuando no molestaran a nadie ni rompieran nada. Había once niños en total, y sus edades iban de los cinco a los doce años; sin embargo, al mayor se le mantenía a distancia del resto del grupo. Lo discri­minaban deliberadamente, mofándose de él con una cantine­la de que ya tenía vello púbico y era demasiado viejo para andar entre ellos.

Después de tres días de verlos lanzarse como buitres sobre las más escasas sobras, me deprimí verdaderamente, y salí de aquella ciudad sintiendo que no había esperanza para aquellos niños cuyo mundo ya estaba moldeado por su diaria pugna por migajas.

‑¿Les tienes lástima? ‑exclamó don Juan en tono in­terrogante.

‑Claro que sí ‑dije.

‑¿Por qué?

‑Porque me preocupa el bienestar de mis semejantes. Esos son niños y su mundo es feo y vulgar.

‑¡Espera! ¡Espera! ¿Cómo puedes decir que su mundo es feo y vulgar? -dijo don Juan, remedándome con bur­la‑. A lo mejor crees que tú estás mejor, ¿no?

Dije que eso creía, y me preguntó por qué, y le dije que, en comparación con el mundo de aquellos niños, él mío era infinitamente más variado, más rico en experiencias y en oportunidades para la satisfacción y el desarrollo perso­nal. La risa de don Juan fue amistosa y sincera. Dijo que yo no me fijaba en lo que decía, que no tenía manera al­guna de saber qué riqueza ni qué oportunidades había en el mundo de esos niños.

Pensé que don Juan se estaba poniendo terco. Creía realmente que sólo me contradecía por molestarme. Me parecía sinceramente que aquellos niños no tenían la menor oportunidad de ningún desarrollo intelectual.

Discutí mi punto de vista un rato más, y luego don Juan me preguntó abruptamente:

‑¿No me dijiste una vez que, en tu opinión, lo más grande que alguien podía lograr era llegar a ser hombre de conocimiento?

Lo había dicho, y repetí de nuevo que, en mi opinión, convertirse en hombre de conocimiento era uno de los mayo­res triunfos intelectuales.

‑¿Crees que tu riquísimo mundo podría ayudarte a llegar a ser un hombre de conocimiento? ‑preguntó don Juan con leve sarcasmo.

No respondí, y él entonces formuló la misma pregunta en otras palabras, algo que yo siempre le hago cuando creo que no entiende.

‑En otras palabras ‑dijo, sonriendo con franqueza, obviamente al tanto de que yo tenía conciencia de su ar­did‑, ¿pueden tu libertad y tus oportunidades ayudarte a ser hombre de conocimiento?

‑¡No! ‑dije enfáticamente.

‑¿Entonces cómo pudiste tener lástima de esos niños? ‑dijo con seriedad‑. Cualquiera de ellos podría llegar a ser un hombre de conocimiento. Todos los hombres de co­nocimiento que yo conozco fueron muchachos como ésos que viste comiendo sobras y lamiendo las mesas.

El argumento de don Juan me produjo una sensación incómoda. Yo no había tenido lástima de aquellos niños subprivilegiados porque no tuvieran suficiente de comer, sino porque en mis términos su mundo ya los había con­denado a la insuficiencia intelectual. Y sin embargo, en los términos de don Juan, cualquiera de ellos podía lograr lo que yo consideraba el pináculo de la hazaña intelectual humana: la meta de convertirse en hombre de conocimien­to. Mi razón para compadecerlos era incongruente. Don Juan me había atrapado en forma impecable.

‑Quizá tenga usted razón ‑dije‑. ¿Pero cómo evitar el deseo, el genuino deseo de ayudar a nuestros semejantes?

‑¿Cómo crees que podamos ayudarlos?

‑Aliviando su carga. Lo menos que uno puede hacer por sus semejantes es tratar de cambiarlos. Usted mismo se ocupa de eso. ¿O no?

‑No. No sé qué cosa cambiar ni por qué cambiar cual­quier cosa en mis semejantes.

‑¿Y yo, don Juan? ¿No me estaba usted enseñando para que pudiera cambiar?

‑No, no estoy tratando de cambiarte. Puede suceder que un día llegues a ser un hombre de conocimiento, no hay manera de saberlo, pero eso no te cambiará. Tal vez algún día puedas ver a los hombres de otro modo, y enton­ces te darás cuenta de que no hay manera de cambiarles nada.

‑¿Cuál es ese otro modo de ver a los hombres, don Juan?

‑Los hombres se ven distintos cuando uno ve. El humi­to te ayudará a ver a los hombres como fibras de luz.

‑¿Fibras de luz?

‑Sí. Fibras, como telarañas blancas. Hebras muy finas que circulan de la cabeza al ombligo. De ese modo, un hombre se ve como un huevo de fibras que circulan. Y sus brazos y piernas son como cerdas luminosas que brotan para todos lados.

‑¿Se ven así todos?

‑Todos. Además, cada hombre está en contacto con todo lo que lo rodea, pero no a través de sus manos, sino a través de un montón de fibras largas que salen del centro de su abdomen. Esas fibras juntan a un hombre con lo que lo rodea: conservan su equilibrio; le dan estabilidad. De modo que, como quizá veas algún día, un hombre es un huevo luminoso ya sea un limosnero o un rey, y no hay manera de cambiar nada; o mejor dicho, ¿qué podría cam­biarse en ese huevo luminoso? ¿Qué?

 

II

 

Mi visita a don Juan inició un nuevo ciclo. No tuve difi­cultad alguna en recuperar mi viejo hábito de disfrutar su sentido del drama y su humor y su paciencia conmigo. Sen­tí claramente que tenía que visitarlo más a menudo. No ver a don Juan era en verdad una gran pérdida para mí; además, yo tenía algo de particular interés que deseaba discutir con él.

Después de terminar el libro sobre sus enseñanzas, empe­cé a reexaminar las notas de campo no utilizadas. Había descartado una gran cantidad de datos porque mi énfasis se hallaba en los estados de realidad no ordinaria. Repa­sando mis notas, había llegado a la conclusión de que un brujo hábil podía producir en su aprendiz la más especializada gama de percepción simplemente con "manipular indicaciones sociales". Todo mi argumento sobre la natu­raleza de estos procedimientos manipulatorios descansaba en la asunción de que se necesitaba un guía para producir la gama de percepción requerida. Tomé como caso especí­fico de prueba las reuniones de peyote de los brujos. Sostu­ve que, en los mitotes, los brujos llegaban a un acuerdo sobre la naturaleza de la realidad sin ningún intercambio abierto de palabras o señales, y mi conclusión fue que los participantes empleaban una clave muy refinada para alcan­zar tal acuerdo. Había construido un complejo sistema para explicar el código y los procedimientos, de modo que re­gresé a ver a don Juan para pedirle su opinión personal y su consejo acerca de mi trabajo.

 

21 de mayo, 1968

 

No pasó nada fuera de lo común durante mi viaje para ver a don Juan. La temperatura en el desierto andaba por los cuarenta grados y era casi insoportable. El calor dismi­nuyó al caer la tarde, y al anochecer, cuando llegué a casa de don Juan, había una brisa fresca. No me hallaba muy cansado, de manera que estuvimos conversando en su cuar­to. Me sentía cómodo y reposado, y hablamos durante horas. No fue una conversación que me hubiera gustado registrar; yo no estaba en realidad tratando de dar mucho sentido a mis palabras ni de extraer mucho significado; hablamos del tiempo, de las cosechas, del nieto de don Juan, de los yaquis, del gobierno mexicano. Dije a don Juan cuánto disfrutaba la exquisita sensación de hablar en la oscuridad. Contestó que mi gusto estaba de acuerdo con mi naturaleza parlanchina; que me resultaba fácil dis­frutar la charla en la oscuridad porque hablar era lo único que yo podía hacer en ese momento, allí sentado. Argu­menté que era algo más que el simple hecho de hablar lo que me gustaba. Dije que saboreaba la tibieza calmante de la oscuridad en torno. El me preguntó qué hacía yo en mi casa cuando oscurecía. Respondí que invariablemente encen­día las luces, o salía a la calle hasta la hora de dormir.

‑¡Ah! ‑dijo, incrédulo‑. Creía que habías aprendido a usar la oscuridad.

‑¿Para qué puede usarse? ‑pregunté.

Dijo que la oscuridad ‑y la llamó "la oscuridad del día"‑ era la mejor hora para "ver". Recalcó la palabra "ver" con una inflexión peculiar. Quise saber a qué se refería, pero dijo que ya era tarde para ocuparnos de eso.

 

22 de mayo, 1968

 

Apenas desperté en la mañana, y sin ninguna clase de preliminares, dije a don Juan que había construido un siste­ma para explicar lo que ocurría en un mitote. Saqué mis notas y le leí lo que había hecho. Escuchó con paciencia mientras yo luchaba por aclarar mis esquemas.

Dije que, según creía, un guía encubierto era necesario para marcar la pauta a los participantes de modo que pu­diera llegarse a algún acuerdo pertinente. Señalé que la gente asiste a un mitote en busca de la presencia de Mescali­to y de sus lecciones sobre la forma correcta de vivir, y que tales personas jamás cruzan entre sí una sola palabra o señal, pero concuerdan acerca de la presencia de Mesca­lito y de su lección específica. Al menos, eso era lo que supuestamente habían hecho en los mitotes donde yo estu­ve: concordar en que Mescalito se les había aparecido in­dividualmente para darles una lección. En mi experiencia personal, descubrí que la forma de la visita individual de Mescalito y su consiguiente lección eran notoriamente ho­mogéneas, si bien su contenido variaba de persona a perso­na. No podía explicar esta homogeneidad sino como resul­tado de un sutil y complejo sistema de señas.

Me llevó casi dos horas leer y explicar a don Juan el sistema que había construido. Terminé con la súplica de que me dijese, en sus propias palabras, cuáles eran los proce­dimientos exactos para llegar a tal acuerdo.

Cuando hube acabado, don Juan frunció el entrecejo. Pensé que mi explicación le había resultado un reto; parecía hallarse sumido en honda deliberación.

Tras un silencio que consideré razonable le pregunté qué pensaba de mi idea.

La pregunta hizo que su ceño se transformara de pronto en sonrisa y luego en carcajadas. Traté de reír también y, nervioso, le pregunté qué cosa tenía tanta gracia.

‑¡Estás más loco que una cabra! ‑exclamó‑. ¿Por qué iba alguien a molestarse en hacer señas en un momento tan importante como un mitote? ¿Crees que uno puede jugar con Mescalito?

Por un instante pensé que trataba de evadirse; no estaba respondiendo realmente mi pregunta.

‑¿Por qué habría uno de hacer señas? ‑inquirió don Juan tercamente‑. Tú has estado en mitotes. Deberías de saber que nadie te dijo cómo sentirte ni qué hacer; nadie sino el mismo Mescalito.

Insistí que tal explicación no era posible y le rogué de nuevo que me dijera cómo se llegaba al acuerdo.

‑Sé por qué viniste ‑dijo don Juan en tono misterio­so‑. No puedo ayudarte en tu labor porque no hay sis­tema de señales.

‑¿Pero cómo pueden todas esas personas estar de acuer­do sobre la presencia de Mescalito?

‑Están de acuerdo porque ven ‑dijo don Juan con dramatismo, y luego añadió en tono casual‑: ¿Por qué no asistes a otro mitote y ves por ti mismo?

Sentí que me tendía una trampa. Sin decir nada, guardé mis notas. Don Juan no insistió.

Un rato después me pidió llevarlo a casa de un amigo. Pasamos allí la mayor parte del día. Durante el curso de una conversación, su amigo John me preguntó qué había sido de mi interés en el peyote. John había dado los bo­tones de peyote para mi primera experiencia, casi ocho años antes. No supe qué decirle. Don Juan salió en mi ayuda y dijo a John que yo iba muy bien.

De regreso a casa de don Juan, me sentí obligado a comentar la pregunta de John y dije, entre otras cosas, que no tenía intenciones de aprender más sobre el peyote, porque eso requería un tipo de valor que yo no tenía, y que al declarar mi renuncia había hablado en serio. Don Juan sonrió y no dijo nada. Yo seguí hablando hasta que llegamos a su casa.

Nos sentamos en el espacio despejado frente a la puerta. Era un día cálido y sin nubes, pero en el atardecer había suficiente brisa para hacerlo agradable.

‑¿Para qué le das tan duro? ‑dijo de pronto don Juan‑. ¿Cuántos años llevas diciendo que ya no quieres aprender?

‑Tres.

‑¿Y por qué tanta vehemencia?

‑Siente que lo estoy traicionando a usted, don Juan. Creo que ese es el motivo de que siempre hable de eso.

‑No me estás traicionando.

‑Le fallé. Me corrí. Me siento derrotado.

‑Haces lo que puedes. Además, todavía no estás de­rrotado. Lo que tengo que enseñarte es muy difícil. A mí, por ejemplo, me resultó quizá más duro que a ti.

‑Pero usted siguió adelante, don Juan. Mi caso es distinto. Yo dejé todo, y no he venido a verlo por deseos de aprender, sino a pedirle que me aclarara un punto en mi trabajo.

Don Juan me miró un momento y luego apartó los ojos.

‑Deberías dejar que el humo te guiara otra vez ‑dijo con energía.

‑No, don Juan. No puedo volver a usar su humo. Creo que ya me agoté.

‑Ni siquiera has comenzado.

‑Tengo demasiado miedo.

-Conque tienes miedo. No hay nada de nuevo en tener miedo. No pienses en tu miedo. ¡Piensa en las maravillas de ver!

‑Quisiera sinceramente poder pensar en esas maravillas, pero no puedo. Cuando pienso en su humo siento que una especie de oscuridad me cae encima. Es como si ya no hubiera gente en el mundo, nadie con quien contar. Su humo me ha enseñado soledad sin fin, don Juan.

‑Eso no es cierto. Aquí estoy yo, por ejemplo. El humo es mi aliado y yo no siento esa soledad.

‑Pero usted es distinto; usted conquistó su miedo.

Don Juan me dio suaves palmadas en el hombro.

‑Tú no tienes miedo ‑dijo con dulzura. En su voz había una extraña acusación.

‑¿Estoy mintiendo acerca de mi miedo, don Juan?

‑No me interesan las mentiras ‑dijo, severo‑. Me interesa otra cosa. La razón de que no quieras aprender no es que tengas miedo. Es otra cosa.

Lo insté con vehemencia a decirme qué cosa era. Se lo supliqué, pero él no dijo nada; sólo meneó la cabeza como negándose a creer que yo no lo supiera.

Le dije que tal vez la inercia era lo que me impedía aprender. Quiso saber el significado de la palabra "iner­cia". Leí en mi diccionario: "La tendencia de los cuerpos en reposo a permanecer en reposo, o de los cuerpos en mo­vimiento a seguir moviéndose en la misma dirección, mien­tras no sean afectados por alguna fuerza exterior."

‑"Mientras no sean afectados por alguna fuerza exterior" ‑repitió‑. Esa es la mejor palabra que has hallado. Ya te lo he dicho, sólo a un chiflado se le ocurriría em­prender por cuenta propia la tarea de hacerse hombre de conocimiento. A un cuerdo hay que hacerle una artimaña para que la emprenda.

‑Estoy seguro de que habrá montones de gente que emprenderían con gusto la tarea ‑dije.

‑Sí, pero ésos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son como guajes que por fuera se ven buenos, pero gotean al momento que uno les pone presión, al momento que uno los llena de agua. Ya una vez tuve que hacerte una treta para que aprendieras, igual que mi benefactor me lo hizo a mi. De otro modo, no habrías aprendido tanto como aprendiste. A lo mejor es hora de ponerte otra trampa.

La trampa a la que se refería fue uno de los puntos cru­ciales en mi aprendizaje. Había ocurrido años atrás, pero en mi mente se hallaba tan vívido como si acabara de suceder. A través de manipulaciones muy hábiles, don Juan me había forzado a una confrontación directa y aterradora con una mujer que tenía fama de bruja. El choque pro­dujo una profunda animosidad por parte de ella. Don Juan explotó mi temor a la mujer como estímulo para continuar el aprendizaje, aduciendo que me era necesario saber más de brujería para protegerme contra ataques mágicos. Los resultados finales de su treta fueron tan convincentes que sentí sinceramente no tener más recurso que el de aprender todo lo posible, si deseaba seguir con vida.

‑Si está usted planeando darme otro susto con esa mu­jer, simplemente no vuelvo más por aquí ‑dije.

La risa de don Juan fue muy alegre.

‑No te apures ‑dijo, confortante‑. Las tretas de mie­do ya no sirven para ti. Ya no tienes miedo. Pero de ser necesario, se te puede hacer una artimaña dondequiera que estés; no tienes que andar por aquí.

Puso los brazos tras la cabeza y se acostó a dormir. Tra­bajé en mis notas hasta que despertó, un par de horas después; ya estaba casi oscuro. Al advertir que yo escri­bía, se irguió y, sonriendo, preguntó si me había escrito la solución de mi problema.

 

23 de mayo, 1968

 

Hablábamos de Oaxaca. Dije a don Juan que una vez yo había llegado a la ciudad en día de mercado, cuando veinte­nas de indios de toda la zona se congregan allí para vender comida y toda clase de chucherías. Mencioné que me había interesado particularmente un vendedor de plantas medi­cinales. Llevaba un estuche de madera y en él varios fras­quitos con plantas secas deshebradas; se hallaba de pie a media calle con un frasco en la mano, gritando una canti­nela muy peculiar.

‑Aquí traigo ‑decía‑ para las pulgas, los mosquitos, los piojos, y las cucarachas.

"También para los puercos, los caballos, los chivos y las vacas.

"Aquí tengo para todas las enfermedades del hombre.

"Las paperas, las viruelas, el reumatismo y la gota.

"Aquí traigo para el corazón, el hígado, el estómago y el riñón.

"Acérquense, damas y caballeros.

"Aquí traigo para las pulgas, los mosquitos, los piojos, y las cucarachas".

Lo escuché largo rato. Su formato consistía en enumerar una larga lista de enfermedades humanas para las que afirmaba traer cura; el recurso que usaba para dar ritmo a su cantinela era hacer una pausa tras nombrar un grupo de cuatro.

Don Juan dijo que él también solía vender hierbas en el mercado de Oaxaca cuando era joven. Dijo que aún recordaba su pregón y me lo gritó. Dijo que él y su amigo Vicente solían preparar pociones.

‑Esas pociones eran buenas de verdad ‑dijo don Juan‑. Mi amigo Vicente hacía magníficos extractos de plantas.

Dije a don Juan que, durante uno de mis viajes a Méxi­co, había conocido a su amigo Vicente. Don Juan pareció sorprenderse y quiso saber más al respecto.

Aquella vez, iba yo atravesando Durango y recordé que en cierta ocasión don Juan me había recomendado visitar a su amigo, que vivía allí. Lo busqué y lo encontré, y hablamos un rato. Al despedirnos, me dio un costal con algunas plantas y una serie de instrucciones para replan­tar una de ellas.

Me detuve de camino a la ciudad de Aguascalientes. Me cercioré de que no hubiera gente cerca. Durante unos diez minutos, al menos, había ido observando la carretera y las áreas circundantes. No se veía ninguna casa, ni ga­nado pastando a los lados del camino. Me detuve en lo alto de una loma; desde allí podía ver la pista frente a mí y a mis espaldas. Se hallaba desierta en ambas direcciones, en toda la distancia que yo alcanzaba a percibir. Dejé pasar unos minutos para orientarme y para recordar las instruc­ciones de don Vicente. Tomé una de las plantas, me aden­tré en un campo de cactos al lado este del camino, y la planté como don Vicente me había indicado. Llevaba con­migo una botella de agua mineral con la que planeaba rociar la planta, Traté de abrirla golpeando la tapa con la pequeña barra de hierro que había usado para cavar, pero la botella estalló y una esquirla de vidrio hirió mi labio superior y lo hizo sangrar.

Regresé a mi coche por otra botella de agua mineral. Cuando la sacaba de la cajuela, un hombre que conducía una camioneta VW se detuvo y preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que todo estaba en orden y se alejó. Fui a regar la planta y luego eché a andar nuevamente hacia el auto. Unos treinta metros antes de llegar, oí voces. Des­cendí apresurado una cuesta, hasta la carretera, y hallé tres personas junto al coche: dos hombres y una mujer. Uno de los hombres había tomado asiento en el parachoques delantero. Tendría alrededor de treinta y cinco años; esta­tura mediana; cabello negro rizado. Cargaba un bulto a la espalda y vestía pantalones viejos y una camisa rosácea descosida. Sus zapatos estaban desatados y eran quizá dema­siado grandes para sus pies; parecían flojos e incómodos. El hombre sudaba profusamente.

El otro hombre estaba de pie a unos cinco metros del auto. Era de huesos pequeños, más bajo que el primero; tenía el pelo lacio, peinado hacia atrás. Portaba un bulto más pequeño y era mayor, acaso cincuentón. Su ropa se encontraba en mejores condiciones. Vestía una chaqueta azul oscuro, pantalones azul claro y zapatos negros. No su­daba en absoluto y parecía ajeno, desinteresado.

La mujer representaba también unos cuarenta y tantos años. Era gorda y muy morena. Vestía capris negros, suéter blanco y zapatos negros puntiagudos. No llevaba ningún bulto, pero sostenía un radio portátil de transistores. Se veía muy cansada; perlas de sudor cubrían su rostro.

Cuando me acerqué, la mujer y el hombre más joven me acosaron. Querían ir conmigo en el auto. Les dije que no tenía espacio. Les mostré que el asiento de atrás iba lleno de carga y que en realidad no quedaba lugar. El hombre sugirió que, si manejaba yo despacio, ellos podían ir trepados en el parachoques trasero, o acostados en el guardafango delantero. La idea me pareció ridícula. Pero había tal urgencia en la súplica que me sentí muy triste e incómodo. Les di algo de dinero para su pasaje de autobús.

El hombre más joven tomó los billetes y me dio las gra­cias, pero el mayor volvió desdeñoso la espalda.

‑Quiero transporte ‑dijo‑. No me interesa el dinero.

Luego se volvió hacia mí.

‑¿No puede darnos algo de comida o de agua? ‑pre­guntó.

Yo en verdad no tenía nada que darles. Se quedaron allí de pie un momento, mirándome, y luego empezaron a alejarse.

Subí en el coche y traté de encender el motor. El calor era muy intenso y al parecer el motor estaba ahogado. Al oír fallar el arranque, el hombre menor se detuvo y re­gresó y se paró atrás del auto, listo para empujarlo. Sentí una aprensión tremenda. De hecho, jadeaba con desespera­ción. Por fin, el motor encendió y me fui a toda marcha.

Cuando hube terminado de relatar esto, don Juan perma­neció ensimismado un largo rato.

‑¿Por qué no me habías contado esto antes? ‑dijo sin mirarme.

No supe qué decir. Alcé los hombros y le dije que jamás lo consideré importante.

‑¡Es bastante importante! ‑dijo‑. Vicente es un bru­jo de primera. Te dio algo que plantar porque tenía sus razones, y si después de plantarlo te encontraste con tres gentes como salidas de la nada, también para eso había razón, pero sólo un tonto como tú echaría la cosa al olvido creyéndola sin importancia.

Quiso saber con exactitud qué había ocurrido cuando visité a don Vicente.

Le dije que iba yo atravesando la ciudad y pasé por el mercado; entonces se me ocurrió la idea de buscar a don Vicente. Entré en el mercado y fui a la sección de hierbas medicinales. Había tres puestos en fila, pero los atendían tres mujeres gordas. Caminé hasta el fin del pasadizo y hallé otro puesto a la vuelta de la esquina. En él vi a un hombre delgado, de huesos pequeños y cabello blanco. En esos momentos se hallaba vendiendo una jaula de pája­ros a una mujer.

Esperé hasta que estuvo solo y luego le pregunté si cono­cía a don Vicente Medrano. Me miró sin responder.

‑¿Qué se trae usted con ese Vicente Medrano? ‑dijo al fin.

Respondí que había venido a visitarlo de parte de su amigo, y di el nombre de don Juan. El viejo me miró un instante y luego dijo que él era Vicente Medrano, para servirme. Me invitó a tomar asiento. Parecía complacido, muy reposado, y genuinamente amistoso. Sentí un lazo in­mediato de simpatía entre nosotros. Me contó que conocía a don Juan desde que ambos tenían veintitantos años. Don Vicente no tenía sino palabras de alabanza para don Juan.

‑Juan es un verdadero hombre de conocimiento ‑dijo en tono vibrante hacia el final de nuestra conversación‑. Yo sólo me he ocupado a la ligera de los poderes de las plantas. Siempre me interesaron sus propiedades curativas; hasta coleccioné libros de botánica, que vendí apenas hace poco.

Permaneció silencioso un momento; se frotó la barbilla un par de veces. Parecía buscar una palabra adecuada.

‑Podemos decir que yo soy sólo un hombre de conoci­miento lírico ‑dijo‑. No soy como Juan, mi hermano indio.

Don Vicente quedó otro instante en silencio. Sus ojos, empañados, estaban fijos en el suelo a mi izquierda. Luego se volvió hacia mí y dijo casi en un susurro:

‑¡Ah, qué alto vuela mi hermano indio!

Don Vicente se puso en pie. Al parecer, nuestra conver­sación había terminado.

Si cualquiera otro hubiese hecho una frase sobre un hermano indio, yo la habría considerado un estereotipo vulgar. Pero el tono de don Vicente era tan sincero, y sus ojos tan claros, que me embelesó con la imagen de su her­mano indio en tan altos vuelos. Y creí que hablaba su sentir.

-¡Qué conocimiento lírico ni qué la chingada! ‑excla­mó don Juan cuando hube narrado el incidente completo‑. Vicente es brujo. ¿Por qué fuiste a verlo?

Le recordé que él mismo me había pedido visitar a don Vicente.

‑¡Eso es absurdo! ‑exclamó con dramatismo‑. Te dije: algún día, cuando sepas ver, has de visitar a mi ami­go Vicente; eso fue lo que dije. Por lo visto no me escuchaste.

Repuse que no veía daño alguno en haber conocido a don Vicente; que sus modales y su amabilidad me encan­taron.

Don Juan meneó la cabeza de lado a lado y, medio en broma, expresó su perplejidad ante lo que llamó mi "des­concertante buena suerte". Dijo que mi visita a don Vicente había sido como entrar en el cubil de un león armado con una ramita. Don Juan parecía agitado, pero no me era po­sible ver motivo alguno para su preocupación. Don Vicente era una bella persona. Se veía muy frágil; sus ojos extra­ñamente obsesionantes le daban un aspecto casi etéreo. Pre­gunté a don Juan cómo podía resultar peligrosa una persona así de bella.

‑Eres un idiota ‑respondió, y durante un momento su rostro se hizo severo‑. El por sí solo no te causaría nin­gún daño. Pero el conocimiento es poder, y una vez que un hombre emprende el camino del conocimiento ya no es res­ponsable de lo que pueda pasarle a quienes entran en con­tacto con él. Deberías haberlo visitado cuando supieras lo bastante para defenderte; no de él, sino del poder que él ha enganchado, que, dicho sea de paso, no es suyo ni de nadie. Al oír que tú me conocías, Vicente supuso que sabías protegerte y te hizo un regalo. Por lo visto le caíste bien y te ha de haber hecho un gran regalo, y tú lo perdiste. ¡Qué lástima!

 

 

 

 

24 de mayo, 1968

 

Llevaba yo casi todo el día acosando a don Juan para que me hablase del regalo de don Vicente. Le había señalado, en distintas formas, que él debía tener en cuenta nuestras diferencias; lo que para él resultaba evidente podía ser enteramente incomprensible para mí.

‑¿Cuántas plantas te dio? ‑preguntó por fin.

Dije que cuatro, pero de hecho no recordaba. Luego don Juan quiso saber con exactitud qué había ocurrido entre que dejé a don Vicente y me detuve al lado del camino. Pero tampoco me acordaba de eso.

‑El número de plantas es importante, y también el orden de los hechos ‑dijo‑. ¿Cómo voy a decirte qué era el regalo si no recuerdas lo que pasó?

Luché, sin éxito, por visualizar la secuencia de eventos.

‑Si recordaras todo lo que pasó ‑dijo don Juan‑, yo podría al menos decirte cómo desperdiciaste tu regalo.

Don Juan parecía muy inquieto. Me instó con impacien­cia a acordarme, pero mi memoria era un blanco casi total.

‑¿Qué cree usted que hice mal, don Juan? ‑dije, sólo para prolongar la conversación.

‑Todo.

‑Pero seguí las instrucciones de don Vicente al pie de la letra.

-¿Y qué? ¿No entiendes que seguir sus instrucciones carecía de sentido?

‑¿Por qué?

‑Porque esas instrucciones estaban hechas para alguien capaz de ver, y no para un idiota que por pura suerte salió con vida. Fuiste a ver a Vicente sin estar preparado.

“Le caíste bien y te hizo un regalo. Y ese regalo pudo fácil­mente haberte costado la vida.

‑¿Pero por qué me dio algo tan serio? Si es brujo, debió haber sabido que yo no sé nada,

‑No, no podía haber visto eso. Tú apareces como si supieras, pero en realidad no sabes gran cosa.

Declaré mi sincera convicción de no haber dado nunca, al menos a propósito, una imagen falsa de mí mismo.

‑Yo no decía eso ‑repuso‑. Si te hubieras dado aires, Vicente habría visto tu juego. Esto es algo peor que darse aires. Cuando yo te veo, te me apareces como si supieras mucho, y sin embargo yo sé que no sabes.

‑¿Qué es lo que parezco saber, don Juan?

‑Secretos de poder, por supuesto; el conocimiento de un brujo. Así que cuando Vicente te vio te hizo un regalo, y tú hiciste con él lo que hace un perro con la comida cuando tiene la panza llena. Un perro se orina en la co­mida cuando ya no quiere comer más, para que no se la coman otros perros. Tú hiciste lo mismo con el regalo. Aho­ra nunca sabremos qué ocurrió en verdad. Has perdido muchísimo. ¡Qué desperdicio!

Estuvo callado un tiempo; luego alzó los hombros y sonrió.

‑Es inútil quejarse ‑dijo‑, pero es difícil no que­jarse. Los regalos de poder ocurren muy rara vez en la vida; son únicos y preciosos. Mírame a mí, por ejemplo; nadie me ha hecho nunca un regalo de ésos. Que yo sepa, a muy poca gente le ha tocado tal cosa. Perder algo así de único es una vergüenza.

‑Entiendo lo que quiere usted decir, don Juan ‑dije‑. ¿Hay algo que yo pueda hacer ahora para salvar el regalo?

Rió y repitió varias veces: "Salvar el regalo."

‑Eso suena bien ‑dijo‑. Me gusta. Pero no hay nada que pueda hacerse para salvar tu regalo.

 

25 de mayo, 1968

 

Este día, don Juan empleó casi todo su tiempo en mostrar­me cómo armar trampas sencillas para animales pequeños. Estuvimos cortando y limpiando ramas durante la mayor parte de la mañana. Yo tenía muchas preguntas en mente. Traté de hablarle mientras trabajábamos, pero él lo tomó en chiste y dijo que, de nosotros dos, sólo yo podía mover manos y boca al mismo tiempo. Finalmente nos sentamos a descansar y solté una pregunta.

‑¿Cómo es ver, don Juan?

‑Para saber eso tienes que aprender a ver. Yo no puedo decírtelo.

‑¿Es un secreto que yo no debería saber?

‑No. Es nada más que no puedo describirlo.

‑¿Por qué?

‑No tendría sentido para ti.

‑Haga usted la prueba, don Juan. Quizá lo tenga.

‑No. Tienes que hacerlo tú solo. Una vez que aprendas, puedes ver cada cosa del mundo en forma diferente.

‑Entonces, don Juan, usted ya no ve el mundo en la forma acostumbrada.

‑Veo de los dos modos. Cuando quiero mirar el mun­do lo veo como tú. Luego, cuando quiero verlo, lo miro como yo sé y lo percibo en forma distinta.

‑¿Se ven las cosas del mismo modo cada vez que usted las ve?

‑Las cosas no cambian. Uno cambia la forma de verlas, eso es todo.

‑Quiero decir, don Juan, que si usted, por ejemplo, ve el mismo árbol, ¿sigue siendo el mismo cada vez que usted lo ve?

‑No. Cambia, y sin embargo es el mismo,

‑Pero si el mismo árbol cambia cada vez que usted lo ve, el ver puede ser una simple ilusión.

Rió y estuvo un rato sin responder; parecía estar pen­sando. Por fin dijo:

‑Cuando tú miras las cosas no las ves. Sólo las miras, yo creo que para cerciorarte de que algo está allí. Como no te preocupa ver, las cosas son bastante lo mismo cada vez que las miras. En cambio, cuando aprendes a ver, una cosa no es nunca la misma cada vez que la ves, y sin embar­go es la misma. Te dije, por ejemplo, que un hombre es como un huevo. Cada vez que veo al mismo hombre veo un huevo, pero no es el mismo huevo.

‑Pero no podrá usted reconocer nada, pues nada es lo mismo, así que ¿cuál es la ventaja de aprender a ver?

‑Puedes distinguir una cosa de otra. Puedes verlas como realmente son.

‑¿No veo yo las cosas como realmente son?

‑No. Tus ojos sólo han aprendido a mirar. Por ejem­plo, esos tres que te encontraste. Me los describiste en detalle, y hasta me dijiste qué ropa llevaban. Y eso sola­mente me demostró que no los viste para nada. Si fueras capaz de ver habrías sabido en el acto que no eran gente.

‑¿No eran gente? ¿Qué eran?

‑No eran gente, eso es todo.

‑Pero eso es imposible. Eran exactamente como usted o como yo.

‑No, no eran. Estoy seguro.

Le pregunté si eran fantasmas, espíritus, o almas de di­funtos. Su respuesta fue que ignoraba lo que eran fantas­mas, espíritus y almas.

Le traduje la definición que el New World Dictionary de Webster asigna a la palabra fantasma: "El supuesto espíritu desencarnado de una persona muerta que, según se concibe, aparece a los vivos como una aparición pálida, penumbrosa." Y luego la definición de espíritu: "Un ser sobrenatural, especialmente uno al que se considera . . . fantasma, o habitante de cierta región, poseedor de cierto carácter (bueno o malo)."

Dijo que tal vez podría llamárseles espíritus, aunque la definición del diccionario no era muy adecuada para des­cribirlos.

‑¿Son alguna especie de guardianes? ‑pregunté.

‑No. No guardan nada.

‑¿Son cuidadores? ¿Nos están vigilando?

‑Son fuerzas, ni buenas ni malas; sólo fuerzas que un brujo aprende a ponerles rienda.

‑¿Son esos los aliados, don Juan?

‑Sí, son los aliados de un hombre de conocimiento.

Esta era la primera vez, en los ocho años de nuestra relación, que don Juan se había acercado a una definición de "aliado". Debo habérselo pedido docenas de veces. Por lo general ignoraba mi pregunta, diciendo que yo sabía qué era un aliado y que resultaba estúpido definir lo que yo ya sabía. La declaración directa de don Juan sobre la naturaleza de los aliados era toda una novedad, y me vi compelido a aguijarlo.

‑Usted me dijo que los aliados estaban en las plantas ‑dije‑, en el toloache y en los hongos.

‑Jamás te he dicho tal cosa ‑dijo con gran convic­ción‑. Tú siempre sales con tus propias conclusiones.

‑Pero lo escribí en mis notas, don Juan.

‑Puedes escribir lo que se te dé la gana, pero no me salgas con que dije eso.

Le recordé que, en un principio, me había dicho que el aliado de su benefactor era el toloache y que el suyo propio era el humito, y que más tarde había aclarado di­ciendo que el aliado se hallaba contenido en cada planta.

‑No. Eso no es correcto ‑dijo, frunciendo el entrece­jo‑. Mi aliado es el humito, pero eso no significa que mi aliado esté en la mezcla de fumar, o en los hongos, o en mi pipa. Todos tienen que juntarse para poder llevar­me con el aliado, y a ese aliado le digo humito por razones propias.

Don Juan dijo que las tres personas que había encon­trado, a quienes llamó "los que no son gente" eran en realidad los aliados de don Vicente.

Le recordé su premisa de que la diferencia entre un aliado y Mescalito era que un aliado no podía verse, mien­tras que resultaba fácil ver a Mescalito.

Entonces nos metimos en una larga discusión. El dijo haber establecido la idea de que un aliado no podía verse porque adoptaba cualquier forma. Cuando señalé que en una ocasión me había dicho que Mescalito también adop­taba cualquier forma, don Juan desistió de la conversación, diciendo que el "ver" al cual se refería no era el ordinario "mirar las cosas" y que mi confusión nacía de mi insisten­cia en hablar.

 

Horas más tarde, él mismo reinició el tema de los aliados. Sintiéndolo algo molesto por mis preguntas, yo no lo había presionado más. Estaba enseñándome cómo hacer una tram­pa para conejos; yo debía sostener una vara larga y doblarla lo más posible, para que él atara un cordel en torno a los extremos. La vara era bastante delgada, pero aún así se requería fuerza considerable para doblarla. La cabeza y los brazos me vibraban a causa del esfuerzo, y me hallaba casi agotado cuando él ató por fin el cordel.

Nos sentamos y empezó a hablar. Dijo que obviamente yo no podía comprender nada a menos que hablase de ello, y que mis preguntas no lo molestaban e iba a hablarme de los aliados.

‑El aliado no está en el humo ‑dijo‑. El humo te lleva adonde está el aliado, y cuando te haces uno con el aliado ya no tienes que volver a fumar. De allí en adelan­te puedes convocar a tu aliado cuantas veces quieras, y hacer que haga lo que se te antoje.

"Los aliados no son buenos ni malos; los brujos los usan para cualquier propósito que les convenga. A mi me gusta el humito como aliado porque no me exige gran cosa. Es constante y justo."

‑¿Qué aspecto tiene para usted un aliado, don Juan? Por ejemplo, esas tres personas que vi, que me parecieron gente común, ¿qué habrían parecido para usted?

‑Habrían parecido gente común.

‑¿Entonces cómo los distingue usted de la gente de verdad?

‑Los que son de verdad gente aparecen como huevos lu­minosos cuando uno los ve. Los que no son gente aparecen siempre como gente. A eso me refería cuando dije que no hay manera de ver a un aliado. Los aliados adoptan formas diversas. Parecen perros, coyotes, pájaros, hasta huizaches, o lo que sea. La única diferencia es que, cuando los ves, aparecen así como lo que están fingiendo ser. Todo tiene su modo de ser, cuando uno ve. Igual que los hombres se ven como huevos, las otras cosas se ven como algo más, pero los aliados nada más pueden verse en la forma que están tratando de ser. Esa forma es lo bastante buena para engañar a los ojos; digo, a nuestro ojos. A un perro jamás lo engañan, ni a un cuervo.

‑¿Por qué quieren engañarnos?

‑Creo que los engañados somos nosotros. Nos hacemos tontos solos. Los aliados nada más adoptan la apariencia de lo que haya por ahí y entonces nosotros los tomamos por lo que no son. No es culpa suya que sólo hayamos ense­ñado a nuestros ojos a mirar las cosas.

‑No tengo clara la función de los aliados, don Juan. ¿Qué hacen en el mundo?

‑Eso es como si me preguntaras qué hacemos nosotros los hombres en el mundo. Palabra que no sé. Aquí esta­mos, eso es todo. Y los aliados están aquí como nosotros, y a lo mejor estuvieron antes de nosotros.

‑¿Cómo antes de nosotros, don Juan?

‑Nosotros los hombres no siempre hemos estado aquí.

‑¿Quiere usted decir aquí en este país o aquí en el mundo?

En este punto nos metimos en otro largo debate. Don Juan dijo que para él sólo había el mundo, el sitio donde asentaba sus pies. Le pregunté cómo sabía que no siempre habíamos estado en el mundo.

‑Muy sencillo ‑dijo‑. Los hombres sabemos muy poco del mundo. Un coyote sabe mucho más que nosotros. A un coyote casi nunca lo engaña la apariencia del mundo.

‑¿Y entonces cómo podemos atraparlos y matarlos? ‑pregunté‑. Si las apariencias no los engañan, ¿cómo es que mueren tan fácilmente?

Don Juan se me quedó mirando hasta incomodarme.

‑Podemos atrapar o envenenar o balacear a un coyote ‑dijo‑. En cualquier forma que lo hagamos, un coyote es presa fácil para nosotros porque no está al tanto de las maquinaciones del hombre. Pero si el coyote sobrevive, pue­des tener la seguridad de que jamás volveremos a darle alcance. Un buen cazador sabe eso y nunca pone su tram­pa dos veces en el mismo sitio, porque si un coyote muere en una trampa todos los demás coyotes ven su muerte, que se queda allí, y evitan la trampa o hasta el rumbo donde la pusieron. Nosotros, en cambio, jamás vemos la muerte que se queda en el sitio donde uno de nuestros seme­jantes muere; tal vez lleguemos a sospecharla, pero nunca la vemos.

‑¿Puede un coyote ver a un aliado?

‑Claro.

‑¿Qué parece un aliado para un coyote?

‑Tendría yo que ser coyote para saber eso. Puedo decir­te, sin embargo, que para un cuervo parece un sombrero puntiagudo. Redondo y ancho por abajo, terminado en una punta larga. Algunos brillan, pero la mayoría son opacos y parecen muy pesados, parecen un trozo de tela empapado de agua. Son formas imponentes.

‑¿Cómo qué aparecen cuando usted los ve, don Juan?

‑Ya te dije: aparecen como lo que estén fingiendo ser. Toman el tamaño y la forma que les acomoda. Pueden ser piedritas o montañas.

‑¿Hablan, ríen, o hacen algún ruido?

‑Entre hombres se portan como hombres. Entre ani­males se portan como animales. Los animales suelen tener­les miedo, pero si están acostumbrados a ver aliados, los dejan en paz. Nosotros mismos hacemos algo parecido. Tenemos montones de aliados entre nosotros, pero no los molestamos. Como nuestros ojos sólo pueden mirar las cosas, no los advertimos.

‑¿Quiere usted decir que algunas de las personas que veo en la calle no son en realidad gente? ‑pregunté, autén­ticamente desconcertado por su aseveración.

‑Algunas no lo son ‑dijo con énfasis.

Su afirmación me parecía descabellada, pero no me era posible concebir seriamente que don Juan dijera una cosa así sólo por efectismo. Le dije que me sonaba a un cuento de ciencia ficción sobre seres de otro planeta. Dijo que no le importaba cómo sonara, pero que alguna gente en la calle no era gente.

‑¿Por qué debes pensar que cada persona en una multi­tud en movimiento es un ser humano? ‑preguntó con aire de seriedad extrema.

No me era posible, en verdad, explicar por qué; sólo que me hallaba habituado a creerlo como un acto de fe pura por mi parte.

Don Juan siguió diciendo cuánto le gustaba observar sitios ajetreados, con mucha gente, y cómo a veces veía una multitud de seres que parecían huevos, y entre la masa de criaturas oviformes localizaba una que tenía todas las apariencias de una persona.

‑Se goza mucho haciendo eso ‑dijo, riendo‑, o al menos yo lo disfruto. Me gusta sentarme en parques y en terminales y observar. A veces localizo en el acto a un alia­do; otras veces sólo puedo ver gente de verdad. Una vez vi dos aliados sentados en un autobús, lado a lado. Esa es la única vez en mi vida que he visto dos juntos.

‑¿Tenía algún sentido especial que viera usted dos?

‑Claro. Todo lo que hacen tiene sentido. De sus accio­nes un brujo puede, a veces, sacar su poder. Aunque un brujo no tenga aliado propio, mientras sepa ver puede ma­nejar el poder observando las acciones de los aliados. Mi benefactor me enseñó a hacerlo, y durante años, antes de tener mi propio aliado, buscaba yo aliados entre las multi­tudes, y cada vez que veía uno eso me enseñaba algo. Tú hallaste tres juntos. Qué magnífica lección desperdiciaste.

No dijo nada más hasta que hubimos acabado de armar la trampa para conejos. Entonces se volvió hacia mí y dijo súbitamente, como si acabara de recordarlo, que otra cosa importante de los aliados era que, si uno hallaba dos juntos, siempre eran dos de la misma clase. Los dos aliados que él vio eran dos hombres, dijo, y como yo había visto dos hombres y una mujer, concluyó que mi experiencia era aún más insólita.

Le pregunté si los aliados podían fingirse niños; si los niños podían ser del mismo sexo o de diferentes; si los alia­dos fingían gente de diversas razas; si podían simular una familia compuesta de hombre, mujer e hijo, y por fin le pregunté sí había visto alguna vez a un aliado manejar un coche o un autobús.

Don Juan no respondió en absoluto. Sonrió y me dejó hablar. Al oír mi última pregunta se echó a reír y dijo que me estaba yo descuidando, que habría sido más propio pre­guntarle si había visto a un aliado manejar un vehículo de motor.

‑No querrás olvidar las motocicletas, ¿verdad? -dijo con un brillo malicioso en la mirada.

Su burla de mis preguntas me pareció graciosa y ligera, y reí junto con él.

Luego explicó que los aliados no podían tomar la inicia­tiva ni actuar directamente sobre nada; podían, sin embar­go, actuar sobre el hombre en forma indirecta. Don Juan dijo que entrar en contacto con un aliado era peligroso por­que el aliado podía sacar lo peor de una persona. El apren­dizaje era largo y arduo, dijo, porque había que reducir al mínimo todo lo superfluo en la vida de uno, con el fin de soportar el impacto de tal encuentro. Don Juan dijo que su benefactor, la primera vez que entró en contacto con un aliado, fue impelido a quemarse y quedó lleno de cica­trices como si un puma lo hubiera mascado. En su propio caso, dijo, un aliado lo empujó a una pila de leña ardien­do, y se quemó un poco la rodilla y la clavícula, pero las cicatrices desaparecieron a su tiempo, cuando don Juan se hizo uno con el aliado.

 

colaboración de Ana

 

 

 

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