LA DOCTRINA SECRETA (Volumen 5) Ciencia,Religión y Filosofía

H. P. BLAVATSKY

TRADUCCIÓN DE VARIOS MIEMBROS DE LA RAMA DE LA S. T. E.

Tercera Edición Argentina cotejada con la 4ª Edición Inglesa


SATYÂT NÂSTI PARO DHARMAH


“NO HAY RELIGIÓN MÁS ELEVADA QUE LA VERDAD”


N O T A


El presente volumen de LA DOCTRINA SECRETA y el que le sigue (V Y VI, respectivamente), constituyen el tomo V de la cuarta edición inglesa (Adyar) de la obra.
La mencionada separación en dos tomos del volumen V de la edición inglesa, fue adoptada desde la aparición de la segunda edición española, en 1922, criterio éste que ha querido ser respetado por los presentes editores.

En cuanto a lo que dicen quienes extravían a muchos, asegurándoles que una vez separada el alma del cuerpo no sufre ni es consciente, ya sé que no te consentirá creerlos tu buen fundamento en las doctrinas recibidas de nuestros antepasados y confirmadas en las sagradas orgías de Dionisio; porque muy conocidos son los símbolos místicos a cuantos pertenecemos a la Fraternidad. – PLUTARCO.

El hombre es el problema de la vida. La Magia, o mejor dicho la Sabiduría, es el pleno conocimiento de las internas facultades del ser humano, que son emanaciones divinas. Así por intuición percibe su origen, y se inicia en este conocimiento. Empezamos con el instinto y nuestro término es la omnisciencia. – A. WILDER.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1897


La tarea de preparar este volumen para la impresión ha resultado ardua y difícil y es necesario exponer claramente cómo ha sido llevada a cabo. Los apuntes que me dio H. P. B. Estaban completamente desordenados, en consecuencia dispuse cada apunte como una Sección separada y los arreglé tan ordenadamente como fue posible. Con la excepción de errores gramaticales y la eliminación de modismos patentemente extraños al inglés, los apuntes están tal como los dejó H. P. B., salvo cuando está indicado. En unos cuantos casos he llenado lagunas, pero tales adiciones están puestas entre corchetes para distinguirlas del texto. En “El Misterio de Buddha” (1) surgió una nueva dificultad, pues algunas de las Secciones habían sido escritas cuatro o cinco veces, conteniendo cada versión algunas frases que no figuraban en las otras; en consecuencia, uní estas versiones, tomando la más completa como base e insertando en ella lo agregado en las otras versiones. Es, sin embargo, con alguna vacilación que he incluido estas Secciones en LA DOCTRINA SECRETA, porque a la par de sugestivos pensamientos, contienen numerosos errores de hecho, y muchas afirmaciones basadas en obras exotéricas y no en conocimientos esotéricos. Mas como las recibí con encargo de publicarlas como parte del tercer volumen (2) de LA DOCTRINA SECRETA, no creí justo interponerme entre el autor y el lector, alterando las afirmaciones para conformarlas con los hechos, ni consideré lícita la supresión de dichas Secciones. Como la autora previene que obra por su propia autoridad, comprenderá fácilmente el lector docto, que tal vez hizo con deliberado propósito determinadas afirmaciones ininteligibles por lo confusas y que otras son –quizá por inadvertencia- erróneas interpretaciones exotéricas de verdades esotéricas. Tanto en estos como en cualesquiera otros puntos, el lector debe guiarse por su propio criterio; pero como estoy obligada a publicar las referidas Secciones, no quiero darlas al público sin advertir que indudablemente hay muchos errores en ellas. Si la autora hubiera publicado personalmente este libro, con seguridad hubiera escrito enteramente de nuevo la totalidad de esta parte; tal como la dejó, hubiera sido mejor publicar todo lo que ella dijo en las diferentes versiones y dejarlo en su estado más bien inconcluso, para que los estudiantes tuviesen lo que ella dejó tal como lo dejó, aunque ello les obligara a estudiar mucho más atentamente que en el caso de que ella hubiera podido finalizar el libro.
Se ha hecho cuanto ha sido posible para encontrar y hacer exacta referencia de las citas dadas. En esta laboriosa tarea colaboró un grupo de ardorosos e infatigables estudiantes bajo la dirección de la señor Cooper-Oakley, que han sido mis voluntariosos ayudantes. Sin su auxilio no me hubiera sido posible dar las citas, pues a veces fue preciso hojear toda una voluminosa obra para encontrar un párrafo de pocas líneas.
Este volumen completa los apuntes dejados por H. P. B., excepto algunos artículos dispersos que, todavía inéditos, se publicarán en la revista Lucifer. Bien saben los discípulos de H. P. B. Que de la generación presente muy pocos harán justicia a su conocimiento oculto y a la magnificente profundidad de su pensamiento; pero así como ella esperó que la posteridad reconociese su grandeza como instructora, así podemos confiar sus discípulos en la justificación de su esperanza.


1897. ANNIE BESANT.


I N T R O D U C C I Ó N


Muy viejo axioma es que “el poder pertenece a quien sabe”. Así el Conocimiento –cuyo primer paso hacia él es la facultad de comprender la verdad y discernir lo verdadero de lo falso- pertenece tan sólo a quienes, libres de prejuicios y vencedores de toda presunción y egoísmo, están dispuestos a reconocer la verdad en cuanto se les demuestre. Muy pocos hay así. La mayoría opina de una obra según los respectivos prejuicios de los críticos, quienes, a su vez, atienden más bien a la popularidad o impopularidad del autor que a sus propios méritos o defectos. Por lo tanto, fuera del círculo teosófico, en las manos del público general, tendrá ciertamente este volumen acogida aún más fría que sus dos predecesores. En nuestro tiempo, ninguna afirmación merece los honores de la prueba ni siquiera la atención del oído, si los argumentos en que se funda no llevan el marbete de la legitimidad establecida, ceñidos estrictamente a los límites de la ciencia oficial o de la teología ortodoxa.
Nuestra época es de paradójica anomalía. O predomina la devoción o prevalece el materialismo. Por estas dos líneas paralelas tan populares y ortodoxas en su respectivo aspecto, aunque incongruentemente disimilares, se desliza nuestra literatura, el pensamiento moderno y el llamado progreso. Quien intente trazar una tercera línea como mediadora de reconciliación entre las dos, ha de estar dispuesto a cuanto de peor presuma. Verá su obra mutilada por los críticos, zaherida por los cortesanos de la Ciencia y de la Iglesia, falseada por los adversarios y aun repudiada por las piadosas bibliotecas circulantes. Prueba plena de ello son los absurdos conceptos que los círculos de la sedicente sociedad culta tuvieron de la Religión de la Sabiduría (Bodhismo) después de la admirable y clara exposición científica contenida en el Buddhismo Esotérico. Esto pudiera haber servido de aviso hasta a los teósofos que empeñados en una penosa lucha cotidiana en pro de su causa, no dan paz a la pluma ni se amedrentan ante las suposiciones dogmáticas ni las autoridades científicas. Porque hagan cuanto puedan los escritores teósofos, jamás lograrán que los materialistas ni los devotos doctrinales presten atención imparcial a su filosofía. Verán rechazadas sistemáticamente sus doctrinas y aun se negará a sus teorías un lugar en las filas de las efímeras científicas, de las continuamente variables y forjadas hipótesis modernas. Para los defensores de la teoría “animalística”, nuestras enseñanzas cosmogenésicas y antropogenésicas son a lo sumo “cuento de hadas”. A quienes quisieran evadir toda responsabilidad moral, les parece mucho más cómodo aceptar para el hombre la descendencia de un común antecesor simiesco y ver un hermano en el mudo y rabón cinocéfalo, que admitir la paternidad de los Pitris, de los “Hijos de Dios”, y reconocerse como hermanos del que desfallece de inanición en los tugurios.

 


“¡Retroceded!”, exclamarán a su vez los beatos. “¡Jamás convertiréis en Buddhistas Esotéricos a los respetables cristianos que concurren a la iglesia!”
Ciertamente, tampoco tenemos nosotros el menor intento de realizar la conversión. Mas esto no ha de ser obstáculo para que los teósofos digan cuanto hayan de decir, sobre todo a quienes oponen a nuestra doctrina la ciencia moderna, no en beneficio de esta misma ciencia, sino para asegurar el éxito de sus particulares intenciones y personal glorificación. Si nosotros no podemos probar muchas de nuestras afirmaciones, otro tanto les pasa a ellos; pero nosotros podemos demostrar cómo, en vez de exponer hechos históricos y científicos –para enseñanza de quienes, sabiendo menos que ellos, forman sus opiniones y nutren su pensamiento con lo que oyen de los científicos- la mayoría de los esfuerzos de nuestros eruditos parecen solamente dirigidos a destruir hechos antiguos o acomodarlos a sus particulares puntos de vista. Tal vez estas adulteraciones históricas y científicas no estén hechas con espíritu de malicia ni aun de crítica, pues la autora admite desde luego que la mayor parte de quienes incurren en tal falta son incomparablemente más eruditos que ella; pero la mucha erudición no es un obstáculo contra las preocupaciones y prejuicios ni una salvaguardia contra el amor propio, sino más bien todo lo contrario. Por lo tanto, sólo en legítima defensa de nuestras afirmaciones y para vindicar las grandes verdades de la sabiduría antigua censuraremos cuando sea preciso a nuestras “grandes autoridades”.
A no ser por la precaución de contestar de antemano a ciertas objeciones a los principios fundamentales adoptados en la presente obra (objeciones basadas en la autoridad de tal o cual erudito y relativas al carácter esotérico de las arcaicas y antiguas obras filosóficas), todas nuestras afirmaciones se verán contradichas, y aun desacreditadas. Uno de los objetos principales de este volumen es señalar el vigoroso simbolismo y las alegorías esotéricas de que rebosan las obras de los antiguos y conspicuos filósofos arios y griegos, así como las Escrituras sagradas de todas las religiones. Otro objeto es probar que la clave de interpretación facilitada por las reglas orientales indo-buddhistas de ocultismo (tan ajustada a los Evangelios cristianos como a los libros egipcios, griegos, caldeos, persas y hasta hebreo-mosaicos), debe haber sido común a todas las naciones por divergencias que hubiese en sus respectivos métodos y “velos” exotéricos. Estas afirmaciones son rotundamente negadas por algunos eminentes eruditos de nuestros días. El profesor Max Müller, en sus Conferencias de Edimburgo, repudió esta declaración fundamental de los teósofos diciendo que los shâstras y pandites indos no saben nada de tal esoterismo (1). El erudito sancritista supone con estas palabras que en los Purânas y Upanishads no hay significado oculto, elementos esotéricos, ni “velo” alguno; mas pronto se advierte lo deleznable o al menos lo extraño de tal suposición, al considerar que la palabra “Upanishad”, literalmente traducida del sánscrito, quiere decir: “Doctrina Secreta”. Sir M. Monier Williams sostiene el mismo criterio respecto del buddhismo; y, según él, Gautama Buddha fue contrario a todo intento de enseñanza esotérica y nunca la dio en sus predicaciones. Añade que tales “pretensiones” de enseñanzas ocultas y “facultades mágicas” se debe a los últimos arhates o discípulos de la “Luz de Asia”. El profesor B. Jowett habla asimismo desdeñosamente de las para él absurdas interpretaciones que los neoplatónicos dieron al Timoeus de Platón y a los libros mosaicos. A juicio del Profesor Real de griego, no hay ni sombra de espíritu oriental (gnóstico) de misticismo, ni verosimilitud científica en los Diálogos de Platón. Finalmente, para colmar la medida, el famoso asiriólogo profesor Sayce, si bien admite significado oculto en las inscripciones cuneiformes de las lápidas asirias, dice a este propósito que:

Muchos textos sagrados... están escritos de modo que sólo puedan comprenderlos los iniciados.

añade que las “claves y glosas” están actualmente en manos de los asiriólogos, afirmando por otra parte que los modernos eruditos poseen el hilo de interpretación de los documentos esotéricos, “el cual ni los iniciados sacerdotes [de Caldea] poseyeron”.
Se figuran los modernos orientalistas y profesores que la ciencia estaba en mantillas en tiempo de los astrónomos caldeos y egipcios. Según ello, Pânini, el más sabio gramático del mundo, desconocía el arte de escribir, y lo mismo les pasó al señor Buddha y a otros sabios de la India hasta el año 300 antes de Cristo. La más supina ignorancia reinaba en la edad de los rishis indos y aun en la de Tales, Pitágoras y Platón. Los teósofos deben de ser seguramente unos ignorantones supersticiosos cuando se atreven a hablar cual hablan ante tan erudita afirmación de lo contrario.
Parece, como si desde la creación del mundo sólo hubiera habido una época de positivo conocimiento: la época actual. En el nebuloso crepúsculo, en la grisácea aurora de la historia, se destacan las pálidas sombras de los antiguos sabios de universal renombre. Desesperanzados buscaban a tientas el exacto significado de sus propios Misterios, cuyo espíritu se desvaneció sin revelarse a los hierofantes, quedando latente en los espacios, hasta el advenimiento de los iniciados en la ciencia moderna y en los novísimos métodos de investigación. Tan sólo ahora refulge con meridiana luz el conocimiento para alumbrar a los “omniscientes” que bañándose en el rutilante sol de la inducción se entregan a la penelópica tarea de “forjar hipótesis” y proclamar altaneramente sus derechos al conocimiento universal. Desde este punto de vista, ¿cómo maravillarse de que las enseñanzas de los filósofos antiguos y muchas de las de sus inmediatos sucesores en los pasados siglos hayan carecido de valor para ellos y de utilidad para el mundo? Pues, como se ha expuesto repetidamente, en tanta palabrería, mientras los rishis y sabios de la Antigüedad llegaron muy lejos por los áridos campos del mito y de la superstición, los filósofos medievales y aun gran parte de los del siglo XVIII estuvieron más o menos aferrados a sus religiosas creencias en lo “sobrenatural”. Es verdad que se admite generalmente que algunos eruditos antiguos y medievales tales como Pitágoras, Platón, Paracelso y Roger Bacon, seguidos de gloriosa hueste, dejaron no pocos hitos en las preciosas minas de la filosofía e inexplorados filones de la ciencia física. Pero después, las efectivas excavaciones de ellas, la separación del oro y la plata y el tallado de las preciosas piedras que contienen, son todas debidas a la paciente labor de nuestros modernos hombres de ciencia. ¿Acaso el hasta entonces ignorante y alucinado mundo no debe al incomparable genio del moderno científico el conocimiento de la verdadera naturaleza del Kosmos, y del verdadero origen del universo y del hombre, revelado por las automáticas y mecánicas teorías de los físicos, de acuerdo con la estricta filosofía científica? Antes de nuestra culta época, la ciencia era tan sólo un nombre vano, y la filosofía una maraña de ilusiones si hemos de oír a las contemporáneas autoridades del saber académico para quienes el árbol de la sabiduría ha brotado en nuestros tiempos de entre la maleza de la superstición, como la policromada mariposa surge de una fea oruga, sin que nada debamos agradecer a nuestros antepasados. Los antiguos, a lo sumo, labraron y fertilizaron el campo; pero los modernos han sembrado la semilla del conocimiento y cultivado las agradables plantas de la negación escueta y del estéril agnosticismo.


Sin embargo, no es tal el punto de vista tomado por los teósofos, que repiten hoy lo dicho hace ya veinte años. No basta hablar de “los insostenibles conceptos de un pasado inculto” (2) ni del “lenguaje infantil” de los poetas védicos (3) ni de “los absurdos de los neoplatónicos” (4) o de la ignorancia de los sacerdotes iniciados en Caldea y asiria respecto de sus propios símbolos en comparación de lo que de ellos saben los orientalistas británicos (5). Todos estos asertos han de probarse por algo más que por las palabras de los citados eruditos. Porque la jactanciosa arrogancia no puede soterrar las canteras intelectuales de donde los modernos filósofos arrancaron sus doctrinas. A la imparcial posteridad le toca decir si muchos sabios europeos no alcanzaron fama y nombradía por haber plagiado las ideas de aquellos mismos filósofos antiguos de quienes tan atolondradamente se mofan. Así, no caerá fuera de propósito decir, según se expone en Isis sin Velo, que el desmedido amor propio y la obstinación de algunos orientalistas y filólogos de lenguas muertas preferiría dar al traste con sus facultades lógicas y racionales antes que conceder a los filósofos antiguos el conocimiento de algo ignorado por los modernos.
Como quiera que parte de esta obra trata de los Iniciados y de las enseñanzas ocultas que se les comunicaban durante la celebración de los Misterios, examinaremos en primer lugar las afirmaciones de quienes, a pesar de ser Platón iniciado, sostienen que en las obras del insigne filósofo no se descubre misticismo alguno. Muchos eruditos actuales en griego y sánscrito pueden aducir pruebas a favor de sus preconcebidas teorías basadas en personales prejuicios; pero olvidan, cuando más conviene recordarlo, no sólo las numerosas variaciones idiomáticas, sino también que el metafórico estilo que campea en las obras de los filósofos antiguos y el sigilo de los místicos tenían su razón de ser; que tanto los autores clásicos precristianos como los postcristianos, tenían (en su gran mayoría), la sagrada obligación de no divulgar los solemnes secretos que se les había comunicado en los templos. Esto sólo basta para extraviar a sus traductores y críticos profanos. Pero estos críticos no admiten dicha causa, según muy luego veremos.
Durante más de veintidós siglos convinieron todos los lectores de Platón en que, como los más de los conspicuos filósofos de Grecia, fue un iniciado y que, por la reserva a que le obligaba el Juramento de la Fraternidad, sólo podía hablar de ciertas cosas cubriéndolas con velos alegóricos. Ilimitada es la veneración que por los Misterios siente el gran filósofo; y sin rebozo confiesa que escribe “enigmáticamente” y le vemos poniendo exquisito cuidado en ocultar el verdadero significado de sus palabras. Cada vez que el asunto se roza con los grandes secretos de la Sabiduría Oriental (cosmogonía del universo, o el mundo ideal preexistente), sume Platón su filosofía en la más profunda oscuridad. Su Timoeus es tan confuso, que únicamente los iniciados pueden entenderlo. Según ya dije en Isis sin Velo (I, pág. 287-8, edición inglesa):

Las especulaciones que sobre la creación, o, mejor dicho, sobre la evolución de los hombres primitivos, hace Platón en el Banquete, y los ensayos sobre cosmogonía que aparecen en el Timoeus, han de entenderse alegóricamente para aceptarlos. Los neoplatónicos se aventuraron a dilucidar, en cuanto se lo permitía el teúrgico voto de silencio, el oculto significado subyacente en Timoeus, Crátilo, Parménides y otras trilogías y diálogos de Platón. Las principales características de estas enseñanzas de aparente incongruencia, son el dogma de la inmortalidad del alma y la doctrina pitagórica de que Dios es la Mente Universal, difundida por todas las cosas. La piedad de Platón y su respeto a los Misterios, son prueba suficiente de que mantuvo incólume y libre de indiscreciones el profundo sentido de responsabilidad, propio de todo adepto. En Fedro dice que “el hombre únicamente llega a ser perfecto, perfeccionándose en los Misterios perfectos”.
No tenía él reparo en lamentar que los Misterios no fuesen ya tan secretos como en un principio; y lejos de profanarlos, poniéndolos al alcance del vulgo, hubiera querido mantenerlos celosamente ocultos, excepto para los más fervientes y aventajados de sus discípulos (6). Aunque en cada página habla de los Dioses, no cabe dudar de su monoteísmo, porque con aquella palabra significa la clase de seres inmediatamente inferiores a la Divinidad y superiores al hombre. El mismo Josefo lo reconoció así a pesar de los naturales prejuicios de su raza. En su famosa diatriba contra Apión, dice el historiador judío: “Sin embargo, aquellos griegos que filosofaron de acuerdo con la verdad no ignoraban nada... ni dejaron de notar las frías superficialidades de las alegorías míticas, que por lo mismo justamente desdeñaron... De lo cual movido Platón, dice que no es necesario admitir a ninguno de los otros poetas en “la república”, y después de haber coronado y ungido a Homero, lo rechaza suavemente con objeto de que no destruyera con sus mitos, la ortodoxa creencia en un solo Dios”.

 

Éste es el “Dios” de todos los filósofos; el Dios infinito e impersonal. Todo esto y mucho más que no cabe citar aquí, nos conduce a la innegable certidumbre de que como toda ciencia y filosofía se hallaba en manos de los hierofantes del templo, debió Platón aprenderlas de su boca al ser iniciado por ellos; lo cual basta lógicamente para justificar las alegorías y “frases enigmáticas”, con que Platón veló en sus escritos las verdades que no debía divulgar.
Esto supuesto, ¿cómo se explica que el profesor Jowett, uno de los más sabios helenistas de Inglaterra, y moderno traductor de las obras de Platón, trate de demostrar que no se echa de ver en ellas, ni siquiera en el Timoeus, indicio alguno de misticismo oriental? A quienes hayan discernido el verdadero espíritu de la filosofía de Platón, difícilmente les convencerán los argumentos expuestos por el profesor del colegio Balliol. El Timoeus puede parecerle seguramente “oscuro y repulsivo”; pero también es cierto que esta oscuridad no se produce como Jowett dice, “en la infancia de las ciencias físicas”, sino más bien en sus días de sigilo, que no dimanó de la “confusión de las ideas teológicas, matemáticas y fisiológicas” ni “del afán de concebir el conjunto de la Naturaleza sin el adecuado conocimiento de las partes” (7). Porque precisamente las Matemáticas, y sobre todo la Geometría, eran el fundamento de las ocultas enseñanzas cosmogónicas y teológicas; y la ciencia actual está comprobando diariamente los conceptos fisiológicos de los sabios de la antigüedad, al menos para quienes saben leer y entender los libros esotéricos. El “conocimiento de las partes” nos importa poco si ha de sumirnos en mayor ignorancia del conjunto o sea de “la naturaleza y razón de lo Universal”, según llama Platón a la Divinidad, aumentando con ellos nuestra ceguera, a causa de nuestros jactanciosos métodos de inducción. Pudo carecer Platón de “inducción, o talento generalizador, en la moderna acepción de la palabra” (8), y pudo también ignorar la circulación de la sangre, la cual, se nos dice, “le fue absolutamente desconocida” (9); pero nada prueba que no supiese lo que es la sangre, y esto es más que cuanto en nuestros días pueda envanecer a ningún biólogo o fisiólogo.
Aunque el profesor Jowett reconoce en el “filósofo naturalista” muchísima mayor cultura que en los demás filósofos griegos, superan no obstante las censuras a los elogios que de él hace, según echaremos de ver en este pasaje, que demuestra claramente su prejuicio:

Poner los sentidos bajo el gobierno de la razón; hallar algún sendero en el caótico laberinto de las apariencias, ya la recta calzada de las matemáticas, ya otras menos derechas pero sugeridas por la analogía del hombre con el mundo y del mundo con el hombre; ver que todas las cosas derivan de una causa y propenden a un fin; tal es el espíritu del antiguo filósofo naturalista (10). Pero nosotros no podemos estimar las condiciones de conocimiento a que estaba sujeto, ni comparar las ideas que planeaban sobre su imaginación con las que aletean en nuestro ambiente. Porque está suspenso entre la materia y la mente, bajo el dominio de abstracciones; le impresionan casi a la ventura las exterioridades de la naturaleza; ve la luz, pero no los objetos iluminados; y yuxtapone cosas que a nosotros nos parecen diametralmente opuestas, porque no halla nada entre ellas.

La penúltima proposición desagradará ciertamente a los modernos “filósofos naturalistas” que procediendo antitéticamente ven los “objetos” pero no la luz de la Mente universal que los ilumina. El erudito profesor concluye deduciendo que los antiguos filósofos, que juzga por el Timoeus de Platón, seguían un método antifilosófico y aun irracional, según intenta probar en este pasaje:

Bruscamente pasa de las personas a las ideas y los números; y de las ideas y números a las personas (11); confunde el sujeto con el objeto, las causas primeras con las finales, y soñando en figuras geométricas (12), se pierde en un flujo del entendimiento. Y ahora necesitamos por nuestra parte un esfuerzo mental para comprender su doble lenguaje o para abarcar el neblino carácter del conocimiento y del genio de los antiguos filósofos que en tales condiciones [?] anticiparon en muchos casos la verdad como alentados por divinas potestades (13).

No sabemos si lo de “tales condiciones” significa ignorancia y estolidez mental en “el genio de los filósofos antiguos” o si supone otra cosa. Pero vemos perfectamente claro el significado de las frases subrayadas. Crea o no crea Jowett en el sentido oculto de las figuras geométricas y de la “jerga” esotérica, admite que hay “doble lenguaje” en los escritos de aquellos filósofos. En consecuencia ha de admitir un significado oculto con su necesaria interpretación. ¿Por qué, pues, se contradice tan abiertamente a las pocas páginas? ¿Y por qué ha de negar significado oculto en el Timoeus (el diálogo místico pitagórico por excelencia) para después tomarse el trabajo de convencer a sus lectores diciendo:

La influencia que el Timoeus ha ejercido en la posteridad se debe en parte a una equivocada comprensión.

La siguiente cita de su “introducción” se opone diametralmente a la anterior, pues dice así:

En la supuesta oscuridad de este diálogo hallaron los neoplatónicos ocultos significados y conexiones con las Escrituras hebreas y cristianas, por lo que muchos de ellos enseñaron doctrinas enteramente divorciadas del espíritu de Platón. Creyendo que estaba este filósofo inspirado por el Espíritu Santo o que había recibido su ciencia de Moisés (14), les pareció hallar en sus escritos las ideas de la Trinidad Cristiana, el Verbo, la Iglesia... y los neoplatónicos tenían un procedimiento de interpretación que de cualquier palabra les permitía inferir cualquier significado. Eran realmente incapaces de distinguir las opiniones de un filósofo de las de otro, ni las ideas serias de Platón de sus pasajeras fantasías (15)... [Pero] los modernos comentadores del Timoeus no corren riesgo alguno de caer en los absurdos neoplatónicos.

 

 

Claro está que no amaga tal peligro a los modernos comentadores, porque nunca poseyeron la clave de interpretación ocultista. Pero antes de decir ni una palabra en defensa de Platón y de los neoplatónicos, debemos preguntar respetuosamente al erudito profesor del colegio Balliol, qué sabe o puede saber del canon esotérico de interpretación. Por la palabra “canon” entendemos aquí la clave comunicada oralmente “de boca a oído” por el Maestro al discípulo, o por el hierofante al candidato a la iniciación; y esto desde tiempo inmemorial, a través de larga serie de épocas, durante las cuales fueron los Misterios internos (que no eran públicos), la más sagrada institución de cada país. Sin tal clave, no es posible interpretar acertadamente los Diálogos de Platón, ni escritura alguna sagrada, desde los Vedas a Homero y desde el Zend Avesta hasta los libros de Moisés. Así, pues, ¿cómo puede saber el doctor Jowett que fueron “absurdas” las interpretaciones dadas por los neoplatónicos a los diversos libros sagrados de las naciones? Además, ¿en dónde halló coyuntura para estudiar dichas “interpretaciones”? La historia demuestra que los Padres de la Iglesia y sus fanáticos catecúmenos, destruyeron cuantas de aquellas obras cayeron en sus manos. Impropio de un erudito es afirmar que sabios y genios como Amonio, cuya santidad de vida y caudal de erudición le valió el título de Tehodidaktos (enseñado por Dios); que hombres como Plotino, Porfirio y Proclo fuesen “incapaces de distinguir las opiniones de un filósofo de las de otro, ni entre las ideas formales de Platón y sus fantasías”. Valiera tanto decir que los más conspicuos filósofos, sabios y eruditos de Grecia y Roma fueron locos de remate y no menos los numerosos y algunos de ellos sapientísimos comentadores de la filosofía griega que no están de acuerdo con el docto Jowett. El tono de protección que campea en el pasaje citado anteriormente revela una ingenua presunción digna de nota aun en nuestra época de egolatría y mutuas alabanzas. Comparemos ahora las opiniones de Jowett con las de algunos otros eruditos.
Uno de los mejores platonistas del día, el profesor Alejandro Wilder, de Nueva York, dice respecto de Amonio Saccas, fundador de la escuela neoplatónica:

Su profunda intuición espiritual, su vasta erudición, su familiaridad con los Padres de la Iglesia, Panteno, Clemente y Atenágoras, y con los más notables filósofos de la época, le predisponían para la tarea que tan cumplidamente llevó a cabo (16). Logró atraer a su propósito a los más insignes sabios y hombres públicos del imperio romano, que no gustaban de malgastar el tiempo en sutilezas dialécticas y prácticas supersticiosas. Los frutos de su apostolado se echan de ver hoy día en todos los países cristianos; pues los más excelentes sistemas de doctrina llevan las huellas de sus plásticas manos. Todo sistema antiguo de filosofía ha tenido partidarios en los tiempos modernos; y aun el judaísmo... admitió algunas variaciones por influencia de Amonio... Él fue hombre de rara erudición, envidiables dotes, irreprensible vida y dulce trato. Su intuición casi sobrehumana y sus relevantes cualidades le aquistaron el sobrenombre de Theodidaktos; pero, a ejemplo de Pitágoras, sólo quiso llamarse modestamente Filaleteo o amante de la verdad (17).

¡Ojalá que los sabios modernos siguieran tan modestamente las huellas de sus insignes predecesores” Mucho ganaría la verdad con ello. Pero ¡no son filaleteos!
Además, sabemos que:

Como Orfeo, Pitágoras, Confucio, Sócrates y Jesús (18), nada escribió Amonio (19), sino que comunicó sus principales enseñanzas a discípulos convenientemente instruidos y disciplinados, exigiéndoles la obligación de sigilo como habían hecho Zoroastro y Pitágoras y sucedía en los Misterios. Excepto algunos tratados que nos dejaron sus discípulos, sólo conocemos las enseñanzas de Amonio por lo que de ellas dijeron sus adversarios (20).

Es probable que en las prejuiciosas afirmaciones de tales “adversarios”, se fundó el erudito traductor de Oxford de los Diálogos de Platón, para concluir diciendo que:

Los neoplatónicos no entendieron en modo alguno [?] lo que en Platón hay de verdaderamente grandioso y característico, a saber, sus intentos de conocer y relacionar las ideas abstractas.

Además, afirma algo desdeñosamente para los antiguos métodos de análisis intelectual, que:

En nuestros días... un filósofo antiguo debe ser interpretado partiendo de él mismo y de la historia contemporánea del pensamiento (21).

Esto equivale a decir que el antiguo canon griego de proporciones (si es que se encuentra), y la Atenea de Fidias, deben ser juzgados actualmente según la historia contemporánea de arquitectura y escultura, según el Albert Hall, el Memorial Monumento, y las horribles vírgenes de miriñaque que salpican la hermosa faz de Italia. El profesor Jowett advierte que “el misticismo no es la crítica”; pero tampoco es siempre la crítica una expresión de recto y sano juicio.

La critique est aisèe, mais l’art est difficile.

Y de este “arte” carece supinamente, con todo su helenismo, el crítico de los neoplatónicos, quien por otra parte no ha comprendido en verdad el verdadero espíritu místico de Pitágoras y Platón, puesto que niega hasta en el Timoeus, todo indicio de misticismo oriental, e intenta demostrar que la filosofía griega influyó en Oriente, olvidando que la verdad es que sucedió lo contrario; esto es, que en el alma de Platón arraigó profundamente “el penetrante espíritu orientalista” por la influencia de Pitágoras y por su propia iniciación en los Misterios.

Pero el dr. Jowett no lo ve así, ni está dispuesto a admitir que algo bueno, razonable y acorde con la “historia contemporánea del pensamiento” pudiera surgir de aquel Nazareth de los Misterios paganos; ni tampoco que en el Timoeus ni en ningún otro Diálogo haya nada susceptible de interpretación por un sentido oculto, sino que dice:

El llamado misticismo de Platón es puramente griego, y surge de sus imperfectos conocimientos (22) y elevadas aspiraciones, como propio de una época en que la filosofía no estaba completamente separada de la poesía y de la mitología (23).

Entre varias otras afirmaciones igualmente erróneas de Jowett, conviene rebatir dos: a) Que en los escritos de Platón no se nota elemento alguno de la filosofía oriental; y b) Que cualquier erudito moderno sin ser místico o cabalista, puede pretender juzgar del esoterismo antiguo. Para ello hemos de aducir testimonios más autorizados que el nuestro y oponer la opinión de otros profesores tan sabios, si no más, que el doctor Jowett, a fin de destruir los argumentos de éste.
Nadie negará que Platón fue ardiente admirador y fervoroso discípulo de Pitágoras. También es innegable, según asegura el Prof. Matter, que Platón había heredado por una parte las doctrinas de su maestro, y que por otra había adquirido su saber en la misma fuente que el filósofo de Samos (24). Y las doctrinas de Pitágoras son orientales y aun brahmánicas en sus fundamentos; porque este gran filósofo consideró siempre al lejano oriente como el manantial en donde bebió su sabiduría. Colebrooke demuestra que Platón confesó esto mismo en sus Epístolas, y dice que tomó sus enseñanzas “de antiguas y sagradas doctrinas” (25). Además, las ideas de Pitágoras y Platón ofrecen demasiadas coincidencias con los sistemas de la India y de Zoroastro, para que pueda caber duda de su procedencia a quien conozca estos sistemas. Por otra parte:

Panteno, Atenágoras y Clemente de Alejandría se aleccionaron por completo en la filosofía platónica, y echaron de ver su unidad esencial con los sistemas orientales (26).

La historia de Panteno y de sus coetáneos puede dar la clave de que en los Evangelios campee el espíritu platónico, y al mismo tiempo oriental, con mayor predominio que en las Escrituras hebreas.


SECCIÓN I
EXAMEN PRELIMINAR


Remontándonos desde nuestra edad a la cuarta Raza raíz, pueden señalarse siempre iniciados que poseyeron trascendentales facultades y conocimientos. Como la multiplicidad de asuntos que hemos de tratar impide la introducción de un capítulo histórico que sin embargo de su veracidad y exactitud repudiarían de antemano por blasfemo y quimérico la Iglesia y la Ciencia, esbozaremos tan sólo la cuestión. La Ciencia excluye a su capricho y talante docenas de nombres de héroes de la antigüedad, tan sólo porque en su historia hay rasgos míticos demasiado vigorosos; al par que la Iglesia insiste en que los patriarcas bíblicos son personajes históricos, y llama “históricos canales y agentes del Creador” a sus siete “Ángeles de las estrellas”. Ambas tienen razón, puesto que cada cual cuenta con numerosos partidarios. La humanidad es, a lo sumo, un triste rebaño panúrgico que ciegamente sigue el pastor que la conduce en determinado momento. La humanidad, al menos en mayoría, no gusta de pensar por sí misma; y toma por insulto la menor invitación a salir, ni un instante siquiera, de los caminos trillados, para entrar por su pie en nuevos senderos de distinto rumbo. Dadle a resolver un problema grave, y si sus matemáticos no gustan de estudiarlo, el vulgo familiarizado con las Matemáticas quedará con la vista fija en la cantidad desconocida, y al enmarañarse entre las x y las y volverá la espalda, tratando de hacer pedazos al importuno perturbador de su nirvana mental. Esto no entra por mucho en el fácil éxito que la Iglesia romana logra en la conversión de los numerosos protestantes y librepensadores nominales que jamás se tomaron la molestia de pensar por sí mismos acerca de los más importantes y pavorosos problemas concernientes a la interna naturaleza del hombre.
Débiles en verdad serían nuestros esfuerzos si desdeñáramos la evidencia de los hechos, el testimonio de la historia y los continuos anatemas de la Iglesia contra la “magia negra” y los magos de la maldita raza de Caín. Cuando por tiempo de dos milenios una institución humana no ha cesado de levantar su voz contra la magia negra, no puede caber duda alguna de su existencia; pero forzoso es admitir también la magia blanca en oposición y antítesis, de la misma manera que la moneda falsa supone necesariamente la legítima. La naturaleza es dual en todas sus obras, y la eclesiástica persecución contra la magia negra debiera haber abierto los ojos de las gentes hace muchos años. Aunque muchos viajeros se han apresurado a falsear los hechos relativos a las extraordinarias facultades de que están dotados ciertos hombres de países “paganos”, y a pesar del afán de inferir erróneas consecuencias de semejantes hechos, llamando –usando un viejo proverbio- “al cisne blanco ganso negro”, tenemos el testimonio de los misioneros católicos que los atestiguan, aunque los atribuyan colectivamente a ciertos motivos; y no porque ellos prefieran ver obra satánica en las manifestaciones de cierta clase, la evidencia y existencia de esos poderes puede ser desechada. Así los misioneros que han residido largos años en China, y estudiaron atentamente cuantos hechos y creencias disputaban por impedimento a la acción de su apostolado, y que se familiarizaron no tan sólo con la religión oficial, sino también con las diversas sectas del país, admiten unánimemente la existencia de hombres extraordinarios con quienes nadie puede tratar, excepto el Emperador y ciertos magnates de la corte. Hace algunos años, antes de la guerra tonkinesa, el arzobispo de Pekín [Peiping], en nombre de algunos centenares de misioneros y fieles, comunicó a Roma el mismo informe que sus antecesores dieran veinticinco años antes y que circuló profusamente por la prensa clerical. A su entender habían sondeado el misterioso motivo de ciertas diputaciones oficiales, que al arreciar el peligro envió el Emperador a sus Sheu y Kiuay, como los llama el vulgo. Según el informe arzobispal, los Sheu y Kiuay eran los genios de las montañas, dotados de los más milagrosos poderes, a quienes el vulgo “ignorante” consideraba como protectores de China, y los santos y “sabios” misioneros, como encarnación del poder satánico.

Los Sheu y Kiuay son hombres que se hallaron en un estado de existencia distinto del de los hombres ordinarios, y del que tuvieron en sus cuerpos. Son espíritus desencarnados, espectros y larvas que, sin embargo, viven con objetiva forma en la tierra, y habitan en las asperezas de montañas, inaccesibles a todo aquel que de ellos no obtiene permiso para visitarlos (1).

En el Tíbet ciertos ascetas son llamados también Lha (espíritu) por aquellos que no disfrutan de su trato. Los Sheu y Kiuay que tanta consideración merecen al Emperador y filósofos, así como a los confucianos que no creen en espíritus, son sencillamente Lohanes o adeptos que viven en solitarios retiros.
Mas parece como si (según se cree en el Tíbet) la naturaleza se hubiera confabulado con la tradicional reserva de los chinos, contra la profana curiosidad de los europeos. El famoso viajero Marco Polo, ha sido tal vez el que más se internó en estos países. Repetiremos ahora lo que de él dijimos en 1876.

El desierto de Gobi, y, de hecho, el área total de la Tartaria independiente y el Tíbet está cuidadosamente resguardado de extrañas incursiones. Aquellos a quienes se les consiente atravesarlo, están bajo el especial cuidado y guía de ciertos agentes de la suprema autoridad del país, comprometiéndose a no decir nada referente a los sitios y personas al mundo exterior. A no ser por esa restricción, muchos podrían aportar a estas páginas, interesantes relatos de exploraciones, aventuras y descubrimientos. Tarde o temprano llegará el día en que, para mortificación de nuestra moderna vanidad, la telárgica arena del desierto revele los secretos durante tanto tiempo soterrados.
Dice Marco Polo el intrépido viajero del siglo XIII: “Los naturales de Pashai (2) son muy dados a la hechicería y artes diabólicas”. Y su erudito editor, añade: “Este Pashai o Udyana, era la comarca nativa de Padma Sambhava, uno de los principales apóstoles del lamaísmo, o se el budismo tibetano, peritísimo en el arte de encantamiento. Las doctrinas de Sakya, que en tiempos antiguos prevalecieron en Udyana, se entreveraron vigorosamente de magia siváitica, y los tibetanos consideran todavía aquella población como la tierra clásica de la brujería y el hechizo”.
Los “tiempos antiguos” son exactamente iguales a los “tiempos modernos”. Nada ha cambiado en lo tocante a magia, sino que hoy es todavía más esotérica y está más oculta, pues las precauciones de los adeptos crecen en directa proporción a la curiosidad de los viajeros. Hiouen-Thsang dice que los habitantes del país: “Los hombres... son aficionados al estudio, aunque no lo prosigan con ardor. La ciencia de las fórmulas mágicas ha llegado a ser para ellos una profesión (3). No contradeciremos en este punto al venerable peregrino chino, y aun queremos admitir que en el siglo VII,, en ciertos pueblos, fuese la magia una “profesión” como también puede serlo hoy día; pero seguramente que no lo fue, ni lo es, entre los verdaderos adeptos. Además, en aquel siglo, apenas había penetrado el buddhismo en el Tíbet, y sus gentes habían caído en las hechicerías del Bhon, o sea la religión anterior al lamaísmo. El piadoso y valiente Hiouen-Thsang, que cien veces arriesgó la vida para tener la dicha de percibir la sombra de Buddha en la gruta de Peshawar, no podía acusar de “profesionales de la magia” a los lamas y monjes taumaturgos que se la hacían ver a los viajeros. Siempre debió acordarse Hiouen-Thsang del mandato implícito en la respuesta que Gautama dio a su protector el rey Prasenajit, quien le conjuraba a obrar milagros. “Gran rey”, -respondió Gautama-, “yo no enseño la Ley a mis discípulos diciéndoles: sed santos a la vista de los brahmanes y ciudadanos y con vuestros sobrenaturales poderes obrad prodigios que hombre alguno pueda obrar; sino que cuando les enseño la Ley, les digo: vivid santamente, ocultad vuestras buenas obras, y mostrad vuestros pecados”.
Fascinado el coronel Yule por los relatos de fenómenos mágicos que hicieran los viajeros que los habían presenciado en la Tartaria y el Tíbet, dedujo que los naturales del país debían haber dispuesto de “toda la moderna enciclopedia espiritista”. Duhalde menciona entre estas hechicerías el arte de producir en el aire, mediante invocaciones, la figura del filósofo chino Lao-Tse, y las de las divinidades, así como hacer que un lápiz escribiera las respuestas a ciertas preguntas sin que nadie lo tocara (4).
Dichas invocaciones, corresponden a los misterios religiosos de los templos, y estaban rigurosamente prohibidas, considerándose como nigromancia y hechicería cuando se profanaban con propósito de lucro. El arte de hacer que un lápiz escriba sin manejo visible, se conocía ya en China antes de la era cristiana, y es el abecé de la magia de aquellos países.
Cuando Hiouen-Thsang quiso adorar la sombra de Buddha, no recurrió a “magos de profesión”, sino al poder invocativo de su propia alma; al poder de la plegaria, de la fe y de la contemplación. Tdo estaba lúgubremente oscuro en los alrededores de la cueva en donde varias veces se había operado ya el prodigio. Hiouen-Thsang entró, empezó sus devociones, y como llevara ya recitados cien laudes sin ver ni oír cosa alguna, creyóse demasiado pecador y se desesperó con amargos lamentos. Pero cuando ya estaba a punto de abandonar toda esperanza, percibió en la pared oriental de la cueva una débil luz que se desvaneció muy luego. Renovó entonces sus plegarias henchido ya de esperanza, y otra vez vio brillar y desaparecer la luz, por lo que hizo voto solemne de no salir de la gruta hasta ver la sombre del “Venerable de la Edad”. Algún tiempo hubo de esperar para ello, porque sólo al cabo de doscientas preces quedó la gruta repentinamente “inundada de luz, y la refulgente sombra de Buddha apareció majestuosamente, como cuando se desgarran de súbito las nubes, dejando ver la maravillosa imagen de la “Montaña de Luz”. Rutilante y esplendorosa claridad iluminaba el divino semblante. Hiouen-Thsang, arrobado de admiración, no apartaba la vista de aquel espectáculo incomparablemente sublime”. Hiouen-Thsang añade en su diario See-yu-kee: que sólo cuando el hombre ora con fe sincera y recibe de lo alto indefinible emoción, es capaz de ver claramente la sombra, aunque no pueda disfrutar por mucho rato de la visión (Max Müller, Buddhist Pilgrims).
De uno a otro extremo está el país lleno de místicos, filósofos, religiosos, santos, buddhistas y magos. Es unánime la creencia en un mundo espiritual, poblado de seres invisible, que en determinadas ocasiones se aparecen objetivamente a los mortales. Dice J:J: Schmidt: “Según creencia de las naciones del Asia Central, la tierra y su interior, así como la circundante atmósfera, están llenas de seres espirituales que ejercen ya benéfica, ya maléfica influencia, en el conjunto de la naturaleza orgánica e inorgánica... Especialmente hay desiertos, y otros parajes agrestes y deshabitados, en que las influencias de la naturaleza se despliegan con terrible y gigantesca escala, pues son residencia predilecta o lugar de cita de espíritus malignos; y por ello las estepas del Turán, y en particular el gran desierto de Gobi, fueron tenido desde tiempo inmemorial por morada de seres maléficos”.
Los tesoros descubiertos por el doctor Schliemann en Micena, han despertado la codicia pública y muchos especuladores aventureros se sintieron atraídos hacia los lugares donde en criptas o grutas, debajo de la arena o en yacimientos de aluvión, suponían enterradas las riquezas de pueblos antiguos. De ningún otro país, ni aun del Perú, hay tantas tradiciones como respecto del desierto de Gobi. En la Tartaria Independiente, hoy árido mar de movediza arena, asentóse, si no engañan los informes, uno de los más poderosos Imperios que haya conocido el mundo. Dícese que bajo la superficie yace tal riqueza de oro, joyas, estatuas, armas, utensilios y cuanto supone civilización, lujo y arte exquisito, que ninguna ciudad del occidente cristiano podría igualarla. Las arenas del Gobi se trasladan regularmente de Este a Oeste, impelidas por las impetuosas galernas que soplan sin cesar. De cuando en cuando queda al descubierto algún tesoro; mas ningún indígena osa tocarlo, porque la religión entera está bajo el dominio de un potente hechizo. Pena de muerte tendría quien tal osara. Los Bahti, horribles pero fidelísimos gnomos, celan los ocultos tesoros de aquel pueblo prehistórico, en espera del día en que la revolución cíclica de los tiempos resucite su memoria para enseñanza de la humanidad (5).

Adrede hemos citado los anteriores párrafos de Isis sin Velo para avivar los recuerdos del lector. Precisamente acaba de transcurrir uno de los períodos cíclicos; y no hemos de esperar el término del Mahâ Kalpa para que se nos revele parte de la historia del misterioso desierto, a despecho de los Bahti, y de los no menos “horribles” Râkshasas de la India. En lo cuatro tomos anteriores de esta obra no hemos explicado cuentos ni ficciones, a pesar del desorden de exposición que la autora no tiene reparo en confesar, libre como está de toda vanidad.
Es opinión generalmente admitida hoy día, que desde tiempo inmemorial fue el lejano Oriente, y sobre todo la India, tierra clásica de la erudición y la sabiduría. No obstante, se negó por mucho tiempo que las artes y ciencias hubieran nacido en la tierra de los arios. Desde la Arquitectura hasta el Zodíaco, toda ciencia digna de este nombre se supuso inventada por los misteriosos yavanas griegos, según opinan aún algunos orientalistas. Por lo tanto, lógico es que también se le haya negado a la India hasta el conocimiento de las ciencias ocultas, fundándose en que en éste, se conoce menos que en cualquier otro pueblo antiguo, su práctica general. Esto es así, sencillamente porque:

Entre los indos era y aún es la magia más esotérica, si cabe, que entre los sacerdotes egipcios. Tan por sagrada la tenían, que sólo la practicaban en casos de necesidad pública, y por ello las gentes no estaban muy seguras de que existiese. Era mucho más que una materia de religión; pues se la consideraba (y todavía se la considera) divina. Los hierofantes egipcios, a pesar de su pura y severa moralidad, no podían compararse con los ascéticos gimnósofos, en cuanto a santidad de vida y taumatúrgicas facultades en ellos desarrolladas por su sobrenatural renuncia a todo lo terreno. Quienes cercanamente los conocían, los reverenciaban en mucho mayor grado que a los magos de Caldea. “Se negaban la más mínima comodidad de vida y moraban en la eremítica soledad de las selvas” (6), mientras que sus hermanos egipcios al menos vivían en comunidad. No obstante el estigma con que se señala a magos y adivinos, la historia ha reconocido que poseían muy valiosos secretos de medicina y eran insuperablemente hábiles en su ejercicio. Se conservan numerosos libros de mahatmas indos, que dan prueba de su saber. A los eruditos escrupulosos, les parecerá simple especulación afirmar que los gimnósofos fueron los verdaderos fundadores de la magia en India, o que recibieron sus prácticas, en herencia, de los primitivos Rishis (7) (los siete sabios primievales) (8).

Sin embargo, hemos de intentarlo. Todo cuanto acerca de Magia se dijo en Isis sin Velo, fue expuesto a modo de indicación; y como la materia tuvo que diluirse sin ordenamiento en dos grandes volúmenes, perdió para el lector mucha parte de su importancia. Pero aquellas indicaciones tendrán ahora mayor amplitud. Nunca será ocioso repetir que la Magia es tan antigua como el hombre. Ya no es posible llamarlo por más tiempo charlatanería o alucinación, desde que a sus ramas menores, tales como el mesmerismo, ahora llamado “hipnotismo”, la “sugestión”, “lectura del pensamiento”, y demás nombres usados para evitar el verdadero, son seriamente estudiadas por los más famosos físicos y biólogos de Europa y América. La magia está indisolublemente ligada con la religión de cada país y es inseparable de su origen. La Historia no puede citar tiempo alguno en que fuese desconocida la magia, ni fijar la época en que empezó a conocerse, a menos de recurrir a las doctrinas preservadas por los iniciados. Tampoco la ciencia resolverá el problema del origen del hombre, mientras rechace la evidencia de los antiquísimos archivos del mundo, y repugne recibir de los legítimos guardianes de los misterios de la Naturaleza, la clave del simbolismo universal. Siempre que un autor trató de relacionar el origen de la magia con determinado país o tal o cual suceso histórico, vinieron nuevas indagaciones a destruir el fundamento de sus hipótesis. Sobre este punto, se contradicen lastimosamente los mitólogos. Algunos atribuyen al sacerdote y rey escandinavo Odín, el origen de la magia hacia el año 70 antes de J. C., sin tener en cuenta que de ella habla repetidamente la Biblia. Probado que los misteriosos ritos de las sacerdotisas Valas precedieron de mucho a la época de Odín (9), volviéronse los mitólogos hacia Zoroastro, considerándole como el fundador de los ritos mágicos; pero Amiano Marcelino, Plinio y Arnobio, con otros historiadores antiguos, han indicado que Zoroastro fue tan sólo un reformador (10).
Así pues, los que nada quieren saber de ocultismo ni de espiritismo, tachándolos de absurdos e indignos de examen científico, no tienen derecho a decir que han estudiado a los antiguos o que los hayan entendido por completo, si acaso los estudiaron. Tan sólo quienes se creen más sabios que sus contemporáneos, los que presumen conocer cuanto conocieron los antiguos, y saber hoy mucho más, se arrogan autoridad para burlarse de lo que llaman necias supersticiones de otros tiempos. Estos son los que se engríen de haber descubierto un gran secreto al afirmar que el vacío sarcófago real, ahora vacío de su monarca iniciado, fue una medida de capacidad, y la pirámide que lo encierra un granero, ¡tal vez una bodega! (11). La sociedad moderna llama charlatanería a la magia, por la simple afirmación de algunos científicos; pero hay actualmente ochocientos millones de personas que creen en ella; y más de veinte millones de hombres y mujeres, de sano juicio y no vulgar entendimiento, que creen en la magia con el nombre de espiritismo. En ella creyeron los sabios, filósofos y profetas del mundo antiguo. ¿Dónde está el país en que no fuera practicada? ¿En qué época ha desaparecido, en nuestra propia nación? Tanto en el viejo como en el nuevo continente (el primero mucho más joven que el segundo) la ciencia de las ciencias fue conocida y practicada, desde tiempos remotísimos. Los mejicanos tenían sus iniciados, magos, sacerdotes, hierofantes y criptas de iniciación. Se han exhumado en Méjico dos estatuas precolombianas, una de las cuales representa a un adepto mejicano en la postura ritualística de los ascetas indos, y la otra a una sacerdotisa azteca con la cabeza adornada exactamente como las diosas de la India. Por otra parte, las "medallas guatemaltecas" ostentan el "Árbol del Conocimiento” (con sus centenares de ojos y orejas, simbólicos de la vista y oído) rodeados por la “Serpiente de la Sabiduría” en actitud de susurrar al oído del ave sagrada. Bernardo Díaz de Castilla, oficial de Hernán Cortés, da alguna idea del exquisito refinamiento, de la viva inteligencia y potente civilización, así como de las artes mágicas, del pueblo que los españoles sometieron. Sus pirámides son como las egipcias, construidas según las mismas secretas reglas de proporción, denotando que la civilización y sistema religioso de los aztecas se deriva, en más de un aspecto, de la misma fuente que el de los egipcios y de sus antecesores los indos. En los tres pueblos se cultivaron en sumo grado los arcanos de la magia, o filosofía natural. Porque natural, y no sobrenatural, era todo lo concerniente a ella; y así lo consideraron muy acertadamente los an6tiguos, según demuestra lo que Luciano afirma de Demócrito, el “filósofo burlón”, diciendo:

No creía [en milagros]... pero se aplicó a descubrir el procedimiento por el cual los taumaturgos los operan; en una palabra, su filosofía le llevó a deducir que la magia se limitaba a imitar y aplicar las leyes operantes en la naturaleza.

¿Quién podrá calificar, pues, de “superstición” a la magia de los antiguos?

[Sobre este particular] la opinión del [Demócrito] “filósofo burlón” tiene mucha importancia, pues fueron sus maestros los magos que Jerjes dejó en Abdera; y además durante largo tiempo habían aprendido magia de los sacerdotes egipcios (12). Por espacio de noventa años, de los ciento nueve de su vida, hizo experimentos este gran filósofo, anotando sus comprobaciones en un libro que según Petronio trataba de la naturaleza (13). Y aunque no creía y rechazaba los milagros, afirmaba que aquellos autenticados por testigos oculares, habían y podían haber tenido lugar, puesto que todos, aun los más portentosos, eran efecto de las “ocultas leyes de la naturaleza” (14)... Añádase a esto que Grecia, “última cuna de las ciencias y las artes”, y la India, semillero de religiones, fueron, y ésta lo es todavía, muy aficionadas al estudio y práctica de la magia: y ¿quién podrá aventurarse a considerarla indigna de estudio ni a negarle honores de ciencia? (15).

Ningún verdadero teósofo hará nunca tal, porque como miembro de nuestra gran corporación orientalista, sabe indudablemente que la Doctrina Secreta de Oriente contiene el alfa y el omega de la ciencia universal; que en sus enigmáticos textos, bajo el frondoso y a veces demasiado exuberante desarrollo del simbolismo alegórico, yacen ocultas la piedra angular y la clave de bóveda de toda antigua y moderna sabiduría. Esa Piedra, traída por el Divino Arquitecto, es la que hoy rechaza el en demasía humanizado operario; porque en su letal materialismo, ha perdido todo recuerdo no sólo de su santa infancia, sino también de su adolescencia, de cuando era él mismo uno de los constructores; y cuando “las estrellas matutinas cantaban a coro y los Hijos de Dios se henchían de júbilo” después de dar las medidas para los cimientos de la tierra, según dijo en poético lenguaje, de significación profunda, el patriarca Job, el iniciado árabe. Pero aquellos que todavía son capaces de dar sitio en su Yo interior al Divino Rayo, y que por lo tanto aceptan con humilde fe los datos de las ciencias ocultas, saben perfectamente que en esa Piedra está encerrado el absoluto filosófico, que es la clave de los oscuros problemas de la Vida y de la Muerte, algunos de los cuales se explican, hasta cierto punto, en esta obra.
La autora conoce de sobra las enormes dificultades que ofrece la exposición de tan abstrusas cuestiones, y los riesgos de la tarea. A pesar de que es un insulto a la naturaleza humana motejar de impostura a la verdad, vemos cómo tal se hace y acepta diariamente; pues toda verdad oculta ha de sufrir negación, y sus defensores martirio, antes de lograr el general asenso; y aun entonces suele ser

Corona de espinas, con apariencia de guirnalda de oro.

Las verdades subyacentes en los misterios ocultos serán imposturas para mil lectores, y uno tan sólo podrá estimarlas en su valor. Esto es muy natural, y el único medio de evitarlo, sería que todo ocultista se comprometiese a observar el “voto de silencio” de los pitagóricos, y renovarlo cada cinco años; pues de otro modo la sociedad llamada culta (cuyos dos tercios se consideran obligados a creer que, desde la aparición del primer adepto, medio mundo engaña al otro medio) afirmaría su hereditario y tradicional derecho de apedrear al intruso. Aquellos críticos benévolos, que con mayor viveza promulgan el ya famoso axioma de Carlyle cuando dijo de sus compatriotas que “en su mayoría estaban locos”, pero que toman la precaución de incluirse en las afortunadas excepciones de esta regla, derivarán de la presente obra un más firme convencimiento del triste hecho de que la raza humana está compuesta de bribones e idiotas de nacimiento. Pero esto poco importa. La reivindicación de los ocultistas y de su ciencia Arcaica se está preparando lenta y firmemente en el corazón de la sociedad, hora por hora, día por día, año por año, en forma de dos ramas monstruosas, dos brotes descarriados del tronco de la Magia: el espiritismo y la iglesia romana. Los hechos se abren camino a menudo entre las ficciones. Las varias modalidades del error, constriñen cual enorme boa al género humano, intentando ahogar con sus terribles anillos toda aspiración a la verdad y toda ansia de luz. Pero el error sólo tiene superficial potencia; porque la Naturaleza oculta circuye el globo entero en todos sentidos, sin excepción de un solo punto. Y sea por fenómenos o por milagros, por cebo de espíritu o por báculo episcopal, el ocultismo triunfará antes de que nuestra era alcance el “triple septenario de Shani (Saturno)” del ciclo occidental, en Europa; o sea antes de terminar el siglo XXI.
Verdaderamente, el barbecho del remoto pasado no está muerto; tan sólo reposa. El esqueleto de los sagrados robles druídicos aun puede retoñar de sus secas ramas y renacer a nueva vida, como brotó “hermosa cosecha” del puñado de trigo hallado en el sarcófago de una momia cuatrimilenaria. ¿Y por qué no? La verdad es mucho más extraordinaria que la ficción. Cualquier día puede vindicarse inopinadamente y humillar la arrogante presunción de nuestra época, probando que la Fraternidad Secreta no se extinguió con los filaleteos de la última escuela ecléctica; que todavía florece la Gnosis en la tierra, y que son muchos sus discípulos, aunque permanezcan ignorados. Todo esto puede llevarlo a cabo uno, o varios de los grandes Maestros que visitan a Europa, poniendo en evidencia a su vez a los presuntuosos difamadores y detractores de la Magia. Varios autores de nota han mencionado tales Fraternidades Secretas y de ellas se habla en la Real Enciclopedia Masónica, de Mackenzie. Así pues, ante los millones de gentes que niegan, la autora no puede por menos de repetir lo que ya dijo en Isis sin Velo:

Los “adeptos” han podido ocultarse con mucha mayor facilidad, por cuanto la opinión general los mira [a los iniciados] como ficciones de novela...
Los Saint-Germain y Cagliostros de este siglo siguen otra táctica, aleccionados por los sarcasmos y persecuciones de pasadas épocas (16).

Estas proféticas palabras se escribieron en 1876 y se comprobaron en 1886. Aún podemos añadir sin embargo:

Hay muchas de estas místicas Fraternidades que nada tienen que ver con los países “civilizados”. En sus ignoradas comunidades se ocultan las reliquias del pasado. Estos “adeptos” podrían, si quisieran, reivindicar una maravillosa serie de antepasados y presentar documentos justificativos que aclararían muchas páginas oscuras tanto de la historia sagrada como de la profana (17). Si los Padres de la Iglesia hubiesen tenido la llave de los escritos hieráticos y conocido el secreto de los simbolismos egipcios e indos, no hubieran dejado sin mutilar ni un solo monumento de la antigüedad (18).

Pero hay en el mundo otra categoría de adeptos, pertenecientes asimismo a una fraternidad, y más poderosos que ninguno de los que conocen los profanos. Muchos de ellos son personalmente buenos y benévolos, y aun santos y puros en ocasiones; pero como colectivamente persiguen, sin descanso y con resuelto propósito, un fin particular y egoísta, deben ser clasificados entre los adeptos del negro arte. Estos son los monjes y clérigos católicos romanos, que, desde la Edad Media, descifraron la mayor parte de los escritos hieráticos y simbólicos. Son mucho más eruditos que jamás lo serán los orientalistas en simbología secreta y religiones antiguas; y como personificación de la astucia y de la maña, cada uno de tales adeptos retiene fuertemente la clave en sus cerradas manos, y cuida de que no se divulguen los secretos mientras puede impedirlo. Hay en Roma y por toda Europa y América, cabalistas mucho más profundos de lo que pudiera imaginarse. De modo que las públicas “hermandades” de adeptos “negros”, entrañan para los países protestantes mayor peligro, por su gran poder, que una hueste de ocultistas orientales. ¡Y las gentes se ríen de la magia! ¡Y los fisiólogos y biólogos escarnecen su poder, y aun la creencia en lo que el vulgo llama “hechicería” y “magia negra”! Los arqueólogos tienen en Inglaterra su Stonehenge con millares de secretos, y sus gemelos Karnac de Bretaña, y sin embargo, ninguno de ellos sospecha lo que ha sucedido en sus criptas, y en sus misteriosos rincones, durante el pasado siglo. Ni siquiera conocen las “salas mágicas” de Stonehenge, en donde ocurren curiosas escenas, cuando hay un nuevo converso en perspectiva. En la Salpêtrière se han hecho, y se están haciendo cada día, centenares de experimentos, sin contar los que privadamente realizan hábiles hipnotizadores. Está probado que al volver a su estado normal, los sujetos olvidan completamente cuanto hallándose ellos hipnotizados les ordenó ejecutar el hipnotizador, desde el acto sencillísimo de beberse un vaso de agua hasta el asesinato simulado, que es a lo que la ciencia llama ahora “actos sugeridos”. Sin embargo, el acto que se le ordenó, sea cual sea y cualquiera que fuese el período fijado por el hipnotizador a cuya voluntad está sometida la persona (que por ello se llama sujeto), como pájaro fascinado que al fin cae en las fauces de la serpiente que lo fascina; o peor aún, pues el pájaro conoce el peligro y lo resiste aunque sin poder vencerlo, mientras que el hipnotizado lejos de rebelarse parece seguir su propia y libérrima voluntad. ¿Qué sabio europeo de los que creen en semejantes experimentos científicos (y pocos son los que no estén ya convencidos de su realidad), dirá que son de magia negra? Sin embargo, en esto consistió la genuina e innegable hechicería y fascinación de los antiguos. No de otro modo proceden los Mûlukurumbas de Nîlgiri en sus hechizos cuando se proponen aniquilar a un enemigo; y los dugpas de Sikkim y Bhûtan no disponen de otro agente más poderoso que su voluntad. En ellos, esa voluntad no es de caprichosos tanteos y vagos impulsos, sino certero propósito y seguro resultado, independiente de la mayor o menor receptividad y emotividad nerviosa del “sujeto”. Escogida la víctima y puesto en relación con ella, el fluido del dugpa produce infalible efecto, porque su voluntad está inmensamente más vigorizada que la del hipnotizador europeo (brujo inconsciente con propósitos científicos), quien no tiene idea (ni cree por lo tanto) de la potente multiplicidad de métodos empleados en el mundo antiguo por los magos negros conscientes, de Oriente y Occidente, para desarrollar esta facultad.
Y ahora cabe preguntar abierta y escuetamente: ¿Por qué los fanáticos y celosos sacerdotes, ansiosos de convertir a gente rica e influyente, no habrían de emplear para ello los mismos procedimientos que con sus sujetos los hipnotizadores franceses? La conciencia del sacerdote católico queda probablemente tranquila con ello, porque no trabaja personalmente con fines egoístas, sino con el objeto de “salvar un alma” de la “eterna condenación”. A su parecer, si en ello hay magia, es santa, meritoria y divina. A tanto alcanza la fuerza de la fe ciega.
De aquí que cuando respetables personas de elevada posición social e irreprensible conducta y fidedigna veracidad, nos han asegurado que hay muy bien organizadas sociedades de sacerdotes católicos, que con pretexto de espiritismo y mediumnidad celebran sesiones con el fin de convertir a determinadas personas por sugestión, ya directa, ya a distancia, respondemos: Lo sabemos. Y cuando además se nos informa de que cuando los sacerdotes hipnotistas desean cobrar ascendiente sobre algún individuo cuya conversión les interesa, se retiran a un subterráneo, destinado especialmente a esto, es decir, a ceremonias mágicas, y puestos en círculo lanzan las combinadas fuerzas de su voluntad hacia la persona elegida, y repitiendo el procedimiento acaban por subyugar a su víctima; respondemos de nuevo muy probablemente: En efecto, sabemos que tales son las ceremonias de hechicería, ya se practiquen en Stonehenge, ya en otra parte. Lo sabemos por experiencia personal; y también porque varios de los mejores amigos queridos nuestros ingresaron en el “benigno” seno de la iglesia romana, atraídos por semejantes medios. Así es que podemos dejar de reírnos compasivamente de la ignorancia y terquedad de los ilusos experimentadores, que por una parte creen en el poder hipnótico de Charcot y sus discípulos para “hechizar”, y por otra sonríen desdeñosamente cuando se les habla de los poderes de la magia negra. El abate cabalista Eliphas Levi, fallecido antes de que la ciencia y la Facultad de Medicina de Francia aceptaran el hipnotismo y la influencia por sugestión entre sus experimentos científicos, decía lo siguiente, hace veinticinco años, acerca de “Los Hechizos y Sortilegios” en su Dogma y Ritual de la Magia Superior:

Lo que ante todo buscaban los hechiceros y nigromantes al evocar el espíritu del mal, era ese magnético poder, cualidad normal del verdadero adepto, que deseaban alcanzar para siniestros fines... Una de sus mayores ansias era el poder de hechizo, o sea el de ejercer las deletéreas influencias, que cabe comparar a verdaderas ponzoñas transmitidas por una corriente de luz astral. Mediante ciertas ceremonias exaltaban su voluntad hasta el punto de hacerla venenosa a distancia...
...Dijimos en nuestro “Dogma” lo que opinábamos acerca de los hechizos mágicos, y cómo este poder era indudablemente real y de sumo peligro. El verdadero mago hechiza sin ceremonia alguna, por su sola desaprobación, a aquellos cuya conducta no le satisface o a quienes cree merecedores de castigo (19). Aun al perdonar a los que le han injuriado, los hechiza, y los enemigos de los adeptos no quedan por mucho tiempo impunes. Ejemplos hemos visto de los infalibles efectos de esta ley. Siempre perecieron miserablemente los verdugos de los mártires; y los adeptos son mártires de la inteligencia. La providencia [Karma], parece despreciar a quienes los desprecian, y sentencia a muerte a los que intentan quitarles la vida. La leyenda del Judío errante, es la poetización popular de este arcano. Un pueblo crucificó a un sabio, y este pueblo oye la voz de ¡anda! Como imperativo mandato, cada vez que intenta reposar un momento. Este pueblo queda sujeto desde entonces a tal condena; queda enteramente proscrito y escucha siglo tras siglo el grito de ¡anda!, ¡anda!, sin jamás hallar piedad ni descanso (20).

Tal vez se replique diciendo que todo esto son “fábulas supersticiosas”. Sea así. Ante el letal aliento de indiferencia y egoísmo que planea sobre la tierra, todo hecho molesto se convierte en ficción insignificante, y las ramas del en otro tiempo verdeciente Árbol de la Verdad se marchitan y pierden la espiritual lozanía de su primitivo concepto. Los simbologistas modernos sólo son agudos al ver emblemas sexuales de adoración fálica aun en lo que nunca tuvo tal significado; mas para el verdadero estudiante de ciencias ocultas, la magia blanca o divina no puede existir en la Naturaleza sin el contrapeso de la negra, como no hay días sin noches, ya sean de doce horas o de seis meses de duración. Para él todo en la Naturaleza tiene algo oculto, un aspecto luciente y otro tenebroso. Las pirámides egipcias y los robles druídicos, los dólmenes y los árboles sagrados, plantas y minerales, todo entrañaba significación profunda y sacras verdades de sabiduría, cuando el archidruida practicaba sus curas y hechizos mágicos, cuando el hierofante egipcio evocaba el “amable espectro” de Cehmnu, la femenina y fantástica creación de los antiguos, presentados para poner a prueba mediante la angustia la fortaleza de ánimo del candidato a la iniciación simultáneamente con el último y angustiosos grito de su terrenal naturaleza humana. Verdaderamente la magia ha perdido su nombre y con él su derecho a que se la reconozca; pero subsiste en la práctica, según prueban de su progenie las conocidas frases de “influencia magnética”, “,magia de la palabra”, “fascinación irresistible”, “auditorios subyugados como por un hechizo”, y otras de la misma estirpe que todos emplean, aunque ignorante de su verdadero significado. Sin embargo, los efectos de la magia están más determinados y definidos en las congregaciones religiosas, tales como los reformadores, los metodistas negros y los salvacionistas, quienes la apellidan “acción y gracias del Espíritu Santo”. Lo cierto es que la magia vibra plenamente todavía en el género humano, por más que la ciega multitud no se percate de su silente acción y de su sigilosa influencia en los individuos; por más que la ignorante masa general de la sociedad, no advierta los maléficos y benéficos efectos que produce día tras día, y hora por hora. Lleno está el mundo de magos inconscientes, así en la vida ordinaria como en la política, en el clero y aun en las fortalezas del libre pensamiento. La mayor parte de estos magos son “hechiceros” desgraciadamente, no en metáfora, sino en escueta realidad, a causa de su peculiar egoísmo, su carácter vengativo, envidiosos y maléfico. El verdadero estudiante de magia, que sabe la verdad, los mira compasivamente; y si tiene prudencia, calla; porque cada esfuerzo que haga para curar la universal ceguera, tendrá por única recompensa la ingratitud, la calumnia y maledicencia que, incapaces de alcanzarle, reaccionarán contra quienes mal le deseen. La mentira y la calumnia, que es una mentira dentellada por el odio y la falsedad, son su suerte, y muy luego le destrozan en premio de haber deseado difundir la luz.
Bastante hemos dicho a nuestro entender para demostrar que no es novelesca ficción la existencia universal de una Doctrina Secreta en paridad con los métodos prácticos de la magia. Todo el mundo antiguo conoció este hecho, que ha subsistido en Oriente y con particularidad en la India. Si la magia es ciencia, naturalmente ha de tener sus profesores o adeptos. Poco importa que los guardianes del Saber Sagrado vivan todavía en carne humana, o se les considere como mitos. Su filosofía ha de triunfar por sí misma, independientemente de cualesquiera adepto. Porque según las palabras que el sabio Gamaliel dirigió al Sanhedrín: “Si esta doctrina es falsa, perecerá por sí misma; pero si es verdadera perdurará sin que nada pueda destruirla”.


SECCIÓN II

LA CRÍTICA MODERNA Y LOS ANTIGUOS


La Doctrina Secreta del Oriente ario, se encuentra repetida en el simbolismo egipcio y en la terminología de los libros de Hermes. A principios del siglo XIX, la mayor parte de los sabios tenían por indignos de atención los libros llamados herméticos, considerándolos con desdeñosa altanería como sarta de cuentos de absurda finalidad y absurdas pretensiones. Díjose que “eran posteriores al cristianismo” y que “se habían escrito con el triple objeto de la especulación, el engaño y el fraude piadoso”, siendo todos ellos, aun el mejor, neciamente apócrifos (1). Sobre este particular, el siglo XIX fue digno vástago del XVIII, pues en tiempo de Voltaire, y luego en éste, todo cuanto no procedía directamente de las Reales Academias se diputaba falso, supersticioso e insensato. Mucho más aún que hoy quizá, era objeto de escarnio y mofa, la creencia en la sabiduría de los antiguos. Resueltamente se repudiaba el solo intento de aceptar por auténticas las obras y quimeras “de un falso Hermes, un falso Orfeo, un falso Zoroastro”, los falsos oráculos y sibilas, y el tres veces falso Mésmer con su absurdo fluido. Así se tuvo en aquellos días por “contrario a la ciencia” y “ridículamente absurdo” todo cuanto no llevaba el erudito y dogmático marbete de Oxford y Cambridge (2) o la Academia de Francia. Este tendencia ha perdurado hasta nuestros días.
Nada más lejos de la intención de un verdadero ocultista (cuyas elevadas facultades psíquicas son instrumentos de indagación, muy superiores en potencia a los de laboratorio) que menospreciar los esfuerzos que se hacen en el campo de la investigación física. Siempre vieron con agrado y tuvieron por santas, las tareas emprendidas para resolver en lo posible los problemas naturales. Con espíritu de reverencia hacia la ilimitada Naturaleza, que la oculta filosofía no puede eclipsar, echó de ver Newton que al fin y al cabo su labor astronómica era una mera colecta infantil de conchitas ante el vastísimo océano del conocimiento. La actitud mental que supone este símil resume hermosamente la de la gran mayoría de genuinos sabios ante los fenómenos físicos de la Naturaleza. Al observarlos son la prudencia y la moderación personificadas. Observan con insuperable paciencia. Guardan prudente y nunca bastante loada cautela para inferir hipótesis; y, sujetos a las limitaciones en que estudian la Naturaleza, proceden con admirable exactitud en la ilación de sus observaciones. Además, puede concederse que los modernos científicos, van con sumo cuidado en no afirmar negaciones, y pueden decir que es muy improbable la contradicción entre cualquier nuevo descubrimiento y las teorías aceptadas. Pero aun tocante a las más amplias generalizaciones (que sólo tienen visos dogmáticos en los libros de texto o en manuales de ciencia popular), el carácter tónico de la verdadera “ciencia”, si encarnarla podemos en sus más conspicuos representantes, es de reserva y a menudo de modestia.
Lejos, por lo tanto, de burlarse de los errores a que están expuestos los científicos por limitaciones de procedimiento, el verdadero ocultista podrá apreciar mejor lo patético de una situación en que el ansia de verdad y el ingenio indagatorio estén condenados a confusión y desaliento.
Sin embargo, lo deplorable en la ciencia moderna es que el exceso de precaución, que en sus debidos límites la preserva de precipitadas conclusiones, produce la obstinación con que los científicos se niegan a reconocer que además de los instrumentos de laboratorio, pueden emplearse otros que no son del plano físico para indagar los misterios de la Naturaleza; y que por lo tanto puede ser imposible apreciar debidamente los fenómenos de un plano, sin también observarlos desde los puntos de vista que otros planos proporcionan. Así cierran tercamente sus ojos a la evidencia, que les demostraría con toda claridad cómo la Naturaleza es mucho más compleja de lo que puede inferirse de los fenómenos físicos; que hay medios por los cuales las facultades perceptivas pueden pasar algunas veces de uno a otro plano, y que sus energías están mal dirigidas cuando atienden exclusivamente a las minucias de la estructura física o de la fuerza material; por lo que son menos merecedores de simpatía que de vituperio.
Se siente uno empequeñecido y humillado al leer lo que Renán, ese moderno “destructor” de las creencias religiosas pasadas, presentes y futuras, dice de la pobre humanidad y de sus facultades discernientes:

La humanidad tiene la mente muy obtusa; y es casi imperceptible el número de los hombres capaces de comprender con precisión la verdadera analogía de las cosas (3).

Al comparar, sin embargo, esta afirmación con lo que el mismo autor dice en otra de sus obras, a saber que:

La mente del crítico debiera entregarse a los hechos, atada de pies y manos para que le condujeran a dondequiera que le llevan (4)

se experimenta alivio. Y además cuando a las dos antedichas afirmaciones filosóficas añade el famoso académico la tercera, diciendo que:

Toda solución preconcebida debiera proscribirse de la ciencia (5).

Desaparece todo nuestro temor. Desgraciadamente, Renán es el primero en quebrantar tan hermosa regla.
El testimonio de Herodoto (llamado, sarcásticamente sin duda, el “Padre de la Historia”, pues su criterio nada vale cuando no coincide con el del Nuevo Pensamiento), y las razonables afirmaciones de Platón, Tucídides, Polibio y Plutarco, y aun algunas del mismo Aristóteles, se desdeñan como si fuesen nonadas, siempre que se refieren a lo que la crítica moderna le place calificar de mitos. Hace algún tiempo que Strauss dijo que:

La presencia de un elemento sobrenatural o de un milagro en una narración, es señal infalible de que hay en ella un mito.

Tal es la regla tácitamente adoptada por todos los críticos modernos. Pero ¿qué es un mito - .....? ¿No dijeron los autores antiguos que esta palabra significa tradición? La palabra latina fábula ¿no es sinónima de algo sucedido en tiempos prehistóricos, y no precisamente una invención? Con las autocráticas y despóticas reglas que siguen, la mayor parte de los críticos orientalistas de Francia, Inglaterra y Alemania, serán quizás interminables las sorpresas históricas, geográficas, étnicas y filológicas del siglo venidero. Últimamente han llegado a ser tan comunes las mistificaciones filosóficas, que nada puede ya asombrar a las gentes en este punto. Un erudito especulador ha dicho que Homero era simplemente “la personificación mítica de la epopeya” (6); otro asegura que “debe tenerse por quimérica” la existencia de Hipócrates, hijo de Esculapio; que los Asclepiades (7) son una “ficción”, no obstante haber subsistido durante siete siglos; que la ciudad de Troya sólo ha existido en el mapa (a pesar de los descubrimientos del Dr. Schliemann), etc. Después de esto, ¿por qué no considerar como mitos los caracteres históricos de la antigüedad? Si la Filología no necesitase de Alejandro Magno como de martillo de fragua para quebrantar las pretensiones cronológicas del brahmanismo, hace ya tiempo que se hubiera convertido en un “símbolo de la anexión” o un “genio de la conquista”; según ya insinuó cierto escritor francés.
La negación rotunda es el único recurso de los críticos, y el más seguro abrigo en que se refugiará algún día el último escéptico. Inútil es argüir con quien niega sistemáticamente los irrefutables hechos aducidos por el adversario, evitando así tener que conceder algo. Creuzer, el mejor simbologista moderno, el más erudito de los muchos mitólogos alemanes, debió envidiar la plácida confianza en sí de algunos escépticos, al verse forzado a admitir en un momento de desesperada perplejidad que:

Nos vemos obligados a retroceder a las teorías de los gnomos y los genios, tal como las comprendieron los antiguos; pues sin ellas es absolutamente imposible explicar nada de lo concerniente a los Misterios (8).

Por supuesto que se refiere a los Misterios de la antigüedad, cuya existencia no puede negarse.
Los católicos romanos, que precisamente son culpables del mismo culto a la letra tomado de los últimos caldeos, los nabateos del Líbano y sabeos bautizados (9), y no de los sabios astrónomos iniciados de la antigüedad, quisieran ahora cegar con anatemas la fuente de que dimana. Teólogos y clericales desearían ardientemente enturbiar el límpido manantial que desde un principio los alimentó, para que la posteridad no pudiera ver en él su originario prototipo. Sin embargo, los ocultistas creen que ha llegado el tiempo de dar a cada cual lo suyo. Tocante a nuestros restantes enemigos, los modernos escépticos, epicúreos, cínicos y saduceos, podrán hallar en los cuatro primeros tomos de esta obra cumplida respuesta a sus negaciones. Y por lo que atañe a ciertas calumnias contra las doctrinas de los antiguos, la razón de ellas está en las siguientes palabras de Isis sin Velo:

La idea de los actuales comentadores y críticos de las antiguas enseñanzas, está limitada y circunscrita al exoterismo de los templos. Su intuición no quiere o no puede penetrar en el augusto recinto de la antigüedad, en donde el hierofante instruía a los neófitos en el verdadero significado del culto público. Ningún sabio antiguo pensó jamás que el hombre fuese el rey de la creación, ni que para él hubieran sido creados el estrellado cielo y la madre tierra (10).

Al ver que hoy día se publican obras como Phallicism (Falicismo) (11), comprendemos que han pasado ya los tiempos de la ocultación y el disfraz. La Filología, el Simbolismo, la Religión comparada y otras ciencias hermanas han progresado lo bastante para no consentir más imposturas, y la Iglesia es demasiado prudente y precavida para no sacar el mejor partido posible de la situación. Entretanto, los “rombos de Hecate” y las “ruedas de Lucifer” (12) exhumadas a diario de las ruinas de Babilonia, ya no pueden ser utilizados como pruebas palmarias de un culto a Satán, puesto que los mismos símbolos se encuentran en el ritual de la Iglesia romana. Éste es demasiado docta para ignorar que ni siquiera los caldeos de la decadencia, que redujeron todas las cosas a dos principios originarios, nunca adoraron a Satanás ni a ídolo alguno, como tampoco hicieron tal los zoroastrianos, a quienes también se achaca hoy el mismo culto, sino que su religión fue tan sumamente filosófica como cualquier otra; y que en su dual y exotérica teosofía se basaron las creencias de los hebreos, quienes a su vez las transmitieron en gran parte a los cristianos. A los parsis se les acusa hoy de haber adorado al Sol; y no obstante, en los Oráculos caldeos, en los “Preceptos filosóficos y mágicos de Zoroastro”, se lee:

No dirijas tu mente a la vasta extensión de la tierra;
Porque no crece en ella la planta de la verdad.
No midas las dimensiones del sol,
Porque por voluntad eterna del Padre se mueve, y no para ti.
Desdeña la impetuosa carrera de la luna; porque por causa de necesidad se mueve sin cesar.
La muchedumbre de estrellas no fue engendrada para tu satisfacción.

Existía grandísima diferencia entre la religión del estado o del vulgo, y la enseñanza del verdadero culto que se daba a los dignos de recibirla. Se acusa a los magos de todo linaje de supersticiones; pero los mismos Oráculos caldeos dicen:

No es cierto lo que indica el vuelo de las aves en el aire,
Ni la disección de las entrañas de las víctimas; todo esto son fruslerías.
Objeto de fraudes mercenarios; huye de ellos.
Si quieres abrir el sacro paraíso de piedad,
En donde se reúnen la virtud, la sabiduría y la equidad (13).

A este propósito dijimos en Isis sin Velo:

Seguramente no es posible acusar de fraudulentos a quienes contra “fraudes mercenarios” precaven a las gentes; y si algo hacían que parezca maravilloso, ¿quién será capaz de negar que lo hicieron porque poseían un conocimiento de filosofía natural y de ciencia psicológica, desconocido en nuestra escuela? (14).

Las estrofas citadas son bien extrañas en aquellos que se cree rendían culto divino al sol, a la luna y las estrellas. La sublime profundidad de los preceptos mágicos; es trascendentalmente superior a las modernas ideas materialistas; y por eso se ven acusados los filósofos caldeos de sabeísmo y heliolatría, que era únicamente la religión del vulgo.


SECCIÓN III

EL ORIGEN DE LA MAGIA


Las cosas han cambiado mucho en estos últimos tiempos. Se ha dilatado el campo de investigación; se comprenden algo mejor las religiones antiguas, y desde aquel infausto día en que una comisión, nombrada por la Academia francesa y presidida por Benjamín Franklin, para informar sobre los fenómenos del mesmerismo, declaró que eran hábiles supercherías de charlatanes, han ido adquiriendo ciertos derechos y privilegios tanto la filosofía pagana como el mesmerismo, que actualmente se estudian desde puntos de vista enteramente distintos. ¿Es que se les hace plena justicia al tomarlos en mayor consideración? Mucho tememos que no. La naturaleza humana es hoy la misma que cuando Pope dijo de la fuerza del prejuicio:

Grande es la diferencia entre el que ve y el objeto visto. Todo toma algo de nuestro propio tinte. O lo descolora nuestra pasión, o bien la fantasía multiplica, invierte, contrae y dilata mil variados matices.

Así fue que en la primera década del siglo XIX, la Iglesia y la Ciencia estudiaron la filosofía hermética bajo dos aspectos completamente opuestos. La Iglesia dijo que era pecaminosa y diabólica; la ciencia nególa en absoluto, no obstante las evidentes pruebas aducidas por los sabios de toda época, incluso la actual. No se concedió siquiera atención al erudito P. Kircher; y el mundo científico recibió con despectiva risa su afirmación de que los fragmentos de las obras llamadas de Hermes Trismegisto [tres veces grande Hermes o Mercurio], Beroso, Ferécides de Siros, etcétera, eran pergaminos salvados del incendio de la gran biblioteca de Alejandría, de aquella maravilla de los siglos, fundada por Tolomeo Filadelfo, en la que, según Josefo y Estrabón, habían cien mil volúmenes, sin contar otras tantas copias manuscritas de antiguos pergaminos caldeos, fenicios y persas.
Tenemos también la evidencia adicional de Clemente de Alejandría, que debiera tener algún crédito (1). Clemente afirma sobre este particular que existían además 30.000 ejemplares de los libros de Thoth en la biblioteca instalada en el sepulcro de Osimandias, sobre cuyo frontispicio se leían estas palabras: “Medicina del alma”. Después, como todo el mundo sabe, ha encontrado Champollion textos enteros de las obras “apócrifas” del “falso” Pimander, y del no menos “falso” Asclepias, en los monumentos más antiguos de Egipto (2). Según dije en Isis sin Velo:

Después de haber dedicado toda su vida al estudio de la antigua sabiduría egipcia, tanto Champollion-Figéac como Champollion el menor declararon, contra el parecer de algunos críticos ligeros e indoctos, que los Libros de Hermes “contienen gran copia de tradiciones egipcias, corroboradas por auténticos recuerdos y monumentos de la más remota antigüedad” (3).

Es indiscutible la valía de Champollion como egiptólogo; y si afirma que todo converge a demostrar la exactitud de los escritos del misterioso Hermes Trismegisto, y que su origen se pierde en la noche de los tiempos, según corroboran minuciosos pormenores, sin duda que debiera satisfacerse con ello la crítica. Dice Champollion:

Estas inscripciones son sólo eco difelísimo y expresión de antiquísimas verdades.

Desde que se escribió lo antecedente, se han encontrado varios versos “apócrifos” del “mítico” Orfeo, copiados palabra por palabra, en jeroglíficos, e inscripciones de la cuarta dinastía, dedicados a ciertas divinidades. Finalmente, Creuzer descubrió y señaló el significativo hecho de que numerosos pasajes de Homero y Hesiodo están tomados indudablemente de los himnos órficos, demostrándose con ello que estos últimos son mucho más antiguos que la Ilíada y la Odisea.
De este modo se van vindicando gradualmente los derechos de la antigüedad, y la crítica moderna ha de someterse a la evidencia. Muchos escritores confiesan ya que un estilo literario como el de las obras herméticas de Egipto ha de pertenecer a una época muy antigua de la edad prehistórica. Ahora se van descubriendo los textos de varios de estos antiguos libros, incluso el de Enoch (tan ruidosamente declarado “apócrifo” en el principio del siglo), en los más recónditos y sagrados santuarios de Caldea, la India, Fenicia, Egipto y Asia central. Pero ni aun tales pruebas han bastado a convencer a la mayor parte de los materialistas modernos, por la sencilla y evidente razón de que estos venerados textos de la antigüedad, descubiertos en las bibliotecas secretas de los grandes templos y estudiados, si no siempre comprendidos, por los más grandes estadistas, jurisconsultos, filósofos, sabios y monarcas, eran pura y simplemente libros de magia y ocultismo; o sea la hoy escarnecida y calumniada Teosofía. De aquí el ostracismo.
¿Acaso eran las gentes tan crédulas y sencillas en tiempo de Pitágoras y Platón? ¿Tan mentecatos eran los millones de habitantes de Asiria, Egipto, India y Grecia con sus grandes sabios al frente, que durante los períodos de civilización y cultura anteriores al año uno de nuestra era (la cual engendró las tinieblas mentales del fanatismo medieval), hubieran dedicado su vida a la ilusoria superstición llamada magia, hombres por otra parte tan grandes? Así parecería, si nos contentáramos con las conclusiones de la filosofía moderna.
Todo arte y toda ciencia, cualquiera que sea su mérito intrínseco, ha tenido su fundador, sus expositores y consiguientemente sus maestros. ¿Cuál es el origen de las ciencias ocultas, de la magia? ¿Quiénes fueron sus maestros y qué sabemos de ellos, ya por la historia, ya por la leyenda? Clemente de Alejandría, uno de los más eruditos y sabios padres de la Iglesia cristiana, ex discípulo de la escuela neoplatónica, responde a esta pregunta en su Stromateis y arguye diciendo:

Si hay enseñanza, debemos buscar el maestro (4).

Así nos dice que Cleanto fue discípulo de Zenón, Teofrasto de Aristóteles, Metrodoro de Epicuro, Platón de Sócrates, etc.; añadiendo que al volver la vista más atrás han de suponer forzosamente que Pitágoras, Ferécides y Tales, tuvieron sus maestros respectivos. Lo mismo dice que ha de suponerse respecto de los egipcios, indos, asirios y aun de los mismos magos, sin cesar de inquirir quiénes fueron sus maestros; hasta que, al llegar a la cuna y origen del género humano, se pregunta de nuevo quién dio la enseñanza, y responde que con seguridad no debió ser “hombre alguno”. Pero clemente va todavía más allá, diciendo que aun al llegar a la altura de los ángeles en sus diversas jerarquías, cabe repetir la misma pregunta: ¿quién fue su maestro? (refiriéndose a la vez a los ángeles “divinos” y a los “caídos”) (5).
El propósito del buen padre, al argumentar de este modo, es descubrir, naturalmente, dos distintos maestros primitivos: uno, el preceptor de los patriarcas bíblicos, y otro el de los gentiles. Pero los estudiantes de la Doctrina Secreta no necesitan semejante distinción, porque sus instructores saben quiénes fueron los maestros de sus predecesores en ciencias ocultas y sabiduría.
Finalmente, acaba Clemente de Alejandría por señalar los dos primitivos maestros que, como podía presumirse, son, según él, Dios, y su eterno y perenne enemigo y adversario el Diablo; tratando de relacionar esto con el aspecto dual de la filosofía hermética. Como en todas las obras de ocultismo que él conocía campea la más pura moral y se encomia la virtud, quiso Clemente de Alejandría cohonestar la palmaria oposición entre la doctrina y la práctica, entre la magia buena y la mala, y deduce que la magia tiene dos orígenes, uno divino y otro diabólico. Como ve que se bifurca en dos canales, de ahí su conclusión.
También nosotros lo echamos de ver; pero sin necesidad de llamar a esa bifurcación diabólica, pues consideramos el “siniestro sendero” saliendo de las manos de su fundador. De otro modo, juzgando por los efectos de la religión de Clemente y por el paso por el mundo de algunos de sus preceptores, también podríamos discurrir análogamente, diciendo que desde la muerte del Maestro cristiano se bifurcó la magia de sus doctrinas, pues mientras el Maestro de los verdaderos cristianos fue el Cristo santo, puro y bueno; los que se deleitaron en los horrores de la Inquisición, los que exterminaron a los herejes judíos y alquimistas, el protestante Calvino que abrasó a Servet, sus sucesores protestantes perseguidores, y los que azotaban y quemaban a las brujas en América, debieron de tener por maestro suyo al Diablo. Pero como los ocultistas no creen en el Diablo, no se toman ese desquite.
Sin embargo, el testimonio de Clemente de Alejandría es valioso, porque señala: 1) el enorme número de obras de ocultismo existentes en su tiempo; y 2) los pasmosos poderes que, por medio de las ciencias ocultas llegaron a poseer ciertos hombres.
El Padre cristiano dedica, por ejemplo, todo el sexto volumen de su Stromateis a indagar quiénes fueron los respectivos “maestros” primarios de las a su entender verdadera y falsa filosofías que, como él dice, se conservaban en los santuarios egipcios. Con mucha oportunidad y acierto, apostrofa Clemente a los griegos, preguntándoles por qué no han de creer en los “milagros” de Moisés, puesto que creen en los de sus filósofos, y da numerosos ejemplos. Así cita el de la lluvia prodigiosa que obtuvo Eaco por su oculto poder; los vientos que soplaron a la voz de Aristeo; y la tempestad calmada por mandato de Empedocles (6).
Los libros de Hermes Trismegisto atrajeron en sumo grado la atención de Clemente (7). También elogia con calor el Histaspes, los libros sibilinos y aun los de la buena astrología.
En todo tiempo hubo uso y abuso de la magia, como hoy día lo hay del mesmerismo o hipnotismo. El mundo antiguo tuvo sus Apolonios y sus Ferécides, y las gentes doctas podían distinguirlos tan bien como ahora. Por ejemplo, mientras ningún escritor pagano tuvo una sola palabra de reproche para Apolonio de Tiana, varios de ellos, como Hesiquio de Mileto, Filón de Biblos y Eustacio acusan todos a Ferécides de haber basado su filosofía y su ciencia en tradiciones demoníacas, es decir, en la brujería. Cicerón afirma que Ferécides es potius divinus quam medicus: “más bien un agorero que un médico” y Diógenes Laercio refiere muchos casos relativos a sus vaticinios. Un día Ferécides vaticinó el naufragio de un buque a centenares de millas de distancia; otra vez la derrota de los lacedemonios por los arcadianos; y finalmente, su misma desgraciada muerte (8).
En previsión de las objeciones que seguramente han de hacerse a las enseñanzas esotéricas, tal como en esta obra se exponen, nos adelantaremos a algunas.
Las imputaciones levantadas por Clemente de Alejandría contra los adeptos “paganos”, sólo prueban que en todo tiempo hubo videntes y profetas, pero en modo alguno demuestran la existencia de un Diablo. Únicamente tienen, pues, valor, para aquellos cristianos que consideran a Satanás como una de las principales columnas de la fe. Ejemplo de ello nos dan Baronio y De Mirville, al ver nada menos que una irrebatible prueba de Demonología, en la creencia en la coeternidad del espíritu y la materia.
De Mirville dice que Ferécides:

Admite la primordialidad de Zeus o el Eter, y luego, en el mismo plano, otro principio coeterno y coactivo, al que llama quinto elemento, u Ogenos (9).
Luego dice que la palabra Ogenos significa encerrar, retener cautivo, y eso es el Hades, o, “en una palabra, el infierno”.
Todos los escolares conocen los sinónimos, sin que De Mirville haya de tomarse el trabajo de explicárselos a la Academia; y en cuanto a la deducción, no habrá ocultista que deje de negarla y recibir sonriente su necedad. Vengamos ahora a la conclusión teológica.
El resumen de las opiniones de la Iglesia latina, según autores tan ultramontanos como el marqués de De Mirville, es que los libros herméticos, no obstante su sabiduría (plenamente admitida en Roma), son “la herencia legada por el maldito Caín al género humano”. Y el moderno memoralista de Satanás a través de la historia dice que “se admite generalmente”, que:

Inmediatamente después del Diluvio, Cam y su descendencia propagaron de nuevo las antiguas enseñanzas de Caín y de la raza sumergida (10).

Esto prueba, en todo caso, que la magia, o hechicería, como la llama el autor, es un arte antediluviano, y así nos apuntamos un tanto. Pues, como él dice:

El testimonio de Beroso identifica a Cam con el primer Zoroastro, fundador de la Bactria y primitivo maestro de las artes mágicas de Babilonia, llamado también Chemesenuea o Cam, el maldito por los fieles secuaces de Noé (11) (de cuyo nombre ..... se deriva el de alquimia), que llegó finalmente a ser objeto de adoración entre los egipcios, quienes edificaron en su honor la ciudad de.Chemnís, o sea la “ciudad del fuego” (12). En ella los adoró Cam, por lo que se dio a las pirámides el nombre de Chammaim, del que se deriva el nombre vulgar de “chimenea” (13).

Esta afirmación es enteramente errónea. Egipto fue la cuna de la Química, según se sabe hoy sin duda alguna. Kenrick y otros autores dicen que la raíz de dicho nombre es chemi o chem, que no se deriva de Cham o Ham, sino de Khem, el Dios fálico egipcio de los Misterios.
Pero esto no es todo. De Mirville se afana en buscar un origen satánico aun al ahora inocente Tarot, y sigue diciendo:

Respecto a los medios de propagación de esta mala magia, nos los revelan ciertos caracteres rúnicos trazados en planchas metálicas, que escaparon a la catástrofe de diluvio (14). Esto hubiera podido parecer legendario, si posteriores descubrimientos no demostraran su verdad. Se encontraron planchas de positiva antigüedad, con curiosos caracteres completamente indescifrables, a los cuales atribuyeron los camitas [hechiceros, según el autor] el origen de sus maravillosos y terribles poderes (15).

Podemos dejar al piadoso autor con sus ortodoxas creencias, pues al fin y al cabo, parece sincero. Pero sus argumentos caen por su base, porque se indicará con procedimientos matemáticos quien, o más bien qué eran Caín y Cam. De Mirville es tan sólo hijo sumiso de su Iglesia, interesada en mantener el carácter antropomórfico de Caín y su actual significación en la Sagrada Escritura. El estudiante de ocultismo, por el contrario, está únicamente interesado en la verdad. Pero los tiempos han de seguir el curso natural de la evolución.


SECCIÓN IV

EL SIGILO DE LOS INICIADOS


No es extraño que se interpreten erróneamente muchas parábolas y dichos de Jesús. Desde Orfeo, el primer adepto que la historia vislumbra tenuemente entre las nieblas de la era precristiana, pasando por Pitágoras, Confucio, Buddha, Jesús, Apolonio de Tiana y Amonio Saccas, ningún maestro dejó nada escrito. Todos y cada uno de ellos recomendaron silencio y sigilo sobre ciertos hechos y acontecimientos. Confucio no quiso explicar pública y satisfactoriamente lo que entendía por su “Gran Extremo”, ni tampoco dar la clave para la adivinación por medio de “pajas”. Jesús encargó a sus discípulos que a nadie dijesen que era el Cristo (1), el “hombre de las angustias” y pruebas, anteriores a su última y suprema iniciación, y asimismo les ordenó que no divulgasen que hubiese producido un “milagro” de resurrección (2). El sigilo entre los apóstoles llegaba al extremo de que “la mano izquierda no supiese lo que hacía la derecha” o sea, en términos más claros, que los peligrosos magos negros, enemigos terribles de los adeptos, de la mano derecha, especialmente antes de su iniciación suprema, no se aprovecharan de la publicidad, para dañar conjuntamente al sanador y al paciente. Por si esto pareciesen simples presunciones, desentrañemos el significado de las siguientes palabras terribles:

A vosotros es dado conocer el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, todo se ler trata por parábolas. Para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; no sea que alguna vez se conviertan, y les sean perdonados los pecados (3).

Si estas palabras no se interpretaran en el sentido de la ley de sigilo y de karma, evidenciarían aparentemente un espíritu egoísta y falto de caridad. Dichas palabras se relacionan directamente con el terrible dogma de la predestinación. ¿Consentiría un docto y buen cristiano en arrojar sobre su Salvador tan cruel estigma de egoísmo? (4).
La tarea de propagar la verdad por medio de parábolas fue encomendada a los discípulos de los grandes iniciados, con el deber de acomodarse a la clave de las enseñanzas secretas, sin revelar sus misterios. Así lo demuestra la historia de todos los grandes adeptos. Pitágoras clasificó a sus alumnos en oyentes, exotéricos y esotéricos. Los magos aprendían y se iniciaban, en las más recónditas cavernas de Bactriana. Al decir Josefo que Abraham enseñó matemáticas, significa con ello que enseñó "magia"” pues en la escuela pitagórica se daba el nombre de matemáticas a las ciencias esotéricas, o sea la gnosis.
El profesor Wilder hace notar que:

Parecidas distinciones hacían los esenios de Judea y el Carmelo, dividiendo a sus prosélitos en neófitos, hermanos y perfectos... Amonio obligaba con juramento a sus discípulos, para que no comunicaran sus doctrinas sino a los ya instruidos por completo y dispuestos [a la iniciación] (5).

Una de las más poderosas razones de la necesidad de riguroso sigilo, nos la da Jesús mismo, si hemos de dar crédito al evangelista Mateo. Porque he aquí lo que se hace decir al Maestro:

No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos; no sea que las huellen con sus pies y revolviéndose contra vosotros os despedacen (6).
Sentencia de profunda verdad y sabiduría. En nuestra época, y aun entre nosotros las recordaron muchos, a veces cuando ya era demasiado tarde (7).
El mismo Maimónides recomienda el sigilo respecto del verdadero significado de los textos bíblicos, lo cual rebate la común afirmación de que la “Sagrada Escritura” es el único libro del mundo cuyos divinos oráculos contengan verdad clara sin reservas. Esto puede que sea así para los cabalistas eruditos; pero es precisamente lo contrario, para los cristianos. Porque he aquí lo que dice el sabio filósofo hebreo:

Quienquiera que descubra el verdadero significado del Génesis, cuide de no divulgarlo. Así nos lo recomendaron insistentemente todos nuestros sabios, en particular respecto de los seis días de la creación. Si alguien descubriese por sí mismo, o con ayuda de otro, el verdadero significado de los seis días, guarde sigilo, y si acaso habla, hágalo de tan oscura y enigmática manera como yo, dejando lo demás para que lo conjeturen quienes puedan comprenderlo.

Si de esta manera confiesa el gran filósofo hebreo el simbolismo esotérico del Antiguo Testamento, natural es que los Padres de la Iglesia confiesen otro tanto acerca del Nuevo Testamento y de la Biblia en general. Así vemos que Clemente de Alejandría y Orígenes lo reconocen explícitamente. Clemente de Alejandría, que había sido iniciado en los misterios eleusinos, con conocimiento de causa, dice:

Las doctrinas allí enseñadas contenían en sí el objeto de toda instrucción conforme a Moisés y los profetas,

cuya ligera tergiversación se le puede dispensar al buen Padre. Después de todo, se deduce de lo transcrito que los misterios judaicos eran idénticos a los de los paganos griegos, que los tomaron de los egipcios, y estos a su vez de los caldeos, quienes los aprendieron de los arios, estos de los atlantes y así antecedentemente mucho antes de los tiempos de aquella raza. Clemente de Alejandría atestigua además el secreto significado del Evangelio, cuando dice que no a todos se les puede comunicar los misterios de la fe.

Pero como quiera que esta tradición no se publica sólo para quienes perciben la magnificencia de la palabra, es necesario encubrir bajo un misterio, la sabiduría que enseñó el Hijo de Dios (8).

No menos explícito es Orígenes respecto a la Biblia y a sus simbólicas fábulas. Dice así:

Si hubiésemos de atenernos a la letra y comprender lo que está escrito en la ley según lo entienden los judíos y el vulgo, me sonrojaría de proclamar en voz alta que Dios hubiese dado estas leyes; pues fueron mejores y más razonables las de los hombres (9).

Bien podía “sonrojarse” de semejante confesión el sincero y honrado apologista del cristianismo, cuando esta doctrina era relativamente pura; mas los cristianos de nuestra letrada y civilizada época no se avergüenzan de ello; sino que admiten al pie de la letra la “luz” antes de la formación del sol, el jardín del Paraíso, la ballena de Jonás y lo demás, no obstante la indignación del mismo Orígenes al preguntar:

¿Qué hombre de buen juicio asentirá a la afirmación de que en los tres primeros días, con mañana y tarde, no hubiese sol, ni luna, ni estrellas, y que el primer día no tuviese cielo? ¿Qué hombre será tan idiota para suponer que Dios plantó árboles en el Paraíso, en el Edén, como un labrador? Yo creo que debemos tomar estas cosas por imágenes de oculto significado (10).

No ya en el siglo tercero, sino en nuestra edad de tan encomiada ilustración, hay millones de tales “idiotas”. Desde el punto en que San Pablo afirma inequívocamente (11) que la historia de Abraham y de sus dos hijos es “una alegoría” y que “Agar simboliza el monte Sinaí”, poca culpa le cabe al cristiano o gentil que sólo vea ingeniosas alegorías en los relatos bíblicos.
El rabí Simeón ben Jochai, compilador del Zohar, siempre comunicó sólo oralmente los principales puntos de su doctrina, y tan sólo a un corto número de discípulos. Por lo tanto, sin la iniciación final en la Mercavah, quedará siempre incompleto el estudio de la Kabalah; y la Mercavah sólo podrá aprenderse “en tinieblas, en solitario paraje, y después de varias y terroríficas pruebas”. Desde la muerte del gran iniciado judío, esta secreta doctrina ha sido inviolable arcano para el mundo exotérico.

En la venerable secta de los tanaim, o mejor dicho de los tananim o sabios, estaban los varones prudentes y doctos, encargados de enseñar prácticamente los secretos y de iniciar a algunos discípulos, en el grande y supremo misterio. Pero en la segunda sección del Mishna Hagiga, se dice que el índice de la Mercaba [Mercavah] “sólo debe confiarse a los doctores viejos”. El Gemara es todavía más dogmático. “Los secretos de mayor importancia en los Misterios no se revelaban ni aun a todos los sacerdotes. Únicamente lo sabían los iniciados”. Y así notamos el mismo riguroso sigilo en todas las antiguas religiones (12).

¿Qué dice por su parte la Kabalah? Los grandes rabinos anatematizan hoy a quien verbalmente admite sus sentencias. Leemos en el Zohar:

¡Ay del hombre que tan sólo ve en el Thorah, esto es, en la Ley, simples recitados y palabras vulgares! Porque si en verdad contuviera eso únicamente, seríamos nosotros, hoy mismo, capaces de componer un Thorah mucho más digno de admiración. Si nos atuviéramos literalmente a las palabras, tan sólo podríamos dirigirnos a los legisladores de la tierra (13) a quienes vemos en las cúspides de la grandeza. Fuera suficiente imitarlos, y componer una ley a su ejemplo y según sus palabras. Pero no es así; cada vocablo del Thorah encierra profundo significado y sublime misterio... Los versículos del Thorah son el vestido del Thorah. ¡Ay de quien tome el vestido por el Thorah!... Los necios se enteran únicamente de los versículos o vestidura del Thorah, y no advierten otra cosa, ni ven lo que encubre el ropaje. Los doctos no atienden al vestido, sino al cuerpo que está envuelto en él (14).

Amonio Saccas enseñó que la doctrina secreta de la Religión de la Sabiduría, estaba enteramente contenida en los Libros de Thoth (Hermes) de los que tanto Pitágoras como Platón, derivaron gran parte de sus conocimientos y filosofías; y que las enseñanzas de dichos libros son “idénticas a las de los sabios del remoto Oriente”. El profesor Wilder observa que:

Como el nombre Thoth significa colegio o asamblea, no es aventurado suponer que se llamaron así los libros, por ser una colección de los oráculos y doctrinas de la comunidad sacerdotal de Menfis. Rabinos muy sabios han expuesto la misma hipótesis tocante a las divinas expresiones registradas en las Escrituras hebreas (15).

Es muy posible; pero los profanos nunca comprendieron ni de mucho “las expresiones divinas”. Filón Judeo, que no era un iniciado, fracasó en el empeño de desentrañar su oculta significación.
Pero tanto los libros de Hermes, como la Biblia, los Vedas o la Kabalah, prescriben el mismo sigilo sobre ciertos misterios de la naturaleza simbolizados en su texto. “¡Ay de quien divulgue indiscretamente las palabras cuchicheadas al oído de Mânushi por el Primer Iniciador!” El Libro de Enoch explica quién era este Iniciador:

De boca de los ángeles oí todas las cosas y comprendí cuanto vi. Aquello que no sucederá en esta generación (raza), sino en otra que ha de venir en tiempos muy distantes (6ª y 7ª razas), según refieren los elegidos (los iniciados) (16).

Además, respecto al castigo de quienes revelan “los secretos de los ángeles”, se dice:

Juzgados fueron los que revelaron secretos, pero no tú, hijo mío [Noé]... tú eres puro y bueno y no se te puede acusar de descubrir [revelar] secretos (17).

Hay en nuestro tiempo hombres que han llegado a “descubrir secretos” sin ayuda extraña, por su propia sabiduría y sagacidad, siendo de recto proceder; y no intimidados por amenazas ni súplicas; pues no se han comprometido a guardar silencio, se asombran ante tales revelaciones. Uno de estos hombres es el erudito autor y descubridor de una “Clave de los Misterios hebraico-egipcios”. Según él, se notan “algunas extrañas características relacionadas con la composición de la Biblia”.

Quienes compilaron este libro fueron hombres como nosotros, que conocieron, vieron, manejaron y realizaron por medio de la clave de las medidas (18) la ley del viviente y siempre activo Dios (19). No necesitaban creer que Dios actuase como un poderoso mecánico y arquitecto (20). La idea que de Dios tenían se la reservaban para sí mismos, al paso que, primero como profetas y luego como apóstoles de Cristo, establecieron un culto ritual exotérico y una huera enseñanza de pura fe, sin pruebas a propósito para el ejercicio del sentido íntimo, de que Dios proveyó a todos los hombres como medio natural de alcanzar el verdadero conocimiento. Misterios, parábolas y sentencias oscuras que encubren el verdadero significado, son el acopio del Antiguo y Nuevo Testamento. Los relatos de la Biblia resultan ficciones compuestas adrede para despistar a las masas ignorantes, no obstante darles en ellos un perfeccionado código moral proporcionado a su capacidad. ¿Cómo es posible cohonestar estas fábulas con la inspiración divina, puesto que atributo de Dios es la plenitud de veracidad en la naturaleza de las cosas? ¿Qué tiene que ver el misterio, con la promulgación de las verdades de Dios? (21).

Nada en absoluto, ciertamente, si tales misterios hubiesen sido dados desde el principio, como sucedió con las primitivas, semidivinas, puras y espirituales razas de la humanidad, que poseían las “verdades de Dios”, y según ellas y su ideal vivían, preservándolas, en tanto que apenas hubo mal alguno, por lo que apenas fuera posible abusar de aquellas verdades. Pero la evolución y la caída en la materia, es también una de las “verdades” y una ley de “Dios”. Y a medida que el género humano fue progresando, y llegó a ser cada generación más carnal, terrenalmente, principió a afirmarse la individualidad de cada Ego temporario. El egoísmo personal se desarrolla e incita al hombre a abusar de su conocimiento y poderío, porque el egoísmo es semejante al edificio cuyas puertas y ventanas dan siempre paso libre a todo linaje de iniquidades, para que penetren en el alma humana. Pocos fueron durante la primera juventud de la humanidad, y menos todavía hoy, los hombres dispuestos a practicar la varonil declaración de Pope, de que no hubiera vacilado en destrozarse el corazón, si de egoísta amor propio latiera, burlándose del prójimo. De aquí la necesidad de sustraer gradualmente de los hombres el poder y conocimiento divinos, que en cada nuevo ciclo humano hubieran llegado a ser más peligrosos, como espada de dos cortes, cuyo siniestro filo amenazaba siempre al prójimo, y cuyas buenas cualidades se prodigaban exclusivamente en provecho propio. Aquellos pocos “elegidos” a cuya naturaleza interior no afectó el externo desenvolvimiento físico, llegaron a ser así, con el tiempo, los únicos guardianes de los misterios revelados; y los comunicaron a los más aptos para recibirlos, manteniéndolos ocultos a los demás. Si se prescinde de esta explicación de las enseñanzas secretas, queda la religión reducida a fraude y engaño.
Sin embargo, las masas necesitaban algún freno moral. El hombre está siempre ansioso de un “más allá” y no puede vivir sin un ideal cualquiera, que le sirva de faro y consuelo. Al mismo tiempo a ningún hombre vulgar, aún en esta época de cultura general, se le pueden confiar verdades demasiado metafísicas y sutiles de difícil comprensión, sin correr el riesgo de una inminente reacción, que suplante con el absurdo y cerrado ateísmo la fe en Dios y sus santos. Ningún verdadero filántropo, y por consiguiente ningún ocultista, soñaría ni por un momento con una humanidad sin religión; y aun en nuestros días, la religión de Europa, limitada a los domingos, vale más que carecer de ella. Pero si, como dijo Bunyan, “la religión es la mejor armadura del hombre”, no es menos cierto que es “la peor capa”; y contra esa “capa” y falsas pretensiones luchan ocultistas y teósofos. Si apartamos esta capa, tejida por la fantasía humana y arrojada sobre la Divinidad por la artificiosa mano de sacerdotes ávidos de dominación y poderío, podrá adorar el hombre el verdadero ideal de la Divinidad, al único Dios viviente en la naturaleza. La primera hora de este siglo anunció el destronamiento del “Dios más elevado” de cada país, a favor de una universal Divinidad; el Dios de la inmutable Ley, no el de la caridad; el Dios de la justicia distributiva, no el de la clemencia, que es sencillamente un incentivo para cometer el mal y reincidir en él. Cuando el primer sacerdote inventó la primera oración de súplica egoísta, se perpetró el más nefando crimen de lesa humanidad. La idea de un Dios propicio a las súplicas para “bendecir las armas” de sus adoradores y aniquilar a los enemigos (que son hermanos); un Dios que da oídos a laudes entreverados de ruegos para que los “vientos le sean favorables” al suplicante y contrarios al que navega en opuesto rumbo; esta idea es la que ha nutrido el egoísmo en el hombre, y le ha privado de confianza en sí mismo. La oración es acto noble cuando la mueve un intenso sentimiento y ardiente deseo del bien ajeno, sin mira alguna personal. El ansia de un más allá es santa y bendita en el hombre; pero a condición de que con sus semejantes comparta su dicha. Podemos comprender y estimar debidamente las palabras del pagano Sócrates, al decir con profunda sabiduría:

Nuestras oraciones deben encaminarse a la prosperidad de todos, porque los dioses saben muy bien lo que particularmente nos conviene.

Pero la oración oficial, para conjurar una calamidad pública o en beneficio de uno solo con perjuicio de millares de hombres, no sólo es supersticiosa práctica, sino crimen el más innoble, siendo además impertinente petulancia y una superstición heredada por expoliación, de los Jehovitas que, en el desierto, adoraron al becerro de oro.
Fue “Jehová”, según demostraremos, quien sugirió la necesidad de velar y eclipsar el impronunciable nombre de Dios y condujo a todo este “misterio, parábolas, frases oscuras y encubrimientos”. Moisés inició, en todo caso, en las verdades ocultas, a setenta ancianos, que escribieron así con algún conocimiento el Antiguo Testamento; pero los autores del Nuevo Testamento distaron mucho de hacer tanto, o tan poco. Con sus dogmas, adulteraron la gran figura del Cristo, sumiendo desde entonces a las gentes en mil errores que las han conducido a nefandos crímenes, en Su santo nombre.
Es evidente que, excepto Pablo y Clemente de Alejandría, iniciados ambos en los Misterios, ningún otro Padre de la Iglesia conoció gran cosa de las verdades secretas. Por la mayor parte fueron gentes ignorantes e incultas; y, si como le pasó a Agustín, Lactancio, el venerable Beda y otros, no conocieron hasta tiempos de Galileo las enseñanzas que en los templos paganos se daban acerca de la redondez de la tierra, sin hablar del sistema heliocéntrico (22); puede colegirse cuán supina sería la ignorancia de los demás. Para los primitivos cristianos eran sinónimos la instrucción y el pecado; y de aquí que acusaran a los filósofos paganos de tener pacto con el demonio.
Pero la verdad debe prevalecer. Los ocultistas, a quienes De Mirville y otros autores de su linaje llaman “discípulos del maldito Caín”, pueden ahora invertir los términos. Lo que hasta aquí sólo conocían los cabalistas, en Europa y Asia, se publica y demuestra en nuestros días, siendo verdad matemáticamente. El autor de La Clave de los Misterios hebraico-egipcios u Origen de las Medidas, prueba que los dos grandes nombres divinos, Jehovah y Elohim representaban en uno de los significados de sus valores numéricos, el diámetro y la circunferencia; es decir, que eran índices numéricos de relaciones geométricas; y que Jehová es Caín y viceversa.
Esta idea, dice el autor:

Ayuda asimismo a lavar la horrible mancha del nombre de Caín, que desfigura su carácter; porque aun sin estas demostraciones, del mismo texto se infiere que Caín era Jehovah. Así las escuelas teológicas ganarían mucho más si con loable enmienda devolvieran honra y fama al Dios a quien adoran (23).

Este consejo no es el primero que reciben las “escuelas teológicas”, que, sin embargo, lo sabían ya desde un principio, como Clemente de Alejandría y otros. Pero si así es, no les favorecería, y su admisión sobrepujaría la mera santidad y grandeza de la fe establecida.
Pero se nos puede preguntar: ¿por qué siguieron el mismo rumbo las religiones asiáticas que nada de esta clase tenían que ocultar y que abiertamente revelaban el esoterismo de sus doctrinas? La respuesta es que mientras el actual, y sin duda forzoso silencio de la Iglesia en este punto, se relaciona tan sólo con la externa y teórica exposición de la Biblia (cuyos secretos ningún mal causaran si desde un principio se hubiesen explicado), sucede cosa muy distinta en cuanto al esoterismo y simbología del Oriente. Si se hubiese revelado el sentido oculto del Antiguo Testamento, en nada desmereciera la gran figura protagonística del Evangelio, como la del fundador del buddhismo si se hubiese probado eran alegóricos los escritos brahmánicos de los Purânas que precedieron a su nacimiento. Además, Jesús de Nazareth ganara más que perdiera si se le hubiese presentado como un mortal que hubiera de estimarse por sus propios méritos y enseñanzas, en vez de considerarle como un Dios cuyas palabras y actos están expuestos a los ataques de la crítica. Por otra parte, los símbolos y sentencias alegóricas que velan las grandes verdades de la Naturaleza en los Vedas, Bráhmanas, Upanishads y especialmente en el lamaísta Chagpa Thogmed y otras obras de naturaleza del todo distinta y mucho más complicados en su significación secreta. Los símbolos de la Biblia tienen casi todos fundamento trínico, al paso que el de las Escrituras orientales es septenario, estando tan íntimamente relacionados con los misterios de la Fisica y de la Fisiología, como con los del Psiquismo, Teogonía y la trascendental naturaleza de los elementos cósmicos. Revelado su sentido oculto, perjudicarían a los no iniciados, y fueran desastrosos sus efectos si se comunicaran a la generación presente en su actual estado de desenvolvimiento físico e intelectual, con ausencia de espiritualidad y aun de sentido moral.
Sin embargo, las secretas enseñanzas de los templos han tenido y tienen sus depositarios, que las perpetuaron en distintos modos. Se han difundido por el mundo en cientos de volúmenes henchidos de la afectada y enigmática prosa de los alquimistas; y como impetuosas cataratas de oculto y místico saber, fluyeron de labios de bardos y poetas. Sólo el genio tuvo determinados privilegios en aquellas tenebrosas épocas en que ningún vidente podía ofrecer al mundo ni siguiera una ficción, sin adecuar al texto bíblico sus conceptos del cielo y de la tierra. Sólo al genio le cupo revelar libremente algunas de las augustas verdades de iniciación en aquellos siglos de ceguera mental, en que el temor al “Santo Oficio” cubría con tupido velo toda verdad cósmica y física. ¿De dónde sacó Ariosto, en su Orlando Furioso, aquella idea del valle de la Luna, en donde después de la muerte podemos encontrar las ideas e imágenes de todo cuanto en la tierra existe? ¿Cómo llegó Dante a imaginarse en su Infierno las múltiples descripciones de su visita y trato con las almas de las siete esferas que nos hace en aquella verdadera revelación épica de su Divina Comedia, comparable al Apocalipsis de San Juan? Las verdades ocultas no chocan al entendimiento vulgar cuando las enuncian la poesía o la sátira, porque se suponen hijas de la fantasía. El conde de Gabalis es mejor conocido y ha tenido mayor éxito que Porfirio y Jámblico. Por ficción se tiene a la misteriosa Atlántida de Platón; y en cambio creen en el diluvio universal algunos arqueólogos, que se mofan del mundo arquetípico a que alude Marcelo Palingenio en su Zodíaco; y se considerarían injuriados si se les invitara a discutir sobre los cuatro mundos: arquetípico, espiritual, astral, elemental, y otros tres más internos, de Mercurio Trismegisto. Evidentemente las sociedades civilizadas sólo están medio preparadas a recibir la revelación. De aquí que los iniciados no descubrirán del todo los secretos, hasta que la masa general de la humanidad haya cambiado su modo de ser actual y esté mejor dispuesta a aceptar la verdad. Razón tenía Clemente de Alejandría al decir: “Es indispensable ocultar en un misterio la sabiduría hablada” que enseñan “los hijos de Dios”.
Según iremos viendo, esta Sabiduría concierne a las primievales verdades que los “Hijos de la Mente” y los “Constructores” del universo, comunicaron a las primeras razas humanas.

En todos los países antiguos que por civilizados se tuvieron, hubo una doctrina esotérica, un sistema llamado genéricamente SABIDURÍA (24), a quienes se aplicaban a su estudio y fomento se les dio el nombre de sabios... Pitágoras llamó a este sistema ... ... ... , Gnosis o conocimiento de las cosas que son. Los antiguos maestros, los sabios de la India, los magos de Persia y Babilonia, los videntes y profetas de Israel, los hierofantes de Egipto y Arabia y los filósofos de Grecia y Roma, incluían en la noble denominación de SABIDURÍA todo conocimiento de naturaleza para ellos divina, distinguiendo una parte esotérica, y una parte exotérica. A esta última la llamaron los rabinos Mercavah, o sea cuerpo o vehículo del conocimiento superior (25).

Más adelante hablaremos de las leyes del sigilo a que están sujetos los discípulos orientales o chelas.

SECCIÓN V

MOTIVOS DEL SIGILO


Frecuentes han sido las quejas contra el celo de los iniciados, al reservar las Ciencias ocultas, negándoselas a la humanidad. A los Guardianes del Saber Secreto se les ha culpado de egoísmo por detentar los “tesoros” de la sabiduría antigua; y se ha dicho que eran positivamente criminal guardar tales conocimientos (“si es que había alguno”), privando de ellos a los hombres de Ciencia, etcétera.
No obstante, motivos poderosos debió de haber para ello, cuando desde los albores de la Historia tal fue la conducta de todos los hierofantes y “maestros”. A Pitágoras, el primer adepto y verdadero hombre de ciencia de la Europa precristiana, se le vitupera por haber enseñado en público que la tierra estaba fija y que las estrellas se movían alrededor de ella, mientras que a los discípulos predilectos les enseñaba el sistema heliocéntrico, y que la Tierra era un planeta. Muchas son las razones que motivaron este sigilo. En Isis sin Velo se expuso ya la principal, que ahora repetiremos:

Desde el día mismo en que el primer místico enseñado por el primer instructor, perteneciente a las “divinas dinastías” de las primitivas razas, aprendió los medios de comunicación entre este mundo y los mundos de la hueste invisible; entre las esferas material y espiritual, pudo comprender que fuera desquiciar esta misteriosa ciencia el abandonarla a la profanación involuntaria del profano populacho. Su abuso determinaría la rápida destrucción de la humanidad; parecidamente a si se pusieran substancias explosivas en manos de chiquillos, proporcionándoles además la lumbre con que encenderlas. El primer instructor divino inició tan sólo a unos cuantos discípulos, y estos guardaron silencio ante el vulgo. Reconocieron ellos a su “Dios”; y todo adepto sintió al gran “Yo” dentro de sí. El Âtman, el Yo, el poderoso señor y Protector, mostró la plenitud de su potencia en quienes lo reconocían idéntico al “Yo soy”, al “Ego sum”, al “Asmi”, y eran capaces de escuchar “la aun leve voz”. Desde los días del hombre primitivo, descritos por el primer poeta védico, hasta la edad presente, no hubo filósofo digno de este nombre que no mantuviera tan misteriosa verdad en el silente santuario de su corazón. Si fue iniciado, la aprendió como ciencia sagrada; si de otra manera, cual Sócrates, repitiéndose a sí mismo e inculcando a sus discípulos el noble consejo: “Conócete a ti mismo”, reconoció a Dios en su interior. El rey salmista nos dijo: “Sois dioses”; y vemos que Jesús recuerda a los escribas que esta expresión fue dirigida a los mortales que sin blasfemia anhelaban para ellos el mismo privilegio. Y como fidelísimo eco, afirma San Pablo que todos somos “templo del Dios vivo”; mientras en otro pasaje observa cautelosamente que estas cosas sólo son para los “sabios” y no es “lícito” hablar de ellas (1).

Podemos exponer aquí algunos de los motivos de este sigilo:
La ley fundamental y clave maestra de la teurgia práctica, en sus principales aplicaciones al detenido estudio de los misterios cósmicos, sidéreos, físicos y espirituales, fue y es todavía lo que los neoplatónicos griegos llamaron “Teofanía”. En su significado más general es la “comunicación entre los Dioses (o Dios), y aquellos iniciados espiritualmente capaces de semejante interloquio”. Pero esotéricamente significa mucho más, pues no es tan sólo la presencia de un Dios, sino la actual, aunque temporánea, encarnación, la aleación, por decirlo así, del Ser supremo, de la Deidad personal, con el hombre, su representante o agente en la tierra. Por ley general, el Dios Supremo, la Superalma (Âtma-Buddhi) del ser humano, tan sólo cobija al individuo durante la vida mortal, con objeto de darle revelaciones y enseñanzas, siendo lo que los católicos llaman “ángel de la guarda” que “a nuestro lado nos vigila”; pero en el caso del misterio teofánico, esta Superalma encarna plenamente en el teurgo para realizar alguna revelación. Cuando la encarnación es temporánea, dura muy poco tan sublime estado, que se llama “éxtasis” definido por Plotino como “la liberación de la mente de su conciencia finita, para identificarse con lo Infinito"” El alma humana, brote y emanación de su dios, realiza en tal estado la unión de "Padre y el Hijo" y la “divina fuente fluye como un torrente por su humano cauce"”(2). Sin embargo, en casos excepcionales, el misterio es completo; el Verbo se hace realmente carne y el individuo llega a ser divino en toda la acepción de la palabra, puesto que su Dios personal toma vitalicio tabernáculo en su cuerpo, el “templo de Dios”, como San Pablo dijo.
Por Dios personal del hombre se entiende aquí no sólo su séptimo principio, que, per se, y en esencia, es meramente un rayo del infinito océano de Luz. Atma y Buddhi (los dos Principios más elevados) no son una dualidad, pues Atma emana indivisiblemente del Absoluto. El Dios personal no es la mónada, sino el prototipo, que por necesidad de término más apropiado llamamos el Kâranâtma manifestado (3) (Alma Causal), uno de los “siete” y principales receptáculos de las mónadas humanas o egos. Estos van gradualmente formándose y robusteciéndose durante el ciclo de encarnación por el constante incremento de individualidad, tomando de las personalidades en que encarna aquel principio andrógino que a un tiempo participa de lo celestial y de lo terreno, llamado por los vedantinos Jîva y Vijñânamaya Kosha y que los ocultistas designaron con el nombre de Manas (la Mente); en una palabra, aquello que parcialmente unido a la mónada encarna en cada renacimiento. Saben los teósofos que cuando está ello en perfecta unidad con su (séptimo) principio, el puro espíritu, es el Yo divino Superior. Después de cada encarnación, Buddhi-Manas extrae, por decirlo así, el aroma de la flor llamada personalidad, dejando que se desvanezcan como una sombra las heces o residuos terrenos. Ésta es la parte más difícil de la doctrina, por su metafísica trascendencia.
Según hemos dicho varias veces en esta y otras obras, los filósofos, sabios y adeptos de la antigüedad no fueron idólatras; al contrario, por reconocer la unidad divina, gracias a su iniciación en los misterios, comprendieron perfectamente la ..... (hiponea), o significación subyacente en el antropomorfismo de los llamados ángeles, dioses, y seres espirituales de todo linaje. Adoraron la única Esencia Divina que penetra a la Naturaleza entera; y reverenciaron a estos “dioses” superiores o inferiores, sin adorarlos ni idolizarlos jamás, ni aun a la personal divinidad (4) de que eran rayos ellos mismos, y a la cual invocaban.
Dijo Metrodoro de Chios, discípulo de Pitágoras:

La Santa Tríada emana del Uno, y es la Tetraktys; los dioses, los genios y las almas, son una emanación de la Tríada. Los héroes y hombres, reproducen la jerarquía en sí mismos.

La última parte del pasaje, significa que el hombre tiene en sí mismo los siete pálidos reflejos de las siete jerarquías divinas; por lo tanto, su Yo superior es reflejo del Rayo directo. Quien considera a éste como una entidad, en la ordinaria acepción de la palabra, es uno de los “infieles y ateos” de quienes habla Epicuro, pues siguiendo “las opiniones del vulgo”, atribuye a Dios un grosero antropomorfismo (5). Los adeptos y ocultistas saben que “los llamados dioses son los primeros principios” (Aristóteles). En todo caso, son principios inteligentes, conscientes y vivientes las siete primarias Luces manifestadas procedentes de la Luz inmanifestada, que para nosotros es oscuridad. Son los siete (exotéricamente cuatro), Kumâras o “Hijos nacidos de la Mente” de Brahmâ; los Dhyân-Chohans, o prototipos, en la eónica eternidad, de dioses inferiores y jerarquías de seres divinos, en el ínfimo peldaño de cuya escala estamos los hombres.
De modo que el politeísmo, filosóficamente comprendido, puede resultar muy superior al monoteísmo protestante que supone lo Infinito en la Divinidad limitada y condicionada, cuyas supuestas acciones hacen de ese “Absoluto e Infinito” la más absurda paradoja filosófica. Desde este punto de vista, el catolicismo romano es muchísimo más lógico que el protestantismo, si bien la Iglesia romana admite el concepto exotérico del “vulgo” pagano y rechaza la filosofía del puro esoterismo.
De modo que todo hombre tiene en los cielos su contraparte inmortal, o mejor dicho, su arquetipo. Quiere ello decir que durante el ciclo de renacimientos está indisolublemente unido éste a la parte mortal en cada una de sus encarnaciones; pero esto se verifica por medio del principio espiritual e intelectual enteramente distinto del yo inferior; y nunca por medio de la personalidad terrestre. De éstas, algunas faltas de vínculos espirituales, llegan hasta a romper esta unión. Como con enigmático estilo dice Paracelso, el hombre con sus tres espíritus (combinados), pende a manera de feto por los tres de la matriz del Macrocosmos; y el cordón que lo mantiene unido es el “Alma-Hilo”, “Sûtrâtmâ, y Taijasa (el “Brillante”) de los vedantinos, Por medio de este principio espiritual e intelectual, está unido el hombre a su arquetipo celeste; nunca por medio del yo inferior o cuerpo astral, que se desintegra y desvanece, en la mayor parte de los casos, sin quedar nada.
El Ocultismo o Teurgia enseña el modo de realizar esta unión. Pero sólo las acciones y personales merecimientos del hombre pueden producirla sobre la tierra o determinar su duración. Ésta dura desde unos segundos, un relámpago, o muchas horas. En este intervalo, el teurgo o teófano, es él mismo ese “Dios” protector, dotado durante ese tiempo, por lo tanto, de relativa omniscencia y omnipotencia. En adeptos tan perfectos y divinos como Buddha (6) y otros, este hipostático estado de avatárica condición, puede durar toda la vida; mientras que en los iniciados completos que no alcanzaron todavía el perfecto estado de Jivanmukta (7) la Teopneustía, cuando está en pleno influjo, se reduce al completo recuerdo de todo lo visto, oído y sentido por el Adepto elevado.
Según se lee en el Mândûkyopanishad, 4:

Taijas tiene la fruición de lo suprasensible.

Aquellos menos perfectos consiguen tan sólo parcial e indistinta memoria; y el principiante, en el primer período de sus experiencias psíquicas, tiene que afrontar al pronto una mera confusión, seguida de un rápido y completo olvido de los misterios vistos durante su estado superhipnótico. Al volver a la condición de vigilia física, el grado de recuerdo depende de su purificación psíquica y espiritual; pues el mayor enemigo de la memoria superior es el cerebro físico, el órgano de la naturaleza sensual y afectiva del hombre.
Hemos descrito los estados superiores para mejor comprensión de las palabras empleadas en esta obra. Hay tantas y tan varias condiciones y estados, que aun los videntes se exponen a confundirlos unos con otros. Repetiremos que la arcaica palabra griega “teofanía”, tuvo más amplio significado para los neoplatónicos que para los modernos pergeñadores de diccionarios. Esta palabra compuesta no quiere decir “aparición de Dios al hombre” como de su etimología se infiere (8) y fuera absurdo; sino la presencia real de Dios en el hombre, o sea la encarnación divina. Cuando Simón el Mago pretendía ser “el Dios Padre”, quería decir precisamente lo que se acaba de explicar, a saber que era una divina encarnación de su propio Padre, sea que en éste veamos un ángel, un dios o un espíritu; y por eso se decía de él: “Éste es el poder de Dios que se llama grane” (9), o sea el poder por el cual el divino Yo se engasta en su yo inferior; es decir, en el hombre.
Éste es uno de los varios misterios de la existencia y de la encarnación. Otro es el que se nos ofrece cuando un adepto alcanza en vida aquel estado de pureza y santidad que “lo equipara a los ángeles”. Entonces su cuerpo astral, o aparicional, después de la muerte física, se hace tan sólido y tangible como el carnal y se transforma en el hombre verdadero (10). El antiguo cuerpo físico se desecha en tal caso como muda de piel la culebra y a su albedrío el cuerpo del “nuevo” hombre puede hacerse visible o invisible por estar eclipsado por una concha âkâshica que lo envuelve. Tres caminos tiene el Adepto entonces:
1º Permanecer en la esfera etérea de la tierra (vâyu o kâma-loka), en esa localidad etérea oculta a las miradas humanas, excepto durante relámpagos clarividentes. En este caso, su cuerpo astral, por virtud de su gran pureza y espiritualidad, ha perdido las condiciones requeridas para que la luz âkâshica (el éter inferior o terrestre), absorba sus partículas semimateriales; y el adepto tendría que permanecer en compañía de los cascarones astrales en proceso de desintegración sin hacer obra útil. Esto, naturalmente, no puede ser.
2º Por un supremo esfuerzo de voluntad, puede sumirse completamente en su mónada y quedar unido a ella. Sin embargo, si tal hiciese: a) impediría que su Yo superior alcanzara el póstumo samâdhi (estado de dicha que no es nirvâna real) puesto que el cuerpo astral, aunque puro, sería demasiado terreno para semejante estado de felicidad; y b) con esto crearía karma, pues es egoísta la acción de cosechar los frutos en provecho propio.
3º El adepto puede renunciar conscientemente al nirvâna y quedarse trabajando en la tierra por el bien de la humanidad, lo cual le cabe hacer de dos diferentes modos: dando a su cuerpo astral apariencia física como se ha dicho, y resumiendo en él su personalidad; o aprovechándose, ya del cuerpo físico enteramente nuevo de un recién nacido, ya de algún “cuerpo abandonado” como con el de un Rajá muerto hizo Shankarâchârya, para vivir en él cuanto quiera (11). A esto se le llama “existencia continuada”. En “El Misterio de Buddha” explicaremos más detenidamente estos fenómenos, incomprensibles para los profanos, y absurdos para la mayoría de las gentes. Tal es la doctrina que se nos enseña y que, a nuestra elección, podemos estudiar hasta profundizarla, o no hacer caso de ella.
Lo expuesto es tan sólo una corta parte de lo que hubiéramos podido publicar en Isis sin Velo si fuera entonces tiempo oportuno como lo es ahora. Nadie estudiará provechosamente las ciencias ocultas a menos que se entregue a ellas en cuerpo, corazón y alma. Algunas de sus verdades son demasiado terribles y peligrosas para las mentes mediocres. No es posible jugar impunemente con tan tremendas armas. Por lo tanto, según dice San Pablo, es “ilícito” hablar de ellas; aceptemos el aviso, y hablemos tan sólo de lo “lícito”.
La cita [de Isis sin Velo] que figura al principio de esta sección se refiere únicamente a la magia psíquica o espiritual, Las enseñanzas prácticas de la ciencia oculta son completamente distintas, y pocos tienen el necesario vigor mental para recibirlas. El éxtasis y diversas clases de autoiluminación puede alcanzarlos uno mismo, sin necesidad de iniciador ni maestro; porque al éxtasis se llega mediante el interno imperio y dominio del Yo sobre el ego físico; mientras que para adquirir mando sobre las fuerzas de la naturaleza, se necesita larga práctica o ser “mago de nacimiento”. Así, pues, a los que carecen de ambas cualidades requeridas, se les aconseja insistentemente que se limiten al desenvolvimiento espiritual. Pero aun éste es difícil; porque la primera e indispensable condición es la inquebrantable creencia en los poderes propios y en el Dios interno; pues de otro modo se convertiría uno en un médium irresponsable. En toda la literatura mística del mundo antiguo descubrimos la misma idea, espiritualmente esotérica, de que el Dios personal está dentro y no fuera del adorador. Esta Deidad personal no es vana palabra ni ficción caprichosa, sino una Entidad inmortal, el Iniciador de los iniciados, ahora que ya no habitan entre nosotros los iniciadores celestes (los shishta de los ciclos precedentes). Como rápida y clara corriente subterránea, fluye aquélla sin mancillar su cristalina pureza en las fangosas y turbias aguas del dogmatismo religioso con su forzado Dios en figura de hombre y su intolerancia. La idea de Dios interior palpita en el enmarañado y tosco estilo del Codex Nazaraeus, en el grandilocuente y neoplatónico Evangelio de San Juan, en los antiquísimos Vedas, en el Avesta, en el Abhidharma, en el Sânkhya de Kapila y en el Bhagavad Gîtâ. No es posible alcanzar el adeptado y el nirvâna, la felicidad y el “reino de los cielos”, sin unirnos indisolublemente a nuestro Rey de la Luz, al Señor del Esplendor y de la Luz, el inmortal Dios que está en nosotros. “Aham eva param Brahman”. “Verdaderamente yo soy el supremo Brahman”. Tal fue siempre la única verdad viva en el corazón y en la mente de los adeptos; y esta verdad es la que ayuda al místico a llegar al adeptado. Primero es preciso reconocer en nuestro interior el inmortal Principio, y después únicamente se puede conquistar el reino de los cielos por las violencias. Pero esta espiritual proeza sólo puede cumplirla el hombre superior (no el intermedio, ni mucho menos el inferior que es deleznable polvo). Tampoco puede el segundo hombre, el “Hijo” en este plano (como el “Padre” es también “Hijo” en plano superior), realizar cosa alguna sin auxilio del primero, del “Padre”. Pero para lograr éxito, tiene uno que identificarse con su propio Padre divino.

El primer hombre es de la tierra, terreno, el segundo hombre [el interno, el más elevado] es el Señor del cielo... He aquí, os digo un misterio (12).

Esto dice San Pablo refiriéndose únicamente al hombre dual y trino, para mejor comprensión de los no iniciados. Sin embargo, esto no basta; porque es preciso cumplir el délfico mandato; y que a sí mismo se conozca el hombre, para convertirse en perfecto adepto. Pocos pueden adquirir empero este conocimiento; no ya tan sólo en su místico significado, sino ni siquiera en su simple sentido literal, pues hay dos significados en este mandamiento del Oráculo. Tal es, lisa y llanamente, la doctrina de Buddha y de los Bodhisattvas. Éste es también el místico sentido de lo que san Pablo dijo a los corintios, sobre que ellos eran el “templo de Dios”; pues he aquí el sentido esotérico:

¿No sabéis que sois templo de [él, o vuestro] Dios y que el espíritu de [un, o vuestro] Dios, mora en vosotros? (13).

Estas palabras encierran exactamente el mismo significado que el “Yo soy verdaderamente Brahman” de los vedantinos, y si blasfemia es esto, también habría de serlo lo dicho por San Pablo, lo cual se niega. Al contrario, la afirmación vedantina es mucho más sincera y explícita que la cristiana, porque los brahmanes nunca se refieren a su cuerpo físico al decir “yo”, “sino que lo consideran como forma ilusoria, para ser visto por los demás en él, y ni tan siquiera como parte del “yo”.
Todas las naciones antiguas comprendieron perfectamente el mandato délfico: “Conócete a ti mismo”. Igualmente lo comprenden hoy día las religiones orientales, pues con excepción de los musulmanes, forma parte de toda religión oriental, incluso los judíos instruidos cabalísticamente. Sin embargo, para entender bien su significado es preciso ante todo creer en la reencarnación y sus misterios; no como la admiten los reencarnacionistas franceses de la escuela de Allan Kardec, sino según la expone y enseña la filosofía esotérica. En una palabra, el hombre debe saber quién fue antes de saber lo que es. Pero ¿cuántos europeos son capaces de creer, en absoluto, como ley general, en sus pasadas y futuras encarnaciones, dejando aparte el místico conocimiento de su vida precedente? La educación primaria, el habitual ejercicio de la mente, la tradición, todo, en suma, contraría tal creencia durante toda su vida. A las gentes instruidas se les imbuyó la perniciosa idea de que son casuales las hondas diferencias existentes entre los hombres, aun de una misma raza; que el ciego azar abrió abismos de separación entre hombres de distinta cuna, posición y cualidades personales (circunstancias todas que tan poderosamente influyen en el proceso de cada vida humana), y que todo se debe al ciego azar. Tan sólo los más piadosos, encuentran equívoco consuelo ante semejantes diferencias, atribuyéndolas a la “voluntad de Dios”. Nunca han analizado, nunca se han detenido a pensar que al rechazar neciamente la equitativa ley de los múltiples renacimientos, arrojan sobre su Dios el más infamante oprobio. ¿Han reflexionado alguna vez los cristianos sinceros y anhelosos de imitar la conducta de Cristo, sobre la pregunta: “¿Eres tú Elías?” que al Bautista (14) dirigieron los sacerdotes y levitas? El Cristo enseñó a sus discípulos esta gran verdad de la Filosofía Esotérica; pero, si los apóstoles la comprendieron, parece que nadie más ha desentrañado su recto sentido. Ni aun Nicodemo, que a las palabras de Jesús: “A menos que el hombre sea nacido de nuevo (15) no verá el reino de los cielos”, respondió: “¿Cómo puede nacer un hombre viejo?”; a lo que Cristo replicó: “¿Eres maestro en Israel y no sabes estas cosas?”, pues nadie tiene derecho a llamarse “maestro” e instructor, si no ha sido iniciado en los misterios del renacimiento espiritual por el agua, el fuego y el espíritu, y en el renacimiento en la carne (16). También aluden transparentemente a la doctrina de los múltiples renacimientos, las palabras con que Jesús respondió a los saduceos “que negaban la resurrección”, esto es, el renacimiento, puesto que aun el clero docto considera hoy absurda la resurrección de la carne:

Los que sean dignos alcanzarán aquel mundo [el nirvâna] (17), en que no hay bodas... y en donde no morirán ya más;

Lo cual indica que ya habían muerto más de una vez. Y también:

Que los muertos se han levantado ahora lo mostró también Moisés... cuando llamó al Señor, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; pues él no es Dios de muertos, sino de vivos (18).

La frase “se han levantado ahora” se refiere evidentemente a los entonces actuales renacimientos de los Jacob e Isaac, y no a su futura resurrección; porque en tal caso hubieran estado aún muertos, y no se hablara de ellos como “vivos”.
Pero la parábola más sugestiva de Cristo, su más concluyente “sentencia enigmática” es la que dio a sus apóstoles, sobre el hombre ciego:

Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para haber nacido ciego? – Y Jesús respondió: “Ni este hombre [el físico, el ciego] pecó, ni sus padres; mas que las obras de [su] Dios es preciso se manifiesten en él” (19).

El hombre es sólo el “tabernáculo”, la “casa” de su Dios; y por lo tanto no es el templo sino su morador, el vehículo de Dios (20), quien pecó en una encarnación anterior y trajo en consecuencia el karma de ceguera en el nuevo cuerpo físico. Vemos, pues, que Jesús habló verdad; pero sus prosélitos persisten hasta hoy en no comprender las palabras de la sabiduría hablada. La Iglesia cristiana presenta al Salvador en las interpretaciones que da a sus palabras, como si realizara un programa preconcebido que hubiese de conducir a un previsto milagro. Verdaderamente, el gran Mártir desde entonces y durante diez y ocho siglos, está siendo crucificado día tras día, por clérigos y laicos, mucho más cruelmente que lo fue por sus alegóricos enemigos. Porque tal es el recto sentido de las palabras “que las obras de Dios es preciso se manifiesten en él”, si las leemos a la luz de la interpretación teológica, y es poco digno si se rechaza la explicación esotérica.
Tal vez algunos consideren esto como palmaria blasfemia; pero sabemos que muchos cristianos cuyos corazones palpitan por el ideal de Jesús, y cuyas almas repugnan la teológica figura del Salvador canónico, reflexionarán sobre aquella explicación, sin hallar blasfemia alguna, sino tal vez un consuelo.


SECCIÓN VI

PELIGROS DE LA MAGIA PRÁCTICA


Dual es el poder de la magia; y nada más fácil, por consiguiente, que degenere en hechicería; para lo que basta un mal pensamiento. Así, pues, mientras el ocultismo teórico es inocente, y puede ser beneficioso, la magia práctica, el fruto del árbol de la Vida y del Conocimiento (1) o sea la “Ciencia del bien y del mal”, está erizada de riesgos y peligros. Para estudiar el ocultismo teórico hay, sin duda, varias obras de provechosa lectura, además de libros tales como Las Fuerzas sutiles de la naturaleza, etc., el Zohar, Sepher Yetzirak, Libro de Enoch, Kábalah de Frank y muchos tratados herméticos. Si bien raras en las lenguas vulgares de Europa, abundan estas obras en latín, por haber sido sus autores los filósofos medievales a quienes generalmente se les llama alquimistas o rosacruces. Sin embargo, aun la lectura de estos libros puede perjudicar al estudiante desguiado, que los abra sin clave adecuada ni capacidad propia para distinguir los senderos diestro y siniestro de la magia. En este caso aconsejaríamos al estudiante que no emprendiese solo la tarea, pues acarrearía sobre él y los suyos inesperados males y aflicciones, sin conocer su procedencia ni la naturaleza de los poderes que, despertados por su mente, gravitarían sobre su vida. Muchas son las obras a propósito para los estudiantes adelantados; mas tan sólo pueden ponerse a disposición de discípulos “juramentados” o chelas que han contraído el solemne y vitalicio compromiso, que les da derecho a protección y ayuda. En cualquier otro caso, la lectura de semejantes obras, por bien intencionadas que sean, no pueden por menos de extraviar al incauto y conducirle imperceptiblemente a la Magia Negra o Brujería, si no a algo peor.
Los caracteres místicos, las letras y guarismos, especialmente estos últimos, son la parte más peligrosa de cuanto se halla en la Gran Kabalah. Y decimos peligrosa, por la suma rapidez de sus efectos, independientes o no de la voluntad del experimentador, y aun sin su conocimiento. Algunos estudiantes pueden dudar de la exactitud de esta afirmación, por cuanto, después de manipular estos números, no pudieron advertir ninguna terrible manifestación física. Tales resultados hubieran sido los menos peligrosos; las causas morales producidas y los varios acontecimientos sobrevenidos y acumulados en imprevistas crisis, atestiguarían cuán cierto es lo dicho, si los estudiantes profanos tuviesen al menos la facultad de discernir.
La rama especial de ocultismo conocida con el nombre de “Ciencia de las correspondencias” numéricas o literales tiene por epígrafe o punto de partida aquellos dos mal interpretados versículos de los cabalistas cristianos, según los cuales, Dios:

Ordenó todas las cosas en número, peso y medida (2).

y que:

Él la creó en el Espíritu Santo, y la vio, contó y midió (3).

El ocultismo oriental tiene otro punto de partida: “La Unidad absoluta x, en el número y la pluralidad”. Tanto los estudiantes occidentales como los orientales de la Sabiduría Secreta, reconocen esta verdad axiomática. Pero los últimos la confiesan más sinceramente. En vez de encubrir su ciencia, la muestran a toda faz; por más que velen cuidadosamente su corazón y su alma ante las miradas incomprensivas del vulgo profano, siempre propenso a abusar con fines egoístas de las más sagradas verdades. Pero la Unidad es la base real de las ciencias ocultas, así físicas como metafísicas. Esto lo indica hasta el erudito cabalista occidental Eliphas Levi, no obstante sus aficiones un tanto jesuíticas. Dice él así:

La Unidad absoluta es la suprema y final razón de las cosas. Por lo tanto esa razón no puede ser ni una ni tres personas; es la Razón por excelencia (4).

El significado de esta Unidad en la pluralidad, en “Dios” o en la Naturaleza, sólo puede descubrirse por métodos trascendentales, por los números, así como por las relaciones entre un alma y el Alma. Tanto en la Kabalah como en la Biblia, los nombres tales como Jehovah, Adán Kadmon, Eva, Caín, Abel y Enoch están más íntimamente relacionados, por correspondencias geométricas y astronómicas, con la Fisiología (o el falicismo); que con la Teología o la religión. Por poco que las gentes se hallen preparadas aún para admitirla, se mostrará la verdad de este hecho. Aunque todos aquellos nombres son símbolos de cosas ocultas, tanto en la Biblia como en los Vedas, difieren mucho sus respectivos misterios. Los arios y los judíos aceptaron el lema de Platón: “Dios geometriza”; pero mientras los primeros aplicaron su Ciencia de las correspondencias a velar las más espirituales y sublimes verdades de la Naturaleza, los últimos emplearon su ingenio en encubrir sólo uno (para ellos el más divino) de los misterios de la Evolución, a saber, el del nacimiento y la generación, divinizando después los órganos de esta última.
Aparte de esto, todas las cosmogonías sin excepción se basan, entrelazan e íntimamente se relacionan con los números y figuras geométricas. Un iniciado dirá que estas figuras y guarismos dan valores numéricos, basados en los valores integrales del círculo, llamado por los alquimistas “la secreta morada de la siempre invisible Divinidad”; del mismo modo que darán otros símbolos relacionados con otros misterios, sean antropográficos, antropológicos, cósmicos y físicos. “Relacionando las ideas con los números, podemos operar con ideas de la misma manera que con números, estableciendo así las matemáticas de la verdad”; esto escribe un ocultista que muestra su gran sabiduría al desear permanecer desconocido:

Cualquier cabalista que conozca el sistema numérico y geométrico de Pitágoras, puede demostrar que las ideas metafísicas de Platón están basadas sobre los más estrictos principios matemáticos. Dice el Magicon: “Las verdaderas matemáticas son algo que palpita en todas las ciencias; y las matemáticas vulgares no son sino ilusoria fantasmagoría, cuya muy encomiada infabilidad se apoya únicamente en condiciones y referencias materiales...”
Tan sólo la teoría cosmológica de los números que Pitágoras aprendió en la India y de los hierofantes egipcios, es capaz de conciliar las dos unidades: materia y espíritu; de modo que por una de ellas se demuestra matemáticamente la otra. Tan sólo la combinación esotérica de los sagrados números del universo puede resolver el gran problema, y explicar la teoría de la irradiación y el ciclo de las emanaciones. Los órdenes inferiores, antes que desenvuelvan en los superiores, han de emanar otros órdenes espirituales, para ser reabsorbidos en el infinito cuando alcanzan el punto de conversión (5).

En estas verdaderas Matemáticas se funda el conocimiento del Kosmos y de todos los misterios; y a quien las conozca, le será fácil comprobar que tanto la cosmogonía védica como la bíblica tienen por raíz la ley de “Dios en la Naturaleza” y “la Naturaleza en Dios”. Por lo tanto, esta ley, como cualquiera otra eternamente fija e inmutable, sólo puede hallar correcta expresión en aquellas purísimas y trascendentales Matemáticas de Platón, y especialmente en las aplicaciones trascendentales de la Geometría. Revelada (no rehuimos ni retiramos la palabra) a los hombres en esta forma, geométricamente simbólica, ha ido desenvolviéndose la Verdad en símbolos adicionales de invención humana, añadidos adrede para que la comprendieran mejor las gentes que, llegadas demasiado tarde a su ciclo evolutivo para participar del primitivo conocimiento, no podían entenderlas de otra manera. Pero no es culpa de las gentes, sino del sacerdocio (ávido en todo tiempo de dominación y poderío), el que, degradando las ideas abstractas, se haya representado en figuras humanas a los divinos seres que presiden y son los guardianes y protectores de nuestro manvantárico período del mundo.
Pero ha llegado el día en que al pensamiento religioso no le satisfacen los groseros conceptos de nuestros antepasados de la Edad Media. Los alquimistas y místicos medievales son hoy físicos y químicos escépticos; y en su mayor parte se desvían de la verdad, a causa de las ideas puramente antropomórficas, y groseramente materialistas, con que se la representa. Por lo tanto; o las futuras generaciones habrán de ser gradualmente iniciadas en las verdades subyacentes en las religiones exotéricas, o habrán de romper los pies de barro dorado del último ídolo. Ningún hombre culto desecharía las que ahora llaman “supersticiones” que cree basadas en cuentos infantiles, si pudiera ver los hechos que de fundamento les sirven. Por el contrario, una vez enterado de que toda enseñanza de las ciencias ocultas se funda en filosóficos y científicos hechos naturales, se aplicaría al estudio de estas ciencias con tanto ardor como antes lo rehuyera. Esto no puede realizarse de una vez, porque para mayor provecho de la humanidad, han de revelarse tales verdades poco a poco y con muchas precauciones, pues la mente pública no está aún preparada para ellas. Además, si bien muchos agnósticos de nuestra época se hallan en la actitud mental que la ciencia moderna exige, el vulgo propende siempre a entercarse en sus viejas manías mientras dura su recuerdo. Así hizo el emperador Juliano (llamado el apóstata por amar demasiado a la verdad para aceptar otra cosa), y que, aunque en su última Teofanía contempló a sus amados Dioses como sombras pálidas y borrosas, se aferró sin embargo a ellos. Dejemos, pues, que el mundo se aferre a sus dioses, de cualquier plano o categoría que sean. El verdadero ocultista sería reo de lesa humanidad, si derribara las viejas divinidades antes de que pueda reemplazarlas por la entera y pura verdad, lo cual no puede hacer todavía; si bien al lector se le consienta aprender al menos el alfabeto de esa verdad. En todo caso se le puede mostrar que dioses del paganismo que la Iglesia califica de demonios, no son lo que se cree, aunque no pueda saber la verdad entera de lo que son. Sepa el lector que las herméticas “Tres Matres” y las “Tres Madres” del Sepher Yetzirah, son la misma cosa; que no son divinidades infernales, sino la luz, el calor y la electricidad; y entonces quizá los hombres instruidos cesarán de despreciarlas. Logrado esto, los iluminados rosacruces podrán tener prosélitos aun en las mismas Academias, que con ello estarán mejor dispuestas que hoy a reconocer las antiguas verdades de la filosofía natural arcaica, especialmente cuando sus eruditos miembros se convenzan de que en lenguaje hermético, las “Tres Madres” son el símbolo de todos los agentes que tienen lugar propio en el moderno sistema de la “correlación de fuerzas” (6). Hasta el politeísmo del “supersticioso” e idólatra brahman tiene su razón de ser, supuesto que las tres Shaktis de los tres grandes dioses Brahmâ, Vishnu y Shiva son idénticas a las “Tres Madres” del monoteísta judío.
Simbólico es el conjunto de las religiones antiguas con sus literaturas místicas. Los Libros de Hermes, el Zohar, el Ya-Yakav, el egipcio Libro de los Muertos, los Vedas, los Upanishads y la Biblia, están llenos de simbolismo como las revelaciones nabateas del caldaico Qû-tâmy. Preguntar cuál de ellos tiene primacía, es perder el tiempo. Todos ellos son versiones distintas de la primieval revelación y del conocimiento prehistórico.
Los cuatro primeros capítulos del Génesis contienen la sinopsis del Pentateuco, y constituyen versiones varias de los mismos conceptos, en diferentes aplicaciones alegóricas y simbólicas. El autor del Origen de las medidas, obra desgraciadamente poco conocida en Europa, sólo infiere la presencia de las Matemáticas y de la Metrología en la Biblia, de que las dimensiones de la pirámide de Cheops reaparecen minuciosamente en la estructura del templo de Salomón; y de que los nombres bíblicos Sem, Cam y Jafet determinan “las dimensiones de la pirámide en relación con el período noético de 600 años y el período postnoético de 500 años”; así como también de que las frases “hijos de Elohim” e “hijas de Adán” corresponden a voces astronómicas. El autor deduce de todo ello raras y sorprendentes conclusiones, no corroboradas por los hechos. Su opinión se contrae, al parecer, a que por ser astronómicos los nombres de la Biblia judaica, han de ser como ella todas las demás Escrituras. En esto yerra profundamente el erudito y sagacísimo autor del Origen de las Medidas. La “Clave del Misterio egipcio.hebraico”, sólo descifra una porción de los escritos hieráticos de ambos pueblos, y deja indescifrados los de otras naciones. La opinión del autor es que “la sublime ciencia sola de la Kabalah, sirvió de base a la Masonería”; y en efecto, considera a la Masonería como la esencia de la Kabalah y a ésta como “base racional del texto hebreo de la Sagrada Escritura”. No discutiremos acerca de esto con el autor, pero tampoco condenaremos a los que en la Kabalah ven algo más que “la sublime ciencia” supuesto fundamento de la Masonería. Semejante conclusión daría lugar, por su exclusivismo y parcialidad, a futuros errores, además de ser absolutamente injusta y empañadora de la “divina ciencia”.
La Kabalah es verdaderamente “de la esencia de la Masonería”; pero tan sólo depende de la Metrología en el aspecto menos esotérico, pues Platón no encubrió jamás la idea de que la Divinidad geometriza. Para el no iniciado, por muy erudito y genial que sea, la Kabalah que trata únicamente de la “vestidura de Dios”, del velo y manto de la verdad, “está cimentada sobre la aplicación práctica a usos actuales” (7); lo cual significa que tan sólo es ciencia exacta en el plano terreno. Para el iniciado, el Señor cabalístico desciende de la raza primieval, de la progenie espiritual de los “Siete Hijos de la Mente”. Al legar a la tierra, las divinas matemáticas (8) velaron su rostro; y por tanto el secreto más importante que nos han descubierto en la época presente es la identidad de las antiguas medidas romanas con las inglesas actuales, y del codo hebreo-egipcio con la pulgada masónica (9).
El descubrimiento es maravilloso, y ha servido de guía para llegar a otros de menor importancia respecto de los símbolos y nombres bíblicos. Según muestra Nachanides, está enteramente comprobado que en tiempos de Moisés se leía como sigue el primer versículo del Génesis: B’rash ithbara Elohim, cuya traducción es: “En laprimitiva fuente [Mûlaprakriti, la Raíz sin Raíz], desarrollaron [o evolucionaron] los Dioses [Elohim], los cielos y la tierra”; mientras que ahora, debido a los puntos masotéricos y a la astucia teológica, se ha transformado el versículo en B’rashith bara Elohim, que significa: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, cuya versión amañada ha llevado al antropomorfismo y al dualismo. ¿Cuántos más ejemplos semejantes no se pueden encontrar en la Biblia que es la obra última y más reciente entre las ocultas de la antigüedad? A ningún ocultista le puede caber duda de que, no obstante su contextura y significación externa, la Biblia, tal como se explica en el Zohar o Midrash, el Yetzirah (Libro de la Creación) y el Comentario de los diez Sephiroth (por Azariel ben Manachem, del siglo XII), es parte y porción de la Doctrina Secreta de los arios, expuesta de la misma manera en los Vedas y demás libros alegóricos. El Zohar es copia y eco fiel de los Vedas, como lo evidencia el enseñar que la causa Única e Impersonal se manifiesta en el Universo por medio de sus emanaciones, los Sephiroth; y que el universo, en su totalidad, es sencillamente el velo tejido de la propia sustancia de la Deidad. Estudiada en sí misma, sin el auxiliar cotejo de la literatura védica y brahmánica en general, no se encontrarán en la Biblia los secretos universales de la naturaleza oculta. Los codos, pulgadas y medidas del plano físico nunca resolverán los problemas del mundo en el plano espiritual, porque el espíritu no tiene peso ni medida. La resolución de estos problemas está reservada a los “místicos y soñadores”, que son los únicos capaces de resolverlos.
Moisés fue un sacerdote iniciado, versado en todos los misterios, ciencias y enseñanzas ocultas de los templos egipcios, y por lo tanto muy al tanto de la sabiduría antigua. En esta última es donde ha de buscarse el significado simbólico y astronómico del “Misterio de los Misterios”, la gran Pirámide. Y como Moisés se familiarizó con los secretos geométricos que durante largos eones escondieron en su robusto seno las medidas y proporciones del Kosmos, incluso las de nuestra diminuta Tierra, ¿qué maravilla que se aprovechara de sus conocimientos? El esoterismo de Egipto fue en un determinado momento el del mundo entero. Durante el largo período de la tercera raza había sido patrimonio común de todo el género humano, recibido de sus instructores los “Hijos de la Luz”, los siete primievales. Hubo también época en que la Religión de Sabiduría no era simbólica; pues llegó a serlo paulatinamente, a causa de los abusos y hechicerías de los atlantes. Porque el “abuso” del divino don y no el uso, es lo que condujo a los hombres de la cuarta raza a la magia negra y a la brujería, hasta que por fin se “hizo olvidadizo” de la sabiduría; mientras que los hombres de la quinta raza, los herederos de los rishis de la Tretâ Yuga, emplearon sus facultades para atrofiar los divinos dones en la humanidad en general, y luego se dispersaron como “raíz escogida”. Tan sólo conservaron memoria de las divinas enseñanzas, los que se salvaron del “Gran diluvio”; y la creencia de un cambio, basada en el conocimiento de sus progenitores, les dio a entender que existió tal ciencia, celosamente guardada por la “raíz elegida”, por Enoch exaltada. Pero tiempo ha de venir en que el hombre vuelva a ser gradualmente tan puro y semicorpóreo como lo fue durante la segunda edad (Yuga). Así será cuando pase su ciclo de pruebas. El iniciado Platón nos dice en el Fedro, lo que fue el hombre y lo que volverá a ser:

Antes de que es espíritu del hombre cayera en la sensualidad y rotas las alas quedase aprisionado en el cuerpo, vivía con los dioses en el sutil mundo espiritual, allí donde todo es verdadero y puro (10).

En otro pasaje habla de la época en que los hombres no procreaban, sino que vivían como espíritus puros.
Los científicos que de esto se rían, atrévanse a desentrañar el misterio del origen del primer hombre.
Deseoso de que el pueblo por él escogido no cayese en la grosera idolatría de los circundantes, aprovechó Moisés su conocimiento de los misterios cosmogónicos de la Pirámide, para fundamentar sobre él la Cosmogonía del Génesis con símbolos y alegorías mucho más inteligibles para el vulgo que las abstrusas verdades enseñadas en los santuarios a los escogidos. Moisés tan sólo fue original en la forma de expresión; mas no añadió ni una tilde al concepto, siguiendo en esto el ejemplo de los iniciados de naciones más antiguas. Al encubrir bajo ingeniosas alegorías las verdades que aprendió de los hierofantes, satisfizo así las exigencias de los israelitas; pues esta obstinada raza no hubiera aceptado Dios alguno, a menos que fuera tan antropomórfico como los del Olimpo; y el mismo Moisés no acertó a prever la época en que ilustres legisladores defenderían la cáscara, del fruto de aquella sabiduría que en el monte Sinaí germinó y en él sazonó cuando se comunicaba con su personal Dios, con su divino Yo. Moisés comprendió el gravísimo riesgo de entregar semejantes verdades al egoísmo de las multitudes, porque se acordaba del pasado y conocía el significado de la fábula de Prometeo. De aquí que velara alegóricamente las enseñanzas, para preservarlas de profanas miradas. Por esto dice su biógrafo, que al bajar del Sinaí

no sabía que su cara estaba radiante... y puso un velo sobre su faz (11).

Así también veló la faz del Pentateuco de tal manera, que hasta 3376 años después, según la cronología ortodoxa, no empezó el pueblo a advertir que estaba “velado”. No ha brillado la faz de Dios en él, ni siquiera la de Jehovah, ni aun la de Moisés; sino verdaderamente, las de los últimos rabinos.
No es, pues, extraño que Clemente de Alejandría dijese en el Stromateis (12):

Los enigmas de los hebreos en relación con lo que encubren, son semejantes a los de los egipcios.

 

 

 

 

SECCIÓN VII

VINO VIEJO EN ODRES NUEVOS

Argucias católico romanas.-Copias que preceden a los originales.-Plagios del autor del cuarto Evangelio.-Difícil interpretación de la Biblia.

SECCIÓN VIII

EL LIBRO DE ENOCH, ORIGEN Y FUNDAMENTO DEL CRISTIANISMO

Dudosa antigüedad del "Libro de Enoch".-Interpolaciones en el Libro de Enoch.- El Libro de Enoch y el Cristianismo.-Enoch menciona las razas.-El antiguo testamento tomado del Libro de Enoch.-Simbolismo del Libro de Enoch.-Simbolismo del Libro de Enoch.-Enoch, el "Hijo del hombre".

 

Los judíos, o mejor dicho sus sinagogas, tienen en mucho aprecio el Mercavah y repudian el Libro de Enoch; ya porque no estuvo desde un principio incluido entre sus libros canónicos, ya porque según opina Tertuliano:

Los judíos lo rechazaron como las demás Escrituras que hablan de Cristo (1)

Pero ninguna de estas razones, era la verdadera. El Synedrión no quiso admitirlo por considerarlo más bien obra de magia que cabalística. Los teólogos, tanto católicos como protestantes, lo clasifican entre los libros apócrifos; a pesar de que el Nuevo Testamento particularmente los Hechos y las Epístolas, rebosa de ideas (aceptadas hoy como dogmas por la infalible Iglesia romana y otras), y aun de frases enteras tomadas en verdad del autor que con el nombre de "Enoch" escribió en lengua aramaica o siriaco-caldea el libro citado, según afirma el arzobispo Laurence, traductor del texto etíope.

Son tan evidentes los plagios, que el autor de La Evolución del Cristianismo, editor de la traducción Laurence, no pudo por menos que hacer algunas observaciones muy sugestivas en su Introducción. Tiene el convencimiento (2) de que el Libro de Enoch se escribió antes de la era (sin importarle sea en dos o en veinte centurias); y como lógicamente arguye dicho autor:

 

Es la inspirada predicción de un gran profeta hebreo, que con admirable exactitud vaticinó las enseñanzas de Jesús Nazareno, o la leyenda semítica de que este último tomó sus ideas de la triunfal vuelta del Hijo del hombre, para ocupar un trono entre regocijados santos y los atemorizados réprobos, en respectiva espera de la perdurable bienaventuranza o del fuego eterno. Y ya se acepten estas visiones como humanas o como divinas, han ejercido tan poderosa influencia en los destinos de la humanidad durante cerca de dos mil años, que los que ingenua e imparcialmente buscan la verdad religiosa, no pueden demorar por más tiempo la investigación de las relaciones entre el Libro de Enoch y la revelación, o evolución del Cristianismo (3).

Dice además que el Libro de Enoch:

También admite el sobrenatural dominio de los elementos, mediante la acción de ángeles que presiden sobre los vientos, el mar, el granizo, la escarcha, el rocío, el relámpago ye le trueno. Asimismo menciona los nombres de los principales ángeles caídos, entre los cuales hay algunos idénticos a los invisibles poderes que se invocaban en los conjuros (mágicos) cuyos nombres se encuentra grabados en los cálices o copas de terra-cotta, empleados al efecto por los caldeos y judíos.

También se lee en estos cálices la palabra "Halleluiah"; por lo que se ve que:

Una palabra empleada por los sirio-caldeos en sus conjuros, ha llegado a ser, por vicisitudes del lenguaje, la palabra misteriosa de los modernos reformistas(4).

 

El editor de la traducción Laurence cita, después de esto, cincuenta y siete versículos de diversos pasajes de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, cotejándolos con otros tantos del Libro de Enoch y dice:

 

Los teólogos han fijado mayormente su atención en el pasaje de la Epístola de Judas, porque el autor nombra al profeta; pero las acumuladas coincidencias de palabra y de idea que se notan entre Enoch y los autores del Nuevo Testamento, según aparece en los pasajes citados, muestran evidentemente que la obra del Milton semítico fué la inagotable fuente en que bebieron los evangelistas y apóstoles, o los que escribieron en su nombre; tomando de ella las ideas de la resurrección, juicio final, inmortalidad, condenación y del reinado universal de la justicia bajo la eterna soberanía del Hijo del hombre. Estos plagios evangélicos llegan al límite en el Apocalipsis de San Juan, quien adapta al cristianismo las visiones de Enoch, con retoques en que se echa de menos la sublime sencillez del gran maestro de predicción apocalíptica, que profetizó en nombre del antediluviano patriarca (5).

 

En honor de la verdad, debía al menos haber expuesto la hipótesis de que el Libro de Enoch, tal como hoy se conoce, es meramente una copia de textos mucho más antiguos, adulterada con numerosas adiciones e interpolaciones, unas anteriores y otras posteriores a la era cristiana. Las investigaciones modernas acerca de la fecha en que se compuso el Libro de Enoch señalan que en el capítulo LXXI se dividen el día y la noche en diez y ocho partes, de las que doce forman el día más largo del año, siendo así que en Palestina no podría haber habido día de diez y seis horas.

Sobre el particular, observa el traductor, arzobispo Laurence:

 

La región en que vivió el autor debió de estar situada entre los 45º latitud norte, en donde el día más largo es precisamente de diez y seis horas. De esto se infiere que el autor del Libro de Enoch lo escribió en un país situado en la misma latitud de los distritos septentrionales del mar Caspio y del mar Negro, y tal vez perteneciera a una de las tribus que Salmanasar se llevó, y colocó: "en Halah y en Habor cerca del rio Goshen, y en las ciudades de los Medos" (6).

Más adelante se confiesa que:

No es posible asegurar que estemos convencidos de que el Antiguo Testamento supere al Libro de Enoch... El Libro de Enoch enseña la preexistencia del Hijo del hombre, el Elegido, el Mesías, que "desde el principio existía en secreto" (7), y cuyo nombre era invocado "en presencia del Señor de los Espíritus, antes de la creación del Sol y de las constelaciones". El autor alude también a la "otra Potestad que en aquel día estaba sobre la tierra y sobre las aguas" viéndose en ello cierta analogía con las palabras del Génesis (I, 2). [Nosotros sostenemos que se aplica igualmente al Narayana indo " que se mueve sobre las aguas".] Así tenemos al Señor de los Espíritus, al Elegido, y una tercera Potestad, lo que al parecer simboliza la futura Trinidad de los cristianos [así como la Trimurti]; pero aunque la idea mesiánica de Enoch ejerciese sin duda alguna grandísima influencia en los primitivos conceptos de la divinidad del Hijo del hombre, no tenemos suficientes indicios para identificar su obscura alusión a otra "Potestad", con la Trinidad de la escuela alejandrina; y mucho más dado que los "ángeles poderosos" abundan en las visiones de Enoch (8).

 

Difícilmente se engañaría un ocultista al identificar dicha "Potestad". El editor termina sus notables observaciones añadiendo:

 

De modo que podemos conjeturar que el Libro de Enoch fue escrito antes de la era cristiana por un gran profeta anónimo de raza semítica (?), quien, creyéndose inspirado en una época posterior de la de los profetas, tomó el nombre de un patriarca antediluviano (9), para dar mayor autenticidad a su entusiasta predicción del reinado del Mesías. Y como el contenido de este maravilloso libro entra copiosamente en el texto del Nuevo Testamento, se deduce que, de no estar el autor proféticamente inspirado al vaticinar las enseñanzas de Cristo, hubiera sido un visionario entusiasta, cuyas quiméricas ilusiones prohijaron los apóstoles y evangelistas como verdades reveladas. De este dilema depende el atribuir al cristianismo origen humano o divino (10).

 

El resumen de cuanto queda dicho, se encierra en las palabras del mismo editor:

El lenguaje y las ideas de la supuesta revelación se encuentran ya en otra obra anterior, que los evangelistas y los apóstoles tuvieron por inspirada, pero que los modernos teólogos clasifican entre las apócrifas (11).

 

Esto explica también la repugnancia de los reverendos bibliotecarios de la Biblioteca Bodleiana en publicar el texto etíope del Libro de Enoch. Las profecías de éste se refieren en realidad a cinco de las siete razas, quedando en secreto todo lo relativo a las dos últimas. Así, pues, resulta errónea la observación del editor al decir que:

 

El capítulo XCII contiene una serie de profecías que abarcan desde los tiempos de Enoch hasta mil años después de la actual generación (12).

 

Las profecías se extienden hasta el fin de la raza actual y no tan sólo a "mil años" contados desde ahora. Muy cierto es que:

En el sistema cronológico adoptado [por los cristianos], suele llamarse día a un siglo [a veces], y semana a siete siglos.(13).

Pero este sistema es fantástico y arbitrariamente traído a propósito por los cristianos para cohonestar ciertos hechos y teorías con la cronología bíblica, y no representa el primitivo concepto. Los "días" se refieren al período indeterminado de las razas ramales, y las "semanas" a las subrazas, sin que en la traducción inglesa se encuentre palabra representativa de las razas raíces que se aluden sin embargo. Además es completamente errónea la frase de la página 150, que dice:

 

Después, en la cuarta semana, se verán las visiones de lo santo y de lo justo, se establecerá el orden de generación tras generación(14).

 

En el original se lee:"se había establecido en la tierra el orden de generación tras generación". Esto es, "después de que la primera raza humana procreada de un modo verdaderamente humano se había originado en la tercera raza raíz"........ lo cual altera completamente el significado. Todo cuanto en la traducción inglesa y en las mal cotejadas copias del texto etíope se expone como si hubiera de suceder en lo futuro, lo exponen en pretérito los manuscritos caldeos originales; esto es, no como profecía, sino como narración de acontecimientos ya realizados. Cuando Enoch empieza a "hablar según un libro" (15), está leyendo el relato hecho por un gran vidente, del cual y no de él son las profecías. El nombre de Enoch o "enoichion", significa vidente o "vista interna", y por lo tanto, a todo profeta y adepto se le puede llamar "enoichion" sin convertirlo en un pseudo Enoch. Pero el vidente que compiló el Libro de Enoch, se nos muestra como lector de un libro en el siguiente pasaje:

Nací el séptimo en la primera semana [la séptima rama o raza ramal, de la primera subraza en la tercera raza raíz, después que comenzó la generación sexual]......Pero después de mí, en la segunda semana [segunda subraza] se levantarán grandes maldades [se levantaron más bien]; aconteciendo en esta semana el fin de la primera para salvación del género humano. Pero cuando la primera se complete crecerá grandemente la iniquidad.

Tal como está la traducción ( es decir, sin los paréntesis de la autora), carece de sentido. Estudiando el texto esotérico tal como está, quiere decir sencillamente que la primera raza raíz acabará en tiempos de la segunda subraza de la tercera raza raíz, durante cuyo período se salvará el género humano; sin referirse nada de esto, al diluvio bíblico. El versículo décimo alude a la sexta semana [sexta subraza de la tercer raza raíz] al decir:

 

Todos aquellos que estén en ella quedarán en tinieblas, y sus corazones, olvidarán la sabiduría [se apartará de ellos el divino conocimiento] y en ella ascenderá un hombre.

 

Algunos intérpretes creen por algunas misteriosas razones que ellos sabrán que este "hombre" es Nabucodonosor; pero verdaderamente se alude al primer hierofante de la primera raza completamente humana (después de la alegórica caída en la generación), elegido para perpetuar la sabiduría de los devas (ángeles o elohim). Es el primer "Hijo del hombre", como misteriosamente se llamaban los divinos iniciados de la primitiva escuela de los Manushi (hombres), al finir la tercera raza raíz. También se le llama "Salvador", puesto que Él, y los demás hierofantes, salvaron a los elegidos y a los perfectos del cataclismo geológico (16) en que perecieron cuantos entre los goces sexuales habían olvidado la primieval sabiduría.

 

Y durante este período [el de la "sexta semana", o sexta subraza], quemará con fuego la casa solariega [el continente poblado a la sazón]; y quedará dispersada la raza entera de la simiente elegida (17).

 

Esto se refiere a los iniciados electos y de ningún modo al pueblo judío, supuesto elegido de Dios o la cautividad de Babilonia, según interpretan los teólogos cristianos. Además, considerando que vemos a Enoch, o a su perpetuador mencionando la ejecución de "la sentencia contra los pecadores" en varias "semanas" diferentes, y que durante esta cuarta época (la cuarta raza) "toda obra de malvados desaparecerá de la faz de la tierra", difícilmente podemos referir estas palabras al único diluvio de la Biblia, y mucho menos a la cautividad de Babilonia. De lo expuesto se deduce que como el Libro de Enoch abarca cinco razas del manvantara, con leves alusiones a las dos futuras, no puede ser seguramente una compilación de "profecías bíblicas", sino de hechos entresacados de los libros secretos de Oriente.

(16) Al fin de cada raza raíz sobreviene un cataclismo geológico, alternativamente producido por el fuego y por el agua. Inmediatamente después de la "caida en la generación sexual", la hez de la tercera raza raiz (los que se sumieron en la sensualidad con olvido, de las enseñanzas de los divinos instructores), quedó destruída, surgiendo entonces la cuarta raza, a la que a su vez destruyó el último diluvio. (Véase Isis sin velo), 593 y sig., en donde se habla de los "hijos de Dios").

 

 

 

SECCIÓN IX

DOCTRINAS HERMÉTICAS Y CABALÍSTICAS

La "mano" que modeló el mundo.-Ben Jochal, autor del Zohar.-Las tres biografías de cada uno de los dioses.-Números y medidas.

SECCIÓN X

VARIOS SISTEMAS OCULTOS DE INTERPRETACIÓN DE ALFABETOS Y CIFRAS NUMÉRICAS.

El simbolismo de los números.-Misteriosa relación entre los dioses y los números.-El símbolo de la Trimurti.-Lenguaje universal.

SECCIÓN XI

EL EXÁGONO CON PUNTO CENTRAL O LA SÉPTIMA CLAVE

Los "rays" de los astra.- El talismán de Carlomagno.

SECCIÓN XII

EL DEBER DEL VERDADERO OCULTISTA RESPECTO DE LAS RELIGIONES

Santos cristianos y que no lo son.

SECCIÓN XIII

ADEPTOS POSTCRISTIANOS Y SU DOCTRINA

Calumnias a Simón el Mago.- Crítica desleal.- Cosmogonía universal.-Fusión y confusión de personas.

SECCIÓN XIV

SIMÓN EL MAGO Y SU BIÓGRAFO HIPÓLITO

Magia en el "Don de milagros".-Los poderes de Simón el Mago.-Leyendas sobre Simón el Mago.

 

SECCIÓN XV

SAN PABLO, VERDADERO FUNDADOR DEL ACTUAL CRISTIANISMO

Pablo fué un iniciado.-Pablo identificado con Simón.

SECCIÓN XVI

SAN PEDRO FUÉ CABALISTA JUDÍO Y NO INICIADO

La sede de Pedro.- Pedro nunca estuvo en Roma

SECCIÓN XVII

APOLONIO DE TYANA

El catecismo esotérico de Apolonio de Tyana.

Según se dijo en Isis sin Velo, los más grandes profesores de teología admiten que casi todos los libros de la antigüedad se escribieron en un lenguaje simbólico y tan sólo comprensible para los iniciados. Ejemplo de ello nos ofrece el bosquejo biográfico de Apolonio de Tyana, que, como saben los cabalistas, abarca toda la filosofía hermética y, en cierto modo, es un duplicativo de las tradiciones que nos restan del rey Salomón.

Está escrito en estilo de amena novela; pero, como en el caso de aquel rey, algunos acontecimientos históricos se encubren bajo el colorido dela ficción.

El viaje a la India simboliza, en todas sus etapas, las pruebas de un neófito,; a la par que da idea de la geografía y topografía de cierto país, como es hoy, si se sabe buscar. Las largas pláticas de Apolonio con los brahamanes, sus prudentes consejos, y los diálogos con Menipo de Corinto constituyen, bien interpretados, el catecismo esotérico.

Su visita al imperio de los sabios y su entrevista con el rey Hiarcas, oráculo de Anfiarus, exponen simbólicamente muchos secretos dogmas de Hermes (en la acepción general de la palabra), y de ocultismo.

Maravilloso es este relato; y si no estuviese apoyado lo que decimos por numerosos cálculos ya hechos y no estuviese el secreto medio revelado, no se hubiese atrevido la autora a decirlo.

Se describen allí exacta, aunque alegóricamente, los viajes del gran Mago; es decir, que sucedió en efecto cuanto relata Damis, pero refiriéndolo a los signos del Zodíaco.

Damis fué el amanuense del mismo Apolonio, y Filostrato copió la obra, que es realmente una maravilla.

Al final de lo que ahora puede darse sobre el portentoso Adepto de Tyana, se hará más patente lo que queremos indicar.

Baste decir, por ahora, que en los diálogos, debidamente interpretados, se revelan algunos importantísimos secretos de la Naturaleza. Elifas Leví advierte la gran semejanza que existe entre el rey Hiarcas y el fabulos Hiram, de quien Salomón adquirió el cedro del Líbano, y el oro de Ophir para construir el templo. Pero nada dice de otra semejanza que, como erudito cabalista, no debía ignorar. Extravíaél, además, al lector, según su invariable costumbre, con mixtificaciones y le aparta del verdadero camino, sin divulgar nada.

Como la mayor parte de los héroes de la antigüedad, cuyas vidas y hechos sobresalen extraordinariamente del vulgo, Apolonio de Tyana es hasta hoy una esfinge que no ha encontrado aún Edipo. Su existencia está envuelta en tan misterioso velo, que suele tomársele por mito; si bien, lógicamente, no es posible considerarle como tal, porque entonces tampoco habríamos de admitir la existencia de Alejandro ni la de César.

Está fuera de toda duda que Apolonio de Tyana, cuyas virtudes taumatúrgicas nadie ha superado hasta hoy, según atestigua la historia, apareció y desapareció de la vida pública sin saber cómo ni cuándo. Esta ignorancia se explica fácilmente. Durante los siglos IV y V de la era cristiana, se echó mano de todos los medios para borrar de la memoria de las gentes el recuerdo de este grande y santo hombre.

Los cristianos destruyeron, por los motivos que veremos, las biografías apologéticas que de él se habían publicado, salvándose milagrosamente las crónicas de Damis, que hoy constituyen la única fuente de información.

Pero no puede olvidarse que Justino mártir habla a menudo de Apolonio, representándonoslo impecable y veracísimo. Tampoco puede negarse que todos los Padres de la Iglesia citan a Apolonio, aunque mojando como de costumbre la pluma, en la negra tinta del odio teológico, de la intolerancia y del prejuicio.

-El maestro misterioso.-La fama imperecedera de Apolonio de Tyana.-Semejanza entre la vida de Apolonio y la de Jesús.-Influencia de Apolonio después de su muerte.-Apolonio personaje histórico.

SECCIÓN XVIII

HECHOS SUBYACENTES EN LAS BIOGRAFÍAS DE LOS ADEPTOS

Juan y Jesús compendios de la historia del sol.-Biografías de Iniciados.-"Soles de Justicia"-Significado oculto del Sol.-Analolía de leyendas.-Contradicciones de los concilios.-Grave error de interpretación.-Doctrina Seveta de Jesús.-Antiguo origen de la Cruz.-La Tau símbolo del "árbol de la Vida".-La Cruz y el crucifijo.-Puntos culminantes de la estructura bíblica.-Cábala de los Evangelios.-Confesiones de San Jerónimo.-Enseñanzas gnósticas.

 

SECCIÓN XIX

SAN CIPRIANO DE ANTIOQUÍA

Manuscrito de San Cipriano.- La magia de Antioquía.

SECCIÓN XX

LA GUPTA VDYA ORIENTAL Y LA KABALAH

Autoridad del Zohar.-Indicaciones a la cábala y al Zohar.-Los idiomas caldeo y hebreo.- El primer hombre.- Traducción árabe del alto Egipto.-Algunos sucesos no históricos.- El testimonio de Filón Judeo.- Pérdidas de los primitivos caracteres hebreos.-Desaparición de los pergaminos hebreos auténticos.-Esoterismo hebreo.- Una copia de la divinidad védica.- Verdadero significado del nombre de Jehováh.- El septenario sefira.- La Kabalah no explica la cosmogonía esotérica.

SECCIÓN XXI

ALEGORIAS HEBREAS

La Biblia hebrea se ha perdido.- El hebreo no es lengua de Dios.- Los libros mosaicos.- El misterio del origen de la mujer.- Copias de los judíos.- El sagrado número siete según la Biblia.- Claves de las alegorías.- El padre y la madre.

 

 

SECCIÓN XXII

EL "ZOHAR" RESPECTO DE LA CREACIÓN DE LOS ELOHIM.

El valor simbólico de las letras hebrea s.-Ángeles constructores.- La división del Cosmos según la cábala judía.- Erróneas interpretaciones de la cábala.- ¿Quienes son los Él.- Los Él hueste de potestades creadoras.- La hueste de Dios.- San Pablo admitió la Caballa.

SECCIÓN XXIII

LO QUE TIENEN QUE CECIR LOS CABALISTAS Y LOS OCULTISTAS

El misterio del Sol.- El sol cabalístico.

SECCIÓN XXIV

LOS MODERNOS CABALISTAS DE LA CIENCIA Y LA ASTRONOMÍA OCULTA.

Fuerzas cósmicas.- ¿Neptuno pertenece a nuestro sistema?.- La gravitación ley de leyes.-¿Existen en el espacio seres inteligentes?

 

SECCIÓN XXV

OCULTISMO ORIENTAL Y OCCIDENTAL

La materia primaria.- Unidad y homogeneidad.- La magia judía y el clericalismo romano-.El caos del Génesis. -Prioridad del Rige Veda-.El agua de la vida-Coincidencias de cifras sobre el "caos".

SECCIÓN XXVI

LOS ÍDOLOS Y LOS TERAPHINES

Adivinación por los serafines y el traspintándome de San Clemente de Alejandría.- El ídolo de la Luna.

SECCIÓN XXVII

LA MAGIA EGIPCIA

Pruebas de los Papiros-Literatura de la época mosaica.- Símbolos y su lectura-.LA"Pasicortas" o juicio del alma-.La Magia practicada en todas las Dinastías egipcias-.Los"Huso" egipcios-Confusión de los dioses con demonios-.La obsesión en Egipto gran egiptólogo.- Los grandes discípulos de los Hierofantes egipcio s.-Leyendas verídicas.

 

 

SECCIÓN XXVIII

EL ORIGEN DE LOS MISTERIOS

Un instante en el cielo-Justificación de los Misterios.-

.......Se nos dice que en un principio no hubo Misterios. El conocimiento ( id ya) era propiedad común y predominó universalmente durante la Edad de oro o Saya Ayuga. Como dice el Comentario: "Los hombres aun no habían producido el mal en aquellos días de felicidad y pureza, porque su naturaleza más bien era divina que humana.

Pero al multiplicarse rápidamente el género humano, se multiplicaron también las idiosincrasias de cuerpo y mente, y entonces el encarnado espíritu manifestó su debilidad. En las mentes menos cultivadas y sanas arraigaron exageraciones naturales y sus consiguientes supersticiones. El egoísmo nació de deseos y pasiones hasta entonces desconocidos, por los que a menudo abusaron los hombres de su poder y sabiduría, hasta que por último fue preciso limitar el número de los que sabían. Así empezó la Iniciación.

Cada país se arregló un especial sistema religioso entonces , acomodado a su capacidad intelectual y sus necesidades espirituales; pero los sabios prescindida del culto a simples formas y restringieron a muy pocos el verdadero conocimiento.

La necesidad de encubrir la verdad para res guardarla de posibles profanaciones, se dejó sentir más y más en cada generación, y así el velo, tenue al principio, fué gradualmente haciéndose tupido a medida que cobraba mayores bríos el egoísmo personal, lo cual condujo a los Misterios.

Establecieronse la misterios en todos los pueblos y países y se procuró al mismo tiempo, para evitar toda contienda y error, que en las mentes de las masas profanas arraigasen creencias exotéricas inofensivamente adaptadas en un principio a las inteligencias vulgares, como rosado cuento a la compresión de los niños, sin temor de que la fe popular perjudicase a las filosóficas y abstrusas verdades enseñadas en los santuarios.

Las lógicas y científicas observaciones de los fenómenos naturales que conducen al hombre al conocimiento de las eternas verdades, y le consienten acercarse a la observación libre de prejuicios, y ver con los ojos espirituales antes de mirar las cosas desde su aspecto físico, no se hallan al alcance del vulgo.

Las maravillas del Espíritu único de la Verdad, de la siempre oculta e incomprensible Divinidad, tan sólo pueden desenmadejarse y asimilarse, por medio de Sus manifestaciones en los activos poderes de los "dioses" secundarios.

Si la Causa universal y única permanece por siempre in abscondito, su múltiple acción se descubre en los efectos de la Naturaleza. Como el término medio de la humanidad sólo advierte y reconoce aquellos efectos , se dejó que la imaginación popular diese forma a las Potestades que los producen.

Y con el rodar de los tiempos, en la quinta raza , la aria, algunos sacerdotes poco escrupulosos se valieron de las sencillas creencias de las gentes, y acabaron por elevar dichas Potestades secundarias a la categoría de dioses, aislándolos completamente de la única y universal Causa de todas las causas.

Desde entonces, el conocimiento de las verdades primitivas permaneció por completo en manos de los iniciados.

Insignes opiniones sobre los Misterios.-"Preste" sinónimo de filósofo.- Los cuatro centros del antiguo Egipto.-Revelacion y velación.-Esoterismo de los Druidas.-Enseñanza druídica de la reencarnación.

 

SECCIÓN XXIX

LA PRUEBA DEL INICIADO-SOL

Vishvakarma vikarttana.Ceremonias de la Iniciación.-Transfusión de vida espiritual.-Mistificación de la masoneria.-El rito de "Hiramm-Abiff.

 

SECCIÓN XXX

EL MISTERIO DEL "SOL DE LA INICIACIÓN"

El Dios Sol.-Solus y Helios.-Jehová y Baco.

 

SECCIÓN XXXI

LOS OBJETOS DE LOS MISTERIOS

Los Ritos Místicos.

...Los primeros Misterios que recuerda la historia son los de Samotracia. Después de la distribución del fuego puro, empezaba una nueva vida. Era el nuevo nacimiento del iniciado, mediante el cual, como los antiguos brahmanes de la India, se convertía en un "dos veces nacido".

Dice Platón en su Fedro

Iniciado en el que con justicia puede llamarse el más bendito misterio nosotros puros.

Diodoro, Sículo, Herodoto y Sanconiatón el fenicio (los historiadores más antiguos), dicen que el origen de estos Misterios se pierde en la noche de los tiempos y se remonta a millares de años, antes probablemente de la época histórica. Cuenta Jámblico que Pitágoras fué iniciado en todos los misterios de Biblo y Tiro, en las sagradas ceremonias de los sirios y en los misterios de los fenicios (2).

Según se dijo en Isis sin Velo:

Cuando hombres de tan notoria moralidad como Pitágoras, Platón y Jámblico, tomaron parte en los Misterios y hablaban de ellos con veneración, hacen mal los modernos críticos en juzgarlos tan sólo por las apariencias.

Sin embargo, esto es lo que hasta ahora ha hecho la crítica, y especialmente los Padres de la Iglesia. Clemente de Alejandría abomina de los misterios "obscenos y diabólicos", si bien en otros pasajes de sus obras, ya citadas en ésta, afirma que los misterios eleusinos eran idénticos a los judíos y aún quisiera el alegar que tomados de estos.

Constaban los Misterios de dos partes. Los menores se cumplían en Agrae y los mayores en Eleusis; y el mismo San Clemente fué iniciado en ellos. Pero las Katharsis o pruebas de purificación , se han entendido mal siempre.

Lo que de ello dice Jámblico, que es lo peor, debiera satisfacer a quienes no estén cegados por el prejuicio.

Las representaciones de esta clase en los Misterios tenían por objeto librarnos de las pasiones licenciosas recreando la vista, y al mismo tiempo vencer todo mal pensamiento mediante la temerosa santidad que acompañaba a los ritos.

El Dr. Warburton observa:

Los más sabios y mejores hombres del mundo pagano, están acordes en que los Misterios se instruyeron con toda pureza para lograr los más nobles fines, por los más meritorios medios.

 

Aunque en los Misterios se admitían personas de toda condición y sexo, y aun era obligatorio participar en algo de ellos, muy pocos alcanzaban en verdad la suprema y final iniciación. Proclo da los siguientes grados de los Misterios en el cuarto libro de su Teología de Platón. Dice:

El rito perfecto precede en orden a la iniciación llamada Telete, muesis , y a la epopteia o revelación final.

Teón de Esmirna en su obra Mathematica, divide también los ritos místicos en cinco partes:

La primera es la purificación preventiva; porque los misterios no se comunican a cuantos quieren conocerlos; sino que hay algunas personas a quienes previene la voz del pregonero....pues para que a los tales no se les excluya de los misterios es necesario que sufran ciertas purificaciones, a las que sucede la recepción de los sagrados ritos. La tercera parte se llama epopteia o recepción. Y la cuarta, que es el fin y propósito de la revelación, es (la investidura). con el vendaje de la cabeza y la fijación de coronas....después de esto el iniciado desempeña el oficio de antorchero, o cualquiera otra servidumbre sacerdotal. Pero la quinta parte, producto de todas éstas, es la amistad e interior comunicación con Dios. Este era el último y más imponente misterio...........................................

-La Teofanía en la Iniciación.-Los Misterios y la Masonería.-Los Misterios en Méjico y en el Perú.

 

SECCIÓN XXXII

VESTIGIOS DE LOS MISTERIOS

Aspecto dual del Sol.-Christos y Chrestos.-Oculto simbolismo de Narada.-Símbolos Cristianos antes del Cristianismo.-Cuatro de los siete grados de Iniciación.-La víctima del propio sacrificio.-Simbolismo de la Rosa y de la Cruz.-

 

SECCIÓN XXXIII

POSTRIMERÍAS DE LOS MISTERIOS EN EUROPA

Caída de Alesia y Bibractis.- La última hora de los Misterios en Europa.-La erudición egipcia.

 

SECCIÓN XXXIV

LOS SUCESORES POSTCRISTIANOS DE LOS MISTERIOS

Eco fiel de la creencia Vedantina.-Cumplimiento del ciclo de necesidad.-La falsa Gnosis.-Teósofos egipcios.-Enseñanzas de Amonio.-Iniciaciones Neoplatónicas.-Pujanza y fracaso del Neoplatonismo.-Persecución del Neoplatonismo por la Iglesia.

 

EL SIMBOLISMO ASTRONÓMICO Y LOS CICLOS

SECCIÓN XXXV

SIMBOLISMO DEL SOL Y DE LAS ESTRELLAS

Los Ángeles Planetarios y los Dioses Kabiris.-La danza Cíclica.-Astrolatría Cristiana.-Los "siete brazos del candelabro".-El victorioso Miguel.-San Clemente conocía el sistema Heliocéntrico.-San Justino adorador de Dios enel Sol.

SECCIÓN XXXVI

ASTROLOGÍA Y CULTO SIDÉREO DE LOS PAGANOS

La Astrología Esotérica no adoró ídolos.-Espíritus planetarios, Dhyans Choanes y Kumaras.-Las célebres "Esferas" armilares.-El "Bautismo de Fueo" es un Misterio Prometeico.

 

 

SECCIÓN XXXVII

LAS LAMAS DE LAS ESTRELLAS HEIOLATRÍA UNIVERSAL.

Los videntes y las verdades ocultas.-Miguel regente de Saturno.- Confesión singular.

 

SECCIÓN XXXVIII

ASTROLOGÍA Y ASTROLATRÍA

Raíz de la Astrología.- La Astrología blanca y negra.- Antigüedad del Zodiaco.-Astrólogos eminentes.-La Astrología, antiguo conocimiento Universal.

 

SECCIÓN XXXIX

CICLOS Y AVATARAS

Cifras Cíclicas.-Vaticinio incumplido.-Multiplicidad numérica de los ciclos.

 

SECCIÓN XL

CICLOS SECRETOS

La India cuna de las matemáticas.-Antigüedad de los Vedas.-Testimonios astronómicos.-Argumentos de Mackey.-Edades Indas.-El reinado de Yudhistira.

 

 

 

 

 

 

     

 

 

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