PROBLEMAS DE DESARROLLO DE LA VISIÓN MÍSTICA

ALICE ANN BAILEY- MAESTRO TIBETANO 

Extractos del Tratado sobre los Siete Rayos (VOLUMEN II)

 

                                          

PROBLEMAS DE DESARROLLO DE LA VISIÓN MÍSTICA

Este proceso de presentir la meta, de hacer contacto con el ideal y de visualizar los innumerables símbolos que velan al alma y describen pictóricamente el destino final y el propósito, constituyen la prerrogativa reconocida del aspirante místico. Como bien saben, en la literatura mística de las religiones del mundo proliferan las descripciones sobre dichas visiones, que abarcan desde el acercamiento sexual, en el Canto de Salomón, o en los escritos de infinidad de místicos femeninos de la iglesia, hasta las asombrosas revelaciones hechas en los antiguos Puranas o en el Apocalipsis. Éstos abarcan toda la gama, desde la formulación de "una vida de deseo" de alto grado místico, hasta la verdadera previsión del futuro de la raza, que se encuentra en las Escrituras proféticas. No tengo intención de entrar en detalles. Ha sido considerado por los psicólogos modernos y los instructores religiosos, y los escritores eclesiásticos ya los han tratado extensamente. Sólo quiero referirme a los efectos que dichas experiencias producen sobre el místico. También quiero pedirles que recuerden que estoy generalizando y no especificando.

Las dificultades a que están propensos dichos místicos son cuatro:

1. Desvitalización. El místico es atraído constantemente "hacia arriba" (tal y como se considera y aplica el término) hasta el país de sus sueños, la persona de su idealismo o el ideal espiritual (personificado o no) de su aspiración, aplicando a la inversa el proceso normal y saludable del "camino de la constante materialización de los Real". Vive totalmente en el mundo de su aspiración, deslizándose de la vida del plano físico, llegando a ser no sólo impráctico sino negativo en dicho plano. Lleva todas las fuerzas de su vida hacia arriba, de manera que el cuerpo físico y la vida en el plano físico sufren. Técnicamente, las fuerzas del plexo solar no son llevadas hacia arriba, al centro cardíaco como debería ser, ni la energía del corazón se derrama en amor desinteresado por la humanidad; todas se enfocan y distribuyen en el nivel más elevado de la conciencia astral y son enviadas a nutrir las fuerzas del cuerpo astral. Por lo tanto, revierten el proceso normal, y el cuerpo físico sufre grandemente por ello. Un estudio sobre la vida de los santos y los místicos revelará muchas de estas dificultades e incluso los casos relativamente raros en que se presta un servicio definido a la humanidad, cuyos móviles consisten frecuentemente (podría decir generalmente) en satisfacer un requisito u obligación que sirva al místico y le otorgue una recompensa y satisfacción emocionales. Esta desvitalización fue a menudo tan excesiva que no sólo produjo debilidad nerviosa, trances y otros desórdenes patológicos, sino que a veces acarrearon la muerte.

2. Ilusión. El drama de la vida del místico y el constante cultivo de la visión (cualquiera sea) condujo en la mayoría de los casos a serios desórdenes psicológicos aunque no se los reconociera. La visión absorbe toda la atención del místico y en lugar de indicarle la meta que podría lograr algún día, o que existía en su conciencia como símbolo de una realidad interna -que algún día conocería-, vive siempre dentro de la forma mental de su meta. Este poderoso sueño, esta forma mental definida (construida año tras año por la aspiración, la adoración y el anhelo) termina por obsesionarlo en tal forma que finalmente llega a confundir el símbolo con la realidad. A veces muere por el éxtasis provocado al haberse identificado con su visión. Sin embargo, les diré que el verdadero logro de la meta mística, cuando desaparece la visión y se conoce la realidad, nunca ha matado ha nadie. Lo que mata es la ilusión. Sólo cuando el enfoque de la vida está puesto en el cuerpo astral, cuando la afluencia de la fuerza del alma desciende allí, y cuando el centro cardíaco está excesivamente energetizado, el místico muere como resultado de su aspiración. Si no acontece la muerte ( y esto es algo poco común) pueden aparecer serias dificultades psicológicas. Esto ha preocupado mucho a los eclesiásticos, en todas las épocas, y a los psicólogos modernos, y ha desacreditado todo el tema del desarrollo místico particularmente en esta moderna era científica. En la materialización de la visión en sustancia astral, en su desarrollo por el poder de la emoción (disfrazada como devoción) y en el fracaso del místico para entran en el reino de la percepción mental, o expresar físicamente su sueño idealista, reside la raíz de la dificultad. El hombre es engañado por lo mejor que hay en él; es víctima de una alucinación que personifica lo más elevado que conoce; es vencido por el espejismo de la vida espiritual; no sabe distinguir entre la visión y el Plan, entre la elaborada irrealidad de las épocas de actividad mística y lo Real, que siempre permanece en el trasfondo de la vida del ser humano integrado

 

No olviden que la visión (del cielo, de Dios, del Cristo, de cualquier guía espiritual o de cualquier milenio) en la mayoría de los casos se funda en la existencia de los sueños y aspiraciones de los místicos, los cuales, durante el trascurso de las épocas han abierto un camino místico, han usado la misma terminología y han empleado los mismos símbolos para expresar lo que sienten, aspiran y anhelan fervientemente. Todos sienten la misma realidad que se halla detrás del espejismo de la aspiración mundial. Todos revisten sus deseos y anhelos con las mismas formas simbólicas -el matrimonio con el Amado, vivir en la Ciudad Santa, participar de la misma visión extática de Dios, adorar la misma Individualidad deificada y amada, como el Cristo, el Buddha, Shri Krishna, caminar junto a Dios en el jardín de la vida, el jardín del Señor, alcanzar la cima de la montaña donde se encuentra Dios y todo es revelado. Estas son algunas de las formas con que revisten su aspiración y satisfacen su sentido de dualidad.

 

 

 

 

Estas ideas existen como poderosas formas mentales en el plano astral y atraen -como imanes- la aspiración del devoto que siglo tras siglo sigue el mismo sendero de ansiosa búsqueda al expresar imaginativamente una vida de deseos espiritual y profundamente arraigada y un surgimiento externo y emotivo hacia la divinidad, descrito a veces como "la elevación del corazón hasta Dios".

Desvitalización e ilusión constituyen el historial del místico puramente emocional. Cuando este ciclo astral haya terminado y más adelante (probablemente en otra vida) él entre en un estado mental francamente agnóstico, se restablecerá el equilibrio y será posible un desarrollo más saludable. Los frutos verdaderos y valiosos de la experiencia mística del pasado nunca se pierden; la realización espiritual interna sigue latente en el contenido de la vida, para ser revividos más tarde en su verdadera expresión, pero la ambigüedad y el sentido de dualidad, oportunamente deben transformarse en una definida claridad mental, el dualismo debe ser reemplazado por la experiencia de la unificación y las brumas deben desvanecerse. El místico ve a través de un cristal oscuro, pero algún día debe conocer como se lo conoce a él.

En estos tiempos modernos, cuando la persona de orientación mística está bajo el cuidado de un psicólogo inteligente, se le debe aconsejar a éste que desarrolle suave y gradualmente en el paciente un período de duda que lo llevará, incluso, a un agnosticismo temporario. Como resultado se obtendría un rápido restablecimiento del equilibrio deseado. Les llamaré la atención sobre las palabras " suave y gradualmente". Alentar una vida física normal, con sus objetivos comunes, cumplir con sus obligaciones y respondabilidades y las usuales funciones físicas de la naturaleza, deberían producir una orientación saludable, muy necesaria.

3. Delirio. Uso deliberadamente esta palabra fuerte al referirme a las difíciles y peligrosas etapas de la vida del místico. Cuando las ilusiones y la desvitalización han ido más allá de cierto grado, llega la etapa donde no ejerce verdadero control interno, desarrollando el sentido místico a tal grado que ya no tiene noción de proporción, y los convencionalismos correctos o erróneos, el entrenamiento social, la responsabilidad económica, los deberes humanos y todos los aspectos de la vida diaria que integran la parte humana en la totalidad de la humanidad, ya no rigen la naturaleza inferior. Su expresión externa se hace anormal y (desde el punto de vista de los valores mejores y más elevados) se hace antisocial. Dicha actitud abarcará desde el fanatismo, relativamente común, que obliga al fanático a ver sólo un punto de vista entre los muchos, hasta ciertas formas pronunciadas y reconocidas de demencia. Entonces el místico se obsesiona por su propia forma mental peculiar de la verdad y la realidad. En su cabeza sólo existe una idea. Su mente no está activa porque su cerebro se ha convertido en el instrumento de su naturaleza astral y solo registra su devoción fanática y obsesión emocional. El centro ajna entra en actividad antes de que haya una verdadera integración del entero hombre y de que su actividad tenga un propósito útil y verdadero. Sobreviene un período en que el hombre expresa sus numerosas modalidades indeseables, que incluyen la excesiva e intensa centralización, el verdadero fanatismo, el sadismo, animado por un supuesto motivo espiritual (tal como sucedió en la Inquisición), y ciertas formas de colapso mental. Hablando en sentido oculto, "la visión ígnea consume a su víctima destruyendo el hilo que mantiene a su mente y cerebro en estrecha amistad". Esta ardiente fiebre astral produce lógicamente un efecto en el cuerpo físico y también en la expresión de la personalidad, y entonces otros pueden reconocer que es muy real y que sus consecuencias y efectos son graves. Con frecuencia muy poco es lo que se puede hacer; a veces la intención de ayudarlo de nada sirme. El místico ha cometido un daño irreparable que durará sólo durante esta vida. La influencia curativa de la muerte y el intervalo de la vida más allá del plano físico deben realizar su tarea benéfica, antes de que el hombre pueda nuevamente alcanzar la normalidad y comenzar a transmutar su Visión de lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, en expresión activa en el plano de la vida diaria. Entonces abocará su mente al problema y descubrirá que la visión es sólo el reflejo del plan de Dios. Sabrá que el poder de personificar la aspiración debe ser transformado en el poder de llegar a ser impersonal, antes de decicarse a servir y colaborar con la Jerarquía.

 

 

4. Desapego. Constituye una de las principales dificultades psicológicas que conducen al fenómeno común de la separatividad. Es una de las más difíciles de manejar. El místico que sólo puede ver su visión y la registra únicamente en términos de formas simbólicas, deseo sexual, angustiosas aspiraciones y una intensa "vida de deseo", de sueños y anhelos, que oportunamente puede interrumpir las correctas relaciones, tanto en sí mismo (por un lado su cuerpo físico, por otro su vida emocional y su mente ocupada en otra cosa) como en su medio circundante, además de sus responsabilidades ambientales, vive totalmente en el mundo de su propia creación, desapegado, inconmovible e impasible ante las demandas humanas y los asuntos naturales. Esto a veces también se produce por el deseo no reconocido de eludir la responsabilidad, el dolor, la irritabilidad, que produce la vida diaria, y las expresiones de cariño de quienes lo aman; puede haberlo traído de otra vida en que ha pasado experiencias místicas y que en ésta debe trascender y sobrepasar permanentemente, pues ya ha servido a un propósito útil y realizado un trabajo necesario. Este tipo de desapego es erróneo.

Comprendo que a medida que imparto esta enseñanza sobre las dificultades de la vida mística -desvitalización, ilusión, delirio y desapego-, los que han adquirido mucho conocimiento de los místicos y en la actualidad se inclinan al misticismo, expresarán violentamente su desacuerdo. Trataré de explayarme con claridad sobre estos puntos. El método místico es el correcto para las personas que han llegado a cierto grado de evolución, la etapa atlante, siempre y cuando no sea llevado hasta la demencia, la alucinación, el fanatismo violento y las complicaciones psicopáticas. Correctamente expresado constituye un proceso útil y necesario por el cual reorientar el cuerpo astral, luego las aspiración espiritual comienza a reemplazar al deseo. Es necesario tener visión, porque donde no hay visión los pueblos perecen. La verdadera visión es el reflejo astral del plan divino, reflejado en los niveles superiores de la conciencia astral del planeta; allí esos seres humanos cuyo enfoque de la vida es elevado, cuya "intención es dirigirse a Dios y lograr la rectitud", la presienten y hacen contacto con el Plan; en la actualidad son seres introvertidos, tienen poco conocimiento ténico de la ley divina, de la constitución del hombre o de la vida planetaria; sus mentes no dudan y permanecen pasivas, excepto en un sentido emocional, para aliviar la propia angustia espiritual y el deseo de paz y satisfacción del místico. Tenemos, por ejemplo, pocos escritores de los místicos de la Edad Media (ya de Oriente o de Occidente) que den algún indicio sobre la necesidad mundial o la demanda de la humanidad para lograr la iluminación.

 

El reflejo astral del Plan constituye la visión. Allí las fuerzas de la vida, de naturaleza física mística, de su cuerpo astral y de su alma (dos fuerzas y una energía) se unen, produciendo una poderosa expresión de deseo enfocado, de profundo e incipiente anhelo, de vívida imaginación y de una forma mental construida que expresa todo aquello con que el místico quiere hacer contacto o ver manifestado.

 

A medida que pasa el tiempo, irá desapareciendo poco a poco este acercamiento místico. El trabajo de lograr la belleza y el instinto de dirigirse a la divinidad están ahora tan profundamente arraigados en la conciencia racial que el trabajo equilibrador de la mente y la presentación del Plan, en lugar de la visión puede seguir adelante sin peligro. Los niños de la raza que poseen todavía conciencia atlante continuarán empleando el acercamiento místico y la belleza de esa contribución seguirá siendo la belleza de la raza. Pero el ciclo de experiencia y esfuerzo místico será considerablemente breve y estará controlado científicamente, porque se comprenderá mejor su propósito, el lugar que le corresponde en el desarrollo racial y su contribución a la "doctrina de la Realidad".

Este ciclo místico tiene su analogía en el ciclo de la adolescencia, en la vida valiosa de la juventud visionaria dadora de vida, que impele a la correcta orientación y a la estabilización de ciertas normas y valores. Dicho dicho, sin embargo, será reconocido como indeseable cuando llegue el momento en que una nueva norma superior de valores y una técnica controlada y más espiritual lo reemplace. El propósito de la vida, un plan reconocido y una actividad correctamente dirigida, reemplazarán oportunamente a todos los anhelos, los sueños, las ansias imaginarias y la aspiración adolescente en la vida del individuo y de la raza.

No me interpreten mal. La visión es la visión de la realidad. El Eterno Soñador sueña, y el más grande de todos los Místicos es el Divino Logos Mismo; Su sueño debe ser registrado en nuestra conciencia como el Plan de Dios; la visión mística, el aspecto soñador de la naturaleza de Dios, es lo que necesita desarrollar el ser humano aunque en forma pasajera. Reflexionen sobre esto porque contiene la revelación para quienes lo hacen correctamente.

 

 

 


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