ISIS SIN VELO (TOMO I)

Helena Petrovna Blavatsky

 

 

ÍNDICE

Prólogo del traductor

Prefacio

Ante el Velo

 

CAPÍTULO PRIMERO

EL VELO DE ISIS

 

 


CAPÍTULO PRIMERO


EGO SUM QUI SUM.

Axioma de la Filosofía hermética.

“Empezamos las investigaciones en donde las modernas
conjeturas pliegan sus engañosas alas. Y con nosotros están los
elementos científicos que los sabios del día desdeñan por
quiméricos o con prevención los miran como arcanos
insondables”.-BULWER, ZANONI.


Hay en un lugar de este mundo un libro de tan remota antigüedad que los arqueólogos lo atribuirían a una época de incalculable cómputo y no acertarían a ponerse de acuerdo sobre la materia de que está compuesto. Es el único ejemplar manuscrito que de dicho libro se conserva. El más antiguo tratado hebreo de ciencia oculta, el Siphra-Dzeniuta es una compilación de aquel manuscrito, hecha en época en que ya se le consideraba como reliquia literaria. Uno de los dibujos que lo ilustran representa la Esencia divina al emanar de Adam (1) en traza de arco luminoso que tiende a cerrarse en circunferencia y, luego de llegado al culminante punto de la gloria inefable, retrocede hacia la tierra, envolviendo en su torbellino un tipo superior de humanidad. A medida que va acercándose a nuestro planeta, la Emanación es más sombría y al tocar en él es negra como la noche.


En toda época han tenido los filósofos herméticos el convencimiento, basado en sesenta mil años de experiencia (2), de que a través del tiempo, y por efecto del pecado, fue densificándose más groseramente el cuerpo físico del hombre cuya naturaleza era en un principio casi etérea y le permitía percibir claramente las cosas hoy invisibles del universo. Desde la caída del género humano, la materia es un espeso muro interpuesto entre el mundo terrestre y el mundo de los espíritus.
Las más antiguas tradiciones esotéricas enseñan asimismo que antes del Adam mítico existieron sucesivamente varias razas humanas. ¿Eran tipos más perfectos? ¿Pertenecían a alguna de estas razas los hombres alados que menciona Platón en Fedro? A la ciencia le incumbe resolver este problema, tomando por punto de partida las cavernas de Francia y los restos de la edad de piedra.


A medida que avanza el ciclo se van abriendo los ojos del hombre hasta conocer el “bien y el mal” tan acabadamente como los mismos Elohim. Después de alcanzar el punto culminante comienza a descender el ciclo. Cuando el arco llega al punto situado al nivel de la línea fija del plano terrestre, la naturaleza proporciona al hombre vestiduras de piel y el Señor Dios “le viste con ellas”.


En las más antiguas tradiciones de casi todos los pueblos se descubre la misma creencia en una raza de espiritualidad superior a la actual. El manuscrito quiché Popal Vuh, publicado por Brasseur de Bourbourg, dice que el primer hombre pertenecía a una raza dotada de raciocinio y de habla, con vista sin límites, que conocía todas las cosas a un tiempo. Según Filo Judeo, el aire está poblado de multitud de invisibles espíritus, inmortales y libres de pecado unos; y perniciosos y mortales otros. “De los hijos de ÉL descendemos, e hijos de ÉL volveremos a ser”. La misma creencia se trasluce en el pasaje del Evangelio de San Juan, escrito por un anónimo agnóstico, que dice: “Más a cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre” (3); es decir, que cuantos practicaran la doctrina esotérica de Jesús, se convertirían en hijos de Dios. “¿No sabéis que sois dioses?”, dice Cristo a sus discípulos. Platón describe admirablemente, en Fedro, el estado primario del hombre al cual ha de volver de nuevo. “Antes de perder las alas vivía entre los dioses y él mismo era un dios en el mundo aéreo”. Desde la más remota antigüedad enseñó la filosofía religiosa que el universo está poblado de divinos y espirituales seres de diversas razas. De una de éstas surgió con el tiempo ADAM, el hombre primitivo.


Los kalmucos y otros pueblos de Siberia describen también en sus leyendas, razas anteriores a la nuestra y dicen que aquellos hombres poseían conocimientos casi ilimitados, de lo que se engrieron hasta la audacia de rebelarse contra el Gran Espíritu, quien, para humillar su presunción y castigar su arrogancia, los encerró en cuerpos que limitaron sus facultades. Únicamente pueden salir de este encierro por medio de un perseverante arrepentimiento, de la purificación y desenvolvimiento interior. Creen que sus shamanos pueden ejercer a veces las divinas facultades que un tiempo poseyeron todos los hombres.

 

 

 


LOS LIBROS DE HERMES

En la biblioteca Astort, de Nueva York, hay el facsímil de un tratado egipcio de medicina escrito en el año 1552 antes de J. C., cuando, según la cronología corriente, contaba Moisés veintiún años de edad. Los caracteres están trazados sobre una corteza interna del Cyperus papyrus, y el profesor Schenk, de Leipzig, no sólo atestigua su autenticidad, sino que lo diputa por el más perfecto de cuantos se conocen. Es una sola hoja de excelente papiro amarillento obscuro, de tres decímetros de ancho y más de veinte metros de largo, arrollado en ciento diez páginas cuidadosamente numeradas. Lo adquirió en 1872 el arqueólogo Ebers de manos de un árabe de Luxor. El periódico La Tribuna, de Nueva York, dijo, a propósito de este asunto, que del examen del papiro se infiere con toda probabilidad que es uno de los seis Libros herméticos de Medicina citados por Clemente de Alejandría. Dice el mismo periódico: “El año 363, en tiempo de Jámblico, los sacerdotes egipcios enseñaban cuarenta y dos libros atribuidos a Hermes (Thuti). Según Jámblico, de estos libros, treinta y seis trataban de todos los conocimientos humanos y los seis restantes se ocupaban especialmente en anatomía, patología, oftalmología, quirúrgica y terpéutica (4). El Papiro de Ebers es seguramente uno de estos tratados herméticos”.
Si el fortuito encuentro del arqueólogo alemán y del árabe de Luxor ha iluminado con tan viva luz la antigua ciencia de los egipcios, no cabe duda de que si se repitiera el caso con un egipcio tan servicial como el árabe, se esclarecerían muchos puntos tenebrosos de la historia antigua.


Los descubrimientos de la ciencia moderna no invalidan en modo alguno las remotísimas tradiciones que atribuyen increíble antigüedad a la raza humana. La geología, que hasta hace pocos años no había descubierto las huellas del hombre más allá de la época terciaria, tiene hoy pruebas incontrovertibles de que el hombre existía ya sobre la tierra mucho antes del último período glacial que se remonta a 250.000 años. Es un cómputo muy duro de roer para los teólogos. Sin embargo, así lo creyeron los antiguos filósofos.


Por otra parte, junto con restos humanos se han encontrado utensilios, en prueba de que en aquella remota época se ejercitaba ya el hombre en la caza y sabía edificar chozas. Pero la ciencia se ha detenido en su investigadora marcha, sin dar otro paso para descubrir el origen de la raza humana cuyas pruebas ulteriores han de aducirse todavía. Desgraciadamente, los antropólogos y psicólogos modernos son incapaces de reconstruir con los fósiles hasta ahora descubiertos el trino hombre físico, mental y espiritual. El hecho de que cuanto más hondas son las excavaciones arqueológicas, más toscos y groseros resultan los utensilios prehistóricos, parece una prueba científica de que el hombre es más salvaje y semejante a los brutos a medida que nos acercamos a su origen. ¡Extraña lógica! ¿Acaso los restos hallados, por ejemplo, en la cueva de Devon, demuestran que no existieran entonces otras razas superiormente civilizadas?


Cuando hayan desaparecido los actuales pobladores de la tierra y los arqueólogos de la raza futura hallen en sus excavaciones los utensilios pertenecientes a los indios o a las tribus de las islas de Andamán, ¿podrían afirmar con razón que en el siglo XIX comenzaba la humanidad a salir de la Edad de piedra?

 

 

 


LÍMITES DE LAS CIENCIAS FÍSICAS

Hasta hace muy poco estaba de moda hablar de “los insostenibles conceptos de un pasado inculto”, ¡como si fuera posible ocultar tras un epigrama las canteras intelectuales en que se labraron tantas reputaciones científicas! Así como Tyndall propende fácilmente a mofarse de los antiguos filósofos con cuyas ideas se han pavoneado muchos sabios modernos, así también se inclinan de día en día los geólogos a suponer que las razas arcaicas estaban sumidas en profunda barbarie. Sin embargo, no todos los orientalistas son de esta opinión, pues algunos sostienen lo contrario, como, por ejemplo, Max Müller que dice: “Hay todavía muchas cosas incomprensibles para nosotros, y el lenguaje jeroglífico de los antiguos tan sólo expresa la mitad de los pensamientos. Sin embargo, la imagen del hombre se nos aparece cada vez más pura y noble en todos los países, según nos acercamos a su origen y comprendemos sus errores e interpretamos sus ensueños. Por lejanas que estén las huellas del hombre, aun en los más apartados confines de la historia, descubrimos desde un principio el divino don de la vigorosa y razonable inteligencia, de suerte que es imposible sostener que la raza humana haya surgido lentamente de las profundidades de la brutalidad animal" (5).


Como se ha dicho que no es filosófico inquirir las causas primeras, los sabios se ocupan tan sólo en estudiar los efectos físicos, y el campo de investigación científica no va más allá de la naturaleza física, en cuyos límites se detienen los investigadores para recomenzar su tarea y dar vueltas y más vueltas a la materia, como ardillas enjauladas, dicho sea con todo el respeto debido a los eruditos. Somos demasiado pigmeos para poner en tela de juicio la valía potencial de la ciencia; pero los científicos no encarnan la ciencia, como tampoco los habitantes del planeta son el planeta mismo. Ninguno de nosotros tiene autoridad ni derecho para forzar a los modernos filósofos a que acepten sin reparo la descripción geográfica del hemisferio de la luna oculto a las miradas de los astrónomos; pero si un cataclismo lunar lanzase a alguno de sus habitantes a la esfera de atracción de nuestro globo, de modo quesano y salvo cayera ante la puerta del doctor Carpenter, no podría éste, sin mengua de sus deberes profesionales, considerar el hecho más que desde el punto de vista físico. Pero el investigador científico no debe rehuir el estudio de ningún nuevo fenómeno, así fuera éste tan insólito como la caída de un hombre de la luna o la aparición de un espectro en su alcoba. Tanto da investigar por el método aristotélico como por el platónico; pero lo cierto es que los antiguos antropólogos conocían perfectamente las dos naturalezas interna y externa del hombre.

 

A pesar de las vacilantes hipótesis de los geólogos empezamos a tener casi diariamente pruebas de las aserciones de aquellos filósofos, quienes dividían la existencia del hombre sobre la tierra en dilatados ciclos, durante cada uno de los cuales alcanzaba gradualmente la humanidad el pináculo de la civilización para ir sumiéndose paulatinamente en la más abyecta barbarie. De los maravillosos monumentos de la antigüedad todavía existentes y de la descripción que hace Herodoto de otros ya desaparecidos, puede inferirse, aunque no por completo, el eminente grado de progreso a que llegó la humanidad en cada uno de sus pasados ciclos. Ya en la época del célebre historiador griego eran montones de ruinas muchos templos famosos y pirámides gigantescas a que el padre de la historia llama “venerables testigos de las glorias de nuestros remotors antepasados”. Elude Herodoto tratar de las cosas divinas y se contrae a describir, según referencias llegadas a sus oídos, los maravillosos subterráneos del Laberinto que sirvieron de sepulcro a los reyes iniciados cuyos restos yacen todavía en lugares ocultos.


Sin embargo, los relatos hitóricos de la época de los Ptolomeos nos proporcionan elementos bastantes para juzgar de las florecientes civilizaciones de la antigüedad, pues ya entonces habían decaído las ciencias y las artes con pérdida de muchos de sus secretos. En las excavaciones recientemente efectuadas en Mariette-Bey, al pie mismo de las Pirámides, se han encontrado estatuas de madera y otros objetos artísticos cuyo examen muestra que muchísimo antes de las primeras dinastías habían llegado ya los egipcios al refinamiento de la perfección artística, hasta el punto de maravillar a los más entusiastas partidarios del arte helénico.

 

 


NÚMEROS PITAGÓRICOS

En una de sus obras describe Taylor dichas estatuas diciendo que es verdaderamente inimitable la belleza plástica de aquellas testas con ojos de piedras preciosas y párpados de cobre.
A mucha mayor profundidad de la capa de arena en que yacían los objetos existentes hoy en el Museo Británico y en las colecciones de Lepsius y Abbott se encontraron posteriormente las pruebas tangibles de la ya referida doctrina hermética de los ciclos.


El entusiasta helenista doctor Schliemann halló en las excavaciones efectuadas no ha mucho en el Asia menor, notorias huellas del progreso gradual de la barbarie a la civilización y del también gradual regreso de la civilización a la barbarie. Así, pues, si el hombre antediluviano era mucho más docto que nosotros en ciencias profanas y mucho más hábil en ciertas artes que ya damos por perdidas, ¿por qué no admitir que pudiera igualmente aventajarnos en el conocimiento de la psicología? Esta hipótesis debe prevalecer mientras no se aduzcan pruebas evidentes en contrario.
Todo sabio digno de este nombre reconoce que muchas ramas de la ciencia están todavía en mantillas. ¿Será porque nuestro ciclo haya principiado hace poco tiempo? Sin embargo, según la filosofía caldea, los ciclos de evolución no abarcan a un tiempo a toda la humanidad, y así lo corrobora espontáneamente Draper al decir que los períodos en que a la geología le plugo dividir los progresos del hombre, no son tan exabruptos que comprendan simultáneamente a toda la humanidad, pues cabe poner por ejemplo los indios nómadas de América que en nuestros días están trascendiendo la para ellos Edad de piedra.


Los cabalistas versados en el sistema pitagórico de números y líneas saben perfectamente que las doctrinas metafísicas de Platón se fundan en rigurosos principios matemáticos. A este propósito, dice el Magicón: “Las matemáticas sublimes están relacionadas con toda ciencia superior; pero las matemáticas vulgares no son más que falaz fantasmagoría cuya encomiada exactitud dimana del convencionalismo de sus fundamentos”.


Algunos filósofos de nuestra época ponderan el aristotélico método inductivo en perjuicio del deductivo de Platón, porque se figuran que aquél consiste tan sólo en ir a rastras de lo particular a lo universal. Draper lamenta (6) que los místicos especulativos como Amonio Saccas y Plotino suplantaran a los rigurosos geómetras de las escuelas antiguas; pero no tiene en cuenta que la geometría es entre todas las ciencias el más acabado modelo de síntesis y en toda su trama procede de lo universal a lo particular o sea el método platónico. Ciertamente que no fallarán las ciencias exactas mientras, recluidas en las condiciones del mundo físico, se contraigan al método aristotélico; pero como el mundo físico es limitado aunque nos parezca ilimitado, no podrán las investigaciones meramente físicas trasponer la esfera del mundo material.


La teoría cosmológica de los números, que Pitágoras aprendió de los hierofantes egipcios, es la única capaz de conciliar la materia y el espíritu demostrando matemáticamente la existencia de ambos principios por la de cada uno de ellos.


Las combinaciones esotéricas de los números sagrados del universo resuelven el arduo problema y explican la teoría de la irradiación y el ciclo de las emanaciones. Los órdenes inferiores proceden de los espiritualmente superiores y evolucionan en progresivo ascenso hasta que, llegados al punto de conversión, se reabsorben en el infinito.


La fisiología, como todas las ciencias, está sujeta a la ley de evolución cíclica, y si en el actual ciclo va saliendo apenas del arco inferior, algún día tendremos la prueba de que en época muy anterior a Pitágoras estuvo en el punto culminante del ciclo. Por de pronto, Pitágoras aprendió fisiología y anatomía de boca de los discípulos y sucesores del sidonio Mochus, que floreció muchísimos años antes que el filósofo de Samos, cuya solicitud por conservar las enseñanzas de la antigua ciencia del alma le hacen digno de vivir eternamente en la memoria de los hombres.
COMENTADORES DE PLATÓN

Las ciencias enseñads en los santuarios estaban veladas impenetrablemente por el más sigiloso arcano. Ésta es la causa del poco aprecio en que hoy se tiene a los filósofos antiguos, y más de un comentador acusó de incongruentes a Platón y Filo Judeo, por no advertir el propósito que se trasluce bajo el laberinto de contradicciones metafísicas cuya aparente absurdidad tan perplejos deja a los lectores del Timeo. Pero ¿qué comentador de los clásicos supo leer a Platón? Esto nos mueve a preguntar los juicios críticos que sobre el insigne filósofo encontramos en las obras de Stalbaüm, Schleiermacher, Ficino, Heindorf, Sydenham, Buttmann, Taylor y Burges, por no citar otros de menos autoridad. Las veladas alusiones de Platón a las enseñanzas esotéricas han puesto en extrema confusión a sus comentadores, cuya atrevida ignorancia llegó al punto de alterar muchos pasajes del texto, creídos de que estaban equivocadas las palabras. Así tenemos que respecto a la alusión órfica en que el autor exclama:

Del canto el orden de la sexta raza cierra,

cuya interpretación sólo cabe dar en el sentido de la aparición de la sexta raza en la consecutiva evolución de las esferas (7), opina erróneamente Burges que el pasaje “está sin duda tomado de una cosmogonía, según la cual fue el hombre el último ser creado” (8). El que edita una obra ¿no tiene la obligación de por lo menos entender lo que dice el autor?
Es opinión general, aun entre los críticos más serenos, que los sabios de la antigüedad no tuvieron de las ciencias experimentales el profundo conocimiento que tanto engríe a nuestro siglo.
Algunos comentadores han sospechado que ignoraban el fundamental apotegma filosófico: ex nihilo nihil fit, y dicen que si algo sabían de la indestructibilidad de la materia, no era por deducción de principios firmemente establecidos, sino por intuición y analogía. Sin embargo, nosotros opinamos lo contrario, pues aunque las enseñanzas de los filósofos antiguos en lo concerniente a las cosas materiales fuesen públicas y estén sujetas a la crítica, sus doctrinas sobre las cosas espirituales fueron profundamente esotéricas, y movidos por el juramento de mantener en absoluto sigilo cuanto se refiriese a las relaciones entre el espíritu y la materia, rivalizaban unos con otros en ingeniosas trazas para encubrir sus verdaderas opiniones.


La doctrina de la metempsícosis, tan acerbamente ridiculizada por los científicos y con no menos dureza combatida por los teólogos, es un concepto sublime para quienes desentrañan su esotérica adecuación a la indestructibilidad de la materia e inmortalidad del espíritu. ¿No sería justo mirar la cuestión desde el punto de vista en que los antiguos se colocaron, antes de burlarnos de ellos? Ni la superstición religiosa ni el escepticismo materialista pueden resolver el magno problema de la eternidad. lA armónica variedad en la matemática unidad de la dual evolución del espíritu y de la materia está comprendida tan sólo en los números universales de Pitágoras, enteramente idénticos al “lenguaje métrico” de los Vedas, según ha demostrado el celoso orientalista Martín Haug en su por desgracia demasiado tardía traducción del Aitareya Brâhmana del Rig Veda, hasta ahora desconocido de los occidentales. Tanto el sistema pitagórico como el brahmánico entrañan en el número el significado esotérico. En el primero depende de la mística relación entre los números y las cosas asequibles a la mente humana; en el segundo, del número de sílabas de cada versículo de los mantras.


Platón, ferviente discípulo de Pitágoras, siguió con tal fidelidad las enseñanzas de su maestro que sostuvo que el Demiurgos se valió del dodecaedro para construir el universo.


Algunas figuras geométricas tienen especial y profunda significación, como, por ejemplo, el cuadrado, emblema de la moral perfecta y la justicia absoluta, pues sus cuatro lados o límites son exactamente iguales. Todas las potestades y armonías de la naturaleza están inscritas en el cuadrado perfecto cuyo número 4 es la tercera parte del número 12 del dodecaedro, de suerte que el inefable nombre de Aquél se simboliza en la sagrada Tetractys, por quien juraban solemnemente los antiguos místicos.

 

 


EL SISTEMA HELIOCÉNTRICO EN LA INDIA

Si después de estudiarla como es debido comparáramos las enseñanzas pitagóricas de la metempsícosis con la moderna teoría de la evolución, hallaríamos en ella todos los eslabones perdidos en esta última; pero ¿qué sabio se avendría a desperdiciar el tiempo en lo que llaman quimeras de los antiguos? Porque, a pesar de las pruebas en contrario, dicen que, no ya las naciones de las épocas arcaicas, sino que ni siquiera los filósofos griegos tuvieron la más leve noción del sistema heliocéntrico. San Agustín, Lactancio y el venerable Beda desnaturalizaron con su ignorante dogmatismo las enseñanzas de los teólogos precristianos; pero la filología, apoyada en el exacto conocimiento del sánscrito, nos coloca en ventajosa situación para vindicarlos. Así, por ejemplo, en los Vedas encontramos la prueba de que 2.000 años antes de J. C., los sabios indos conocían la esfericidad de la tierra y el sistema heliocéntrico que tampoco ignoraba Pitágoras, por haberlo aprendido en la India, ni su discípulo Platón.


A este propósito copiaremos dos pasajes del Aitareya Brâhmana (9):
“El Mantra-Serpiente es uno de los que vio Sarparâjni (la reina de las serpientes). Porque la tierra (iyam) es la reina de las serpientes puesto que es madre y reina de todo cuanto se mueve (sarpat). En un principio, la tierra era una enorme cabeza calva (10).
“Entonces vio la tierra este Mantra que confiere a quien lo conoce la facultad de asumir la forma que desee. La tierra “entonó el Mantra”, esto es, sacrificó a los dioses y por ello tomó jaspeado aspecto y fue capaz de producir diversidad de formas y mudarlas unas en otras.
“Este Mantra comienza con las palabras: Ayam gaûh pris’nir akramît” (X-189).
La descripción de la tierra en forma de cabeza calva, al principio dura y después blanda, cuando el dios del aire (Vayu) sopló en ella, demuestra que los autores de los Vedas, no sólo conocían la esfericidad de la tierra, sino también que en un principio era una masa gelatinosa que con el tiempo se fue enfriando por la acción del aire. Veamos ahora la prueba de que los indos conocían perfectamente el sistema heliocéntrico unos 2.000 años por lo menos antes de J. C.


El Aitareya Brâhmana enseña cómo ha de recitar el sacerdote los shâstras y explica el fenómeno de la salida y puesta del sol. A este propósito dice: “Agnisthoma es el dios que abrasa. El sol no sale ni se pone. Las gentes creen que el sol se pone, pero se engañan, porque no hay tal, sino que llegado el fin del día, deja en noche lo que está debajo y en día lo del lado opuesto. Cuando las gentes se figuran que sale el sol, es que llegado el fin de la noche, deja en día lo que está debajo y en noche lo del lado opuesto. Verdaderamente, nunca se pone el sol para quien esto sabe” (11).
El pasaje transcrito es tan concluyente, que el mismo traductor del Rig Veda llama la atención sobre su texto diciendo que en él se niega la salida y la puesta del sol, como si el autor estuviese convencido de que el astro conserva constantemente su elevada posición (12).


En uno de los nividas más antiguos, el rishi Kutsa, que floreció en muy remotos tiempos, explica alegóricamente las leyes a que obedecen los cuerpos celestes. Dice que “por hacer lo que no debió” fue condenada Anâhit (13) a girar alrededor del sol. Los sattras, o sacrificios periódicos, prueban, sin dejar duda, que diecinueve siglos antes de la era cristiana estaban ya los indos muy adelantados en astronomía. Duraban estos sacrificios un año y correspondían a la aparente carrera del sol.
Según dice Haug “se dividían en dos períodos de seis meses de treinta días, con intervalo de un día llamado vishuvan (ecuador o día central) que partía el sattras en dos mitades” (14).

 

 

 


ANTIGUOS CÓMPUTOS ASTRONÓMICOS

Aunque Haug remonta la antigüedad de los Brâhmanas tan sólo a unos 1.200 ó 1.400 años antes de J. C., reconoce que los himnos más antiguos corresponden al comienzo de la literatura védica, entre los años 2.400 y 2.000 antes de J. C., pues no ve razón para considerar los Vedas menos antiguos que las Escrituras chinas. Sin embargo, como está probado de sobra que el Shu-King (Libro de la Historia) y los cantos sacrificiales del Shi-King (Libro de las Odas) datan de 2.200 años antes de J. C., los filólogos modernos se verán forzados a confesar la superioridad de los indos en conocimientos astronómicos.
De todos modos, estos hechos demuestran que ciertos cómputos astronómicos de los caldeos eran tan exactos en tiempo de Julio César como puedan serlo en nuestros días. Cuando el conquistador de las Galias reformó el calendario, las estaciones habían perdido toda correspondencia con el año civil, pues el verano se prolongaba a los meses de otoño y el otoño a los de invierno.


Las operaciones científicas de la corrección estuvieron a cargo del astrónomo caldeo Sosígenes, quien retrasó noventa días la fecha del 25 de Marzo para que coincidiese con el equinoccio de primavera y dividió el año en los doce meses distribuidos en días tal como aún subsisten.
El calendario de los aztecas mexicanos dividía el año en meses de igual número de días con tan escrupulosa exactitud calculados, que ningún error descubrieron las comprobaciones efectuadas posteriormente en la época de Moctezuma, al paso que al desembarcar los españoles el año 1519, advirtieron que el calendario Juliano, por el cual se regían, adelantaba once días con relación al tiempo exacto.
Gracias a las inestimables y fieles traducciones de los libros védicos y a los trabajos de investigación del doctor Haug, podemos corroborar las afirmaciones de los filósofos herméticos y reconocer la indecible antigüedad de la época en que floreció el primer Zoroastro. Los Brâhmanas, cuya fecha remonta Haug a 2.000 años, describen los combates entre los indos prevédicos simbolizados en los devas y los iranios en los asuras. ¿En qué época levantaría su voz el primer profeta iranio contra lo que llamaba la idolatría de los brahmanes a quienes calificó de devas o, según él, demonios?
A ello responde Haug que estas luchas debieron parecerles a los autores de los Brâhmanas tan legendarias como les parecen las proezas del rey Arturo a los historiadores ingleses del siglo XIX.


Los más conspicuos filósofos reconocen que tanto los brahmanes como los budistas y los pitagóricos enseñaron esotéricamente, en forma más o menos inteligible, la doctrina de la metempsícosis, profesada asimismo por Clemente de Alejandría, Orígenes, Sinesio, Calcidio y los agnósticos, a quienes la historia diputa por los hombres más exquisitamente cultos de su tiempo (15). Pitágoras y Sócrates sostuvieron las mismas ideas y ambos fueron condenados a muerte en pena de enseñarlas, porque el vulgo ha sido igualmente brutal en todo tiempo y el materialismo ofuscó siempre las verdades espirituales.


De acuerdo con los brahmanes, enseñaron a Pitágoras y Sócrates que el espíritu de Dios anima las partículas de la materia en que está infundido; que el hombre tiene dos almas de distinta naturaleza, pues una (alma astral o cuerpo fluidico) es corruptible y perecedera, mientras que la otra (augoeides o partícula del Espíritu divino) es incorruptible e imperecedera. El alma astral, aunque invisible para nuestros sentidos por ser de materia sublimada, perece y se renueva en los umbrales de cada nueva esfera, de suerte que va purificándose más y más en las sucesivas transmigraciones. Aristóteles, que por motivos políticos se muestra muy reservado al tratar cuestiones de índole esotérica, declara explícitamente su opinión en este punto, afirmando que el alma humana es emanación de Dios y a Dios ha de volver en último término. Zenón, fundador de la escuela estoica, distinguía en la naturaleza dos cualidades coeternas: una activa, masculina, pura y sutil, el Espíritu divino; otra pasiva, femenina, la materia que para actuar y vivir necesita del Espíritu, único principio eficiente cuyo soplo crea el fuego, el agua, la tierra y el aire. También los estoicos admitían como los indos la reabsorción final. San Justino creía en la emanación divina del alma humana, y su discípulo Taciano afirma que “el hombre es inmortal como el mismo Dios” (16).

 

 


EL ALMA DE LOS ANIMALES

Es muy importante advertir que el texto hebreo del Génesis, según saben los hebraístas, dice así: “A todos los animales de la tierra y a todas las aves del aire y a cuanto se arrastra por el suelo les di alma viviente” (17). Pero los traductores han adulterado el original substituyendo la frase subrayada por la de: “allí en donde hay vida”.
Demuestra Drummond que los traductores de las Escrituras hebreas han tergiversado el sentido del texto en todos los capítulos, falseando hasta la significación del nombre de Dios que traducen por Él cuando el original dice ... Al que, según Higgins, significa Mithra, el Sol conservador y salvador. Drummond prueba también que la verdadera traducción de Beth-El es Casa del Sol y no Casa de Dios, pues en la composición de estos nombres cananeos, la palabra El no significa Dios, sino Sol (18).


De esta manera ha desnaturalizado la teología a la teosofía antigua y la ciencia a la filosofía (19).
El desconocimiento de este capital principio filosófico invalida los métodos de la ciencia moderna por seguros que parezcan, pues no sirven para demostrar el origen y fin de las cosas. En lugar de deducir el efecto de la causa inducen la causa del efecto. Enseña la ciencia que los tipos superiores proceden evolutivamente de los inferiores, pero como en esta laberíntica escala va guiada por el hilo de la materia, en cuanto se rompe no puede adelantar un paso y retrocede con espanto, y se confiesa impotente ante el Incomprensible. No procedían así Platón y sus discípulos, para quienes los tipos inferiores eran imágenes concretas de los abstractos superiores. El alma inmortal tiene un principio aritmético y el cuerpo lo tiene geométrico. Este principio, como reflejo del Arqueos universal, es semoviente y desde el centro se difunde por todo el cuerpo del microcosmos.


La triste consideración de esta verdad mueve a Tyndall a confesar cuán impotente es la ciencia aun en el mismo mundo de la materia, diciendo: “El primario ordenamiento de los átomos a que toda acción subsiguiente está subordinada, escapa a la penetración del más potente microscopio. Después de prolongadas y complejas observaciones, sólo cabe afirmar que la inteligencia más privilegiada y la más sutil imaginación retroceden confundidas ante la magnitud del problema. no hay microscopio capaz de reponernos de nuestro asombro, y no sólo dudamos de la valía de este instrumento, sino de si en verdad la mente humana puede inquirir las más íntimas energías estructurales de la naturaleza”.
La fundamental figura geométrica de la cábala, que según la tradición, de acuerdo con las doctrinas esotéricas recibió Moisés en el monte Sinaí (20) encierra en su grandiosamente sencilla combinación la clave del problema universal. Esta figura contiene todas las demás y los capaces de comprenderla no necesitan valerse de la imaginación ni del microcopio, porque ninguna lente óptica supera en agudeza a la percepción espiritual. Para los versados en la magna ciencia, la descripción que un niño psicómetra pueda dar de la génesis de un grano de arena, de un pedazo de cristal o de otro objeto cualquiera, es mucho más fidedigna que cuantas observaciones telescópicas y microscópicas aleguen las ciencias experimentales.


Más verdad encierra la atrevida pangenesia de Darwin, a quien llama Tyndall “especulador sublime”, que las cautas y restringidas hipótesis de este otro sabio, quien, como todos los de su linaje, recluyen su imaginación entre las, según ellos, “firmes fronteras del raciocinio”. La hipótesis de un germen microscópico con suficente vitalidad para contener un mundo de gérmenes menores, parece como si se remontara a lo infinito y trascendiendo al mundo material se internara en el espiritual.


Si consideramos la darwiniana teoría del origen de las especies, advertiremos que su punto de partida está situado como si dijéramos frente a una puerta abierta, con libertad de atravesar o no el dintel a cuyo otro lado vislumbramos lo infinito, lo incomprensible, o, por mejor decir, lo inefable. Si el lenguaje humano es insuficiente para expresar lo que vislumbramos en el más allá, algún día habrá de comprenderlo el hombre que ante sí tiene la inacabable eternidad.

 

 


EL PROTOPLASMA Y EL “MÁS ALLÁ”

No sucede lo propio en la hipótesis de Huxley acerca de los fundamentos fisiológicos de la vida. Contra las negaciones de sus colegas alemanes admite un protoplasma universal que al formar las células origina la vida. Este protoplasma es, según Huxley, idéntico en todo organismo viviente, y las células que constituye entrañan el principio vital, pero excluye de ellas el divino influjo y deja sin resolver el problema.

Con habilísima táctica convierte las leyes y hechos en centinelas cuyo santo y seña es la palabra necesidad, aunque al fin y a la postre desbarata toda la hipótesis calificándola de “vano fantasma de mi imaginación”. “Las doctrinas fundamentales del espiritualismo, continúa diciendo Huxley, trascienden toda investigación filosófica” (21).

Sin embargo, nos atreveremos a contradecir esta afirmación observando que mejor se avienen las doctrinas espiritualistas con las investigaciones filosóficas que con el protoplasma de Huxley, pues al menos ofrecen pruebas evidentes de la existencia del espíritu, mientras que una vez muertas las células protoplásmicas, no se advierte en ellas indicio alguno de que sean los orígenes de la vida, como pretende el eminente pensador contemporáneo.
Los cabalistas antiguos no formulaban hipótesis alguna hasta que podían establecerla sobre la firmísima roca de comprobadas experiencias.


Pero la exagerada subordinación a los hechos físicos ocasiona la pujanza del materialismo y la decadencia del espiritualismo. Tal era la orientación dominante del pensamiento humano en tiempos de Aristóteles, y aunque el precepto délfico no se había borrado de la mente de los filósofos griegos, pues todavía algunos afirmaban que para conocer lo que es el hombre se necesita saber lo que fue, ya empezaba el materialismo a corroer las raíces de la fe. Los mismos Misterios estaban adulterados hasta el punto de ser especulaciones sacerdotales y fraudes religiosos. Pocos eran los verdaderos adeptos e iniciados, legítimos sucesores de los que dispersara la espada conquistadora del antiguo Egipto.


Ciertamente había llegado ya la época vaticinada por el gran Hermes en su diálogo con Esculapio; la época en que impíos extraqnjeros reconvinieran a los egipcios de adorar monstruosos ídolos, sin que de ella quedara más que los jeroglíficos de sus monumentos como increíbles enigmas para la posteridad. Los hierofantes andaban dispersos por la faz de la tierra, buscando refugio en las comunidades herméticas llamadas más tarde esenios, donde sepultaron a mayor hondura que antes la ciencia esotérica. La triunfante espada del discípulo de Aristóteles no dejó vestigio de la un tiempo pura religión, y el mismo Aristóteles, típico hijo de su siglo, aunque instruido en la secreta ciencia de los egipcios, sabía muy poco de los resultados dimanantes de milenarios estudios esotéricos.


Lo mismo que los que florecieron en los días de Psamético, los filósofos contemporáneos “alzan el velo de Isis” porque Isis es el símbolo de la naturaleza; pero sólo ven formas físicas y el alma interna escapa a su penetración. La Divina Madre no les responde. Anatómicos hay que niegan la existencia del alma, porque no la descubren bajo las masas de músculos y redes de nervios y substancia gris que levantan con la punta del escalpelo. Tan miopes son estos en sus sofismas como el estudiante que bajo la letra muerta de la cábala no acierta a descubrir el vivificador espíritu. Para ver el hombre real que habitó en el cadáver extendido sobre la mesa de disección, necesita el anatómico ojos no corporales; y de la propia suerte, para descubrir la gloriosa verdad, cifrada en las escrituras hieráticas de los papiros antiguos, es preciso poseer la facultad de intuición, la vista del alma, como la razón lo es de la mente.


La ciencia moderna admite una fuerza suprema, un principio invisible, pero niega la existencia de un Ser supremo, de un Dios personal (22). Lógicamente es muy discutible la diferencia entre ambos conceptos, porque, en este caso, fuerza y esencia son idénticas. La raxzón humana no puede concebir una fuerza suprema e inteligente sin identificarla con un Ser también supremo e inteligente. Jamás el vulgo tendrá idea de la omnipotencia y omnipresencia de Dios sin atribuirle, en gigantescas proporciones, cualidades humanas; sin embargo, para los cabalistas, siempre fue el invisible En-Soph una Potestad.

 

 

 


DESCONOCIDOS, PERO PODEROSOS ADEPTOS

Vemos, por lo tanto, que los filósofos positivistas de nuestros días tuvieron sus precursores hace miles de años. El adepto hermético proclama que el simple sentido común excluye toda contingencia de que el universo sea obra del acaso, pues equivaldría este absurdo a suponer que los postulados deEuclides los dedujo un mono entretenido en jugar con figuras geométricas.


Muy pocos cristianos comprenden la teología hebrea, si es que algo saben de ella. El Talmud es profundamente enigmático, aún para la mayor parte de los mismos judíos; pero los hebraístas que lo han descifrado, no se engríen de su erudición. Los libros cabalísticos son todavía menos comprensibles para los judíos, y a su estudio se dedican, con mayor asiduidad que estos, los hebraístas cristianos. Sin embargo, ¡cuán menos conocida todavía es la cábala universal de Oriente! Pocos son sus adeptos; pero estos privilegiados herederos de los sabios que “descubrieron las deslumbradoras verdades que centellean en la gran Shemaya del saber caldeos (23) han solucionado lo “absoluto” y descansan ahora de su fatigosa tarea.

No pueden ir más allá de la línea trazada por el dedo del mismo Dios en este mundo, como límite del conocimiento humano. Sin darse cuenta, han topado algunos viajeros con estos adeptos en las orillas del sagrado Ganges, en las solitarias ruinas de Tebas, en los misteriosamente abandonados aposentos de Luxor, en las cámaras de azules y doradas bóvedas cuyos misteriosos signos atraen sin fruto posible la atención del vulgo. Por doquiera se les encuentra, lo mismo en las desoladas llanuras del Sahara y en las cavernas de Elefanta, que en los brillantes salones de la aristocracia europea; pero sólo se dan a conocer a los desinteresados estudiantes cuya perseverancia no les permite volver atrás. El insigne teólogo e historiador judío Maimónides, a quien sus compatriotas casi divinizaron, para después acusarle de herejía, afirma que lo en apariencia más absurdo y extravagante del Talmud, encubre precisamente lo más sublime de su significado esotérico.

 

Este eruditísimo judío ha demostrado que la magia caldea profesada por Moisés y otros taumaturgos, se fundaba en amplios y profundos conocimientos de diversas y hoy olvidadas ramas de las ciencias naturales, pues conocían por completo los recursos de los reinos mineral, vegetal y animal, aparte de los secretos de la química y de la física, con añadidura de las verdades espirituales que les daban tanta idoneidad en psicología como tuvieron en fisiología. No es maravilla, pues, que los adeptos educados en los misteriosos santuarios de los templos, obraran portentos en cuya explicación fracasaría la infatuada ciencia contemporánea.

Es denigrante para la dignidad humana motejar de imposturas la magia y las ciencias ocultas, pues si hubiera sido posible que durante miles de años fuesen unas gentes víctimas de los fraudes y supercherías amañados por otras gentes, necesario sería confesar que la mitad de los hombres son idiotas y la otra mitad bribones. ¿En qué país no se ha practicado la magia? ¿En qué época se olvidó por completo?
Los Vedas y las leyes de Manú, que son los documentos literarios más antiguos, describen muchos ritos mágicos de lícita práctica entre los brahmanes (24). Hoy mismo se enseña en el Japón y en China, sobre todo en el Tíbet, la magia cladea, y los sacerdotes de estos países corroboran con el ejemplo las enseñanzas relativas al desenvolvimiento de la clarividencia y actualización de las potencias espirituales, mediante la pureza y austeridad de cuerpo y mente, de que dimana la mágica superioridad sobre las entidades elementales, naturalmente inferiores al hombre.

 

En los países occidentales es la magia tan antigua como en los orientales. Los druidas de la Gran Bretaña y de las Galias la ejercían en las reconditeces de sus profundas cavernas, donde enseñaban ciencias naturales y psicológicas, la armonía del universo, el movimiento de los astros, la formación de la tierra y la inmortalidad del alma (25). En las naturales academias edificadas por mano del invisible arquitecto, se congregaban los iniciados al filo de la media noche para meditar sobre lo que es y lo que ha de ser el hombre (26). No necesitaban de iluminación artificial en sus templos, porque la casta diosa de la noche hería con sus rayos las cabezas coronadas de roble y los sagrados bardos de blancas vestiduras sabían hablar con la solitaria reina de la bóveda estrellada (27).

 

 

 

 

ANTIGÜEDAD DE LA MAGIA

Pero aunque el ponzoñoso hálito del materialismo haya consumido las raíces de los sagrados bosques y secado la savia de su espiritual simbolismo, todavía medran con exuberante lozanía para el estudiante de ocultismo, que los sigue viendo cargados del fruto de la verdad tan frondosamente como cuando el archidruida sanaba mágicamente a los enfermos y tremolando el ramo de muérdago segaba con su dorada segur la rama del materno roble. La magia es tan vieja como el hombre y nadie acertaría en señalar su origen, de la propia suerte que no cabe computar el nacimiento del primer hombre. Siempre que los eruditos intentaron determinar históricamente los orígenes de la magia en algún país, desvanecieron sus cálculos investigaciones posteriores. Suponen algunos que el sacerdote y rey escandinavo Odín fue el fundador de la magia unos 70 años antes de J. C.; pero hay pruebas evidentes de que los misteriosos ritos de las sacerdotisas valas son muy anteriores a dicha época (28).


Otros eruditos modernos atribuyen a Zoroastro las primicias de la magia apoyados en que fue el fundador de la religión de los magos; pero Amiano Marcelino, Arnobio, Plinio y otros historiadores antiguos, prueban concluyentemente que tan sólo se le debe considerar como reformador de la magia, ya de muy antiguo profesada por los caldeos y egipcios (29).


Los más eminentes maestros de las cosas divinas convienen en que casi todos los libros antiguos están escritos en lenguaje sólo entendido de los iniciados, y ejemplo de ello nos da el bosquejo biográfico de Apolonio de Tyana, que, según saben los cabalistas, es un verdadero compendio de filosofía hermética con trasuntos de las tradiciones relativas al rey Salomón. Lo mismo que éstas, parece el bosquejo biográfico de Apolonio fantástica quimera, porque los acontecimientos históricos están cubiertos bajo el velo de la ficción. El viaje a la India, allí descrito, simboliza las pruebas del neófito, y sus detenidas conversaciones con los brahmanes, sus prudentes consejos y sus diálogos con el corintio Menipo, equivalen en conjunto, debidamente interpretados, a un catecismo esotérico.

En su visita al país de los sabios, en la plática que sostuvo con el rey Hiarkas y en el oráculo de Anfiarao, se simbolizan muchos dogmas secretos de Hermes, cuya explicación revelaría no pocos misterios de la naturaleza. Eliphas Levi indica la sorprendente analogía entre el rey Hiarkas y el fabuloso Hiram, de quien recibió Salomón el cedro del Líbano y el oro de Ofir. Curioso fuera averiguar si los modernos masones, por mucha que sea su elocuencia y habilidad, saben quién es el Hiram cuya muerte juran vengar.

 

 

 


NADA HAY NUEVO BAJO EL SOL

Si prescindiendo de las enseñanzas puramente metafísicas de la cábala, atendiéramos tan sólo al ocultismo fisiológico, podríamos obtener resultados beneficiosos para algunas ramas de la moderna ciencia experimental, tales como la química y la medicina. A este propósito, dice Draper: “A menudo descubrimos ideas que orgullosamente diputábamos por privativas de nuestra época”. Esta observación a que dio pie el examen de los tratados científicos de los árabes, puede aplicarse con mucho mayor motivo a las obras esotéricas de los antiguos. La medicina moderna sabe de seguro más anatomía, fisiología y terpéutica, pero ha perdido el verdadero conocimiento por su encogido criterio, inflexible materialismo y dogmatismo sectario.

 

Cada escuela médica desdeña saber lo que otras opinan y todas ellas desconocen el grandioso concepto que de la naturaleza y el hombre sugieren los fenómenos hipnóticos y los experimentos de los norteamericanos sobre el cerebro, cuyos resultados son la más acabada derrota del estúpido materialismo. Sería conveniente convocar a los médicos de las distintas escuelas para demostrarles que muchas veces se estrella su ciencia contra la rebeldía de enfermedades, vencidas después por saludadores hipnóticos o mediumnímicos. Quienes estudien la antigua literatura médica, desde Hipócrates a Paracelso y Van Helmont, hallarán multitud de casos fisiológicos y psicológicos, perfectamente comprobados, con medicinas y tratamientos terapéuticos cuyo empleo desdeñan los médicos contemporáneos (30). De la propia manera, los cirujanos del día confiesan su inferioridad respecto de la admirable destreza de los antiguos en el arte de vendar. Los más notables cirujanos parisienses han examinado el vendaje de las momias egipcias, sin verse capaces de imitar el modelo que ante sí tenían.


En el museo Abbott, de Nueva York, hay numerosas pruebas de la habilidad de los antiguos en varias artes, entre ellas, la de blondas y encajes y postizos femeninos. El periódico de Nueva York, La Tribuna, en su crítica del Papiro de Ebers, dice: “... verdaderamente no hay nada nuevo bajo el sol... los capítulos 65, 66, 79 y 89 demuestran que los regeneradores del cabello, los tintes y polvoreras eran ya necesarios hace 3.400 años”.
En su obra Conflictos entre la religión y la ciencia, reconoce el eminente filósofo Draper, que a los sabios antiguos corresponde legítimamente la paternidad de la mayoría de descubrimientos que los modernos se atribuyen, y al efecto cita unos cuantos hechos que admiraron a toda Grecia. Calístenes envió a Aristóteles una serie de observaciones astronómicas computadas por los babilonios, que se remontaban a mil novecientos tres años. Ptolomeo, rey de Egipto y notable astrónomo, tenía una tabla de eclipses, también computada en Babilonia, en la que se predecían los de más de siete siglos antes de la era cristiana.

A este propósito, dice muy oportunamente Draper: “Pacientes y precisas observaciones se necesitaron para obtener estos resultados astronómicos, cuya valía han corroborado nuestros tiempos. Los babilonios computaron el año tropical con veintisiete segundos de error, y el sideral con dos minutos de exceso. Conocieron la precesión de los equinoccios y predijeron y calcularon los eclipses con auxilio de su ciclo llamado saros, que constaba de 6.585 día, con un error de diecinueve minutos y treinta segundos.

Todos estos cálculos son prueba incontrovertible de la paciente habilidad de los astrónomos caldeos, pues con imperfectos instrumentos lograron tan precisos resultados. Habían catalogado las estrellas y dividido el zodíaco en doce signos, el día en doce horas y la noche en otras tantas. Durante mucho tiempo estudiaron las ocultaciones de las estrellas detrás de la luna, según frase de Aristóteles, conocieron la situación de los planetas respecto del sol, construyeron cuadrantes, clepsidras, astrolabios y horarios y rectificaron los erróneos conceptos que sobre la estructura del sistema solar predominaban por entonces.

 

El mundo permanente de las verdades eternas que interpenetra el transitorio mundo de ilusiones y quimeras no ha de ser descubierto por las tradiciones de los hombres que vivieron en los albores de la civilización ni por los ensueños de los místicos que presumían de inspiración, sino que han de descubrirlo las investigaciones de la geometría y la práctica interrogación de la naturaleza”.
Estamos del todo conformes con esta conclusión que no podía inferirse más acertadamente. Parte de la verdad nos dice Draper en el pasaje transcrito, pero no toda, porque desconoce la índole y extensión de los conocimientos que en los Misterios se enseñaban. Ningún pueblo tan profundamente versado en geometría como los constructores de las Pirámides y otros titánicos monumentos antediluvianos y postdiluvianos, y ninguno tampoco que tan prácticamente haya interrogado a la naturaleza. Prueba de ello nos da el significado de sus innumerables símbolos, cada uno de los cuales es plasmada idea que combina lo divino e invisible con lo terreno y visible, de suerte que de lo visible se infiere lo invisible por estricta analogía, según el aforismo hermético: “como lo de abajo es lo de arriba”. Los símbolos egipcios denotan profundos conocimientos en ciencias naturales y muy prácticos estudios de las fuerzas cósmicas.

 

 

 

INVESTIGACIONES GEOMÉTRICAS

Respecto a la eficacia de las investigaciones geométricas, ya no han de contraerse los estudiantes de ocultismo a nuevas conjeturas, sino que pueden seguir la orientación señalada en nuestros días por el insigne geómetra norteamericano Jorge Felt, quien apoyado en los antecedentes sentados por los antiguos egipcios, ha inferido las siguientes consecuencias:
1ª Determinar el diagrama fundamental de la geometría plana y del espacio.
2ª Establecer proporciones aritméticas en forma geométrica.
3ª Inferir la norma geométrica que de tan maravillosa y exacta manera siguieron los egipcios en todas sus construcciones arquitectónicas y escultóricas.
4ª Comprobar que de esta misma norma geométrica se valieron los egipcios para los cómputos astronómicos sobre que fundaron casi todo su simbolismo religioso.
5ª Descubrir las huellas de la norma geométrica de los egipcios en el arte y arquitectura de Grecia y en las Escrituras hebreas, cuya derivación egipcia resulta de ello evidente.
6ª Demostrar que después de investigar durante miles de años las leyes de la naturaleza, llegaron los egipcios a conocer el sistema del universo.
7ª Determinar con toda precisión problemas de fisiología, hasta hoy tan sólo sospechados.
8ª Que la primitiva ciencia y la primitiva religión, que serán también las últimas, estuvieron comprendidas en la filosofía masónica.
A esto podemos añadir por testimonio ocular que los escultores y arquitectos egipcios no forjaban en el yunque de su fantasía las admirables estatuas de sus templos, sino que de modelo les servían las “invisibles entidades del aire” y otros reinos de la naturaleza, cuya visión atribuían ellos, como atribuye también Felt, a la eficacia de alquímicos y cabalísticos procedimientos. Schweigger demuestra el fundamento científico de todos los símbolos mitológicos (31).

 


El descubrimiento de las energías electromagnéticas ha permitido a hipnotólogos tan eminentes como Ennemoser, Schweigger y Bart, en Alemania, Du Potet, en Francia, y Regazzoni, en Italia, señalar casi exactamente la analogía entre los mitos divinos y las energías naturales. El dedo ideico, que tanta importancia tuvo en la magia médica, significa un dedo de hierro, atraído y repelido alternativamente por las fuerzas magnéticas. En Samotracia se empleó con admirables resultados en la curación de enfermedades orgánicas.


Bart aventaja a Schweigger en la interpretación de los mitos antiguos que estudia bajo el doble aspecto espiritual y físico. Trata extensamente de los teurgos, cabires y dáctilos, de Frigia, que fueron magos saludadores.

 

A este propósito, dice: “Cuando tratamos de la estrecha relación entre los dáctilos y las fuerzas magnéticas, no nos referimos tan sólo a la piedra imán y a nuestro concepto de la naturaleza, sino que consideramos el magnetismo en conjunto. Así se comprende cómo los iniciados que se dieron el nombre de dáctilos asombraran a las gentes con sus artes mágicas y realizaran prodigiosas curaciones. A esto añadieron la preceptuación del cultivo de la tierra, la práctica de la moral, el fomento de las ciencias y de las artes, las enseñanzas de los Misterios y las consagraciones secretas. Si todo esto llevaron a cabo los sacerdotes cabires, ¿no recibirían auxilio y guía de los misteriosos espíritus de la naturaleza? (32) De la misma opinión es Schweigger, quien demuestra que los antiguos fenómenos teúrgicos derivaban de fuerzas magnéticas “guiadas por los espíritus”.

 

 

 

CAPÍTULO II

Valía de las pruebas

Juicio de los científicos

Conclusión de Crookes

Autenticidad del Alcahest.

Elogio de Paracelso

El espiritismo clerical

Nombres nuevos para ideas viejas

Fuerza contra fuerza

Opiniones de Schopenhauer

Las mesas rotatorias

La energía atómica

La fuerza mediumníca

Milagros de Bacón

............................................................Dice un proverbio persa: "Cuanto más obscuro está el cielo, más brillan las estrellas." Así, en el negro firmamento de la Edad Media aparecieron los misteriosos Hermanos de la Rosa Cruz, que no organizaron asociaciones ni instituyeron colegios, porque, acosados por todas partes como fieras, los tostaba sin escrúpulo la iglesia católica en cuanto caían en sus manos.

A este propósito dice Bayle: " Como la religión prohíbe el derramamiento de sangre en su Ecclesia non movit sanguinem, quemaban a las víctimas, cual si al quemarlas no vertiesen su sangre"

Varios de estos místicos, guiados por las enseñanzas aprendidas en manuscritos secretamente conservados de generación en generación, llevaron á cabo descubrimientos que no desdeñarían hoy las ciencias experimentales.

El monje Rogerio Bacón, vituperado de charlatán y tenido por aprendiz de artes mágicas, pertenece de derecho, sino de hecho, a la Fraternidad de los estudiantes de ocultismo.

Floreció en el siglo XIII con Alberto el Magno y Tomás de Aquino, y sus descubrimientos de la pólvora, de las lentes ópticas y varios mecanismos, fueron atribuidos a hechicería por pacto demoníaco, y de ellos se aprovechan hoy mismo quienes más le encarnecen.

En un drama de la época de Isabel de Inglaterra, escrito por Roberto Green y basado en la historia legendaria de Rogerio Bacón, se dice, que habiendo sido presentado al rey, le pidió éste que demostrase algo de su saber ante la reina, y que él entonces movió la mano y oyóse al punto una música tan armoniosa como jamás la oyera ninguno de cuantos la escuchaban. Fue la música en crescendo y de pronto aparecieron cuatro figuras que danzaron un buen espacio, hasta desvanecerse en el aire. Movió de nuevo el monje la mano y súbitamente se difundió por la estancia tan exquisito perfume que parecía hábilmente preparado con los más finos y delicados aromas del mundo.

Aseguro después Bacón a uno de los caballeros allí presentes , que iba a presentarle la mujer de quien andaba enamorado, y descorriendo las cortinas de la cámara regia, apareció a los ojos de los circunstantes una cocinera cucharón en mano que desapareció con igual presteza. Encolerizado el orgulloso caballero por aquella humillación, amenazó al monje con su venganza, pero él repuso tranquilamente: "No me amenace vuestra gracia, porque mayor pudiera ser su vergüenza y ande alerta en decir otra vez que los letrados mienten"........................................................................................................

El espectro sin alma

Formas materializadas

Espíritus elementarios

 

 

CAPÍTULO III

Exposiciones erróneas

La religión de Comte

Negaciones del positivismo

Opinión de Hare

Fecundación artificial

Los monos de la ciencia

Epidemia de negaciones

La ciencia ultramontana

Panaceas y específicos

El Demiurgos

El lirio de Gabriel

Acusación contra Bruno

Ideas pitagóricas de Bruno

Enseñanzas orientales

 

 

 

CAPÍTULO IV

Fenómenos psíquicos

La enciclopedia del diablo

La Ciencia contra la Teología

El ventriloquismo de Bavinet

El meteoro felino

Thury contra Gasparín

Contradicciones de Gasparín

La fuerza ecténica

Ateísmo científico

Confusiones de los científicos

Los científicos rusos

La gruta-gabinete de Lourdes

Huxley define la prueba

Protesta de un periódico cristiano.

 

 

 

CAPÍTULO V

Yo soy el espíritu que siempre niega.

Mefistófeles, en FAUSTO.

El Espíritu de verdad a quien el mundo no pudo
recibir porque no le vio ni conoció.

SAN JUAN, XIV-17.

Millones de seres espirituales recorren la tierra y no los vemos
ni cuando estamos dormidos ni cuando despiertos.

MILTON.

La mente no basta por sí sola para abarcar lo espiritual.
De la propia manera que el sol ofusca la luz de una llama,
así el espíritu ofusca la luz de la mente.

W. HOWITT.


Infinidad de nombres se han dado a las manifestaciones o efectos de la misteriosa energía que anima la materia. Es el caos de los antiguos; el antusbyrum o fuego sagrado de los parsis; el fuego de Hermes; el elmes de los aniguos germanos; el rayo de Cibeles; la antorcha de Apolo; el fuego sagrado de los altares de Pan y Vesta; la centella (...) del yelmo de Plutón, del capacete de Dioscuri, de la cabeza de Gorgona, del casco de Palas y del caduceo de Mercurio; el phtha o ra egipcio; el (...) y el Zeus cataibates (el que desciende) (1) de los griegos; las lenguas de fuego de la Pentecostés; la zarza ardiente de Moisés; la columna de fuego del Éxodo; la lámpara ardiente de Abraham; el fuego eterno del abismo sin fondo; los vapores del oráculo délfico; la luz sidérea de los rosacruces; el akâsha de los adeptos indos; la luz astral de los cabalistas; el fluido nervioso de los magnetizadores; el od de Reichenbach; el globo ígneo de Babinet; el psicodo y la fuerza étnica de Thury; la fuerza psíquica de Cox y Crookes; el magnetismo atmosférico de algunos físicos; el galvanismo; y finalmente la electricidad.


Bulwer Lytton en su Raza futura le llama vril (2) y supone ficciosamente que se valían de ella las poblaciones subterráneas. Dice, al efecto, que estas gentes creen que el vril unifica y resume la energía de todos los agentes naturales y demuestra después como Faraday presintió ya la unidad de las fuerzas en el siguiente pasaje:
“Hace mucho tiempo que estoy convencido, y conmigo muchos otros amantes de la naturaleza, de que las diversas modalidades de las fuerzas de la materia tienen origen común, es decir, que están relacionadas con tan directa interdependencia que pueden transmutarse una en otra con equivalente potencia de actuación”.
Por absurdo y anticientífico que parezca, sólo cabe, en verdadera definición de la energía primaria de Faraday y del vril de Lytton, identificarlos con la luz astral de los cabalistas, según van corroborando uno tras otro los descubrimientos de la ciencia.


Hace poco tiempo anunciaron los periódicos que Edison había descubierto una fuerza de modalidad distinta a la eléctrica, excepto en la conductibilidad. Si la noticia se confirma veremos cómo, no obstante las denominaciones científicas que se le den, resultará al fin y al cabo uno de tantos hijos engendrados desde el origen del tiempo por nuestra cabalística madre la Virgen Astral. En efecto, el descubridor asegura que la nueva fuerza es tan distinta y obedece a tan regulares leyes como el calor, el magnetismo y la electricidad. El periódico que primeramente publicó la noticia añade que Édison supone la nueva fuerza relacionada con el calor, aunque también pudiera generarse por medios independientes y no conocidos todavía.

 

 

 

 

 

EL TELÉFONO DE BELL

Otro reciente y admirable descubrimiento es la posibilidad de hablar desde muy lejos por medio de un aparato llamado teléfono que acaba de inventar Graham Bell. La nueva invención tuvo por precedente los tubos acústicos, consistentes en dos pequeñas bocinas de estaño recubiertas de terciopelo y enlazadas por un bramante. Entre Boston y Cambridgeport se ha sostenido por teléfono una conversación durante la cual se oyeron distintamente todas las palabras con la peculiar modulación de voz. Las ondas sonoras recibidas por un imán, se transmiten eléctricamente a lo largo del alambre en cooperación con dicho imán. El buen funcionamiento dela aparato depende de la regularidad de la corriente eléctrica y de la potencia del imán que ha de cooperar a su acción.


“El aparato –dice un periódico- consiste en una especie de bocina con una membrana muy delicada en la que repercuten las ondas sonoras cuando se aplica el habla a la bocina. Al otro lado de la membrana hay una pieza metálica que al vibrar aquélla se pone en contacto con un imán y éste con el circuito eléctrico gobernado por el operador. No se sabe cómo, pero lo cierto es que la corriente eléctrica transmite con toda exactitud de uno a otro aparato la voz del que habla sin pérdida de la más leve modulación”.


Ante los prodigiosos descubrimientos de nuestra época, tales como la nueva fuerza de Édison y el teléfono de Graham Bell, aparte de las psibilidades todavía latentes en el reino sin límites de la naturaleza, no será exagerado suplicar a cuantos intenten combatir nuestra afirmación que esperen a ver si los nuevos descubrimientos la invalidan o la corroboran.


La invención del teléfono dará tal vez alguna insinuación tocante a lo que las historias antiguas dicen del secreto poseído por los sacerdotes egipcios, quienes durante la celebración de los misterios podían comunicarse instantáneamente de un templo a otro, aunque fuese de ciudad distinta. La leyenda atribuye estos mensajes a las “invisibles tribus del aire”. El autor de El hombre preadámico cita un ejemplo que no sabe a punto fijo si lo da Macrino u otro autor, pero que podemos considerar por lo que valga.

Dice que “durante su estancia en Egipto, una de las Cleopatras mandó noticias por un alambre a todas las ciudades del alto Nilo, desde Heliópolis a Elefantina” (3).


No hace mucho tiempo nos reveló Tyndall un nuevo mundo poblado de hermosísimas figuras aéreas. Según dice, el descubrimiento consiste en “someter los vapores de ciertos líquidos volátiles a la concentrada acción de la luz solar o a los enfocados rayos de la eléctrica”. Los vapores de algunos yoduros, nitratos y ciertos ácidos se sujetan a la acción de la luz en un tubo de ensayo colocado horizontalmente, de modo que su eje coincida con los rayos paralelos dimanantes de la lámpara. Los vapores forman nubes de soberbios matices y se agrupan en forma de vasos, botellas, conos, conchas, tulipanes, rosas, girasoles, hojas y volutas. Dice Tyndall que”la nubecita toma en breve rato la forma de cabeza de sierpe con su boca y lengua”.


Por último, como remate de tantas maravillas, dice que en cierta ocasión tomaron los vapores figura de pez, con sus ojos, aletas y escamas, tan estrictamente simétrico que no había señal en un lado que no estuviese también en el otro.
Este fenómeno puede explicarse en parte por la acción de los rayos lumínicos, según Crookes ha demostrado recientemente, pues cabe suponer que el haz horizontal de rayos luminosos disgregue las moléculas de los vapores y vuelva a agruparlos en forma de globos y husos. Pero ¿cómo explicar la formación de vasos, flores y conchas? Esto es para la ciencia tan enigmático como el meteoro felino de Babinet, aunque no sospechamos que Tyndall dé a aquel fenómeno la absurda explicación que Babinet al suyo.


Quienes no hayan estudiado el asunto, tal vez se sorprendan de ver lo mucho que en la antigüedad se conocía del omnipenetrante y sutilísimo principio hace poco bautizado con el nombre de éter universal.

 

 

ETIMOLOGÍA DEL MAGNETISMO

Pero antes de pasar adelante, conviene enunciar, según insinuamos ya, dos categóricas proposiciones, que para los antiguos teurgos fueron leyes demostradas.


1.ª Los llamados milagros, empezando por los de Moisés y acabando por lo de Cagliostro, estuvieron en perfecta concordancia con las leyes naturales, como acertadamente dice Gasparín, y por lo tanto, no fueron tales milagros. La electricdad y el magnetismo intervinieron sin duda alguna en muchos de estos prodigios; pero tanto ahora como entonces cabe admitir que las personas suficientemente sensitivas sirvan de conductores inconscientes y actúen en virtud de estos fluidos tan poco conocidos todavía por las ciencias. Esta fuerza posee infinidad de atributos y propiedades en su mayor parte ignoradas de los físicos.


2.ª Los fenómenos de magia natural, presenciados en Siam, India, Egipto y otros países de Oriente, no tienen nada de común con la prestidigitación, pues los primeros son efecto de fuerzas naturales ocultas, y la segunda es artificio ilusionante obtenido por medio de hábiles manipulaciones en connivencia con otras personas (4).


Los taumaturgos de toda época obraban prodigios por estar familiarizados con las ondulaciones imponderables en sus efectos, pero perfectamente tangibles, de la luz astral, cuya corrientes guiaban con la fuerza de su voluntad. Los prodigios tenían doble carácter físico y psíquico, con sus correspondientes efectos materiales y mentales. Estos últimos son de índole análoga a los producidos por Mesmer y sus sucesores, entre quienes se cuentan en nuestros días dos hombres de no común cultura, Du Potet y Regazzoni, cuyas maravillosas facultades les dieron bien atestiguada nombradía en Francia y otros países. El hipnotismo es la más importante modalidad de la magia, cuyos efectos tienen por causa el agente universal propio de las obras mágicas que en todo tiempo se denominaron milagros.


Los antiguos llamaron caos a este agente; Platón y los pitagóricos el alma del mundo, y según los indos la Divinidad en forma de éter penetra todas las cosas. Es un fluido invisible, y sin embargo, sumamente tangible. A este universal Proteo, a que De Mirville llama burlonamente el omnipotente nebuloso, lo denominaron los teurgos fuego viviente (5), espíritu de luz y magnes, cuya denominación denota sus propiedades magnéticas y naturaleza mágica, porque, como dice uno de nuestros adversarios, (...) y (...) son dos ramas de un mismo tronco que dan iguales frutos.


Para averiguar la etimología de la palabra magnetismo, hemos de remontarnos a época inconcebiblemente remota. Muchos creen que la piedra imán deriva su nombre del de la ciudad de Magnesia, en Tesalia, donde abunda en extremo; pero diputamos por única acertada la opinión de los herméticos. La palabra mago se deriva del sánscrito mahaji, que significa grande o sabio, el ungido con la sabiduría divina.

A este propósito dice Dunlap: “Eumolpo es el mítico fundador de los enmólpidos o sacerdotes que atribuían su saber a la inteligencia divina” (6). Las cosmogonías de los diversos pueblos identificaban el alma árquea universal con la mente del Demiurgos, la Sophia de los agnósticos o el Espíritu Santo en su aspecto fenoménico; y como los magos derivaban su nombre de este principio, se llamó a la piedra imán magnes, en honor de los que primeramente descubrieron sus maravillosas propiedades. Los templos de los magos abundaban en todas partes y entre ellos había algunos dedicados a Hércules (7), por cual razón se le dio a la piedra imán el nombre de magnesiana o heráclea, cuando se supo que los sacerdotes la empleaban en sus operaciones terapéuticas y mágicas. Sobre este particular dice Sócrates: “Eurípides la denomina piedra magnesiana, pero el vulgo la llama heráclea” (8).

De modo que los magos dieron nombre a la comarca tesaloniense de Magnesia y a la piedra imán que allí abundaba y no al contrario. Plinio dice que los sacerdotes romanos magnetizaban el anillo nupcial antes de la ceremonia. Los historiadores paganos guardan cuidadoso silencio acerca de los misterios mágicos, y Pausanias declara que en sueños le conminaron a no revelar los sagrados ritos del templo de Demetrio y Perséfona en Atenas (9).
EL PODER DE JESÚS

La ciencia moderna no ha tenido más remedio que admitir el magnetismo animal después de negarlo durante mucho tiempo; pero aunque nadie lo pone en duda como propiedad del organismo animal, todavía lo combaten las Academias más encarnizadamente que nunca, en cuanto a su secreta influencia psicológica.

Es deplorablemente asombroso que las ciencias experimentales no acierten a dar una hipótesis razonable sobre la potencia magnética. Diariamente aparecen pruebas de que esta modalidad energética intervenía en los misterios teúrgicos y por su influencia se explican fácilmente las secretas facultades de los taumaturgos para realizar tantos prodigios. De esta índole fueron los dones otorgados por Jesús a sus discípulos, pues en el momento del milagro sentía el Nazareno una fuerza dimanante de él.

En su diálogo con Theages (10), habla Sócrates de su daimon o dios familiar y de la facultad que poseía de transmitir o retener los conocimientos y virtudes de modo que las gentes de su trato recibiesen o no beneficio de su compañía, y al efecto cita el siguiente ejemplo, para corroborar sus palabras, con estas otras puestas en boca de Arístides: “He de declararte, Sócrates, una cosa increíble, pero que por los dioses te aseguro cierta. Allego mucho beneficio cuando estoy contigo en la misma casa; y el beneficio es todavía mayor si estamos en el mismo aposento y todavía más si te veo a mi lado, pero sube de punto cuando me pongo en toque contigo”.


Éste es el moderno magnetismo e hipnotismo de Du Potet y otros experimentadores, que luego de someter al sujeto a su influencia fluídica pueden transmitirle el pensamiento desde cualquier distancia y moverle irresistiblemente a obedecer sus mandatos mentales. Sin embargo, los antiguos filósofos conocían mucho mejor esta energía psíquica, según se infiere de los informes bebidos sobre el particular en las primitivas fuentes.

Pitágoras enseñaba que la Mente divina está difundida e infundida en todas las cosas, de modo que por su universalidad cabe transportarla de un objeto a otro y servir de instrumento a la voluntad para formar todas las cosas.

Según Platón, la Mente divina o Nous es el Kurios de los griegos. A este propósito, dice: “Kurios simboliza la pura y simple naturaleza de la mente, la sabiduría” (11). Así tenemos que Kurios es Mercurio o sabiduría divina y Mercurio es el Sol (12), de quien Thot o Hermes recibió la sabiduría transmitida al mundo por mediación de sus obras. Hércules es también el Sol, considerado como depósito celeste del magnetismo universal (13) o, mejor dicho, Hércules es la luz magnética que transmitida a través del “ojo abierto en los cielos” penetra en las regiones de nuestro planeta para convertirse en el creador. El valeroso titán Hércules ha de sufrir doce pruebas.

Se le llama “Padre de todas las cosas” “el nacido por sí mismo” (autophues) (14). El diablo Tifón (15) mata a Hércules, identificado en este caso con Osiris, padre y hermano de Horus (16). Se le da el epíteto de Invicto cuando desciende al Hades (jardín subterráneo) y después de arrancar las “manzanas de oro” del “árbol de la vida”, mata al dragón (17). El rudo poder titánico, bajo el que se encubre el dios solar, se opone en forma de materia ciega al divino y magnético espíritu que propende a la armonía de la naturaleza.


Los dioses solares simbolizados en el sol visible son los creadores de la naturaleza física, pues la naturaleza espiritual es obra del Supremo Dios, del oculto y céntrico Sol espiritual, por mediación de su Demiurgo, la Mente divina de Platón, la Sabiduría divina de Hermes Trismegisto (18), la sabiduría dimanante de Ulom o Kronos.

Según dice Anthon (19), en los Misterios de Samotracia, después de la distribución del fuego puro, empezaba una nueva vida. Éste era el nuevo nacimiento a que Jesús aludía en su plática con Nicodemo. Y sobre lo mismo, dice Platón: “Iniciaos en el más bendito misterio y sed puros... para llegar a ser justos y santos con sabiduría” (20). A lo cual añade el Evangelista: “Y dichas estas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (21).
EMBLEMA DE LA SERPIENTE

Este simple acto de la voluntad bastaba para transmitir el don de profecía en su más alta modalidad, si tanto el iniciador como el iniciado eran dignos de ello. A este propósito dice el reverendo Gross: “Sería tan injusto como antifilosófico menospreciar este don, cual si en su presente modalidad fuese corrompido retoño o consumida reliquia de una época de ignorante superstición.

En todo tiempo intentó el hombre levantar el velo que oculta a sus ojos lo futuro y, por lo tanto, siempre se tuvo la profecía por don concedido por Dios a la mente humana... Zwinglio, el reformador suizo, daba por fundamento a su fe en la providencia del Ser Supremo, la cosmopolita enseñanza de que el Espíritu Santo inspiraba también a la más digna porción del mundo pagano. Admitida esta verdad, no es posible suponer que los paganos dignos de él no pudieran recibir el don de profecía” (22).


Ahora bien; ¿qué es esta mística y primordial substancia? El Génesis la simboliza en “la haz de las aguas sobre que flotaba el espíritu de Dios”. El libro de Job (23), dice que “debajo de las aguas fueron formadas las cosas sin alma que habitan allí”; pero en el texto original, en vez de “cosas inanimadas” se lee los “muertos rephaim” (24). En la mitología egipcia el Absoluto está simbolizado por una serpiente enroscada alrededor de una vasija, sobre cuyas aguas planea la cabeza en actitud de fecundarlas con su aliento.

La serpiente es, en este caso, emblema de la eternidad y representa a Agathodaimon o espíritu del bien, cuyo opuesto aspecto es Kakothodaimon o espíritu del mal. Los Eddas escandinavos dicen que durante la noche, cuando el ambiente está impregnado de humedad, cae el rocío de miel, alimento de los dioses y de las creadoras abejas yggdrasillas. Esto simboliza el pasivo principio de la creación del universo sacado de las aguas, y el rocío de miel es una modalidad de la luz astral con propiedades creadoras y destructoras. En la leyenda caldea de Berosio, el hombre-pez, Oännes o Dagón, instruye a las gentes y les muestra el niño-mundo recién salido de las aguas con todos los seres procedentes de esta primera substancia. Moisés enseña que sólo la tierra y el agua pueden engendrar alma viviente, y en las Escrituras hebreas leemos que las hierbas no crecieron hasta que el Eterno derramó lluvia sobre la tierra. En el Popol-Vuh de los americanos, se dice que el hombre fue formado del limo de las aguas.

Según los Vedas, Brahmâ sentado en el loto forma a Lomus (el gran muni o primer hombre) de agua, aire y tierra, después de dar existencia los espíritus que, por lo tanto, tienen prelación sobre los mortales. Los alquimistas enseñaban que la tierra primordial o preadámica (alkahest) (25) es como el agua clara, en la segunda etapa de su transmutación en substancia primaria, que contiene todos los elementos constitutivos del hombre, no sólo por lo que atañe a su naturaleza orgánica, sino también el latente “soplo de vida” dispuesto a la actuación vital o, lo que es lo mismo, “el Espíritu de Dios flotante sobre las aguas” o “el caos”, que de este modo se identifica con la substancia primaria. Por esta razón aseguraba Paracelso que era capaz de formar homúnculos, y el insigne filósofo Tales decía que el agua es el principio de todas las cosas de la naturaleza.


¿Qué es el caos primordial sino el éter de los físicos modernos tal como lo conocieron los filósofos antiguos mucho antes de Moisés? El caos es el éter de ocultas y misteriosas propiedades que contiene en sí mismo los gérmenes de la creación universal; el éter es la virgen celeste, madre espiritual de todas las formas y seres existentes, de cuyo seno, fecundado por el Espíritu Santo, surgen a la existencia la materia y la fuerza, la vida y la acción.a pesar de los recientes descubrimientos que van ensanchando los límites del saber humano, todavía se conocen muy incompletamente la electricidad, el magnetismo, el calor, la luz y la afinidad química.

¿Quién presume dónde termina la potencia o cuál es el origen de ese proteico gigante llamado éter? ¿Quién no echará de ver el espíritu que en él actúa y de él arranca las formas visibles?

 


LEYENDAS COSMOGÓNICAS

Fácil tarea es demostrar que todas las cosmogonías se fundan en los conocimientos de nuestros antepasados, en las ciencias que hoy día parecen haberse coligado en pro de la doctrina de la evolución; y tampoco es difícil demostrar que los antiguos conocían mucho mejor que nosotros la evolución en sus dos órdenes, físico y espiritual. Para los antiguos filósofos, la evolución era una doctrina axiomática, un principio que abarcaba el conjunto del universo, mientras que los científicos modernos aceptan la evolución bajo hipótesis especulativas de carácter particular cuando no negativo. Es inútil que los jerarcas de la ciencia moderna rehuyan el debate diciendo que la enigmática fraseología del relato mosaico no concuerda con la definida exégesis de las ciencias experimentales.


Por lo menos está fuera de duda que todas las cosmogonías contienen el símbolo de las aguas y del espíritu que las fecunda, cuyo significado está de acuerdo con el concepto científico de que el mundo no ha podido ser creado de la nada. Todas las leyendas cosmogónicas dicen que en el principio los vapores nacientes y las tinieblas cimerianas reposaban sobre las aguas dispuestas a ponerse en actividad apenas recibido el soplo del Irrevelado, a quien los sabios primitivos presentían, aunque no viesen, porque su espiritual intuición no estaba tan entenebrecida como ahora, por sutiles sofismas. Si no determinaban con toda precisión el tránsito del período silúrico al de los mamíferos, pongamos por caso, y si la época cenozoica estaba representada por las diversas alegorías del hombre primitivo, del Adán de nuestra raza, no por ello hemos de inferir que los sabios de entonces y los caudillos de pueblos no supieran tan bien como nosotros la sucesión de las épocas geológicas.


En los días de Demócrito y aristóteles, ya había comenzado el descenso del ciclo, por lo que si estos dos filósofos expusieron tan acertadamente la teoría atómica, y fijaron el punto físico del átomo, bien pudieron llegar sus antecesores más olejos todavía, y trasponer en la génesis del átomo los límites donde Tyndall y otros parecen haberse atascado sin atreverse a cruzar la frontera de lo incomprensible. Las artes perdidas prueban suficientemente que si cabe hoy duda respecto a los progresos de nuestros primitivos antepasados en ciencias naturales, a causa de lo deficiente de sus tratados, eran mucho más expertos que nosotros en el aprovechamiento útil de plantas y minerales. Además, es probable que en aquellos tiempos de misterios religiosos conocieran a fondo la física del globo y no divulgaran su saber entre las ignorantes muchedumbres.


Sin embargo, no sólo de los libros mosaicos podemos extraer pruebas en apoyo de ulteriores argumentos, porque los judíos tomaron su ciencia sagrada y profana de los pueblos con quienes desde un principio estuvieron en contacto. Su más antigua ciencia, la cábala o doctrina secreta, descubre en todos los pormenores su origen de la primitiva fuente del Turkestán, donde ya se cultivaba mucho antes de la época en que se deslindaron las naciones arias de las semitas. El rey Salomón, tan celebrado por su sabiduría y ciencia mágica (26), recibió este saber de la India por conducto de Hiram rey de Ofir y de la reina de Saba. Igualmente de origen indio es el anillo o “sello de Salomón”, al que las leyendas populares atribuyen potísima influencia en los genios y demonios.


El reverendo Samuel Mateer, individuo de la “Sociedad Misionera de Londres”, al tratar de la presuntuosa y abominable habilidad de los “adoradores del diablo”, de Travancore, dice que posee un antiquísimo manuscrito en lengua malaya con infinidad de fórmulas e invocaciones mágicas para obtener gran variedad de resultados, en su mayoría de tenebrosa maldad. En la misma obra publica Mateer el facsímil de varios amuletos con trazos y figuras mágicas, uno de los cuales lleva inscrita la siguiente fórmula:

Para quitar el temblor de la posesión diabólica, dibuja esta figura en una planta que tenga jugo lechoso, atraviésale un clavo y cesará el temblor (27).
TEORÍA DE LAS ONDULACIONES

La figura de que se habla es idéntica al sello de Salomón o doble triángulo de los cabalistas, por lo que cabe preguntar si estos lo recibieron en herencia de Salomón, quien a su vez lo tomó de los indos, o si estos se lo apropiaron de los judíos cabalistas (28). Pero no emprendamos esta frívola discusión y continuemos tratando de la luz astral cuyas desconocidas propiedades revisten mucho mayor interés.


Admitiendo que este mítico agente es el éter, veamos que sabe de él la ciencia moderna.
Roberto Hunt, de la “Sociedad Real de Londres”, dice a propósito de la acción de los rayos solares: “Los rayos amarillos y anaranjados, que son los de mayor potencia lumínica, no alteran el cloruro argéntico, mientras que los rayos azules y violetas, cuya potencia lumínica es menor, alteran dicha sal en poco tiempo... El cristal amarillo apenas se opone al paso de la luz; pero el azul, si la intensidad de color es mucha, sólo admite muy corta cantidad de rayos lumínicos” (29). Además, vemos que la vida se manifiesta lozana bajo la influencia de los rayos azules y languidece bajo la de los amarillos. Por lo tanto, no cabe explicar estos fenómenos sino por la hipótesis de que la vida orgánica queda diversametne modificada bajo la influencia electro-magnética, cuya índole aún desconoce la ciencia.


Hunt echa de ver que la teoría de las ondulaciones no concuerda con el resultado de sus experimentos. Sir David Brewster demuestra (30) que los colores de las plantas se deben a la específica atracción ejercida por las partículas del vegetal sobre los diversos rayos lumínicos y que la luz solar elabora los coloreados jugos de las plantas, así como también determina el cambio de color de los cuerpos.

Al propio tiempo expone el mismo autor que no es fácil admitir que estos efectos provengan tan sólo de las vibraciones del éter, y por lo tanto, se ve precisado a creer que la luz es materia. El profesor Cooke, de la Universidad de Harvard, disiente de los que aceptan definitivamente la teoría de las ondulaciones (31). Si es cierto el principio de Herschel, según el cual la intensidad de la luz en cada ondulación está en razón inversa del cuadrado de las distancias, contraría si acaso no invalida la teoría de las ondulaciones. La verdad de este principio se ha demostrado repetidas veces por medio del fotómetro, y sin embargo todavía subsiste la teoría de las ondulaciones, aunque algún tanto quebrantada.


El general Pleasanton, de Filadelfia, es uno de los más resueltos adversarios de esta anti-pitagórica teoría, según puede ver el lector en su obra De los rayos azules, contra cuya argumentación habrá de defenderse Tomás Young, quien, según refiere Tyndall, consideraba inmutablemente establecida la teoría de las ondulaciones.
Eliphas Levi, el mago moderno, concreta el concepto de la luz astral en la siguiente frase: “Para adquirir facultades mágicas se necesitan dos cosas: redimir la voluntad de toda servidumbre y ejercitarse en regularlas.
SÍMBOLOS DE LA FUERZA CIEGA

La voluntad soberana está simbolizada por la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente y por el arcángel que mata bajo sus pies al dragón infernal. Las antiguas teogonías representaron en figura de serpiente con cabeza de toro, carnero o perro, el agente mágico, la doble corriente lumínica, el fuego viviente y astral de la tierra, cuyos símbolos diversos son: la doble serpiente del caduceo; la serpiente del paraíso; la serpiente de bronce de Moisés enroscada en el tau o lingam generador; el macho cabrío de los aquelarres sabatinos; el bafomete de los templarios; el hylé de los agnósticos; la doble cola de serpiente del gallo solar de Abraxas; y finalmente el diablo de los católicos. Pero en su verdadero significado es la fuerza ciega contra la cual ha de prevalecer el alma para libertarse de las ligaduras terrenas, porque si su voluntad no las libra de “esta fatal atracción, quedarán absorbidas en la corriente de fuerza que las produjo y volverán al fuego central y eterno”.


Esta cabalística figura de dicción, no obstante su extraño lenguaje, es la misma que empleaba Jesús, para quien no podía tener significado distinto del que le daban agnósticos y cabalistas; pero los teólogos cristianos lo desvirtuaron para forjar el dogma del infierno. Literalmente significa dicho fuego la luz astral o principio generador y destructor de las formas. A este propósito dice Levi:
“Todas las operaciones mágicas consisten en desprenderse de los anillos de la serpiente y ponerle el pie encima de la cabeza para dominarla a voluntad. En el mito evangélico dice la serpiente: “Te daré todos los reinos de la tierra si postrado me adoras”. A lo que responde el iniciado: “No me postraré, antes bien tú caerás a mis pies. Nada puedes darme y haré de ti lo que me plazca. Porque yo soy tu señor y dueño”. Éste es el verdadero significado de la ambigua respuesta de Jesús al tentador... Así, pues, el diablo no es una entidad, sino una fuerza errática como su nombre indica; una corriente ódica o magnética formada por una cadena de voluntades malignas, productora del espíritu diabólico, llamado legión en el Evangelio, que animaba a la piara de cerdos precipitados en el mar. Este pasaje es una alegoría de cómo las fuerzas ciegas del error y el pecado arrastran precipitadamente a la naturaleza inferior” (32).


El filósofo y naturalista alemán Maximiliano Perty ha dedicado a las modernas formas de la magia un capítulo entero de su extensa obra acerca de las manifestaciones místicas de la naturaleza humana. Dice en el prefacio: “Las manifestaciones de la magia tienen parcial fundamento en un orden de cosas completamente distinto del que conocemos por el tiempo, espacio y causalidad. Estas manifestaciones apenas pueden someterse a experimentación, ni cabe provocarlas arbitrariamente, pero sí es posible observarlas con cuidadosa atención, siempre que ocurran en presencia nuestra, para agruparlas por analogía en determinadas clases e inducir de ellas sus leyes y principios generales.
LOS PRODIGIOS DEL FAKIR

Tenemos, por lo tanto, que para el profesor Perty, afiliado sin duda a la escuela de Schopenhauer, son perfectamente posibles y naturales, por ejemplo, los fenómenos producidos por el fakir Kavindasami y descritos por el orientalista Jacolliot. Este fakir era hombre que por el completo dominio de su naturaleza inferior había llegado a purificarse hasta aquel punto en que casi del todo libre de su prisión puede el espíritu obrar verdaderas maravillas (33). Su voluntad y aun su solo anhelo eran potencia creadora capaz de gobernar los elementos y fuerzas de la naturaleza. El cuerpo no le servía ya de estorbo para hablar de “espíritu a espíritu” y alentar de “vida a vida”. Este fakir, con sólo extender las manos hizo germinar una semilla (34), de la que brotó una planta que en menos de dos horas creció prodigiosamente en presencia de Jacolliot, contra todas las aceptadas leyes fitológicas, hasta una altura que en circunstancias ordinarias hubiese requerido algunas semanas. ¿Fue milagro? Ciertamente lo fuera con arreglo a la definición de Webster, según la cual es milagro todo suceso contrario a la establecida constitución y marcha de las cosas, en pugna con las leyes conocidas de la naturaleza. ¿Pero están seguros los naturalistas de que lo establecido por la observación es inmutable o de que conocen todas las leyes de la naturaleza? El caso del fakir resulta algo más notablemente milagroso que los experimentos llevados a cabo en Filadelfia por el general Pleasanton, pues si éste lograba acrecentar la lozanía y fertilidad de sus viñas hasta puntos increíbles, por los rayos violetas de luz artificial, el fluido magnético que emanaba de las manos del fakir estimuló el más rápido crecimiento de la semilla índica, concentrando en ella el akâsa o principio vital (35) cuya corriente pasaba en flujo continuo de las manos del fakir a la planta, cuyas células avivaba con estupenda actividad, hasta terminar su crecimiento.


El principio de vida es una fuerza ciega y sumisa a la influencia capaz de dominarla. Con arreglo al ordinario curso del crecimiento vegetal, el protoplasma hubiera concentrado este principio para desenvolverse, según la norma establecida, con sujeción a las circunstancias atmosféricas (luz, calor, humedad), de las cuales hubiesen dependido su más o menos rápido crecimiento y su mayor o menor altura.

Pero el fakir, con su poderosa voluntad y su espíritu purificado de los contactos materiales (36), auxilia la acción de la naturaleza y condensando, por decirlo así, en el germen el principio de vida vegetal acelera su desenvolvimiento. Esta fuerza vital obedece ciegamente a la voluntad del fakir, quien hubiera podido convertir la planta en un monstruo con sólo forjarlo mentalmente, pues la forma plástica y concreta se ajusta con invariable exactitud al tipo subjetivamente trazado en la mente del fakir, de la propia suerte que la mano y el pincel del pintor reproducen la imagen ideada por el arista. La voluntad del fakir en éxtasis delinea una matriz invisible, pero perfectamente objetivsa, que sirve de necesario molde a la materia vegetal de la planta.

La voluntad crea, porque, puesta en actuación, es fuerza que engendra materia.
Si alguien objetara diciendo que el fakir no podría trazar en su mente el modelo de la planta, pues ignoraba la especie de semilla escogida por Jacolliot, responderíamos que el espíritu humano es semejante al del Creador en omnisciencia. Por lo tanto, si bien el fakir en estado de vigilia no podía saber qué especie de semilla era, en estado de trance, o sea muerto corporalmente con relación al mundo exterior, no tuvo su espíritu dificultad alguna de espacio ni de tiempo para conocer la especie de simiente plantada en la maceta o reflejada en la mente de Jacolliot. Las visiones, prodigios y demás fenómenos psíquicos existentes en la naturaleza corroboran nuestra afirmación.


Tal vez se arguya en otro sentido, contra el hecho de referencia, diciendo que lo mismo, y tan bien como el fakir, hacen los prestidigitadores indos, si hemos de creer a los informes de la prensa y a los relatos de los viajeros. Indudablemente hacen lo mismo los vagabundos prestidigitadores a pesar de sus licensiosas costumbres que no les dan reputación de santidad ni entre los naturales ni entre los extranjeros, antes al contrario, sus compatriotas les temen y menosprecian porque los miran como brujos y nigrománticos. Pero estos llaman en su auxilio a los espíritus elementales, mientras que los hombres de la santidad de Kavindasami tienen bastante con la valía de su espiritu divino, íntimamente unido al alma astral, para recibir auxilio de los puros y etéreos pitris que asisten a su encarnado hermano. Cada ser atrae a su semejante, y la sed de riquezas, los impuros deseos y las ambiciones egoístas sólo pueden atraer a los espíritus que los cabalistas hebreos llaman klippoth, pobladores del cuarto mundo (Asiah); y los magos orientales designaban con el nombre de afrites o deus, es decir, los espíritus elementarios del error.

 


EL CRECIMIENTO DE LA PLANTA

Oigamos cómo describe un periódico inglés la prodigiosa suerte del rápido crecimiento de una planta, llevada a cabo por los prestidigitadores indios:
“El prestidigitador colocó en el suelo una maceta vacía y pidió permiso para que su secretario fuese a buscar tierra de jardín. Volvió a poco el secretario con una porción de tierra envuelta en la punta de su capote, que puso en el tiesto comprimiéndola ligeramente. Tomó entonces una pepita de mango y, después de enseñarla a los circunstantes, la plantó en el tiesto cubriéndola cuidadosamente de tierra y regándola con un poco de agua.

Hecho esto, tapó el tiesto con un lienzo tendido sobre un pequeño triángulo, y al poco rato, entre vocerío y redobles de tambor germinó la simiente, según pudieron ver los circunstantes al descorrer el lienzo, notando que habían brotado dos hojas de color gris oscuro. Vuelta a tapar la maceta con la sábana y levantada por segunda vez al cabo de poco, vieron todos que a las dos primeras hojas habían sucedido varias otras de color verde, de unos veinticinco centímetros de alto. La tercera vez apareció la planta con más frondoso follaje, hasta doble altura, y a la cuarta operación llevaba ya pendientes de sus ramas una docena de mangos, tamaños como nueces, con altura total de cuarenta y cinco centímetros. Al destapar por última vez la maceta aparecieron los frutos en completo desarrollo y cercanos a la madurez, pues muchos espectadores probaron su sabor agridulce”.


A esto añadiremos que hemos presenciado el mismo experimento en la India y en el Tíbet, con la particularidad de haber proporcionado un bote vacío de estracto de carne Liebig, que sirvió de maceta rellena de tierra con nuestras propias manos, en nuestra misma habitación, para plantar una raicilla que el fakir nos había dado al efecto, sin que apartáramos ni un instante la vista del bote idéntico al ya descrito. ¿Sería capaz un prestidigitador de hacer lo mismo en igualdad de circunstancias?


El ilustrado Orioli, miembro correspondiente del Instituto de Francia, cita muchos ejemplos en demostración de los maravillosos efectos de la voluntad cuando actúa sobre el invisible Proteo de los hipnotizadores. Dice a este propósito: “He visto algunas personas que con sólo pronunciar ciertas palabras paraban en seco la precipitada carrera de toros y caballos y detenían en su trayectoria la flecha que hendía los aires”. Lo mismo afirma Tomás Bartholini. Y Du Potet, dice: “Cuando trazo en el suelo un yeso o carbón esta figura..., se fija allí algo como un fuego o una luz que atrae a la persona que se acerca y la detiene fascinada hasta el extremo de impedirle cruzar la línea. Un poder mágico la fuerza a quedarse parada hasta que al fin retrocede entre sollozos. La causa no está en mí, sino toda por completo en el signo cabalístico, contra el cual de nada vale la violencia” (37).


EXPERIMENTOS DE REGAZZONI

El 18 de Mayo de 1856 efectuó Regazzoni una serie de notables experimentos ante muy famosos médicos franceses. Trazó con el dedo en el pavimento de la estancia una imaginaria línea cabalística sobre la cual dio algunos pases. Se había convenido en que los mismos médicos escogerían los sujetos de experimentación y los introducirían en la estancia con los ojos vendados, guiándolos hacia la línea sin decirles ni una palabra de lo que de ellos se esperaba. Los sujetos echaron a andar sin el menor recelo, hasta que llegados a la invisible barrera quedaron como clavados en el suelo, mientras que por efecto del impulso adquirido caían de bruces sobre el pavimento, con rigidez semejante a si estuvieran helados (38).


En otro experimento se convino en que a una señal dada por uno de los médicos, el sujeto, que era una muchacha e iba vendada de ojos, debía caer al suelo como herida por un rayo en cuanto sintiea el fluido magnético emitido por la voluntad del magnetizador. Así ocurrió, apenas el médico guiñó el ojo, que era la señal convenida, y al ir uno de los circunstantes a sostener a la muchacha exclamó Regazzoni con voz de trueno: “No la toquéis, dejad que caiga, porque un sujeto magnetizado jamás se lastima en la caída”.

Des Mousseaux, al relatar este experimento, dice: “No es tan rígido el mármol como lo era su cuerpo; la cabeza no tocaba al suelo; tenía un brazo extendido al aire, una pierna levantada y la otra horizontal. En esta posición violenta permaneció indefinidamente como estatua de bronce (39).


Todos los resultados obtenidos en las sesiones públicas de hipnotismo, los producía Regazzoni a la perfección, sin pronunciar palabra para prevenir al sujeto de lo que había de hacer, pues silenciosamente determinaba con su voluntad pasmosos efectos en el organismo de personas que le eran del todo desconocidas. Las órdenes que los circunstantes comunicaban en voz baja al oído de Regazzoni tenían inmediato cumplimiento por parte de sujetos con los oídos algodonados y vendas en los ojos, y en algunas ocasiones ni siquiera era necesaria esta comunicación, porque las preguntas mentales de los propios circunstantes hallaban cumplida respuesta.


En Inglaterra llevó a cabo Regazzoni análogos experimentos a trescientos pasos de distancia del sujeto que al efecto se le proporcionaba.


El mal de ojo no es más que la emisión del fluido magnético cargado de odiosa malevolencia y dirigido con malignas intenciones a otra persona, aunque también puede dirigirse con buen propósito. En el primer caso es hechicería y en el segundo magia.


¿Qué es la voluntad? ¿Pueden responder a esta pregunta las ciencias experimentales? ¿Cuál es la naturaleza de ese algo inteligente, incoercible y poderoso que prevalece con augusta soberanía sobre la materia inerte? La Idea universal quiso y el Cosmos brotó a la existencia. Yo quiero, y mis miembros obedecen. Yo quiero, y mi pensamiento atraviesa el espacio que para él no existe, envuelve el cuerpo de otro individuo, que no es parte de mí mismo, penetra en sus poros y cohibiendo sus facultades, si son flacas, le determina a una acción preconcebida. Actúa de modo semejante al fluido de una batería galvánica sobre un cadáver.

Los misteriosos efectos de atracción y repulsión son los agentes inconscientes de la voluntad. La fascinación, tal como la ejercen las serpientes con los pájaros, es una acción consciente que dimana del pensamiento. El lacre, el vidrio y el ámbar atraen por el roce cuerpos ligeros y actualizan de este modo, aunque inconscientemente, la voluntad, porque tanto la materia organizada como la inorgánica, poseen una partícula de la esencia divina por indefinidamente pequeña que sea. ¿Y cómo no? Desde el momento en que, durante el proceso de su evolución, ha pasado del principio al fin por millones de formas diversas, debe retener el punto germinal de la materia preexistente, emanada en primera manifestación de la misma Divinidad. ¿Qué ha de ser entonces esta inexplicable fuerza atractiva sino una porción del akâsa, de aquella esencia en que tanto los sabios como los cabalistas reconocieron el “principio de vida”? Admitamos que la atracción ejercida por los cuerpos inorgánicos es ciega; pero según ascendemos en la escala de los seres, vemos que este principio de vida se desenvuelve a cada paso en más determinados atributos y facultades.

El hombre, como ser más perfecto, en quien la materia y el espíritu, o sea la voluntad, alcanzan mayor desenvolvimiento, es el único capaz de comunicar impulso consciente al principio de vida que de él emana. Sólo el hombre puede comunicar al fluido magnético varios y opuestos impulsos de ilimitada dirección. Como dice Du Potet: “El hombre quiere y la materia organizada obedece. En él no hay polos”.


Brierre de Boismont, en su tratado sobre Alucinaciones, examina una prodigiosa variedad de visiones, éxtasis y apariciones a que vulgarmente se llaman alucinaciones. Dice a este propósito: “No podemos negar que en ciertas enfermedades se sobreexcita extraordinariamente la sensibilidad que da prodigiosa agudeza de percepción a los sentidos, hasta el punto de que algunos individuos ven desde considerable distancia y otros anuncian la llegada de personas antes de que nadie pueda verlas ni oírlas” (40).


LA DOBLE VISTA

Bierre de Boismont llama alucinación a la facultad que algunos enfermos lúcidos tienen de ver a través de las paredes y anunciar la llegada de una persona cuya venida se desconoce. Nosotros creíamos cándidamente, tal vez por ignorancia, que las alucinaciones han de ser subjetivas y de quimérica existencia en el delirante cerebro del enfermo; pero si éste anuncia la llegada de una persona que se halla muy lejos, y la persona llega en el preciso momento vaticinado por el profeta, su visión no es subjetiva, sino perfectamente objetiva, puesto que ve como va viniendo la persona. Por lo tanto, resulta incontrovertible que para ver un objeto a través de cuerpos opacos y de distancias inaccesibles a la vista corporal, es preciso la visión espiritual, pues no cabe suponer coincidencia alguna de la casualidad.


Cabanis dice que en ciertos desórdenes nerviosos, los enfermos distinguen a simple vista los infusorios y microbios que las personas sanas no pueden ver sin auxilio del microscopio. Algunas personas, añade el mismo autor (41), entre ellas un respetable miembro del Congreso Legislativo de Nueva York, eran capaces de ver en las tinieblas tan distintamente como en un aposento iluminado; y otras seguían por el olfato el rastro de las gentes y acertaban quién había siquiera tocado un objeto con sólo lerlo. Así es en efecto; porque la razón, que según dice Cabanis, se vigoriza a expensas del instinto natural, es una especie de muralla de la China, levantada sobre sofismas, que acaba por embotar en el hombre la percepción espiritual cuya más importante modalidad es el instinto.

Al llegar a cierto grado de debilidad orgánica, cuando las facultades mentales flaquean a causa de la depauperización corporal, el instinto, o sea la espiritual unidad que resume los cinco sentidos corporales, no halla obstáculo alguno, ni en tiempo ni en espacio. ¿Conocemos acaso los límites de la actividad mental? ¿Cómo es posible que un médico distinga las percepciones reales de las quiméricas en un enfermo cuyo enflaquecido y exhausto cuerpo deje escapar al alma de su cárcel para vivir tan sólo espiritualmente?


La divina luz que a despecho de la materia enfoca sus rayos de modo que el alma ve como en un espejo lo pasado, lo presente y lo futuro; la mortífera flecha disparada por la cólera o el odio reconcentrados; la bendición salida de benévolos y agradecidos corazones; la maldición lanzada contra quienquiera que sea, víctima o verdugo; todo tiene su vibración en el agente universal que en determinada modalidad es el aliento de Dios y bajo la opuesta, la ponzoña del diablo (42).


El lector tal vez pregunte: ¿Qué es ese invisible todo? ¿Por qué los científicos, a pesar del perfeccionamiento de sus métodos, no han descubierto ninguna de sus propiedades mágicas? Responderemos a esto que si los científicos lo desconocen no es razón bastante para negar las propiedades reconocidas en dicho agente universal por los sabios antiguos. La ciencia repudia hoy muchas cosas que mañana se verá en la precisión de aceptar. Poco menos de un siglo ha transcurrido desde que el Instituto de Francia negaba posibilidad científica a los experimentos eléctricos de Franklin, y apenas hay hoy edificio de importancia sin su correspondiente pararrayos. Los modernos científicos, gracias a su pertinaz escepticismo, escupen muchas veces al cielo y así les cae la saliva en la cara.


Dice la cosmogonía egipcia:
“Emepht, el principio supremo engendró un huevo y después de incubarlo impregnándolo de su propia esencia, se desenvolvió el germen del cual nació Phtha, el activo y creador principio que dio comienzo a su obra. De esta ilimitada expansión de materia cósmica (43), que Él mismo había engendrado con su soplo (voluntad), puso en actividad las potencias latentes y formó los soles, planetas y satélites en armónica e inmutable ordenación y los pobló de todas y cada una de las formas y cualidades de vida”.


El mito de las cosmogonías orientales dice que en el principio sólo había agua (el padre) y limo prolífico (Ilus o Hylé, la madre), del que surgió la mundana serpiente (materia), símbolo del dios Phanes, el manifestado, la Palabra o Logos.


SÍMBOLOS DE LOS EVANGELISTAS

Veamos ahora cuán fácilmente remedaron este mito los compiladores del Nuevo Testamento. Phanes, el dios manifiesto, está representado en el símbolo de la serpiente en forma de protogonos, es decir, con cuatro cabezas respectivas de hombre, águila, toro y león, y alas en ambos costados. Las cabezas aluden al zodíaco y simbolizan las cuatro estaciones, pues la serpiente mundanal es el año terrestre, mientras que la serpiente por sí misma simboliza a Kneph, el Dios inmanifestado, el Padre. La serpiente es alada como el tiempo, y todo este simbolismo nos explica la razón de que las iglesias latina y griega acostumbren a representar a los cuatro evangelistas con los respectivos animales simbólicos cuyas cabezas lleva el protogonos, así como también se ven dichos animales agrupados junto al sello de Salomón, en el pentágono de Ezequiel y en los querubines del Arca de la Alianza. También se explica la insistencia de Irenero, obispo de Lyon, en que necsariamente había de haber un cuarto evangelio, pues cuatro eran las zonas del mundo y cuatro los puntos cardinales (44). Dice un mito egipcio que la fantástica configuración de la isla de Chemmis (45), que flota en las etéreas ondas del empíreo, fue puesta en existencia por obra de Horus-Apolo, el dios-sol que la sacó del huevo del mundo.


En el poema cosmogónico de Völuspa (cántico de la profetisa), que contiene las leyendas escandinavas relativas a la aurora de los tiempos, el fantástico germen del universo yace en la ginnungagap (copa de ilusión), símbolo del abismo vacuo y sin límites, el nebelheim o paraje de las tinieblas. En esta tenebrosa y desolada matriz del mundo cae un rayo de cálida luz (éter), que llena la copa hasta los bordes y en ella se congela. Entonces el Invisible levantó con un soplo un viento abrasador que derribó las heladas aguas y disipó la niebla. Las aguas (corrientes de Elivâgar), cayeron en vivificantes gotas de que surgió la tierra con el gigante Imir (principio masculino), quien sólo tenía “semejanza de hombre”. Al mismo tiempo nació la vaca Audhumla (46) (principio femenino) de cuyas ubres fluyeron cuatro ríos de leche que se derramaron por el espacio (¡) (emanación pura de luz astral). La vaca Audhumla engendra un potente y bello ser superior, llamado Bur, que lamía las piedras cubiertas de sales minerales.


Comprenderemos con mayor facilidad el oculto sentido de la alegoría de la creación del hombre, si tenemos en cuenta que los antiguos filósofos consideraban universalmente la sal como uno de los más importantes principios constituyentes de la creación orgánica, y que los alquimistas la tenían por el ménstruo universal extraído del agua, aparte de que tanto la ciencia moderna como el concepto pupular la diputan por elemento indispensable para el hombre y los animales. Paracelso llama a la sal “centro de agua en quee han de morir los metales”; y Van Helmont dice que el alkahest es summum et felicissimum omnium salium (la sal más superior y afortunada).
Cuando Jesús dijo a sus discípulos:

Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?... Vosotros sois la luz del mundo. (San Mateo, v. 14).

Con estas palabras significaba directa e inequívocamente la doble naturaleza del hombre físico y espiritual, demostrando por otra parte su conocimiento de la doctrina secreta cuyos vestigios se descubren en las más antiguas y populares tradiciones de ambos Testamentos, así como en las obras de los místicos y filósofos antiguos y medioevales. Pero volvamos a la cosmogonía escandinava expuesta en los Eddas. El gigante Imir se queda dormido y suda copiosamente. La transpiración engendra de su sobaco izquierdo un hombre y una mujer, a quienes del pie del gigante les nace un hijo. Así tenemos que mientras la mítica “vaca” produce una raza de hombres superiores y espirituales, el gigante Imir engendra una raza de hombres malos y depravados, los hrimthursen (gigantes helados. Salvo ligeras modificaciones, vemos la misma leyenda cosmogónica en los Vedas de la India.

Tan luego como Brahmâ recibe de Bhagavâd, el Supremo dios, la potestad creadora, engendra seres animados puramente espirituales, los dejotas, que por residir en el Svarga (región celeste), no están dispuestos a morar en la tierra, y en consecuencia engendra Brahmâ a los daityas, de gigantesca estatura, que habitan en el Pâtala (región inferior del espacio) y tampoco están en condiciones de poblar el Mirtloka (la tierra). Para remediar este mal, Brahmâ engendra de su boca al primer brahmán, progenitor de nuestra raza; de su brazo derecho engendra a Raettris, el primer guerrero; de su brazo izquierdo a Shaterany, esposa de Raettris; del pie derecho nace su hijo Bais y del izquierdo su mujer Basany. Así como en la leyenda escandinava, Bur, el espiritual hijo de la vaca Audhumla, se casa con Besla, de la depravada estirpe de los gigantes, también en la leyenda inda el primer brahmán se casa con Daintary, de raza de gigantes. Igualmente nos dice el Génesis que los hijos de Dios tomaron por esposas a las hijas de los hombres, de cuya unión nacieron poderosos linajes. Resulta de ello evidente la originaria identidad entre el Génesis y las leyendas de la Escandinavia y el Indostán, a pesar de que se les niega a estos la inspiración atribuida al primero. Examinadas detenidamente, conducen a idéntico resultado las tradiciones de casi todos los demás países.
LA SERPIENTE EGIPCIA

¿Qué cosmólogo moderno sería capaz de resumir en símbolo tan sencillo como la serpiente egipcia tal cúmulo de significados? En la serpiente se compendia toda la filosofía del universo. La materia está vivificada por el espíritu y ambos elementos desenvuelven del caos (energía) cuanto ha de existir. El nudo en la cola de la serpiente simboliza la íntima latencia de los elementos en la materia cósmica.


LAS TÚNICAS DE PIEL

Otro símbolo aún más importante es la muda de la piel de la serpiente, que según se nos alcanza no han acertado hasta ahora a interpretar los simbolistas. Así como el reptil al despojarse de la piel se libra de una envoltura de grosera materia, demasiado enojosa ya para su cuerpo, y entra en un nuevo período de actividad, así también el hombre al desprenderse de su cuerpo grosero y material pasa a un nuevo estado de existencia con mayores facultades y más enérgica vitalidad. Por el contrario, los cabalistas caldeos dicen que cuando el hombre primitivo (47) se despiritualizó por su contacto con la materia, le fue dado por vez primera cuerpo carnal, y así lo simboliza aquel significativo versículo: “Hizo también el señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles y los vistió” (48). A menos que los intérpretes quieran convertir a Dios en sastre celeste, ¿qué otra cosa significan estas frases aparentemente absurdas, sino que el hombre espiritual en el curso de su involución había llegado al punto en que el predominio de la materia le transformó en hombre de carne? (49).


Esta cabalística doctrina está más acabadamente expuesta en el Libro de Jasher (50), donde se dice que Noé heredó estas túnicas de Matusalem y Enoch, quien a su vez las había recibido de manos de Adán y su mujer. Cam se las hurtó a su padre que las había puesto en el arca y las dio secretamente a Cus, quien, a escondidas de sus hermanos e hijos, las transmitió a Nemrod.
Algunos cabalistas y aun arqueólogos dicen que Adán, Enoch y Noé son nombres distintos de un mismo personaje (51); pero otros sostienen que entre Adán y Noé transcurrieron varios ciclos, lo que equivale a decir que cada patriarca antediluviano representaba una raza existente en la sucesión de los ciclos, y que cada una de estas razas fue menos espiritual que la precedente. Así tenemos, que si bien Noé fue varón justo, no podía parigualarse en bondad con su ascendiente Enoch, que fue arrebatado al cielo en vida. De aquí la alegoría de que Noé heredó del segundo Adán y de Enoch la túnica de piel, aunque no la llevaba puesta, pues de lo contrario no se la hurtara su hijo Cam. Pero como Noé y sus hijos se salvaron del diluvio, resulta que el primero pertenecía a la antediluviana raza espiritual y fue escogido de entre todos los hombres por su pureza, mientras que sus descendientes fueron postdiluvianos. La túnica de piel que Cus llevó en secreto, es decir, cuando la materia contaminó su naturaleza espiritual, pasó a Nemrod, el hombre más poderoso y fuerte de los posteriores al diluvio y último vástago de los gigantes antediluvianos (52).
Veamos de entresacar el oculto significado de la leyenda diluviana.


En la cosmogonía escandinava, los hijos de Bur matan al gigante Imir, y tan caudalosos ríos de sangre brotaron de sus heridas, que sumergieron a toda la raza de fríos y helados gigantes, salvándose únicamente Bergelmir y su mujer, refugiados en una barca, por lo que fueron padres de una nueva raza de gigantes, nacida del mismo tronco. Todos los hijos de Bur se salvaron del diluvio (53).


El gigante Imir simboliza la primitiva y ruda materia orgánica, las ciegas fuerzas cósmicas en estado caótico, antes de recibir el inteligente impulso del divino Espíritu que reguló su movimiento en leyes inmutables. La progenie de Bur son los “hijos de Dios” o los dioses menores a que alude Platón en su Timeo, a los cuales fue encomendada la creación del hombre, pues sacan del caótico abismo (el ginnungagap) los mutilados restos del gigante Imir y se sirven de ellos para crear el mundo. Su sangre forma los ríos y los mares; sus huesos las montañas; sus dientes las rocas y peñascos; sus cabellos los árboles; su cráneo la bóveda celeste sustentada en las cuatro columnas de los puntos cardinales, y sus cejas formaron el Edén, la futura morada del hombre. Para tener correcta idea de esta morada (la tierra), dicen los Eddas que es preciso concebirla redonda como un anillo o como un disco flotante en la neblina del océano celeste (éter). Está circuída por Yörmungand, el gigantesco Midgard o serpiente que se muerde la cola, la culebra mundanal, símbolo de la materia dimanante de Imir, compenetrada con el espíritu de los hijos de Dios, que produjeron y modelaron todas las formas. Esta emanación es la luz astral de los cabalistas y el hipotético éter de los físicos modernos.


La misma leyenda escandinava de la creación del hombre nos da a entender cuán convencidos estaban los antiguos de la trínica naturaleza humana. Según el Völuspa, Odin, Hönir y Lodur, los progenitores de nuestra raza, mientras paseaban por la orilla del mar vieron dos palos que, inertes y sin utilidad alguna, flotaban en el agua. Odin les infundió el soplo de vida. Hönir dióles alma y movimiento. Lodur les dotó de belleza, palabra, vista y oído. Al hombre le llamaron Askr (fresno) (54) y a la mujer Embla (aliso). Pusieron a esta primera pareja en el Edén y recibieron de sus creadores materia o vida inorgánica, mente o alma y espíritu puro. La primera procedía de los restos del gigante Imir; la segunda de los AEsire (dioses descendientes de Bur) y el tercero de Vanr (representación del puro espíritu).


EL ÁRBOL MUNDANAL

Según otra versión del Edda, el universo visible surgió del centro de las frondosas ramas del Iggdrasill (árbol mundanal de tres raíces). Por debajo de la primera raíz corre el manantial de vida (Urdar) y debajo de la segunda está el famoso pozo de Mimer, en cuyo fondo se ocultan la inteligencia y la sabiduría. Odin pide un vaso de agua de este pozo y lo consigue con la condición de dejar un ojo en prenda. Este ojo es el símbolo de la Divinidad, porque Odin lo deja en el fondo del pozo. Del árbol mundanal cuidan tres doncellas (normas o parcas), llamadas, Urdhr, Verdandi y Skuld, símbolos del pasado, el presente y el futuro. Todas las mañanas, mientras computan la duración de las vidas humanas, sacan agua de la fuente de Urdar para regar las raíces del árbol mundanal. Las emanaciones del fresno (Iggdrasill), al condensarse y caer en suelo, dan existencia y forma a la materia inanimada. Este árbol simboliza la vida universal, así orgánica como inorgánica; sus emanaciones significan el espíritu que vivifica las formas de la creación; y de sus tres raíces, una se extiende hacia el cielo, otra hacia la morada de los magos (gigantes de las altas montañas), y la otra, bajo la cual mana la fuente Hvergelmir, la roe el monstruo Nidhögg, que constantemente induce a los hombres al mal.


También los tibetanos tienen su árbol mundanal en la antiquísima leyenda cosmogónica de su país. Le llaman Zampun, y tiene asimismo tres raíces, de las cuales la primera se extiende hacia el cielo hasta la cima de las más altas montañas, la segunda hacia las regiones inferiores y la tercera llega a Oriente.
Los indos llaman Ashvatta (55) al árbol mundanal. Sus ramas son los componentes del mundo visible, y sus hojas los himnos védicos que tanto bajo el aspecto intelectual como del moral simbolizan el universo.


Quien cuidadosamente estudie los mitos cosmogónicos de las religiones antiguas advertirá, sin duda, la sorprendente similitud de concepto esotérico y de forma exotérica, hasta el punto de que no puede resultar de meras coincidencias, sino de un plan único en demostración de que en aquellos primitivos tiempos, velados por la densa niebla de las tradiciones, el pensamiento religioso de la humanidad se desenvolvía acordemente en todas las comarcas del globo. Los cristianos llaman panteísmo a la veneración que inspiran las recónditas verdades de la naturaleza; pero entre el panteísmo adorador de Dios en la naturaleza que, como única manifestación objetiva de la divinidd, la revela y recuerda sin cesar al hombre, y una religión dogmática que encubre y vela el verdadero concepto de Dios, no es difícil discernir cuál de los dos satisface más cumplidamente las necesidades del género humano.


La ciencia moderna acepta la teoría de la evolución, de acuerdo en este punto con la doctrina secreta y el significado oculto de los mitos cosmogónicos de la antigüedad, sin excluir la Biblia. Lentamente brota de la semilla el tallo y del tallo el capullo y del capullo la flor; pero ¿qué fueza espiritual preside todas estas transformaciones que acaban por dar a a la flor su forma, colores y perfume?


A esto responde la palabra evolución. El germen de la actual raza humana debió preexistir en su progenitor, como la semilla en que late la futura flor existe oculta en el ovario materno. La nueva planta podrá tener mucha semejanza con su progenitora, pero será algo distinta de ella. Si los antediluvianos predecesores del elefante y del lagarto fueron el mamut y el plesiosaurio, ¿por qué no ser progenitores de nuestra raza los gigantes a que aluden los Vedas, el Völuspa y el Génesis?


La transformación de las especies, tal como la exponen los materialistas, es tan absurda como lógica resulta la evolución sucesiva de las formas animales de un originario tipo inferior. Aun concediendo que las especies animales procedan tan sólo de cuatro o cinco tipos (56), y aunque todos los seres orgánicos que viven o han vivido en la tierra procedan de una forma primaria (57), no parece sino que únicamente los empedernidos materialistas y los faltos de intuición sean capaces de prever “el futuroestablecimiento de la psicología sobre las nuevas bases de la evolución gradual de las facultades y fuerzas mentales” (58).
El origen físico del hombre y todo cuanto se refiere a su evolución orgánica cae bajo el dominio de las ciencias experimentales; pero negamos a los materialistas toda competencia en lo concerniente a la evolución psíquica y espiritual del hombre, porque no hay ni mucho menos pruebas evidentes de que las facultades superiores del ser humano procedan de la evolución como la planta más humilde y el más miserable gusano (59).


Veamos ahora la teoría evolucionista de los antiguos brahmanes simbolizada en el árbol mundanal llamado Ashvatta, aunque de distinto modo que los escandinavos. El Ashvatta tiene las ramas hacia abajo y las raíces hacia arriba. Las raíces simbolizan el mundo físico, el universo vivisble, y las segundas el invisible mundo espiritual, porque las raíces arrancan de las celestes regiones en donde desde la creación del mundo colocó la humanidad a su invidisible Dios. Los símbolos religiosos de todo país son corroboraciones diversas de la doctrina, según la cual, la energía creadora emanó de un punto primario, y así lo enseñaron Pitágoras, Platón y otros filósofos. A este propósito, dice Filón: “Los caldeos opinaban que el Kosmos es punto entre las cosas existentes, bien que este punto sea el mismo Dios (Theos) o bien que en él esté Dios abarcando el alma de todas las cosas (60).

 


SÍMBOLO DE LAS PIRÁMIDES

Las pirámides de Egipto simbolizan la misma idea que el árbol mundanal. El vértice es el místico eslabón entre cielo y tierra, análogo a la raíz del árbol, mientras que la base representa las ramas extendidas hacia los cuatro puntos cardinales del universo material. La idea simbólica de las pirámides es que todas las cosas dimanan del espíritu por evolución descendente (al contrario de lo que supone la teoría darwiniana), es decir, que las formas han ido materializándose gradualmente hasta llegar al máximo de materialización. En este punto entra la moderna teoría evolutiva en el palenque de las hipótesis especulativas y no causa extrañeza que Haeckel trace en su Antropogenia la genealogía del hombre “desde la raíz protoplásmica existente en el limo oceánico, mucho antes de sedimentar las más antiguas rocas fosilíferas”, según expone Huxley. Podemos creer que el hombre descienda de un mamífero semejante al mono, sobre todo cuando, según afirma Berosio, esta misma teoría enseño, sino tan elegante, más comprensiblemente, el hombre pez, Oannes o Dagón, el semidemonio de Babilonia (61).

Conviene advertir que esta antigua teoría de la evolución, no sólo se encierra en los símbolos y leyendas, sino que también se ve representada en pinturas murales de los templos indos y se han encontrado fragmentos descriptivos en los templos egipcios y en las losas de Nimrod y Nínive excavadas por Layard. Pero ¿qué hay tras la descendencia del hombre según Darwin? Por muy allá que vaya nuestro examen, sólo encontramos hipótesis de imposible demostración, porque el famoso naturalista dice que “todas las especies descienden en línea recta de unos cuantos individuos existentes mucho tiempo antes de formarse la primera capa silúrica” (62).

Aunque Darwin no se toma el trabajo de decirnos quiénes fueron estos “unos cuantos individuos”, basta que para admitir su existencia haya de solicitar la corroboración de los antiguos, de modo que el concepto tenga carácter científico. En efecto, sería verdaderamente temerario afirmar que la ciencia moderna contradice la antigua hipótesis del hombre antediluviano, después de las modificaciones sufridas por nuestro globo en cuanto a temperatura, clima, suelo y aun nos atrevemos a decir que en sus condiciones electro-magnéticas.

Las hachas de pedernal encontradas por Boucher de Perthes en el valle de Sômme son prueba de que la antigüedad del hombre sobre la tierra excede a todo cómputo. Según Büchner, el hombre existía ya en el período glacial correspondiente a la época cuaternaria y probablemente más allá todavía. Pero ¿quién es capaz de sospechar lo que nos tienen reservado los futuros descubrimientos?
Si hay pruebas incontrovertibles de que el hombre existió en tan remota antigüedad, forzosamente se ha de haber alterado su organismo de modo admirable, por razón de las mudanzas atmósfericas y climatológicas.
En consecuencia, también cabe suponer por analogía, remontándonos a esas lejanísimas épocas, que el organismo de los remotos ascendientes de los “helados gigantes”, les permitiera convivir con los peces devónicos y los moluscos silúricos. Verdad que no han dejado sus huesos ni sus hachas de sílex en las cavernas; pero sí es fidedigno el testimonio de los antiguos, en los primitivos tiempos no sólo hubo gigantes u “hombres de famoso poderío”, sino también “hijos de Dios”.

Si a cuantos creemos en la evolución del espíritu, tan firmemente como los materialistas en la de la materia, se nos acusa de sostener “hipótesis indemostrables”, bien podemos echar en cara a los acusadores que, según ellos mismos confiesa, su teoría de la evolución física no está demostrada y tal vez sea indemostrable (63). Nosotros podemos por lo menos inferir pruebas de los mitos cosmogónicos cuya pasmosa antigüedad reconocen filólogos y arqueólogos, mientras que nuestros adversarios en nada pueden apoyarse, a no ser que recurran a parte de las antiguas inscripciones con caracteres ideográficos y supriman el resto.
Afortunadamente, mientras las obras de algunos reputados científicos parecen contradecir nuestras teorías, las corroboran por completo otros no menos eminentes, como Wallace, quien defiende la idea del “lento proceso evolutivo” de las especies a partir de una época remotísima en innumerable sucesión de ciclos (64). Y si esto admite en los animales, ¿por qué no admitirlo en el hombre cuyos lejanísimos ascendientes fueron los seres puramente espirituales llamados hijos de Dios?


MITOS BISEXUALES

Volvamos ahora al simbolismo antiguo con su mitología físico-religiosa. Más adelante esperamos demostar la íntima relación de estos mitos con los adelantos de las ciencias naturales, pues las emblemáticas imágenes y la peculiar fraseología de los sacerdotes antiguos encubren conocimientos todavía ignorados en nuestro ciclo.
Por muy experto que sea un erudito en las escrituras hierática y jeroglífica de los egipcios, ha de analizar cuidadosamente las inscripciones y no aventurarse a interpretarlas sin estar antes seguro, compás y regla en mano, de que el jeroglífico se ajusta a las figuras y líneas geométricas que dan la clave.


Sin embargo, hay mitos de espontánea interpretación, como por ejemplo los bisexuales creadores en todas las cosmogonías. El griego Zeus-Zën (Éter) con sus esposas Chthonia (tierra caótica) y Metis (agua); Osiris (también el Éter) primera emanación de Amun, la Suprema Deidad y primaria fuente de luz, con Isis-Latona (tierra y agua); Mithras (65), el dios nacido de la roca, símbolo del fuego mundanal masculino o personificación de la luz primaria, y su a la par esposa y madre Mithra, la diosa del fuego, que representaban el puro elemento ígneo (principio activo masculino), considerado como luz y calor, en conjunción con la tierra y el agua (principios pasivos femeninos de la generación cósmica).

Mithras es hijo de Bordj (la montaña mundanal de los persas) (66) de la que surge como resplandeciente rayo de luz. La cosmogonía inda nos habla de Brahmâ, el dios del fuego, y de su prolífica consorte Unghi, la refulgente deidad de cuyo cuerpo brotan mil rayos de gloria y siete lenguas de fuego (67). Siva, personificado en el Meru (los Himalayas o montaña mundanal de los indos), descendió del cielo, como el Jehovah judío, en una columna de fuego. Todas estas divinidades y otras tantas de ambos sexos que pudiéramos citar revelan claramente su significación esotérica. Y ¿qué otra cosa sino el principio físico-químico de la creación primordial significarían estos mitos duales?

Son símbolo de la primera y trina manifestación de la Causa Suprema en espíritu, fuerza y materia; de la divina correlatividad en el punto inicial de la evolución representada por la cópula del fuego y del agua o unión del principio activo masculino con el pasivo femenino, emanados ambos del electrizante espíritu y procreadores de su telúrico hijo, la materia cósmica o substancia primaria, vivificada por el éter o luz astral.


Tenemos, por lo tanto, que las montañas, huevos, árboles, serpientes, columnas y demás símbolos mundanales encubren verdades de filosofía natural científicamente demostradas. Las montañas simbólicas describen con ligeras variantes la creación primaria; los árboles mundanales denotan la evolución del espíritu y de la materia; la serpiente y las columnas aluden a los diversos atributos de esta doble evolución en su interminable correlatividad de fuerzas cósmicas. En los misteriosos repliegues de la montaña, matriz del universo, las divinas potestades disponen los atómicos gérmenes de la vida orgánica y el licor de vida que despierta el espíritu humano en la materia humana.


Este sagrado licor es el Soma, la bebida sacrificial de los indos; porque las partículas más densas de la substancia primera formaron el mundo físico, y las más sutiles lo envolvieron en sus etéreas e invisibles ondulaciones, como a niño recién nacido, estimulando su actividad a medida que surgía lentamente del eterno caos.


LA SERPIENTE SATÁNICA

Los mitos cosmogónicos pasaron de la idea poéticamente abstracta al simbolismo plástico, tal como los halla hoy la arqueología. La serpiente, que tan importante papel representa en la pintura y escultura antiguas, perdió después su verdadera significación a causa de las absurdas interpretaciones del Génesis, que la identifican con Satanás, cuando por el contrario es el mito de más diversos e ingeniosos emblemas. Entre ellos se cuenta el de agathodaimon (arte de curar e inmortalidad del alma) y, por esta razón, es obligado atributo de todas las divinidades patronímicas de la salud y de la higiene. En los Misterios egipcios la copa de la salud estaba rodeada de serpientes. También es este reptil emblema de la materia, pues como el mal es la oposición al bien, cuanto más se aparte la materia de su espiritual fuente, tanto más quedará sujeta al mal. En las más antiguas imágenes de los egipcios y en las alegorías cosmogónicas de Kneph simboliza la materia una serpiente dentro de un círculo hemisférico cuyo ecuador cruza en línea recta para dar a entender que si el universo de luz astral envuelve al mundo físico que de él emanó, queda a su vez envuelto y limitado por Emepht (Causa Primera). Phtha engendra a Ra con las miríadas de formas que vivifica, y ambos salen del huevo mundanal porque el huevo es la más común modalidad generativa de los seres vivientes. La eternidad del tiempo y la inmortalidad del espíritu están simbolizadas en la serpiente que circuye el mundo y se muerde la cola sin dejar solución de continuidad. También simboliza entonces la luz astral.


Los filósofos de la escuela de Ferécides enseñaban que el éter (Zeus o Zën) es el cielo superior o empíreo donde está el mundo superior cuya luz (astral) es la concentración de la substancia primaria.


Tal es el símbolo de la serpiente identificada más tarde con Satán por los cristianos. Es el Od, Ob y Aûr de Moisés y de los cabalistas. Cuando la luz astral en estado pasivo actúa sobre quienes sin darse cuenta se ven arrastrados por su corriente es el Ob o pitón. Moisés se resolvió al exterminio de cuantos cedían a la influencia de las siniestras entidades que por todas partes nos rodean y se mueven en las ondas astrales como el pez en el agua, a las que Lytton llama “moradores del umbral”.

Pero se transmuta en Od tan pronto como la vivifica el flujo consciente de un alma inmortal, porque entonces las corrientes astrales actúan bajo la dirección de un adepto o un hipnotizador cuya espiritual pureza les capacite para dominar las fuerzas ciegas.

En este caso, desciende temporáneamente a nuestra esfera una elevada entidad planetaria de las que nunca encarnaron (aunque entre ellas las haya que han vivido en nuestro mundo) y purificando el ambiente circundante abre los ojos espirituales del sujeto y le infunde el don de profecía. Por lo que atañe al Aûr designa ciertas propiedades ocultas del agente universal, que únicamente interesan a los alquimistas y en modo alguno al público en general.


Anaxágoras de Clazomene, fundador del sistema filosófico homoiomeriano, creía firmemente que los elementos y arquetipos espirituales de todas las cosas procedían del éter sin límites, al cual se restituían desde la tierra. Los indos divinizaron el éter (akâsha) y los griegos y latinos lo identificaron con Zeus o Magnus, a quien Virgilio (68) llama pater omnipotens aeter.


Las entidades astrales o habitantes del umbral a que hemos aludido son los espíritus elementarios de los cabalistas (69) o los diablos de la iglesia cristiana.


Dice Des Mousseaux muy gravemente, al tratar de los diablos, que ya Tertuliano descubrió a las claras el secreto de sus astucias. ¡Precioso descubrimiento! Pero ahora que tanto conocemos de las tareas mentales de los Padres de la Iglesia y de sus descubrimientos en antropología astral, ¿habremos de extrañar que en su afán de exploraciones espirituales se hayan olvidado de nuestro planeta hasta el punto de negarle, no sólo movimiento, sino también esferoicidad?
Dice Langhorne en su traducción de Plutarco: “Opina Dionisio de Halicarnaso que Numa mandó edificar el templo de Vesta en forma de rotonda para representar la redondez de la tierra simbolizada en dicha diosa”.

Además, Filolao, de acuerdo con los pitagóricos, sostiene que el elemento fuego está en el centro de la tierra; y Plutarco, al tratar de este asunto, atribuye a los pitagóricos la opinión de que “la tierra no está quieta ni situada en el centro del universo, sino que gira en torno de la esfera de fuego, sin ser la más valiosa ni la principal parte de la gran máquina”. De la misma manera opinaba Platón. Por lo tanto, no cabe duda de que los pitagóricos se anticiparon al descubrimiento de Galileo.


LA CIUDAD SILENCIOSA

Muchos fenómenos, hasta ahora misteriosos e inexplicables, serán fáciles de comprender una vez admitida la existencia del universo invisible (70) que satura el organismo de los sujetos hipnotizados, ya por la poderosa voluntad de un magnetizador, ya por entidades invisibles cuya acción produce el mismo resultado. Una vez hipnotizado el sujeto, sale su cuerpo astral de la paralizada envoltura de carne y cruzando el espacio sin límites se detiene en el borde de la misteriosa frontera. Pero las puertas de entrada a la “ciudad silenciosa” tan sólo están entornadas y no se le abrirán de par en par hasta el día en que su alma, unida a la sublime e inmortal esencia, deje su cuerpo de carne. Entretanto, el vidente sólo puede atisbar por la mirilla, y de su agudeza perceptiva dependerá la extensión del campo visual.


Todas las religiones antiguas tuvieron el mismo concepto de la trinidad en la unidad simbolizada en los tres Dejotas de la Trimurti inda y en las tres cabezas de la cábala judía esculpidas una en otra y encima una de otra (71). La Trinidad de los egipcios y la de los griegos simbolizaban análogamente la emanación primaria y trina con sus dos principios: masculino y femenino. La unión del Logos (sabiduría, principio masculino, Dios manifestado) con el Aura (principio femenino, Anima mundi, Espíritu Santo, Sefira de los cabalistas y Sofía de los agnósticos) engendra todas las cosas visibles e invisibles. La verdadera interpretación metafísica de este dogma universal quedó reservada en el recinto de los santuarios; pero los griegos la personificaron en poéticos mitos.

En las Dionysíacas de Nonnus aparece Baco enamorado de la suave y juguetona brisa Aura Plácida (Espíritu Santo o céfiro plácido). A este propósito dice Higgins: “El céfiro plácido dio origen a dos santos del calendario compuesto por los ignorantes Padres de la Iglesia: Santa Aura y San Plácido, con añadidura de convertir al jovial dios en San Baco, cuyo sepulcro y reliquias se enseñan todavía en Roma. La fiesta de San Aura y San Plácido se celebra el 5 de Octubre, poco antes de la de San Baco” (72). Mucho más sublime y poético es el espíritu religioso del mito escandinavo. En el insondable abismo del mundo (Ginnungagap) luchan con ciega y rabiosa furia la materia cósmica y las fuerzas primarias, cuando el Dios inmanifestado envía el benéfico soplo del deshielo desde la ígnea esfera del empíreo (Muspellheim), entre cuyos refulgentes rayos mora mucho más allá de los límites del mundo. El alma del Invisible, el Espíritu flotante sobre las negras aguas del abismo, hace surgir del caos el orden y después de dar el impulso a la creación toda, queda la CAUSA PRIMERA instatu abscondito (73).


EL RAYO DE THOR

La religión y la ciencia se hermanan en los cantos del paganismo escandinavo. Cuando Thor, el Hércules del Norte, hijo de Odin, ha de empuñar la terible maza de donde brota el rayo, se calza guanteletes de hierro. Lleva además el cinto de fuerza o cinturón mágico que acrecienta su celeste poderío. Monta un carro con lanza de hierro, cuyas ruedas giran sobre nubes preñadas de rayos, tirado por dos carneros con frenos de plata y su temerosa frente está coronada de estrellas. Esgrime Thor su clava con fuerza irresistible contra los rebeldes gigantes helados a fuerza irresistible contra los rebeldes gigantes helados a quienes vence, derrite y aniquila. Cuando los dioses han de celebrar asamblea en la fuente de Urdar para decidir los destinos de la humanidad, todos se encaminan allá montados menos Thor, que va por su pie, temeroso de que al atravesar el Bifrost (arco-iris) o puente AEsir de variados colores, lo incendie con su fulgurante carro y hiervan las aguas de Urdar.


Lisa y llanamente ¿qué interpretación cabe dar a este mito sino que el autor de la leyenda conocía no poco la electricidad? Thor, personificación de la energía eléctrica, para manejar el fluido se pone guantelestes de hierro, es decir, del metal conductor. El cinturón de fuerza es el circuito cerrado por donde fluye la corriente eléctrica. El carro cuyas chispeantes ruedas giran sobre las cargadas nubes simboliza la electricidad en actuación. La puntiaguda lanza sugiere la idea del pararrayos y el tiro de carneros representan el principio masculino con el femenino en los frenos de plata, puesto que éste es el metal de Astarté o Diana (la luna). En el carnero y el freno vemos combinados en oposición los principios activo y pasivo de la naturaleza.

El carnero impulsa y el freno retiene, pero ambos están sujetos a la omnipenetrante energía eléctrica que los mueve. De esta energía primaria y de las múltiples y sucesivas combinaciones de ambos principios masculino y femenino dimana la evolución del mundo visible, gloriosamente cifrado en el sistema planetario que simboliza el círculo de estrellas que ornan su frente. Los terribles rayos de Thor (electricidad activa) prevalecen contra las fuerzas titánicas representadas en los gigantes; pero al reunirse con los dioses menores, ha de atravesar a pie el Bifrost o puente del arco iris y bajar del carro (pasar al estado latente), pues de otro modo aniquilaría todas las cosas con su fuego.

 

Respecto a que Thor teme poner en ebullición las aguas de la fuente Urdar, no comprenderán los físicos modernos el significado de este mito hasta que se determinen completamente las recíprocas relaciones electromagnéticas de los elementos del sistema planetario, que ahora tan sólo se presumen, según vemos en los recientes ensayos de Mayer y Hunt. Los filósofos antiguos creían que los volcanes y los manantiales de agua termal dimanaban de subterráneas corrientes eléctricas, que también eran causa de los sedimentos minerales de diversa índole que originan las fuentes medicinales. Si se objeta que los autores antiguos no expresan claramente estos hechos porque, según los modernos, nada sabían de electricidad, redargüiremos diciendo que nuestra época no conoce todas las obras de la sabiduría antigua. Las claras y frescas aguas de Urdar regaban diariamente el místico árbol del mundo, y si las hubiese enturbiado Thor (electricidad activa), las convirtiera de seguro en aguas minerales ineficaces para el riego.
Estos ejemplos corroboran la antigua afirmación de los filósofos de en todo mito hay un Logos y un fondo de verdad en toda ficción.

 

 

 

CAPÍTULO V

EL MAGNETISMO ANIMAL

FENÓMENOS HIPNÓTICOS

LA FUERZA SIDÉREA

OPINIONES DE VAN HELMONT

LA ACADEMIA FRANCESA

OPINIÓN DE LAPLACE

INFORME SINCERO

DECLARACIONES DE HARE

LA MEMORIA RETROACTIVA

 

.....................................................................Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y carácteres de los hombres, con otras visiones divinas.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con la pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en el olvido.

La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente , ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones.

El estudiante de ocultismo no ve ganglios cerebrales "micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido", sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de la memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios.

Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias.

Sin embargo , los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral.

Como elegantemente dice Eliphas Levi: "la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa e impele la vida hacia adelante", en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga.

En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, "queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas"

Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño.

 

 

 

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ALMA Y ESPÍRITU

LA PSICOMETRÍA

......................................Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido

Así una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación.

Esta facultad fue descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría.

A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo.

Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito:

"Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo.

Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica........ Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia"

Los primeros experimentos de psicometría se llevaron a cabo en 1841, y desde entonces los han repetido muchísimos psicométras en todo el mundo, demostrando con ellos que cuanto ocurre en la naturaleza mental, por mínimo e insignificante que sea, queda indeleblemente impreso en la naturaleza física, y como no se advierte alteración molecular en ella, forzosamente se infiere que las imágenes psicométricas provienen del eter o luz astral.

En su hermosa obra : EL ALMA DE LAS COSAS, trata de esta cuestión el geólogo Denton y cita multitud de ejemplos de las notables facultades psicométricas de su esposa. Entre ellos se refiere que, puesto sobre la frente un pedazo de piedra de la casa de Cicerón en Túsculo, pero sin saber de donde procedía, describió no sólo el ambiente físico del gran orador romano, sino el del dictador Sila, a quien antes había pertenecido aquella casa. Un trozo de mármol del primitivo templo cristiano de Smirna, le representó a los fieles en oración y a los sacerdotes oficiantes...........................................................

LO PRESENTE Y LO FUTURO

MODALIDADES ENERGÉTICAS

CONCEPTO DEL ETER

PREJUICIOS CIENTÍFICOS

PRINCIPIOS ALQUÍMICOS

EL TESTIMONIO HUMANO

HIPÓTESIS DE COX

EL CUERPO ASTRAL

FUERZA CIEGA E INTELIGENCIA

EL MEDIUM CONDUCTOR

EL LAPIZ Y LA REGLA

 

 

 

 

CAPÍTULO VII

OPINIÓN DE DESCARTES

MAGNETISMO UNIVERSAL

INFLUENCIA DEL AMBIENTE

LA TRIADA MICROCÓSMICA

INFLUENCIA DE LA MÚSICA

INFLUENCIA DE LA MENTE

EL FENOMENISMO

LAS COMUNICACIONES

OBSTINACIÓN ESCÉPTICA

LÁMPARAS ALQUÍMICAS

DURACIÓN DE LAS LÁMPARAS

COMBUSTIBLES PERPETUOS

TELAS DE ASBESTO

PABILOS DE AMIANTO

DIVERGENCIA DE OPINIONES

SINCERIDAD DE JOWETT

FILOSOFÍA ANTIGUA

LA ÓTICA DE LOS ANTIGUOS

CORRELACIÓN DE FUERZAS

MUTUAS SIMPATÍAS

UNA SESIÓN ACADÉMICA

IDENTIDAD DE TRADICIONES

LOS PLAGIOS MODERNOS

LA INMORTALIDAD DEL ALMA

 

 

 

CAPÍTULO VIII

LA FORMACIÓN DE LA TIERRA

LA TIERRA INVISIBLE

LA EVOLUCIÓN SEGÚN HERMES

ASTROLOGÍA Y ASTRONOMÍA

ALEGORÍAS ASTRONÓMICAS

SÍMBOLOS DE LA LUNA

LAS PIEDRAS PRECIOSAS

OBSERVATORIO DE BELO

NO HAY CASUALIDAD

NATURALEZA DEL SOL

INFLUENCIAS LUNARES

MÚSICA DE LAS ESFERAS

EL HOMBRE DUAL

FENÓMENOS HISTÉRICOS

 

 

EL  PODER  DEL  ALMA

            Si volvemos la vista a la Edad Media encontraremos las mismas ideas en las obras de varios autores, entre ellos Cornelio Agripa que dice: “El alma del mundo es la fuerza universal siempre cambiante que puede fecundar un objeto cualquiera y comunicarle sus propiedades celestes, de modo que mediante las debidas preparaciones de la ciencia pueda transmitirnos su virtud. Basta llevar estos objetos encima para sentir inmediatamente su acción tanto en el espíritu como en el cuerpo. El alma humana, esencialmente idéntica a toda la creación, tiene maravilloso poder. Quien este secreto conoce es capaz de alcanzar sabiduría superior a cuanto le quepa presumir, con la necesaria condición de permanecer unido a esta fuerza universal... La verdad y el porvenir pueden presentarse continuamente a la vista del alma, según demuestran las profecías y vaticinios rigurosamente cumplidos... El tiempo y el espacio se desvanecen ante la mirada de águila del alma inmortal...; su poder no tiene límites..., pues le cabe lanzarse a través del espacio y envolver con su presencia a un hombre cualquiera que sea la distancia a que se halle e infundirse en él y hablarle como si personalmente estuviese a su lado” (62).

            Pero aún podemos remontarnos a tiempos más antiguos y escoger entre los filósofos precristianos a Cicerón, como menos sospechoso de superstición y credulidad. Dice el famoso orador: “Sabemos que de todos los seres vivientes, el hombre es el mejor formado y, como los dioses (63) también son seres vivientes, deben tener forma humana, aunque no quiero decir con esto que estén provistos de carne y sangre, sino que parece como si tuvieran cuerpo de carne y sangre...” Epicuro, paraquien las cosas ocultas eran tan palpables cual si las tocara con las manos, nos enseña que “los dioses no son ordinariamente visibles pero sí inteligibles, pues aunque carecen de cuerpo denso, podemos reconocerlos por sus pasajeras imágenes, ya que en el espacio infinito hay átomos suficientes para formar las ima´genes que al aparecerse nos dan idea de lo que son esos seres felices e inmortales” (64).

            A su vez dice Eliphas Levi: “Un iniciado que posea completa lucidez puede dirigir y comunicar a voluntad las vibraciones magnéticas en la masa de la luz astral... En el momento de la concepción se transforma en luz humana, de que se reviste el alma como de primer envoltorio y, combinada con los más sutiles fluidos, forma el cuerpo etéreo o fantasma sideral, que ya no se desprende por completo del cuerpo de carne hasta el momento de la muerte”. El gran secreto del adepto mágico consiste en proyectar este cuerpo etéreo a cualquier distancia y condensar en él oleadas del mismo fluido que lo constituye, a fin de hacerlo visible y tangible.

            La magia teúrgica es la más acabada expresión de la psicología oculta. Los científicos la desdeñan como alucinación de cerebros calenturientos o la denigran con el estigma de charlatanería; pero nosotros les negamos el derecho de juzgar un asunto que jamás investigaron. Tanto valiera reconocerle a un indígena de las Islas Fiji el derecho de criticar las obras de Agassiz o Faraday. Todo lo más que pueden hacer los científicos es enmendar hoy su tarea de ayer. Tres mil años atrás, antes de la época de Pitágoras, afirmaban los filósofos que la luz era materia ponderable y al propio tiempo fuerza. La teoría corpuscular fue desechada a causa de los errores en que incurriera Newton al exponerla, pero en cambio aceptó el mundo científico la teoría de las ondulaciones lumínicas. Sin embargo, ahora se sorprenden los físicos al ver que Crookes pesa la luz en su radiómetro. Los pitagóricos sostenían, contrariamente a los modernos científicos, que la luz es un agente que no dimana directamente del sol ni de las estrellas. Lo mismo puede decirse respecto de la ley de gravedad. De acuerdo con las enseñanzas pitagóricas, sostenía Platón que la gravedad no era tan sólo la atracción magnética de las masas menores por las mayores, sino también la atracción de los cuerpos semejantes y la repulsión de los contrarios. A este propósito dice: “Si se ponen juntas cosas de naturaleza contraria, luchan y se repelen mutuamente” (65).

 

 

 

 

MAGNETISMO  PLANETARIO

Esto no debe tomarse en el sentido de que se repelan los cuerpos de propiedades contrarias, sino tan sólo los que están juntos y son de naturaleza antagónica. Las investigaciones de Bart y Schweigger han disipado las dudas que pudieran caber acerca de si los antiguos conocían debidamente la atracción del hierro por el imán, así como las modalidades positiva y negativa de la electricidad, aunque dieran a todo ello distintos nombres. Entre los antiguos era opinión general que los planetas estaban relacionados magnéticamente, porque todos son imanes, y así, no sólo llamaban piedras magnéticas a los aerolitos, sino que se valían de ellos en los Misterios para los mismos usos en que nosotros empleamos hoy el imán. A este propósito dice Mayer: “La tierra es un enorme imán y todo súbito trastorno de la superficie del sol altera profundamente el equilibrio magnético de la tierra, ocasionando el temblor de las brújulas de los observatorios con luces polares cuyas vaporosas llamas parecen danzar al compás de la inquieta aguja” (66).

            Cuando esto enseñaba Mayer, no hacía más que repetir en inglés lo que se enseñó en lengua dórica muchos siglos antes de nacer el primer filósofo cristiano.

            Los prodigios realizados por los sacerdotes teurgos son tan auténticos y se apoyan en tan sólidas pruebas (si de algo vale el testimonio humano), que Brewster les reconoce piadosamente profundos conocimientos de ciencias físicas y filosofía natural, por no confesar que sobrepujaron en maravilla a los taumaturgos cristianos. Los modernos científicos están enredados en los términos de un dilema: o confiesan que los antiguos sabían más física que ellos o han de admitir en la naturaleza algo más allá de las ciencias físicas, es decir, que el espíritu posee facultades no sospechadas por nuestros filósofos. Sobre esto dice Bulwer Lytton: “Los errores en que caemos respecto de la ciencia de nuestra especialidad, sólo los advertimos a la luz de otra ciencia especialmente cultivada por el estudio ajeno” (67).

            Nada de más fácil explicación que las superiores posibilidades de la magia. La radiante luz del universal océano magnético, cuyas eléctricas ondulaciones interpenetran en su incesante movimiento los átomos de la creación entera, revelan a los estudiantes de hipnotismo el alfa y el omega del gran misterio, a pesar de la deficiencia de sus experimentos. Tan sólo el estudio de este agente, soplo divino, descubre los secretos de la psicología y de la fisiología y de los fenómenos cósmicos y espirituales.

            A este propósito dice Psello: “La magia ea la parte superior de la ciencia sacerdotal y tenía por objeto investigar la naturaleza, potencias y cualidades de todas las cosas sublunares; de los elementos y sus compuestos; de los animales; de las plantas y sus frutos; de las piedras y hierbas; en una palabra, inquiría la esencia y potencia de todas las cosas. Los efectos de esta ciencia se resolvían en esculpir estatuas magnetizadas que tocaban los enfermos para recobrar la salud, y en fabricar figuras y talismanes que lo mismo servían para provocar la enfermedad que para curarla. También por medio de la magia se hace aparecer frecuentemente fuego celestial que enciende las lámparas y hace sonreír a las estatuas” (68).

            No es extraño que los antiguos sacerdotes animaran mágicamente estatuas de piedra y metal, según aseguran fidedignos testimonios, cuando en nuestros tiempos es posible, gracias al descubrimiento de Galvani, mover las patas de una rana muerta y alterar los rasgos fisonómicos de un cadáver, de modo que sucesivamente denote alegría, ira, horror y las más variadas emociones.

            El puro y celeste fuego del altar pagano era electricidad derivada de la luz astral, y por consiguiente, si las estatuas estaban preparadas al efecto, bien podían, sin sospecha de superstición, provocar la enfermedad o restituir la salud mediante contacto, como sucede hoy con los cinturones eléctricos.

 

 

 

 

RIDICULECES  APARENTES

            Los escépticos, así doctos como ignorantes, se han burlado a su sabor en estos dos últimos siglos de los absurdos atribuidos a Pitágoras por su biógrafo Jámblico. Dice éste que el filósofo de Samos disuadió a una osa de comer carne; logró que un águila bajara de las nubes a posarse sobre su cuerpo, de modo que pudo domesticarla acariciándola con la mano y dirigiéndola suaves palabras; y por fin, persuadió a un buey a que no comiese habas, sin más exhortaciones que unas cuantas frases musitadas a la oreja. Todo esto parecen ridiculeces de ignorancia y superstición a los ojos de las cultísimas generaciones del día; pero si analizamos estos supuestos absurdos veremos que no lo son tanto como el en que incurren los detractores de Pitágoras al creer literalmente que Josué detuvo el sol en su carrera. Con frecuencia vemos hombres de escasa cultura y aun jovencitas de complexión delicada que a copia de paciencia y voluntad lograron domar los ferocísimos animales que exhiben sin temor alguno en sus colecciones zoológicas. El mismo resultado obtienen algunos hipnotizadores que, con su mágica sugestión, dominan no sólo a los animales, sino también a las personas, como hizo, por ejemplo, el famoso magnetizador Regazzoni, cuyos experimentos (mucho más increíbles que cuanto se haya podido atribuir a Pitágoras) tanta admiración causaron en París y Londres. No es justo, por lo tanto, acusar de inveraces o supersticiosos hasta el absurdo a los biógrafos de hombres tales como Pitágoras y Apolonio de Tyana. Al ver que la mayoría de quienes tan escépticos se muestran en lo tocante a las facultades mágicas de los antiguos y se burlan de sus míticas teogonías creen sin embargo firmemente en la Biblia, no podemos por menos de asentir al oportuno apóstrofe de Higgins, que dice: “Cuando encuentro hombres instruídos que toman el Génesis al pie de la letra, siendo así que los antiguos, no obstante sus defectos, tuvieron sobrado buen criterio para tomarlo en sentido alegórico, casi llego a dudar de si realmente ha progresado la mentalidad humana” (69).

            Taylor es uno de los pocos comentadores que han reconocido con justicia el talento de los autores griegos y latinos. En su traducción de la Vida de Pitágoras, de Jámblico, dice Taylor: “Puesto que según nos informa Jámblico estuvo Pitágoras iniciado en los misterios de Byblus y Tiro, en las ceremonias religiosas de los sirios, en la sagrada ciencia de los magos de Babilonia y en los secretos de los santuarios egipcios, donde pasó veintidós años de su vida, nada tiene de maravilloso que conociera la teurgia y fuese capaz de operar prodigios superiores al ordinario alcance de la virtud humana, que al vulgo le parecen increíbles”.

            El éter universal no era para los antiguos un desierto extendido por las inmensidades cerúleas, sino que lo consideraban como mar sin orillas, en cada una de cuyas moléculas latía un germen de vida, poblado, a semejanza de los mares terrenos, de diversidad de criaturas monstruosas unas y menores otras. Así como los animales de branquias se encuentran, según la especie, en mares altos o charcas bajas, así también cada linaje o casta de las entidades etéreas (espíritus elementales) moran habitualmente en los parajes más adecuados a su índole y unas se muestran amigas y otras enemigas del homrbe; cuáles son de agradable y cuáles de repulsivo aspecto; algunas se refugian en apacibles retiros y varias se complacen en planear sobre las aguas.

            Si recordamos que el movimiento de los astros ha de perturbar el éter más hondamente todavía que los proyectiles el aire o las naves el agua, no será difícil inferir que determinadas posiciones respectivas de los astros puedan originar corrientes etéreas más caudalosas en una dirección que en otra y arrastrar, por lo tanto, en el mismo sentido grandes masas de elementales amigos o enemigos que, al ponerse en contacto con la atmósfera de la tierra, ocasionen efectos de notoria realidad.

 

 

LOS  ELEMENTALES

            Opinaron los antiguos que los espíritus elementales, no dotados de alma, emanaron del incesante movimiento de la luz astral, que es fuerza engendrada por la voluntad. Pero como esta voluntad procede de una inteligencia infalible (porque es purísima emanación del Padre y no está sujeta a los órganos físicos del pensamiento humano), desde el principio del tiempo comenzó a desenvolver, con arreglo a leyes inmutables, la materia elementaria indispensable para la generación de las razas humanas que, ya pertenezcan a nuestro planeta, ya a cualquiera de los miles que voltean en el espacio, tienen todas sus cuerpos físicos formados según matriz de los cuerpos de cierta especie de entidades elementales que pasaron a los mundos invisibles. En el encadenamiento de la filosofía antigua no faltaba eslabón alguno de cuantos pudiera forjar una “imaginación experta”, como dice Tyndall, ni quedaba la menor laguna que pudiera colmarse con hipótesis materialistas, pues nuestros “ignorantes” antepasados trazaban la línea de evolución de uno a otro extremo del universo, sin que, como absurdamente han hecho los modernos científicos, intentaran resolver ecuaciones de un solo miembro. De la propia suerte que en la serie de evolución física no falla término alguno desde la nebulosa estelar hasta el cuerpo humano, así tampoco dejaron los antiguos ningún punto interrumpido en la línea de evolución espiritual que abarca desde el éter cósmico hasta el encarnado espíritu del hombre.

            Según los antiguos, la evolución procedía del mundo del espíritu al de la materia, para ascender desde éste al punto originario. La evolución de las especies era para ellos el descenso del espíritu a la materia y las entidades elementarias tienen en esta línea un punto tan señalado como el eslabón que Darwin juzga perdido entre el hombre y el mono.

            Nadie ha descrito más poética y acabadamente los seres elementales que Bulwer Lytton, en su obra Zanoni, pues cuando los pinta como “algo inmaterial que da idea de alegría y luz”, parecen sus palabras más bien eco fiel de la memoria que exuberante engendro de la imaginación. Dice uno de los personajes de la mencionada obra: “El hombre es tanto más presuntuoso cuanto más ignorante. Durante muchos siglos sólo vio lucecitas encendidas por Dios para alumbrarle por la noche en los innumerables mundos que centellean en el espacio como burbujas en un océano sin límites... La astronomía ha desvanecido esta ilusión de la vanidad humana, y, aunque con repugnancia, confiesa el hombre que los astros son otros tantos mundos mayores y mejores que el suyo...  Por doquiera descubre la ciencia nuevas vidas en esta inmensa ordenación...

Procediendo, pues, por rigurosa analogía, si no hay brizna de hierba ni gota de agua que no sea, como la estrella más lejana, un mundo palpitante de vida, y si el hombre es un mundo para los millones de seres vivientes que pueblan su carne y su sangre, basta el sentido común para inferir que los infinitos espacios interplanetarios están cuajados de entidades vivientes adaptadas a dicho medio. ¿No es absurdo admitir la vida en una brizna de hierba y negarla en las inmensidades del espacio? La ley reguladora del sistema universal no consiente el vacío ni en un punto siquiera, ni tampoco permite lugar alguno donde no aliente la vida. ¿Cómo cabe concebir, entonces, que el espacio esté vacío, inanimado, y tenga en el ordenamiento de la creación menor utilidad que la brizna de hierba o la gota de agua poblada de miles de infusorios? El microcospio descubre los parásitos que habitan en la brizna, pero no se ha inventado todavía un telescopio de suficiente alcance para descubrir los nobilísimos y superiores seres que pueblan los inmensos espacios etéreos. Sin embargo, entre estos seres y el hombre hay misteriosa y terrible afinidad...

Mas para descorrer este velo es preciso que el alma rebose de vivo entusiasmo y se desprenda de todo deseo mundano... Dispuesto así el hombre, vendrá en su auxilio la ciencia para que su vista sea más aguda, su ingenio más vivo, su sensibilidad más exquisita y aun el mismo éter, por virtud de ciertos secretos de química sublime, será más tangible y manifiesto. Después de todo, esto no es magia como se figuran los crédulos, pues no hay magia contra naturaleza, sino que únicamente la ciencia es capaz de dominar a la naturaleza. Ahora bien: existen en el espacio millones de seres no precisamente espirituales, porque todos tienen, como los infusorios, ciertas formas de materia, si bien tan delicada, vaporosa y tenue, que es a manera de película o vello que envuelve el espíritu...

A la verdad, estas razas difieren entre sí completamente, pues unas son de extrema sabiduría y otras de horrible malignidad; unas hostiles con enemiga implacable hacia el hombre y otras benéficas como medianeras entre cielo y tierra... Entre los habitantes de los umbrales hay uno que excede en malicia y perversidad a todos los de su linaje; uno cuya mirada arredra al hombre más intrépido y cuyo poder se acrecienta en proporción del temor que inspira” (70).

 

 

 

EL  MORADOR  DEL  UMBRAL

 

          Tal es el esbozo que de los elementales no dotados de espíritu traza un autor, de quien se supone fundadamente que sabía mucho más de cuanto condescendiera a declarar ante un público escéptico.

            Más adelante tratremos de explicar algunas enseñanzas esotéricas acerca del pasado, presente y porvenir del hombre. Estas enseñanzas son la fuente de que brotó el Antiguo y parte del Nuevo Testamento, y contienen los más sublimes conceptos de moral y de religión revelada. Las clases fanáticas e ignorantes de la sociedad tomaban la doctrina en sentido literal, pero las clases superiores, constituidas en su mayoría por iniciados, estudiaban en el solemne silencio de los santuarios y adoraban al único Dios del cielo.

            Las enseñanzas que en el Banquete expone Platón acerca de la creación del hombre, y su teoría cosmogónica declarada en el Timeo, deben tomarse en sentido alegórico para aceptarlas por completo. Los neoplatónicos se aventuraron a exponer, sin violación de sigilo, las interpretaciones pitagóricas contenidas en el Timeo, Cratylus, Parménides y algunos otros diálogos y trilogías. Los conceptos capitales de estas enseñanzas, en apariencia incongruentes, son el de la inmortalidad del alma y el de Dios como mente universal infundia en todas las cosas. La piedad de Platón y el respeto con que siempre habla de los Misterios son prenda suficiente de su discreción para no quebrantar el profundo sentimiento de responsabilidad inherente a todo adepto. A este propósito dice el insigne filósofo: “El hombre sólo puede llegar a ser verdaderamente perfecto, perfeccionándose en los perfectos misterios” (71).

            No disimulaba Platón su disgusto por la divulgación que en su tiempo empezaba ya a darse a las enseñanzas de los misterios, pues opinaba que en vez de profanarlos en oídos de la multitud, debían reservarse exclusivamente a los más dignos y celosos discípulos (72). Si bien menciona Platón frecuentemente a los dioses en sus obras, no cabe dudar de su fe monoteísta, pues por dioses entiende seres de jerarquía muy inferior a la divinidad y tan sólo superiores en un grado al hombre. El mismo Josefo, no obstante los prejuicios de raza, reconoce la creencia monoteísta de Platón, y a este propósito dice en su famosa diatriba contra Apión: “Los filósofos griegos que discurrían de acuerdo con la verdad no ignoraban cosa alguna... ni dejaban de notar la aparente frivolidad de las alegorías mitológicas que con justicia desdeñaban... Por este motivo se inclina Platón a creer que son inconvenientes los poetas en la república y, no obstante rendir homenaje a Homero, le inculpa de haber quebrantado con sus mitos la ortodoxa creencia en un solo Dios”.

            Quienes descubran el verdadero espíritu de la filosofía platónica, difícilmente se contentarán con los comentarios de Jowett, quien dice que la influencia ejercida en la posteridad por el Timeo deriva en parte de la equivocada interpretación que los neoplatónicos dieron a las doctrinas de su autor, hasta el punto de estar las aclaraciones neoplatónicas de los Diálogos en “completo desacuerdo con el espíritu de Platón”. Esto equivaldría a suponer que Jowett ha penetrado acertadametne este espíritu; pero sus comentarios no lo denotan así. Dice Jowett que los cristianos encuentran en el Timeo las ideas de la Trinidad, el Verbo, la Creación y la Iglesia, aunque bajo el concepto judaico.

Sin embargo, no es extraño que encuentren estas ideas, porque realmente están expuestas literalmente en dicha obra, aunque haya volado el espíritu que animaba las enseñanzas del insigne filósofo y fuera en vano que lo buscáramos en los áridos dogmas de la teología cristiana. La esfinge es hoy la misma que cuatro siglos antes de nuestra era, pero Edipo murió de muerte violenta por haber revelado al mundo lo que el mundo no estaba en disposición de recibir. Platón encarnaba la verdad y necesario era que muriese como han de morir las verdades trascendentales antes de que renazcan cual Fénix de sus cenizas. Todos los comentadores de Platón han advertido la vvísima semejanza entre las esotéricas enseñanzas del ilustre filósofo y la doctrina cristiana; pero cada cual trató de explicar esta semejanza desde el punto de vista de sus personales creencias religiosas. Así, Cory (73) opina que la semejanza es tan sólo superficial y prefiere el Dios antropomórfico a la Mónada pitagórica. Taylor, por el contrario, encarama la Mónada muy por encima del Dios mosaico. Zeller ridiculiza el atrevimiento de los Padres de la Iglesia que, sin respeto a la historia ni a la cronología ni a la opinión pública, insisten en que la escuela platónica copió de la religión cristiana sus conceptos fundamentales (74).

 

 

LA  MENTE  UNIVERSAL

            Todas las filosofías antiguas enseñan que Dios es la mente universal difundida en todas las cosas. Las religiones induista, budista (75) y cristiana se fundan en este concepto. En cuanto a la metempsícosis o proceso purificador de las transmigraciones, que tan groseramente se antropomorfizó más tarde, fue dogma subalterno que los sofismas teológicos adulteraron con intento de ridiculizarlo a los ojos de los fieles.

Pero ni Gautama el Buddha ni Pitágoras tomaron al pie de la letra esta alegoría puramente metafísica, cuya explicación nos da el Misterio de Kunbum (según veremos más adelante), con referencia a las peregrinaciones espirituales del alma humana. No esperen los eruditos encontrar en la letra muerta de las Escrituras budistas la aclaración de estas sutilezas metafísicas que abisman el pensamiento en la insondable profundidad de su significado, hasta el punto de que nunca está el investigador más lejos de la verdad que cuando presume descubrirla. Las abstrusas enseñanzas budistas sólo pueden comprenderse con auxilio del método platónico, que procede de lo universal a lo particular y cuya clave hallamos en el sutilmente místico influjo espiritual de la vida divina. Así dice el Buddha: “Quien desconoce mi ley y muere en tal estado ha de volver a la tierra hasta que se convierta en perfecto samano. Para ello ha de sofocar en sí mismo la trinidad de Maya (76), extinguir sus pasiones, identificarse con la Ley (77) y comprender la religión del aniquilamiento” (78).

            En este concepto budista se apoya la filosofía pitagórica, que en este punto concreto expone Whitelock Bulstrode, como sigue: “¿Puede convertirse en no entidad aquel Espíritu que da la vida e impulsa el movimiento y participa de la naturaleza de la luz? ¿Puede el espíritu senciente de los brutos volver a la nada, a pesar de tener memoria, que es facultad racional? Si decís que los brutos exhalan su espíritu en el aire y allí se desvanece, lo niego. Verdaderamente es el aire lugar a propósito para recibir el espíritu de los brutos, porque, según Laercio, está poblado de almas y, según Epicuro, lleno de átomos originarios de todas las cosas; porque hasta este lugar donde nos movemos y en donde vuelan las aves participa de la naturaleza espiritual de modo que es invisible, y por lo tanto, muy bien puede ser el receptor de las formas, puesto que en él están todas las formas. Nosotros tan sólo podemos conocer este lugar por sus efectos. Y si aun el mismo aire es demasiado sutil para comprender su naturaleza, ¿qué será el éter de las regiones superiores y qué formas e influencias descenderán de allí?”

 

 

 

EL NIRVANA

LA IMPERSONALIDAD

 

 

 

ISIS SIN VELO ..........TOMO II

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS

SIMBOLISMO DE LAS PIRÁMIDES

LA CREACIÓN DEL HOMBRE

LOS ÁNGELES REBELDES

LAS TRES LUCES

.............................En el mar sin orillas del espacio refulge el invisible y céntrico sol espiritual cuyo cuerpo es el universo en que infunde su alma y su espíritu. Todas las cosas están formadas según este ideal arquetipo. El cuerpo, alma y espíritu del invisible sol manifestado en el universo son las tres emanaciones, las tres vidas, los tres grados del Pleroma agnóstico, los tres rostros cabalísticos.

El Anciano de los Días, el Santo de las edades, el supremo En Soph "tiene forma y después no tiene forma"...Así dice el Zohar (Libro del Esplendor):

"El Invisible tomó forma al poner el universo en existencia"

El alma del Invisible es la primera luz, el infinito y eterno soplo que mueve el universo é infunde la vida inteligente en toda la creación.

La segunda luz condensa la materia cometaria en formas que pueblan el círculo cósmico, ordena los innumerables mundos que flotan en el espacio etéreo en todas las formas e infunde vida no inteligente.

La tercera luz produce el universo físico y según se aleja de la divina luz céntrica va palideciendo su brillo hasta convertirse en tinieblas y mal, es decir, en materia densa, a que los herméticos llamaron "purgaciones groseras del fuego celeste"..............................................................

DIVINIDADES BISEXUALES

INTERPRETACIÓN DEL GÉNESIS

OPINIÓN DE SPINOZA

ESPÍRITUS ELEMENTARIOS

ESPÍRITUS PLANETARIOS

LOS HORÓSCOPOS

CAIDA EN LA GENERACIÓN

LAS DOS ALMAS

LOS "HERMANOS DE LA SOMBRA"

REVOCACIÓN CE LAS ALMAS

CARTA CURIOSA

ESPÍRITUS DE LA NATURALEZA

SUPERVIVENCIA DE LOS ANIMALES

LA CHISPA ARGENTINA

ARMONÍA Y JUSTICIA

ESPÍRITUS MALIGNOS

NUEVOS DESCUBRIMIENTOS

 

 

 

 

 

CAPÍTULO II

CONFERENCIA DEL P. FÉLIX

UN DILEMA

EL LIBRO DE LA VIDA

OPINIÓN DE APULEYO

LOS ARHATES

DIOSES MANIFESTADOS

REENCARNACIÓN

LOS HECHICEROS

LA OBSESIÓN

LA CLASE DE LA "KABALA"

ESPECTROS FINGIDOS

BRUJERÍAS DE SALEM

VULNERABILIDAD ASTRAL

SUSPENSIÓN DE LA VIDA

LA MEDIUMNIDAD

FENÓMENOS DE CEVENNES

TEOMANÍA E HISTERISMO

FENÓMENOS INSÓLITOS

RETO ORIGINAL

 

 

 

 

CAPÍTULO III

HOUDIN EN ARGELIA

FASCINACIÓN DE SERPIENTES

SERPIENTES DANZANTES

FENÓMENOS TERATOLÓGICOS

IMAGINACIÓN MATERNAL

CONDICIONES PRENATALES

INFLUENCIA MATERNA

HIPÓTESIS DE ARMOR

EXPLICACIÓN LÓGICA

IMAGINACIÓN Y FANTASÍA

CASOS CURIOSOS

EL PRINCIPIO VITAL

LÍMITES DE LA NATURALEZA

OPINIÓN DE CORSON

DESPOTISMO CIENTÍFICO

LAS CIENCIAS ANTIGUAS Y MODERNAS

EL VOTO SODALIANO

RAREZAS ZOOLÓGICAS

INVENTOS ANTIGUOS

AGUAS DE SANGRE

REGLA DE CRITERIO

 

 

 

CAPÍTULO IV

LA AURORA BOREAL

BASES FISIOLÓGICAS DE LA VIDA

LA EXPERIENCIA HUMANA

EL FUEGO TRINO

INSTINTO Y RAZÓN

EL ALMA DE LOS ANIMALES

COETERNIDAD DE LA MATERIA

CONCEPTO DEL NIRVANA

ADÁN Y EVA

INTUICIÓN Y ORACIÓN

ECLIPSE DE LA VERDAD

REENCARNACIÓN DE BUDA

PINTURAS DE DENDERA

EL FILÓSOFO AMONIO

LA PRUEBA DEL FUEGO

DRAGONES LEGENDARIOS

.........................Observa Warton muy acertadamente que los dragones de las leyendas y fábulas son de puro origen oriental, pues encontramos este elemento simbólico en todas las tradiciones de la época primieval. Pero en documento alguno aparece tan definido el dragón como en los textos budistas que nos hablan de las nâgas o sierpes regias que habitan en cavernas subterráneas, entre cuyas misteriosas tinieblas flota el espíritu adivinatorio. Pero tampoco los budistas creen en el diablo según el concepto cristiano que lo considera como entidad distinta y enemiga eterna de Dios, sino que, análogamente a los induistas, admiten la existencia de entidades inferiores que vivieron en la tierra o en otros planetas, pero que todavía no han transpuesto el reino humano.

En cuanto a los nâgas creen que han sido en la tierra brujos de índole ruin que comunican a los hombres perversos el poder de secar los frutos con su mirada y aun el de herir de muerte a cuantos ceden a su influencia.

Por esto se dice que un cingalés tiene la nâga en el cuerpo cuando con la mirada es capaz de secar un árbol y matar a una persona.

Vemos, en consecuencia, que los espíritus malignos no son para los budistas lo que el demonio para los cristianos, sino más bien la encarnación de diversos vicios, crímenes y pasiones humanas.

Los devas azules, verdes, amarillos y escarlatas que, según las creencias budistas moran en el monte Jugandere, son genios tutelares de tan benéfica índole algunos como las divinidades llamadas natas, en cuyo número también se entremezclan gigantes y genios maléficos que moran igualmente en dicho monte.

Según las enseñanzas budistas, los espíritus malignos eran seres humanos cuando la naturaleza produjo el sol, la luna y las estrellas, pero que al pecar perdieron su estado de felicidad. Si persisten en el pecado, se agrava su castigo, y de este linaje son los condenados; pero aquellos demonios que meren para nacer o encarnar en cuerpo humano y no vuelven a pecar, alcanzan la felicidad celeste.

Según observa Uphan esta creencia demuestra que, para los budistas, todos los seres así humanos como divinos están sujetos a la ley de trasmigración, en correspondencia con los actos morales de cada cual, de donde deriva un código de ética muy digno de llamar la atención del filósofo.

EL VAMPIRISMO

Creen los indos en la existencia de entidades llamadas vampiros, y la misma creencia está generalizada entre los servios y los húngaros. El famoso espiritista e hipnotizador francés Pierart expuso hace cosa de doce años en forma doctrinal esta opinión popular, diciendo que "no es tan inexplicable como parece el hecho de que un espectro se alimente de sangre humano como los vampiros, pues según saben los espiritistas, la bicorporeidad o desdoblamiento de la personalidad es prueba evidente de lo mucho que pueden hacer los espectros astrales en circunstancias favorables.

Pero Pierart funda su teoría en la de los cabalistas, quienes llamaban shadim a las entidades de ínfimo orden espiritual. Dice Maimónides que las gentes de su país se veían forzadas a mantener íntimas relaciones con los difuntos en la fiesta de sangre que al efecto celebraban, cavando un hoyo donde vertían sangre fresca para colocar encima una mesa por cuyo medio respondían los espíritus a todas las preguntas.

Pierart se indigna contra la supersticiosa costumbre que tenía el clero de atravesar con un puntiagudo palitroque el corazón de todo cadáver sospechoso de vampirismo, pues mientras el cuerpo astral no se haya desprendido por completo del físico, hay probabilidad de que vuelvan a unirse en virtud de la atracción magnética entre ambos.

Algunas veces el cuerpo astral está todavía a medio salir del físico que ofrece apariencias cadavéricas, y en este caso vuelve el astral bruscamente a su envoltura de carne, determinando la asfixia del aparente difunto; ó si este estuvo en vida muy apegado a la materia, se convertirá en vampiro que desde entonces vivirá bicorporalmente, alimentándose de sangre que en cuerpo astral absorba de las personas vivientes, pues mientras no se rompa el lazo que lo mantiene al cuerpo físico, podrá vagar de un lado a otro en acecho de su presa. Añade Pierart que, según todos los indicios, esta entidad, por un misterioso e invisible nexo, que tal vez se descubra algún día, transmite el producto de la absorción al sepulto cadáver, con lo que perpetúa el estado cataléptico. Brierre de Boismont cita algunos ejemplos, indudablemente auténticos, de vampirismo, aunque los califica, sin fundamento, de alucinaciones. A propósito de este asunto dice un periódico francés:

Según recientes investigaciones, se sabe que, el año 1871, por instigación del clero fueron sometidos dos cadáveres al nefando tratamiento de la superstición popular......; ¡oh ciega preocupación!

Pero a esto replica Pierart con valiente lógica:

¿Ciega decís? Tanto como queráis. Pero ¿de dónde derivan estas preocupaciones? ¿Por qué se han perpetuado en tantísimos países a través del tiempo? Después de la infinidad de casos de vampirismo tan a menudo observados, ¿cabe suponer que no tuvieron fundamento? De la nada no sale nada. Las creencias y costumbres dimanan de una causa originaria. Si nunca hubiese ocurrido que los espectros chuparan sangre humana hasta matar a la víctima por extenuación, nadie hubiera desenterrado cadáveres ni fuera posible encontrar, como se encontraron varias veces, cadáveres todavía con las carnes blandas, los ojos abiertos, la tez sonrosada, la boca y narices llenas de sangre que también manaba de las heridas que , por asesinato o ajusticiamiento, les produjeron la muerte.

El obispo Huet dice por su parte:

No quiero examinar si los casos de vampirismo de que tanto se habla son auténticos o resultado de alguna superstición popular; pero como quiera que los atestiguan autores competentes y fidedignos, aparte de numerosos testigos oculares, no es prudente dirimir esta cuestión sin antes estudiar detenidamente sus términos.

CASOS DE VAMPIRISMO

También Des Mousseaux trata de este particular, y después de tomarse la molestia de recoger materiales con que forjar su teoría demonológica, cita varios casos notables de vampirismo para atribuirlos en conclusión a las mañas del diablo infundido en los cadáveres de los cementerios para chupar la sangre de personas vivas.

Sin embargo, nos parece que podemos explicar este fenómeno sin necesidad de que intervenga tan siniestro personaje, pues bastan para substituirlo la multitud de concupiscentes pecadores de todo linaje, cuya malicia iguala, si no supera, a la achacada al diablo en los mejores días de su quimérica dominación. Lógico es creer en las apariciones espectrales de entidades psíquicas, pero no en la personificación del diablo, a quien nadie vió nunca.

De todos modos, la universalidad de la creencia en el vampirismo nos ofrece, particularidades dignas de tenerse en cuenta. Los naturales de los países balkánicos y también los griegos dudarían antes de la existencia de los turcos, sus tradicionales enemigos, que de la de los vampiros a quienes llaman brucolâk o vurdalak y son huéspedes demasiado frecuentes del hogar eslavo.

Autores prestigiosos por su integridad y talento confiesan que el vampirismo no es conseja ni superstición, sino hecho cierto cuya más valiosa prueba está en el testimonio unánime de pueblos sin enlace étnico que, no obstante, coinciden en la descripción de este fenómeno tanto como discrepan en los pormenores de otras creencias igualmente tachadas de supersticiosas.

El escéptico benedictino Dom Calmet, que floreció en el siglo XVIII, dice a este propósito:

Dos medios hay de extirpar la creencia en esos presuntos fantasmas...O bien explicar los fenómenos del vampirismo por medio de causas puramente físicas, o bien, y esto fuera lo más prudente, negar en absoluto semejantes relatos.

El primer medio, o sea la explicación del fenómeno por causas físicas, aunque desconocidas, lo empleó la escuela hipnótica de Pierart y no debieran acogerlo hostilmente los espiritistas. El segundo medio es el seguido por los científicos escépticos, que riegan rotundamente el hecho, con aplauso de Des Mousseaux, para quien no hay medio más expedito que la negativa ni que requiera menos saber.

Según refiere Dom Calmet, un pastor de Kodom (Baviera) se apareció varias veces a algunos vecinos del lugar en que había muerto; y ya fuese a consecuencia del susto recibido, ya por otra causa cualquiera, lo cierto es que todos cuantos vieron el espectro fallecieron a los pocos días.

Escamados por ello los lugareños desenterraron el cadáver y lo clavaron en el suelo con una estaca que le atravesaba el corazón; pero aquella misma noche volvió a aparecer el espectro, de cuya visión cayeron en congoja no pocos lugareños y se aterrorizaron todos. En vista de ello, el gobernador del distrito mandó que por mano del verdugo fuese quemado el cadáver, y en el acto de la quema echaron de ver cuantos se atrevieron a presenciarla que pateaba entre lágrimas y aullidos, como si estuviera vivo, y al clavarle con otras estacas sobre la hoguera, manó abundante sangre de las heridas. Desde entonces no volvió a verse el espectro.

Siempre que por mandamiento judicial se desenterraron los cadáveres de personas cuyos espectros venían las gentes, se observó que el cuerpo sospechoso de vampirismo estaba más bien como dormido que como muerto, y que todos los objetos de uso personal del difunto se movían por la casa sin que nadie los tocara. No obstante, en todos los casos se procedió con el más riguroso formulismo legal, y únicamente después de oír a los testigos, cuando los cadáveres presentaban señales inequívocas de vampirismo, los quemaba el verdugo.

Respecto a la naturaleza del fenómeno dice Dom Calmet que la principal dificultad está en saber cómo los vampiros pueden salir del sepulcro y volver a él sin dejar señales de remoción en el enterramiento, aparte de que se aparecen con los mismos vestidos que llevaban en vida y se mueven y aun comen cual si estuvieran vivos. Añade el benedictino que si todo esto fuera ilusión de quienes aseguran haber visto los espectros, no se encontrarían los cadáveres enteros, bien conservados y rebosando sangre, ni, lo que es más concluyente, tendrían los pies manchados de barro después de su aparición, sin que nada de esto se note en los demás cadáveres del mismo cementerio.

Por otra parte , continúa Calmet, es muy significativo que una vez quemado el cadáver no vuelva a verse el espectro, y que estos casos ocurran con tanta frecuencia en este país que no se a posible desarraigar la superstición, sino, por el contrario, afirmarla más y más en las gentes.

 

MUERTE APARENTE

La muerte aparente es un fenómeno de naturaleza desconocida que, por esta circunstancia, niegan de consuno fisiólogos y psicólogos. Consiste en que a veces está ya muerto el cuerpo físico sin que el astral se haya separado de él; pero si por lo malvado perdió el difunto su individualidad, irá el astral separándose poco a poco hasta desligarse por completo del organismo en descomposición. Así resulta que la verdadera muerte, o sea el definitivo abandono del cuerpo físico, no ocurre precisamente cuando la declaran los médicos que no creen o no comprender la verdadera naturaleza del espíritu.

Pierart opina que es muy arriesgado enterrar apresuradamente a los difuntos, aun cuando el cuerpo presente indicios de descomposición, y dice a este propósito que "cuando se entierra a un cataléptico en lugar fresco y seco, donde el aparente cadáver no sufra influencias morbosas, el cuerpo astral, envuelto en el doble etéreo, sale del sepulcro con objeto de alimentar al físico a expensas de las personas vivas. La asimilación se efectúa por un medio transmisor que algún día descubrirán las ciencias psicológicas".

Hay numerosos testimonios judiciales de la aparición de estos espectros vampíricos que chupaban la sangre de sus víctimas hasta matarlas por consunción. En consecuencia, no hay más remedio que o negar de plano estos fenómenos, según piadosamente aconseja Calmet, o admitir la única explicación que satisfactoriamente les cabe.

Dice Glanvil que "hombres tan eminentes como Enrique More aseveran que las almas de los difuntos actúan en vehículos etéreos, según opinaron los filósofos de la antigüedad" . Sobre este mismo particular observa el filósofo alemán Görres que "Dios no formó al hombre con cuerpo muerto, sino con un organismo animado, lleno de vida y dispuesto a recibir el divino soplo por cuya virtud salió de las creadoras manos como doble obra maestra. El misterioso soplo penetró en la misma entraña de la vida orgánica del primer hombre (de la primera raza) y desde aquel instante quedaron unidos el alma animal procedente de la evolución terrena y el espíritu emanado del cielo"

Des Mousseaux repudia esta doctrina por opuesta a la católica; pero esto no es obstáculo para que esclarezca con la luz de la lógica muchos enigmas psicológicos. El sol de la filosofía brilla para todos, y si a los católicos, que forman escasamente la séptima parte de la población total del globo, no les satisface dicha teoría, tal vez satisfaga a los millones de gentes que profesan otras religiones.

Volúmenes enteros podríamos llenar con la descripción de los fenómenos que ocurren entre los adeptos de todos los países; pero baste considerar los que guardan relación con los modernos fenómenos oficialmente atestiguados.

ENTIDADES ESPIRITUALES

Horst trató de dar idea de algunas entidades espirituales de la religión persa; pero no logró su intento por lo muy embrollado de la nomenclatura, en que figuran las numerosas clases de devas, los darvandas, sadimos, dijinos, duendes, elfos, etc., aparte de los serafines, querubines, iredas, amashpendas, sefirotes, malaquimens y elohimes de la religión judía, con los millones de entidades astrales y elementarias, espíritus intermedios y seres quiméricos de toda clase y coloración.

Sin embargo , la mayoría de estas entidades nada tienen que ver con los fenómenos deliberada y conscientemente producidos por los magos orientales que protestan contra la imputación de hechiceros, pues estos reciben ayuda de entidades elementales, y elementarias sobre las que el adepto tiene limitado poder, aunque raras veces hace uso de él, ya que en los fenómenos psíquicos le sirven los espíritus de la naturaleza, no como inteligencias, sino como fuerzas sumisas y obedientes.

INCUBOS Y SÚCUBOS

OPINIÓN DE ENNEMOSER

 

 

 

 

 

CAPÍTULO V

SIMBOLISMO ANTIGUO

 

Todo cuando nos vanagloriamos de hacer es descubrir

los secretos del organismo humano, saber por qué las partes

se osifican y la sangre se cuaja y aplicar continuos remedios

contra los efectos del tiempo. Esto no es magia, sino el arte de

curar debidamente comprendido.-BULWER LYTTON.

Contempla, ¡oh guerrero! La roja cruz señala la tumba del

poderoso muerto. Dentro arde maravillosa luz que ahuyenta a

los espíritus de tinieblas. Esta lámpara arderá sin consumirse

hasta que se haya cumplido la eterna sentencia... No hay llama

terrena que tan brillante arda.-WALTER SCOTT.

          

 

Hay gentes incapaces de apreciar la grandeza mental de los antiguos, aun en lo referente a las ciencias físicas, por más que se les demuestre con toda evidencia su profundo saber y admirables descubrimientos. A pesar de que la experiencia de insospechados inventos les debiera haber hecho más cautos, persisten en negar y, lo que todavía es peor, en ridiculizar cuanto no pueden probar. Así, por ejemplo, se burlarán de la eficacia de los talismanes y no sólo les parecerá incomprensible que los siete Espíritus del apocalipsis simbolicen las siete ocultas potestades de la naturaleza, sino que se reirán convulsivamente si algún mago promete obrar prodigios mediante ciertos ritos cabalísticos. No conciben que nadie dotado de buen juicio atribuya secretas virtudes a una figura geométrica trazada en un papel o grabada en un pedazo de metal u otra materia. Pero quienes se tomaron el trabajo de informarse de estos particulares saben que los antiguos llevaron a cabo notables descubrimientos en ciencias psíquicas y físicas, dejando poco por descubrir en sus investigaciones.

SIMBOLISMO  ANTIGUO

            Por nuestra parte, cuando vemos que el pentáculo sintetiza una profunda verdad de la naturaleza, nos parece tan apropiada representación como en su caso las figuras de Euclides o las notaciones químicas. El profano tendrá por abnsurdo que la fórmula Na 2 CO, simbolice el carbonato sódico y la C2 H6 O el alcohol. Los alquimistas simbolizaban el Azoth o principio creador de la naturaleza (luz astral en la figura

que abarca tres conceptos: 1.º, la hipótesis divina; 2.º, la síntesis filosófica; 3.º, la síntesis física; lo que tanto vale: una creencia, una idea y una fuerza. Pero si este símbolo les parece estrambótico a los científicos, en cambio tienen por muy natural que la química moderna exprese, por ejemplo, la reacción del ácido fosforoso con el nitrato argéntico, en la fórmula siguiente:

           PhO3H2 + 2NO3Ag + H2O = PhO4H3 + 2NO3H + Ag2.

            Si al profano se le puede dispensar que se quede con la boca abierta ante este abracadabra químico, bien valdría que los científicos reprimiesen la risa hasta conocer el significado filosófico del simbolismo antiguo. aL menos habrían de evitar la ridiculez en que incurrió De Mirville al confundir el Azoth de ls herméticos con el ázoe de los químicos, diciendo muy formalmente que aquéllos adoraban al gas nitrógeno (1) .

            Si ponemos un trozo de acero en contacto con un imán natural quedará imanado de modo que sin alteración de peso ni mudanza de aspecto comunique la imanación a otro pedazo de acero, porque en su masa habrá penetrado una de las más sutiles fuerzas de la naturaleza. De la propia suerte un talismán, que intrínsecamente es tan sólo un trozo de metal, un pedazo de papel o un fragmento de cualquier otra materia, recibe la influencia del imán superior a todos los imanes, de la voluntad humana, con energía para el bien o para el mal de tan reales efectos como la propiedad adquirida por el acero en su contactocon el imán natural. Dejad que el sabueso olfatee una prenda de ropa perteneciente a un fugado y seguirá su rastro a través de las quebraduras del terreno hasta descubrirle en el paraje donde se oculte. Dad al psicómetra un manuscrito por antiguo que sea y os describirá el carácter del autor y aun tal vez sus rasgos fisonómicos. Entregad al clarividente un rizo de pelo o cualquier objeto de la persona de quien se deseen informes, y podrá por virtud de la simpatía establecida seguir las huellas del ausente durante toda su vida.

            Saben los ganaderos que las reses jóvenes no deben juntarse con las viejas y los médicos expertos prohiben a los padres dormir con sus hijos. Cuando David era de edad provecta y se hallaba extenuado y débil, cobró nuevas fuerzas por el vigor de la doncella Abigail que compartía su lecho. La difunta emperatriz de Rusia, hermana de Guillermo I de Alemania, quedó tan débil en los últimos años de su vida que los médicos le aconsejaron formalmente que durmiese con una sana y robusta campesina. Según el doctor Kerner, la señora Hauffe, la vidente de Prevost, aseguraba que vivía gracias a las emanaciones magnéticas de las personas que la rodeaban. Esta vidente era sin duda un vampiro magnético que absorbía la vitalidad de cuantos eran lo suficientemente robustos para cedérsela en forma de sangre volatilizada. Kerner afirma que la sola presencia de la vidente de Prevost, avivaba las emanaciones magnéticas de los circunstantes, quienes se resentían de la pérdida de fuerzas.

            Estos ejemplos de la transmisión fluídica de una a otra persona o a los objetos tocados por ellas, facilitan la comprensión de que concentrando la voluntad en un objeto adquiera éste potencia benéfica o maligna, según el propósito del concentrador.

 

 

 

 

FOTOGRAFÍAS  AKÂSICAS

            Las emanaciones magnéticas, inconscientemente producidas, quedan dominadas por otra de mayor intensidad y opuesto sentido; pero cuando la voluntad dirige conscientemente la fuerza magnética y la aplica a determinado punto, prevalece contra otra más intensa. El mismo efecto produce la humana voluntad en el akâsa, con resultados físicamente objetivos (2) que se dilatan hasta la curación de las enfermedades por medio de objetos magnetizados puestos en contacto con el enfermo. Sin embargo, en nuestra época parece como si la erudición fuese compañera de mezquinas filosofías, y así vemos que psicólogos de la talla de Maudsley (3) al relatar las maravillosas curas realizadas por el padre de Swedenborg (análogas a las mil que llevaron a cabo saludadores a quienes Maudsley llama fanáticos), se burla de la firmeza de su fe, sin detenerse a examinar si precisamente en la influencia de esta fe en las fuerzas ocultas estaba el secreto de su virtud saludadora.

            Ciertamente no acertamos a ver que el moderno químico se diferencie en punto a facultades mágicas del teurgo antiguo sino en que, por conocer el dualismo de la naturaleza, disponía el segundo de un campo de observación doblemente vasto que el del primero. Los antiguos animaban las estatuas y los herméticos hacían visibles, en determinadas condiciones, los espíritus elementales en sus cuatro formas de gnomos, ondinas, sílfides y salamandras. De la combinación del oxígeno con el hidrógeno obtiene el químico agua cuyas diáfanas gotas sirven de ambiente a la vida orgánica y en cuyos intersticios moleculares se diluyen el calor, la electricidad y la luz lo mismo que en el cuerpo humano. Pero ¿de dónde dimana la vida atómica de la gota de agua?, ¿se han aniquilado las peculiares propiedades del oxígeno y del hidrógeno al transmutar su forma en la del agua? A esto responde la química moderna diciendo que ignora si los gases componentes del agua conservan o no su misma substancia en el compuesto, y por lo tanto, bien podrían los científicos escépticos aplicarse lo que dice Maudsley de “permanecer tranquilamente resignados en la ignorancia hasta que brote la luz” (4).

 

 

 

 

 

LOS  HOMÚNCULOS

            Los modernos investigadores tienen por patraña la aseveración de que Paracelso formó homúnculos mediante ciertas combinaciones desconocidas aún de las ciencias experimentales; pero aun suponiendo que Paracelso no los formara, se sabe que mil años atrás hubo adeptos versados en este linaje de magia que los formaron por análogos procedimientos a los que hoy emplean los químicos para producir animálculos.

            Hece pocos años, el inglés Crosse llegó a obtener algunos acarias (5) y otro experimentador afirmaba la posibilidad de fecundar los huevos inertes por medio de una corriente de electricidad negativa que pase a su través.

            A pesar de las contrarias opiniones, el fruto del amor que, según la Biblia, halló Rubén en el campo y excitó la imaginación de Raquel era la mandrágora cabalística (6), que ofrece el aspecto de feto humano con cabeza, brazos y piernas, figuradas éstas por las raíces. Cree el vulgo que al arrancarla del suelo exhala un grito y esta superstición no carece de fundamento, pues en efecto, la substancia resinosa que cubre sus raíces produce al resquebrajarse por el arranque un sonido semejante al del grito humano (7). La mandrágora es la planta terrestre que parece formar el anillo de tránsito entre los reinos vegetal y animal, análogamente a lo que en la vida acuática sucede con los pólipos y zoófitos que confusamente participan de los caracteres del vegetal y del animal. A pesar de todo, tal vez haya quien no crea en la producción de homúnculos; pero ningún naturalista enterado de los progresos de las ciencias lo tendrá por imposible, pues, como dice Bain, nadie es capaz de limitar las posibilidades de la existencia.

            Quedan todavía por escrutar muchos misterios de la naturaleza, y aun de aquellos que se presumen descubiertos, ni uno solo está perfectamente comprendido, pues no hay planta ni mineral cuyas propiedades todas conozcan los naturalistas. ¿Saben por ventura algo de la íntima naturaleza de los minerales y vegetales? ¿Están seguros de que además de sus descubiertas propiedades no haya otras ocultas en la constitución íntima de la planta o de la piedra, que únicamente se manifiesten en relación con otra planta o piedra de la manera que se llama “sobrenatural”? sin embargo, los modernos escépticos desdeñan por absurdas las aseveraciones en que Plinio, Eliano y Diodoro de Sicilia, deslindando la verdad científica de la ficción supersticiosa, atribuyen a determinados vegetales y minerales virtudes desconocidas de los botánicos y mineralogistas contemporáneos.

            Desde remotísimos tiempos se aplicaron los sabios a descubrir la naturaleza de la fuerza vital; pero a nuestro entender, tan sólo la doctrina secreta puede darnos la clave de este misterio. Las ciencias experimentales sólo ven cinco fuerzas en la naturaleza: una relativa a la masa y cuatro a la constitución molecular. En cambio los cabalistas reconocen siete fuerzas y en las dos adicionales subyace el secreto de la vida. Una de estas otras dos fuerzas es el espíritu inmortal invisiblemente reflejado en toda partícula de materia, así orgánica como inorgánica. En cuanto a la séptima fuerza, sólo cabe decirle al lector que procure descubrirla.

            Sobre el particular dice Le Conte:

            ¿Cuál es la diferencia esencial entre un organismo vivo y un organismo muerto? En el orden físico-químico no echamos de ver ninguna, pues todas las fuerzas físicas y químicas entresacadas del común depósito para accionar el organismo vivo, subsisten en el muerto hasta la desintegración. Y sin embargo, la diferencia entre ambos es incalculable. ¿Qué fórmulatiene la ciencia experimental para expresar esta inmensa diferencia? ¿Qué se marchó del organismo y adónde fue? Algo hay aquí no averiguado todavía por la ciencia; y precisamente esto que del organismo vivo se escapa en el momento de la muerte es en su más elevada significación la fuerza vital (8).

            Por imposible que le parezca a la ciencia explicar la naturaleza de la vida orgánica ni aun exponer una hipótesis razonable sobre ella, no hay tal imposibilidad para los adeptos y clarividentes, ni siquiera para quien, sin haber llegado a las alturas desde donde se contempla el universo visible reflejado como en límpido espejo en el invisible, tiene no obstante la divina fe arraigada en su íntimo sentido que le da el infalible convencimiento que no es capaz de darle la razón fría; porque entre las contradicciones de los falaces dogmas inventados por el hombre y la mutua repulsión de los sofismas teológicos con que cada credo rebate los argumentos del contrario, surge prevaleciente y triunfante la única verdad común a todas las religiones: Dios y el espíritu inmortal.

            Por otra parte, también los irracionales alcanzan a percibir algo de lo que en la especie humana está reservado a los clarividentes. A este propósito hemos realizado numerosos experimentos con gatos, perros, monos y cierta vez con un tigre domesticado, cuyas circunstancias no será ocioso referir. Un caballero indo, que residía por entonces en Dindigul y hoy en apartado lugar de las montañas del Ghaut occidental, hipnotizó intensamente un espejo mágico de figura redonda y luna relucientemente negra, y lo puso frente a la vista de un tigre que desde muy cachorro tenía domesticado y era tan sumiso y manso como un perro, hasta el punto de que los chiquillos le importunaban tirándole de las orejas sin más consecuencia que un quejumbroso gruñido. Pero al ponerle el espejo delante clavaba la vista en él como fascinado magnéticamente y daba frenéticos aullidos mientras en sus ojos se reflejaba el mismo terror que pudiera mover a un hombre, hasta dejarse caer por fin en el suelo presa de convulsivo terror, como si viese algo invisible para el ojo humano. Al apartar el espejo quedaba el tigre jadeante y caía en un estado de postración del que se recobraba pasadas dos horas. ¿Qué veía el tigre? ¿Qué fantástica visión del invisible mundo animal aterrorizaba a un bruto de índole naturalmente tan fiera? Quizás sólo pueda responder quien operó el fenómeno.

 

 

 

 

SESIÓN  DE  MAGIA

            Los mismos efectos se observaron en una sesión espiritista a la que asistían varios mendicantes indos y un hechicero sirio semipagano, semicristiano, de Kunankulam. Éramos en suma nueve circunstantes, siete hombres y dos mujeres, indígena una de ellas. En el aposento estaba también el tigre del caso anterior, muy entretenido en roer un hueso, y además había un mono leonino de negro pelaje, perilla y patillas blancas y ojos chispeantes de penetrante mirada, en que se reflejaba la malicia cuya personificación poseía el ladino cuadrumano. Cerca de él se restregaba tranquilamente una oropéndola su dorada cola en una pértiga dispuesta junto al ventanal de la galería. La luz del día (9) penetraba a raudales por las aberturas de la estancia, y de las selvas y bosques vecinos llegaba hasta nosotros el rumoroso eco de miríadas de insectos, aves y cuadrúpedos. Mas para no sofocarnos en el cerrado ambiente de la sala de sesiones, nos acomodamos en el jardín entre los racimos de la erythrina (árbol del coral), como el fuego rojos, y las flores de begonia, como la nieve blancas. Estábamos rodeados de luz, color y perfumes. Para adornar las paredes, cortamos diversidad de ramos de flores y hojas de plantas sagradas, como la suave albahaca, la flor de Vishnú (10) y las ramas de la higuera santa (Ficus religiosa), con cuyas hojas se entrelazaban las del loto sagrado y de la tuberosa indostánica.

            Comenzada la sesión, uno de los mendicantes, muy sucio de ropas, pero verdaderamente santo, se puso en contemplación y operó algunos prodigios por su propia voluntad, sin que ni el mono ni la oropéndola mostrasen inquietud alguna, pues tan sólo el tigre temblaba de cuando en cuando y dirigía la vista de uno a otro lado, como si con los fosforescentes ojos siguiera los movimientos de algún ser invisible que se le apareciera objetivamente. El mono perdió su primitiva vivacidad y quedóse acurrucado e inmóvil, mientras la oropéndola se mostraba del todo indiferente. Oíase en la estancia como suave batir de alas y las flores cruzaban el espacio cual si manos invisibles las moviesen. Una de ellas, de azulada corola, cayó encima del mono, que asustado fue a refugiarse bajo la blanca túnica de su amo. Una hora duraron estas manifestaciones, hasta que habiéndose quejado alguien del calor, nos obsequiaron las entidades con una copiosa llovizna deliciosamente perfumada que nos refrigeró sin mojarnos.

FENÓMENOS  MÁGICOS

            Terminadas por el fakir las operaciones de magia blanca, el hechicero sirio se dispuso a manifestar su poder en aquel linaje de maravillas que los viajeros han divulgado por Occidente. Nos dijo que iba a demostrar la clarividencia de los animales con suficiente acierto para distinguir los buenos de los malos espíritus. Antes de comenzar sus operaciones quemó el hechicero un montón de ramaje resinoso, cuyos humos se levantaron en nube, y poco después observamos todos manifiestas señales de indescriptible terror en el tigre, el mono y la oropéndola. Pusimos nosotros el reparo de que bien podían haberse asustado los animales a la vista de los tizones, por la costumbre tan frecuente en aquel país de encender hogueras para ahuyentar a las alimañas; pero el hichicero se adelantó entonces hacia el amedrentado tigre con una rama de bael (11) en la mano y se la pasó varias veces por la cabeza, mientras musitaba las fórmulas de encantamiento. El tigre dio al punto señales de profundo terror, pues los ojos se le salían de las órbitas como encendidos carbones, echaba espumarajos por la boca, aullaba horriblemente y empezó a dar brincos como si buscase un agujero donde meterse, con la curiosa particularidad de que desde los bosques y selvas vecinos respondían infinidad de ecos a su aullido. Por fin miró más fijamente al punto en que tenía clavados los ojos y, rompiendo de un salto la cadena que lo sujetaba, se lanzó al campo a través de la ventana de la galería, arrastrando tras sí un pedazo de bastidor. El mono se había escapado ya mucho antes y la oropéndola cayó inerte de la pértiga.

            No les preguntamos ni al fakir ni al hechicero el secreto de sus operaciones, porque de fijo nos hubieran respondido poco más o menos como respondió cierto fakir a un viajero francés, según relata éste como sigue en un periódico neoyorquino. Dice así:

            Muchos prestidigitadores indos que viven retirados en el silencio de las pagodas dejan tamañitos los juegos de Houdin, pues los hay que efectúan curiosos fenómenos de magnetismo en el primer hombre o animal con quien topan. Esto me ha movido a preguntar si la oculta ciencia de los brahmanes habrá resuelto muchos de los problemas que agitan a la Europa contemporánea.

            En cierta ocasión estaba yo tomando café con otros invitados en casa de Maxwell, cuando éste ordenó a su criado que introdujera en el salón al hechicero. Era un indo flaco, de rostro macilento y tez broncínea que iba casi desnudo y llevaba enroscadas por todo el cuerpo hasta una docena de serpientes de diversos tamaños, todas ellas de la ponzoñosa especie del cobra indostánico. Al entrar nos saludó diciendo: “Dios sea con vosotros. Soy Chibh-Chondor, hijo de Chibh-Gontnalh-Mava”.

            Nuestro anfitrión exclamó entonces:

            -Queremos ver qué sabéis hacer.

            -Obedezco las órdenes de Siva que me envió aquí –respondió el hechicero sentándose a estilo oriental sobre el pavimento. Al punto irguieron las serpientes la cabeza y silbaron sin señal alguna de irritación. Después tomó el hechiero una especie de caramillo que llevaba pendiente del cabello e imitó con su tañido el canto del tailapaca (12), a cuyo son desenroscáronse las serpientes y una tras otra se deslizaron por el pavimento con un tercio del cuerpo erguido, de modo que se balanceaban al compás de la tocata de su amo. De pronto dejó el caramillo e hizo varios pases sobre las serpientes, cuya mirada cobró tan extraña expresión que todos los circunstantes nos sentimos molestos hasta el punto de apartar de ellas la vista. El chokra (13), que en aquel momento llevaba un braserillo con lumbre para encender los cigarros, cayó al suelo sin fuerzas, quedándose dormido, y lo mismo nos hubiera pasado a todos si el encanto hubiese proseguido algunos minutos más. Pero el hechicero hizo entonces unos cuantos pases sobre el muchacho y en cuanto le dijo: “la lumbre a tu amo”, levantóse rápidamente para, sin la menor vacilación, cumplir lo que se le había ordenado, a pesar de que continuaba dormido, según comprobaron los pellizcos, golpes y estirones que al efecto le dieron los circunstntes. Una vez servida la lumbre, no fue posible apartarle del lado de su amo hasta que se lo mandó el hechicero.

            Entonces echamos de ver que, paralizadas por los efluvios magnéticos, yacían las serpientes en el suelo, rígidas como bastones, en completa catalepsia hasta que, despertadas por el hechicero, se le volvieron a enroscar por el cuerpo.

            Le preguntamos si sería capaz de influir en nosotros, y por toda respuesta nos hizo pases en las piernas, que se nos quedaron paralizadas hasta que con la misma facilidad las repuso en su normal estado de movimiento.

            Chibh-Chondor terminó la sesión apagando las luces con sólo dirigir hacia ellas las manos desde su asiento, moviendo los muebles incluso los divanes en que nos sentábamos, abriendo y cerrando puertas y por último deteniendo y volviendo a soltar la cuerda de un pozo del que en aquel instante sacaba agua el jardinero.

            Por mi parte, le pregunté al magnetizador si empleaba el mismo procedimiento respecto de los objetos inanimados que de los seres animados, a lo cual me respondió diciendo que su único procedimiento era la voluntad, pues con ella puede el hombre dominar las fuerzas físicas y mentales, ya que es culminación y resumen de todas ellas. Añadió que ni los mismos brahmanes acertarían a responder más concretamente sobre el particular (14).

            A mayor abundamiento refiere el coronel Yule (15) que, según testimonio de Sanang Setzen, los encantadores indos son capaces de operar con su dharani (encanto místico) maravillas tales como clavar estacas en la dura peña; resucitar muertos; transmutar en oro los más bajos metales; filtrarse a través de puertas y paredes; volar por los aires; tocar con la mano a las bestias feroces; adivinar el pensamiento; remontar el curso de las aguas; sentarse en el aire a pierna cruzada; tragarse ladrillos enteros y otros prodigios no menos inexplicables.

            Análogos portentos atribuyen los escritores de la época a Simón el Mago, de quien dicen que animaba estatuas; se metía en el fuego sin quemarse; volaba como un pájaro; convertía las piedras en pan; mudaba de forma; presentaba dos caras al mismo tiempo; movía los objetos sin tocarlos; abría de lejos las puertas cerradas, etc. El jesuita Delrío se lamenta de que muy piadosos, pero en demasía crédulos príncipes, hubiesen permitido ejecutar en su presencia diabólicas habilidades, como, por ejemplo, “hacer saltar objetos pesados de uno a otro extremo de la mesa sin valerse para ello de imán alguno ni otro medio de contacto” (16).

 

 

 

FENÓMENO  DEL  TRÍPODE

            En la ya citada obra (17) refiere Yule por testimonio de un monje llamado Ricold, que “los tártaros honran sobremanera a los baxitas o sacerdotes de los ídolos, que proceden de la India y son varones de pronfundo saber, austera vida y rígida moralidad, muy versados en artes mágicas y hábiles en tramar ilusiones y predecir los sucesos hasta el punto de que, según se asegura, uno de ellos llegó a volar, aunque la verdad del caso es que no volaba sino que andaba con los pies levantados muy cerca del suelo y hacía ademán de sentarse sin apoyo ni asiento alguno donde sostenerse. De esto fue testigo ocular Ibn Batuta en presencia del sultán Mahomed Tughlak, quien a la sazón tenía la corte en Delhi”.

            No hace muchos años operaba públicamente este mismo fenómeno un brahman de Madrás, descendiente acaso de aquellos a quienes Apolonio vio andar a dos codos sobre el suelo. Igual prodigio describe Francisco Valentyn, diciendo que en sus días era cosa corriente en la India. Refiere a este propósito que el operante se sienta primeramente sobre tres pértigas dispuestas en forma de trípode, que se van quitando luego una tras otra de modo que el sujeto se quede sentado en el aire. En cierta ocasión, un amigo mío que presenció este fenómeno y no podía creerlo a pesar de verlo, quiso asegurarse de que no había fraude y, al efecto, tanteó en varias direcciones con un palitroque muy largo todo el espacio comprendido entre el cuerpo y el suelo sin encontrar el más leve obstáculo” (18).

            En la ya referida obra da cuenta Yule de lo que vio en sus viajes y dice a este propósito:

            Todo cuanto hemos relatado no es nada en comparación de lo que llevan a cabo los prestidigitadores de oficio, y ciertamente que podría tomarse por patraña si no lo atestiguaran tan gran número de autores de muy distintas épocas y diferentes lugares. Uno de estos testigos es el viajero árabe Ibn Batuta que asistió en cierta ocasión a una fiesta de la corte del emir de Khansa. Reunidos los invitados en el patio de palacio, llamó el emir a un esclavo del emperador y le mandó que hiciera sus habilidades. Tomó entonces el hombre una bola de madera con muchos agujeros, por los cuales pasaban largas correas, y asiendo una de ellas lanzó la bola al aire con tal fuerza que la perdimos de vista. En manos del prestidigitador quedó tan sólo el extremo de la correa a la que, agarrándose uno de los muchachos ayudantes, desapareció también de nuestra vista. Llamóle entonces el prestidigitador por tres veces, y como nadie respondiese fingió encolerizarse y desapareció asimismo con ademán de encaramarse por la correa en busca del muchacho. A poco rato fueron cayendo al suelo, desde invisible altura, primero una mano, luego un pie, después la otra mano y sucesivamente el otro pie, el tronco y la cabeza del ayudante. Por fin el prestidigitador acalorado y jadeante, con las ropas tintas en sangre, y postrándose ante el emir hasta besar el suelo, díjole en lengua china algo a que el soberano pareció responder con una orden, pues al punto recogió el hechicero los esparcidos miembros, y después de colocarlos en su lugar respectivo dio un puntapié en el suelo, a cuya señal enderezóse el muchacho tan vivo, sano y entero como antes. Fue tal la emoción que despertó en mí este fenómeno, que me sobrecogieron palpitaciones y se me hubo de administrar un cordial. El kaji Afkharuddin, que estaba cerca de mí, exclamó: “¡Vaya! Creo que aquí no ha subido ni bajado nadie por la correa ni tampoco se ha descuartizado ni recompuesto a nadie. Todo esto es juego de manos”.

            No hay duda de que todo aquello fue juego de manos, ilusión o maya como dicen los indos; pero cuando miles de personas son víctimas de semejante ilusión no debe desatender la ciencia el examen de los medios por los cuales se produce. Seguramente que ni Huxley ni Carpenter han de desdeñar por indigno de su atención el arte por cuyas misteriosas reglas desaparece un hombre de nuestra vista en un aposento de cuya cerrada puerta tenéis la llave y a pesar de no verle en parte alguna oís su voz que sale de diversos puntos de la estancia y la risa con que se burla de vuestra sorpresa. Este misterio es, por lo menos, tan digno de investigación como la causa de que los gallos canten a media noche. Yule copia asimismo el relato de Eduardo Melton, viajero holandés que hacia los años 1670 presenció en Batavia fenómenos análogos a los de que Ibn Batuta fue testigo en 1348. Dice así el relato:

 

 

PINÁCULO DE ILUSIÓN

LA VIDA EN LA MUERTE

RESURECCIÓN DE FAKIRES

LA MUERTE REAL

ANIMACIÓN SUSPENSA

LOS HUESOS DE ELISEO

MEDIACIÓN Y MEDIUMNIDAD

DESINTERÉS DE LOS MEDIANEROS

EL MÉDIUM PASIVO

APARICIONES ESPECTRALES

DISTINCIONES FENOMÉNICAS

LOS MADANES DE ORIENTE

LEVITACIONES DEL MÉDIUM Y DEL ADEPTO

OPINIÓN DEL PROFESOR WAGNER

EL MOVIMIENTO CONTÍNUO

ELIXIR DE LARGA VIDA

TIERRA PREADÁMICA

EL SAGRADO TETRAGRAMA

TRANSMUTACIÓN DE LOS METALES

JUICIO SOBRE LOS ANTIGUOS

LOS LIBROS DE EUCLIDES

EL RAYO VIOLADO

 

 

 

 

CAPÍTULO VI

HIDRÁULICA EGIPCIA

ARQUITECTURA EGIPCIA

TRANSLACIÓN DE OBELISCOS

CÓMPUTO ASTRONÓMICO

EL LABERITO DE LOS DOCE SEÑORES

RUINAS DE KARNAK Y DENDERA

CIVILIZACIÓN ANTIGUA

EL PARARRAYOS EN LA ANTIGÜEDAD

CLAVE JEROGLÍFICA

ARTE MILITAR DE LOS EGIPCIOS

LAS ETAPAS DE LA CIENCIA

EL SABEISMO CALDEO

EL LINO EGIPCIO

SIDERURGIA EGIPCIA

VENDAJE DE LAS MOMIAS

LA QUÍMICA DE LOS COLORES

ARTE MUSICAL

NAVEGANTES EGIPCIOS

ALEGORÍAS IDÉNTICAS

COSMOGONÍA QUICHÉ

ABORÍGENES AMERICANOS

FILIZACIÓN DE LOS HEVITAS

LA SERPIENTE DE BRONCE

LAS ORILLAS DEL ATLÁNTICO

RELIGIÓN UNIVERSAL

MONUMENTOS RELIGIOSOS

EL CINOCÉFALO EGIPCIO

ORIGEN DEL NAGKON-WAT

ORIGEN DE LOS JUDIOS

HEBREOS Y FENICIOS

LA CLAVE ARQUITECTÓNICA

EL ENIGMA DE LA ESFINGE

 

 

 

CAPÍTULO VII

EL EDÉN DE LA BIBLIA

RELIQUIAS CEILANESAS

EL GÉNESIS Y LA KÁBALA

LA LITERATURA ÍNDICA

SÍMBOLO DE SIVA

EL MUNDO ORIENTAL

LA ÉPOCA DE MANÚ

LA ISLA TRNASHIMALÁYICA

DEPRAVACIÓN DE LOS ATLANTES

EL TESORO DE LOS INCAS

SUBTERRÁNEOS DEL PERÚ

EL EJERCICIO DE LA MAGIA

LEYENDAS CHINAS

ESPÍRITUS DEL DESIERTO

LA ARENA MUSICAL

LOS TIBURONES DE CEILÁN

SESIÓN DE MAGIA

EL ESPÍRITU DE BEETHOVEN

ESTATUAS ANIMADAS

LOS MILAGROS DE LOURDES

LA PAVOROSA THEOPOEA

SIXTO V Y LOS TALISMANES

PROGRESOS DE LA INDIA ANTIGUA

VELEIDADES DE LOS CIENTÍFICOS

UN CIENTÍFICO DISIDENTE

EL DIVINO PYMANDER

JUICIO DE CAMPOLLIÓN

EL APOTEGMA DE NÂRADA

 

 

 

 

TOMO III

 

 

 

CAPÍTULO I

Cristianos nominales

Falicismo cristiano

Dicterios pontificios

El culto de la Virgen

El infierno cristiano

hipotética situación del infierno

Los biográfos de Satanás

Milagros apócrifos

La Magia clerical

Milagros laicos

La silla de San Pedro

Libros Antiguos

Las galerías de Ishmonia

Las llaves de San Pedro

Virtudes paganas

Astucia clerical

La Tetraktys

La ciencia de las ciencias

Los Sephirotes cabalísticos

El dogma de la Redención

Antigüedad de la Eucaristía

Los sanscritistas

La Trinidad en las religiones

Trinidad mexicana

Dispersión de los neoplatónicos.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO II

Hechiceras clericales

Procesos inquisitoriales

Palabra de Jesús

Las siete abominaciones

Hechicería en la India

Reliquias apócrifas

Santo Domingo y los demonios

Médiums y santos

La Leyenda de Oro

El Papa y los musulmanes

Doctrinas de Pablo

Origen pagano del ritual católico

Influencia de San Agustín

El maestro constructor

Significado de "Petrum"

Ritos paganos y cristianos

Iconografía cristiana

Taumaturgia pagana

El secreto de iniciación

Grados de iniciación

Sinceridad de los fakires

Características de los fakires

Naturaleza de los pitris

El dogma de la Inmaculada

Caída del alma

Sublimidad de la epopteia

Grados de comunicación

Índole de las visiones

Los tanaímes del Talmud

Los símbolos del cristianismo

Opinión de Inman

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO III

LA SUCESIÓN APOSTÓLICA

ADULTERACIÓN DE LOS EVANGELIOS

LA PALABRA NAZACERON

LA FÁBULA DE EURÍDICE

NAZARENOS Y NAZARES

ERRORES BÍBLICOS

MODALIDAD DEL BAUTISMO

EL NAZAREBI REFIRNADIR

LA SECTA NAZARENA

EL NOMBRE DE ZOROASTRO

AFINIDAD DE DOCTRINAS

FRASES PITAGÓRICAS

CABALISMO DEL APOCALIPSIS

LA FIGURA DE JESUS

TRANSMIGRACIONES DEL ALMA

EL HOMBRE DIVINO

EL CREDO DE BASÍLIDES

EL UNIVERSO ILUSORIO

EL NOBLE HERESIARCA MARCIÓN

DUALIDAD DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO

JESÚS NO ALUDÍA A JEHOVAH

JEHOVAH Y BACO

EL EMMANUEL DE ISAIAS

 

 

 

 

 

CAPÍTULO IV

CONTRADICCIONES BÍBLICAS

TEOGONÍA COMPARADA

EL TERCER PRINCIPIO

EQUIVALENCIAS TEOGÓNICAS

LOS PRIMITIVOS CRISTIANOS

VERSÍCULO APÓCRIFO

ANTAGONISMO ENTRE PEDRO Y PAGLO

JESUS Y LOS EBIONITAS

PRIMITIVA COSMOGONIA CRISTIANA

TIPOS DUALISTICOS

TEOGONÍA OFITA

TERTULIANO CONTRA BASÍLIDES

ESOTERISMO CRISTIANO

HUMANIDAD DE JESUS

LA REENCARNACIÓN SEGÚN LAS HOMILIAS

LS NABATEANOS DE AYER Y HOY

DEGOLLACIÓN DE LOS INOCENTES

JESÚS SEGÚN LAS TRADICIONES HEBREAS

CONCEPTOS DEL APÓSTOL SANTIAGO

ANTONOMASIAS DEL LOGOS

PRINCIPADOS Y POTESTADES

LOS GNÓSTICOS Y LOS APÓSTOLES

LETANÍAS COMPARADAS

PLAGIOS DEL CRISTIANISMO.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO VII

SECTAS CRISTIANAS

MODERNOS NAZARENOS

SISTEMA OFITA

SISTEMAS COMPARADOS

EL NOMBRE DE IAO

EL NÚMERO DIEZ

IMÁGENES SIMBÓLICAS

EL CABALLO DEL SOL

LA INVECIÓN DE LA CRUZ

LOS MAGOS DE PERSIA

CONFRATERNIDAD MISTERIOSA

Los drusos del monte Líbano, actuales descendientes de los iniciados de la antigüedad, están esporádicamente difundidos por las arenosas soledades de Egipto, Arabia Pétrea, Palestina y los impenetrables bosque s Abisinia. Son los drusos ardorosos estudiantes que rara vez se prestan a salir de su retiro para tratar con los profanos, y entre ellos los hay de todas las nacionalidades.

Puede considerarse esta escuela como una confraternidad subalterna de la suprema confraternidad cuyo sigilo estuvo siempre en directa proporción del recrudecimiento de las persecuciones religiosas, hasta el punto de que en la actualidad el prevaleciente materialismo ha puesto en más hondo misterio su existencia.

Pero de este misterio no debe inferirse que la aludida confraternidad sea una ficción nominalista con nombre propio, pues no importa que sus adeptos lo lleven indistintamente egipcio, indo o persa.

Algunos investigadores fidedignos, aparte de quien escribe estas líneas, tuvieron trato con individuos de la citada confraternidad, y pueden publicar sobre ella determinados informes por licencia especial del que tiene derecho de concederla.

Sobre este punto dice Mackenzie:

Desde tiempos muy remotos subsiste una oculta confraternidad con su jerarquía de dignatarios y signos secretos, que por peculiares procedimientos didácticos enseñan ciencias, religión y filosofía...Si hemos

de creer a los que hoy día dicen pertenecer a ella, entre sus secretos conocimientos se cuentan la piedra filosofal, el elixir de la larga vida, el arte de hacerse invisibles y la facultad de comunicarse directamente con el mundo ultraterrestre.

En cuanto a nosotros hemos conversado con tres personas que aseguran pertenecer a la confraternidad subsistente hoy día.

No había motivo alguno para recelar de aquellos tres individuos, que dan pruebas de conocerse entre sí y que en la austeridad de su vida, sobrios gustos y ascéticas costumbres tenían la más valiosa prueba de veracidad.

Representaban de cuarenta a cuarenta y cinco años y desde luego se colegía su vasta erudición y el conocimiento que de varios idiomas demostraban. No permanecían mucho tiempo en una misma población, sino que se marchaban de improviso, sin que nadie lo advirtiese.

CANDELABRO DRUSO

MÁXIMAS DE LOS DRUSOS

CARTA DE RAWSON

LA LOGIA MADRE

EL ATMAN

EL BUDISMO ESOTÉRICO

CASTIDAD BUDISTA

JAINOS Y BUDISTAS

CELSO Y SPRENGEL

FALSEDAD DE EUSEBIO

EL PÁRRAFO DE JOSEFO

VIRGINIDAD Y MATRIMONIO

TOLERANCIAS INMORALAES

SAN JUAN Y LOS HEREJES

JESUS IGNORADO DE SUS COETÁNEOS

LAS IDEAS DE JESÚS

JESÚS Y EL GAUTAMA

JESUS Y APOLONIO

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

OPINIONES DE PLATÓN

SUBTERFUGIOS CLERICALES

 

 

 

 

 

TOMO IV

CAPÍTULO PRIMERO

LA MASONERÍA MODERNA

ALEGORÍAS DEL APOCALIPSIS

PRECEPTOS JESUÍTICOS

LA PASTORAL DE CAMBRAY

LA MENTIRA COHONESTADA

PROFECÍA DE HERMES

LAS ÁNIMAS VIVIENTES

MORAL EGIPCIA

FESTINES OBSCENOS

EL HOMBRE SEGÚN LOS EGIPCIOS

HOMBRES DESALMADOS

MILAGROS BUDISTAS

APOLOGÍA DEL REGICIDIO

SOFISMAS ANTIMASÓNICOS

DEGENERACIÓN DE LA MASONERÍA

INTEMPERANCIAS DE WENINGER

LOS MODERNOS TEMPLARIOS

LOS CABALLEROS DE MALTA

LOS TEMPLARIOS BASTARDOS

EL NOMBRE MISTERIOSO

EL VENERABLE "MAH"

LA CARTA DE UN MASÓN

EL TEMPLO DE SALOMÓN

LA TAU PERFECTA

CIFRAS SECRETAS

PROCEDIMIENTOS CRIPTOGRÁFICOS

PRONUNCIACIÓN DEL "NOMBRE"

CONFUSIÓN DE NOMBRES

EL NOMBRE DE ISRAEL

LAS TUMBAS DE GORNORE

 

 

 

 

 

CAPÍTULO II

EL MISTERIO DEL NÚMERO SIETE

SIGNIFICADO DEL ARCO IRIS

EL ESPÍRITU DE LOS MANTRAS

LOS NÚMEROS UNO, TRES Y SIETE

MÁSCARAS SIN CÓMICOS

LA CLAVE DEL RIG VEDA

SABIOS INDOS Y EUROPEOS

EL DOMINGO CRISTIANO

MALDICIÓN ALEGÓRICA

DÍA Y NOCHE DE BRAHMÂ

SIMBOLISMO DE NOÉ.

EL DILUVIO SEGÚN LOS INDOS

LOS VEDAS Y EL DILUVIO

FÁBULAS Y LEYENDAS

TERGIVERSACIÓN DE TEXTOS

ÉPOCA DE ZOROASTRO

POBLADORES DE LA INDIA

IDIOMAS SEMÍTICOS

DIVINIDADES SOLARES

EL MESÍAS PROMETIDO

SARGÓN Y MOISÉS

NOÉ Y EL ARCA

EVA-LILITH Y EVA

SIMBOLISMO DE LA SERPIENTE

ADÁN PROTOTIPO DE NOÉ

LOS PATRIARCAS BÍBLICOS

SIMBOLISMO DE LA CRUZ

SIMBOLISMO DEL ZODIACO

EL SIGNO ZODIACAL "LIBRA"

GENEALOGÍAS DE CAÍN Y SETH

RUEDA DE EZEQUIEL

SIMBOLISMO DE LIBRA

ÉPOCAS GEOLÓGICAS

EQUIVALENCIAS ENTRE LOS PATRIARCAS

ALEGORÍAS TALMÚDICAS

EL HOMBRE ARQUETÍPICO

QUERELLAS DE ERUDITOS

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO III

MISIONEROS CRISTIANOS

ORIGEN DE LA DEMONOLOGÍA

CRISTO Y EL DIABLO

SINÓNIMOS DE SATANÁS

EL DIOS TIPHÓN

LA TENTACIÓN DE JESÚS

SATÁN EN EL POEMA DE JOB

PERSONIFICACIÓN DE LOS DIOSES

EL MITO DE LA SERPIENTE

MISTERIO DE DEMETER

ALEGORÍAS DEL LIBRO DE JOB

LA INICIACIÓN Y EL LIBRO DE JOB

ADULTERACIÓN DEL LIBRO DE JOB

EL HIEROFANTE EN EL LIBRO DE JOB

EL LIBRO DE JOB Y EL LIBRO DE LOS MUERTOS

MODERNO CONCEPTO DEL DIABLO

EXCURSIONES DE SATANÁS

VATICINIOS DE LA ENCARNACIÓN

CONCEPTO DEL INFIERNO

DUALIDAD DE LOS DIOSES SOLARES

EL MITO DEL DRAGÓN

POÉTICAS FIGURAS DE LUZBEL

EL CÁLIZ DE AGATHODEMON

EL DESCENSO A LOS INFIERNOS

LA DERROTA DE SATANÁS

CARINO Y LENCIO

EVANGELIO DE NICODEMO

EL CREDO DE TAYLOR

SACRIFICIOS HUMANOS DE ISRAEL

PERSEVERANCIA DE LOS JUDÍOS

OPINIÓN DE WILDER

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO V

LOS PRINCIPIOS DE LA MAGIA

PROPIEDADES DE ALGUNAS PLANTAS

CLARIVIDENCIA ESPIRITUAL

PSICOLOGÍA DE LOS ARIOS

PROYECCIONES ASTRALES

OPERACIONES TEÚRGICAS

AVENTURA DE UN MONJE BUDISTA

Hace algunos años íbamos unos cuantos viajeros en penosa marcha de Cachemira a Leh, ciudad del Ladâhk, comarca central del Tíbet. Entre nuestros guías iba un samán tártaro, misterioso personaje que hablaba el ruso y algo el inglés, pero que se ingenió de modo que pudo darse a entender de nosotros y sernos de mucha utilidad. Enterado de que algunos viajeros éramos de nacionalidad rusa creyó que podríamos protegerle en todo y por todo y proporcionarle el medio de regresar salvo y sano a su casa de Siberia, de donde según nos dijo había tenido que huir veinte años antes al país de los chagaros (35) pasando por Kiachta y el desierto de Gobi. En vista de la confianza que en nosotros puso el samán nos consideramos seguros bajo su guía, pues algunos de nuestros compañeros habían maquinado el temerario plan de entrar en el Tíbet al amparo de diversos disfraces, sin que ninguno de ellos conociese la lengua del país excepto uno a quien llamaré K, ex pastor luterano que sabía algo del idioma kasan tártaro.

 

Muy luego fueron descubiertos a pesar del disfraz. A los hermanos N que también eran de la expedición se les condujo con mucho miramiento a la frontera, y en cuanto a K, cayó en cama con fiebre y hubo de esperar algunos días para volverse a Lahore por Cachemira. Este incidente le dio ocasión de presenciar un suceso que para él equivalió a ver la reencarnación de Buda. Profesaba K con orgullo la filosofía positivista, y como había oído hablar de la prodigiosa reencarnación de Buda a un viejo misionero ruso en quien confiaba mucho más que en el abate Huc, hizo propósito, alimentado ya de muchos años, de descubrir la trampa de aquella “jugarreta pagana”, como él la llamaba. Pero las cosas no salieron a la medida de su esperanza.

A unas cuatro jornadas del miserable villorrio de Islamabad, sin otro atractivo que su magnífico lago, nos detuvimos a descansar por unos cuantos días. Algunos compañeros se desparramaron por los alrededores, quedando todos en reunirnos en el villorrio y allí nos enteró el guía samán de que una numerosa peregrinación de monjes budistas estaban alojados en un templo cováneo de las cercanías, donde habían establecido un vihara provisional, y como según noticias iban con ellos los “tres nobles” (36), podían los monjes operar los mayores prodigios. Nuestro compañero K, entusiasmado ante la perspectiva de confundir la secular superchería, se apresuró a visitar a los peregrinos en su vihara o campamento, situado en un solitario paraje a cubierto de toda intrusión, y muy luego contrajimos todos amigables relaciones con ellos.


A pesar de las atenciones, cumplidos, finezas y aun regalos (37) con que inútilmente procuró K captarse la voluntad de Pase Budhu, jefe de la peregrinación y muy santo asceta, no quiso éste efectuar el fenómeno de la “encarnación” hasta que quien estas líneas escribe le enseñó cierto talismán (38). Apenas lo vio hizo los preparativos necesarios, y al efecto, una vecina le prestó un niño de tres o cuatro meses. A K le exigieron juramento de que hasta siete años después no divulgaría nada de cuanto viese y oyese.
Antes de que todo estuviera dispuesto, pasaron algunos días sin otro suceso de nota que la ap

arición de unos rostros espectrales evocados por un monje del cristalino seno del lago, mientras nos hallábamos sentados a sus orillas en la entrada del vihara. Uno de aquellos rostros era el de la hermana de K, a quien éste había dejado buena y sana en su casa, pero que, según después se supo, murió antes de llegar nosotros al paraje en que nos hallábamos. De pronto sobrecogióse K a la vista de la aparición, mas luego se apoyó en su escepticismo para explicarse aquel fenómeno diciendo que era efecto de la sombra de las nubes o de las ramas de los árboles, como en casos semejantes suelen replicar los escépticos.

EL ADEPTO Y EL NIÑO

La tarde señalada al efecto colocaron al niño de pecho sobre una alfombra en el centro del vestíbulo del santuario provisional, pues K no podía pasar de allí, y después de despedidos los curiosos colocáronse dos monjes de centinela para impedir la entrada a cuantos no estuviesen invitados.
Sentáronse entonces los monjes en el suelo, de espalda contra las paredes de granito, en disposición que les separaba como unos tres metros del niño colocado en el centro. El jefe de la peregrinación se sentó en el rincón más apartado del aposento, sobre una piel recortada en cuadro que de propóstio habían extendido los legos. Tan sólo K se colocó junto al niño, en acecho de sus más leves movimientos. Se nos puso por condición que guardáramos absoluto silencio en paciente espera de los acontecimientos.

La luz del sol entraba a raudales por la puerta, y poco a poco fue cayendo el superior en profunda meditación, mientras que los monjes, después de una corta invocación en voz muy queda, callaron súbitamente y clavaron la vista como si fuesen estatuas. El llanto del niño interrumpía aquel angustioso silencio. Al breve rato cesó el niño de moverse y quedóse rígido, sin que ninguno de los circunstantes se hubiese apartado de su asiento. El superior no miraba al niño, porque tenía los ojos fijos en el suelo, y pálido e inmóvil parecía más bien la broncínea estatua de un talapín en meditación que un ser viviente. Con profunda sorpresa vimos que el niño se sentaba como maniquí movido por ocultos alambres, y después de varias sacudidas se puso en pie.


Cabe presumir la admiración que en todos nosotros causó el espectáculo, y la estupefacción de K al convencerse de que nadie absolutamente había movido pie ni mano del sitio en que estaba ni pronunciado tampoco palabra alguna. Y sin embargo, ¡allí estaba erguido y firme como hombre hecho y derecho aquel niño de pañales!


Copiaremos la restante explicación de los apuntes tomados por K, quien dice:

Después de un par de minutos de vacilación, volvió el niño la cabeza y fijó en mí los ojos con tan viva lumbre de inteligencia, que me estremecí de pavor. Me pellizqué las manos y me mordí los labios hasta casi brotar la sangre, para asegurarme de que no soñaba. Sin embargo, lo sucedido hastaentonces no era más que el prólogo. La prodigiosa criatura, según imaginé, dio dos pasos hacia mí, volvió a sentarse y mirándome fijamente repitió palabra por palabra, en lengua que supuse tibetana, la frase sacramental de las encarnaciones de Buda: “Yo soy el viejo Lama. Soy su espíritu en nuevo cuerpo”.


Se me erizaron entonces los cabellos de espanto, se me heló en las venas la sangre, y ni con amenazas de muerte se me hubiera podido arrancar una palabra. Allí no cabía impostura ni ventriloquismo. Meneaba el niño los labios, y su mirada parecía escudriñar en mi alma con tal expresión en su semblante, que me representaba el del mismo superior, cual si delante lo tuviese y su espíritu se hubiese infundido en aquel infantil cuerpo a cuyos ojos se asomara como a través de un disfraz. Me sentí entonces arrebatado por el vértigo. El niño se me acercó y me tomó la mano, cuya sensación fue para mí la de un ascua de carbón. Incapaz de presenciar la escena por más tiempo, me cubrí el rostro con las manos, y al apartarlas a poco, ya estaba otra vez el niño lloriqueando lastimosamente. El superior había recobrado su estado normal y conversaba tranquilamente con nosotros.


Durante diez días presencié otros fenómenos similares que me convencieron de la verdad de lo que siempre tuve por impostura cuando me lo referían los viajeros. Entre muchas preguntas que el superior consideró impertinentes, hubo una a la que respondió de modo harto significativo. Le pregunté por mediación del samán, qué hubiera sucedido si loco yo de terror y creído de que el niño era el diablo, arremetiera contra él y le matara. A esto me dijo que si la muerte del niño hubiese sido instantánea, también hubiera muerto el superior, pero tan sólo el niño si el golpe no lo matara desde luego.

En el Japón y Siam hay dos categorías de sacerdotes: una pública y relacionada con el pueblo; otra rigurosamente secreta que jamás se presenta en público y cuya existencia sólo conocen unos cuantos naturales del país y ni siquiera sospechan los extranjeros. Los sacerdotes esotéricos celebran sus ceremonias en templos subterráneos, ante escaso número de circunstantes cuya cabeza responde del secreto, y tan sólo en ocasiones de excepcional importancia, como la muerte de algún individuo de la familia real o eclesiásticos de muy elevada dignidad.

 

LA INCINERACIÓN Y EL CUERPO ASTRAL

Uno de los fenómenos más misteriosos y sorprendentes es la separación del cuerpo astral cuando se incinera el cadáver (39). En Siam, Japón y Tartaria es costumbre modelar con las cenizas del difunto (40) amasadas en agua, diversos objetos como medallones, figulinas e idolillos cocidos y dorados al fuego. La lamasería de U-Tay, en la comarca mongol de Chan-Si, sobresale en este linaje de labores, y las gentes ricas envían allí las cenizas de sus difuntos para que con ellas modelen el objeto deseado.
Para separar de las cenizas el cuerpo astral, que sin esta operación permanecería algún tiempo apegado a los restos de su envoltura física, amontona el mago las cenizas del difunto sobre una placa metálica de longitud aproximada a la talla regular del hombre, y con el talapatnang (41) las va aventando suavemente, mientras musita una invocación. Como si las tenues cenizas tuviesen inteligencia y vida, forman en el aire la silueta del difunto, que poco a poco va condensándose en blanquecinos vapores hasta transformarse en su cuerpo astral que por fin desaparece.


Los magos de Cachemira, Tíbet, Mongolia y Tartaria son demasiado famosos para que nos detengamos a enumerar su actuación; pero si los escépticos persisten en decir que no pasan de ser prestidigitadores, invitamos a los más hábiles y expertos de Europa a que les imiten si a tanto llega su destreza.


Los químicos europeos no han logrado todavía descubrir el secreto del embalsamamiento egipcio, y mucha mayor sería su confusión al ver, como nosotros hemos visto, cadáveres conservados por medio de procedimientos alquímicos, con tan maravilloso arte, que por la naturalidad de sus carnes, la lisura de su piel y el vidrioso brillo de sus ojos, parecía después de muchos siglos como si en aquel momento acabaran de morir. En las tumbas de reyes, príncipes y magnates está colocado el cadáver sobre suntuosos túmulos con adornos dorados y algunas veces de oro, y alrededor se ven las alhajas, armas y adminículos de uso personal del difunto, custodiadas por la servidumbre de ambos sexos cuyos cadáveres están embalsamados tan cuidadosamente como el de su dueño, de manera que parecen dispuestos a servirle en cuanto los llame.
En el convento del Gran Kuren y en otro sitio de la montaña sagrada de Bohté-Ula, hay, según se dice, algunas de estas sepulturas que respetaron siempre los invasores del país.

El abate Huc tuvo referencias de estas sepulturas aunque no logró verlas, pues no se le consiente a ningún extranjero que no vaya provisto del correspondiente salvoconducto. Lo que dice el abate Huc de que las tumbas de los soberanos de Tartaria están rodeadas de cadáveres de niños envenenados con mercurio, a fin de conservarlos incorruptibles, es una de tantas patrañas forjadas por los misioneros para embaucar al vulgo que cree cuanto le refieren.
Los budistas no han inmolado jamás seres vivos, ni hombres ni animales, pues tales sacrificios son del todo contrarios a los principios de su religión. Cuando un rico deseaba que a su muerte le enterrasen en compañía de alguien, enviaba la familia emisarios por todo el país en unión de los lamas embalsamadores, por ver si había muerto de muerte natural algún niño, cuyo cadáver entregaban a dicho objeto los padres, que se consideraban dichosos de conservar el cuerpo de sus hijos de tan poética manera, en vez de entregarlo a la podredumbre y exponerlo a la voracidad de las hienas.

EL OÍDO ESPIRITUAL

Al regresar del Tíbet el abate Huc, le refirió en París a un caballero ruso llamado Arsenieff varios sucesos maravillosos que no fueron del dominio público, entre los cuales se cita el siguiente, que presenció durante su estancia en la lamasería de Kunbum. Conversaba Huc cierto día con un lama, cuando de pronto cesó éste de hablar y quedó en actitud de escuchar algo que Huc no acertaba a oír. A poco, el lama exclamó como si respondiese a un invisible interlocutor: “En ese caso debo ir”.


-¿Ir a dónde? ¿Con quién habláis? –preguntó asombrado el abate Huc.
-A la lamasería de *** -repuso el lama.- El shaberon me necesita y me ha llmado.


La lamasería de *** está a muchas jornadas de la de Kunbum donde ocurría el suceso; pero lo que más pasmó al abate Huc fue que en vez de tomar el lama el camino de la lamasería, se dirigió a una especie de cúpula situada en la azotea del edificio conventual, donde después de breves palabras con otro lama le encerró éste en ella bajo llave. El que había encerrado al amigo de Huc volvióse entonces hacia el abate que había seguido atentamente toda aquella operación, y sonriente le participó que ya había partido su huésped. A lo que respondió el abate:
-¿Pero cómo es posible, si lo habéis encerrado aquí dentro y no hay salida alguna?


-¿Y qué obstáculo es para él una puerta? Él ha partido, y como no necesita su cuerpo en el viaje, lo dejó a mi cuidado.
A pesar de los muchos prodigios de que en su arriesgado viaje había sido testigo, el abate Huc receló de que ambos lamas le hubiesen engañado. Al cabo de tres días, como no viera por allí a su habitual amigo, preguntó por él y le respondieron que regresaría aquella misma tarde. a la puesta de sol, en el momento en que los lamas iban a recogerse, oyó Huc la voz de su amigo que parecía como si desde las nubes llamase al otro lama para que le abriese la puerta de la cúpula, tras cuya celosía se dibujaba, en efecto, la silueta del hasta entonces ausente. Apenas le franquearon la salida de la cúpula fue a ver al lama guardián de Kunbum y le enteró de ciertos mensajes y comunicaciones recibidas en el lugar adonde había ido. Nada más pudo saber Huc acerca de aquel viaje aéreo; pero sospechó que fue una “farsa” premeditada con el propósito realizado de allí a poco de confinarles a él y a su compañero de misión, el P. Gabet, en Chogar-tan, lugar aledaño de la lamasería de Kunbum. Las sospechas del audaz misionero pudieron tener fundamento en su imprudente indiscreción.


Si el abate Huc hubiese conocido la filosofía oriental, no le sorprendiera, de seguro, el viaje del lama en cuerpo astral a la lejana lamasería ni la para él inaudible plática que tuvo con el shaberon. Recordaremos a este propósito los recientes experimentos efectuados en América con el teléfono, que permite transmitir a muy lejanas distancias la voz humana y los sonidos musicales por medio de un alambre. Asimismo conviene no olvidar que, según los filósofos herméticos, cuando una llama desaparece de la vista, no por ello se extingue totalmente, sino que pasa del mundo visible al invisible, y puede, por lo tanto, percibirla la vista interna adecuada a las cosas de este otro y más real universo. la misma ley rige en el sonido; pero así como el oído corporal percibe tan sólo las vibraciones acústicas a través del aire hasta cierto grado de intensidad, según la mayor o menor agudeza de este sentido en el individuo, el adepto puede percibir las vibraciones sutilísimas del ambiente astral sin necesidad de alambres, solenoides ni tornavoces, pues le basta el poder de su voluntad. El oído espiritual salva todo obstáculo de tiempo y espacio, de suerte que un adepto puede conversar con otro de las antípodas, tan fácilmente como si ambos estuvieran en el mismo aposento.
Confirmarían nuestra aseveración numerosos testigos que oyeron el son de instrumentos músicos y de la voz humana a millares de millas de distancia del lugar en donde nos habllábamos, sin sospechar que el adepto les había comunicado por breves momentos la auditiva percepción espiritual de que él goza constantemente.


Si los científicos examinaran en vez de ridiculizar el principio de filosofía oculta que proclama la unidad de las fuerzas naturales, darían pasos de gigante en el camino de la verdad, por el cual hoy tan lentamente adelantan. Los recientes experimentos de Tyndall (42) desbarataron cuantas hipótesis se habían establecido hasta ahora para explicar la propagación del sonido, y los llevados a cabo con las llamas mágicas (43) le condujeron hasta los umbrales de la ciencia oculta. Otro paso adelante le hubiese revelado cómo pueden los adeptos comunicarse verbalmente desde lejanísimas distancias. Pero nadie dará por ahora este paso.


EL LENGUAJE DE LAS LLAMAS

Dice Tyndall acerca de sus experimentos con las llamas mágicas:

Cuando se golpea un yunque colocado a cierta distancia, disminuye la longitud de la llama unas siete pulgadas, por liegero que sea el golpe. Al sacudir un manojo de llaves, la llama se agita violentamente con fuerte ruido. Si se deja caer una moneda de plata sobre otra, disminuye la llama. El crujido del calzado la conmueve bruscamente, y el mismo efecto causan el roce de un vestido de seda y el ruido del papel al arrugarlo o rasgarlo. El tiquiteo de un reloj de pared muy cercano, la disminuye hasta apagarla con ligera explosión, y cuando se da cuerda a uno de bolsillo, la mueve tumultuosamente. Algunos de estos fenómenos pueden producirse desde unos treinta metros de distancia. Si se lee en voz alta cerce de la llama, se agita más o menos bruscamente en correspondencia con la entonación y modulaciones de la voz, según me sucedió al leer un trozo de la Faërie Queene.

Tales son las maravillas de la moderna física, para cuya experimentación se necesitan silbatos, trompetas, campanas y discos con los gases a propósito para la producción de los sonidos. En cambio, los adeptos, libres de toda esta impedimenta, obtienen los mismos resultados fenoménicos, aunque le parezca imposible a la ciencia profana. Por lo que toca a nuestra personal experiencia, diremos que en cierta ocasión de excepcional importancia, hubo necesidad de consultar un oráculo, y al efecto vimos cómo un monje mendicante obtuvo la respuesta por medio del movimiento de una llama sin aparato alguno. Encendió el monje una hoguera con ramas del árbol llamado beal y echó en el fuego unas cuantas hierbas sacrificiales. Quedóse el mendicante absorto en profunda meditación junto a la hoguera y al fin empezó el interrogatorio. En los intervalos de pregunta a pregunta ardía con dificultad la hoguera como si fuese a apagarse; pero al explanar la pregunta se empinaban, retorcían y lengüeteaban las llamas en alternada dirección de los cuatro puntos cardinales (44). De cuando en cuando, una llama se inclinaba hacia el suelo hasta lamer el césped por todos lados y desaparecía súbitamente. Terminado el interrogatorio emprendió el mendicante la marcha de regreso a la selva en donde moraba y fue entonando por el camino un monótono y quejumbroso canto a cuyo ritmo respondían las llamas con maravillosas modulaciones de su rumor (45) que duraron hasta perderse de vista el mendicante. Entonces se apagó de repente la hoguera dejando una capa de cenizas ante la admirada vista de los circunstantes (46).


En los países budistas ofrece la religión dos distintos caracteres: el exotérico o popular y el esotérico o filosófico. Este último se encierra en la escuela de los sûtrantikas (47), atenidos rigurosamente al espíritu de las directas enseñanzas de Gautama, que demuestran la necesidad de la percepción intuitiva con todas sus consecuencias. Los sûtrantikas no divulgan el resultado de sus investigaciones ni permiten su divulgación.
Cuando el moribundo cabe el árbol sâl se disponía a entrar en el nirvana, exclamó Gautama:

Todo lo compuesto es perecedero. El Espíritu es la única substancia simple y primordial, y cada uno de sus rayos es inmortal, eterno e imperecedero. Guardaos de las ilusiones de la materia.

El rey Asôka difundió el budismo por toda Asia y más allá todavía de sus confines. Era nieto del taumaturgo monarca Chandragupta que había reconquistado el Punjâb a los macedonios (48), reuniendo la India entera bajo su cetro y recibió a Megathenes en su corte de Pataliputra.
Fue Asôka el más ilustre monarca de la dinastía de Maûrya, y de libertino y ateo se convirtió a la virtud y la piedad tan hondamente que mereció el dictado de pryâdasi (amado de los dioses). Ningún otro soberano le aventajó en pureza de intenciones y su recuerdo perdura en el corazón de los budistas, perpetuado en los edictos que en diversos dialectos quedaron esculpidos en las columnas y rocas de Allahabad, Delhi, Gujerat, Peshawur, Orissa y otros lugares (49).


Cuando los estaviras del tercer concilio budista enviaron misioneros a Cachemira y convirtieron a los adoradores de las serpientes, se propagó el budismo con la rapidez del fuego. Los sátrapas, que desde la muerte de Alejandro Magno se repartían el territorio índico, aceptaron la nueva religión que se extendió igualmente por Gândhara y Cabul (50).

 

REGLAS MONÁSTICAS DEL BUDISMO

 

EL ALMA DE LAS FLORES

Uno de los más interesantes fenómenos que nos llevó a presenciar nuestro anhelo de investigación, lo realizó un peregrino budista hace ya algunos años, cuando esta clase de manifestaciones eran una novedad para nosotros. Un amigo budista natural de Cachemira, de padres katchis pero convertido al lamaísmo y de místico temperamento, que reside ordinariamente en Lha-Ssa, nos invitó a visitar a los peregrinos, entre los cuales había una monja alta, demacrada y ya metida en años, que al ver en nuestras manos un ramo de hermosas y fragantes flores, preguntó:


-¿Por qué lleva ese manojo de flores muertas?
-¿Muertas? ¡Pues si acabo de cortarlas de la planta!
-Y sin embargo, están muertas. Nacer en este mundo es morir. Ahora veréis cómo son estas flores en el mundo de la perpetua luz, en los jardines de nuestro bendito Foh.
Sin moverse del sitio donde en el suelo estaba sentada, tomó la monja una flor del ramillete, se la puso en la falda y arrojó sobre ella grandes puñados de una materia invisible extraída al parecer de la atmósfera circundante. Muy luego apareció una tenue neblina que poco a poco fue tomando forma y color hasta que se detuvo en el aire y vimos la exacta imagen de la flor con todos sus pétalos y matices, pero mil veces más hermosos y de más delicada belleza, de la propia suerte que el glorificado espíritu humano aventaja incomparablemente a su envoltura física. Flor tras flor fue reproduciendo la monja todo el ramo hasta la más insignificante brizna, con la particularidad de que aparecían y desaparecían alternativamente a impulsos de nuestro pensamiento. En cierta ocasión sosteníamos con el brazo extendido una rosa plenamente abierta, y a los pocos minutos aparecieron brazo, mano y flor perfectamente reproducidos en el aire a unos dos metros de nuestro asiento; pero mientras que el aspecto de la flor era etéreo y de tan indescriptible hermosura como el de las demás flores astralmente reproducidas, el brazo y la mano aparecían cual reflejados en un espejo, de suerte que hasta se veía en el antebrazo una gran mancha producida por la tierra húmeda de una de las raíces de la flor. Más tarde supimos la razón de este fenómeno.


Hace medio siglo declaró acertadamente el doctor Broussais que si el magnetismo fuese verdad sería un absurdo la medicina. El magnetismo es verdad, y en cuanto a quea absurdo la medicina, no contradeciremos al médico francés. Según hemos demostrado, el magnetismo es el alfabeto de la magia, pues no cabe comprender las operaciones mágicas sin la previa comprensión de las atracciones y repulsiones magnéticas en la Naturaleza.


Muchas de las llamadas supersticiones populares son en el fondo el instintivo conocimiento de esta ley, porque por secular experiencia sabe el vulgo que ciertos fenómenos ocurren bajo determinadas condiciones, y que se repiten invariablemente siempre que se establecen dichas condiciones; pero como el vulgo desconoce el fundamento reflexivo de la ley, atribuye el fenómeno a causas sobrenaturales.
Ejemplo de estas supersticiones tenemos en la subsistente en la India, Rusia y otros países que consiste en la instintiva repugnancia de cruzar por la sombra que proyecta un hombre y más todavía si es pelirrojo, así como la aversión de los indos a estrechar la mano de quien no sea de su raza. Hay en esto explicación racional y no son ridículas quimeras, pues toda persona tiene su correspondiente aura o efluvio magnético, que no obstante la perfecta salud física del sujeto puede influir morbosamente en quienes reciban sus emanaciones. Según el doctor Esdaile y otros hipnotizadores, las gentes de raza oriental y particularmente los indos son más sensitivos que los de raza blanca.


Los experimentos del barón de Reichenbach, si no bastaran los del mundo entero, han demostrado que son mucho más intensos los efluvios magnéticos que irradian de las extremidades torácicas y abdominales del cuerpo humano, y así lo corroboran las manipulaciones terapéuticas. Por consiguiente, los apretones de manos son verdaderos contactos magnéticos que pueden transmitir condiciones morbosas o antipáticas, por lo que obran cuerdamente los indos en mantenerse fieles a este precepto de Manú.

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