INGRID Y JOHN
Unificación de las almas.


Autores
María Eliana Aguilera Hormazabal
Quintín García Muñoz

434 páginas






ALFA

En los lugares de fulgor dorado, donde el tiempo y la materia expresan su infinitud,
El Bendito Sanat Kumara
permanece.

Más allá, en un, para nosotros,
lejano planeta azul habita su
amada Esposa.

Ellos se aman como todo en el Universo al que pertenecen.

En su excelsitud también son
Hijos de Conciencias Inmarcesibles.

Y

Esas relaciones de amor, que evolucionan en la
Mente del Bendito Señor de la Llama,
se reflejan a través de
los sagrados Ángeles Solares
en múltiples historias o creaciones mágicas,
más conocidas como
seres humanos.







PARTE I




Capítulo 1

I
La leyenda de los piratas Ingrid y John 1551

Nacimiento de una Leyenda



Alrededor del año 1551, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, en los días de verano, solía viajar a Jarandilla, un pueblecito español en las estribaciones de la Sierra de Gredos, donde estaba ubicado un hermoso castillo de granito.

En su interior había un lindo patio de piedras o cantos rodados, teñido de verde esmeralda por las hierbecitas que crecían entre los mismos.
Elvira y Juan eran, en aquella aldea, los sirvientes predilectos del rey, más conocido como el Emperador en cuyos territorios no se ponía el Sol.
Aquellos dos vasallos de origen humilde y corazón bondadoso tenían dos hijos: niña y niño.
Un mal día el Emperador les mandó llamar, pues alguien les había delatado por ladrones.
En realidad había sido el altivo y ávido de riquezas conde Aristimuño que se apoderó de un antiquísimo collar de oro traído del Nuevo Mundo, más conocido por Las Américas.
Aquel potentado lo sustrajo del cofre del Emperador y se preocupó de que Elvira y Juan, así como algunos más, apareciesen como culpables. Después de ser castigados severamente en las mazmorras, fueron desterrados con sus hijos a Chile, y cuando su navío atravesaba el Estrecho de Magallanes, descubierto hacía menos de cuarenta años, naufragó.
Los padres perdieron la vida en el naufragio, pero el niño de ocho años y la niña de siete, pudieron ser rescatados de las aguas del inmenso Océano Pacífico por un pirata inglés llamado Edward el Terrible.
Les cobró tanto afecto que les adoptó como hijos propios y les enseñó todo su arte en el abordaje y en las batallas navales.
De esta forma surgieron a la luz Ingrid y John.
Edward puso aquel nombre a la niña debido a sus ojos azules-verdosos y su cabello de tonos dorados, lo que le recordaba a una heroína nórdica. Al niño le llamó John en honor a su padre.

 




Capítulo 1
II
Primeros Diarios

 



Hasta después de muchos diarios, Ingrid y John no supieron qué es lo que ocurría. En sus experiencias telepáticas existían dos sujetos totalmente diferentes:

Por un lado John, que construía las imágenes, por otro, Ingrid, que era la perfecta visión.Su capacidad de percibir lo que tenía delante, se podía considerar como excepcional. Se podría afirmar que tenían la virtud de contemplar las imágenes mentales producidas por John a una distancia de quince mil kilómetros.

Esto en sí mismo es extraordinario, aunque después cientos de contactos, todavía había algo más, y es que entre las construcciones mentales, siempre aparecía un acontecimiento que no había sido imaginado por John. Era como caminar a través de un sendero que en un momento determinado pasaba a otra dimensión.


Podríamos considerar a John como un constructor ciego a lo que había más allá, y a Ingrid como la vidente que daba fe de todo lo que surgía, y que debía olvidarse de su propia capacidad de imaginación a riesgo de perder el contacto, como en alguna ocasión sucedió.


Sin embargo, con los días, algunas incógnitas quedaron aclaradas. Aunque aparentemente era John el que guiaba, no era así del todo. Sus pensamientos parecían extraídos de su mente, y la estructura o guión así lo era, pero existían detalles e incluso elementos básicos que surgían de la mente de Ingrid, y que John ni siquiera comprendía.

Por ejemplo, el jardín es muy probable que hubiese sido creación de Ingrid, tal y como estaba indicando su amor por la naturaleza, especialmente por las plantas.

La dinámica propia de John, que era crear imágenes, estaba impregnada y dirigida por los deseos más profundos de Ingrid. También es muy posible que el elemento agua estuviese sacado de la mente de ella. Como caso más curioso e impresionante fue un día en el que estaban en medio de la nieve y de pronto apareció una rosa entre roja y morada. La causa de aquel cambio brusco en el desarrollo de los acontecimientos en la mente de John pudieron comprenderla después: Ingrid permanecía contemplando una rosa en su jardín e intentaba transmitir la imagen a John, como así ocurrió.


Pero en general, en esta relación telepática todo fluía aparentemente normal en la mente de John sin que comprendiese la diferencia entre lo que tenía origen en su acervo cultural y vital y lo que se originaba en la mente de Ingrid.
Algo muy destacado y que solamente fue detectándose con los días: la atención de Ingrid y su poder de concentración aportaban una energía que extendía a límites insospechados la realidad de lo creado. Hasta conocer a Ingrid, John, había escrito, pero no llegaba a ser un creador de imágenes o mundos en los que se pudiese introducir. Con Ingrid devino el poder de creación real. Las imágenes y los mundos tomaban forma y en ocasiones estaban hasta tal punto, densificados de materia plástica que se podían palpar.

Como ejemplo de esta densificación de la materia se puede anticipar algo de un relato posterior: Era un palacio de Cristal. Estaban esperando a la llegada de un Maestro y mientras pasaban el tiempo tocando las mesas y la ornamentación, y se podía decir que la materia se quedaba pegada a las manos. La luz se podía palpar con la mente.

El lector pensará que nos estamos burlando de él, pero muy probablemente se podrán encontrar, referencias a esta densidad de la materia mental, en algún relato de fantasía. Si bien los posibles autores no lleguen hasta tal extremo, pues aquí,no hay que olvidarlo, es la energía de dos mentes unificadas las que provocaban tal cantidad de fuerza magnética.


En realidad, ninguna de estas vivencias habría sucedido si no hubiese sido por Ingrid, porque la conciencia viene determinada por la interacción de dos elementos. El emisor nunca habría tenido la evidencia de que su emisión llegaba a su destino, si no hubiese sido por la existencia un receptor. Y ese emisor habría desistido en su empeño, y habría creído que todo eran alucinaciones de su mente. Pero cuando surge un ser tan receptivo como Ingrid, entonces todo cambia de perspectiva, y la imaginación deviene en algo maravilloso como puede ser la comunión de las almas, siendo la característica más destacada de esa fusión de mentes: la paz. No cabe duda de que para que surja la paz, las almas que se unen deben de tenerla, pero esa sagrada sensación de unión de dos almas y de dos corazones es inolvidable lo que puede ser mas sagrado es el principio de algo nuevo. La soledad desaparece pues se permanece en comunión ininterrumpida con el otro ser. Esto no significa que a todas horas se esté hablando o visualizado, sino que es un estado en el que se siente la plenitud. Es como la música del Universo, como el canto de los Excelsos Seres que llega a las orillas del mundo de los humanos y se transforma en una indescriptible armonía y belleza, que nuestros corazones perciben a través del canto de nuestro Sagrado Logos Planetario, cuando impregna de azules y lavandas sus vestiduras externas. Ese Inmarcesible Ser que permanece en el Umbral de los Universos. Bendito Sea Por Siempre.

 

 

 



Capítulo 2
I
Fuego en el Océano Pacífico

 



El mes en el que los dos muchachos llegaron a la edad de veinte años, el terrible pirata les regaló navío, al que los hermanos bautizaron como Fire. Nombre que fue una premonición de lo que sucedería en los siguientes tres años. Lugar por donde navegaba, lugar que quedaba en llamas. Barco español que abordaban, barco que quemaban. Antes de ello dibujaban en las velas mayores un E y una J para desagraviar la injusticia a la que fueron sometidos sus “primeros padres”.
Los temidos piratas Ingrid y John fueron perseguidos por los barcos españoles, aunque siempre desaparecían a la altura de las Islas Chiloé. Se decía que en un lugar desconocido habían encontrado una gruta. Lo que no sabían es que Ingrid había diseñado unas enormes lonas en las que se habían dibujado peñascos inmensos y una vez que Fire entraba en la caverna se bajaban.
Estaba claro que aquella estratagema solo servía en algunas ocasiones: bien cuando el barco perseguidor iba muy lejos o bien cuando era totalmente de noche sin luna llena.
Y así transcurrieron placidos días de calor, en los que las tormentas les hacían contar chistes acerca de las “pequeñitas olas” a las que John miraba con sus ojos risueños. Ingrid siempre le había admirado por tan intrépido valor y frialdad ante los elementos de La Naturaleza. Pero en el fondo de su corazón, John, había deseado morirse miles de veces. Estaba herido de muerte por la prepotencia de algunos seres; por su orgullo arrogante, y tiranía despótica. Por supuesto, creía que poco tenía que agradecer a Dios por haberse llevado a sus padres cuando todavía era un niño inocente.
Con el tiempo, algo extremadamente doloroso ocurrió en el alma de John. Sin percibirlo al principio, pues creía que tenía a Ingrid cariño de hermano, llegó posteriormente a comprender que estaba enamorado de ella.
La comenzó a ver como una maravillosa y hermosa mujer; como el ser más divino que había conocido pero que nunca podría amar totalmente.
Muchos días paseaba por el puente de mando con una mirada de pena que se perdía más allá del horizonte. Sentía una terrible y desagradable sensación en el estómago que no le permitía comer. Miraba a la lontananza y sus ojos reflejaban una tristeza infinita.
Ingrid hacía todo lo que estaba en su mano y de alguna forma comprendía lo que le ocurría a John, pues ella misma sentía algo muy especial por él.
Al amanecer del 12 de Septiembre de 1575, el galeón Fire surgió de la gruta y una vez más pusieron rumbo hacia el norte. Cuando llevaban varias semanas navegando, tres enormes barcos de guerra españoles les descubrieron. No le dieron tregua alguna y, durante otras dos semanas, les persiguieron implacablemente.
A los piratas ya no les quedaban víveres ni fuerzas. El Fire todavía pudo vencer a dos galeones españoles, pero con el tercero poco pudo hacer. Y muy cerca de la costa de Chile, a la altura de Valparaíso, ambos navíos se enzarzaron en una lucha épica.











 


Capítulo 2
II


Diario 1

De John a Ingrid



Son las veintidós horas y todavía no he salido. Los amigos de G. están abajo y él debería estar. Se está retrasando. Tal vez le haya pasado algo con el automóvil. Me decido a salir. Estoy un poco preocupado. Cuando doy la vuelta a la esquina, veo que G. está entrando. Respiro profundamente y ahora sí; ahora ya voy hacia Ingrid. Supongo que está en la hamaca. Comienza la aventura. Saludamos a una tercera persona, pero recuerdo que es miércoles y que probablemente estará reunida en su charla semanal. Recuerdo un barco que hay expuesto en Buenos Aires cerca de las vías del tren y salimos disparados hacia aquí. Me imagino que pasamos por encima de donde estoy físicamente con el perro. Miro hacia arriba pero no veo a nadie. Sonrío ante mi candidez.
Visualizo una montaña inmensa, una puerta. Como siempre cuesta entrar. Es que vamos demasiado alegres-me digo. Entramos. Esta vez pienso en el hombrecillo que medita. Y como ocurrió en otra ocasión, nos señala con la mano derecha una cueva. Probablemente es recuerdo de otras veces. Me imagino una antorcha, pero me doy cuenta que viene Ingrid, y pienso que la oscuridad podría asustarla, así es que volvemos hacia atrás.
El perro, se mete en unas “zarzas” y sale cojeando. Interrumpo la concentración unos segundos. Continuamos y ahora hay un círculo de supuestas personas que van a entonar la Gran Invocación.
Doy la mano a Ingrid y a la tercera persona. Comenzamos a recitar, y supongo que habrá treinta y seis personas en círculo. Tres por pétalo (es algo que me inventé hace días).
Y ocurre, como muchas veces, algo inesperado y fuera del guión que voy trazando. Ingrid avanza hacia el centro del círculo y es acogida por el personaje central como si fuese su niña preferida. Me alegro mucho de que sea así. Continuamos con la Gran Invocación, pero ella sigue en el centro. Es como si ya no estuviese. Terminamos e intento ir a la esfera rosa, pero pienso en Ingrid e imagino que se ha quedado dormida en la hamaca. La tapo y me voy. Y pienso si es que será mi destino llevar a las personas hacia el centro al que pertenecen, y me digo a mí mismo: No habrá nadie igual que Ingrid.
John

 



Capítulo 2
III


Diario 1
De Ingrid a John



Hola John.
Recién puedo escribir porque estaba ocupado el ordenador. Te cuento: Primero pienso en el triángulo de los tres y luego imaginé a casi todos. Siento la brisa y la llegada de John. No puedo imaginar la puerta estrecha, no hubo caso. Solamente entramos y es bien raro…porque hay harta luz y algo así como cristal. Las personas ahí son como espíritus de luz, con una paz inmensa, y sus auras blancas como la nieve. Tú eras como familiar y ahí no se hablaba, se comunicaba con la mente pero de una forma muy especial que no sé descifrar. Es como estar conectados mediante hebras de rayos eléctricos, pero sin daño alguno, todo muy normal. La cascada nuevamente está y la luz no es luz de la que acostumbramos, y el lenguaje tampoco. Siento en el entrecejo un punto fuerte de luz. Rezamos la Gran Invocación en círculo, pero sin darnos la mano, no se necesita. Es un haz de luz que surge de nuestras palmas, lo que logra la conexión. Nos sentimos demasiado bien, y ya tenemos que regresar. Es una energía nueva casi desconocida. Si no estuviese despierta creería que se trataba de un sueño. Te despides y me dejas. Queda un sabor muy gratificante. No veo caras de nadie, solo auras. El sonido de dentro es solo un cántico.

Ingrid.

 

 

 



Capítulo 2
IV

 


Diario 2
De John a Ingrid

 




Antes de salir sonrío imaginando que haré alguna broma, pero al final me porto bien y no hago ninguna travesura. Me imagino que estás en posición de loto en el jardín y me ubico a tu lado. Tardamos un poco, pero al final nos vamos. Sé donde te voy a llevar. Aunque no lo sepas, has estado allí y tuvo sus consecuencias. Bueno, yo lo sé por lo que enviaste a la lista de correo. No te lo digo, para que otro día tengas la posibilidad de adivinarlo.
Y justo cuando estamos yendo hacia ese sitio, un perro blanco viene a por el mío. Está visto que tendría que salir una hora más tarde. Le tiro una piedra y al final viene el amo y le pone la correa.
Intento seguir...pero volvemos. De nuevo imagino que continuamos por el mar y entramos en la noche. Ya estamos en mi ciudad y luego en la nieve. Es pronto todavía para entrar en la puerta de Marfil, así es que aprovechamos para jugar un rato con la nieve. Me imagino que nos están mirando desde el otro lado de la habitación y sonríen. Después de unos juegos, entramos. Nos reciben muy cariñosamente ¿Acaso hay algo más hermoso que la alegría? Todavía continúo sonriendo y es que ya en el colegio, de interno, era un poco travieso. Me imagino algo así. Por fin atendemos al Maestro quien se dirige hacia la ventana orientada al este. Se ve el SOL... y extiende sus brazos en Cruz. De nuevo me interrumpe...un perrito pequeñito... entonamos la Gran Invocación y el Mantran de Unificación.
Después salimos solos. Te doy la mano y tengo siete años y tu cuatro. Somos hermanos caminando por la nieve. Te prometo que nunca dejaré que te pase nada.
John.

 

 



Capítulo 2
V


Diario 2
De Ingrid a John

 

 



Querido John,
Contarte que como siempre, te esperé en nuestro jardín. Ya sabes que siempre siento esa brisa que me acaricia cuando tú llegas. Nos miramos y nos damos las manos. Es nuestra forma de saludo.
Rezamos la Gran Invocación y luego me dices que te dé la mano porque nos vamos. Ya vamos volando, y de pronto te miro y te has vuelto muy pequeño al igual que yo. Tengo un vestido tan largo que llega hasta el suelo. Somos dos niños.
Entramos en un bosque precioso. Jamás he visto uno igual. Hay rosales. Estos son más grandes que nosotros, nos abren el camino. Las flores son graciosas, blancas con vetas lilas...ya no sé si son ellas las gigantes o somos nosotros como duendes.
Es una armonía con la Naturaleza impresionante...somos casi parte de ella. John, jamás has soltado mi mano y pasamos por todas esas maravillas que luego se volvieron de amarillo intenso y blanco hasta la entrada de la caverna.
Pasamos, es la puerta de marfil que siempre esta abierta para nosotros y que ya es tan familiar. Luego aparece la cascada, un verdor de otro mundo (cuando digo de otro mundo, es que los colores brillan de otra forma...es como que mostraran toda su vibración...). A la orilla hay una especie de monje que nos sonríe. Su rostro es la paz misma, es como si nos conociese; Aparece una laguna de la cual sale un vapor que llama.
Nos metemos y nos deleitamos en ella. Es una sensación maravillosa. Es como limpiar nuestros tres cuerpos.John me mira a los ojos y se establece una comunicación mayor. Del agua surge un vapor. Es blanco, nos envuelve, y es la Paz y la aceptación a algo más fuerte. Nuestros cuerpos no se tocan, nuestras manos están unidas por un haz de Luz. Cada vez nos compenetramos más en el mundo del espíritu... Ya siempre seremos aceptados por la LUZ...y nuestra comunicación será cada vez mayor. No sé cómo describir tanta belleza. Sé que comienzas a sentir la misma armonía que yo. Somos cada vez más puros y radiantes. Nos asomamos a otro recinto donde todo es blanco y cristalino. Es una especie de castillo de cristal; es una habitación grande donde hay 12 ancianos (maestros) que están en círculo. Constantemente se escucha el murmullo de Om. Nos mira uno y me estremezco ¡ Su cara es tan dulce! Se da cuenta de que me sobrecojo. Se aleja de los demás. Nos arrodillamos y yo pido lo de siempre ser instrumento del Cristo acá en la Tierra, la sensación es muy fuerte y no quiero salir de ahí. Ya sabemos que estamos bajo su protección pero se acerca y dice que nuestra labor no ha terminado, que recién comienza, que debemos volver; que me tienes que traer de vuelta y que cada día por lo que hemos visto y vivido debemos ser humildes y puros. Es la única forma de volver a la habitación de cristal.
John me trae de vuelta y no quepo en mí de emoción. Todo ha sido tan revelador; comprendo que no podemos separar la mente como un ente aparte del Amor. Que la vida no es solamente raciocinio, y que más allá nos espera un mundo maravilloso donde con solo mirarse, puedes decir mil cosas y vivir lo que nunca acá en la Tierra. ¡John! Gracias por Ser y Estar.
Ingrid


 



Capítulo 3

I
En algún lugar cerca de Valparaíso

 


Casi todos los piratas murieron. John pudo rescatar a Ingrid de una muerte segura, pero quedó gravemente herido.
Los dos hermanos se lanzaron al agua y los españoles les dieron por muertos, sin embargo quiso el destino que fuesen recogidos por un anciano pescador de Valparaíso.
José les llevó a su casa, aunque les creyese ingleses y se jugase la vida por ellos. Pero… cuál fue su sorpresa, cuando el joven herido hablaba español en sueños.
Mamá…papá...Elvira...Carlos V… Jarandilla… Aristimuño….cuidado….el palo mayor se ha partido…..papaaaaaaaa
El anciano José se quedó helado. Su esposa Constanza y él eran supervivientes de aquel naufragio.
Y ahora, en su humilde hogar, permanecían dormidos aquellos dos niñitos traviesos que siempre les habían hecho reír con encantadoras travesuras, los hijos de sus compañeros de penalidades Juan y Elvira.
Ingrid despertó a la mañana siguiente recordando cómo su amadísimo hermano la había salvado en el último segundo, recibiendo él en el hombro la terrible estocada que iba destinada a ella.
Con cariño, Constanza ayudó a incorporarse a la joven.
-Tranquila. Ya se curará-le dijo la amble señora, viendo que estaba preocupada por el joven- no parece excesivamente grave.
-¿Cree que se salvará? Balbuceó Ingrid en un español casi perfecto pero con acento inglés.
-¡Sabéis español!
-Sí.
-Os creíamos ingleses y ya nos ha extrañado esta noche que el joven pronunciaba palabras sueltas en nuestro idioma.
-Nosotros somos de origen español. De niños nuestro barco naufragó y nos recogió un galeón inglés.
-¿Recuerdas el nombre de tus padres?
-Sí claro, Elvira y Juan.
Constanza abrazó a la muchacha.
-¡Entonces sois Isabel y Juan! Los niñitos traviesos que siempre nos hacían reír!
Ingrid al escuchar su nombre quedó tremendamente sorprendida.
-Mira -continuó Constanza, fuimos amigos de vuestros padres en el Castillo de Jarandilla, durante los últimos días del reinado del Emperador Carlos. No solamente fuisteis desterrados vosotros, sino que además fuimos acusados un total de doce sirvientes de robar el medallón de oro. Mi esposa y yo tuvimos enorme suerte de que el galeón que venía detrás nos pudo recoger. De los demás nunca tuvimos noticia alguna ¡Qué inmensa alegría de saber después de tantos años, que aquellos niñitos traviesos se salvaron!


Ingrid se dejó abrazar por aquella amable española, que había conocido a sus padres. Se acurrucó en su pecho y lloró.


Los días transcurrían, pero John no mejoraba. No era la herida la que provocaba la enfermedad, era la tristeza que hacía meses le embargaba.


-No sé –dijo José- no debiera estar tan enfermo cuando las heridas ya están cicatrizadas.


-Hace meses que está así –respondió Ingrid. A veces he llegado a pensar que me ama, pero soy su hermana y esto es lo que le está consumiendo.

 




Capítulo 3
II
Ingrid diluye los temores de la mente de John.

 

 



Son las veintidós horas y cuarenta y ocho minutos del ocho de diciembre de dos mil cuatro y hoy voy muy tranquilo. Me recibe Ingrid. Nos miramos a los ojos y nos sentamos. Seguimos mirándonos y trasmitiéndonos una inmensa paz. Seguidamente le doy la mano y nos vamos, si bien antes de irnos rezamos la Gran Invocación.


Es porque yo siempre te espero así.


Ya estamos en la nieve y entramos por la puerta de Marfil. No hay nadie. Seguimos hacia el fondo. El que medita no está. Continuamos más allá y le enseño a Ingrid el libro de oro que una vez parecía que me había regalado. No hay nada en él. Solamente lo tocamos. Seguimos hacia la fuente y ahora somos dos niños, pero la fuente me resulta muy familiar. Me recuerda un símbolo. Sí, ese de las serpientes que se muerden la cola; el de La Historia Interminable. El Aurín. Nos bañamos.


La fuente bendita. Fuente que purifica.


Como niños que se dan la mano, pasamos a una sala. Está repleta de cristales o piedras preciosas. Las podemos coger con las manos y le digo a Ingrid que son todas suyas. Luego le pongo en la frente una esmeralda y una pequeña cadenita; le escribo unos símbolos entre las cejas: un triángulo y una estrellita de cinco puntas, aunque esas figuras casi parecen demasiado estereotipadas y luego froto con el dedo índice el punto entre las cejas.


Estamos en la pieza de cristal. Comienza a haber una vibración mayor. Ya eres pura luz, nuestra comunicación aumenta, mi frente parece que arde, mis manos despiden una energía inmensa y nos unimos en esa vibración. Es otra forma de darnos energía. Luego pasa algo extraño: no puedo moverme; es como si estuviese tiesa, pero la sensación es plácida, de calma absoluta y nuevamente lo intento, pero nada. Ni siquiera me asusto, al contrario, es agradable.


Creo que las piedras preciosas son el símbolo de todas las vidas, aunque también pueden ser el resultado de todas las experiencias en mi vida. En este momento ya he comprendido que estamos en mi interior. Detrás hay una cámara oscura y le digo a Ingrid que ya no entramos, pero es tanta su insistencia…


Ya ha pasado y quiero ir más allá ¡John, debemos entrar más allá!


Le digo que nos podemos encontrar con el hombre que también existe dentro de mí y que puede ser un monstruo terrible que está oculto y encadenado.


No tengo miedo. Si lo hubo, ése ya no es. Me da mucha risa y te obligo a seguir. Aparece la habitación de los libros, pero está en penumbra.


Ingrid insiste. De acuerdo. Entramos en la oscuridad y salen despavoridos algunos seres fantasmagóricos entre los que creo ver un vampiro que me recuerda el miedo que les tenía de pequeño. Huyen unos cuantos murciélagos o entes voladores. Me quedo sorprendido, pues me esperaba algo mucho más terrible.


Ahí sí que hay puerta, pero se abre sola. Es chica, estrecha, y salimos como a otro mundo: Las estrellas, la vegetación, la paz, la cima de la montaña. Nos sentamos y es una sensación de placidez, de maravillarse. Es muy hermoso. Rezamos la Gran Invocación y de pronto quisiera que hubiese Sol y no sé si yo giro o todo gira. Entonces entro en una comunicación inmensa, así como cuando era niña y le pido al mismo Cristo de mis necesidades espirituales, le digo que siempre me ha escuchado; que ahora ya sé que deseo ser su instrumento en esta Tierra. Es como ser un diminuto punto de luz, pero una luz que se expandirá por muchas partes. Le pido que siempre nos proteja y le digo que siempre nos hemos comunicado y mil cosas más. Le doy gracias por estar contigo, pues así el camino es más rápido. El círculo es inmenso y la estrella que late, al igual que yo, no me abandona. Tiene vida y está ahí, penetrando en mi entrecejo; justo en el medio de los ojos que ven, pero no pueden ver eso. Y recuerdo que yo, cuando meditaba sola, siempre lo había hecho con Jesús, entonces creo que lo que nos penetra y está alimentándonos es nuestro espíritu.


La habitación se ilumina y se convierte en una catedral. Otro de mis símbolos favoritos de hace años. Es luminosa, y luego aparece un templario. Otro símbolo favorito, que tal vez pudo ser realidad en algún tiempo. Y ahora le muestro a Ingrid unas figuras que hace dos años descubrí. Dos romanos paseando. Uno de ellos es Quintus Flavius, quien no sé si es hijo de mi imaginación o algo más. Ahora comprendo que el viaje que hemos realizado durante estos días era muchas veces a través de mi interior.


¡Madre! Me has hecho comprender. John, viajamos juntos, y ahí en pleno nos agigantamos en alma, cada uno hacia su interno, y seguramente a nuestros yoes superiores. Y te digo mil cosas.


Salimos sin decir nada. Con una sensación de armonía, que sin ser excesivamente alegre, es con la conciencia de haber hecho un estupendo viaje. Comprendo que le he mostrado a Ingrid “lo que soy”. Es la única persona que ha viajado por mi mente.
Y quisiera saber qué gran conexión ha habido para que nos hayamos encontrado así, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.
Pienso que tal vez no hemos llegado a donde creíamos, aunque tampoco hay que descartar posibilidades.


Yo sí creo que estábamos donde debíamos. El viaje es hacia el alma, hacia ese puente maravilloso que nos une en espíritu; que luego será una “Consciencia Universal”.


¿La posibilidad de que hayamos ido a un asrhama? En el fondo, pienso que sí, que hemos percibido algún lugar extraordinario.


Llegamos a mi jardín y me pongo muy triste. Las lágrimas corren y corren y nuevamente quisiera que no se acabase ¡No quiero que te vayas! Pero tú eres más sabio y el viento sopla y ya no estás.


Apenas me da tiempo a despedirme de Ingrid, pues ya estoy en casa.

 

 

Capítulo 4
I


Se resuelve un enigma

 

 

 

José miró sorprendido a Ingrid y le dijo
-¡Vosotros no sois hermanos!
Ingrid miró al anciano como si estuviese loco.
-¡Claro que somos hermanos!
-¡Quiero decir de sangre! Respondió José.
-¡Está equivocado. Recuerdo que desde pequeña él ha estado a mi lado! –respondió con resignación.
-¡Nooooooooo! ¡Mi niña!
Ingrid le miraba cada vez más íncrédula.
-Juan y Elvira te adoptaron en un viaje que hizo el emperador Carlos V a Aragón.
-La pequeñita Isabel era la hija de un noble aragonés y una sirvienta a la que amó con locura, pero la mala suerte quiso que tu mamá muriese en el parto y Fernando fuese muerto en la guerra.
- ¿Y John?
-¿Juan?- Dijo José
- Juan- continuó- es el único hijo que tenían. Pero como puedes comprender, siempre estuvisteis juntos, desde pequeñitos.
Ingrid abrazó a José durante largos minutos. Allí lloró todo lo que nunca había llorado. Siempre se había considerado a sí misma como una pirata dura y terrible. John, aunque semi-inconsciente por la fiebre, había escuchado la conversación y también vertió lágrimas que se confundieron con el sudor de la enfermedad.
Al día siguiente cuando Ingrid, José y Constanza se levantaron, no daban crédito a sus ojos. John permanecía de pie mirando al mar. Ingrid le observó sorprendida. Algo había cambiado en su rostro. Deseaba abrazarle pero no sabía cómo.
-Ayer escuché la conversación –dijo con voz todavía débil.
Ingrid le miró y no dijo nada. Avanzó unos pasos, le abrazó y de nuevo vertieron diamantes refulgentes, ese divino regalo de los dioses, limpiara su corazón. El sufrimiento había sido tan terrible, la tristeza tan infinita que lo necesitaban. Ahora el destino les devolvía con creces todo lo que les había arrebatado anteriormente.
José y Constanza les dejaron solos y salieron a limpiar la barquita. En pocos días los jóvenes estuvieron preparados para empezar una nueva vida.
-¿Qué vais a hacer? – les preguntó José
-Marcharemos a las montañas. No podemos aparecer por ahí de momento-respondió John.
-Es buena idea- reafirmó el pescador. - Sabéis, a varios días a caballo hay un pueblecito cerca de la cumbre más alta del mundo. La familia de Constanza proviene de aquel lugar y os podrían ayudar.
Ingrid y John sonrieron. Era una idea estupenda.

 



 

 

Capítulo 4
II
Ingrid un Alma que se eleva al Cielo

 


Ese secreto maravilloso que se guarda en la mente de dos almas y que se han unido sin saber, sin indagar sobre la razón de aquel suceso.
Solamente pueden afirmar que existe, que es y que conduce a las dimensiones jamás soñadas, a las dimensiones de lo real, de lo verdadero, de lo que hace soñar con quedarse para siempre, pero sabes a la vez, que no es el tiempo, que aun te falta en esta Tierra.
Y mientras, alrededor de las estrellas juguetean con sus auras, se unen, se fusionan y viajan a los senderos más recónditos de sus Yoes, y una vez en el mundo del sueño, son más fuertes, entregan más, y son capaces hasta de los esfuerzos más supremos, por sólo dar, por sólo entregar, y renace esa alegría que hace sublimar cualquier tropiezo, y hace fusionarse con la energía de los elementos, sentir sutilmente ese baile etéreo, liviano y sensible.
Si te topas con esta nueva especie, sólo verás un resplandor de fuego en sus ojos. Verás realmente la luz que les acompaña, y te darás cuenta de que te has encontrado con un nuevo hermano, que tu Padre de los Cielos está cada día más cerca, que ya puedes tocar las estrellas con tu mano, que el bendito Sol te sonríe misterioso y te entrega mil colores, que irradian tu caminar por ese dulce sendero dorado hacia la estrella AZUL.
Entonces, solamente entonces, das mil gracias por ese amor que crece en ti; ese amor sublime de alma, de espíritu y de mucha Luz....
Ingrid

 

 

Capítulo 4
III
El alma de una mística

 

 


¿Cómo empezar a describir en una hoja de papel, el grado de felicidad que siento?
Me encuentro en la orilla de un río, sentada sobre una roca, la suavidad del viento es mi compañera, los árboles a mi alrededor parecen tocar el cielo, su brillo es muy especial, estoy rodeada de la magia de Dios.
El murmullo del agua al acariciar las piedras, el brillo del sol... y pienso y siento agradecimiento por todo esto... por poder tocar, ver, sentir, acariciar, escuchar, oler, y los sentidos se confunden en uno solo, y te sientes en la plenitud del amor, te sientes parte del todo. Y amas la piedra, la hoja, el agua, el sol, absolutamente todo lo que te rodea. A los tuyos y a los que no lo son... Y te das cuenta nuevamente de que basta tan poco para ser feliz, para ser libre. Es unirte al todo y sólo fluir, gozar,soñar y amar.
La Natura es mi maestro. Es el rostro sin rostro....y la emoción me embarga...y me acuerdo de John y ya me doy cuenta del porque ese amor tan grande que fluye hacia él.
A lo largo de todo un año, he aprendido lo que nunca. He sido absolutamente consciente de mi YO...y me he podido liberar de tantas cadenas...le he podido expresar todas mis más recónditas penas y las más hermosas felicidades....y con eso he ido dejando armaduras tras armaduras, una tras otra....y me he convertido en una mujer cada vez más liviana ...casi etérea.
Sólo gracias a mi amado John, mi Ángel de antaño, he podido atravesar aquel palacio de cristal y salir a la Luz del nuevo mundo tomada de su mano; a un nuevo universo que está dentro nuestro, y ver cómo los Ángeles Solares nos sonríen y nos acompañan.
La luz se fusiona y se hace una; la esfera despide mil rayos de energía que serán alojados en cada rincón que habitamos.
¡Oh! nuestro vigilante silencioso....estamos siempre gracias a tu venia....cuando hemos podido sentir las estrellas, ser acariciados por los rayos del sol, por la inmensidad del mar....
¡Oh bendito Padre de los Cielos! Siempre te pedí que me acunaras en tus brazos y ya lo veo... jamás has dejado de hacerlo, siempre, por siempre, Tu Luz y Tu Amor han iluminado nuestro sendero.
Y John ha sido el guía que me has enviado.

Ingrid

 



Capítulo 4
Ingrid una vidente mental
IV

 

 


La fluidez de la brisa...el aroma de montaña...la acariciante cascada...la rueda que da vértigos al pasar por el portal de Luz...
La vehemencia de ser y volar...y sentir esa graciosa fuerza en tu frente...en tu corona...y ver ese triángulo que te atrae...que tiene fuerza magnética...y que hace abrazar la magnificencia...y los hilos dorados...van hacia el triángulo...y están allí...
La paloma....crece, le salen mil alas....y son seres de luz.....y te unen en su destello inimaginable...y ya preguntas... ¿Qué me falta? ...y sólo te sonríen... Ya quiero quedarme allí para siempre...es el gozo de niña...y mil cosas asoman...y...tu mano...que no es ella me arrastra....y me devuelve a la vida de ilusión...
Y damos gracias porque las situaciones difíciles nos han dado un camino que no lleva a equívocos...es el sendero del alma...y esas chispas divinas nos han alcanzado...y hemos logrado sentir hasta nuestra resplandeciente coronilla la sensación más profunda que nuestro corazón es capaz de soportar...y las lágrimas han limpiado mi rostro...y en ese abrazo he fundido todo mi agradecimiento...
John, mil gracias ¡ha sido grandioso...! Es la fuerza, el magnetismo que nos ha irradiado... la eternidad...hasta la nada...hasta el camino a casa...a nuestro Padre de los Cielos...

Ingrid.

Capítulo 4
Ingrid. Armonía y Belleza
V

 

 

Ha llegado la hora de mi feliz meditación. Ensueño... dulce encuentro con la majestuosidad. La energía ya está... las alas se despliega... la intensidad es inmensa y tan sutil... nuestro fluir por la esencia del universo cada vez más acogedor.
Ese rotar y rotar...esas chispas divinas...todo indica que ya estamos...que ya somos uno en El Todo.
Y ya todo es éte ... es luz... es baile... es armonía..
es virtud... es compasión...
es la nota de nuestro universo...
es la energía
pura y vibrante del Amor....
la Luz y el Amor son nuestros guías...
la voluntad es cada vez mayor...

El propósito… ¿Será irradiar a nuestros semejantes...?

Dichoso el hoy... dichosa de Ser... dichosa de tenerte...
Armonía Divina, sintonía sin fin...
La energía diamantina vuelve a nosotros... nos acaricia, nos enseña en palabras sin nombre...
Ya el vuelo penetra en el corazón del Sol... ya nuestros ángeles solares nos esperan....
el tuyo... el mío... nos han conectado por siempre....
Yo...mi Dios, estoy tan plena...cada vez nos acercamos más a la casa del Padre... cada vez nos aproximamos más a nuestro hogar....

Y el retorno ya no es triste...nuestra alma se regocija en ellos...en nuestros ángeles...

 

 


Capítulo 4
VI
Ingrid. Más allá de la mente

La brisa llega con prontitud y rodea todo. Es cada vez más tenue pero más amplia...y se funde en un abrazo de mil colores...la electricidad enciende los corazones y el giro es tan envolvente que se une a la tela del Santo Logos...al corazón mismo. Y ya es una chispa esparciéndose en el plano, en el que nada se ve, y en el que todo es, porque nuestros ojos se han acostumbrado a ver la ilusión, lo que se transforma…lo que llamamos fin... Nada de eso acontece...Todo Es imperecedero… hasta el descanso, hasta el devachan...para luego volver a despertar...y olvidar todo lo acontecido... Solo el Espíritu Universal...continua hasta lograr la misteriosa vivencia de nuestro Padre, QUE TODO LO VE...Y QUE SIEMPRE NOS ESCUCHA.
Ingrid

 

 

Capítulo 39

II

La esencia de los Universos

-¿Quieres que hagamos un viaje sencillo?

-Sí, como todos los tuyos

-Ojala supiese más palabras para que todo fuese más grandioso.

-Hay veces que no se puede decir literalmente lo que se produce.

-Sí.

Inmersa en las suaves y vaporosas nubes del atardecer estival, Ingrid salió a pasear por la ciudad, dandose a sí misma la excusa de comprar un libro de fantasía. Tal vez algún día no muy lejano escribiría su segundo cuento que estaría lleno de figuras multicolores. Y anhelando tan gran acontecimiento para su incipiente e incontenible sed creativa, en lugar del librito, adquirió unos tubos de oleo, un pincel y un minúsculo lienzo que llevaba bajo el brazo como el tesoro más grande del mundo cuando regresó a casa.

Los dejó muy cerca de su hermosa colección de libros de Alice Ann Bailey y Helena Petrovna Blavatsky. Después de palparlos una vez más, de acariciarlos uno por uno, de recordarse a sí misma que ella era la propietaria de aquel hermoso tesoro se dirigió al jardín.

Se atavió con un chaleco rojo, pues todavía hacía un poco de fresco, si bien no tanto como el que habían sufrido durante el largo y lluvioso invierno. Se sentó en posición de loto y aspiró el aroma de las hierbas. Algunos árboles tenían los brotes henchidos y a punto de sacar a la luz los primeros pliegues de las hojas.

A la hora prestablecida cerró los ojos y llegó John. La suave vibración inicial fue aumentando progresivamente. Había llegado primero una suave onda de energía. Una inicial brisa rozó su frente y se transformó en viento cálido. Parecía como si todo el entorno se hubiese quedado en calma. Hubo un pequeño silencio y una esfera envolvió “el círculo no se pasa” de Ingrid.

Su amado John tomó sus manos y la fusión se realizó como en los últimos días: una sola forma, una vibración especial, una paz infinita. Todo fue sencillo.

Los corazones, los puntos de luz giraban uno alrededor de otro, cual si de pequeñas estrellitas se tratase, y la figura fusionada podía ser nítidamente identificada.

El centro cardíaco de Ingrid respondió a la mano de John, pero más bien deberíamos utilizar un lenguaje especial. Habría que inventar nuevas palabras, un nuevo lenguaje para que los actos creativos de ambos, ahora uno, fuesen exactamente comprendidos. Quizás sería necesario utilizar una terminología como: Las espirales de energía y amor; las ondas luminosas que giraban alrededor de los centros de luz y los atravesaban; las estrellas rotaban y los cuerpos etéricos de Ingrid y John vibraban al unísono…

Remolinos de luz y amor recorrían como una deleitosa melodía las partes externas de las dos galaxias y esa circulación de energía que unificaba una a una las partes de ambos universos, comenzaba a tomar otra forma;

El movimiento rotatorio de luz, color y presumiblemente sonido estaba modificando el entorno y “creando” un plasma o material distinto.

El suave girar de las esferas, la circulación de ríos interminables de luz provocaban que la fusión se estuviese llevando a cabo.

Era un trabajo de alquimia. La unión de dos elementos, la compresión de los mismos y la creación del oro alquímico.

Y tras todos esos procesos iniciales, se apreciaba una nueva etapa: el desprendimiento de la forma antigua, la apertura del capullo y en el centro de esa hermosa flor: una figura compuesta de dos formas plateadas y luminosas. Ambos se miraban, se palpaban en su nueva apariencia y tras contemplarse individualmente, se iniciaba otra fase de la fusión. Las figuras rotaban entre sí, se mezclaban más compactamente y seguidamente se desprendían la nateria más densa.

De nuevo se sucedían procesos parecidos a los de las primeras fases con la diferencia de que ahora regían otras leyes. El jardín, la flor abierta, el sol del atardecer, la forma fusionada.

Continuaba la tercera fase: las dos imagenes plateadas y resplandecientes iniciaron el protocolo de una nueva fusión. Ahora era todavía más fuerte el enlace y las figuras indisolublemente imbricadas, unidas y fundidas se desplazaron por encima de los árboles y en su vuelo penetrante resurgió

Linnsssssssssssssss ssssssssssssss.

Su vuelo penetrante significaba que abarcaba su entorno, que era uno con la Naturaleza y en su avance suave se colmaba de la energía del bosque.

Se escuchó un silbido susurrante:

shshshshshshsshshsh ss

cuyo sonido era indescriptible y que tal vez solo estaba en la mente de Ingrid y John. Las formas que se adivinaban en aquella fusión, se unieron aún más fuertemente. Linnsss con cada incremento de la intensidad de aquel enlace, crecía en tamaño y en su armonioso devenir , una vez pasadas las montañas ya sobrevolaba el océano dorado en dirección al Sol.

Sobre las Aguas, a través del Aire y más allá de la Tierra , Linnss presentía el Fuego que Es Vida.

Igual que en la alquimia, los cuatro elementos estaban presentes y el quinto elemento fusionaba reunía y utilizaba a los otros cuatro: El amor.

Linnsss veía desfilar el agua, las nubes, las barquitas de la bahía y se expandía progresivamente. Ahora ya se podía ver la imagen típica de la Tierra desde los satélites. Allá “abajo” se encontrab la esfera azul, al otro lado la Luna y definitivamente encaraban el Sol.

Apenas bastaban dos segundos para contemplar delante de ellos la inmensa figura dorada del Sol.

Nuestro Sol, considerado por La Doctrina Secreta como el mayor de los hermanos, o de los planetas era a su vez el centro cardíaco de un conjunto de siete sistemas solares.

Linnsss percibía dos impulsos: su esencia tendía a la fusión total y su cuerpo etéreo necesitaba aumentar de tamaño. A mayor compresión de la esencia, mayor espacio comprendido, y así, de esa manera, las fuerzas internas sentían una atracción irresistible e intensa. Esa compresión por contraparte provocaba la exudación alquímica. Nuevos materiales envolvían el espacio de Linnsss a la vez que la fuerza de cohesión interna aumentaba como nunca hasta entonces había sucedido, desprendiendo materiales incompatibles con el nuevo estado de conciencia.

Linnssss solamente veía luz y color dorado, lo que indicaba que estaba llegando a aquel inmenso corazón que era el Sol. El punto entre los omoplatos de Ingrid y John vibraba y la esencia continuaba apiñándose, comprimiéndose, cohesionándose como nunca.

Penetraron en el Sol y el hecho de entrar en aquel mar de fuego era agradable. Linnsss notó que le faltaba algo. Se había dejado a los devas del jardín y en un segundo regresó a la montaña, para y sobrevolar penetrando los espacios del jardín.

Ingrid y John hicieron una llamada a las flores, a la cascada, a la gruta, a la laguna, a las montañas, y ahora sí, ahora Linnsss, comenzó a tomar color debido a las tonalidades de los diminutos seres que habitaban en aquel espacio y que se habían incorporado a su ser.

Linnsss estaba teñido de mil colores, de mil seres diminutos que siempre les habían ayudado y su corazón se expandía al recogerlos. Allí estaban las flores que Ingrid había recolectado a lo largo de su vida, los ramitos que había confeccionado cuando era mayor, las coronas de ramitas de árboles que había elaborado con enorme cariño para sí misma y sus hijas… y inmenso y abstracto amor que Ingrid había percibido siempre en la Madre Naturaleza.

Linnsss portando todo en su interior, cruzó de nuevo los espacios, pero esta vez había más alegría en ellos. Era el júbilo y alborozo de haber recordado la Unidad de todos los elementos de La Vida ; incluso se podría decir que sus alas desprendían agua pura y cristalina del lago. La materia mental y sentimental que viajaba estaba compuesta de todo lo mejor ambos magos, de todo aquel material producido por tantos años de sufrimiento y dolor; de toda la esencia de los acontecimientos; como decía el Maestro Tibetano las experiencias en la vida física constituían las piedras de construcción del Templo del Alma.

Linnsss penetró en el Sol, se hizo inmenso. Solamente contemplaba color dorado y llamas e incluso estas desaparecían. Su velocidad aumentó y pasó más allá del Sol.

Navegaba en un espacio oscuro, pleno de estrellas y su expansión era enorme. Su vuelo le llevaba hacia la galaxia blanca, la luz inmaculada en la que entró. Pero había algo más que hacer, si bien, el siguiente paso a dar era de especial dificultad.

Se encontraban en una zona donde ya no queda nada. Era el espacio que una vez descubrió Ingrid. Tal vez los pequeños seres tenían un poquito de miedo y temblaban, pero se calmaron en el mismo instante que Ingrid cantó una dulce melodía.

La Nada , Oscuridad absoluta, silencio sagrado, levedad, libertad, paz, propósito…

Linsss volteaba como una avioneta. Si bien podríamos afirmar que la forma más densa de “El abrazo eterno” se había volatilizado.

Más allá de la oscuridad, los visitantes percibieron una fuerza de atracción irresistible. Quizás era el espacio descrito como el lugar en que no hay ni tierra, ni agua y donde el fuego no quema. El lugar donde los creadores..

-John…

-¿Sí?

-En ese espacio no hay luz, no hay formas. Sigue por favor.

…contactan con sus maestros. A pesar de ser un espacio sin forma y sin luz esta colmado, fecundado de amor. Esto último se puede saber porque el centro cardíaco vibra.

-Porque ahí esta la esencia inmensa de todos los Universos.

Sí. Tal vez, no lo había notado anteriormente. Allí había amor. No era un amor a esto o a aquello, es decir concreto, sino más bien un amor abstracto donde Ingrid y John, cohesionados, unidos, amalgamados, fundidos determinaban el futuro.

Y de aquella profunda y silenciosa oscuridad surgió la vida fenoménica. Aparecieron guirnaldas de muchos colores. Aquel espacio estaba henchido, rebosante de miles de puntitos de color…un océano inmenso, peces voladores, hadas azules, vegetación exuberante…

Linnsss se encontraba en un mundo nuevo. El mar con su oleaje, y esto había surgido espontáneamente, era el producto del amor de aquel lugar de paz.

Ingrid y John de nuevo habían tomado forma. Ambos flotaban y navegaban en aquel mundo primitivo de volcanes, y saurios. Se habían desplazado al pasado de su planeta o a alguno que se encontraba en un punto de su evolución similar a la acaecida en La Tierra.

En sí mismos Ingrid y John llevaban información para una nueva eclosión de seres humanos. Era cierto que muchas imágenes estaban tomadas de sus experiencias o películas, pero una vez llegados a estos mundos mentales, todo era distinto, aquí las imágenes de su mundo devenían en algo vivo y que se podía palpar con la mano: acariciar un delfín o tener entre sus dedos algún enorme helecho.

John se sentó en posición de loto junto a Ingrid y le regaló una corona de flores blancas que colocó suavemente encima de su cabeza. Dibujó en su frente un triángulo dorado y un loto; le susurró algo hermoso a, que ella anhelaba escuchar. Volvieron a fusionarse en una sola, en un único ser para iniciar el regreso.

Necesitaban ir deprisa, sentir La Naturaleza , volar, expandirse, rozar las flores, los árboles, el agua…

Precisaban sentir aquellos elementos, aquellas selvas y se deslizaban cada vez más deprisa. Regresaron al Sol, lo atravesaron, sintiendo su roce, llegaron a la atmósfera de la Tierra aumentando gradualmente la fricción. Caían a una velocidad de vértigo y allí debajo estaba el Océano Pacífico. Muy cerca de las Islas de Chiloe se zambulleron, entraron en el agua y saltaron, recordaron los delfines, danzaron con ellos, les saludaron, pero su velocidad era tan grande que quedaron pronto atrás. No podían detenerse y dieron la vuelta a la tierra, a las montañas. Sentían aquellas moles, la nieve, el hielo, la tierra, el fuego…

Eran todo al mismo tiempo. También, nubes eléctricas. Ascendieron por el fuego eléctrico a una inmensa velocidad. Necesitaban sentir esas descargas. Su fuerza, su rapidez al elevarse, el roce de la luz.

Mucha más velocidad. Ascensión por las columnas blancas y caída un lugar oscuro. De nuevo el rayo que colma aquel espacio y surgen llenos de energía.

Por fin Linnsss regresa y vuelve al Jardin.

Ingrid y John se miran se despiden.

Ingrid y John



 


Capítulo 46
I
Mundo Mágico y Mundo Real.

 

 

Aquel día doce de septiembre de mil novecientos cuarenta nunca se le olvidaría a Clarita. Atardecía, y los tenues rayos de sol se filtraban por el ventanal del living, tornándose penumbra en apenas unos minutos, pues las enormes montañas, casi de siete mil metros, cercaban el hermoso y húmedo valle, y evitaban esa prolongada transición entre el día y la noche como la que se contempla en los interminables y lejanos horizontes del desierto de Atacama.
-Mamá –ya es la hora.
Sería la primera vez que su mamita leería un cuento antes de dormirse. Le había dolido la guatita y no había ido al colegio.
“Érase una vez un tren que circulaba sobre el riel y hacía “chiqui” “chiqui”. Desde las ventanas de los vagones, se divisaban caballos por doquier.
-Mira mamá cómo los cuento: Uno, dos, tres caballitos blancos. Uno, dos, tres, cuatro niños jugando al aro.
María, pacientemente, dejaba a Clarita que disfrutase de los dibujos. Campos sembrados, jacarandas rosadas, montañas nevadas, pozos de agua, mujeres llevando cántaros, hombres portando fardos de heno a los hombros, burritos cargados con pesados fajos de leña...
Y lo más importante para Clarita: Sentado en la alfombra, su amigo Juan escuchaba embelesado.
-Hoy te llevaré a una parte secreta, traspasaremos la muralla y entraremos en el mundo de los chocolates -le dijo su amiguito nada más que María había cerrado la puerta del dormitorio.

Y en un segundo, el niño tomó la mano de Clarita y zas: Apareció el lugar más hermoso jamás imaginado, repleto de árboles chiquitos y unas casitas de duendes incrustadas en las callampas. Corrieron a toda velocidad por el sendero, que posteriormente, siempre les llevaría a los lugares más inimaginables. Ahí, Clarita conoció por vez primera a sus amigos Ángeles y aprendió a volar, a soñar, a sentir la inmensidad de Dios en cada rincón de esos prados, en cada interminable baño en diáfanas y cristalinas lagunas; en los tenues rayos de Sol, en las hermosas piedras a orillas del camino, en los miles de rosas que se perdían en la lontananza; en las escaladas a las montañas, y allí, en la cima de la más alta, recibió su primera revelación que guardó en secreto.
Juan la miro dulcemente, y tomando sus manitas, susurró quedamente al oído:
-Un día, cuando seas grande, cuando sea su tiempo, volarás de otra forma, porque llegará un momento en el que no nos veremos más.
-¿Por qué dices eso mi Juan?
-No lo sé. Un Angel me lo dice en mi cabecita- y continuó.
Ese día regresaré a tu lado y me reconocerás por mi verdadero nombre “John”. Entonces, con la rapidez de un relámpago, recobrarás la memoria de todo lo aprendido ahora que eres una niña.
Y sin añadir nada más, Juan acarició suavemente la tersa frente de Clarita mientras dibujaba en el entrecejo una brillante y dorada figura geométrica.
-¡Juaannnnnnnnn! Hora de irte a casita-
-Sí-respondió el niño mientras cerraba la puerta despacito.


Capítulo 46
II
Ecos del Pasado

Ingrid aspiraba relajadamente las fragancias de su amado jardín, después de que toda la familia había disfrutado del rico asado que “Mamita” había cocinado aquel cálido día de verano.
Preparó la bicicleta de paseo y cargó su mochila con una botella de agua, galletas y frutos secos. En el espejo del tocador observó su cara, y en los ojos encontró la mirada risueña de John.
Esbozó una sonrisa mientras se empolvaba las mejillas, se pintó los labios de color lila, se ciñó una cinta azul celeste en la frente y al salir al porche sintió en sus brazos desnudos una voluptuosa y cálida brisa.
Abrió la chirriante puerta de la verja, y descendiendo por la senda hacia el camino forestal, percibió el primer estremecimiento de libertad.
No tenía prisa. Se tomaría toda la tarde libre. Ella también tenía derecho a descansar, y su forma de hacerlo era internándose en el bosque que cubría las laderas de las enormes montañas.
Nunca desaparecía John de su mente. Era como si siempre le dijese: estoy contigo. La mirada afectuosa y acogedora del mago, así como su sonrisa, que procedían del alma, se reflejaba en los dos óvalos de color de océano y bosque de Ingrid.
En el camino, había unas florecillas y tomando un ramito de lavanda, lo prendió en un doble de la blusa.

El sendero se internaba entre inmensos alerces y pequeños helechos, desembocando en una soleada pradera, que era el verdadero inicio de la ascensión.
Unos minutos después, desaparecía la exuberante vegetación. El camino trepaba hacia el cielo, y al girar y encarar la cordillera, Ingrid quedó fascinada. Su vista, al frente, se perdía entre kilómetros y kilómetros de montañas azules. Arriba, las últimas islas de nieve expandían su alma en suaves y eternos sentimientos de amor, libertad y belleza.
Ingrid se sentó un instante para recuperar el aliento; respiró y pensó que algo tan natural como “estar allí”, era un regalo del cielo. Desde aquellos riscos contemplaba la grandeza del mundo.
Imaginó las ciudades de su país pobladas de gente buena y honrada. Mucho más que eso, existían seres que eran como ella. Aquellos seres, diseminados, estaban “localizados” como diminutos puntos en el espacio y en el tiempo. Hombres y mujeres que eran o que habían sido ilustres y habían realizado cosas importantes en la historia de la cultura. Pequeñitas marcas luminosas que se entrelazaban en una red de triángulos ordenadamente inextricable. Allá a lo lejos, donde su vista no alcanzaba, se ubicaban los sabios doctores que se preocupaban por sus pacientes; inventores natos que deseaban ayudar a la Humanidad en su lucha contra las circunstancias adversas, desarrollando nuevas técnicas para dominar la materia; profesores de universidades, maestros de escuela, amas de casa envolviendo en un capullo de amor a sus bebitos, soñadores aficionados a la astronomía, románticos historiadores dedicados al estudio de las civilizaciones antiguas.
Metrópolis como Santiago de Chile o Buenos Aires; ciudades como Los Andes y Valparaíso; pueblecitos como Saladillo… y en todos y cada uno de los núcleos urbanos habitaban seres anónimos, lejos del tumulto de la vida política y social, que merecían la pena; que poseían un espíritu de superación más allá de todas limitaciones…
Oteando el horizonte en dirección opuesta, más allá del Océano Pacífico, se encontraba el desierto del Gobi donde algunos decía que estaba situado Shamballa, el Eterno Joven…
Ingrid comprendió que nunca había estado sola, si bien a veces no había podido evitar esa penosa sensación. Siempre había alguien que la había cuidado, incluidos sus benditos ángeles, y a su vez ella había protegido a otros seres.
La Mamita, absorta en aquellos pensamientos que le unían a toda la humanidad, sintió un escalofrío. John, con enorme afecto y ternura, la abrazó y besó suavemente. Después se situó enfrente de ella. Quizás había interrumpido la meditación de su amada. Ambos entornaron los ojos. Ingrid esperaba; John inspiró profundamente, a la vez que pensó en el Universo y como una brisa entró a través de la frente de Ingrid. En ese mismo instante, como pétalos de una flor, las envolturas los jóvenes inmortales se desprendieron y únicamente persistió la más sutil, la mental.
El mago comprendió que todavía faltaba algo por hacer y aquella visión se desvaneció. John acompañaría a Ingrid hasta la cima de aquella montaña.
Ingrid sonrió y tomó de nuevo la bicicleta. Transcurridos veinte minutos, las piedras del camino se hicieron más numerosas a causa de los continuos desprendimientos, y éste se transformó en una senda casi intransitable.
Pero de allí no regresaría sin haber ascendido hasta la cumbre. Caminaba apoyándose en el manillar de la bicicleta. El sudor resbalaba por su rostro. Dejó de pensar. Dejó de estar bien. Solamente notaba el esfuerzo y la progresiva empinación de las cuestas. El Sol de las seis de la tarde hacía mella en su ánimo. Las dudas y las preguntas repetitivas bloqueaban su mente.
¡Para qué se habría complicado la vida!

¡Con lo fresquita que estaba en el jardín de su bendita casa!

Sin embargo, una imperiosa necesidad dentro de su corazón era capaz de demoler aquellas barreras físicas, sentimentales o mentales, y se lanzó a sí misma un mensaje:
-Pase lo que pase ascenderemos.
Ingrid apenas podía sostenerse en pie. Ya no veía ni paisaje, ni cielo, ni tonos luminosos, únicamente era aplastada por el tremendo peso de la bicicleta y de sus piernas. Apenas era consciente de dónde se encontraba. Tenía la nieve bajo sus pies y no le causaba una sensación especial.
Y por fin, alcanzó el último tramo que se elevaba verticalmente como una pared hacia el cielo azul. Tal vez tendría unos doscientos metros. Dejó la bicicleta y buscó un lugar, a la sombra, donde sentarse. Se asustó cuando miró hacia abajo. Estaba prácticamente en la cima de la montaña.
En el silencio, solamente interrumpido por intermitentes y suaves ráfagas de viento, escuchó el murmullo de una fuente. Rodeó la enorme pared y descubrió entrada de una cueva. En su interior, un pequeño lago sobre el que vertía una linda cascada proveniente de un minúsculo riachuelo. Se ciñó la chaqueta blanca y, al inclinarse para beber un sorbo de agua fresca y cristalina, encontró algo que fue como un inmenso regalo del cielo.
Detrás de esos pequeños hilillos de agua, observó la primera letra de una inscripción cubierta en su mayor parte por una una densa capa de musgo acuático.
Era una “C”. Con impaciencia, buscó una piedrecita plana que utilizó para raspar el musgo.
Cl…
Cla…
Clar…
¡Clarita!
Al deletrear completamente aquel lindo nombre, las lágrimas resbalaron por sus blancas mejillas hasta posarse dulcemente en las aguas del riachuelo.
Se humedeció el rostro y quedó pensativa ¡Qué sorpresas deparaba la vida! Durante muchos minutos se imaginó que en otro tiempo ella había sido aquella niña.
Veía un columpio, un niño con ella, muñecas….
Ciertamente no sabía si lo que veía en su mente era consecuencia de su poderosa imaginación o tenían que ver con ella. Tal vez nunca lo podría saber.
¿Acaso no era posible que un alma regresase a un nuevo cuerpo en el mundo?
Nada podía asegurar, pero ella dio por hecho que aquella Clarita era ella misma en otro tiempo.
Seguro que la fuente le había llamado. Imaginó muchas escenas, si bien todas las guardó en su corazón como el más preciado tesoro.
Por fin salió de la gruta, y con el atardecer, el paisaje se había tornado azul: las montañas lejanas, los frondosos bosques, los campos de cultivo, el espacio donde se encontraba el océano.
Envuelta en un manto de luz, Ingrid rezó como cuando era niña y un enigma a medio descifrrar permaneció en su mente para siempre ¿Por qué había subido allí? ¿Por qué había encontrado aquella inscripción?
El horizonte cambió bruscamente y pasó a ser totalmente sobrecogedor. Unas nubes inmensas, de evolución vertical parecían estar cerca de ella, a la vez que empezaron a ocultar el sol. Normalmente, cuando se contemplan esos cúmulos-nimbos desde lejos parecen realmente preciosas. Se elevan en el cielo. En la parte baja aparecen oscuras, mientras que en la zona superior son totalmente blancas. En los atardeceres se tornan rosadas. Su evolución es rápida y lo realmente escalofriante es su altura; pudiendo llegar a tener quince kilómetros. Esto lo sabía Ingrid.
Parecía incompresible cómo se había arriesgado tanto, conociendo como conocía la Naturaleza y las Montañas. Ella había sido testigo en infinidad de ocasiones del viento blanco de nieve envolvente, de terribles tormentas, de ingentes nevadas.
Ingrid descendió andando las primeras rampas, hasta que pudo, sin peligro, subirse a la bicicleta.
Intentaba tranquilizarse sabiendose un punto eterno en el espacio y en el tiempo. Pidió ayuda a su John.
Las nubes de la tormenta se cernían peligrosamente mientras la brisa que ascendía de los valles acariciaba su rostro. Los primeros gotones de lluvia comenzaron a repartirse por el camino reseco, y alguno resbalaba por su frente. Estaba preocupada por el aguacero que se avecinaba. Era extraño cómo se podía pasar de la calma y lucidez más profundas, a la desazón e inquietud producidas por una inminente demostración de fuerza de la Naturaleza.
-Ya estoy en casa- se dijo cuando entró en el bosque de alerces.
Delgados hilos de agua se deslizaban por los enormes troncos. El frescor del bosque penetraba en su cuerpo, pero ahora si que ya estaba en su hogar. Abrió la puerta del jardín. Diluviaba y totalmente empapada entró en el portal.
En aquel mismo segundo resplandor inmenso seguido de un instantáneo terrorífico trueno se escuchó en todo el valle.
Ingrid supo que la descarga eléctrica había sellado la entrada a la gruta. Entró en su tocador, se secó con una linda toalla y cuando miró al espejo, no se vio a sí misma. John sonreía de una forma lejana y misteriosa. Ella devolvió la misma sonrisa enigmática que provenía de una profunda certeza interna. En otro tiempo había sido Clarita y John era aquel niño que jugaba con ella.
Pero ahora ellos estaban allí. Y debían prestar atención a los milagros presentes. El Universo evolucionaba, y con él los seres que le pertenecen. Los seres humanos de otras épocas debían tomar más brillo. El pasado, aunque atractivo, quedaba atrás, y las galaxias infinitas esperaban a los humanos que se atreviesen a explorarlas. Sin duda existían Excelsos Seres en nuestro mundo a los que reverenciábamos y
¿Acaso no era lógico pensar que el Inmenso Cosmos encerraba misterios increíbles?
En aquel instante de lucidez mental escuchó
Claritaaaaa… Juannnnnn…
Ingrid… John...
Y un escalofrío recorrió su columna vertebral.


 

 

Núm de Páginas 411

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